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Las ansias son deseos reprimidos por un factor externo, un alcanzar de un objetivo que está muy a la mano, que se roza con las puntas de los dedos pero que aun no se puede tomar, que todavía no se puede hacer de uno, por eso es que nos son totalmente insoportables. Éstas crecen al momento de creer que lograremos algo sin importar nada más, que creemos que nada se interpondrá entre nosotros y nuestra satisfacción personal. Sin embargo, y solemos olvidarlo, el hecho de que sea el objetivo palpable, no garantiza que lograremos nuestro cometido. Tal vez si eso comprendiéramos como seres humanos, más fácil nos sería el vivir una vida que está llena de deseos sin satisfacción, o deseos que procuran muchas más necesidades que satisfacciones. Es que eso es lo que olvidamos: que por un deseo satisfecho llegan otros, infinitos a veces, pues si no, ¿qué sentido tendría vivir? Y hablando ya del tema, ¿qué será lo verdaderamente infinito? Y aquí una interminable cantidad de cuestiones salen a la luz, como los números, el universo, la estupidez humana, pero se debe insistir: nadie toma en cuenta al deseo. El deseo, una vez satisfecho, muestra la infinidad de cosas más por satisfacer, pues cuando ese es satisfecho, muchos más vienen a tomar el lugar del que ya fue satisfecho. O sea, se trata de una cuestión de primacías, de cuál es el deseo que se busca satisfacer, para que otro tome su lugar en consecuencia. Pero si hay algo que, al menos al momento, de verdad parece ser infinito, es el arrepentimiento. Obvio es que no hablamos de cualquier arrepentimiento, sino aquél al que nos vemos inmersos socialmente hablando. Al parecer, el único, principal y peor error del hombre fue el de vivir en sociedad. Dejando esta problemática cuestión de lado pero que ha servido como introducción a lo que sigue, resulta ser que eso de la marea blanca de la que ya hemos oído cuestión, se originó en eso: en el pesar. Fue la causa de la marea blanca un agobio generalizado. Ahora sí, viene muy bien mencionar, que ya viene el emparejamiento de este brinco de espacio y tiempo, que se advierte no será el último, y que ya se ha discutido con anterioridad, pero aún hay un par de frases qué discutir al respecto de no dejar, como quien dice, las cosas al aire, pues eso sería imperdonable y hasta desagradable en este verídico testimonio. Lo primero es que sí, la marea blanca llegó como eso: algo inesperado pero definitivo, y la cuestión, si no se recuerda, bueno es que las letras pueden recordarnos bondadosamente y solucionar las dudas que podamos tener: dijimos que el niño de secundaria había sobrevivido por la muerte del instinto de supervivencia, que también causó la marea blanca, pues si hubiera muerto la lujuria antes, él habría muerto y las líneas anteriormente contadas hubieran sido totalmente infames. Por suerte, sucedió lo que sabemos, y eso es que escapó y no vale la pena repetir lo demás. ¿Por qué habría muerto el niño de secundaria de haber muerto la lujuria antes del instinto de supervivencia? Hablando de arrepentimientos y movimientos sociales, al menos tenemos la siguiente cuestión: algunos arrepentidos de la caída agresiva e intolerante del movimiento estudiantil que pudo haber sido el cambio que las sociedades tantos desean, se juntó con la caída de una de las industrias, y quién sabe, tal vez la más grande de todas, que es la lujuriosa. Y es que, sabemos, ya había problemas sociales relacionados a los presos sentimentales, y su mafia creciente que sí era cierta aunque cubierta por otras cuestiones. Los medios de comunicación son expertos en el tema, por cierto, ese de obligar a dar primacía a otra cuestión que no sea la que de verdad debería tenerse en cuenta; pero éste no es un manual de ciencias sociales, dejemos esa cuestión para los que sí son expertos y no para este triste narrador que apenas hace lo que puede. La mafia era creciente, era de armas y drogas, ya que la de humanos se quedó de lado. La mafia era la compra-venta de artículos de lujo. Drogas especiales, por supuesto. Dependía de qué abstracto faltaba en su vida, si inhalaba esto, o se tragara esto, o se inyectara esto, si se untara esto, si fumaba esto, si veía esto, si elegía esto, o ya de plano para los más emprendedores: si se metía esto por el ano, pues es un supositorio; por un breve estadio de dolor y sufrimiento, perdón, por cierto, de antemano, por esta áspera forma de expresión; usted podrá sentir por determinado tiempo ese abstracto que tanto le falta y que, bien, ya se ha acostumbrado a vivir sin él, pero no seamos obtusos, y bien que le gustaría sentirlo de nuevo, al menos momentáneamente para volver a ser un factor activo sin búsqueda de descanso, un poco de temor para descansar del riesgo, un poco de empatía para saber lo que los demás sienten, un poco de lujuria para gozar lo que ya no gozaba, un poco de lo que usted quiera, pues usted elije cual comprar. Esas son las bondades este mercado libre. Será libre de nuevo, al menos en lo que el efecto pasa. Un multimillonario negocio, el nuevo gran negocio, después del de las carnes… humanas, obviamente.

Vino pues, como ya bien sabemos, la muerte de la lujuria, y veamos primero el temblar de las instituciones familiares más básicas, junto con su conjunto de creencias. Veamos que, incluso, aunque parezcan no estar muy relacionadas, la institución familia y religión, cayeron, los divorcios se dispararon hacia arriba como si fueran estupefacientes o una excelente tecnología. No estamos aquí condicionando que el matrimonio, o sea, unir la vida de uno con la de otra persona para toda la vida en un firme convencimiento del amor, tenga su verdadera base la relación sexual, pero sí tiene su peso, porque somos parte racional, sí, pero también parte animal, y aceptémoslo, es necesaria. Entonces eran tantas las separaciones que incluso se vendían estos divorcios exprés que se podían conseguir en la tienda de abarrotes más cercana, y la iglesia tuvo que reglamentar con nuevas normas lo que el adulterio era y en qué casos lapidar, así como un matrimonio ya no era sobre amor, sino sobre el deber, el deber ante dios de solamente procurar la familia aunque no se tuviera o se vieran forzados a hacerlo. Asimismo, enormes campañas prosexo se lanzaron, hasta se advertía en anuncios de televisión o esos interminables comerciales antes de la película del cine que apoyaban, literalmente, el sexo sin protección, a edades tempranas y el slogan era como “si ya sangras, ya háganla”, no literalmente, obviamente, pero esa era la intención. Sin embargo, aún falta más, y con macabra mentalidad daremos cuenta de lo que pudieron haber pensado esos grandes magnates que, en demasía sabemos, no son los que meten a las cárceles, los que salen en las noticias como pedófilos, pederastas maestros de niños, los mejores, los que más se acercaban educativamente a sus alumnos y que en la oscuridad de su hogar tenían fotos y fotos de niños y niñas haciendo las más tremebundas acciones impropias de su edad. O, por qué no, una doble vida de gozar culposamente eso que tanto aman: la carne impúber. Sí, sabemos que esos monstruos merecen lo peor, pero los que les otorgan las fotos, los videos, a la gente misma; esos no salen en las noticias, ni en la tele, ni en los periódicos; vaya que, hasta para la desgracia de todos, ni en un verídico testimonio como éste podemos gozar de rostros o nombres de estos trúhanes. Y ellos bien se preguntaron, ahogados en su dinero, ¿qué hacer con todo este producto? Tal vez sucede bajo nuestra nariz, pero es cierto que el producto que no sirve es desechado a la naturaleza, basura, inservible desperdicio. ¿Qué hacemos, pues, con todos estos hombres, mujeres, ancianos, ancianas, animales, niños, niñas, adolescentes, bebés, y lo que más les venga a la mente? Y se pide perdón por la crudeza del lenguaje, una situación verdaderamente incómoda, pero las hay veces que es mejor decir, poner o escribir las cosas como son a los innecesarios rodeos ridículos a los que estamos acostumbrados y que, a la larga, más nos cuestan. Y es que, esa era la realidad de esta sociedad: la industria, de las más importantes, caía pues su producto no era vendible; y lo peor, su gobierno no daba solución. Obvio es que esto no saldría a la luz en medios de comunicación, pese a que era cierto, pero sin el silencio, sin esta ayuda, la situación pudo haberse tornado mucho más insostenible. Gracias al silencio en conjunto del gobierno, esta industria pudo crecer y posicionarse como la más grande de todas. Ahora, ese gobierno, por más difícil que parezca, o incluso, por más irreal que parezca; les dio la espalda. La respuesta fue, como veremos, catastrófica.

Hagamos, una vez más, un ejercicio de imaginación. Pongamos una cuestión personalizada, una segunda persona del singular en la característica forma de hablar de respeto: el usted. Sólo por ver su efecto.

Despertó usted, somnoliento, y vio que el sol apenas comenzaba a salir pues el cielo, a través de su ventana, se nota el azul pálido. Solamente imagíneselo: la vista auguraba un cielo despejado, sin nubes, pues la lluvia se manifestaría a través de nubes cargadas, que no había, que faltaban. Se talló los ojos, usted, y otra parte del cuerpo. Elija cual. Se estiró, el cuerpo se despertó un poco, y tentó alrededor de su destendida cama. Sabía usted que su aliento era corrosivo, pero era así todas las mañanas, con todas las personas, así que no habría por qué apenarse, más si sus costumbres de higiene bucal eran, como sabía, las ideales. Bebió del vaso de agua que nunca puede faltar en su habitación. Se levantó y no se preocupó por ver por la ventana, pues nunca lo hacía, pues despertar significaba iniciar con la rutina, lo cual, irrealmente, es mejor que notar la naturaleza. Además, no había motivo de hacerlo, de ver al exterior desde el segundo piso de su hogar, pues siempre era la misma vista vacía y algunas ventanas ya con luces encendidas, las de menos. Era la misma calle, el mismo cielo cambiante, los mismos automóviles, las mismas casas. Todo tan igual que lo nuevo saltaría a la vista de forma excesiva. Pero por alguna razón usted decidió ir y asomarse. ¿Qué razón? Esas que ni parecen razones, solamente cuestiones inexplicables de la vida. Y vio que no era solamente usted, todas las ventanas, todas sin excepción, se vieron de las cortinas corridas, pues la intimidad es lo que más se respeta, y con gente asomándose. Y se asomó, y se paralizó. Perdió la respiración, el aliento, todavía pensando que soñaba, porque eso quería usted, eso deseaba, que eso fuera un maldito sueño, una perra pesadilla de la que despertaría. Bajó, como si de una procesión se tratara, las escaleras, y en el caminó se pellizcó, se golpeó, se mordió la lengua hasta sangrar para que le doliera, y vio que no era un sueño, se atemorizó porque no era un sueño. Todas las personas habían bajado, sin importar su estrato social, ni edad, ni impedimentos. La mayoría, obvio es, no pertenecían a la case de los estratosféricamente ricos, pues estos son los que habían causado su deseo de estar teniendo una pesadilla, que sería mil veces mejor que la tétrica realidad. Todos abrieron las puertas al mismo tiempo, el pijama, en ropa interior, desnudos, dependiendo de cómo se durmiera. Y en los marcos se quedaron, silenciosos, mirando, deseando estar muertos, inanimados. Había en la calle cuerpos. Cientos de cuerpos. Muertos. No respiraban. Pálidos. Desnudos. Debían comprobarlo y por eso salieron todos. Muertos. Muertos. Hombres. Mujeres. Ancianos. Ancianas. Animales. Niños. Niñas. Adolescentes. Bebés. Yo. Tú. Él. Ella. Nosotros. Ustedes. Ellos. Jóvenes. Viejos. Viejas. Adultos. Fetos. Gordos. Gordas. Flacos. Flacas. Hermafroditas. Travestidos. Transgénero. Güeros. Caucásicos. Blancos. Cafés. Prietos. Negros. Amarillos. Altos. Medios. Enanos. Chaparros. Musculosos. Delgados. Anoréxicos. Obesos. Peludos. Lampiños. Occidentales. Orientales. Grises. Pelones. Muertos. Todos muertos. Violados. Balaceados. Arrollados. Acorralados. Destrozados. Amaestrados. Destruidos. Aniquilados. Masacrados. Arruinados. Demacrados. Asolados. Derruidos. Devastados. Exterminados. Forzados. Obligados. Perpetuados. Abusados. Olvidados. Avejentados. Deshumanizados… todos ahí en recordatorio de que no era que no existieran, sino de que usted los ignoraba para poder mantener su pobre visión de la realidad como tal y no caer en una crisis existencialista sobre la vida y la muerte y la mierda de vida y de vivir. Usted, sí, usted era peor que los monstruos que gozaban a expensas de estos pobres. E imagínese lo peor, lo más grotesco que sería el origen de su placer sexual, eso era, ya sea por causa del destino o por el de una mentalidad más retorcida que la situación aquí narrada, lo que tenía en frente de su hogar. Y lo veía, presente incesante, inexorable, y se preguntaba usted, ¿habrá?, eso venía a su mente, ¿habrá algo peor que el pedófilo, el pederasta, el violador, la violadora, el necrófilo, coprófago, coprófilo, abasiófilo, agalmatófilo, andrógino, peor que el algófilo, zoófilo, coulrófilo, dendrófilo, dismórfilo, fitófilo, gerontófilo, hidrófilo, hirsutófilo, olfactófilo, pigófilo, ripófilo, etcétera…? Pues sí, ya lo sabía, usted, sí, usted que lo ignoró sabiendo que sucedía, pero como usted era libre, como usted no era la víctima, no le importaba, no hizo nada, porque era mejor pretender que no pasaba a tomar cartas en el asunto. Y lo tomó, la tomó, y extrañamente no le pesó. Para ser más precisos, éste parecía mucho ser el niño de secundaria. Y lo arrastró, la arrastró, hasta llegar al palacio de gobierno, Y ahí todos llegaron, ahí todos los amontonaron. El monte de las putas. Ellos fueron las verdaderas víctimas de las muertes de los abstractos. Y usted ahí, lo, la dejó, frente a palacio de gobierno, pues era mejor recordarles que el control era de usted, no de ellos, que ellos debían obedecer, no mandar. Montes de docenas de metros en el aire, de altura, de brazos, piernas, dedos, vaginas, penes, pelos, vellos, ojos, bocas, narices, nalgas, entrepiernas, antebrazos, pies; de todo. Enormes. Más altos que usted, que los palacios mismos. Escalar en cuerpos, Y usted ahí dejó el cuerpo que menos, sexualmente, desearía. Pero aún no se llamaría el monte de las putas, no hasta la respuesta del gobierno. Y es que, usted lo olió. Sí, lo olió. El monte de las putas se llamó como tal cuando el gobierno decidió prenderles fuego y esperar a que el humo cubriera el cielo como volcán, y que las cenizas llegaran a sus fosas nasales. Ahí fue cuando usted tomó el blanco y, junto con otros treinta y uno, jugó a hacerse el desaparecido.

En camino iban cuando el detective comenzó a recordar. Había ido todo el camino en silencio, en el avión, dormido. Iba ensimismado y nadie logró sacarle plática. El motivo era la mujer de rojo, y no porque ella lo hubiera hechizado pues había sido otra, de negro, la que le quitó su respiración. Simplemente era que ella le recordaba a alguien que había visto hace tiempo, mucho, juraba que la recordaba de algún lado, ese rostro, ella, en algún rincón de su mente él albergaba ese pensamiento, la había visto, antes, latente era. Veamos qué le pasaba. Ahora seamos un sueño, sólo por cambiarle a eso del subconsciente. Es muy raro, ¿no crees?, Sí que lo es, pero podría jurar que ya la había visto, ¿Cuándo?, Ese es el problema: no recuerdo, si es que de un recuerdo se trata, ¿No la estarás confundiendo?, No, aunque pareciera un sueño, me recordó a una amiga, Oh, ¿sí?, Sí, Dime, Pues era raro, yo la quería mucho, la conocí cuando tenía la edad del adulto joven, No me digas, Ya te dije, era, cabe mencionar, una amistad muy particular, ¿Por qué?, Tenía yo doce años más que ella, Eso es raro, Lo es, sí, yo para esos tiempos estaba con mi novia, ¿Nunca tuviste problemas?, ya sabes, la gente es malpensada, Pues sí, aunque su familia me aceptó, Eso es bueno, Sí, me dieron la oportunidad a pesar de todo, ¿A pesar de qué todo?, Ya sabes, es que parece que es mucho más fácil malpensar las cosas, como tú ya lo dijiste, estamos mucho más acostumbrados a la maldad que a la bondad, ¿Eres partidario de que el hombre nace malo?, No tanto, creo más bien que se vuelve malo fruto de las decepciones de la vida, Interesante punto de vista, Obvio, si te fijas, hay muchos tipos de malo, recuerda que tanto el asesino como un maniaco depresivo son malos, ¿Y por qué crees que es así?, Pues porque socialmente hablando, aceptamos más la maldad que la bondad, Quién lo diría, Pues todos, No fue difícil sostener una amistad así, supongo, Un infierno, Se acabó, creo, Sí, pero no recuerdo por qué, Malos momentos, a lo mejor, Más bien fue una separación forzada, Eso es interesante, ¿Por qué?, Pues que lo recuerdes justo cuando, a pesar de las cosas, tu vida pareciera mejorar, Eso sí, aunque bien podría ser porque a raíz de los problemas, me acuerdo de lo bueno, me oculto en mi imaginación, No es malo, también eres humano, Eso sí, El problema sería si te ocultaras ahí todo el tiempo, Toda la razón, Llegamos, será mejor que despiertes, ¿Cómo?, Esto es un sueño, ¿En serio?, nunca había soñado sabiendo que es un sueño, Sueño lúcido, le llaman, ¿Y cómo sabes que soñamos?, Sueñas, solamente tú, ¿Cómo lo sabes?, Pues yo lo he decidido, ¿Y quién eres?, El autor.

El detective despertó calmado, se apretó el cinturón y aterrizaron. Notaron que toda la gente abandonaba sus deberes y se acababan las formalidades. Iban a su casa aunque no a descansar.

–Qué raro, aún no es hora –dijo el adulto joven.

–Será mejor que nos apresuremos –dijo el detective, pensativo–, no vaya a ser que no ganemos un taxi y se vayan también.

No hubo tal medio de transporte, pero sí un buen samaritano con todas fachas de mal hombre, que decidió acercarlos a la ciudad a cambio de que lo dejaran cantar. No cantaba nada mal. El niño de secundaria tuvo un mal presentimiento, pero al darse cuenta que iba acompañado, supo que no lo dañarían.

La ciudad estaba vacía, inerte, era solamente el sonido del aire, constante, un recuerdo de su soledad anticipada.

–¿A dónde se han ido todos? –preguntó el niño de secundaria.

–Ni idea –contestó el adulto joven.

–Vamos por mis padres.

–Creo que tu madre estaba en un campo sentimental, comencemos ahí –dijo el detective.

–Necesitamos pase para eso, la tarjeta gris –dijo el adulto joven.

–¿Tarjeta gris?

–Vamos. Te explicará en el camino –dijo el detective poniéndose en camino.

Caminaron puesto que no había transporte público. Los campos sentimentales se habían vuelto tan poderosos como naciones, y a los de afuera exigían esta tarjeta gris que era un pase que garantizaba que todos los abstractos ellos sentían, pues ya era usual ver como enfermedad no a aquellos ausentes de alguna emoción o sentimiento, sino a los que todos los tenían, pues eso significaba ser inestable, dejarse llevar por sus emociones, y hasta peligroso esto era, pues no se podían controlar y ni ser ellos mismos.

Llegaron al campo sentimental más grande de todos en la ciudad, no sin antes empaparse de la marea blanca, la marcha silenciosa que, si bien, era requisito fundamental ir todos de blanco, no por eso los veían degradablemente ni mucho menos, a pesar de que parecían no estar enterados de lo que sucedía. Entraron a las oficinas del campo sentimental, un gran operativo de seguridad había, permanente, con hombres y mujeres vestidos con uniformes militares coloridos, además de poderosas armas de fuego.

Un burócrata, no con cara de aburrimiento, sino más bien de mirada penetrante, los recibió, y se sentaron frente a él los tres, escalonados en su edad. Aquél tenía un traje color verde que se podría ver desde el espacio sideral. Incluso desde otra dimensión.

–Sí, tenemos registrada a la persona que buscan –el niño de secundaria sonrió iluminado. Tan cerca estaba ya que quería llorar–, pero no pueden pasar sin su tarjeta gris.

–Por favor, venimos de muy lejos y él no ha visto a sus padres en meses.

–Lo siento, las reglas son las reglas. Ni la familia está autorizada a pasar solamente porque sí. Si así fuera, esto se volvería un caos.

–El caos ya está.

–Afuera, no aquí dentro.

El detective trató:

–Pasan meses antes de que autoricen las tarjetas grises… ¡y eso si las autorizan!

–Meses esperarán, en ese caso.

El niño de secundaria estaba a punto de soltar una verborrera propia de un malhablado, cuando sucedió: una poderosa explosión, gritos, gente atropellándose entre sí, sangre, ríos de sangre, mares de sangre, universos de sangre. Corrió a la nube de polvo que se levantaba a pesar de que su amigo le llamaba. Vio al secretario de seguridad matar a sangre fría a su madre. Juró que el mundo lo pagaría.