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Como habremos visto, las temporalidades junto con sus espacialidades, por fin, ya se han puesto en su lugar, así que, al menos ahorita, hablaremos de un presente narrado en pasado, al menos en su tiempo verbal, aunque parezca contradictorio. Al menos, respetando también el tiempo que ya se había adoptado desde el inicio de este verídico testimonio. La misión tomó más vidas de las que esperábamos, sin embargo, acorralados y débiles estaban, lograron capturarlos con vida, excepto al abstracto-paz. Veremos en líneas abajo qué desencadenó esto.

El secretario de seguridad estaba consciente de la guerra que llegaba a su fin, junto con su nombramiento nuevo en las aras del trabajo de gobierno. Se encontraba sentado frente a quien había conocido como abstracto-amor. Se miraban penetrantemente, pero ella ya no podía engatusar a los hombres. Ya no tenía su poder. Era ella una persona más en el montón.

–Pensé que estabas muerta –dijo él encendiendo un cigarro. Ella tomó su cigarrera, la de él, encendió uno sin pedir permiso, y dijo expulsando el aire mientras hablaba:

–Pero sí morí, señor secretario de seguridad, o debería llamarlo ahora, señor vicepresidente…

–Vicepresidente, sí… y olvida eso. Yo te veo con vida aún.

–Morir no significa dejar de respirar y estar bajo tierra, señor vicepresidente. Morir significa dejar de ser tú mismo. A mí me mataron, abusaron de mí… morí, señor vicepresidente.

–Eso no te daba derecho a hacer lo que hiciste. Lo trataste de matar, al detective, sin motivo alguno.

–No me diga que volveremos a jugar a ir al pasado.

–De ser necesario, lo haremos. Además, la vida no es sólo esto que vemos, sino también lo que fuimos.

–Filosóficamente correcto y acertado.

–Si ya no eres el abstracto-amor –dijo él–, ¿por qué no sentimos las consecuencias de la falta del mismo? ¿Por qué el caos no nos corrompe y nos mata? Eso sería lo correspondiente.

–Y quién dice que no sucedió, señor vicepresidente. Ya vio, solamente había que esperar un poco. No sea inquieto, al menos no lo fue en su momento. En estas cuestiones de tiempo, se resuelven siempre a su momento. No podemos dejar que esto acabe así porque sí.

–Como si fuera una maldita novela.

–Porque somos una, si no se ha dado cuenta.

Silencio.

–¿Por qué no te detuviste cuando tuviste el tiempo? Pudiste haber evitado todo esto… y lo peor: pareces gozarlo.

Ella sonrió, expulsó humo, y dijo:

–¡Vaya!, veo que lo recuerda muy bien, señor vicepresidente.

–Sí, ahora sí.

–A mí me quitaron todo. ¿Por qué yo no habría de hacerlo con los demás, con ustedes? Somos vengativos los seres humanos, señor vicepresidente.

–Pero ya no eras humana, como tal.

–Pero era yo, independientemente de todo, incluso de ser hija de dios…

–Pudiste habernos evitado a todo estar en la compleja situación en la que estamos.

–Sí, toda la razón –apagó el cigarro–, para poder así vivir felices por siempre, sí, claro. Eso era tentativo, acabar la historia pues ya capturaron al asesino, al parecer, esto llega a su fin así… Pero eso es sólo el comienzo, si mal no recuerda.

–No digas cosas que ya sabemos.

–Es que parecen olvidarlas –dijo ella cruzando las piernas–… Una historia, para poder contarse, señor vicepresidente antes señor secretario de seguridad, debe tener un inicio y un fin. Evitémonos ridículos clichés de que todo se soluciona al final pues sabemos que la vida no es así, pues no siempre sale todo bien para los buenos y mal para los malos, sean quienes sean. Esto no es más que una alternancia. Se cree bueno usted ahora, pero mañana será el malo. Así que deducimos lo siguiente: en la vida real, lo malo sucede a los buenos, y lo bueno a los malos.

–No, no seré ni haré lo que tú.

–Suena como niño usted, ¿sabe? Bueno, es que de alguna manera ningún hombre, genéricamente hablando, así como sexualmente; será en su vida, maduro, como tal. Esa es una de las verdades de la vida. Sin embargo, es como escuchar a un menor de edad al momento de hablar con usted, yo nunca fumaré, yo nunca tomaré alcohol, yo nunca diré groserías, yo nunca me drogaré, yo no cogeré… Todos lo hacemos, sin importar qué tanto nos mintamos a nosotros mismos.

–Por lo que veo, tu único motivo de ser era… perpetuar esta historia.

–Era hacer pagar a quien la culpa tuvo.

–El detective no te hizo nada.

–Pero lo hizo, después de yo hacerlo pagar pero… lo hizo.

–Estabas adelantándote. Rebuscando razones que no eran.

–Ya se le olvidó quién fue quien causó la muerte de la familia del adulto joven, y con eso, la pérdida de otra persona como yo. Un niño en este caso. En consecuencia, otra niña amiga de un personaje doce años mayor.

–Murió la familia de ese niño de secundaria por tu culpa.

–La justicia es eso, justicia… Llega, señor vicepresidente, sin importar lo que suceda. Ni siquiera su temporalidad.

–Lo que tú hiciste, esto de llamar justicia, fue antes de tiempo, entonces se convierte en barbarie.

–Vivimos en un ciclo, señor vicepresidente, pasaría, solamente traje su pago antes de tiempo para que luego él, el secretario de seguridad, se volviera lo que usted es ahora…

El vicepresidente se talló los ojos, molesto.

–Esto debió haber acabado ya.

–Si lo acaba ya el autor, esto quedaría inconcluso. De hecho, esto es el fin, señor vicepresidente, al menos para nosotros pero no para el lector. Aún hay algunas cuestiones qué aclarar, que no dejar al aire, hay que explicar todo. Sin embargo no todo es pérdida, vea que ahora él, el detective, es su amigo ahora y que trabajan juntos, son compañeros de trabajo… lo que usted era antes, lo es él: secretario de seguridad… ¡Vaya equipo!

–Te vas a pudrir en prisión.

–No importa –dijo con todo aire de convencimiento–, yo ya había muerto hace tiempo.

Silencio. Ella continuó con una sonrisa malévola:

–Espero que haya disfrutado su momento de calma porque, en cualquier momento, va a recibir la llamada y… y ya sabe qué dirán. Después de su guerra hubo paz. Pero lo dejaron ir, al abstracto-amor. Él tomará el que fue mi lugar.

–Perra enferma.

–No, señor vicepresidente, no… Solamente soy un personaje más.

Sonó su celular y sudó frío. Ella le sonrió.

–¿Qué pasa si no contesto?

–El hecho, hecho está. No lo puede cambiar. Además, el deber llama, su cuerpo deseoso está de trabajar pues no conoce y no acepta la pereza.

El vicepresidente se le que quedó viendo. Ella, sin atisbo de nervio, le dijo:

–Esto es sólo el comienzo. Podría usted poner esto al inicio o al final, da igual… echo está.

El vicepresidente, en un impulso de deber, contestó. Era el secretario de seguridad.

–Señor vicepresidente.

–Detective… perdón, digo, secretario de seguridad… ya sé.

–Pero no te he dicho nada… ¿cómo los sabes?

–En realidad debes decirlo, ¿verdad? –dijo enojado.

–Es mi deber, es un asunto de seguridad internacional.

–¿Contamos con el detective… el ahora detective?

–No sé, dejé de ser su amigo hace tanto tiempo, no creo que conteste siquiera mis llamadas.

–Trata, trata hasta el hartazgo, secretario de seguridad… yo, por mi parte, avisaré al señor presidente de lo que pasa.

–Es que aún no entiendo cómo es que le avisarás si no te lo he dicho.

El vicepresidente se talló los ojos, asediado por la mirada maligna de ella, quien era el abstracto-amor.

–Bien, pues, bien… dime, ¿qué ha pasado.

–La pereza ha muerto, señor vicepresidente.