Para alguien poder presumir un poco que conoce de un tema, debe ver sus múltiples características, no se puede quedar solamente con una perspectiva (que generalmente es la que más nos complace) y así decir que ya se es experto en materia; para realmente tener cierta autoridad sobre cualquier tema, hay que ver al mismo desde todas las perspectivas posibles. Y para esto del acto de conocer, se incluyen todas las áreas del conocimiento humano, hasta las más subjetivas como la espiritualidad o la religión. Ahora, un no-experto en estos temas tan delicados, no debería ladrar su opinión al respecto sin antes haberse nutrido; pero cuando alguien que sabe decide hablar, su perspectiva, aunque pueda llegar a ser opuesta a la nuestra, es siempre bienvenida porque el ser humano es también un ser pensante, y todo lo que nos invite a pensar, siempre será agradable. A todos nos gusta pensar pero de temas diferentes. Ahora, ¿establecer una perspectiva distinta sobre una de los personajes más reconocidos internacionalmente? Es algo cuasiheróico pero, sobre todo, si no se lleva a cabo, muy arriesgado.

Nikos Kazantzakis demuestra no solamente una maestría en el área del conocimiento respecto a la vida de Jesús, el nazareno dueño de los corazones de algunos creyentes y religiosos; sino que se explaya en un ritmo narrativo digno de los antiguos maestros griegos. “La última tentación” no es solamente una novela: es un canto tan bello, una odisea tan maravillosa como aquellos que quedaron inmortalizados con sus inmortalizados héroes. Nikos nos muestra una perspectiva humana del hijo del hombre, el hijo de Dios: uno sabiendo que es el elegido de salvar los pecados de todos con su propio sacrificio, ¿será que llevará a cabo su tarea de manera voluntaria? Un creyente buen samaritano diría que sí, que el sacrificio es bueno si es por los demás, pero todos tenemos poco de creyentes buenos samaritanos, además, cuando un dolor indecible es preámbulo de tu muerte obligada para salvar a todos los demás, más de uno diríamos que nos dieran un buen tiempo para pensarlo: ¿Valdrá la pena sacrificarse por una humanidad podrida?

Se me reclamará que es una exageración una generalización como tal: una humanidad podrida. Está bien, la acepto: ¿valdrá la pena sacrificarse por una humanidad cuyo 99% de individuos están podridos? Curioso es que al leer esta obra de Kazantzakis nos sintamos identificados en algún nivel con todos y cada uno de los personajes, porque no sólo es Jesús quien sobresale. Bien es cierto que él es el protagonista, pero todos, desde María, José, Magdalena, Marta, Juan, Pedro, Judas; todos los apóstoles, Zebedeo: todos tienen algo tan humano, tan característico que es imposible verlos como algo ajeno a todos nosotros. Me atrevo a decir que es, quizá, la primera novela que leo que todos, todos los personajes tienen algo del lector, porque todos tenemos muchas facetas, estamos en un cambio constante de mentalidad, y cada rastro de la misma se muestra en todos los personajes aquí desarrollados con una maestría digna de atesorar, apreciar y respetar.

La cuestión aquí es que sí, se trata sobre cuestiones divinas, pero en sí, en su punto más último, se trata de humanos. Seres humanos todos con fallas, porque se dirá: “Este libro es una terrible blasfemia para nosotros los que creemos en algo, porque nos muestra a todos como unos insensatos que no tienen respeto a lo que profesan ni a quienes nos rodean”. Es sumamente delicado el tema de Jesús, hecho como quien construye las cruces de los que crucifican, y eso podría parecer ofensivo de sobremanera, que él no quiera ser el salvador, que sea un violento, un insensato, que no tenga un camino claro dilucidado, que no sepa bien para dónde ir, a dónde jalar, a dónde llevar sus piecitos; bueno, es que no nos hagamos: así como en su novela, Nikos pone a ese Dios sí, presente, pero ultimadamente deja a sus creaciones, a su mismo hijo del hombre, decidir, tener esa última pauta de elección; justo como todos, seamos creyentes o no, a fin de cuentas, normas y preceptos morales tenemos que seguir, nosotros también, a pesar de saber que existen esas normas y esos preceptos, decidimos actuar o no de alguna manera u otra.

Ahora, entre autores hay que ser muy cuidadosos al compararlos, y es conveniente comprar aquellos que hayan tratado temas parecidos en sus escritos. Sería un poco ilógico comparar a Dostoievski con Borges en sentido de preguntarnos “¿Quién es mejor?” Lo que sí es conveniente es, por ejemplo, comparar dos obras que traten un tema similar, que nunca será igual, y que para gustos hay estilos; pero igual, si uno lee esas obras diferentes, puede prestarse a decir algo de entre ellas. Cuando uno lee “El evangelio según Jesucristo” de José Saramago, uno puede sorprenderse de luego de leer que José tiene relaciones sexuales con María, sale a orinar; eso al inicio, y al inicio de este libro, el de Kazantzakis, Jesús lucha por no ser ese hijo de Dios y, a parte, construye cruces para todos esos supuestos profetas hijos de Dios que llegan a la tierra y caen bajo el hierro romano. Me declaro un pleno seguidor de Saramago, fue, es y será uno de mis favoritos; y a pesar de eso, no puedo dejar de pensar una cosa: la obra de Nikos Kazantzakis es plenamente superior a la de Saramago, por mucho, en todo sentido. La obra del portugués resulta una blasfemia, es irónica, satírica y burlona; la del griego maneja en todo momento un humor tan fino, tan delicado, tan bien construido que esas situaciones graciosas podrían hacer reír a un niño, a un joven, a un adulto o a un anciano. A todos por igual. Kazantzakis tiene una crítica aguerrida, poderosa, implacable, pero a diferencia de la de Saramago, no se nota.

Obviamente, uno llegaría a dudar de si uno siendo creyente o un no-creyente disfrutaría más o menos leyendo esta novela. Hay que recordar que hay momentos para todo, y dependiendo del momento histórico personal, un texto será revelador o tendrá un impacto en nosotros o no. O sea: si estamos en un momento de crisis existencial respecto a de si Diosito existe o no, pues leer esta obra nos será incluso tortuoso; si estamos convencidos de que Diosito existe y nos molesta la gente que blasfema, pues leer esta novela podría ser alarmante. Hay que leerla como tal, una novela: no es una guía de preceptos morales, no es una biblia apócrifa, no es un manual de personajes históricos; es una novela. Si nos enfocamos en ese sentido, creyentes o no, la disfrutaremos porque lo que el griego ha logrado con este libro que es, definitivamente, increíble. Es, simplemente, una joyita. El mejor del año, hasta ahora.

Cuando entramos a cuestiones de debate donde buscamos tener la razón, hay que informarnos, hay que conocer, y hay que saber. El conocimiento de Kazantzakis respecto a lo que escribió es tan profundo que, a pesar de ser “opuesto” al canon original, es un placer, una iluminación casi divina el leerlo. Si queremos leerlo sólo porque no creemos en cuestiones divinas y así voy a tener más herramientas para callar o atacar a los que me rodean que sí creen, pues no, no se disfrutará la novela tampoco: no es un antievangelio, no sea mamador. Sin embargo, algo sí se puede decir después de leer este libro: ¿qué preferiría usted: una simple blasfemia o una brutal herejía?