20

Antes de la muerte de la pereza, pero luego de la explosión que sucedió justo en la retirada de la marea blanca, que bien funcionó como mar al momento de salir todo volando por los aires para luego desvanecerse como si nunca hubiera pasado; se llevó a cabo un funeral de toda esa gente que pereció, o bueno, de los pedazos de las personas que se fueron al más allá que ya parece mejor que el más acá. Había féretros como para bebés, no porque la persona en cuestión fuera una enana, sino porque, a veces, se encontraba un brazo, o una víscera, o una cabeza solamente. Otros estaban vacíos, y ahí metían las pertenencias de la persona en cuestión, como una especie de entierro metafórico. Nos damos cuenta que la gente tiende a enterrar algo como si así fuera a negar la existencia, cuando en verdad la engrandece, porque la necesita, y justamente a través de un acto opuesto, acentúa lo que en realidad le sucede. Este acto, esto fue denominado un acto terrorista, porque eso era, y así debía ser tratado y dado a conocer, esta aberración y crimen social. Al menos así fue llamado por las autoridades gubernamentales, y el presidente mismo en un mensaje no apresurado pero sí de emergencia lo dijo, pues en los momentos de más inseguridad, es cuando más cerca debe estar el gran mandatario con su gente para así mostrarles que no, nunca están solos: el gran hermano siempre está ahí.

–Ciudadanos y ciudadanas, les doy las más afectivas buenas noches y, consternado, me uno con ustedes a este dolor con el que, por desgracia, por el momento, nos identificamos todos en una gran unidad. Estamos todos ciertamente afligidos y aquejados ante semejante muestra, esta terrible acción antidemocrática en la que, gente, soberanos y soberanas, como ustedes o como yo o como cualquiera; fueron radical y cruelmente atacados por las fuerzas ya enemigo número uno de este gobierno en cuestión. Esto es porque, y no debe quedar a duda, que la seguridad nacional es lo principal de esta gestión y nunca dejará de serlo, porque nosotros somos gracias a ustedes, y queremos darles siempre lo mejor para que nunca les falte nada y, como debe de ser, para que siempre tengan ustedes todas sus necesidades cubiertas para así poder coexistir en paz y armonía. Justamente por esto, y en búsqueda de esa paz necesaria para todos, se les hace un llamado a todos ustedes, se hace un llamado a la ciudadanía ante este sanguinario e inhumano enemigo, insolente e indeseable en toda extensión de las palabras; se hace un llamado para unir fuerzas y confrontar a esta temible y alarmante amenaza que asola nuestra nación y nos amaga con corromper las bases y los pilares de esta gran sociedad que con grandes trabajos hemos construido en unidad y templanza que, desde los tiempos de nuestros antepasados, hemos logrado edificar, levantar y llevar a sus más prístinas y bellas formas de expresión, desde sus más humildes cimientos. Soberanos y soberanas, nosotros, como nación, nos distinguimos por ser una sociedad unida, democrática y única tanto en los momentos de mayor riqueza y holgura, como en los momentos de mayor necesidad. Es hora, ciudadanos y ciudadanas, de demostrar que ni las fuerzas más inhóspitas, criminales y malvadas podrán con nuestra sublime nación que siempre tiene, en su unión de respeto y responsabilidad, mucho más poder que el de la destrucción sin sentido y sin objetivo real. Esta afrenta, esta ofensa, debe ser respondida con la fuerza y el rigor necesarios, pues no debemos dejar que los criminales se salgan con la suya, no permitiremos que en su búsqueda innecesaria e insensata del caos latente, derrumbe los ya milenarios avances y virtudes que nos caracterizan tanto como una de las más grandes naciones de este planeta. Si sangre quieren, sangre tendrán.

De palabras a palabras, entre las que deben ser usadas en mensajes oficiales como las que deben ser usadas en un ataque de guerra, y estaremos todos de acuerdo que esa última oración, frase, convencimiento o convocatoria, depende del punto de vista con el que se vea; fue un mensaje en demasía directo y alebrestado, y tal vez se pensará que en una sociedad honesta y pacífica como la que hemos visto, capaz de organizar una marea blanca como la ya vista, no deberían decirse semejantes palabras tan a la ligera, como quien dice, tan contundente de un ataque que ya parece estar en camino. Bueno, y es que recordemos que el presidente es también ser humano y tal vez él también sienta el coraje que los familiares más directos sintieron ante el arrebato de la vida de sus amigos, hermanos, madres, padres, amigos, conocidos, y lo que a usted se le ocurra. Sin embargo, ya sea para la sorpresa o la sospecha del lector, el mensaje fue alabado, aplaudido y compartido hasta por los sectores más conservadores de la situación, pues esta era la muestra de un gobierno comprometido y constantemente al tanto de lo que su nación necesitaba.

Sin embargo, para la consecuente acción del gobierno, dos cosas debían conjuntarse para así tener éxito: una de ellas estaba ya en proceso en el otro lado del mundo, que englobaba cuestiones geopolíticas que igualmente serán dadas a luz en su momento pues si se dieran a conocer ahora, pasarían de largo y no las comprenderíamos; por otra parte, sabemos muy bien, y si no, pues ya lo sabremos, y es que la principal preocupación del secretario de seguridad era la de capturar a los abstractos y así ya asegurar su poder y control sobre ellos, así como de sobre todos los soberanos y soberanas de esta independiente nación. Habremos de imaginar o saber que el principal objetivo de los abstractos, por su parte, era el de capturar y matar al detective solamente por la afrenta que él les había hecho, la de descubrirlos en sus barbáricos actos contra algunos que eran exactamente igual a ellos mismos. Por desgracia para quien sea él, y no por el peligro que eso pueda significar para su vida, el de que los abstractos estén tras él, sino porque, por el momento, sentía la terrible necesidad de ver a la mujer con la que habló por teléfono, y vio fugazmente en persona, pues quería hablar con ella, frente a frente, pues las relaciones humanas, al menos las verdaderas, son esas en las que las palabras son reforzadas con lo inmaterial, en este caso específico, con las miradas, los ojos, pues el acto de mirar y de intercambiar contacto visual conlleva, por decir así, una magia de la que el lenguaje, por su naturaleza, carece. Digamos pues, para explicar esta cuestión de mejor manera, incluso cuando el tema ya ha sido tratado anteriormente, saliéndonos sí, incómodamente de la narración, pero necesariamente, pues en el fundamento del lenguaje está el fundamento de la narración; digamos que lo físico y lo lingüístico no son más que las dos caras de la moneda, y no por ser opuestos, sino por ser complementarios, pues si así no fuera, la vida no pasaría de un simple intercambio de códigos escritos o de cualquier otra forma que en sí, carecen de toda significación y fuerza posibles. Es un deber formalizar, para él, lo dicho a través del teléfono, pues no sería cosa real hasta que lo confirmara como tal, y esto ascendía hasta un deber moral del que no se podría liberar hasta que cumpliera con esa responsabilidad personal y hacia ella.

El equipo de secretario de seguridad, junto con el detective, idearon un plan de captura usando como carnada al mismo detective, pues estarían dando pistas por cualquier medio sobre dónde estaría él, cuál sería su paradero, para así atraer a los abstractos como si echaran comida en una pecera. Así esta sería la creación de la oportunidad de oro de captura para el gobierno y así reivindicarse, a pesar de las deficiencias, como uno respetable y buen mozo. Y es que, obviamente, el gobierno nunca es el culpable de este tipo de cosas, sino más bien, otra persona, y en este caso, el caos narrado, es de los abstractos, y de nadie más.

Contra su voluntad, el detective se encontraba sentado en el café, justo en la misma mesa donde vio a la mujer por primera vez. Ese día enterrarían a los padres del niño de secundaria y, por alguna razón, él quería estar ahí para ayudarlo, pero pues primero lo primero, tiempo al tiempo, y así todos avanzamos. El detective encendió un cigarro, inhaló su propia muerte, y pensó en el llanto del niño de secundaria, hincado justo al frente o al lado de la tumba de sus padres, moqueado y tembloroso, en manos de su mejor amigo, deseando que se lo llevara la muerte o la chingada. Aunque para hacerse nacional, pues mejor la segunda, que ahí llegamos todos, o ahí los han mandado a todos, así que, a lo mejor, hasta a algún amigo bien se podría encontrar y hacerle menos terrible la existencia. Expulsó el humo. No había viento, así que formó un aro un aro gris, humeante, y a través de él, la vio dirigirse a él. Llamaba la atención, sí, tenía una figura envidiable, realmente femenina que te hacía pensar en ella, no como vieja, sino como mujer, pues la primera no inspira respeto, haga lo que haga, pero la segunda impone, impera, y es poderosa, incluso más que dios, pues te haría desobedecerlo para que ella te diera la mísera oportunidad de creer, y enfatizamos creer, poseerla; además, no era una bruja como decía el adulto joven, que cayó en el hechizo de ella. Llevaba un pantalón de mezclilla y una playera sin mangas, así como el cabello suelto que parecía ondular con el viento inexistente, para todos, no para su cabello, y sus orejas libres de aretes se notaban. A pesar de su maquillaje, que no era excesivo pues no parecía de esas mujeres que agarrara el bote de pintura de veinte litros para pintar casas y ahí metiese el rostro; y bueno, a pesar de la pintura, se le notaban unas ojeras persistentes y presentes, no había descansado bien, y el detective se imaginaba muy bien el porqué, la razón, pues. Las órdenes eran que, tan pronto como ella se sentase en la mesa, él apretase el botón del pánico, para que así, todos los elementos en cubierto que, en realidad, eran todos los civiles que había en un kilómetro a la redonda del lugar, así de grande era operativo policiaco; entraran en acción. El detective, sin embargo, se forzó a olvidar su botón del pánico pues lo único realmente monstruoso que vio en ella, una mujer que ni en sueños mataría a una mosca, era la terrible familiaridad que le hacía sentir, que le enfatizaba, que le hacía notar que algo había en su memoria que quería resucitar como si llevara tres días muerta. Pero, eso sí, un empujoncito necesitaba, y era esta oportunidad de oro de hablar con ella.

–Espero no esté ocupado –dijo ella sentándose frente a él, en su mesa. Tomó la cajetilla de cigarros del detective, se puso uno en sus labios rojos, le quitó el suyo al detective, encendió el propio, y regresó aquél a los labios de él, no en un gesto provocativo, sino cariñoso, de amigos, propio de aquellos que desde su nacimiento ya estaban destinados a ser hermanos de madres diferentes.

–Eso es… atrevido, de su parte, he de decir.

–¿Ya me hablas de usted? –rio ella, –es extraño pues… es como si creyeras que soy una extraña. Como si nuestra frase no hubiese sido “sin bullying no hay amistad”, you are my light, bro; y cosas así. Una extraña, solamente.

–En cierto sentido, lo es.

–¿En cuál sentido?

–En el que no recuerdo haber tenido alguna clase de relación con usted. Social, vale la pena mencionar.

–En nuestro caso, mencionar lo que vale la pena, está de más. Nunca fue necesario y… bueno, háblame de tú, por favor.

–Si así lo quieres.

Ella fumó, vio el tabaco arder en su cigarro, y dijo:

–¿Fumas? No deberías, eso es malo.

Él frunció el ceño y dijo casi en susurro.

–No hago deporte como tú, o sea, formalmente, así que no importa en realidad. De algo me he de morir.

Por un momento, y por fin, cabe decir, para el detective; el semblante de ella cambió de ser uno frío a uno de añoranza, al menos de modo pasajero, pero obvio.

–Aún así –dijo ella el nombre del detective–, es malo. Y yo no quiero que te mueras. Yo te quiero. Vivo.

–Ya he tenido esta conversación antes o… al menos eso creo –dijo el detective entrecerrando los ojos por el humo que expulsaba de su boca.

–Ya la tuvimos –dijo ella.

–¿Eres una defensora de los pulmones sin tabaco al mismo tiempo que fumas? No lo creo.

–Antes no lo hacía, no fumaba. Te quería bien. Para mí.

Silencio solamente roto por el desplazamiento del humo en el aire hacia su perdición.

–¿Quién eres entonces? –le preguntó él con voz ronca.

–Te diré, y recordarás, sin embargo, solamente quiero que me digas una cosa. Sinceramente, como antes, como cuando me mostrabas otra forma de ver el mundo y… y éramos hermanos de otra madre.

Él había dicho esa frase solamente con una persona. Se sintió romper a llorar pero fumó y se controló, pensando él que ella no se daría cuenta, pero obvio que ella lo hizo, se dio cuenta, y casi saltaba a sus brazos, pero se controló, tal y como él lo hacía.

–No puedo ser sincero con alguien que apenas acabo de conocer.

–Eso antes no fue impedimento.

–No te entiendo.

–Solamente sígueme la corriente –dijo ella algo irritada. Fugazmente él sonrió.

–Así éramos antes, ¿no? Yo molestando, tú tratando. Está bien, trataré.

Sonrieron fugazmente, como antes, como cuando eran jóvenes. Ella se puso sombría y seria.

–¿Me perdonarías?

–¿De qué? –dijo él incomprensible.

–Porque –tenía un nudo en la garganta, él sabía, ella era así: siempre trataba de ocultar todo–… por no haber estado ahí, ahí, cuando más me necesitabas, cuando tu familia se fue, cuando yo también lo hice.

El detective sintió sus ojos llorosos por un dolor bien calificado como milenario, pues incluso a pesar de no ser así literalmente, cuando algo nos duele, nos duele en la vida, y esa vida es mucho más larga que nuestra pobre existencia: se remonta hasta los principios del averno y de dios y del bien y del mal. Lo peor para él: era un dolor desaparecido y renacido, terriblemente familiar.

–Quien debería perdonarme eres tú… no te busqué lo suficiente a pesar de que eras mi vida y… y yo estaba jugando a policías y ratones y te encontré por casualidad pero… pero no sé.

Ella también lagrimeaba, no quería, pero era así, se veía en su esfuerzo por no hacerlo notar. Ambos estaban en la sinceridad de una amistad que nunca debió ser destruida.

–Estabas haciendo lo que pensabas que estaba bien, cumplías con tu deber.

–Quería olvidar la realidad, y eso sabes.

–¿Qué querías olvidar? –preguntó ella al detective.

–Tu pérdida, la de mi familia, pero también la de mi elegida, parte de mi familia, obviamente.

–Yo también te hice perder.

–No entiendo, mi niña.

Ella cerró los ojos fuertemente al escuchar su viejo apodo, se controló, pero no las lágrimas que corrían por su mejilla.

–Ya lo harás –dijo casi sin voz, fumó–, sólo fíjate, que si puedes narrar un tiempo presente en pasado verbal, ¿por qué no hacerlo con un tiempo futuro en un pasado verbal, aunque éste no haya pasado ni siquiera para un presente en pasado verbal?

Él no ignoró lo dicho: algo sucedería después para él, sin importar lo del pasado verbal. Dijo queriendo sonreír sin poder:

–Antes no eras filósofa, tenías una inteligencia maravillosa para tu edad, por eso te quería pero… no filosofabas.

Apagó ella la colilla de su cigarro.

–Solamente no entiendo por qué hiciste todo esto, ahora si, según tú, muerto estabas por dentro.

–Los que por dentro estamos muertos –dijo él–, más nos preocupamos por los demás. Por eso me hice tu amigo.

–¿Por qué?

–Bueno, alguna vez leí –apagó su cigarro lamentando que ya se acabara y no tuviera una cerveza en lugar de un café–, que si no tienes razón para vivir, ¿por qué la habrías de tener para morir?

–No entiendo.

–Quería demostrar a todos que no necesitaba a nadie, que no sentía nada por nadie, que era una roca cuando… cuando en realidad era el más sentimental de todos, pero tú me mostraste que eso no era motivo de debilidad, sino de fortaleza, y de creación de la mejor amistad de mi vida.

–Eso pasa muy seguido, ¿verdad?

–Una vez en la vida… aunque eso tú me lo podrías decir, tú eres la abstracto-amor.

–Yo odiaba porque necesitaba ser amada.

–¿Y no lo eres?

–No… tal vez.

–¿Ya no lo eres?

–Ya no soy la abstracto-amor.

–¿Eres amada?

–Por mi mejor amigo.

–¿Quien es…

Ella frunció el ceño con molestia y desilusión.

–¿Cómo quieres haya seguido esta conversación, toda ella, sin que tú te dieras cuenta quién soy?

Él encendió un cigarro.

–Porque necesito escucharlo de fuera, tanto como tú –dijo llorando, con el ceño fruncido, mirada dura, pero dolida. Ella empezó a llorar de nuevo, sin poder controlarse.

–Lo siento tanto… lo siento tanto… mi gran tonto

Él apretó los ojos al escuchar su viejo apodo, fumó. El nudo en la garganta era tal que no dejaba de llorar, si lo aguantara, no podría respirar.

–Se supone que te debo entregar, mi pequeña niña.

–Lo sé…

–No quiero, no… ahora que te veo… sólo quiero disfrutar una vez más de… ser amigos.

Ahora él lloraba y a moco tendido, como quien dice, o para conservar la seriedad del momento, así como su sensibilidad: efusivamente. Dejó caer su cigarro y hundió su rostro entre sus manos.

–Te lo dije, mi pequeña niña –ella rompió a llorar justo como él–, te dije que te daba todo, que te quedaras… yo sé que tu familia era de otro lado, que no pertenecías a aquí pero… te daba todo y no te iba a adoptar como mi hija, pues éramos los mejores amigos, ¿recuerdas todo lo que luchamos a pesar de la diferencia de edad? Éramos los mejores amigos, como toda la vida se suponía que debíamos ser. Yo tenía hogar, dinero, te ayudaría con tu educación en todo, yo… Yo sé que estabas destrozada por la muerte de tus padres y que tu familia vivía lejos pero… no fuiste con ellos, me mentiste. Me rechazaste. Me mataste –lo último fue un susurro casi inaudible.

Se vieron a los ojos a través de un mar de lágrimas. Él agregó.

–Y aún así nunca he dejado de considerarte mi mejor amiga, la que nunca tendré de nuevo.

Ella, con la mano temblorosa, tomó otro cigarro.

–Ya no podemos volver atrás, ni lo haríamos, no cuando este juego de ajedrez ya está en movimiento.

–Lo sé… –dijo él, rendido.

–Sólo te quiero pedir una cosa –dijo ella expulsando humo.

–Dime.

–Abrázame –dijo ella ya con la voz quebradiza–, te necesito.

Él se levantó y la tomó de sus brazos que, al contacto, no eran los de una mujer hecha y derecha, sino los de una niña de doce años que no crecía, esa que conoció hace tantos ayeres y que, a pesar de su extraña amistad, florecieron los sentimientos más hermosos como si de una deidad poderosísima se tratara y ella también se regocijara al ver a estos dos felices. Por eso, esa deidad, decidió ponerlos en el mismo camino. Y es que, uno era ya adulto cuando la otra era niña apenas, pero esa deidad era buena, y sabía que la consecuencia lógica no era otra que la de, que entre estos dos, se volverían entre ellos mejores personas, pues en eso consiste la amistad verdadera: en crecer bien en conjunto. Y al estrecharla él en sus brazos, sintióse él como adulto joven al conocerla, y ella, la pequeña criatura que lo veía con esa mirada de ensoñación y maravilla. Eso era ella para él: una razón de ser mejor, un motivo de amanecer y sonreír, una alegría y un grandioso mundo por conocer, su propio ser latente, una imaginación presente, una ensoñación latente, un nuevo día brillante.

–Mi pequeña niña…

–Mi gran tonto…

Y ella tanteó, sintió el botón del pánico, y lo apretó. No se separaron, lloraron lo que nunca habían llorado y que, gracias a la ficción maravillosa de un relato, les permitió, eso les permitimos en realidad, pues era lo de menos que podíamos hacer ante tanto dolor y sufrimientos, años y años alejados, de ser amigos sin poder serlo. Ese es el peor sentimiento. Quien no lo conoce, no es pesimista de verdad. Una balacera hubo, el abstracto-paz cayó, y ni aún así ellos se separaron, se dejaron, sintiéronse cercanos y unidos, eran ellos en ese contacto como esas miradas que antes se lanzaban entre ellos dos, él más joven y ella una niña apenas; ella era algo como “te quiero mucho, mi gran tonto” y él era algo como “si te tocan, te juro que los mato”.

Y se perderían en la obligatoria separación del deber, pero sabían que solamente la vida mantendría presente en pasado narrado en futuro verbal, su recuerdo mutuo.