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La muerte del abstracto-paz y el viaje, por así decir, del abstracto amor por conseguir un nuevo cuerpo físico que cohabitar, trajo como consecuencia las características que el lector ya se ha de estar imaginando; sin embargo, no dejaremos esto ya como tema acabado, ya que con decir que la muerte del abstracto-paz ha acaecido, no estamos dando el suficiente panorama para comprender algo como tal, ya que tenemos en mente que nunca estamos en paz, de así serlo, estaríamos muertos, porque vivos, eso es lo más cercano que tenemos a esta cuestión. Así que, a continuación, damos paso a una breve descripción en lo que en este verídico testimonio comete.

Uno no se pregunta ni se preocupa de lo que ha perdido hasta que se fue, y esa no es una verdad nueva ni es una de esas frases que al leer nosotros, tomamos como gran verdad; se le consideraría más un cliché, algo tan dicho que ya perdió su sentido de ser, pues las palabras, a pesar de estar en su correcto orden, pueden perder su sentido. La pérdida de la paz, pues, significó el fin de lo que ellos tomaban como tranquilidad, más otras acciones en conjunto de algunos gobiernos para llevar a la gente a creer, a distraer su criterio en cuestiones que en primera instancia a algunos nos podrían parecer eso: tan repetitivas que para qué volverlas a ver, a escuchar, a sentir, a lo que usted quiera. Lo que sí es cierto, es que el hombre necesita creer en la pérdida, siempre en extremos, para poder reconocer que ha perdido algo, y gracias a esto, para que vea su realidad tal y como es, o sea, que modifica su entorno, sin siquiera tocarlo, conforme a lo que él ve, sea cierto o incierto. Así podemos ver, por ejemplo, que aquél que se la pasa pitando con el claxon mejoraría las pobres marcas en el velocímetro de su auto ante las horas y horas que le esperan de tránsito, o que así, al llegar a un hogar, la persona a la que se espera se transportaría por arte de magia al interior del auto, o que ofenderá a la progenitora del otro conductor. Era esto ya una cuestión de guerra. O aquél o aquélla que en la fila se entromete para avanzar antes aunque el trámite dure más de lo que duró la creación del universo, sí, siete días, pero cósmicos, o sea, miles de millones de millones de años. Contestar de vuelta a la maestra o al maestro sin un verdadero motivo ya era un motivo de ser engalanado o de valiente, atrevido, un verdadero héroe. Aventarse comida el uno al otro o demás proyectiles cuando la seriedad debería ser la que rigiera su comportamiento. Digamos también, por ejemplo, agredir a la más mínima ofensa, incluso aunque ésta hubiera sido un simple malentendido. Otra situación que agregar es que el ser humano nunca ha podido confrontar sus propias diferencias, bueno, al menos no con la muerte del abstracto-paz, ni como seres y mucho menos como razas imaginarias, ya que la raza se puso a nivel de ver quién es mejor en lugar de lo que es: un acondicionamiento a las características del lugar en el que vive. Veamos, pues, una muy breve descripción de esta guerra inmotivada, que tenía muchos años ya, pero que en este momento fue la explosión de la misma, tanto en cuestiones escritas para la historia como de la imaginación misma. El primer asunto que tal vez salte a nuestra mente, este recorrido de provocaciones de guerra, sería la del amor: la princesa que es raptada y que el valeroso y respetable caballero debe salvar de las garras de un imperio enemigo, o aquel hombre que quiere vengar, porque esa es la palabra: vengar la ofensa de que le mataran a su amor, que le quitaran su único motivo de ser viviendo, un motivo para respirar el aire que le daba vida, pues amar significa tener razones para respirar, aunque sea en automático, ya que él era envidiado por atesorar el más grande de los tesoros: un amor en persona. Otra de las cuestiones que hay para declarar y comenzar una guerra serían las cuestiones, vagas y egocéntricas siempre, del honor, en la que los afectados no podrían dejar la ofensa pasar, y lo mejor sería hacer justicia, o sea, dar una cucharada de la misma sopa, como quien dice, a su ofensor, para que sepa lo que se siente. Y tal vez, de una manera bien rebuscada, sería esta cuestión de la justicia la que es constante en las relaciones humanas y sentimentales, incluso más que las mismas emociones humanas, junto con sus sensaciones y demás. En su caso, por ejemplo, un mero ser avaro y orgulloso que busque expandir su imperio de tecnología por medio de la guerra, pues eso también es hacer justicia: llevar a los necesitados lo que no tienen para que no sean necesitados. Y así, podríamos extendernos líneas y líneas pensando en motivos de guerra, podríamos describir superficialmente ejemplos, los más comunes, los más irreales, y aun así no acabaríamos. Sin embargo, sí podemos deducir un común denominador, y ese es la irracionalidad violenta del hombre que cree que, en realidad, no es más que un conocimiento y pensamiento consciente y real en la historia humana de este testimonio verídico, que no tiene porqué quedarse en un caso aislado ni mucho menos imaginativo; pues no hay que olvidar que aquí hablamos de una humanidad, ¿cuál? Imagínese usted, pero real, de eso sí puede estar uno seguro, pues es que lo escrito aquí que usted está recibiendo es, en su totalidad, verdadero. No por nada hemos insistido en la cacofonía de las palabras verídico testimonio. Entonces, luego de este rodeo, regresando a la cuestión que nos compete, y como lo real exige, había pues una diferencia de culturas que se desarrollaron y crecieron, sin embargo, el enriquecimiento fue distinto, y los hubo ladrones y robados; los primeros, con motivos de fuerza, crecimiento y violencia, se autoproclamaron como los de la suprema razón, y los segundos, luego de años y años de ser subyugados, fueron llamados los retrasados. Por siglos de los siglos los de la suprema razón se adjudicaron su motivo de ser como los salvadores de los retrasados, y pobres estos, tenían oro, plata, madera, flora, fauna, agua y tanta riqueza que no podrían, y mucho menos sabrían, cómo manejarla, cómo administrarla, pues les faltaba lo que a los otros: razón. Les falta razón, vean ustedes, y es que no sabrían usar toda esa riqueza, así que nosotros hemos venido, humildemente, a compartirles un poco de nuestra gran experiencia, para ayudarlos a administrar semejantes bienes que vean, vean atentamente, cómo son tantos que creen que ritos son mejores que la tecnología, No, no necesitamos tu ayuda, podemos solos, Mira, aquí tú eres el paciente y yo el doctor, y yo sé qué es lo que necesitas, y debes obedecer, Pues no me siento enferma, me siento muy bien, No, no lo estás, estás enferma, De qué, El exceso de abundancia es dañino, Para ti o para mí, Mira, sólo debes creer, Eso es lo que ya hago, y me están diciendo que estamos mal, Cree en lo que te digo, ándale, porque si no, ese exceso de abundancia será malo, muy malo, y para ti, Pues no puedo creer, sigo sin creer, Bueno, pues, espera y ya verás. Digamos que esta relación fue la del hermano mayor y la del menor, ayudándose, uno recibe y el otro da. Vaya que aquí habríamos de ver que esta cuestión de superioridad entre activos y pasivos se ve entredicha, cuestionada, pues generalmente alguien que recibe es alguien débil, y el que da es el poderoso, esto en una muy vaga y estúpida cuestión de hombría y honor. Pero bueno, cuento al cuento, y creemos en todo este cuento porque, si no, no podríamos comprender lo que sigue, ni nuestras propias vidas. Y también tomemos en cuenta que ser directos es mejor, la mayoría de las veces, aunque se clasifique como tajante o como grosería, al menos para los cortos de entendimiento; así que evitemos esos criterios a toda costa. Así fue cómo por los siglos los países de la suprema razón siguieron, hasta los días presentes de este verídico testimonio, guiando a los retrasados pues los primeros son muy buenos, los mejores samaritanos de todos. Sí fue como, confrontando la incómoda crudeza de la realidad, los de la razón suprema, sonsacaron con varas, palas y machetes, y los hicieron pelearse, con esas mismas varas palas y machetes que habían usado para sacarles sangre, y luego los hicieron pelear entre ellos, y se enriquecieron con esas peleas, y sus hermanos menores retrasados se quedaron en vela y hasta con más hambre y menos edad que antes. Retrocedieron en sus conocimientos primigenios hasta ser un feto que quería ser abortado lo antes posible, por favor, mejor la muerte a este infierno en vida. Esto ha pasado, pasa y pasará hasta que los menores se den cuenta que quien en verdad nada tiene, son los de la razón, pues ellos se la han adjudicado a la fuerza, y ellos se la robaron, así que denotan con mayor fuerza lo que carecen: de la razón misma.

Ahora ya vemos que esta vez la muerte del abstracto-paz resultó en la guerra, una guerra llevada a cabo al otro lado del mundo de donde estas acciones de la caza y captura de los abstractos había estado sucediendo hasta ahora. Lo único que no comprendían estas dos naciones es que ambos eran considerados como retrasados: una por estar junto a uno de los hermanos mayores más grandes de todos, la otra por estar en un lugar que todos los hermanos mayores codiciaban tener para poder estarse llevando sus poderes entre ellos y así empoderarse más. Así, pues, estas dos naciones se consideraban inexistentes la una a la otra, y por estas cuestiones geopolíticas, no se mostraban la una a la otra ni un solo motivo de interés. Ojalá pudieran darse cuenta que son verdaderas hermanas, no forzadas en relación con las de la suprema razón. Sin embargo, nosotros no podemos decirles, de ellas ha de nacer la razón y separarse de la incredulidad aunque algo de violencia requiera. En fin, como dicho ya estaba, las dos necesidades estaban cubiertas ya, pero podremos pensar en una tercera: la guerra que se tornara algo como global.

La guerra duró algunos años y produjo muchos muertos, pues si no, guerra no sería, y es clara esta condición de la guerra: muy pocas veces, o en la actualidad nula con respecto al pasado, los que de verdad debieron haber combatido en estas vergonzosas acciones, en lugar de estar en el campo de batalla mostrando su valerosidad, estaban en casa, gozando de unas perfectas vacaciones pagadas por el erario público. Los medios de comunicación realzaron la cuestión de la guerra para poder dejar en segunda instancia la muerte de algún otro abstracto, o su tortura, como el abstracto-interés, para que la gente se viera inmersa en una vaga realidad, prestando atención a los pobres que sufrían las acciones de la guerra en lugar de prestar atención a las intenciones con las que se llevaba a cabo la misma. Un humanitarismo llevado al ridículo como esos programas de prostitución televisiva. Y muertos había, sí, pero no eran todos los muertos que eran ni eran todos muertos los que había, y se contaron por cientos de miles, clamaban la vida de los soldados caídos, a ellos les hacían fiestas y enormes dedicatorias; pero las mujeres, niños, inválidos y demás daños colaterales no eran tomados en cuenta pues no eran parte activa de la guerra, no tenían importancia, pues su único trabajo había sido morir siendo de un lugar que no producía seres humanos, sino pequeñas y ridículas máquinas que mantener.

Y así se desarrollaron las acciones hasta que llegó a su fin, y es que cuando las cosas se ven en retrospectiva, se ven mucho más fugaces de lo que fueron, justo como las vidas perdidas en dicho conflicto armado. Las grandes figuras políticas y presidenciales celebraron el fin de una guerra en la que, esos que se habían declarado una muerte horrenda entre ellas, en las más bajas de las artimañas, ahora salían en televisión dándose la mano, abrazándose, amándose de forma más vulgar que trama de película basada en algún libro de poca monta. La gente se solidarizó, comenzaron campañas de recolección de alimentos, dichosos de poder ayudar en la vida, pero no sabían que no podrían recolectar las vidas perdidas, pues la vergüenza les hubiera sido asesina. Y una vez más, los países de la suprema razón fueron los que solucionaron todo, víctimas al inicio, ahora héroes, cuando en realidad, como siempre, desde un inicio, no habían sido nada más que putas en celo. Una vez más, pedimos perdón por el lenguaje usado, pero usted verá, si es que está enterado de lo que sucede, que no hay otra forma de decirles. Esto quería decir también que, luego de algunos años, la paz, el abstracto, había regresado a la vida. Las relaciones diplomáticas se reformaron, tan leves, apenas sostenibles, que con el más leve soplo caerían. De nuevo.

Luego de esos años, el detective encontró sumamente extraño que lo contactaran desde oficinas de gobierno para verlo. Pero el secretario de seguridad también iría, así que esa era el gancho para que no hubiera un no por respuesta. Por la guerra habían estado ocupados, a pesar de no haber actuado directamente, sin embargo, hasta ahora tenían el tiempo para poder hablar con ellos al respecto de un tema de suma importancia de interés nacional así como personal de ellos dos. No creía que fuera de nuevo por la muerte de los abstractos, eso ya había quedado en el pasado, y le habrían llamado de forma más urgente. Al parecer, el presidente quería hablar con él.

Entró a la habitación que ya conocemos pero que el detective no, ahí donde el sonido puede entrar pero no salir, así que no la volveremos a describir, solamente diremos que las ventanas abiertas dejaban entrar una luz bien densa y brillante, así como estaba vacía en su totalidad. Se sentó en uno de los asientos, hizo un rechinido gracioso de flatulencia, pero como no había nadie, no había tampoco ridículas necesidades de aclarar que no fue lo que fue. Se sentía tranquilo luego de años, también, de estar junto a esa mujer, la que fue dueña del periódico, que ahora tenía otro trabajo como redactora y revisaba el estilo de novelas de jóvenes ilusos en sus pobres técnicas narrativas. Él, en cambio, había tomado algunos trabajos como policía y sargento de colonias, leves, duraderos y con pocas emociones fuertes. Sólo lo mantenían cerca de sí.

Llegaron, pues, el presidente, el vicepresidente y el secretario de seguridad a la habitación. El detective no sabía si levantarse, así que lo hizo, porque eso era lo que se hacía en estos casos. El presidente, por su parte, avejentado por los años de servicio a la nación, se veía veterano, pero risueño, como aquél que sabe que se librará pronto de un peso que ya no quería seguir acarreando.

–Vaya, vaya, tenemos a uno de los más importantes aquí, señor detective, qué grandes cosas ha logrado con muy poca ayuda. Eso es de admirar de usted.

–El honor es mío, señor presidente.

–No dije que fuera un honor…

El detective o supo qué decir. El presidente rompió a reír en medio de lágrimas hasta que se calmó y pudo articular palabras.

–Era una broma, señor detective, dispense usted. No crea que lo quiero hacer sentir incómodo.

El detective sonrió nervioso únicamente. Nunca había sentido de él mismo tener una gran habilidad para este tipo de relaciones con superiores tan renombrados.

–En fin, no crea que lo traje para hacerlo sentir incómodo solamente –dijo el presidente al tiempo que encendía un cigarro, ofreciéndole uno, y así el detective tuvo que rechazarlo educadamente–… Pensé que fumaba usted, señor detective.

–Lo hacía, sí, pero he tratado de dejarlo. Digamos que como un logro personal, de esos hasta presumibles.

–No me diga eso usted, señor detective.

–Ya lo he hecho, señor presidente.

–Imagine usted, si no fuma, si no toma, si no come carne, si hace ejercicio, si se cuida; qué pasará, dios no lo quiera, cuando muera. ¿Cómo sabremos los demás de qué fue?

–Eso tomando en cuenta que muera antes –el detective le sostuvo la mirada–, además, solamente he dejado el cigarro. Creo que la gente sin vicios autodestructivos son las menos confiables, creo que esos son los verdaderos monstruos.

Celebró el presidente ese comentario aplaudiendo y riendo.

–Muy bien, muy bien, me gusta cómo piensa, será un excelente miembro en este equipo de trabajo.

El detective y el secretario de seguridad vieron, extrañados, al presidente.

–¿Perdón, señor presidente?

–Les tenemos una propuesta… –dijo el presidente para luego ver al vicepresidente, hizo un ademán con la mano para que comenzara a hablar.

–En primer lugar, queremos agradecer y aplaudir el gran trabajo y su esfuerzo ante la problemática de los abstractos, que bien sabemos, fue mucho más difícil de lo que parecía al principio. Pero no se rindieron, ninguno de los dos y al contrario, lograron lo que, por momentos, parecía imposible, y no porque lo fuera ni porque dudáramos de su esfuerzo. Asimismo, nosotros, en este continuo avance del tiempo, nos damos cuenta más y más que son el tipo de gente que necesitamos para trabajar. Necesitamos gente comprometida y trabajadora hasta el último de los esfuerzos humanos. Por eso, les queremos proponer lo que sigue, pues como bien saben, las siguientes elecciones se vienen, y queremos tener una fuerte campaña para obtener la mayoría de los votos posibles. A usted, señor secretario de seguridad, queremos ofrecerle el puesto de vicepresidente en el gabinete, y a usted, señor detective, el de secretario de seguridad en el gabinete. Yo me lanzaré como presidente. Estoy más que convencido de que lograremos la mejor gestión de todas, trabajando en conjunto.

El detective no se lo esperaba, de hecho, fruto de la sorpresa generada, fue víctima de eso vulgarmente llamado: se quedó sin palabras, o bueno, pues, sin aliento. Y es que, recalquemos, la sorpresa es propia de las almas inocentes, pues quiere decir que no creen conocer todo en la vida, así que aún tienen cosas por descubrir, y es justo para eso para lo que vivimos. Así que si usted aún se maravilla o sorprende con las cosas, como un paisaje, una pintura, o un buen libro; siéntase de sobra afortunado de conservar un poco, al menos un poco de inocencia en su ser.

–¡Vaya, señor vicepresidente! Esto no me lo esperaba, nunca tuve en mi mente ni en los más vagos pensamientos el de ser parte activa como trabajador de gobierno.

–Véalo usted como una oportunidad para crecer y tomar rienda en la siguiente gestión.

–Nunca me he visto a mí como un ser político, al contrario: soy apolítico, de ser posible.

–Pues no lo es, mi buen señor detective, algo así no es posible. Esta es, tal vez, su oportunidad de tomar el poder de su vida, tomar las riendas, como dije, de su vida.

–Había dicho la rienda.

–Da igual.

–La rienda de mi vida y la de los demás, creo.

–De forma responsable, obviamente.

–¿Es eso posible? Ya sabe usted, señor vicepresidente, dicen que el poder corrompe.

–El que corrompe es el hombre a otro hombre.

–Poderoso.

–Nada más que una leve coincidencia.

–¿Cree usted en las coincidencias, señor vicepresidente? Yo creo que no existe algo como tal.

–Podría creer un poco más en la existencia de las coincidencias que en la de un hombre no-pervertible.

–Como lo pone, creo que ya tenemos un punto en común, señor vicepresidente.

–¿Entonces por qué trajo a colación esta cuestión de las coincidencias?

–Creo que así es más fácil explicar las cosas porque, en realidad, no habría nada que explicar.

–Toda la razón.

–Bueno, bueno, pues, toda esta algarabía filosófica es propia de los locos y los escritorsuchos. Solamente digamos: señor secretario de seguridad, ¿le gustaría ser vicepresidente en la siguiente gestión?

–Yo vivo para servir a mi patria, señor presidente. Claro que acepto, es un honor, en realidad.

No había ni rastro de mentira en sus palabras.

–Y usted, señor detective, ¿se anima? ¿Sería usted el secretario de seguridad en la siguiente gestión? Tomando en cuenta las colonias y regiones que ha tenido a su cuidado, debemos decir que ha sido un gran trabajo. Sería, además, un excelente equipo si usted se adjuntara – dijo el presidente viendo al secretario de seguridad.

–Eso sin duda –reforzó aquél.

El detective se vio a las manos, pensó divagando en su mente un rato los pros y los contras muy superficialmente, y dijo:

–Bueno, creo que es hora de tener algo estable, ¿qué no? Y no hay mejor forma que trabajando desde dentro para cambiarlo. Acepto, señor presidente, seré el siguiente secretario de seguridad en la próxima gestión gubernamental.