Al adentrarse uno en la ciencia ficción, que no es lo mismo que la fantasía, se va a encontrar no solamente con escritores que sobresalen no únicamente por la temática que llegasen a tocar, sino por la forma de hacerlo, su literatura. Menospreciar a la ciencia ficción como género literario solamente porque “no demuestra” las raíces de una cultura (como el realismo mágico) o porque no llega a una profundidad psicológica importante de un personaje (como lo haría Dostoievski), o porque son “cuentos” para niños solamente; es un prejuicio muy desatinado que hay que reconsiderar. El mismo Bradbury, indiscutible representante del género, muestra que se pueden hacer cuentos “para niños” que harían temer a los adultos más valientes. Es cierto, pues, que cada autor o se especializa en un tema o en una forma narrativa en cuanto a la ciencia ficción: Bradbury con Marte, Philip K. Dick con robots multifacéticos como los humanos mismos, la sorna maravillosa de Douglas Adams; hay uno que, tal vez, ha logrado conjuntar todo esto y más. Así como El Silmarillion es el libro que lo tiene todo en la literatura en sí; Isaac Asimov es el autor que lo tiene todo en cuanto a ciencia ficción nos referimos.

Sin embargo, quitémonos primero esa visión: la ciencia ficción sólo habla de robots y cosas del futuro que son atractivas solamente para los más imaginativos y jóvenes. En primer lugar, ¿por qué un género que en una opinión muy superficial sería menospreciado porque está dirigido a los más jóvenes e imaginativos? Cualquiera que haya trabajado con jóvenes y niños sabrá la gran sabiduría que ellos pueden llegar a tener tanto en palabras como en acciones. Reducir este género literario a una mera muestra de robots y máquinas futuristas le quita su pilar en el cual sostiene todo su fundamento: que quien crea todas esas máquinas y ese futuro mismo, es el hombre por el hombre para el hombre (hombre visto como ser humano, no malinterpreten, por favor). Es decir que hay que revisar a quien crea todas esas maravillas futuristas y por qué para ver que el trasfondo de una historia basada en robots y máquinas va mucho más allá que una imaginación, sobre todo envidiable, que solamente quiere redactar cuestiones imposibles. La ciencia ficción, a través de ese futurismo, de ese replanteamiento de la realidad, logra desnudar al hombre y mostrarlo como es: un cúmulo de deseos, intenciones, sueños y anhelos; pasa a ser reflejo del robot y el robot pasa a ser reflejo del hombre mismo.

Ahora, adentrándonos un poco en Isaac Asimov, no era un hombre especializado en un tipo de conocimiento solamente: era un todólogo. Publicó textos tanto de religión, ciencia, ciencias naturales, humanidades, etc. Kurt Vonnegut, según todo esto, llegó a preguntarle que qué se sentía saberlo todo, a lo cual Asimov contestó “inquieto”, palabras simples para quien podría decirlo todo. Un titán, pues, del conocimiento humano en general. Yo, muy particularmente, me considero un admirador de Umberto Eco, que también era considerado un hombre que lo sabía todo; sin embargo, Umberto Eco no tomaba consideraciones para sus novelas: las hacía demostrando un bagaje cultural tanto pintoresco como inalcanzable para los mortales como el escritor de estas líneas; Isaac Asimov, sin embargo, a pesar de saberlo todo, resulta sencillo de leerse, hablando de su trabajo literario, es una lectura que está al alcance de cualquiera que se interese al menos un poco en descubrir un universo de letras tan impresionante como la galaxia y el universo mismo que él estudió y transmitió en sus letras.

Asimov fue quien planteó esas tres leyes de la robótica que son implantadas en los cerebros positrónicos de los robots para que, por naturaleza, por así decir, sean leales servidores de los humanos:

  • Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  • Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.
  • Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

La cuestión de los robots en el universo de Asimov es que cuando rompen o son testigos del rompimiento de alguna de las leyes, sus cerebros positrónicos pueden verse dañados (y un daño, dependiendo de la violencia usada hacia el humano, podría ir desde un leve cojear hasta quedar totalmente inservible) casi como si de sentimientos tratáramos. Con las leyes, los robots evitarán que un humano sufra cualquier daño (casi como un ser humano y un bebé). Sin embargo, Asimov no solamente se queda en una cuestión así, de misterios donde hay robots presuntos culpables de asesinatos pero que no podría ser así porque las leyes son inquebrantables, porque es simple y sencillamente imposible que un robot anule cualquiera de las leyes que están todas ligadas las unas a las otras. Lo sobresaliente de Asimov es que no solamente creó sus leyes, sino que pudo, a pesar de que su lógica parece infalible, contradecirlas, por ejemplo, en “El sol desnudo”. Sería injusto decir aquí cómo se logra, hacer el famoso spoiler, así que se dejará a la lectura de quien se interese.

No sólo se limitó a hablar de robots y máquinas, sino que hizo presunciones sobre cuestiones meramente experimentales. En su obra más famosa, la que trata sobre la fundación, incluso habla de ciencias (psicohistoria) objetivas que se encargan de predecir el futuro. Lo atractivo de Asimov es que sí, tiene un gran contexto científico, pero es muy común ver en sus libros que también son necesarias las humanidades. Este escritor no mostraba una preponderancia utilitarista de una cosa sobre la otra, jamás lo hizo: le daba a cada teoría su lugar como era necesario para el correcto desarrollo de la trama de su escrito. Es de los muy pocos escritores con los que me he topado de los que añoro todo lo que hubo escrito, hasta ahora, todos los libros que he tenido el gusto de leer (los de literatura) de él me gustan.

Así, pues, Asimov, a pesar de ser un hombre que lo sabía todo, logró consagrar un género subestimado como un camino para el conocimiento del ser humano, del hombre. No hay por qué desestimar a la ciencia ficción o la fantasía con el realismo mágico o la historia novelada, por ejemplo, porque cada uno enfrenta lo mismo, hablando de literatura, pero desde diferentes frentes. No caigamos en la malinterpretación de decir que con este texto estoy insinuando que con leer a Asimov ya es como si leyéramos a todos los demás y que sólo el nacido en Rusia vale la pena: no, muy al contrario. Para poder reconocer el gran valor literario que tiene la ciencia ficción hay que leer a todos los autores que podamos, porque solamente así podremos darnos cuenta de la riqueza que este género nos brinda, un género que está a la par de cualquier otro. Para hablar de ciencia o cuestiones intelectuales, no es necesario enfrentarnos a textos complejos tipo Umberto Eco (que no por eso dejan de ser una maravilla), podemos ver que pueden ser sencillos y aún así con un gran trasfondo y un mensaje igual de poderoso como los de sus contrapartes más complicados. La mejor forma de formarse una opinión personal sobre quién es el más grande de un género, es contrastando con otros que lo hacen tan maravillosamente o hasta más que él en algún punto específico literariamente hablando. No he leído mejor texto corto que “El marciano” de Bradbury, no me he reído tanto como con la trilogía de cinco partes de Douglas Adams, pocos textos han logrado ese “mindblown”, esa explosión mental, un muy honesto “Güey, ¿qué pedo?” como Ubik de Philip K. Dick; y cada uno sobresale desde una perspectiva específica, sí, pero Isaac Asimov es un titán, es el titán de la ciencia ficción.