No ha llegado.

Todavía quedaba algo de esperanza. El adulto joven cerró los ojos, había temido el momento, este justo momento, y a pesar de ello, sintió como si le echaran encima un balde de agua helada. Quería llorar, y la garganta le dolía en toda la extensión de la palabra, como si tuviera una fosa de fuego, y al tragar saliva, tratara de apagar de un escupitajo un incendio forestal. En aquel tiempo, apenas había sido un par de meses, que habían enterrado a sus padres, y el adulto joven notó de nuevo a su mejor amigo. Vemos aquí la relatividad tiempo-espacio de la que tanto hablan los físicos, e incluso sin explicación física: un par de meses no es un “apenas”, porque, apenas, al momento, deberían ser un par de segundos, a lo mucho. Pero, si de tiempos hablamos, un apenas bien podría ser una eternidad. Y no es lo mismo una eternidad para dios que para el hombre, porque el segundo creó una eternidad bien compleja para comprender la de dios, y así pensar que la suya propia es muy corta, mientras que la de dios abarca toda su vida, y es por eso que no es comprensible, así que mejor es una eternidad de apenas un par de segundos, o meses, que la de un dios que no comprende de tiempos. Luego, pues, desde que los enterraron, él había notado que el que fuera el niño de secundaria, había dejado de sonreír, se había encapsulado y eclipsado en sí mismo como si de un sol muerto se tratara. Había sido alguien, sí, pero no ese alguien que era, era ahora hermético, acomplejado e incómodo, un completo desconocido, literalmente, como significa la extensión de la frase, eso incluso con el esfuerzo de ambos, de su novia y de él mismo, de poder recuperarlo, poder traerlo a la vida, volverlo a ser lo que era: amor y ser. Eso era. La felicidad fue notoria, obvia, genuina, pero él se sentía entristecido por lo sucedido. Era él su mejor amigo, sí, a pesar de todo, era él su pilar de vida. Solemos menospreciar este tipo de relaciones, no por lo frugales que son, sino por otros sentimientos poderosos que vienen a tomar un lugar mas no su lugar, como por ejemplo, el amor de padre e hijo, el amor a la amada mujer, y para sonar más rimbombantes en torno a ese bello mito: la media naranja, el alma gemela, la otra mitad, esa que buscamos atolondrados y dolorosamente por culpa de ese impulso de necesaria idiotez, de dominante envidia o egoísmo sin fruto; y todo esto solamente para sonar con la suficiente pomposidad que los falsos profetas, los escritores, en sus falsos testimonios que de la vida, buscan tener. Y que no tendrán, porque al momento de obtener eso que buscaban, se dan cuenta que lo que en realidad querían era algo más que ellos mismos, por más avanzados o avezados que estén. Y él, el adulto joven, le insistió, pero aquél desistió, y no por menosprecio a la amistad, sino por las prioridades de la vida, esas propias de lo que es la adultez existencial. Quiero irme con mi familia. Si hubiera sido más cuidadoso, pensó el adulto joven, pero el hubiera no existe, al menos no en el momento de desear cambiarlo pues, bien puede ser que, de no desear ser cambiado, en realidad podría haber sido modificado. Lo que se quiere no se puede, pero lo que no, siempre cambia. Y esa sí es una verdad definitiva. Tu familia está en el norte, bien lejos, ¿allá quieres ir?, Sí, con ellos, con ellos quiero ir, Necesitamos contactarlos, ver bien los detalles, y mandarte, y esto tomará un tiempo, debemos llevarte y…, Ya estoy grande, puedo ir solo, lo único que tienes que hacer es ver con ellos qué hacer y mandarme, imagina que soy algo de lo que te quieres deshacer, Yo nunca me querría deshacer de ti, eres mi mejor amigo, Y tú el mío, pero aun así, me quiero ir, Hay que formalizarlo, Haz tus formalidades, ¿Por qué?, si puedo saber, ¿por qué te quieres ir?, no entiendo, ¿por qué?, Porque necesitas a tu familia cerca, ¿qué, no?, Pero yo…, Es distinto, amigo, es diferente, ¿En qué sentido?, necesito saber, esto sí me lo tienes qué contestar, como ves, Ya sé, pero no sé, Entonces, ¿cómo sabes que es distinto?, Lo sé, ¿Qué sabes de esto si ni lo puedes explicar?, Simplemente lo sé, Pues bueno, déjame decirte lo que yo sé, sí, yo sabía que querías poner tu empresa en caso de que el fútbol no funcionara, Quiero ir con mi familia, Déjame terminar, por favor, sabes bien que conmigo, bueno, con nosotros, tendrás todo, escuela, familia, amigos, ya sabes porque, sobre todo…, Sobre todo qué, termina, Sobre todo, porque… eres mi familia, sabes que eres eso, Cierto es, tienes razón, y lo agradezco, pero no quiero ser una carga, Nunca lo has sido, no lo eres, ni lo serás, ¿Sólo quiero saber por qué?, No sé, te quiero conmigo, me haces desear ser mejor persona, y no se queda en deseo, actúo como tal, es todo.

Esa mirada fue lo que lo exterminó pues era destino, era lo dicho sin decir, lo había perdido, la ilusión que antes brillaba en sus ojos ahora estaba perdido, deslucido, acabado, inanimado; y junto con ese brillo, la conexión, cosa que su madre, la del niño de secundaria, les había dicho cuando bromeaban, cuando iban en el auto, cuando eran los mejores amigos: es que ustedes tienen una conexión especial, un no sé qué; nacieron para estar juntos, eso que ni qué. Sí, dijo el adulto joven esa vez, orgulloso, añorado, lleno de sueños y de aventuras por ser, lleno de vida y de vivir, dijo él: somos hermanos de otra madre. Y ella soltó risotadas de carcajada. Éstas, generalmente, no son bellas, pero las madres las hacen sublimes, beatificantes, porque cuando se trata de su hijo, ellas las hacen reales, porque era genuina, porque era en sí, porque si la madre sobre el hijo lo dice, es indudable, es verdad innata per se.

Y estos recuerdos que en cascada caían eran imparables, incluso cuando, él, en su sano juicio, no quería que así fuese. Curioso, sí, que hay tiempo en los que la nostalgia ataca peor que la epidemia o peste, y es por eso que somos humanos.

Ese niño olía bien feo, me caía bien mal, la neta, es que no ma, estaba todo pende… y se quedó callado como si estuviera ofendiendo al mismísimo dios, como si éste hubiera estado ahí, con ellos, al momento, usando sus ojillos pizpiretos para juzgarlos, porque dios es el amo del disfraz, ya que muy bueno, muy bueno, parece, cuando en realidad solo anda disfrutando de un placer casi sexual al observarnos pecar. El adulto joven pasó su brazo sobre los hombros del niño de secundaria, quien recargó su cabeza en su regazo, y le dijo el mayor No te preocupes, mi chaparro, eres libre conmigo; además, las malas palabras son parte de la vida, solamente hay que saber cuándo usarlas, porque como toda palabra, son peligrosas o muy divertidas, Perdón, perdón, se me fue, no lo volveré a decir, No te preocupes, en serio, yo también las digo a veces, porque me gusta, y está bien, y el niño lo abrazó de vuelta con sus brazos y se hundieron en una sana amistad. Bueno, en fin, dijo separándose, como te decía, le llamábamos el torpedo, dijo sonriendo como cuando cuenta alguien una travesura, El torpedo, preguntó el adulto joven, por qué, Pues porque no sabíamos si estaba torpe o pedo.

Se estaba asomando por la ventana rememorando todas estas frases y diálogos que parecerían ser inconexos, incluso volviendo esta narrativa levemente confusa, pero así es la vida, no hay capítulos, solamente una línea qué seguir. El adulto joven sonrió añorando ese pasado, sostuvo las lágrimas y en su garganta se atoraron las emociones.

–Mi amor, hay que ver una película –le dijo su novia. Bajó las escaleras su hijo, corriendo, y abrazó a su padre, para luego decir:

–¡Sí! Vamos a ver una peli, papi.

–Vamos, pues, mi amor –dijo tomándolo en sus brazos, viendo cómo su fragilidad era su motivo de amarlo sobre todas las cosas.

Una caricatura eligieron y se sentaron en el sillón, con su mujer al lado, su hijo en brazos, y la cuarta en cuestión, esta criatura que ya tenía su presencia en el vientre materno, que pateaba y se movía, feliz de su aura de protección y amor, pues quien diga que los bebés en gestación no sienten es porque no sabe lo que es ser amado, mucho menos amar. Ella, cual ranita, nadaba ahí, en el mar de la vida. Y la película dejó de tener sonido.

No ha llegado aún, Qué, cómo que no ha llegado, Pues como escuchas, no ha llegado, Pero cuánto tiempo hace que debió haber estado con ustedes, Una semana, pensamos que te habías atrasado en enviarlo, No sean así, si hubiera sido eso les habría marcado, pero no, carajo, Tranquilízate, No me diga eso, Gritando no se entiende la gente, Idiotas. Colgó y telefoneó a la policía, el mismo salió a buscarlo, hasta perdió su empleo, pero nunca lo encontró.

Su novia notó la tensión en él, pues de sobremanera lo conocía, eran ya almas gemelas, y lo tomó de la mano, pues sabía que él sufría, ella comprensiva, como todas las bellas mujeres. Sintió él el calor de ella, le sonrió, y luego sintió la respiración de su hijo acurrucado en él, y sonrió más. El teléfono sonó. No quería contestar, supuso, por alguna razón, de esas veces que las cosas nos llegan a la mente nada más porque sí, que serían malas noticias, funestas nuevas, y por algún momento pensó que, al no contestar, podría conservar un poco de esperanza, que ya no conocía muy bien, y es que en algún lugar recóndito de su mente tenía la razón de pensar mal, y le pesaba la decisión en el estómago, pero aún así contestó.

–¿Bueno?

Irreal que esa sea lo que decimos al contestar, bueno, pues no tiene ninguna clase de relación. Tal vez Diga sería más oportuno, aunque qué tal si la otra persona no lo quiere decir. Es que, al parecer, todo esto de las relaciones humanas, no es más que una serie de obligaciones y forzadas contestaciones.

Aquél dijo el nombre del adulto joven.

–Tienes que salir de ahí, ¡Ya!

–¿Qué? ¿Por qué?

–El abstracto-amor va hacia ti. Quiere vengarse.

–¿Cómo sabes? ¿Vengarse de qué?

–¡De que lo descubrimos! Y me acaba de llamar, me dijo que iba por ti. ¡Sal de ahí ahorita que tienes tiempo! ¡Llévate a tu familia! Vengan al palacio de gobierno o alguna unidad de policía.

Era apremiante. El adulto joven colgó. Tomó de nuevo a su hijo en brazos y dijo:

–Tenemos que irnos.

–¿Por qué? –preguntó su novia.

–El abstracto-amor viene por nosotros.

–¿Cómo?

–Lo que oíste. ¡Vamos!

–Pero, ¿a qué viene?

–No tengo ni idea, pero el secretario de seguridad sonaba alarmado.

–¿Tu amigo, el detective?

–Ya es secretario de seguridad, recuerda.

–¿Por qué lo llamaría a él en lugar de venir directamente a ti? Eran mejores amigos tú y él, no era amigo con el secretario de seguridad.

–Mujer, no sé, pero nuestra vida peligra. ¡Vámonos!

Salieron y subieron al auto, el adulto joven se puso el cinturón de seguridad y aceleró, las llantas dejaron su marca en el suelo y el humo se quemó. Condujo, no tenía muy buena idea de a dónde ir, pero todo sería mejor que el peligro en el que estaban. Llegó a la intersección, y de su lado, venía el otro auto. Él volteó. Fue una fracción de segundo, él se dio cuenta que no sobrevivirían. En ese momento, al ver al otro conductor, perdió toda la esperanza. Todo fue a cámara lenta: los centímetros comidos entre los dos autos, carcomidos por el tiempo, el vello erizado, el nervio disparado y un leve mareo, la visión catastrófica del abstracto-amor que no pudo frenar, no tenía intenciones de pegarle al auto. Sí, es cierto, iba hacia él, pero su gesto no era el de coraje, al contrario, antes de tener la desesperación flotante, cual máscara, bien podríamos asegurar que iba cantando y alegre. Gritos. Desaparición. Luego, el choque, el bum, la explosión, los vidrios en el aire volando como intermitentes como el deceso, el metal que se achicharraba cual papel, papiroflexia, el calor, y obvio, la más celosa de las amantes: la muerte.