Pensemos por momentos en nuestro concepto de creatividad. Me di una vuelta por unas páginas de la UNAM y vi que ya la creatividad no puede ser considerada solamente la habilidad para crear algo nuevo, sea lo sea que signifique eso: también la capacidad para afrontar una problemática y llegar a su solución, es creatividad, un escalonado desarrollo de etapas y pasos que nos llevan a la luz, como quien diría, luego de un largo túnel oscuro. Así, pues, la creatividad depende de la perspectiva tomada. En la literatura, recuerdo en mis años de universidad, la creatividad es contar algo de forma diferente porque lo más seguro es que alguien más ya haya contado lo que queremos decir, los clásicos son aquellos que se dieron el lujo de contar cosas nuevas, y de ahí a nuestros días, la creatividad radica en contar eso, pero de forma distinta, innovadora. Puede que estemos de acuerdo o no, sin embargo, algo tiene de cierto. Asimismo, la creatividad puede orillarnos a explorar nuevas facetas de la literatura, o sea: ¿cómo hablar de literatura sin que eso signifique escribir un tratado tedioso?
La metaliteratura es una forma de tratar sobre literatura a través de un libro, a través de una novela se cuentan las bases de lo que conformaría a un buen libro. “Meta”, el sufijo, significa “más allá” o “después”. No confundamos con metanarrativa, que es un “gran relato”, o sea, uno conformado por muchos elementos bien organizados. Ahora, ¿cómo se puede abordar un libro que hable sobre libros? El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, nos ilumina un poco al respecto.
Ahora, esta novela en sí es una ucronía. Ucronía es ese género que trata sobre un ejercicio de imaginación basado en un resultado diferente de un hecho histórico al que sucedió en realidad. Explicaremos mejor diciendo de qué trata la novela, sin hacer spoiler, obviamente, pues no le diré quién es “El hombre en el castillo”: esta novela trata sobre un mundo donde las potencias del Eje le ganaron a los Aliados. En esta realidad paralela, ganó Hitler e impuso su modo en todo el mundo, que en realidad no tiene grandes diferencias con lo que vivimos hoy en día. Entonces, este libro no es que nos vaya a enseñar sobre la literatura en sí y sus efectos, no, pero alguna de sus lecturas podría ayudar a esto. Y usted, si ya lo leyó, seguramente se preguntará “¿por qué?”.
En esta realidad, en primer lugar, “El libro de los cambios”, un texto de características esotéricas al que todos tienen acceso para poder consultarlo sobre los posibles aconteceres futuros de sus acciones. Básicamente es un tarot, un lector de las líneas de la mano, pero más perrón. Como siempre, hay gente que llena de misticismo incluso al escritor, se ha llegado a pensar que Philip K. Dick tuvo acceso a un mundo paralelo que pudo ver para escribir este libro, “El hombre en el castillo”, pero supongo que los que eso sostienen, son los mismos que acceden a la Deep web a buscar el Necronomicón del árabe loco, Abdul Alhazred. Este libro de los cambios es usado como guía para la vida diaria, el predictor favorito de todos. Y, bueno, resultaría irónico decir que nosotros podemos ver el futuro, sin embargo, podemos ojear algunos libros de historia para ver que nuestros aconteceres se repiten una y otra vez por no conocer esa misma historia. ¿Será que podríamos hablar, entonces, de la importancia del libro aunque no sea literario, en un contexto social como el nuestro?
Hay otro libro en esta novela, “La langosta se ha posado”. Ahora, “El hombre en el castillo” tiene un gran atractivo porque se juega con “¿y qué hubiera pasado si hubieran ganado los alemanes?”, así, pues, vamos a llevar esto a un nivel más extremo: en esta sociedad que usan un libro para prever lo que podría acontecer en el futuro, hay otro libro del que todos hablan, calificado de una especie de best seller nada atractivo para los “avezados”, que en realidad son extremistas como Joe. El chiste es que este libro se trata sobre un mundo paralelo donde los Estados Unidos de América ganaron la segunda guerra mundial sobre los alemanes, lo cual lo vuelve una lectura prohibida, de ese tipo de textos que lee la gente con mucho tiempo libre pues, en sí, no vale la pena. Es la vida lo que dicta la realidad, no al revés, no ejercicios de imaginación que a nada llevan. En otras palabras: ¡en este libro hay un libro que trata sobre nuestra realidad, la del lector! Y eso sí que es creativo, con todo y que ya haya habido autores que hacen cosas parecidas.
En sí, la novela nos deja con una especie de sugerencia y es que: así como existe este mundo, puede haber otros. No hablo de multiversos estilo series basadas en cómics, me refiero a que, en sí, un libro no se trata solamente de una mera abstracción de la realidad, su fuerza no radica solamente en que lo leemos para escaparnos de nuestros problemas (cosa que en nuestra situación pandémica, es más que bienvenida): es una invitación a la crítica. Y es aquí donde este libro tiene una relación con la metaliteratura: nos pone a nosotros como personajes de una novela y nos invita a una reflexión de lo que estamos viviendo, tanto como los personajes de “El hombre en el castillo” al leer la novela de “La langosta se ha posado” reflexionan, se preguntan, cuestionan el mismo contenido ante una realidad tan extravagante como el que los gringos ganaran la guerra con todo y todo que entraron tarde a la misma.
Ahora, esta es una interpretación que bien podría antojarse rebuscada, sin embargo, considero que el impacto de este libro no radica solamente en que es un juego histórico al estilo de Tarantino con “Bastardos sin gloria”, aunque sin tanta violencia; sino que nos pone en el lugar del personaje, y es ahí cuando pasa de literatura a metaliteratura, porque está indicando, enseñando, tanto los efectos de un libro no sólo como elemento de entretenimiento, sino de establecer verdades (obviamente refiriéndonos tanto a la novela de la langosta, como al libro de los cambios). Es obvio que hay otros libros que son puramente metaliterarios, como “Una soledad demasiado ruidosa”, de Bohumil Hrabal, pero eso no significa quitar méritos a distintas lecturas de los textos que uno lee. Según Umberto Eco, ahí radica la riqueza de la literatura, en la múltiple interpretación que el lector, no el autor, le dé a un libro.
Es muy cierto que ya ha habido grandes, grandísimos creativos que mostraron todo y ya de ahí, salirnos está difícil. A toda historia se le puede encontrar un tinte de Shakespeare, Cervantes, Homero, Dante, y otros gigantes; sin embargo, eso no impide la creación de obras que indiquen cómo funcionan las grandes obras. No podemos comprar la narrativa de Philip K. Dick con la de Tolkien, por ejemplo, sin embargo, sí podemos concordar que, como historias novedosas, cada una tiene su fuerza y es eso lo que hay que reconocer, alabar, y de lo que hay que aprender: que tal vez ya todo sea un recalentado, pero eso no quiere decir que deje de ser creativo.