Desde hacía algunos años, al secretario de seguridad, las sorpresas se habían hecho las únicas constantes en su vida. Esto, le daba un poco de esperanza. Cosa rara es, no la de la esperanza, sino que las sorpresas sean constantes, pues éstas son sobresaltos momentáneos, dados por una condición específica, cambios repentinos de paradigma, tal vez, de lo que uno pensaba antes y lo que pensaba después, y de lo que se pensará en el futuro. Y se dirá, pues, que las sorpresas no pueden ser repetitivas pues así ya sabríamos qué sucederá, o sea, algo repentino, y estaríamos, para evitar las emociones fuertes que no siempre son benéficas para el alma, preparados, preveríamos lo que podría suceder para que esto no nos afecte de sobremanera. Pero no creemos las cosas hasta que las vivimos, y él se dio cuenta que sí era posible el vivir sorpresas constantes y aun así, que éstas no perdieran su condición de improvisto.

Apenas comenzada la gestión,  con una guerra que ya había acabado para la gracia de todos,  ya habiendo acciones para contrarrestar las terribles consecuencias de la pérdida de vidas y demás; se dieron cuenta que los bríos violentos habían terminado, pero no por eso habían sido fulminados para siempre, ahí estaban, creciendo de nuevo. Incluso aquí los ánimos estaban calmados, aquí que estaba al otro lado del mundo de allá, de donde fue la guerra, que bien podrían imaginar algunos que fue incluso en otro planeta. Sin embargo, el problema era propio de todos, y no sería sencillo olvidar, aunque eso se tratara, e incluso podría pensarse que estos borrones de memoria no son más que mecanismos de defensa para conservar un poco del bienestar mental que tanto nos falta siempre. Algo así como: al no saber cómo confrontar al dolor, mejor lo ponemos de lado, y así nos engañamos al no sentir el peso sobre nuestros hombros cansados y lacerados.

Vino, entonces, la llamada de teléfono.

–Buenas noches, señor secretario de seguridad.

–Eres… ¿eres tú?

–¿Y quién más? El abstracto-amor, a su servicio.

Parecía estar fingiendo la voz, sonaban casi idénticas, pero es el casi lo que más importaba.

–No suenas como tal.

–Bueno, eso no importa en realidad. El chiste aquí es que tengo algo qué decirte: soy libre, y bien sabes que esto solamente puede resultar en peligro.

–¿Qué quieres decir?

–Voy por tu amigo, señor secretario de seguridad.

Colgó. No comprendía, y luego de un par de minutos, acelerado, llamó a su amigo. Así vemos que no importa si la sorpresa es hacia nosotros o causada por nosotros: aquí sigue siendo una constante. No recibió noticias por horas, y lo buscó en palacio de gobierno y en varias unidades de policía, pero nada. Entonces le informaron, pues él ya había mandado unidades a investigar.

–Lo chocaron, señor secretario de seguridad.

Empalideció, quedó mudo, y así llegó al hospital. Vengo buscando a tal y talado. Lo dirigieron. Estaba postrado en la cama de su mujer, ella sin vida con una lágrima transformada en luciérnaga. Él, su amigo, parecía orar, pedir perdón por el pecado que había cometido para recibir este castigo. No comprendía aún que la muerte no regresa lo que toma.

Lo siento mucho, amigo, De no ser por tu llamada, te das cuenta, de no haberme dado esa alerta, estarían vivos ellos, o yo muerto con ellos, que sería mucho mejor que esta terrible pesadilla de vida, No fue mi intención, y tú mejor que nadie lo sabe, yo solamente quería protegerlos a ti y a ellos, Los mataste, Por favor, amigo, no es así, no me cargues criminalmente con un peso que no podré soportar, no soy un titán, Tú ya no eres mi amigo, ya no somos nada más que una vana irrisoria ilusión.

Sorpresa: no esperaba eso como repuesta, una reacción así, tal visceral, comprensible en el ser humano, un hecho factual que no puede ser ignorado. Se sentía culpable y destrozado. Condujo lento a su hogar, aunque el rencor también estaba presente. No tuvo él la culpa de lo sucedido, sin embargo, vaya infamia, vaya injusticia: lo culpaban de tal. Había, sí, cierta cuestión de destino o de mal augurio en eso, una anticipación negativa de lo que vendría luego. Alguien había orquestado esto, todas esas llamadas, la voz fingida, el hecho que creía repetirse pero que era nuevo al mismo tiempo por estar en otra perspectiva. Su malestar era tal que decidió que este recuerdo satanizado debía quedar hundido, no podría, pero al menos si generaba odio a su amigo, como él lo hacía ya, podría seguir viviendo, alimentando su alma de un negativo pesar innecesario. Pero también iba recordando, luego de esa fatídica noche en la que a quien consideraba su mejor amigo lo negaba, otra sorpresa, la de su mujer. Y se hundió, mientras conducía, en ese mejor recuerdo, para así contrarrestar esta pesadez que lo hacía llorar. Un amor ya preparado…

Luego de que capturaran a la abstracto-amor, a su hogar fue, y su plan era el de embriagarse hasta conseguir una de las peores resacas que tendría en la vida, esto hasta que bajó del auto y la vio sentada, recargaba su cabeza entre sus manos como niña aburrida, y soplaba un mechoncito de cabello, ese era su entretenimiento para aminorar la espera. Recordó así esa necesidad que tenía de hablarle de frente, hacer eso que solamente se había quedado por teléfono algo real. Dio un portazo, y ella levantó la mirada con un claro destello de ilusión, un atisbo de mejoría automática y casi divina. Aquí él, ella allá, y el silencio entre ellos que era como agua que caía del cielo, una leve cortina que cedería fácilmente. Por fin, pensaron al mismo tiempo, y es obvio que no supieran que lo pensaron al mismo tiempo, pero así fue, y nosotros sí podemos saberlo. Era el fin de años y años de ausencia forzada, un sentimiento que debía salir costara lo que costara.

–Por fin –dijo ella.

–Por fin –dijo él. Luego dijo ella:

–Grata sorpresa ésta.

–La mía –dijo él.

–¿No se lo esperaba?

–No hubiera sido sorpresa de no haber sido así.

–Toda la razón, señor detective.

Se hizo un silencio de esos que no sabrían cómo llevar a su fin, y que bien se antojaba como una eternidad apabullante. Tendrían que romperlo antes de que se volviera incomodidad.

–¿Lleva mucho tiempo esperándome?

–Un par de días. No es mucho si tomamos en cuenta que ya acabó.

–Suele suceder.

–Así es.

–¿Estuvo, pues, dos días enteros aquí?

–No, por alguna razón sabía que llegaría en la noche. Sólo lo he esperado por las noches.

–Toda la noche.

–No, no sería conveniente.

–Pero aún así lo hizo.

–Por favor, no me haga sonar desesperada.

–Es lo último que a mi mente vendría.

–Es que, y usted disculpará, hay gente que dice que las mujeres tendemos a entender cosas diferentes a lo que en realidad escuchamos.

–Cierto es, y yo comparto esa opinión, pero mi razón es que pasa así porque son intelectualmente superiores a los hombres.

–Eso sí que es nuevo.

–Para usted, yo siempre lo he pensado así.

–Pues usted es el nuevo, pues.

–No, yo ya no lo soy –dijo él.

–Justo por eso es que… –guardó silencio ella, como si las palabras fueran tan grandes que no pudiera decirlas.

–¿Sí?

–Pues justo por eso fue que lo esperé.

–Bueno, pues –dijo él acercándose a ella, ¿a su casa o a la mujer? Bueno, pues, dejaremos la sorpresa flotando en el aire para mayor gusto de la imaginación–, sería de pésima educación de mi parte el no invitarla a pasar.

–De muy mal gusto, en efecto.

–Y sería de mala educación que usted no aceptara a pasar.

–Pero sería consecuencia, así que lo malo sería, en realidad, su tardanza.

–¿Es eso un reproche?

–Llegó tarde, ¿no?

–No fue mi culpa, le recuerdo –dijo el detective.

–El deber.

–Pero ahora ya estoy con otro deber.

–¿Y ese cuál es?

–Usted. Y un gusto, además.

–No es muy romántico usted, ¿sabe?

–Lo verá a su momento.

–No tarde –dijo ella.

–No tarde en pasar, pues.

Entraron. Él encendió la luz y al ver su apartamento solamente una cosa vino a la mente de ella: la palabra sobriedad. Acomodado, con un cierto atisbo de desorden, siempre necesario y que demuestra naturalidad e intelecto. Había lo que en toda casa hay: electrodomésticos, muebles, pinturas, puertas. Todo ilusorio, ella se sentía en un sueño cumplido.

–¿Gusta comer algo?

–Me gustaría si usted lo prepara.

Él sonrió. Al parecer la confianza era mutua y demasiada a pesar de que apenas se conocían, que era la primera relación personal entre ellos dos que entablaban. Él fue a la cocina, no era necesario que dijera que ella estaba en su casa, libre de rondar y merodear. El aceite saltaba, el vino espumaba, los olores retozaban, las carnes se cocinaban, el vapor humedecía, todo casi de ópera magna. Ella vio sus libreros, y ávida fue sobre los títulos, que había de todo: novelas, filosofía, ciencias humanas, y demás tópicos. Ella gustosa observaba, propio de una incesante lectora como ella. Lució más como una fiera sobre su presa.

–Lector, ¿eh?

–Así es. Aunque, supongo por lo que la conozco…

–Que no es mucho.

–Pero lo suficiente –dijo él–, también ha de serlo usted. Lectora.

–Es un hobby.

–Qué fea palabra.

–¿Cuál usaría usted?

–Pasatiempo.

–Lector y nacionalista.

–Me gusta mi idioma, es todo. No se lo tome a mal.

–De usted, nunca me tomaría algo a mal. Y, dígame, ¿por qué lee?

–Es mi pasatiempo.

–¿Me arremeda o se burla?

–Ninguna de las dos.

–Vaya, curioso.

–Coincidencia, digamos.

–¿Cree usted en las coincidencias?

–No.

–¿Entonces?

–Así es más fácil de explicar las cosas.

–¿Y ha escrito algo?

–No, eso no.

–¿Alguna razón en particular o es una coincidencia de nuevo?

–Creo que no sería capaz.

–¿Por qué?

–Habría de estar bien loco, y es que hay que inventar historias.

–¿Y el mensaje?

–Sería la historia misma. He ahí lo complejo.

–Pues usted lo hace sonar muy fácil –dijo ella.

–Sólo digo lo que es.

–Simplista.

–La comida está lista.

Ella fue a la cocina, los aromas la inundaron, y fue como escena de película, a pesar de que no era propio de un lugar así, había velas, vino, copas, platos, cubiertos, un blanco mantel y las dos sillas frente a frente, con el espacio suficiente para respetar sus individualidades, pero la privacidad requerida para poder intimidar propiamente. Comenzaron a comer.

–¡Vaya! Es usted un muy buen cocinero.

–Gracias, aunque tal vez lo diga por quedar bien, por educación.

–No, lo digo en serio. ¿Ha tomado clases de gastronomía?

–No. Mi madre me enseñó desde que era chico. La sazón es algo que se siente, no se mide, me decía ella.

–Interesante.

–Además, usted sabrá –dijo él–, a alguien se le conquista por el estómago.

–Es más fácil.

–No lo creo. Solamente distinto.

–A veces suena enigmático usted.

–Las preguntas suyas suenan igual.

–¿Se burla?

–¿Usted lo ha hecho hasta ahora?

–No.

–Esa es mi respuesta, pues.

Se sintieron como cómplices.

Luego de la comida, él se atrevió, incluso sabiendo que se podría malinterpretar y que su casa era muy pequeña, pero tenía ganas de hacerlo, así que le dijo:

–¿Quisiera usted conocer mi casa?

–No es muy grande.

–Da igual.

–Vamos, pues.

Paseáronse por el comedor, la cocina de nuevo, la sala, el estudio, el baño, y al final la habitación que resultó enigmática para ambos. De hecho esta fue la última porque el detective sentía pudor, y algo así como en no querer estropear una noche de las que serían de las más memorables de su vida. Cosas comunes habían, como una cama, muebles, repisas, un guardarropa. Nada del otro mundo, como dicen. Ella se paseó con las manos como protegiéndose, hasta que vio la foto de quien fuera la mujer del detective, ella, la foto, la observaba, y la hacía sentir cual intrusa, de alguna forma le decía que en la cama, el espacio era para ella, no para la visita. Él sintió la creciente angustia, por lo que puso la foto boca abajo, y ocultó lo que sucedía. Ella se sintió más a gusto, como si ahora, de verdad, hubiesen solamente dos presencias, y no la tercera. El silencio parecía un preámbulo de lo que debía suceder, debía volverse pasado, y nada podría detenerlo. Mil y una formas habría de describir lo que a continuación venía, pues es un tema prohibido, tabú, un problema, y no por el acto en sí, sino por la ignorancia de algunos por satanizar y envolver el acto primordial del ser humano en pecado. Veamos lo curioso del asunto, y es que, en qué cabeza cabe, piénselo usted, que un creador castigara el acto de procrearlo a él y a sus creaciones. Anómalo en su totalidad. No habría por qué malinterpretar algo que, por su naturaleza, debe de ser como respirar, ir al baño, comer. Entonces lo que ellos dos hicieron no tiene por qué ser contado en un cuchicheo de cerdo en cuchitril, dos imbéciles pervirtiéndose a sí mismos en un escondite porque creen que lo que hacen está mal, pues las instituciones así lo instauraban, no debía ser imaginado como dos tarados que rezaban en los días y se tiraban al mal pensamiento durante la noche, cuando el diablo acecha en la oscuridad, según ellos. No se dan cuenta que no es el mal lo que se encarga de ellos, sino el mismo dios, pues quién haría algo irrisorio para arrepentirse de su error de creación y pasarle la mala conciencia a alguien más. Si esto fuera, dios sería el mismo diablo. Así ellos dos, en la oscuridad atenuada por un brillo lunar, que es más discreto y bienvenido en estas ocasiones, veían e imaginaban, volvían la antítesis en conocimiento, se vieron envueltos en el abrazo del otro, y se volvieron confidentes, no había extrañeza ya, y después de esto no se hablarían de usted, sino de tú, pues ya se conocerían en su totalidad, esa que las palabras no pueden describir, pero que el acto debe relucir. Exploraron sus cordilleras y cavernas, selvas y ríos que llegaban al mar, lagos y presas, vieron sus cuerpos temblorosos y grietas inigualables, en su piel había caminos aún por recorrer en sensibles toques de dedos, había un sendero que cubrir con la ligereza que el tiempo otorga, que el espacio manda, hubo forcejeos y liberación, sudoración de pieles trepidantes, había ansias encalladas y dominadas, velas derretidas, por ahí había uno que otro aullido de liberación, uno de vidas pasadas y dolores acumulados. Convivieron en silencio, bebieron sin la boca abrir, se entregaron para recibir. Cruzaron el más allá y lo volvieron su más acá. Fuegos fatuos se encendieron y apagaron, de colores tantos como los que existían. Vieron planetas circundantes, también vieron el Partenón como panteón, lo construyeron y acabaron con él, pues su belleza conjunta era superior a lo que dios mismo podría haber hecho. Al final estaba dios. Creyentes se hicieron en el momento de su juicio final, y se dieron cuenta que apenas era el inicio…

Eso fue ella, una sorpresa, así como cada pregunta que lanzaba, cada mirada, cada beso y caricia, y ella, sobretodo, toda ella, la mayor sorpresa de todas.

Llegó a su casa luego del viaje lento en auto. Estaba ella viendo la televisión y se sentó a su lado. Se tomaron de la mano de adelgazada piel por la edad.

–Día difícil, ¿eh?

–Sí, difícil.

–Has notado que el olor a quemado no cede, supongo. Espero que se vaya pronto.

–No huele a quemado, es la culpa, y si crees que el olor se irá, no lo hará, porque la culpa seguirá siendo nuestra.

Recordó que dijeron que polillas grises se elevaron por la ciudad, al cielo, y al morir fueron cenizas que llegaban hasta el pecho, y si la gente salía, se les impregnaba en la piel y nunca se podrían quitar el recuerdo. De alguna forma, nadie se salvó de eso. Era su culpa quemada, era eso lo que los mantenía sin esperanza.

Ella, al notar que él no seguía la plática, decidió ahondar en su problema.

–¿Qué pasó, mi buen secretario de seguridad?

–Chocaron a la familia de mi amigo… murieron todos, excepto él.

–¿Qué?

–Murió ella, su hijo, su bebé…

–No puede ser.

–Y él cree que es mi culpa.

–No…

–Sí, lo sé.

–No, ¿es que no te das cuenta?

–Ahora que lo pienso, debería llamar al vicepresidente.

–¿Para qué? Espera, no ves que…

–Deja le… no, espera, me marcan, es la estación de policía. Sí, ¿bueno?… Sí, él habla… No… No puede ser… En seguida llamo al vicepresidente.

–¿Qué pasa? –preguntó la mujer. Él no le contestó y marcó enseguida a su superior.

–Señor vicepresidente… Pero no te he dicho nada… ¿cómo los sabes?… Es mi deber, es un asunto de seguridad internacional…. No sé, dejé de ser su amigo, no creo que conteste siquiera mis llamadas… Es que, aún no entiendo cómo es que le avisará si no te lo he dicho… La pereza ha muerto, señor vicepresidente.