Hay una frase que, muy en lo personal, me molesta, y es la que dice “No importa lo que leas, mientras leas”; porque, al menos eso parece en México, leer es un acto cuasielitista. Es muy caro, es para aquellos que se pueden dar ese tiempo luego de las responsabilidades de diario, es complejo en algunos casos y requiere de concentración. Decir que no importa lo que leas, mientras leas; es como decir que no importa lo que comas, mientras comas; y todos sabemos que no es así (no es de gratis la gran tasa de mortalidad con la actual pandemia, por ejemplo; obvio, considerando muchos otros factores también). Esto quiere decir que entre lo que podemos leer, hay textos que son provechosos (depende de la finalidad) y hay unos que no. Entre el “elitismo” de los lectores, hay un subelitismo; es decir: descalificamos ciertos textos porque pensamos que no son provechosos porque no cumplen con ciertos parámetros. ¿Será de verdad condenable un sector de la literatura a tal grado de denominarla basura?
Comencemos con establecer una pauta, una diferencia entre lo que algunos podrían calificar como buena literatura con literatura basura (que, bueno, el simple hecho de denominarla “literatura” es un poco contradictorio). ¿Qué diferencia tiene leer un libro de Dostoievski, Umberto Eco o Gabo a uno de E. L. James, Brandon Mull o Asa Avdic? Que, según ciertos estudios, teorías, corrientes de conocimiento; los primeros tienen ciertas características que los vuelven remarcables, características de las que carecen los dos segundos. Si tomamos en cuenta características de críticos como Harold Bloom, serían, por ejemplo: belleza literaria (hay una especie de lírica al leer a Gabo, mientras que a E. L. James es como leer la simple descripción de una foto: no hay nada bello, sólo cuestiones prácticas); que no importa cuanto tiempo pase (a Dostoievski se le lee y su literatura es aplicable a todo, es atemporal; mientras que “Fablehaven” casi nadie sabe qué sea); y, bueno, yo muy personalmente sostengo que debe la literatura ser incómoda (Umberto Eco a cada rato da un golpe de realidad que llegaría a cambiar ciertos paradigmas de quien lee, mientras que Asa Avdic te causa temor, angustia, suspenso; pero por un rato, no hay trascendencia a la vida del lector).
Si tomamos en cuenta esta visión, entonces entre leer a Tolkien o George R. R. Martin, pues definitivamente elegimos al primero; si tenemos a Lovecraft y a Stephen King, nos vamos por el primero; si tenemos a Anaïs Nin y a Ana Renee Todd, definitivamente nos vamos por la primera; si tenemos a Antonio Malpica y a José Agustín (el pupilo de Juan José Arreola, obviamente), pues nos vamos por el segundo. Esto porque, en teoría, estamos buscando una lectura que no solamente nos sea provechosa en sentido de un entretenimiento bueno y amable, sino que también saquemos algo que nos enriquezca como sólo las artes pueden hacer: nos queda algo en el alma.
La literatura basura, entonces, son esos libros que no nos dejan nada más que un buen rato, como una novela de Televisa, como el reguetón… ¿de verdad este tipo de literatura es tan mala?
Es común que en la escuela se nos pida que leamos. Cuando somos jóvenes hay muchas cosas que nos interesan, y el entretenimiento es de suma importancia a esa edad así como por el resto de nuestra vida. Común es que elijamos cosas que incluyan a amigos (si los tenemos), diversión, risas, algo que nos saque de la cotidianidad. Si en la secundaria, por ejemplo, nos ponen a leer una versión simplificada de la Odisea sin ningún contexto (e incluso con contexto); será una labor fallida si comparamos con poner la película de Troya (que, obviamente, muy poco tiene que ver con la narrativa original). Esto quiere decir que debemos encontrar algo que nos atrape. Cuando se vuelve al acto de leer una obligación, que es como se cataloga en México de forma muy extendida, entonces se vuelve aburrida y es hasta lo opuesto al entretenimiento. Lo que hay que cuidar, entonces, es cómo introducimos a alguien al mundo de la literatura, que sí es basto y complejo, así que hay que hacerlo de forma muy, muy planeada; y los libros que se llegan a catalogar por algunos puristas (véase Literato Mamador) son justamente aquellos que bien podrían arrastrar a alguien a textos más complejos.
En mi caso, por ejemplo, jamás me habría hecho el hábito de la lectura sin el fenómeno internacional Harry Potter. Que ya no lo considere de mi gusto hoy en día, pues es distinto. De ahí me pasé a Isabel Allende, que la volví a leer hace poco, y pues no me llenó; sin embargo, a los libros de Rowling y los de Allende, los recuerdo con gran afecto a pesar de que hoy en día no me gusten o no los volviera a leer. Cuando me formé ese hábito, entonces quería seguir leyendo y, por suerte, mi hermana tenía por ahí “Cien años de soledad” y descubrí ese otro tipo de narrativa. También ella tenía libros de Stephen King, y a pesar de que no lo considero un gran escritor porque es bastante sencillo, en su tiempo, no me dejó dormir y me dirigió a otros escritores de terror.
Esta mal llamada “Literatura basura” genera el hábito de la lectura, y una vez instaurado ese, se puede retomar o se puede reforzar siempre. Cuando uno se mete en un tema, busca más y más. Después de Potter, se puede llegar al Señor de los Anillos; después de La casa de los espíritus, se puede llegar a Hot Sur de Laura Restrepo; después de King se llega a Poe o a Lovecraft. Aquí la cosa es generar, con lecturas sencillas, atractivas, incluso cómodas si se quiere ver así; un hábito que ya luego no se pueda evitar, y con eso, seguir explorando más y más géneros, más y más escritores, más y más libros. La literatura no se acaba, nunca, así que si logramos enganchar al joven lector, entonces podemos asegurar que busque, en consecuencia, seguir con ese pasatiempo, hábito, o trabajo.
No es literatura basura, me gustaría más llamarla “literatura trampa”, “literatura gancho”. Trampa porque, una vez dentro, está cabrón salir de ella; gancho porque una vez que agarras el anzuelo, no hay vuelta atrás. No tenemos porqué satanizar este tipo de lecturas que, bien usadas, podrían darnos una muy buena estrategia para generar jóvenes lectores. Lo digo sobre todo porque yo era de aquellos puristas que tanto vomitaban sobre ese tipo de libros pero, a fin de cuentas, sin ellos no me habría vuelto lector ni “escritor”. Es más, de vez en cuando los leo. Un muy querido exalumno me recomendó aquellos de Brandon Mull, me los prestaba cuando iba él en secundaria, y por eso les agarré cariño; y me imagino que si cada uno de nosotros recomendara un libro así a alguien, ese alguien llegará a preguntar por más y más. Es una adicción cara, sí, pero bastante provechosa. Si un personaje como Katniss Everdeen puede levarnos a conocer a Winston Smith, ¡entonces adelante! Es hora de dejar atrás estos prejuicios de que si algo es mejor que otro: en su lugar, hay que ver qué es más adecuado para quién y en qué momento, cuando de literatura se trata.