Sonó su celular, el nuevo que se acababa de comprar, que tenía mil aplicaciones y usos pero que sólo usaba para ver chistes y pornografía. Sonó con una tonada que su mejor amigo, hacía mucho, le había enseñado, una canción de amor. Era un número desconocido, pero él no lo vería, pues contestaría en automático, ya que eso era la costumbre en su vida: ser un autómata.

–¿Bueno?

–¿Hola? Tengo un mensaje para usted.

–¿Ah sí? No me diga, ¿y quién es usted?

–En el momento que cuelgue debes tomar el metro. En el estacionamiento de –dijo el nombre de un edificio–, habrá un auto gris. Esto no es para siempre. Debes tomarlo y manejar a casa de –dijo el nombre del detective–. Recuerda, esto lo debes de hacer en el momento que cuelgue, pues es una oportunidad única. Mantendremos vigilado todo tu movimiento.

–¿Quién eres? No voy a hacer lo que un desconocido me diga.

–El detective quiere verlo, lo recuerda muy bien, ¿cierto?

Se quedó sin habla, en blanco.

–¿Es en serio? –logró escupir a motivo de fuerza.

–Tan pronto como cuelgue, debe moverse.

–¿Cómo sé que es cierto?

–Pues que sea un acto de confianza.

–¿Es usted el presidente?…

Colgaron. El ahora abstracto-amor se quedó viendo el celular, su maravilloso pedazo de tecnología. Su ropa de marca. Vio su cuerpo bien construido, fruto del gimnasio y de una sana alimentación. También sintió la cajetilla de cigarros en su bolsillo derecho. Entonces recordó su pasado, recordó muy bien que así como enterraron a sus padres cerró su vida hacia sí mismo y nada salió de sus labios, pues estaban clausurados, sellados para siempre. Así como los encerraron, él dejo de ser el niño estrella y bonito que siempre había sido en su actuar, su nuevo amor era el cigarro que le quitaba el estrés del momento, el alcohol que lo relajaba mentalmente y lo ayudaba a, según él, llorar, y la marihuana que lo hacía olvidar, no le permitía pensar. La resaca no era más que el recuerdo de su realidad. Su odio creció tanto que pensó que algún día lo haría explotar en mil pedazos. Todos tenían la culpa de sus desgracias, él lo único que hizo fue nacer, y ni siquiera queriéndolo. Al inicio, el aún niño de secundaria hacía lo suyo solo, el dinero de la escuela era para el vicio. Dejó el deporte y se iba de pinta, nunca entró a clases, y comenzó a tener problemas con el adulto joven, quien era su mejor amigo. Pero es que él no comprendía, obviamente, el niño de secundaria solamente quería estar solo, quería que lo dejaran de atosigar como si fueran ellos boas constrictoras, no quería que lo abrazaran ni acurrucaran, no deseaba estar en presencia de nadie más, solamente quería olvidar, solamente quería dejar de ser él mismo, mandar todo a la chingada, dejarse morir, caer de un barranco, cortarse las venas, que lo mataran. Pero no se atrevía, y vivía queriendo morir, y sabía que eso no era vivir en realidad. Se perdía, tenía esas famosas llamadas malas amistades, se autodestruía y nada le daba tanto placer como no estar consciente, perderse de su realidad, saberse idiota, pero no estar al tanto de eso. No se sentía como ser humano, sentía que era una cucaracha, o peor, un gusano que no tenía motivo de existir, no veía él ya lo que antes en la belleza de vivir, y dios era solamente otro culero del montón, perro cogedor, porque se manoseaba viéndolos llorar. Estaba más enfermo que aquellos que lo hacían bañarse para observarlo. Mejor así, se decía, pinche dios no sirve para nada, es peor que mi mierda. Y sí, soez en su pensar, y lo externaba, y lo aplaudían, creían que era un chiste, pero él solamente quería llorar, y sí, un hombro tener en el cual recargar su cabeza chillona, pero tampoco quería gritarlo, eso que le hacían, que lo obligaban a hacer, su sentimiento estaba recluido tan para sí que lo mataba. Y sabía cuál era la solución, pero no quería incomodar a nadie, porque a fin de cuentas, se creía buena persona, no había hecho nada malo, ¿por qué, entonces, pasó lo que pasó? Nadie sabía agradecer, que se murieran, pues no había amistad, no había amor: sólo bazofia en esta vida de porquería. Recordó aquel día en que todo cambió, y su vida retomó un poco de sentido en comprensiones risibles…

Amaneció en una habitación desconocida, con el sudor enterrándosele en la espalda, la cabeza latía para explotar, pesaba todo, y estaba tan cansado que quería dormir pero no podía, la boca pastosa, el olor bucal de infierno, y se estaba dejando ir en la somnolencia cuando el olor repentino lo hizo regresar a la realidad. Deseaba ser alguien más, no sí mismo. Sintió húmedo, notó que se había cagado, se sentía pegajoso y frío, no quería moverse, le daba repulsión ser él. Había ropa ahí, en la habitación. Envolvió todo lo sucio con la sábana, se lavó como pudo pues la habitación tenía un baño con tina, y ya limpio, algo más reconfortado, decidió salir de ahí, o lavar eso, hacer algo. Estaba tomando la porquería que había hecho con las manos cuando la voz de una niña lo sobresaltó.

–Ni creas que te vas a ir sin limpiar eso.

El niño de secundaria la volteó a ver, y tenían la misma edad. Ella era delgada y tenía facha de que, al crecer, sería una de esas mujeres que todos desearían tener.

–Perdón. Sí, lo limpiaré.

Ella lo vio, sonreía, pero maliciosamente, aunque como si fueran colegas.

–Sólo ponlo en la lavadora, aprietas un botón y ya. Así de fácil, perro.

–¿Perro?

–Ayer parecías bien feliz de que te llamara así. Tú me decías perra.

–Perdón.

–No, me gusta. Anda, vamos.

–Vale, voy.

El niño de secundaria notó por fin el detalle de la casa: un lujo increíble, enorme, con robots limpiando y cámaras vigilando. Enormes pinturas de arte moderno, estatuas, un ensueño de niño imaginativo. Era la perfección arquitectónica, y enorme, sumamente grande. Al pasar por la cocina, que bien podría ser de esas que están en la televisión, había una mujer haciendo algún licuado verde. Era atractiva, sintió un cosquilleo en su pubis. A toda costa operada, esos senos eran enormes, esos glúteos bamboleantes, y esa ropa pegadísima era una piel segunda. ¿Había sido ese un pezón? Mejor no imaginárselo. Llegaron al cuarto de lavado, que tenía, al menos, tres diferentes aparatos. No sabía para qué eran, todos parecían lavadoras. Puso sus gracias en una, y ella apretó un botón.

–¿No hay que poner jabón y eso?

–No, la maquinita lo hace solo, mi rey. Qué creías, ¿Qué vivimos en la edad de piedra? Anda, vamos afuera.

El jardín tenía el tamaño de un campo de fútbol, había arbustos con formas decorativas e imposibles, había árboles frutales, porterías, balones, una alberca con cascada, una fuente danzante, sillas, mesas, una casa club, una hamaca y otros lujos. Ella sacó un cigarro.

–Oye, pero, tu hermana…

–¿Qué?

–Tu hermana, ¿no se enoja? ¿No nos acusa? –dijo él señalando a la mujer que hacía su licuado, que usaba unos auriculares y tarareaba una canción actual, de esas con onda.

–¿Ella? No, ella es mi madre… ¡Y es bien puta!

Aquella no se inmutó para nada, no escuchó, seguía bailando y escuchando música. Estaba distraída. La niña le ofreció un cigarro que él tomó, y fumaron. Agarrotó su rostro, aún tenía el estómago bien revuelto, pero aún así disfrutó ese raspar de garganta y ese olor del demonio.

–¿No te sientes mal? Ayer estabas muy ebrio.

–No recuerdo… pero no me siento bien, eso es cierto.

–No te vayas a poner a chillar como ayer. No parabas. Parecías cabrito recién nacido.

–¿Cómo que cabrito recién nacido?

–Pues todo pendejo, cómo que cómo. Estabas de aquí para allá, con las patas todas tembloricas, cayéndote y cayéndote.

–No me acuerdo que llorara, la neta.

–Te ponías de nena por cómo eras con tu amigo, ese que te mantiene.

–Ah, ya… –dijo desanimadamente, culpable.

–¡No! No seas idiota, ya te dije que esto siempre va a ser así. Y no lo podemos cambiar. Ellos te van a hacer mal, te van a hacer sentir mal y, a parte, te van a echar la culpa. No se vale. Puto mundo, la verdad, es un asco. Te matan, te violan, te arrastran, te cagan, y a parte te obligan a pagar tu tumba… además, ayer perjurabas que ibas a ir con nosotros. No te rajes, no seas coyón.

–¿Con ustedes? No sé de qué hablas, no entiendes que no me acuerdo de nada o qué.

Ella torció la mirada, casi se volvieron blancos sus ojos, y sacó humo por la nariz, y luego hizo gestos.

–Vamos a fugarnos, vamos a vivir la vida como debe de ser, no más responsabilidades impuestas y tontas, no más reglas, no más gente que nos diga qué hacer o cómo hacerlo. Haremos todo a nuestra manera, tendremos lo que queramos cuando queramos y en donde queramos. Demostraremos que no son necesarias las reglas para vivir, nos libraremos de la tortura del día a día, seremos los reyes, los putos amos del mundo.

Y sí, lo recordó, ese paroxismo de emociones y embriaguez, un montón de niños como él, todos inexpertos y enojados, cada uno con sus problemas, diciendo que no era necesario vivir con la gente con la que vivían, y que harían lo que querían porque podían, que ser el malo de la historia no significaba más que ver la vida de forma distinta, desde otra perspectiva. Dañarían a todos ellos que los dañaron a ellos. Una pandilla ilusoria y ridícula como lo que querían hacer: entregarse a la vida fácil, como si fuera tan sencillo, un simple hecho de decirlo, dispararlo, escupirlo. Al fin de cuentas: la vida no valía nada. Para qué molestarse.

–Ya recuerdo.

–¿Te vas a rajar?

La volteó a ver, expulsó humo, y dijo.

–No, no mames, obvio que no.

Y no lo hizo. Dijo que se iría al norte con su familia, pero no lo hizo, nunca llegó porque nunca fue su intención. Todo esto en contra de la voluntad del detective, en ese tiempo aún el adulto joven, y habría de admitir él, el abstracto-amor, que sintió un leve placer al hacerlo sentir mal, al hacerlo sentir culpable de algo que no era en realidad su problema. Y se fue. Pensaron que sería más difícil, y en contra de lo que tal vez sucedía en la mayoría de las veces, lograron hacerse de su imperio. Al inicio vendieron drogas, pocas, pero lo suficiente como para tener ganancias. Y de ahí, amistades, relaciones, control, y algunos poderes, se volvieron punta de lanza, y referencia para los demás. Extendieron sus negocios a tráfico de armas, drogas duras, y de personas. Llegaron a fortalecerse tanto que el mismo gobierno les pedía ayuda o les pedía permiso, y fueron ellos los confidentes de aquellos que no debían hacer cosas malas pero que necesitaban. No lo hacían por el dinero en sí, tampoco por hacerse ricos y millonarios, sino por un simple, entre comillas, acto de venganza: querían que la gente sufriera lo que ellos, así que los mataban, los drogaban, y vendían sus cuerpos, una especie de contraataque a esa maldita sociedad que, según ellos, tanto les hizo sufrir en su momento y ya era hora de hacerlos sufrir de la misma manera. Pensemos como él, porque vale la pena, y si tan mejor amigo era ese, si mis padres me amaban tanto, si para esta nación tan importante es la juventud, mujeres y niños primero, ¿por qué lo abandonaron?, ¿por qué lo torturaron?, ¿por qué lo violaron?, ¿por qué lo ultrajaron?, ¿por qué lo usaron?, ¿por qué lo maltrataron?, ¿por qué lo defecaron? Y al final de todo, dedujo y se dijo en voz alta: un desecho, soy eso que lanzas por el inodoro, eso que pones en el papel cuando acabas de venirte, eso que abortas porque es indeseado, eso que escupes, eso que vomitas, eso que linchas, eso que quemas, eso que matas, eso que ahogas, eso que disparas, eso que destruyes, eso que laceras, eso que asqueas, eso que lagrimeas. Eso, todo eso, lo justificó…

Hasta que lo llamaron. Sintió una nueva forma de ver la vida, otra vez, de hacer las cosas, de retomar el rumbo perdido. El auto gris estaba ahí. Manejó, condujo pues no pensaría dos veces en el poder que ya tenía. El sistema de posicionamiento global ya tenía la ruta arcada, y a pesar de que no era el camino directo que el recordaba, lo siguió. Llegó a la intersección, sin tiempo, chocó al auto, pero vio al otro conductor, y ese otro conductor lo vio. Su mejor amigo. Se vieron a los ojos y se lamentaron. No logró detenerse pero, por alguna razón, supo que no lo mataría. No perdió la esperanza porque no podía sentirla, pero estaba desesperanzado. En ese momento, aquél, a quien chocaba, era lo mismo que él: un abstracto.