–Chocaron.

El presidente estaba con el vicepresidente, conversando y revisando algunas de sus acciones que tomarían como gobierno apenas instaurado. Debían velar por el bien de la nación, esa era su principal finalidad. Así que tenían que proyectar de forma correcta lo que harían.

–Entendido. Voy para allá.

El vicepresidente lo veía con los ojos entrecerrados, algo perturbado por la repentina interrupción que, aunque estén anunciadas desde antes, suelen ser repentinas, por detener una acción en la que nuestra concentración estaba al cien por ciento.

–Pero, ¿no se suponía que acabaríamos el programa? Hay varios puntos por aclarar aún y…

–Necesitamos ver a alguien. Te conviene estar ahí, vas a comprender lo que viene a continuación, que es lo mismo que ya ha pasado. Vamos, señor vicepresidente, no hay tiempo que perder.

–¿A quién veremos?

–¿Recuerdas la llamada que hice a la persona que debía llegar a una cita para ver a alguien? Que te extrañó que fingiera la voz, con uno, mas no con la otra. Como si quisiera yo que esta persona supiera quién era yo.

–Sí, lo recuerdo.

–Lo veremos a él.

Fueron conducidos al hospital en autos separados, ambos a prueba de explosiones y balas. Era el mismo edificio que él, hacía años, había visitado para ver a su amigo, ahora secretario de seguridad. Sintió un escalofrío pero no hizo nada que lo fuera a delatar la debilidad, en su posición, no era bien recibida. Fue siguiendo al presidente todo el tiempo, y llegaron a una habitación en la que había dos jóvenes, una muchacha y un muchacho. Eran de la misma edad, o al menos eso aparentaban. Platicaban. Ella parecía estar reprochándolo por algo que el vicepresidente no se podría imaginar, pues son muchas más comunes las razones para reprochar que para alentar, creemos esto porque siempre es mejor ir avanzando que retroceder, ya sabemos, reprochando, como si el hecho de reforzar un error o un mal hábito, con su malestar correspondiente, fuera a cambiar lo que el presente es, o al menos, la actitud de la persona a la que se reprocha; pero no comprendemos que es el mismo enojo lo que hará perpetuar y alargar esta actitud considerada negativa en primera instancia. El presidente entró sin siquiera tocar la puerta, cosa que le parecía al vicepresidente una violación a la privacidad de aquellos, que incluso siendo enemigos, en caso de que lo fueran, no se justificaría su repentina acción. Así, se dio cuenta él, que la interrupción de algo siempre caerá en mal sentimiento. Ellos los observaron como se observa al enemigo, como si ya supieran quiénes son ellos, como si el pasado los hubiera ligado de cierta manera pero que, a pesar de todo, trabajan y deben seguir trabajando juntos. La incomodidad se hizo presente, la tensión bien podría reventar el globo. Hubo un silencio. El vicepresidente entró para quedar en segundo plano, y observó desde su posición. Conocía al joven, su rostro cambiado, su cuerpo embarnecido, pero era él, incluso cuando su mirada ya no era aquella tierna que recordaba, ni la de odio que lo embargaba.

–¿Qué? –dijo él, el abstracto-amor.

–No se sienta mal usted, señor abstracto-amor. Ya nos conocemos. No hay necesidad de preguntas cuya respuesta ya son obvias para nosotros.

–No, yo no los conozco.

–Bueno, para nuestros negocios no puedo ir yo. Digamos que sería malo para la imagen pública de mi gobierno así como la propia. Pero sí, ya nos conocemos. De llamada, al menos.

–¿Tú llamaste?

–Preferiría que te dirigieras a mí usando el usted tan respetuoso y necesario en este tipo de situaciones. Ya sabes, para conservar formalidades necesarias.

–No mames.

–Insisto.

–No mame, entonces –dijo ella burlona y con un gesto de pocos amigos.

–Tú fuiste el que me llamó, ¿en serio?

–No necesitas que te lo confirme de nuevo si ya lo dije.

–Si lo pregunto es porque sí lo necesito, señor presidente –por el tono que usó, el presidente se notó algo molesto.

–Sí, ya te dije que fui yo, abstracto-amor.

–Yo tengo un nombre.

–No para nosotros.

–¿Por qué llamaste?

–Era necesario.

–¿Qué era necesario? ¡No ves lo que causé! La familia de él ahora está muerta y yo… yo soy el culpable… ni siquiera puedo ir a verlo a la cara, ¿qué le diría? Y todo lo que tú haces es venir a decirme que… tú –el abstracto-amor se quedó pensativo, en silencio, como si fuera ahora la verdad universal de la vida revelada en su interior y tuviera él que prestar la máxima atención para no dejar escapar ese maravilloso y gran conocimiento que bien podría significar la mínima diferencia entre la vida y la muerte–… Tú lo hiciste, tú causaste todo esto, tú hiciste que esto pasara.

–Es… bueno, hablando bien, fue… fue cuestión de espacio y tiempo. Es todo. No podemos enfrentar cosas desconocidas, eso sería un suicidio.

El vicepresidente se encontraba presente, cual estatua, más quieto que una roca que sería desmoronada en una bella obra de escultura.

–¿Por qué?

Las lágrimas se asomaban por sus ojos, trémulas y tímidas, como no queriendo salir, dándole a él un poco de tono doloroso e inocente, maravillado y aterrado, dudoso.

–Algunas cosas deben ser hechas.

–Yo los maté por tu culpa.

–Lo siento.

Eso sonó más falso que cualquier concepto universalmente aceptado, porque eso son las palabras y los significados: mentiras aceptadas para llegar a una verdad universal. El vicepresidente poco podía hacer, estaba consciente de su papel de aprendiz. Mejor para él pues, en realidad, no quería entrar en acción. El abstracto-amor, secundado por ella, la abstracto-paz, se plantó frente al presidente, sabían que no harían algo ahí, sería suicidio, pero notó el vicepresidente esa ciega ira que ya había sido posada en él mismo hacía años al haber matado a sus padres cuando estos provocaron la muerte de personas en la marea blanca.

–Te vas a arrepentir.

–¿De verdad?

–Yo me encargaré de eso.

–No me puedes mostrar nada nuevo, nada que yo no sepa.

–Ya verás.

–Buena suerte.

Se fueron los dos abstractos. Él aún lloraba, no podía aguantar el sentimiento, ese de que le dieran la esperanza de ver a su amigo pero que lo obligaron a hacerla una pérdida. Iban caminando y se detuvo abruptamente con el viento nocturno moviendo su cabello. Ella se detuvo también y lo vio. Aquél dio la media vuelta y vio el edificio blanco, las ambulancias y los enfermeros fumando afuera.

–¿Recuerdas por qué nos unimos, mujer?

–Para darles un poco de lo que ellos nos han hecho, hombre.

–Ellos me dijeron que vería a mi amigo, y aún así lo veré, sin importar lo que cueste o lo que tenga que hacer.

–¿Nos vas a dejar? –dijo ella con emoción y enojo en su voz.

–No, pero tengo un plan. ¿Los quieres hacer sufrir?

–Sí, obvio, es para lo único que vivo.

–Entonces escúchame.

–Te escucho.

–Vamos a matar abstractos.

–¿Qué? ¿Eso para qué?

–Porque a ellos les gusta todo, date cuenta: pornografía, infanticidio, drogas, armas, les gusta ver sufrir a los demás porque se creen dios, sí, se creen dios, porque dios se masturba viéndonos sufrir, así hacen ellos: se dan cuenta que no están tan mal como los demás, y les gusta y se sienten bien, ese es su orgasmo: ser menos miserables que los demás. Lo único que hemos hecho hasta ahora ha sido ayudarlos, en realidad, al darles las pestes de su sociedad de mierda. Mataremos abstractos, así el sufrimiento será interno, será para ellos. Nadie será más que nadie, a nadie podrán ver porque todos estarán en la misma situación. Así sí llegarán todos a sufrir. Mataremos abstractos.

El vicepresidente se alimentaba del silencio, trataba de comprender la situación y de cierta manera podía, pero al mismo tiempo aún estaba la bruma del olvido, la necesidad de no recordar para evitar pesos insostenibles. El presidente veía su celular, bromas y chistes, en realidad, nada de trabajo. Lo guardó y volteó a ver al vicepresidente. Le dijo:

–¿Ya lo viste?

–No, aún no.

–Deberías, trabajaron juntos. Debes mostrar ciertas formalidades sociales. No eran amigos pero, a fin de cuentas, fueron equipo. Necesita apoyo.

–Lo haré, señor presidente.

–Bien, así me gusta.

Se dirigía el máximo rector de la nación a la salida cuando se detuvo pues su ayudante secundario lo llamó:

–Tú lo hiciste de verdad, ¿cierto? Tú, el presidente, hizo todo esto.

–¿Qué?

–Lo que me pasó a mí y lo que vuelve a pasar.

–Mira, debes ser específico. Imagínate que esto fuera una novela: la gente no puede estar recordando ni deduciendo todo. Diles las cosas, no seas así.

–Me llamaste fingiendo que eras el abstracto-amor y que iban con el detective, y también lo llamaste a él ofreciéndole la oportunidad de ver a su mejor amigo. Lo llamaste a él con promesas de arreglarlo todo, y a mí me llamaste con promesas de salvarlo todo. A fin de cuentas, yo causé este accidente… Tú causaste todo esto.

–Ah, eso, sí, sí, eso lo hice –dijo son ninguna clase de pesadumbres en su voz. Casi como si hubiera sido nada más que un juego de niños.

–¿Por qué?

–¿Por qué no?

–Es inhumano.

–¿Inhumano? –esta vez se carcajeó como no lo había hecho en mucho tiempo, el dolor en el abdomen era obvio, y se tuvo que limpiar las lágrimas y algo de saliva que soltó. Se rehízo, arregló su traje, y dijo–: no, yo no hice nada inhumano. Inhumana es la gente, sí, porque no recuerda que hizo sus errores. Sin embargo, yo te diré algo: están tan inclinados a repetir sus errores por una sola razón, y no hace falta que la digas ni que me preguntes, yo te la diré: a pesar de que saben que van a sufrir y que van a llorar y que van a ser desgraciados, caen en el mismo error porque saben que de esa van a salir vivos. Sí, son inhumanos y cobardes. Su vida se reduce a la cobardía. La verdadera inteligencia radica en saber cómo sacar provecho de ello, de su ignorancia. De su estupidez. Tú ya estás aquí, y harás lo que yo, no lo podrás evitar porque, para ese momento, tú comprenderás que a ellos les gusta caer en el mismo agujero. En realidad eso quieren: sufrir, porque lo conocen, el sufrimiento, y les aterra la felicidad, por eso no cambian, o hacen las cosas diferentes por miedo al qué dirán los demás ni ellos mismos. Es un ciclo. Yo lo perpetúo, tú lo harás, el secretario de seguridad lo hará. Es mejor, y más fácil.

–Tú causaste todo esto, a pesar de que antes no pensabas así, porque si yo seré tú, tú fuiste yo. ¿Por qué no lo cambiaste? ¿Por qué dejaste que la rueda siguiera girando?

–Mira, esa cuestión tú la comprenderás a su momento. Y no me veas con esa cara, ¿sí? De hecho, con lo que sucederá, que ya viviste y que conoces, te ayudé.

–No me digas.

–Ya te dije. Y es obvio, no me digas que no sabes a qué me refiero.

–Pues no, no sé. ¿Cómo es eso? ¿A qué te refieres?

El presidente vio al vicepresidente con una sonrisa maliciosa e irónica.

–Te acabo de ganar la siguiente campaña presidencial.

Desde ese día, nada fue igual. Obvio es, pues, un cambio, por más mínimo que sea, siempre significa una diferencia de paradigmas. También podemos decir que, en su cobardía, el hombre suele decir en casos como estos que la soledad era su única acompañante, pero ésta, por ser lo que es y por sí misma, no puede ser acompañante de nadie. Posiblemente el abstracto-soledad podría hacer ese papel, pero estaría tan ocupado con sus relaciones sociales que no daría atención a un pobre diablo como él. El silencio era voraz, una fiera incansable pero al alcance, era un vacío, lo cual la volvía incluso más terrible, un vacío donde ahí antes había risas, palabras, emociones; incluso en el tacto había un ruido, no había vacío como este silencio. Veamos que hasta hay de silencios a silencios, y es que los silencios que tenía con su novia no estaban vacíos, no eran un vacío, eran todo lo que él siempre podría pedir. Eran distintos. Y esta necesidad de no estar en el vacío del silencio, porque es destructivo, porque llega e invade como parásito, un virus que necesita de tu vida pues no vive por sí mismo, un execrable ser inmundo que se apega y nunca deja ir, lo obligó a intentar cosas nuevas, a experimentar cosas distintas. Descubrió la música ruidosa, el metal. Descubrió que ahora tenía un gusto hacia ella. Lo sacaba, creía él, levemente de su cabeza. Tanto grito gutural, las guitarras y los bajos, la batería, todo se conjuntaba para hacer más ruido en su cerebro que el vacío del silencio de su recuerdo. Decidió, además, no ayudarlo, al recuerdo, y toda pertenencia de su hijo y su mujer él decidió regalar en actos de caridad a gente que no podría obtener esas cosas, o que él pesaba que no las podrían obtener. Y siempre eran las mismas respuestas como, Qué buen hombre, Que dios lo bendiga, Muchas gracias, es lo mejor; pero qué dios ni qué dios, qué bondad ni qué bondad, qué mejor ni qué mejor; si perdió todo, porque ninguna de esas frases era ni la mitad de esa vocecilla diciéndole Papi, ni la voz de su mujer diciéndole Pero qué feo te estás poniendo, y sus risas celestiales, sus arruguitas naturales, sus abrazos encomiables, sus aromas indescifrables, sus caminos impasables, sus destellos inalcanzables, sus bromas indecibles. Nada era comparado con ellos. Y sí, es malo comparar, pero no lo dejamos de hacer, porque de eso vivimos: de ver que somos mejor que otro. Solamente conservó una foto. Estaban él con su hijo sobre sus hombros, y ella abrazándolo. Radiaban felicidad, todos eran estrellitas vivas aún. Era el mayor lujo, el de pertenecer. Porque las cosas nos pertenecen, y no pensamos que decimos Mi madre, Mi novia, Mi hermano, y volvemos posesión a las personas, y eso estaría mal; más cuando somos poseídos, cuando alguien nos llama Mi amor, Mi mejor amigo, Mi hermano, ese es el punto cénit de la felicidad, es ese sentimiento de ser poseído lo que se le conoce como amor, y nada es mejor que el que otra persona nos posea.

El gobierno le había dado una onerosa pensión, cosa de que se enteró luego de ver cómo ganaba más de lo que gastaba, y que, también supo luego por ahí, que había sido el mismísimo secretario de seguridad quien había hecho esto posible. Nunca recibió la invitación para ser llamado como “el héroe ignoto que trabajó incansablemente deseando no ser molestado en su intimidad”. Una medalla genérica ahora, se la daban a cualquiera. Este premio, este dinero, era una compensación ante el trabajo realizado. La gente lo comenzó a llamar detective, y fue ahí cuando se dejó de sentir como adulto joven, y él sabía que ni eso, el ser detective, los traería a ellos de vuelta. Estaba solo.

Un buen día, unos vecinos, una pareja joven, lo saludaron, y lo invitaron a cenar con ellos. Él, en realidad, no quería, pero decidió romper su rutina de soledad para conocerlos y que ellos se dieran cuenta de su existencia. Poder existir para los demás, vemos bien, significa redimir nuestra propia existencia. Comenzó, pues, una amistad con ellos, y curioso era que, ese adulto joven, el hombre de la relación, salía mucho a jugar con una niña de secundaria y con un joven de preparatoria. Eran como mejores amigos, los tres, más el adulto joven y la pequeña niña. No se veía, sin embargo, en ninguno de los tres, la más mínima impresión de enfermedad. Se recalca esto porque, siempre que vemos este tipo de situaciones, solemos pensar mal de la gente. Así de miserables somos, y así tanto nos merecemos el peor de los infiernos. El detective, antes adulto joven, solía salir, saludar, y quedarse observándolos, era añorante su presencia ausente, y de esto se daban cuenta ellos, por eso nunca se sintieron, ni en lo más mínimo, incómodos ni con ganas de pedirle que se fuera, porque en su mirada añorante había risas, juegos, puras emociones positivas. Era el recuerdo de un pasado innombrable pero siempre presente. De hecho, lo querían, y cuando él no salía a verlos, no sentían que jugaban en realidad. Lo respetaban, en especial el adulto joven, y no por una cuestión de edad, sino porque con él podía hablar de todo lo que requiriera cerebro. Damos cuenta que no cerebro literalmente hablando, porque toda acción humana requiere cerebro; sino, más bien, intelectualmente hablando. El detective sentía lo mismo de vuelta: inteligentes preguntas y contraargumentos. Obvio es decir que al detective le gustaba hablar con el adulto joven y con su novia, ambos bien centrados en su vida y con una chispa de niños pequeños, en especial en su mirada. Había algo en ellos, esa inocencia que tanto lo reconfortaba y lo hacían olvidar a veces que solamente quería ir a dormir para no despertar. Se imaginaba que, si su hijo hubiese crecido, sería como ella, como la niña de secundaria, pero en niño, como el joven de preparatoria, como el adulto joven con su novia.

Le tomó también gusto al cigarro, cosa que antes no habría podido ni siquiera tolerar. Sin embargo, hacía ejercicio, y su cuerpo se vio engrandecido, mas no por una cuestión de salud ni de vivir más, porque él fervientemente creía que la persona sin vicios era el peor monstruo, más bien su finalidad era la de no tener espacios donde la vaciedad del silencio tomara poder en su vida. El único silencio que aceptaba era la de la foto que había conservado de su familia. Hacía ejercicio, leía, estudiaba, observaba desde su mundo, desde las sombras de su silencio y dolor, no obstante, no por esto se volvió un anciano amargado. Si la situación lo requería, él sonreía, esa era su máscara, la necesaria, la incondicional, sonreía, y no la olvidaba, era él el experto, el mago, el amo, el señor de todos por exponer una sonrisa cuando sólo quería ser abrazado.

Observó cómo el mundo volvía a su naturalidad, por más caótica que fuera ésta, y ahí radicaba su ironía: liosa normalidad. Parecía que a nadie le importaba que la crisis que vivieron había alcanzado su punto cénit en una guerra de miras mundiales. Ahora, sin embargo, por no decir, por desgracia, se preocupaban por realizar campañas para ayudar a los necesitados y afectados por la truculenta guerra; corporaciones intergalácticas seguían llevando a cabo sus actos vandálicos contra el ambiente siempre bajo la sombra hecha por ellos mismos de programas de apoyo solidarios y de acción social; había canciones sin ritmo, todas ellas sacadas de la misma base, repetitivas y descoloridas fueron las más sonadas, escuchadas y cantadas; artistas sin talento fueron el ejemplo a seguir de las juventudes que no sabían qué seguir ni qué hacer; a cada rato desmantelaban redes de pornografía o de narcotráfico; se encerraban líderes mafiosos para llevarlos a vivir como monarcas en las prisiones; gobernantes escondidos en sus trácalas inexistentes para la ley mangoneada que ellos mismos cambiaban a su aparecer, eran elegidos en democráticos sucesos aceptados por las mayorías; productos eran vendidos a precios exorbitantes que no valían ni el precio con el que habían sido producidos; trabajadores eran explotados en la llamada esclavitud moderna; la realidad se perdía en las redes sociales que llevaban a la gente a creer que eran alguien cuando no eran ni nadie; medios de comunicación decían lo que sus líneas editoriales-patronales les ordenaban decir; grupos minoritarios eran satanizados, atacados y segregados como verdaderos demoníacos enemigos a los que debían destrozar; falsos dioses eran alabados; deidades sin oídos fingían demencia; la gente se tapaba los ojos ante el horror y la enjundia de su vida real, pues de esto tendía su bienestar: si observaban esto se acaba, así que mejor era ignorar el hecho a tratar de cambiarlo en su melancólica realidad. Era una vida como la de antes, pero no por eso más fácil, era más bien asimilada en su función de procreación incesante.

El proceso de elección presidencial fue un gran y rotundo éxito para ellos, los que ganaron, sí, gracias a que cayó y calló el sistema, usted elija el verbo, a fin de cuentas, el consecuente efecto fue el mismo. No parecían recordar que, antes de la elección, ese mismo gabinete tuvo los problemas que, prácticamente, a todos llevaron a una crisis de guerra, no tuvo más que las peores dificultades para mantener el control perdido desde antes que todo esto sucediera. No comprendían. Eran, independientemente de su pasado, figuras públicas ideales, con familia y amigos, padres excelentes, madres pujantes, no eran deudores, eran estudiosos, conocían a la perfección las necesidades de su pueblo, eran héroes, ejemplos a seguir, todos los necesitaban pues todos querían ser como ellos. Eran los líderes agraciados que esta nación necesitaba, añoraba, soñaba, deseaba, amaba, cagaba. ¿Por qué, se decía él, por qué a pesar de saber que poco o nada de escrúpulos tenían, por qué los dejaban ser? Una multitud enajenada sería suficiente, más que de sobra era, para que a todos los destrozaban, que demostraran que era el pueblo el que tenía el poder, no el gobernante. El único buen trabajador ahí era el secretario de seguridad tan a pesar de todo, y ahora que era figura pública, se volvía un desconocido, pero lo seguían queriendo, y es que él encarnaba la perdida…

No, no puede ser.

Así es. El hecho que su partido ganara no era porque fueran el mejor gobierno, aunque tuvo que ver la sabia decisión de manejar las elecciones, o sea, de hacer trampa. Fue, en su mayoría mínima, el hecho que el secretario de seguridad fuera eso, y ya no detective, pues fue su pasado laborioso lo que les ayudó. Él era lo que les daba esperanza.

Él lo fue todo este tiempo, ¿verdad?

Él lo era, sí.

Todo esto ha sido no más que la reinstauración del abstracto que provocó que, a pesar de la crisis, la gente siguiera creyendo, porque no importaba que todo muriera. El abstracto-amor era algo diferente, el ahora vicepresidente era secretario de seguridad y él, él era la esperanza que muere al último.

Y la esperanza muere al último. Por eso lo perdió todo, por eso era el único que no conocía la esperanza pero que seguía respirando, actuando, haciendo, realizando; porque a pesar de vivir, él por él mismo, en realidad estaba muerto, y eso no lo detuvo, seguía vivo, seguía ahí, incluso sin tener razón alguna para hacerlo. En ese momento, el detective supo que todo se repetiría, que estábamos condenados a repetirlo todo a menos que alguien lo detuviera, que alguien lo gritara, que lo dijera. Sí, si él pudiera advertir lo que el pasado venía a reencarnar en el futuro, y presente, tal vez, y solo tal vez, podría cambiar algo.

O matarlo.

¿A quién?

A él, a mí, no sé, pero acabar con esta cadena, romper el ciclo, que no sea circular ya, que sea lineal. No sé cómo decirlo. Controlar esto que vivimos, o que morimos.

Tomó el arma que le habían dado para defenderse.

Yo no lo olvidaré.

La empuñó, se acomodaba casi placenteramente, pues para matar estaba hecha, y si para eso la iban a usar, como pequeña prostituta, se empeñaría a satisfacer a su dueño, comprador, controlador, el gatillo sintió frío en la mano, el cañón del arma apuntaba hacia su cerebro para así asegurar su muerte y acabar con esto de una vez por todas.

Todo se repite desde este punto. Y la pereza había muerto. Depuso el arma. Olvidó su propósito, no porque quisiera, sino porque una bala, que significaba una vida, no cambiaría el curso de la historia… Solamente una noticia lo había impresionado de esa manera, un fatídico inicio de año en el que el hombre que lo sabía todo no dejaba de saber, sino que el mundo dejaba de saber de él, lo cual era peor. Lo vio en redes sociales, y como ahí matan a todos todo el tiempo, no le dio gran importancia, hasta que los medios de comunicación que él consideraba serios comenzaron a lanzar gritos adoloridos por la muerte de un grande de grandes. Del más grande. Así como vio esa noticia, así sintió esta nueva, aunque no era la peor de todas, pues peores cosas había vivido, cosas que lo dejaron sin deseo, pero vivo. Y así lo vio: “La muerte de la p