En preescolar, la maestra nos cargaba tomándonos por debajo de los brazos, por las axilas, y nos besaba en la boca por un prolongado periodo de tiempo. Al menos eso sentía yo. Ella sabía a menta. Nos metía la lengua y nosotros, sin experiencia, la dejábamos hacer lo que quisiera. Bien parecía eso una limpieza dental. Algunos llegaban a vomitar. Yo no, pero veía que algunos sí lo hacían. A ella le gustaba eso, el vómito, que la vomitaran. Cuando sucedía eso y se llenaba de la comida semiprocesada rancia de los estómagos de mis compañeros, dos protuberancias se veían a través de las blusas escotadas que ella usaba. Eran sus pezones, cosa de la que hasta después me enteraría. En primaria, para poder entrar, el maestro nos daba un par de palmadas en cada una de nuestras nalgas, y no lo hacía con afán de castigo ni para lastimarnos: le gustaba tocarnos. Llegaba a babear cuando llegaban sus favoritos, yo incluido. De hecho tenía la boca abierta como estúpido cuando lo hacía, cuando nos nalgueaba, pero no pasaba a más. Sólo cuando un padre pedía un tratamiento especial, él procedía gustoso al finalizar el horario escolar. Al día siguiente, esos niños del tratamiento especial, no se podían sentar, o llevaban pequeños almohadones que parecían donas para que no les doliera. Tengo entendido que ahora, en la secundaria, no será así, pues los maestros son más y son ellos los que llegan al salón, no nosotros a su salón. Sin embargo, el trato es más directo, pues ya estamos creciendo y definiendo nuestra personalidad. Yo todavía me siento chico. La novedad es que ya nos enfocaremos a la especialidad de nuestra escuela, la clase que más presumen en el currículum educativo: la vocación sexual.

Mi escuela se llama “Im-Pulsar”, pues alguien pensó, creo yo, que tal vez ese era un genuino y fascinante juego de palabras que usaba uno de los conceptos más reconocidos de uno de los autores y héroes internacionales más aclamado de todos: Sigmund Freud. En la escuela nos enseñaron en sexto año de primaria que para Freud, que se dice froid, todo era sexo, y que a él le debemos la magnífica filosofía adoptada por la escuela y por habernos dado la clasificación más acertada para los hombres: los anales, los orales, y lo genitalactivos. El eslogan de mi escuela es “Entregados para el placer” y es la institución de más prestigio aquí en mi estado. Cuentan con niveles desde preescolar hasta universidad, y salir graduado de aquí es casi garantía de encontrar un trabajo bueno, honrado y bien pagado. Es una institución que sobresale por la calidad en su educación primariamente sexual disparatada, pues han logrado un sistema para que todas, absolutamente todas las materias tengan una relación al sexo; cosa que, justifican con toda autoridad, es más que necesaria para nosotros poder tener el suficiente conocimiento y poder enfrentar la vida allá afuera que lo que más solicita es eso: sexo. Es la sexualidad temprana que logran despertar en sus alumnos lo que más se presume en esta universidad. El currículum es un montón de penes y vaginas y anos entremezclados, básicamente. Bueno, eso me imagino, en realidad no estoy muy seguro qué es un currículum, pero si lo presumen, debe ser básicamente eso. Con el despertar temprano de nuestros impulsos sexuales, la gran mayoría de aquí sale con una parafilia plenamente desarrollada y con una latencia monstruosa. Tengo entendido que para poder obtener un trabajo, entre más parafilias comprobables uno tenga, más fácil es. Pobres de aquellos que no tengan una, o que se anuncien como plenamente heterosexuales, porque se vuelven parias sociales… bueno, es así como los llamaba mi maestro de sexto grado, en realidad, no estoy muy seguro de qué significa paria social. A mi maestro de sexto grado, por cierto, le gustaba decir “sexo grado” y luego se reía como idiota. He escuchado, no estoy seguro, es como un chisme, una leyenda, que hay una organización de hombres y mujeres que se identifican como plenos heterosexuales y que luchan por ser tratados como iguales a los que no están pervertidos. Ellos son los pervertidos porque buscan que las relaciones sean de mujer a hombre solamente y que esté permitida la monogamia. Monogamia significa que tengas una sola pareja, cosa que no se acepta aquí, en México. Bueno, en ningún lugar, pero aquí a veces sí son bien… iba a decir racistas, pero no es eso, creo que dicen intolerantes, con esta gente, que son bien poquitos. Les llaman minoría por ser pocos, justamente. Este grupo de pervertidos es un eterno objetivo de tremendas burlas y ofensas, así como sus miembros son víctima de los más obscenos crímenes. Los peores pervertidos son ellos por preferir el sexo más monstruoso por su simpleza: sexo hombre-mujer cuando es más que obvio que los impulsos humanos siempre exigen algo más.

En todos los salones de mi escuela hay un número par de niños y niñas, pero como siempre nos han dicho: “no hay por qué evitar descubrir con aquellos con los que somos iguales entre las piernas”. O sea, por si no es claro, que no importa con quien, que sea niño o niña, el chiste es saberle a todo. Las mesas son especiales para que tengamos todos la libertad de poder estar tocando lo que sea por debajo del mantel, como dicen, pero tampoco podemos abusar y distraer a nuestro compañero pues para eso están los baños. Cuando nos distraemos en clase nos obligan a ver documentales de parejas heterosexuales con sus vidas monógamas, cosas de ese tipo, de educaciones especiales donde a los niños no les permiten exhibirse y satisfacer sus impulsos de la forma que más quieran como en los países subdesarrollados; cuestiones que resultan muy incómodas y desagradables para la mayoría. Una vez escuché que eso, la heterosexualidad y la monogamia eran un tema tabú. No sé muy bien qué es tabú pero al menos sé que es malo.

A mi lado se solía sentar una niña: Eva. Eva tenía los ojos más bonitos de todos, eran color miel, y ella en sí era muy bonita. Me gustaba de ella que entre ambos establecimos una especie de acuerdo tácito en el que no hacíamos nada: no nos tocábamos subrepticiamente, no nos manoseábamos ni nos íbamos a los baños a, como dicen, explorar nuestras entrañas. Solamente nos saludábamos, y el simple hecho de platicar uno sentado al lado del otro, y vernos a los ojos, nos era suficiente. Era algo entrañable. Sin embargo, tengo que admitir, cuando estaba con ella, me sudaban las manos y me ponía nervioso, pero su sonrisa siempre me hacía sonreír a mí. Me gustaba mucho de ella que no me tenía que desnudar ni mostrarle que ya tenía vello púbico para que se diera cuenta de mí: solamente platicábamos. De hecho a veces me imagino que ella y yo podríamos vivir juntos, ser algo, pero sólo con ella, con nadie más. Obviamente no le digo porque no quiero que me acuse y que me manden al psicólogo sexual. Aunque, cuando crezca, no sé qué haré, porque a los adultos los mandan a los Centros de Reinserción Sexual, y sé que cuando uno entra ahí, sale como no era. O sea, los que no tenían ninguna intención de, por ejemplo, tener sexo con animales, salen hechos unos amantes de los animales y no pueden tener sexo con algo que no tenga cuatro patas. Me da miedo pensar en entrar en un lugar así. Ahí te vuelven normal, te quitan lo pervertido. A veces me odio, digo que un niño como yo no debería pensar en esas cosas, debería ser como todos los demás: masturbarme tres veces al día y ayudar a los demás con mi boca o con lo que me pidan para que ellos puedan masturbarse, ir a pijamadas orgiásticas, clases privadas de artes sexuales, ir a centros recreativos al desnudo, jugar videojuegos pícaros con mis amigos, dados de besos en el cuerpo; yo qué sé. No hablo casi con nadie porque prefiero no tener ese tipo de contactos con nadie, soy chico, me salvo, pero un día no lo podré hacer. Y justamente por eso me gustaba mucho Eva, porque con ella no necesitaba fingir. Ella nunca me pidió nada que no quisiera darle, ni yo a ella.

Pero este año no nos pusieron juntos, creo que nos acusaron. Fue de una vez que nos vimos en el baño, ni siquiera porque quedáramos de acuerdo: fue casualidad. La cosa es que cada uno hizo lo que ahí tenía que hacer y ya, no pasó a mayores. Pero se dieron cuenta de eso, y nos dijeron que no cumplir nuestros pulsares primarios, los sexuales, era motivo de perversión posterior, o sea, que luego nos podríamos querer y no buscar otra pareja que no fuéramos nosotros mismos. Al baño se va a tocarse uno, a tocarse en compañía de otro, a tocar al otro, ya sea en pareja, en trío; entre más, mejor. No importa si es hombre o mujer, los baños son todos para los dos sexos, no importa si es maestro, intendente, o menor a nosotros. El chiste es que se refuercen los lazos en el baño. Nosotros, Eva y yo no hicimos eso, entonces nos reportaron.

Me siento yo y a mi lado llega Daniel Frías.

–Hola, Adán –me dice y me besa en la mejilla. Yo lucho para no retirar la cabeza, pero no quiero que me reporten porque entonces mis papás me van a regañar.

–Hola –lo saludo de vuelta pero no regreso el gesto a él. Entonces él se distrae con sus amigos mientras uno de ellos se sienta en sus piernas y él las abre. Es de los más adelantados, ya tiene vello en las axilas, dice él, y además la tiene bien grande. Eso atrae tanto a maestros como a compañeros. Es de los populares. Lo único que yo siempre noto es que huele feo. Debería bañarse más seguido.

Entonces, llega el maestro. Nos ponemos de pie.

–Buenos días, jóvenes.

–Buenos días, maestro.

–Digamos las palabras loables de nuestra madre patria original…

Nos quedamos de pie, ponemos las manos atrás, y en una sola voz coreamos todos, incluyendo el profesor:

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Al finalizar, debemos agarrar al compañero donde más nos plazca. Daniel Frías me agarra una pompa, yo lucho por no retirarme, y yo lo tomo del hombro.

–Joven, esa no es una zona válida para después del juramento.

Los ojos se plantan en mí y comienzo a sudar. Odio cuando pasa eso. Entonces veo a Daniel, que tiene un bigotillo que lo hace ver bien imbécil, y sonríe. Con gesto cansino le pongo la mano en la parte baja de su espalda, y él agarra mi mano y la pone directamente en su trasero. Ya sé qué pasaría si quito mi mano, así que con todo el asco, me aguanto.

–Gracias, joven, por enseñarle a su compañero cómo hacer las cosas.

–No hay de qué, profesor.

–Pueden sentarse –dice el mayor, así que todos nos sentamos–. Bienvenidos todos a su primer año de secundaria, y déjenme decirles que este curso será especialmente excitante, en el más explícito término sexual de la palabra, pues podremos explorar, juntos, lo más juntos posibles, dentro de esas cabecitas suyas, los deseo más refinados de ustedes y lograremos reforzarlos. Supongo que están emocionados… ¡y mojados!

Escucho unos esporádicos sí entre algunos de mis compañeros, afirmaciones que suenan a gemidos sexuales. Veo de reojo que dos de ellos tienen los pantalones abajo, por la mesa no se nota, pero ambos se menean sin mostrarlo más que por sus labios apretados y el sudor de su frente. Hago una mueca y mejor regreso la mirada al frente.

–¡Excelente! Comencemos.

Veo con atención al maestro: es un hombre cuarentón de panza protuberante y ligeramente encorvado, calvo, y con la piel brillante por el cebo. Tiene facciones gruesas y la nariz aguileña y con pelos saliéndosele de las orejas. Me da asco.

–A ver, quién nos puede decir qué es una parafilia… ¡vamos!, no sean tímidos, recuerden que la timidez es muestra de debilidad y no hay nada mejor que mostrarnos como somos: desnudos y excitados.

Fabián Conrado, el tercero de una familia de animalistas, levanta la mano.

–Muy bien, muy bien, venga usted para acá, joven.

Mi compañero va al frente. Tiene él facciones aniñadas. El maestro lo pone de espaldas a sí mismo y luego lo rodea con los brazos para aterrizar sus manos en su pecho, del niño, y lo pega a sí mismo. Conrado, por su parte, se para de puntas y como que se inclina hacia atrás. El maestro sonríe y mueve la cadera hacia su alumno. Fabián luce como un corderito ahí.

–¿Hace ejercicio, joven?

–No, profesor.

–¿Estos glúteos son naturales? ¡Qué maravilla!, tienes un gran futuro con los genitalactivos, y si no te gusta, al menos es una posibilidad. Como sea, dinos, por favor, qué es una parafilia.

El maestro restriega gustoso su cadera con la del alumno, quien también luce plácido.

–Una parafilia –dice mi compañero con su voz blanca y temblorosa–, es lo que hace hombre al hombre.

–Muy bien, muy bien, pequeño; pero esa es una definición de diccionario. ¿Qué es para ti? Verdaderamente para ti –le dice mientras baja su mano al abdomen, le mete momentáneamente la mano dentro del pantalón del alumno, pero luego la regresa a su pecho.

–Es un tipo de amor, para mí, el más violento y por eso el más puro.

–¡Excelente! A parte de perfecto, inteligente. Muy bien, muchacho.

Entonces el maestro lo libera y lo deja ir no sin antes apretar una de sus nalgas.

–Gracias, profesor –contesta Conrado.

Puedo ver a través del pantalón pegado del maestro una protuberancia, un bulto que no estaba ahí antes de que Fabián se levantara y le restregara sus nalgas a él.

–Hoy en día –dice el maestro casi filosófico–, hay una plaga que ha ido tomando fuerza, pequeños, y ustedes los conocen, no son más que unos vulgares pervertidos que pregonan su bandera blanca de la heterosexualidad. Una monstruosidad. La monogamia, un chiste sin sentido. Quieren lograr un cambio en nuestras costumbres, destruir lo que por años hemos logrado y gozado. Quieren tornar nuestro gozo en su estúpida paz y aburrimiento. Aquí veremos por qué el amor siempre puede tener la forma que quiera, sin importar tu edad, sexo, físico o gustos. Aquí el oso es igual al lampiño, y el amante de los fluidos igual al de las cuestiones más sólidas, porque todos somos creaciones divinas. Todos podemos amarnos sin importar nada. No dejemos que un pequeño grupo de desadaptados deformen y se burlen de nuestras creencias y sólidas preferencias. Recuerden que nacimos para dar placer a los demás, y para que los demás, a su vez, nos den placer a nosotros.