Otro abrumadoramente sexual día de clases acaba y procedemos a guardar nuestros útiles escolares y sexuales en nuestras mochilas, todo dentro de un ambiente de arrimones y palmadas en zonas impúdicas. De vez en cuando, algo más. No sé si soy el único, tal vez por rarito, pero yo acabo muy agotado. Los demás no lucen así, lucen recargados de energía. Me pregunto si tendré algún problema mental de cualquier tipo. Debería ser como los demás, y aunque lo oculte, siempre queda esta sensación de malestar, de que debería hacer lo que los demás, de ser como ellos. En el transcurso en que guardo un anillo vibrador expandible de recarga solar, escucho a mis compañeros hablar. No es que quiera escucharlos, siempre me resultan muy tontas sus pláticas, pero no es como que el sonido vaya a dejar de ir a mí sólo porque creo que su fuente es una estupidez. Son Fabián, el niño vagina, Daniel Frías y Lola Macías. Lo que dicen, lo hacen de forma que parecieran querer llamar la atención, casi a gritos, como imbéciles.

–¿Se enteraron de lo que le pasó a la ballena gorda? Pues subió de peso la muy cerda.

La ballena gorda es una niña de otro salón con sobrepeso mórbido, según esto tiene un problema de hormonas… eso si consideráramos como hormonas las hamburguesas, los tacos y los refrescos. No sé, no me gusta criticar, pero esa niña sólo llora de su desgracia pero no hace nada para cambiarlo. Además, ella tiene más pelo en una sola pierna que yo en todo el cuerpo. No es que yo sea muy velludo, a decir verdad. Al menos no por ahora. Independientemente de eso, y considerando que yo creo que ella podría hacer algo para hacer que la dejen de molestar; cuando alguien habla así de alguien más, a sus espaldas, me da coraje y miedo… podrían hacer lo mismo conmigo, y yo ni en cuenta.

–¿Qué hay de emocionante con esa cosa? –pregunta Fabián con su tono afeminado de voz, como queriendo imitar a una señorita pero sin poder hacerlo. De hecho sus gestos, sus movimientos corporales, son invitaciones a la violación en grupo–, ¿ya se comió a su papá o qué?

Provoca risas en sus dos compinches. Ahora veo a Lola, la Lolita de los profesores y las profesoras con pene. Ella no es fea, en realidad. Tiene un atractivo monstruosamente sexual para su edad, una invitación al gozo, a lo bueno de la vida. Se desarrolló antes de tiempo, parece tener quince, y eso la vuelve popular. Sus dos senos son enormes para su edad, los más grandes de la secundaria, Miss Tetona, Miss Titanio, Mis tetas. Ella brinca todo el tiempo para que sus senos brinquen con ella, ¿o ellos brincan para hacerla brincar a ella? Lo ignoro. A veces siento que va a romper sus playeras. Si lo hiciera, que creo que es lo que quiere, sería lo mejor del día para muchos. Incluso para mí. Sin embargo, bien dicen, cada gozo viene con su cobro: su voz es chillona, es como un gato llorando. Una vez leí en internet que los gatos maúllan, no para comunicarse como los perros al ladrar, sino como una imitación del llanto humano para llamar nuestra atención. No sé si sea cierto, me parece que sí pues ella lo hace igualmente: resultaría totalmente insoportable si no tuviera ese par de peras de boxeo danzando de un lado al otro.

–No, idiota; le dieron la discapacidad. Está embarazada la muy perra.

–¡No mames! –dice Daniel Frías con la baba saliéndosele de la comisura de la boca.

–Pero ¿quién se la metería a un mastodonte como ese? Qué asco.

–Bueno, no a todos les gusta tu vagina artificial, Fabián –dice Daniel torciendo la mirada.

–¡No importa!, ¿quién la embarazó, Lola?

–¿Cómo que quién, estúpida? ¡El de educación física! Ya vez que a ese le gustan las vacas, es animalista. A la ballena le quedó ser así como anillo al dedo con el profe. Y ahora va a tener todo pagado de aquí en lo que su hijo o hija se independice. ¿Pueden creerlo?

–¡Qué puerca, amigas! Ya tiene la vida asegurada la muy perra… –termina Fabián.

Por alguna razón, siento coraje por su forma de hablar. Esa forma tan desagradable, despreocupada… despectiva. Sí, esa es la palabra: despectiva. Esa palabra me la enseñó Gabo, mi mejor amigo, y creo que aplica para esta ocasión. La cosa es que me molesta. Pienso:

–Tal vez lo hizo, en realidad, para estar lejos de ustedes. Ni siquiera le gustó.

Silencio.

–¿Mande, Adancito? –Pregunta Fabián con su voz de prostituta en celo. Así me dice, por cierto: Adancito. Le gusto.

–¿Qué? –Pregunto. No sé qué gesto hago, pero tal vez es uno de sorpresa, uno de arrepentimiento por haber dicho algo que no, en el momento en que no debía ser dicho.

–¿Por qué dices que a la ballena no le gustó que el de educación física se la metiera?

Problema. Si defiendo mi punto de vista, que no es el de ellos, que es, básicamente, el de “la presunción del disgusto por el acto sexual”, así dice en la constitución; me acusarán y acabaré en la oficina del psicólogo sexual. Debo seguirles la corriente, decir algo que sea parecido a lo que ellos dirían. Debo hacer algo para que ellos piensen que soy de los suyos antes de que sea demasiado tarde, antes de meterme en problemas.

–Pues dije que no le gustó por… porque es muy gorda…

Sus ojos, miradas, gestos expectantes, incluso ella cruza los brazos y arquea una ceja; todo eso me eriza la piel y me hace sudar, me hace dejar de pensar. No debo dejar que me acusen, no quiero ir con ese amante de los niños.

–¿Y eso qué? –insiste ahora Daniel.

–¿Cómo que y eso qué, Daniel? Es obvio: es tan… grande que necesitarías a un negro de verga gigante para que la ballena sintiera siquiera cosquillas. Es más: cualquiera de nosotros tendría que metérsele hasta la cintura para que ella sintiera un mínimo airecito ahí dentro de su enorme agujero –Ellos sonríen y relajan los gestos. Prosigo–: quiero decir… es eso o un burro que la parta a la mitad. Una de burro la haría sentir al menos la mitad de lo que todos los días se traga.

Ríen. Me he librado de una grave.

–Ja, ja, ja; bien dicho, tienes toda la razón, Adancito. Sabía que detrás de esa cara de niño bonito que te cargas, hay un pervertido bien loco.

Yo afirmo con la cabeza. Sonrío, no sé cómo, ni siquiera sé si lo hago, pero al menos espero que eso haga.

–Vamos a hacer una pijamada en mi casa este fin de semana, Adán –dice Lola–, deberías ir. Ya sabes: entre más, mejor.

Una pijamada es sinónimo de orgía… aunque una vez Gabo me dijo que lo correcto no era decir orgía, sino bacanal. Como sea, es eso. No quiero ir, pero si no acepto, me veré en el mismo problema del que me trataba de librar con el comentario de la niña ballena.

–Simón, me lanzo. Me hace falta un poco de… diversión…

–¡Eso es todo, Adán! Te mando al rato la dirección de mi casa. Empezamos a las ocho.

Se van y yo respiro en paz. El estrés se apodera de mí, tiemblo. Tengo que ir, ya estoy obligado a hacerlo. Mando un mensaje a Gabo, él es mi consejero. Casi al instante me contesta que me verá en el parque a unas cuadras de mi casa. Él me dirá qué hacer, siempre lo hace.

Camino en dirección al parque y, por ende, a mi casa, para verme con mi amigo. Entre todas las cosas que me ha dicho, hay una muy cierta, y es que el sexo, la energía desenfrenada dada al mismo, en sus palabras, obviamente, yo no soy capaz de generar cosas así en mi cabeza; logra que la delincuencia sea casi nula y así que todos vivamos felices. Hay zonas rojas, obviamente, en las que los masoquistas y los sádicos se frecuentan. Unos buscan recibir, otros dar, es la mezcla perfecta, el yin y el yan… ¿o era ying y yang? No sé. La cosa es que los que quieren ser violados, van ahí a cumplir su sueño. Pero es engañoso, al menos para los masos, así se les dice a los masoquistas: caen un una adicción creciente y perpetua que los orilla a su muerte temprana. Hablo de que caen al tener entre veinte y veinticinco años. La esperanza de vida es de cincuenta años y, generalmente, la gente muere por paro cardíaco. Tantos años de sexo afectan al cuerpo, parece; según mi amigo. Todo lo digo porque mi amigo me dijo, no porque yo lo sepa, ni porque lo haya investigado. Entonces, los masos van con los sados, así les decimos a los sádicos, y dejan que los flagelen, golpeen y violen; pero no parece muy efectivo, porque independientemente que de momento cumplen con su objetivo de satisfacerse, no obtienen plenitud, pues su necesidad es la de trasgredir. No sé qué significa eso, pero creo que es algo así como no seguir las reglas, romperlas. O sea que para los masos, ir ahí, es casi como tomar agua para acabar con su hambre. No funciona. De hecho, algunos de ellos, comienzan vidas en pareja, con familia definida, con el sexo más simple, con una sola pareja, y hasta hijos tienen que tratan de criar sin contacto alguno con el tan saludable sexo que tanto se promociona, pues al parecer así encuentran más placer: rompen la ley, se torturan a sí mismos sin buscar lo que de verdad les produce gozo, sin que los dobleguen como tanto les gusta, y es así como encuentran lo que tanto buscan: romper la regla. Se me hace muy raro, pero así pasa.

Llego al parque y veo en los juegos lúdicos-sexuales a una mujer madura que usa los columpios para mantener sus piernas en el aire, su cadera llega al suelo, y tiene la falda levantada, mientras hay un niño de unos cinco años de cuerpo fofo, aún con esa grasa propia que tenemos cuando nacemos, regordete, desnudo totalmente con sus dos nalgas al aire, nalgas como burbujas, pompas de jabón, se contraen y se relajan, dan y jalan duro y dale a la señora que lo ve tiernamente con una sonrisa propia de una madre. Ella tiene sus manos en sus senos alicaídos, toca sus pezones como si fueran cuerdas de una guitarra. ¿Sentirá ella algo o será solamente para enseñarle al niño un poco de lo que deberá aprender, deberá decidir si quiere eso o ser mejor la señora? Lo ignoro de momento. Ya deben de llevar tiempo, bien es sabido que las erecciones infantiles pueden durar horas con su buena estimulación. Me siento en un banco y veo que las piernecitas del chamaco están goteando un líquido viscoso hasta sus pies. Me doy cuenta que la señora goza también.

Ya sentado en la banca, dejo mi mochila al lado, sin preocuparme de que me la roben: los anillos vibratorios los encuentras en cualquier tienda de autoservicio. ¿Quién querría algo tan común? Observo a los dos. Es común que las señoras o los señores vayan con sus hijos a los parques e intercambien hijos para llevar a cabo sus acciones del placer. La virtud, aquí, es llevada al extremo: la virtud de hacer gozar y de gozar uno mismo; sobretodo, como dicen: disfrutar de uno mismo.

–¡Deje de tocarse ahí, niño cochino!

Me volteo. Es José Gabriel García, mi mejor amigo. Lleva un cigarro en la boca. No me lo puedo imaginar sin su cigarro, sin dejar de echar humo por la boca, y me gusta porque siempre me da cigarros. Es algunos años mayor que yo, es maestro, y de hecho lo conocí en un curso de introducción. Como es común: el maestro puede elegir a su favorito y verse con él o ella en extraclase, fuera de la escuela. Él es atlético, tres horas de ejercicio al día, habría de imaginarse uno, y tiene un perfil afilado, aniñado, como de quien no acabó de crecer y tiene una mezcla de la aberrante inocencia infantil y de algo más. No sé qué es ese algo más, pero ahí está. Es moreno como yo y es muy gracioso cuando quiere aunque, generalmente, está deprimido, cosa muy común entre todos, y no se deja de quejar de todo. Lee mucho, y lo que más me llama la atención, y es nuestro secreto más escondido: lee hasta los libros prohibidos. No es que sean prohibidos por ley, pero lo que sí es que quien los lee, cambia, se vuelve anormal, diferente, y su único paradero es el CERESEX, cualquier CEntro de REhabilitación SEXual. Ha de tener muy buenos amigos, en primera, para que le den esos libros, y en segunda, para que no lo delaten. Además, me ha dado libros, propios para mí, para mi edad, y yo no soy muy lector, leo muy lentamente, pero lo hago por él, porque me cae bien. Lo que más me gusta de él es que es como Eva: nunca ha tratado de sobrepasarse conmigo aunque siempre debemos mentir y decir que nos gustamos para no despertar sospechas y que no nos separen. Solamente somos los mejores amigos, lo digo más que nada porque no he escuchado a nadie decir eso: tengo un mejor amigo.

–Hola, Gabo.

Se sienta a mi lado y me da un cigarro y me lo enciende. Suspira él, suspiro yo.

–Mira nada más a esos dos… ese niño la ha de tener tan chiquita como tu cerebro, esa vieja ni ha de sentir nada.

–Ja, ja, ja, cállate, tonto.

–Sólo decía, Adancito. ¿Cómo estás?

–Bien, ¿y tú?

–Chido. Pedo casi todo el tiempo, como debe de ser.

Gabo siempre habla como señor grande aunque no lo sea. Me gusta hablar con él porque no se centra todo el tiempo en el sexo o en qué hacer mañana en la noche o antes de ir a la escuela. Siempre es interesante hablar con él.

–Y entonces qué, ¿te dieron trabajo en la prepa?

–No, en la universidad –saca humo de cigarro. Lo secundo–, y es mejor, son más independientes y no debo estar tan pegado a ellos todo el tiempo. Según esto mis contactos físicos no eran lo “institucionalmente suficientemente sexuales para los menores de edad y los que crecen deseando este tipo de satisfacción”. Qué mamadas dicen a veces.

–Como si no te gustara el arrimón…

–Sí me gusta pero no siempre… llega a cansar, ¿sabes? No es tan divertido como dicen siempre.

–Ya pareces hetero.

–¡No, no, para nada! Ja, ja, ja, ya hasta parece que me vas a acusar, Adán.

–No, nunca, eres mi amigo.

Él me revuelve el cabello con su mano.

–Bueno, como sea. Me mandaste un mensaje, ¿qué pasó? Dijiste que estabas bien pero… –guarda silencio–, guaaaaau…

Vemos cómo la señora toma la mano del niño pequeño y se la mente en la vagina hasta el codo, luego saca, y vuelve a meter, y cuando el niño parece comprender le movimiento, lo hace solo, por sí mismo. La mujer gime al mismo tiempo que se quita la blusa y se manosea los senos exuberantemente, casi con desesperación, y si estuviéramos cerca, seguramente tendría los ojos en blanco como posesa.

–Es que –digo– me invitaron a una pijamada.

–¡Oh!, ya comprendo… ¿y quieres ir?

–No sé…

–Bueno, tú ya sabes a qué van a las pijamadas, no es tu primera vez.

–No lo es, pero la última a la que fui solamente consistió en ver porno y tocarnos a nosotros mismos, todos al mismo tiempo, pero cada uno a lo suyo. Mis compañeros ahorita, bueno… buscan algo más.

–¿No has estado en una así?

–No.

–Es que… es que ya te tardaste.

–¿O sea? –Le pregunto a Gabo.

–A tu edad, ya debiste haber perdido tu virginidad.

–No saben eso, nadie lo sabe. Por cómo me veo, todos creen que cojo a lo bestia. Ya sabes, dicen que soy un niño bonito, uno lindo.

–Sí, lo sé… ¿quién te invitó?

–Lola Macías.

–¿Y esa qué?

–Dicen que se masturba, que es su forma favorita, es con paletas de hielo.

–No mames, ¿neta?

–Sí.

–Pero se derriten… –me dice divertido, sonriendo asqueadamente.

–Pues ha de tener muchas.

Gabo lanza sonoras risotadas, bien gozoso. Luego guardamos silencio. Le digo:

–La verdad es que no quiero ir.

Nos quedamos en silencio. Volteo a verlo. Luce nostálgico, casi como si rememorara algo mientras los gemidos de la señora se vuelven más ruidosos pero musicales. Un par de jóvenes, yo supongo de mi edad o un poco más grandes, detienen sus bicicletas y observan. Parecen gemelos, son hermanos, o al menos familia. La niña se baja los pantalones, así como su hermano. Ambos ya tienen matas de pelo en sus sexos, y el joven tiene un trasero especialmente peludo. Entonces él comienza a penetrar a la joven con su pene torcido y tieso.

–Mira a esos dos –le obedezco. Siento una ligera emoción dentro de mí, una pequeña alteración en mi latido cardíaco, así como en mis pantalones–, ¿por qué crees que hacen eso? ¿Qué te hace pensar?

–Pues que les gusta –digo.

–¿Crees de verdad eso? –Me pregunta.

–Pues por qué lo harían si no es por eso, Gabito.

–Bueno, una cosa es que te guste algo y otra cosa es que creas que te gusta algo y que por eso lo hagas.

–Entonces –digo con curiosidad–… si no les gusta, ¿por qué lo hacen?

–Te contesto con lo que sigue: si no querías ir a la pijamada, ¿por qué dijiste que sí irías?

Me quedo pensativo. La señora gime cada vez más ruidosamente, el niño ahora llora.

–Ya me cansé, mamá –dice.

–¡Tú sigue y cállate que yo te di la vida y ahora… ah… ¡ah!…  y habrías de hacer algo por mí al menos…

–No sé –le digo.

–Porque así debe ser, porque yo sé por qué dijiste que sí. No quieres, no te gusta, y todavía así dijiste que sí, porque eso es lo que hacen todos. En eso consiste, al parecer, la felicidad. Y todos queremos ser felices como los demás lucen serlo.

Gabo luce meditabundo. Siento algo en el estómago, y no son mariposas, más bien parecen ciempiés. Me siento revuelto, nervioso.

–¿Tú qué habrías hecho, Gabito?

Me voltea a ver sonriente y pasa el brazo sobre mis hombros. El calor me reconforta. Yo sé que él no me dañaría nunca. No lo ha hecho, ni siquiera cuando me he ido a su casa ni él a la mía, y han sido varias ocasiones.

–Me emborracharía y haría lo necesario para no despertar sospechas de que no me gusta lo que a los demás sí. Con el psicólogo sexual, además, no tendrás ninguna forma de salirte de tu mente. Ahora sí la tienes. Es una línea muy delgada, esa de nuestro gusto y lo que aborrecemos. Para esto, el cuerpo actúa de forma muy extraña en torno al sufrimiento y al gozo, y es que es por eso que hay gente adicta al dolor, al sufrimiento, a la depresión. Les produce gozo aunque los lastime. Logran evadir esta línea por su propio bien, por su propia felicidad, y eso que en un inicio les hizo daño, por eso mismo, lo vuelven un gozo. El cuerpo no se puede acostumbrar al dolor, pero sí al gozo. Vuelve al dolor, gozo. Lo vuelve placer, por eso la educación está basada en el sexo, en el placer. Desconéctate, Adán, es lo mejor que te puedo decir. Cuando llegue el momento, cruza, destruye, borra la línea. Deja de ser tú y sé lo que los demás esperan que seas. Como él.

Señala al joven. Ahora un hombre de edad madura está de rodillas a sus espaldas, le separa las nalgas y hunde ahí la lengua, lo limpia, como si hubiera ahí una línea de miel y fuera el último alimento del planeta. El joven está rojo, rojo del éxtasis.

–¿Qué te hace pensar –me dice Gabo– que el niño goza de eso?

–Pues que está temblando de excitación.

–¿Eso o que su cuerpo ya borró la línea para no causarse un problema posterior, uno mental, uno de ir con el psicólogo sexual? Se está protegiendo inconscientemente, vuelve el dolor en algo que le gusta, aunque le cause remordimiento, para no morir, porque es el instinto de preservación, de supervivencia. Por suerte para él, le conviene. Vivimos en un mundo en que necesitamos dejarnos. Borra él la línea de sentir esa lengua rasposa para volverla una caricia, un goce irremediablemente maravilloso. Fíjate, si no lo hace, acusarían a sus papás, y se los llevarían, y tal vez a él también, porque la culpabilidad es un peso social y personal. Debe ser erradicada y sustituida por gozo y placer. Así lo sabe él, entonces lo hace, lo que todos, desde sus papás, hasta sus maestros y la misma sociedad le han dicho…

Lo interrumpo suavemente:

–Recibir y dar placer.

Como la sensación de nervio no me deja, abrazo a Gabito.

–¿Te puedo pedir un favor, Gabo?

–Lo que quieras, Adancito.

–Si algo sale mal, o no me siento bien… ¿te puedo llamar?

–Tú sabes que cuentas conmigo para lo que sea, Adán.

La señora tiene un ruidoso orgasmo y escupe por sus orificios sexuales una eyaculación femenina que baña a su hijo. El trío se va de ahí como si nada hubiera pasado, como si solamente hubieran visto un espectáculo callejero o una película en la televisión. Los dos, Gabo y yo, nos quedamos ahí un rato en silencio.