Conocía a alguien que me caía muy bien (tuve una especie de crush hacia ella en su tiempo) porque ella leía tanto como yo. No me gustaba ella solamente porque leía: me gustaba que entre los dos nos poníamos, como dicen, al brinco con lo que leíamos. Su predilección giraba en torno a la literatura latinoamericana, mientras yo no tenía una predilección por ninguna, pero siempre me ha gustado de leer a autores de alrededor de todo el mundo. Una conversación que tuvimos fue respecto a los escritores de terror: ella defendía al titán uruguayo Horacio Quiroga, mientras yo me decantaba por el dios primigenio Harry Philips Lovecraft. Nos embarcamos en una discusión muy acalorada, como siempre pasaba, y al final nadie convencía a nadie, porque éramos igual de necios los dos, pero algo quedó claro: al menos yo ya había leído a los dos, ella era muy fan de Edgar Allan Poe, de entre todo lo que había leído, relacionado al género de terror-horror.

Y, bueno, a Amparo Dávila, que qué malditas joyas del género nos regaló, sin duda alguna.

Aquí, sin embargo, vamos a tratar, no de por qué el mejor, personalmente hablando, sigue siendo Harry Philips Lovecraft (por mi obvia tendencia a degustar del género fantástico) sino de ¿qué tienen aquellos que se inclinan a escribir algo de terror? Ya sea cuento o novela, hay características que hay que admirar.

Así como en el cine, cuando hablamos de terror-horror, en literatura es muy complejo encontrar a uno que resalte. La última película que vi (ya atrasado) fue “Hereditary”, y qué cosa tan impresionante y excelentemente bien hecha… sin embargo, aquí tratamos libros. El pasado que leí fue a Arthur Machen, y de él para hoy, pasaron cerca de dos años. Me hice dueño de un libro de una edición barata pero, al menos, por fin ando leyendo a Algernon Blackwood. De Edgar Allan Poe, que fue el primero grande del género que tuve el placer de leer, a este último del “naturalista” Blackwood, incluso pasando por esos cuentos de Bradbury que ya he tratado previamente del “País de Octubre” (y esperando ansioso por hacerme de la versión física de la compilación de cuentos de terror de Amparo Dávila porque en internet no está tan chido leer); todos son capaces de hacerte sentir escalofríos. ¿Por qué?, ¿qué tienen las letras de un grande del terror que no importa qué tema traten: te dan miedo? Como dicen: se te arruga más el…

Para que un gato negro, un corazón delator, dioses primigenios, ratas del cementerio, el huésped que nunca se muestra pero que está ahí, los sauces, el dios Pan, una aparición que bebe leche, un bebé… Para que todo esto nos cause terror, es necesario describir de forma profunda. Qué digo profunda: hay que ser tan descriptivos que no haya lugar a duda de lo que sucede, incluso cuando lo que sucede no es posible, es dudoso, indescriptible, fantasioso, irregular, maligno, desconocido. Los maestros del terror se enfocan en el detalle: cada emoción, sensación, movimiento, sentimiento, situación; no quieren darte una imagen: quieren que tú seas parte de la imagen, una cosa más ahí retratada, proyectada, atrapada. Una buena historia de terror es capaz de darte tanta información como sea necesaria, sin embargo, ahí está el detalle: a pesar de su adjetivación incesante, nunca es excesiva, nunca está de más. Esto quiere decir que no solamente escriben listados y listados de palabras rimbombantes, sino que te dan exactamente lo necesario, lo que tú debes saber para formarte en vida propia el terrible horror que estás presenciando.

No importa qué sea en el terror, lo inexplicable se vuelve real. ¿Cómo? Porque se lleva a cabo la construcción de la narrativa de tal forma que cualquier cosa, sin importar qué sea: el lector no puede dejar de dudar de que es cierta. Por eso me gusta tanto Lovecraft (y, bueno, sus colaboradores incluidos). De entre todos los escritos de este respetabilísimo gringo, hay uno cuyo nombre no diré que trata sobre un monstruito que escapa de una habitación y que empieza a comer y a crecer de tamaño a tal nivel que gente desaparece. Ahora, de entre todo, hay algo que no me dejó dormir por días de este cuento que, si uno lo piensa, dirá “lo típico de los gringos: monstruos gigantes que comen gente, qué original”. Hay un extracto, el que no me dejó dormir, que todo sucede por lo que nuestro protagonista escucha por teléfono: el monstruo aterrando gente y ¿comiendo? En una llamada. Eso fue lo que no me dejó dormir porque fue tan repentino e inesperado que me aterró hasta la médula, igual porque de mis recuerdos de infancia-adolescencia que más recuerdo es eso: las llamadas por teléfono fijo, no por celular que se lleva a todos lados y en el que predominan los mensajes de texto. Aquello fue tan impresionante que por días me fue real.

Otra cosa: la imagen que plantean no es condicionante, sino arquetípica. ¿Qué quiere decir esto? Que el terror que invocan no es solamente de esa situación específica, o sea que si el protagonista es un hombre soltero de pasado confuso y alejado de sus raíces, tú como lector, no necesitas ser un hombre soltero de pasado confuso y alejado de tus raíces; no. El terror bien logrado hace clic justamente en aquellas áreas del imaginario colectivo que logra esa experiencia terrorífica en algo atemporal y sumamente personal. El terror de “El huésped” no es a que seamos parte de esa familia, de ser mujer, de la que ayudaba en la casa, de los hijos; no. No importa quién seas, qué resistencia tengas a los horrores, qué pienses, qué filosofía tengas; bueno, que no importa siquiera tu signo zodiacal (por si crees en eso) ni si eres millennial, baby boomer o Igen: te va aterrar porque no te estás enfrentando a algo particular, sino a la imagen de lo ausente en sí, la sobrecogedora sensación de lo desconocido, de lo que podría haber más allá. Amparo Dávila, en este caso particular, no te confronta con algo ausente, sino con la Ausencia misma. Por eso es que todo el cuento lo lees con el ceño fruncido.

Un terror bien logrado va más allá de un simple caso particular, no nos deja solamente en decir “no, si yo fuera esa persona, también estaría muy asustada”, sino que no nos dejan apagar la luz de nuestra habitación porque tenemos miedo a encontrar un rostro desdibujado en la oscuridad, a ver cómo algo se mueve solo o hace ruido, cómo el perro ladra en las noches sin que podamos encontrar explicación racional. El terror no solamente se trata de imágenes repentinas de rostros afeados y ruidos estruendosos: en verdadero horror-terror-miedo es sutil, se acerca y no a escondidas, sino que se muestra como tal, se hace evidente, y lo que nos da miedo no es en sí que sea un muerto, un monstruo, un color caído del cielo, un corazón, un hada, un hombre-gato, un hombre-lagarto, un algo ausente pero presente, un sauce; no, su horror no radica en lo improbable, sino en que se muestra como tal y aún así no hay nada que pueda detener su avance destructivo hacia nuestra zona de confort. De entre todos los géneros, el de horror-terror-miedo es aquél que mejor destruye aquello que tenemos considerado como concreto y que nos muestra que el mundo es algo más, y por estar fuera de nuestro poder, resulta ser profundamente peliagudo.