No pude dormir pues no me podía quitar de la cabeza lo de hoy en la noche, y lo peor es que cuando no duermo, me pongo de malas. Ya estoy algo molesto, todo me parece fastidioso y mentecato, todo tiene un aura oscura, un aura de molestia, una que me dice que las cosas deberían ser diferentes. Todos requieren que haga esto, lo de la noche, la sociedad y hasta mi mejor amigo. Me pregunto qué pensará Eva. Ella me diría lo mismo. Es ese otro pensamiento recurrente y que, de alguna forma, me hace sentir de malas: Eva. No porque a ella no la quiera, de alguna forma, a pesar de que no somos cercanos, sí la quiero, y mucho; pero ella hace que todo me parezca más difícil y pesado de lo que debería ser. La tengo frente a mi mirada, es su rostro, sonriente, y casi puedo palparla con mis manos. Su sonrisa no es una sonrisa común: es amigable y hermosa. No es morbosa como la mayoría de gente hace hoy en día, ni tampoco es falsa. Esa es mi teoría: usamos algo como la sonrisa, que debería ser genuina y original en todos, para ocultar nuestros dolores, y así la volvemos algo patético y poco deslumbrante. Nuestra sonrisa es falsa como nuestros pensamientos y nosotros mismos. Somos, solamente, unos dientes amarillentos con un olor nauseabundo en la vida. No hay nada más que mentiras y comida podrida entre nosotros. Somos dientes que se caen y dejan de tener utilidad, vida. Solamente esperamos a que nos usen y nos desechen. Nos volvemos una ilusión, y cuando dejamos de serle útil a la gente, nos llenamos de caries y nos volvemos repulsivos. Todos somos nada.

Estamos acabando de comer. Contra lo que acostumbro, estoy bebiendo wiski con hielo. Lo que va en contra de mi costumbre es que no tomo alcohol al mismo tiempo que como porque el sabor se me hace desagradable. Sí tomo, y hoy en especial, porque no quiero estar muy consciente de lo que haga al rato. El mal humor sigue creciendo, simplemente quiero golpear algo. Mi hermana menor no ha separado la mirada de su celular. Es un juego en el que tiene que acumular puntos para que un vibrador inalámbrico ensartado en su orificio, la llene de placeres incontenibles. Se la ha pasado soltando gemiditos y risas tontas. Tiene bien iluminados los ojos por la pantalla, y su gesto es de excitación, ese gesto que se parece mucho al de la estupidez en el ser humano. Me doy cuenta que mi hermano mayor no se la está jalando como siempre lo hace en las comidas, justo por debajo del mantel. Él está desnudo, al igual que mis papás. Mis padres son exhibicionistas, ambos, de hecho por eso se conocieron y se enamoraron: tienen la misma filia. Ese es el amor de verdad, dicen, cuando la filia se comparte se vuelve incluso más gozosa. Lo que más les gusta es ubicar gente cuyos gustos no tienen nada que ver con sus cuerpos y así mostrarse como son bajo sus gabardinas. Salen a sorprender gente cada fin de semana. Es su muestra de amor vivo. Siempre que llegan tienen sexo ruidoso y enfurecido. De hecho de pequeños nos hacían verlos como si se tratara de un programa más de televisión. “Así nacieron ustedes, de la verga de su padre y del coño mío. Como verán, el sexo es un acto hermoso en sí del que no debemos estar apenados: si la vida viene del mismo, que la vida misma sea la que lo admire y promueva. Es hermoso porque produce placer, y la vida que da, está destinada a ser placentera. Cuando sientan la necesidad, háganlo, no dejen que alguien los limite.” Esas eran las enseñanzas de mis padres cuando cogían. Hablan entrecortadamente. Alguna vez nos bautizaron: mi padre nos echaba su semen en la cara. Ese es el bautizo. Eso pasa cuando tienes o tu primer sueño húmedo o tu primera eyaculación. A mí me lo hicieron cuando tenía como diez años, más o menos. No hace mucho, relativamente. Acabo de comer antes que los demás, me siento nervioso, así que tomo más y enciendo un cigarro. Veo los cuerpos de mis padres que ya están caídos, la gravedad les pesa. Ya no son los de antes, definitivamente. Yo no tengo playera. Dicen mis papás que al menos me tengo que quitar una prenda en la comida. Me quité la playera, mi hermana los pantalones, mi hermano desnudo como mis padres. Somos el ejemplo de la familia perfecta.

–¿Con quién te fuiste hace dos días, hijo? Llegaste tarde y contento –dice mi mamá antes de tragar su bocado.

–Estaba con Gabo, ma –le contesto seriamente, casi sin ganas, pero no con un malestar evidente. No quiero que me digan cosas al respecto.

–Oh, ¿sí? –pregunta con un tono de mal escondida preocupación.

–Sí, ya sabes, nos gustamos, salimos, nos besamos. Lo normal –escupo esas palabras.

–¿Y sólo se besaron esta vez?

–¿Pues tú qué crees? Ya te dije que a él le gusta recibir, es anal y oral. A mí me gusta darle. Lo hicimos en el parque, esta vez. Fue divertido. Unos niños casi se nos unen pero ya habíamos acabado.

–¿Es más anal que oral o está equilibrado? –Pregunta mi hermano con repentino interés.

–Es más anal que oral. Le gusta más por atrás.

–Deberías llevarme una vez con él, o avisarme a la próxima que venga. Ya sabes que me gustan los anales.

–No… le gusto yo. Es mío.

–¿Y él dónde te toca, hijo? Porque, digo, es maestro, debe tener esa sana cercanía contigo. Es mayor, a parte, es su responsabilidad no dejarte con las ganas. ¿Usa protección? Eso sería bastante desagradable. Nada como hacerlo sin limitaciones.

–Sí me toca, mamá… ahí donde me dan cosquillas.

Sinceramente no me siento muy bien hablando así de él, hablando con ellos de eso que nunca he hecho. Es una mentira total solamente para que mis padres se sientan bien y no crean que han engendrado a un monstruo que le gusta una niña. Solamente una, y que la quiere hacer feliz, que la quiere para formar una… familia. ¡No! Debo alejar esos pensamientos de mi cabeza. Son malos, una enfermedad. No debo pensar así.

–¿Cosquillas? ¡Ja!, qué marica.

Marica es una ofensa, así se le dice a la gente que no tiene parafilias, uno de esos raros que solamente gustan del sexo opuesto. Y solamente una persona del sexo opuesto. Los monstruos, los pervertidos, los cerdos que deberían morir. Esos son los maricas.

–No tengo que decirlo todo. Ahora estuvimos viendo porno también.

–¿Qué vieron? –pregunta mi hermano.

–Porno de enanos parapléjicos con… retraso mental.

–¡Genial! Ha de estar muy gracioso –dice mi hermano para comer de su postre.

–Bueno, hijo, es que una se entera de cada cosa –dice con el tono del chisme que las señoras de su edad saben muy bien hacer. Señoras gordas chismosas que no tienen nada más que hacer. Perdón, mamá, pero es verdad.

–¿De qué te enteraste, cariño? –Pregunta mi papá.

–Vi en las noticias que descubrieron una especie de secta, una red de curas heterosexuales protegidas por una de esas religiones monoteístas sangronas. Los curas tenían una escuela donde enseñaban valores a los niños… bueno, valores según ellos: un trabajo digno, amor a su Dios, a amar y respetar a su prójimo, una sola pareja de por vida, el cuidado de sus hijos sin el hermoso placer del sexo. ¡Puedes creerlo? Esas pobres criaturas eran limitadas en sus necesidades básicas por esos enfermos que creen que la masturbación es una pérdida estúpida de energía.

–¡Eso sí es una estupidez! La masturbación es genial. De hecho voy a hacerlo justo ahora…

Mi hermano saca su celular y pone pornografía. No sé qué tipo de pornografía, pero enseguida empieza a agitar su mano y pone el mismo gesto estúpido que mi hermana.

–Provecho, hijo… Como sea, estaba diciendo; esos pervertidos forzaban a los niños concentrarse en otras actividades para desviar su mente del sexo. Esos malditos cerdos malnacidos. Y es que uno se preocupa, su dios solamente tiene un sexo, o sea, ¿qué tiene de interesante eso? Digo, eso de que una paloma dio a luz a él pues suena interesante, pero fuera de eso, son cosas de familia, paz y armonía imposibles porque no hay relaciones sexogenitales. Qué triste y qué feo que se trate de obligar a un jovencito a limitarse cuando es la edad en que más pueden disfrutar. Es lo que todos sabemos, es decir, mira –dice señalando a mi hermano que está sudando y con las venas del cuello saltadas–, eso es hermoso: se satisfacen, se llenan de amor a ustedes mismos: disfrutan de ustedes mismos. A eso vinimos a vivir. Y es que a veces me preocupa que a tu amigo, Adán, a Gabo; no se le ve mucho en bacanales y así. No quiero que mi hijito se junte con un pervertido que le quiera llenar la cabeza de ideas raras sobre familias nucleares y falso amor.

–No te preocupes, nuestros hijos son inteligentes, si algún pervertido se acercara a ellos se alejarían y nos contarían para denunciarlo.

–Sí –digo secundando a mi papá de forma patética, más que nada porque no pienso para nada como él–, Gabito no es un cura pervertido. Sólo piensa en… bueno, en mí.

–Ya deja de cuidarlo tanto –dice mi hermano con la voz entrecortada–, búscate más parejas a parte de él, muchos más te pueden limpiar la cola cuando sales del baño.

–Pues a mí me gusta cómo lo hace él.

–Y no te culpo, yo tengo un compañero que, cuando voy a cagar, siempre va conmigo porque quiere que lo haga en su boca, y luego de tragarse mi mierda, me limpia con la lengua. ¡Es hasta ecológico!

Un chorro de semen blanco sale disparado desde abajo y cae en el mantel. Mi hermano lo limpia en seguida pasando la lengua sobre el mantel.

–Deberías invitarlo un día, él con su familia, aquí, nos iría bien alguien así de vez en cuando en la casa.

–Sí, mamá –dice genuinamente relajado–, lo invitaré.

–Bueno –digo casi con coraje y arrepentido incluso antes de soltarlo–, ¿me van a llevar a la casa de Lola o no?

Como casi nunca salgo, mucho menos a pijamadas, mis papás me llevan más que complacidos, y hasta alegres. No sé muy bien qué pasa durante el trayecto, ya el alcohol ha afectado fuertemente mis habilidades motrices… bueno, eso leí alguna vez, creo que significa que ya me apendejé. Siento la cara dormida, mis dedos con una sensación graciosa, y el mundo me da vueltas lentamente. Un poco de olvido es bueno para el alma. Al menos ya no estoy tan nervioso como cuando estaba sobrio. El viaje de ida me parece muy rápido. Me dejan en la entrada, ni esperan a que me abran para que no les dé la oportunidad de arrepentirme y de querer regresarme con ellos. Es una casa muy grande con un verdísimo patio frontal y un carro de lujo y espacio para otro. Toco el timbre. Ella sale en paños menores: un sostén de florecitas blancas y de color claro que apenas y puede aguantar semejante par de tetas que, en realidad, no necesitan sostén; y una tanga, tiene una tanga. Puedo ver su abdomen sin pelo alguno. Me gustan sus piernas torneadas de señorita. Me dice que no puedo pasar si no estoy, al menos, en calzones. Obedezco y me quito la ropa sin pudor alguno. Me ve la entrepierna y sonríe.

–Vienes dormido, ¿verdad?

–Un poco –digo.

–Aquí se te quitará eso. Pásate.

Entro. En la sala están Fabián y Daniel. Daniel está totalmente desnudo viendo una caricatura pornográfica en la televisión. Es el canal para niños donde, por medio de caricaturas, les enseñan las cosas básicas del sexo y de los puntos de placer y de cómo hacerlo. Son caricaturitas de niños teniendo sexo. Niños y niñas. Daniel tiene su pene erecto y torcido a su lado derecho, palpitante, circuncidado, violáceo, y con la mano izquierda llena de lubricante se estimula salvajemente. Tiene cara de como si estuviera corriendo una carrera. Fabián, en cambio, observa el pene de su amigo, como lelo, mientras frota una almohada en su entrepierna. Está usando unas pantimedias, seguramente de Lola, rosas que dejan ver la mitad de sus nalgas paraditas. Eso no tiene Daniel, nalgas, son como dos tortillas ahí caídas. Fabián sí tiene, y redonditas, de esas que puedes apachurrar con gusto. No me parece lo más apto que él, que es niño, use ropa de niña, pero quién soy yo para juzgar cuando no me puedo quitar de la cabeza a una sola niña y debería ser como los demás: tener tantas cosas en la cabeza que no me dejaran ni acordarme del nombre de Eva.

–¿Tienes wiski, Lola?

–¿Te gusta tomar? Órale, es un gusto de grande.

–Sí me gusta, mucho. También fumar. ¿Puedo fumar?

–Sí, sí puedes. Deja ir por un vaso con hielos. Toma el wiski de la licorería, está al lado de la cocina.

Voy y agarro cualquier botella sin darme cuenta de qué es en realidad. Todas lucen costosas y algunas botellas tienen formas de senos o penes. Regreso a la sala y me siento en el sillón. Veo que es cierto: Daniel ya tiene vello púbico, pero un poco, apenas naciente.

–¡Qué bueno que ya llegaste, Adancito! Vas a ver que nos la vamos a pasar muy bien.

Sonrío forzadamente.

–Sí, lo sé.

No es feo Fabián, pero no me gusta. O ha de ser el alcohol y que me tengo que desconectar de mí mismo. No sé, ni siquiera sé si pienso. Me percato que no tiene bulto entre las piernas, es liso ahí, como de mujer. Llega Lola con el vaso con hielo y me lo da no sin antes restregarme un poco sus exuberantes lolas.

–Gracias –digo.

–¿Qué eres, Adán? –Dice ella tomando el pene de Daniel como si fuera suyo y comenzando a masajearlo al mismo tiempo que, con la otra mano, suavemente toma sus testículos. Daniel bufa. Está musculoso. Hace ejercicio.

–Genitalactivo.

–¡Justamente lo que queríamos! Muy bien, y tienes buen cuerpo. Digo, todavía se te ve de niño, pero creo que eso se ve bien en ti. ¿Todavía no tienes pelo?

–No, aún no, Lola.

Yo no puedo quitar la mirada de la entrepierna de Fabián, empiezo a pensar que su apodo de “el niño vagina” es más literal de lo que esperaba o imaginaba. Él se da cuenta y con una sonrisa complacida se sienta en mariposa. Puedo ver más allá de las pantis la piel de su entrepierna. Pero no hay bulto, no el que yo esperaría.

–¿Te gusta? –pregunta él, sugerente.

–No sé, es que… ¿no tienes pene?

–No. Mi papá me hizo pagar con sexo para que me operaran y me cambiaran el sexo. O sea, a mí me gustan los cuerpos de los niños, por eso mantuve todo igual, pero entre las piernas, siempre quise tener la grieta de las niñas, se me hace muy hermosa y muy sensible. La mía es muy sensible, y los multiorgasmos son geniales. Como hombre no sabes lo que te pierdes. Es una venida tras otra tras otra. Es muy rico.

–Me imagino… ¿y dónde te operaron? Se ve muy… real y normal. Demasiado, a mi gusto.

–La Hermandad abrió un hospital de operaciones especializadas en órganos sexuales y demás operaciones plásticas y de belleza. Ahí fue.

–Pensé que los de La Hermandad solamente hacían juguetes sexuales.

–Han crecido mucho. Ya tienen una cadena de programas pornográficos sexuales, las tiendas de juguetes, pero también el hospital, clínicas y hasta apoyan para conservar el planeta. Buena parte de sus ganancias van a eso, a cuidar el medio ambiente. Es gracioso, creo yo, pero así lo hacen.

–Es su responsabilidad social, no un servicio desinteresado. Deben hacerlo –digo rememorando las palabras de mi amigo Gabo. Él es el que dijo eso, no yo que lo escupió medio pedo. Bebo más.

–¡Oh! Eres inteligente. Eso sí que me excita –dice Fabián.

Doy otro trago. Casi no puedo pensar pero siento que Eva me observa en reproche, como si me estuviera diciendo que lo que hago está mal y que la estoy traicionando pero, no es que quiera hacerlo, no es que no quiera estar al lado de ella y platicar solamente, platicar de lo que le gusta, escuchar su risa rosar el viento, su cabello resbalar por sus hombros, sus ojos iluminar mis deseos de vivir. No es que no quiera eso, y de hecho, mi coraje, mi enojo crece a medida de que me doy cuenta que no puedo dejar de pensar esas monstruosidades, que eso es lo que me mantiene infeliz: no ser normal como los demás. Ser un maldito pervertido que quiere solamente una niña del sexo opuesto, ni siquiera de esas que tienen pene. No, quiero el sexo más simple con una niña hermosa y vivir juntos como un maldito pervertido. Veo entonces cómo Daniel acaba y escupe su verga el blanco y seminal fluido que cae en su abdomen, y que Lola sin pensarlo decide limpiar con la lengua.

–Bueno –dice ella con un hilo de semen entre sus labios–, ¿y ustedes solamente van a hablar o van a poner en práctica lo de la escuela?

–Pues no sé si Adancito quiera algo… –dice Fabián con su pose de niña tonta.

–Prefiero niños… con pene.

–¡Ay! No vas a dejar a Fabián con las ganas, a romperle el corazón –dice Lola sonriente, con ese tono de conmiseración y triunfo de la que, luego de haber planeado algo, ve que sale a la perfección. Siento dos pesadas manos aprisionarme. Es Daniel, no me di cuenta nunca de cuando se levantó y se fue atrás del sillón. Tiene mucha fuerza, demasiada, más de la que yo pensé.

–Recuerda que estamos todos juntos para disfrutar de nosotros, para ser felices, porque juntos siempre seremos más felices –dice ella.

Es que Daniel o es muy fuerte o es que ya estoy muy borracho y no puedo siquiera coordinar mis movimientos correctamente.

–Te va a gustar, Adán, créeme que sí.

Fabián Conrado se sienta sobre mí y me besa. Siento su saliva, su lengua, pero yo aprieto los labios y cierro los ojos con fuerza. El contacto con su piel acelera mi corazón pero no quiero. Entonces recuerdo lo que me dijo mi amigo, mi mejor amigo, según: debo borrar la línea, sólo así las cosas serán menos terribles de lo que en realidad son. Debo hacerlo para ser parte de ellos. No debo dejarlos sospechar. Si me descubren me matarán como al monstruo se le destruye para conservar el bienestar general. Soy un monstruo, pero ellos no tienen por qué saberlo. Entonces voy aflojando, abro la boca y beso al niño-niña. Daniel, al darse cuenta, me va soltando, y yo palpo la espalda lampiña de Conrado, y bajo los brazos hasta su cintura, esa es mi parte favorita del cuerpo. Su carnosidad, su densidad, no sé qué sea, pero me gusta. Mi corazón se acelera más y más y tengo que respirar más rápidamente. El contacto de su suave piel con la mía me hace olvidar lo que pensaba antes, y mi cabeza como que se llena pero no sé de qué, algo ocupa el lugar que antes mi pensamiento tenía. Dejo que las emociones físicas eliminen mis pensamientos, a mí mismo, y así me siento feliz como ellos, así, sólo en un fuerte estado de ebriedad, puedo ser normal como los demás. Preferiría las enormes tetas de Lola en mí, pero el cuerpo casi enclenque de Conrado me gusta, lo estoy disfrutando. Entonces él separa su boca de la mía y va a mi cuello con los labios. Se me hace la piel de gallina, cierro los ojos y me dejo llevar por la sensación. De hecho, olvido que es Fabián, solamente hay lugar en mi cabeza para el placer. Como todos le hacen: se olvidan de ser sí mismos para ser lo que los demás quieren que sean. Y sí, es lo más parecido a ser feliz, pero también me da coraje, me enfurece que sólo haciendo lo que uno no quiere pueda acceder a un cachito de cielo en la Tierra.

Entonces él baja, sus labios besan mi pezón oscuro endurecido, lo muerden, sonrío, me gusta. Luego va con el otro, y voltea la mirada hacia arriba y siento placer. Baja besa mi abdomen, me contraigo. Llega a mis calzones estirados por mi pene erecto. El pecho lo tengo inflado de emoción, respiro agitadamente. Quiero que ya lo haga. Entonces toma el resorte de mis calzones y los jala. Yo subo mi cadera para que deslice mi ropa interior y la lanza a quien sabe dónde. Entonces estoy totalmente desnudo.

–¡Pero mira qué belleza, mira qué dureza, es como una roca, es un diamante en bruto! ¡Es hermoso, Adán, es original, casi salido de una costilla! Está recto y derechito, es como una palomita de diez. Mira cómo late, es hermoso, pide amor a gritos. Mira, está bien bonito, es la primera vez que una verga es hermosa. La tuya lo es, Adán, no muy grande, pero sí hermosa. Más vale sardina juguetona que ballena dormida. ¡Eres hermoso!

–¡Ya cállate y sigue, Lola! –Es Daniel. Lola había llevado una hielera con paletas de hielo con forma fálica. Se las introduce en la vagina y casi al instante se van derritiendo. Daniel está ahí, y lame todo el líquido acaramelado y de colores que salen de su vagina, así como el que se derrama en sus sillones de cuero y que cae al suelo también.

No sé cuándo pero pusieron música, un jazz. Mientras eso pasa, Fabián se come mi verga como si fuera una de las paletas de hielo de Lola. Me pregunto si La Hermandad podría volver los labios de Fabián, labios vaginales. Me pregunto si las mujeres podrían vivir sin los labios de la boca pues los útiles, los verdaderamente útiles, son los que tienen entre las piernas. Yo me contraigo involuntariamente, empujo y saco, pero no puedo evitar temblar, no puedo evitar que el placer me embargue y no me dé control sobre mi cuerpo subdesarrollado. Verlo a él sumiso me excita más de lo que pensé. De repente voltea a mí y me sonríe con mi latente pene en su boca, y en esos momentos casi me vengo pero él deja de hacer su movimiento experto con la lengua para que no pase. Ha estudiado, se ve, y practicado mucho con los profesores. De repente usa sus dientes y eso me vuelve loco. Lo veo como una criatura indefensa e inferior a mí, totalmente postrada, a mi poder. Sí, mama, pequeño, mama de mí, porque yo soy el pan, y la sangre que corre entre nosotros; yo te daré vida, yo vivo, y si tú te doblegas, tú vives. Porque así es con todos, todos debemos doblegarnos para vivir. Los sonidos de succión son los que más me vuelven loco. Soy auditivo, al parecer, también.

–Déjame… ah… déjame vértelas, Lola. Quítate ese sostén, déjalas libres. Quiero verlas brincar como lo haces en la escuela –digo casi gimiendo, embriagado de poder, de placer, de lo que hace feliz a los demás. Tenían razón todos: esto es la gloria.

Ella ríe y se quita el sostén. Son más perfectas de lo que pensé. Son como globos inflados, son redondas, son tersas como nalgas de bebé, están levantadas y me observan con esos pezones rosados, me observan y me quieren ahí para mamar también yo. Daniel le besa los pezones, e imaginarme que yo lo podría hacer, me hace llegar a sentir sensaciones que no imaginaba. Lo que me perdía, ¡lo que me perdía! El jugo del hielo derretido se expande por el suelo. Estoy por acabar, pero Fabián se detiene. Detiene sus labios vaginales-vocales.

–Espera, Adancito, aún no acabes. Viene lo mejor.

Se levanta. Me da coraje que se haya detenido. Voy a tener que castigarlo, mostrarle que a mí no se me abandona. Si hago lo que todos quieren, háganlo bien de perdida. Me da la espalda y se quita la ropa interior femenina. No quito la mirada de su perfecto trasero que es más una invitación a meterle la mano hasta el codo, hasta el hombro y sacar mis dedos por su boca, que seguramente lo haría gemir de placer ciego. Entonces me enseña: tiene labios vaginales, una vagina perfecta al frente, ahí debajo de su abdomen lampiño, de su ombligo, de sus abdominales marcados por la delgadez que goza.

–Déjame ir por lubricante, mi vagina no genera eso naturalmente.

Cuando me daba la espalda lo tomo del hombro, embriagado, y le digo:

–No, yo quiero así.

Si me obligaron ellos, ahora yo los obligaré.

–No, no quiero así. Espera un momentito.

–¡Demuéstrale quien manda a esta pasiva, Adán! –grita Lola excitada.

–Pero me va a doler, y a ti también. No quiero lastimarte, en serio, no me tardo…

Su gesto de miedo me enloquece. Yo ya estoy aquí, no quería, y ya estoy, ¿por qué ellos no harían algo que no quieren? Hijos de puta. Me exigen en una situación nada agradable para mí y ahora debo hacer lo que quieren. No, no lo dejaré. Lo obligo a estar frente a mí de nuevo, uso mi pie y le hago perder el equilibrio, pero no lo dejo caer. Entonces me pongo sobre él, y no lo dejo ir.

–¡Espera, Adán, no! ¡No!

Lo doblego con mi peso, le separo las piernas de niño que tiene y pongo la punta de mi pene en la comisura de sus labios vaginales. Son más bonitos que los de Lola. Lo bueno de Lola son sus tetas, sus labios son como una sonrisa de viejo decrépito. Los del niño vagina no, son perfectos, invitan incluso a que los bese. Verlo, sentirlo debajo de mí, que se trata de liberar como un inmundo gusano, como un pez fuera del agua me tiene eufórico, sin respiración, ciego de poder, de venganza.

–¡No, Adán, en serio, me vas a lastimar! ¡NO!

Se iba a liberar pero se la dejo ir toda. Se deja de mover con un gemido de dolor, con su gesto agarrotado, los ojos bien abiertos y temblando. Lagrimea. El tormento es tal que no se puede mover. A mí también me duele, me rozó, es como una lija, pero no me importa. Si ellos me lastiman, me obligan a algo que no; yo también a ellos. Perros del mal. Puercos miserables. No se mueve y su frente se ve aperlada de sudor y dolor. Siento humedad ahí abajo. Paso mi mano por su hombro desnudo, la derecha, con la izquierda me mantengo un poco sobre él para verlo bien, toco sus pezones, toco su piel tersa como para comerse, deslizo por su ombligo, llego a su vagina y veo mis dedos. Sangre. Meto mis dedos en su boca para limpiármelos. Yo aún sigo muy duro. Empiezo a meter y a sacar. La sangre ahora me permite desliz, uno muy bueno, uno agradable, uno gozoso. El dolor de él aún es tal que no respira. Pero entre arremetidas, poco a poco veo su tono de piel cambiar a uno rojizo, su gesto de dolor se vuelve de placer, poco a poco le gusta, poco a poco él también cruza la línea y empieza a gustarle, a gozarlo, a gemir. Con cada arremetida él gime como gatito, como putito, y eso me gusta.

–Gime –le ordeno.

–Ah…

–¡Gime más, estúpida! ¡Gime como la cerda que eres!

Él lo hace, ruidosamente, no fingido, se escucha muy real. Si yo lo quería lastimar al inicio, vengarme, ahora le gusta, y eso me da más coraje, y eso hace que le dé con más fuerza.

–¡Vaya, qué macho! –dice Daniel impresionado, mientras Lola tiene los ojos en blanco mientras se mete dos paleta heladas al mismo tiempo. Parece cascada arcoíris su entrepierna.

Conrado, entonces, me toma de las nalgas, y cada vez que yo empujo, él me jala hacia sí mismo para impulsar, para hacer más fuerza. Creo que podría bien atravesarlo. Pero llego a un momento y no me puedo controlar, me pongo en blanco, cierro mis manos en puños, pego todo mi cuerpo a él y me quedo adentro, me vengo adentro, le dejo ir todo, que se caliente por dentro con mis fluidos. No controlo mis contracciones, bien pensaría alguien que me está dando un ataque. Uno de placer. Yo gimo en su oído, gimo también, no puedo evitarlo. Cierro los ojos. Agotado, me quedo sobre él, quien acaricia mis nalgas. Entonces abren la puerta. Son los padres de Lola. Sonríen al vernos. Yo todo lo veo borroso, como en cámara lenta. Me siento muy pesado, muy cansado. Apenas y puedo salirme de él, pero no me puedo levantar.

–Ay, mira a estos niños, qué hermosos todos disfrutando de ellos mismos…

Me recuesto sobre el líquido azucarado. Lola gime ruidosamente.

–Exacto, cariño, dejándose llevar, sin inhibiciones estúpidas. Siendo ellos mismos, como fueron paridos, para lo que fueron paridos: para vivir en el placer.

No me puedo mover, me quedo recostado sobre el suelo de lado. Conrado me da la espalda y se acurruca conmigo. Cierro los ojos.

–Excelente niños, para eso están aquí, para gozar, para dejarse llevar. Para vivir. La vida es no tener límites, nunca dejen a nadie que les diga lo contrario…

Me quedo dormido.