¿Qué?

Algo pasa.

Algo pasó.

¿Qué pasó?

Me duele la cabeza.

¿Qué?

Abro los ojos.

¿Los abro? No sé. Todo está sumido en la oscuridad, ella es un manto, una especie de cobija que nos cubre, y el mosquito molesto es nuestro pensamiento. La oscuridad deja salir nuestros pensamientos más molestos, esos que más nos hacen dudar de nosotros mismos. Mis fosas nasales están resecas, son como rocas en el desierto. Mi garganta está áspera, es como la piel de una serpiente deslizándose sobre la arena, cada vez que respiro, escucho con claridad ese siseo. Mi lengua está pastosa, no la puedo separar de mi paladar. Pastoso. Eso leí alguna vez de los libros que Gabo me dio, que me prestó, no porque no me lo quisiera regalar, sino porque eso podría ponerme en peligro. Un libro ponerme en peligro. Qué estupidez. Tengo la lengua pastosa.

Hay algo aquí, me da calor, es suave, es liso, es casi delicioso, es un cuerpo… un cuerpo. Estoy pegajoso y huelo a azúcar, ese olor me empalaga y me da asco. Un asco como nunca lo había tenido. Me muevo. Palpo. Tersa piel, latente, caliente.

Recuerdo…

La casa de Lola. Lola la tentona. Lola, la de las lolotas. Lolita la puerca. Me duele la cabeza y todavía me da vueltas. No sonrío. ¿Quién lo haría cuando le da asco uno mismo? No encuentro mi ropa. Veo mis pantalones. Me arrastro entre la viscosidad del líquido cuajado. Logro sacar mi celular y con cuidado me alejo de la mancha de azúcar y me pongo de pie. Veo a Lola y a Daniel abrazados, entrelazados. Veo al niño vagina con su entrepierna sangrada durmiendo plácidamente. Qué dolor cuando despierte. O tal vez le gusta. Camino tambaleante. Llego al baño. Cierro la puerta lo más silenciosamente posible. Todo se mueve, da vueltas, es una espiral endemoniada. Un temblor casi apremiante. Sigo borracho. Estoy credo. Enciendo la luz. Me enceguece, es como tratar de ver directamente al sol, y este nunca quiere ser visto, por eso su esplendor daña la retina, daña el ojo, daña la vista. Vive para dar vida, pero no quiere ser reconocido, pues eso sería demeritorio para su existencia. A veces me pregunto de dónde saco esas palabras siendo tan joven. Luego me acuerdo: todo es un recuerdo. Un recuerdo pormenorizado contado a alguien más. Por eso puedo usar palabras complejas para mi edad. Entonces me topo con mi reflejo. Hay un espejo de cuerpo completo.

¿Qué veo?

Un monstruo.

Mi cabello está apelmazado por el sudor, por el azúcar, por estar acostado en el suelo como un maldito animal. Tengo los ojos rojos e hinchados, entrecerrados. Sigo pedo. Mis labios están resecos y mi reflejo también da vueltas. Mi aliento huele a mierda. Tengo cara de mierda. Tengo sangre reseca en mi pene.

Recuerdo.

Soy un monstruo.

Aquí me pregunto yo, ¿alguien se ha sentido un monstruo haciendo lo que debe de hacer? ¿Es posible que el deber, que la obligación, que el gozo vuelva a uno algo tan repulsivo para sí mismo que la muerte sea la mejor de las opciones?

No.

Ser un monstruo es ser algo, no alguien, y yo no soy persona. Soy algo fuera de mí mismo. No me reconozco. Imposible que ese que veo al espejo sea yo, porque yo hago cosas que sólo en la oscuridad se hacen, y por eso no me reconozco, porque ese sujeto en el espejo no soy yo. Ese en el espejo es diferente. No haría lo que yo hice. Yo soy un monstruo, y serlo es justamente ser eso que no se quiere ser. Y yo soy exactamente eso que no quiero ser.

Soy un monstruo.

Quiero llorar pero me aguanto las lágrimas, patético sería que al verme me consolara y llorara. No, no voy a hacerlo, no me voy a humillar ante ese del espejo que no soy yo, es otro. Es ajeno. Es alguien más. Me doy asco y no le dejaré a ese ser que me juzga burlarse de mí. No le daré el gusto.

Marco a mi amigo. Conozco su número. Pego el celular a mi oído. Me veo.

Me doy asco.

Repítelo.

Me das asco.

Das asco.

Damos asco.

Somos asco.

–¿Bueno? ¿Adán?

No aguanto. Mis ojos se llenan de lágrimas. De dolor. Mi cuerpo se vuelve pequeño. Yo, desnudo, feo, monstruoso; no puedo ni hablar.

–¿Bueno?

Silencio.

–Adán, ¿estás bien?

Lagrimeo. No puedo hablar. Suspira él a través del teléfono.

–Voy para allá. Mándame la ubicación y salgo en seguida. Voy para allá. Cuando llegue, te llamo.

Silencio.

Escucho la lluvia caer afuera. Me salgo sigiloso como ratón. Tiemblo al sentir el frío aire en los más ocultos rincones de mi ser. El frío es sideral. No hay nada, solo yo, miserable, y la lluvia que me limpia y me acaricia, que me recuerda que soy humano. Sólo un joven. Veo hacia arriba y veo las gotas de lluvia ir en círculo hacia el suelo. Tiemblo cual terremoto. Castañeo los dientes. Me lo merezco. Debería partirme un rayo. Que lo haga. Que me libere. Por favor, no pido nada más que eso: un rayo que me mate. En cambio, veo una luz que se aproxima. ¿Cuánto tiempo llevo afuera? Nadie sabrá. Veo el auto que se orilla. Es Gabo. Sale y me cubre enseguida con su propia chamarra que me queda grande y me cubre todo sobre las rodillas. Así se ha de sentir Lola. Curioso. Me gusta.

–Te vas a enfermar, pinche loco.

Me lleva a su auto casi a rastras, me mete al asiento del copiloto y cierra la puerta. Va a su lugar, toma otra manta, y me la pone en las piernas. No ha de querer distracciones mientras maneja, porque él es maestro, por ende, pedófilo, ya sea por nacimiento o por vocación. Arranca. Un momento de silencio después, pregunta:

–¿Estás bien?

Pone su mano en mi hombro pero yo me muevo, me da asco su contacto pedófilo. Quita su mano en seguida.

–Perdón –dice–… estás hecho mierda.

–Como tu vida, Gabriel –susurro.

Da un respingo.

–Y sigues pedo… creo que no recordarás el camino, igual, no se lo digas a nadie.

Ni aunque me concentrara lo haría. Cada vuelta que da, una que va a la izquierda y a la derecha de nuevo, una hacia arriba, una hacia abajo, y otra en espiral hasta llegar al fondo de la Tierra. No tengo idea de dónde estamos.

Llegamos. Lo sé porque Gabo me lleva colgando del hombro. Me ha cubierto con una manta seca porque su chamarra se mojó. A mí se me hace que me quería ver desnudo nada más, a fin de cuentas, es maestro, y no hay maestro que no sea pedófilo. El frío cede paso a un cálido ambiente. La música es tranquila, un saxofón casi seductor. También está el sonido del vidrio chocando amistosamente con más vidrio. Un tintineo que se escucha directamente en el cerebro, las vibras llegan directamente ahí, no pasan por mis oídos.

–¡Lucerito! –dice Gabo casi con emoción.

–¡Hijo! Pásate, por favor, estás en tu casa… vienes acompañado… ¿quién es él?

–Un amigo, Lucerito.

–Ay, mira, no sabías que eras como Alejandro.

–Curioso, ¿no?

–Todo sea por ayudar a las ovejitas descarriadas, mijo. Ándale, estás en tu casa. Pásense, que el frío está feo.

Nos dijo que nos pasáramos cuando ya estamos adentro. Muy mexicana esa Lucero. Aunque no es Lucerito, más bien es Lucerdito: es un hombre gordo de panza chelera vestido de mujer, con los desagradables ademanes de Fabián, esos que les atribuimos a las mujeres. Parece querer volar, flotar en su andar, pero es una ballena rebotando. Parece querer tener la ligereza de los que bailan ballet, pero más bien es un baterista de metal industrial. Es rechoncho, ¿o rechoncha? Su figura es contradictoria con la de la ligereza que quiere dar. Esa ligereza que él cree que nos podemos imaginar.

–En fin, buenos… días. ¿Lo de siempre, Gabo?

–No, dame algo más fuerte.

–¿Y para el joven?

Su voz es grave y aguardentosa, rasposa, totalmente contradictoria a su patética imitación de mujer que quiere dar a entender. O, bueno, a lo que él comprende como mujer.

–Para él… no se siente muy bien. Fue su primera pijamada de secundaria.

Lucerito hace un gesto de desaprobación, casi de lástima. Me ofende. ¿Qué se cree la bigotona horrenda esta?

–Espero que… lo haya gozado. Vuelvo en seguida con algo para los dos.

Nos quedamos en silencio. Gabo saca un cigarro y me ofrece uno. Me duele la cabeza y todo me da asco, pero al menos la lluvia lavó mi olor, el azúcar, la sangre de mi sexo dormido. Tomo un cigarro. Nunca me habían sabido tan mal, pero lo gozo de alguna u otra forma. Necesariamente desagradable es. Me hace falta.

–¿Ya quieres hablar? –Me dice. Tuerzo la mirada. Creo.

–No hay nada de qué hablar –contesto cortantemente.

–Ya sabes que estoy aquí para lo que sea…

–No, ya hiciste suficiente.

Toso.

–¿Qué quieres decir con eso? –Me pregunta con tono ofendido.

–Tú me dijiste que fuera a esa pijamada. Ya con eso es suficiente, Gabriel.

–Pudiste haber dicho que no… de hecho, si mal no recuerdo, tú dijiste que sí antes de hablar conmigo.

–¿Ahora yo tengo la culpa? –Espeto ofendido.

–No dije eso.

–Pues eso parece.

–Adán, no pongas palabras en mi boca que no dije, no retuerzas lo que yo dije.

–Pensé que eras mi amigo –digo dolidamente, bajando la mirada, desviándola de la suya que está llena de… de un amor extraño. Me hace querer abrazarlo pero no quiero hacerlo. Me dan asco todos por el momento.

–¿De qué hablas? Soy tu amigo.

–No lo pareces.

–¿Qué querías que hiciera?

Se me resbala la cobija de mi hombro desnudo. Me cubro enseguida pensando en su morbosa mirada. En cambio, me sorprende: nunca desvía sus ojos de los míos.

–Protegerme… eso debiste haber hecho.

–Siempre lo he hecho. Siempre. Nunca te he dejado solo.

–Justo ahora, que más lo necesitaba, no lo hiciste.

–¿Sabes qué hubiera pasado, Adán, si no hubieras ido a esa pijamada? Te habrían acusado, y en ese caso, nada podría haber hecho por ti jamás. Habrías… cambiado.

–Mira nada más, cuánto interés, qué gran muestra de amistad la tuya. Trabajo magnífico el tuyo, ¡magnífico!

Sonríe él, rememorando algo.

–Siempre hablas como adulto, ¿sabes? Nunca has sonado como niño, siempre adelantado a tu edad.

–Cállate –digo.

Gabo suspira y se queda callado. Un rato después llega Lucerdo con bandeja en mano. Da a mi amigo un vaso de un líquido café claro, y a mí me da un vaso alargado con un líquido verdoso transparente.

–Wiski para el caballero, rusa para el joven.

–¿Rusa?

–Asentará su estómago. Le gustará además, joven –dice Lucerdito con su voz de hombre.

Silencio. Bebo. Sal, limón, agua mineral. No me da asco. Es algo novedoso. Cuando estoy crudo o ebrio hasta el agua me da asco.

–Lucero… –dice Gabo mirando su vaso vacío. No me di cuenta cuándo se lo acabó.

–Cierra todo.

–¿Estás seguro? El joven… ¿está listo?

–Más que nunca.

Abro los ojos, doy un respingo.

–¿Qué me vas a hacer? Me vas a violar, ¿verdad?

–¡No!, qué asco, cállate.

No lo creo. De verdad que no. No. Lo. Creo. ¿Dijo eso o estoy más borracho de lo que pensaba?

–Te voy a contar algo, y sólo quiero que me escuches. Es todo.

–No entiendo.

–Sólo escucha.

Confirmo con la cabeza. Él comienza:

–Lo que estoy a punto de contarte no es nada más que la verdad. Hace tiempo, uno de los peores crímenes a la humanidad era el de la pedofilia. Condenado por todos. Las prisiones eran centros de rehabilitación social, se buscaba que los criminales regresaran hechos y derechos para seguir viviendo en paz y armonía. No funcionaba. Obviamente, al pedófilo, se le violaba como él violaba a los niños pequeños. Merecido lo tenían, obviamente. Una vida infame, sin duda alguna. Estas prisiones no funcionaban como requerían. Las de la actualidad logran su cometido, por eso son tan famosas y necesarias. De alguna forma que ignoro, vuelven al enfermo, sano y saludable. Despiertan esas parafilias tan necesarias para nosotros hoy en día. Bueno, pues en ese tiempo, solamente se producía más y más crimen. El pequeño criminal, o sea, el que no hacía algo muy malo, salía experto en su rama, y hasta con contactos. Era una espiral creciente de asesinos, rateros, vendedores de droga y demás. En realidad, se buscaba detener la violencia, pero generaban más violencia. Europa era visto como un importante centro cultural y humanístico. Humanístico es ese estudio que se centra en mejorar la vida del hombre en todas sus características. Europa era grandioso aún con todo y su lucha expansionista económica. El fin último de todos era el de la humanidad unida por el bien social. Era algo ideal, pero se luchaba con cuerpo y alma por eso. Las familias eran nucleares, los hijos jugaban con hijos ajenos, vestidos todos, con juguetes que desarrollaban sus habilidades motrices, cosas inocentes. La inocencia era protegida con cuerpo y sangre. La risa infantil era lo más bello. La madre lo más respetado. El padre admirado. Todos eran una gran familia dividida en pequeñas familias…

–Eso no es posible…

–Espera, déjame hablar… cuando llegó La Hermandad al mercado, lo hicieron precisamente como una tienda de juguetes sexuales. Algo común en esos días pero algo que se hacía a escondidas, como de juego. Por eso se llaman juguetes: no era serio. Sin embargo crecieron de forma exponencial, de forma que ninguna otra empresa lo había hecho. Vendían, no un producto, sino una idea: la felicidad. Adquirir algo de La Hermandad no significaba satisfacción, significaba ser parte de una gran familia, de un gran núcleo, y significaba ser feliz. Se hicieron tan poderosos que en cuestión de años se volvieron tan grandes como una superpotencia mundial, manejaban el mercado, causaban crisis y depresiones económicas en aquellos mercados o países que no daban libre distribución a sus productos, determinaban qué vender y cuándo, cómo hacerlo, fueron pauta del buen trabajo mercadotécnico. Pronto comenzaron a explotar toda forma de sexualidad. Agresivos se hicieron, y se dieron cuenta de pronto los gobiernos que esa era la mejor forma de tener a la gente en paz, que incluso la moneda se fortalecía y daba otras posibilidades de cambio. El cuerpo comenzó a tener valor comercial, y uno valía, como hoy en día, literalmente, algo. La belleza se hizo adquirible, manejable, aconsejada, intercambiable. Pronto, diferentes tipos de belleza se popularizaron, las familias dejaron de ser nucleares para ser comunales, la gente no sentía identidad pues todo era identidad, las relaciones familiares se resquebrajaron, comenzaron a ver que el cuerpo era igual, sin importar la edad ni el sexo, y que todos, todos podían ser usados. Comenzaron a ver las víctimas del viejo mercado que, con un rato de prestar a sus hijos e hijas, toda la familia obtenía un gran lujo, satisfacían todas sus necesidades. El cuerpo también se hizo moneda de cambio. Las transacciones se aceleraron y las crisis económicas se volvieron una pesadilla del pasado. La hipersexualidad se apoderó del mercado. La felicidad era un cuerpo ajeno. Pronto, todos los gobiernos impulsaron reformas de liberación sexual, el tabú se volvió norma, lo prohibido se hizo ejemplo. El índice delictivo cayó a los suelos pues todos estaban satisfechos y todos tenían con qué pagar aquello necesario para vivir, pues todos contaban con su cuerpo propio. Se vivió la atrofia social. Poco a poco, debajo del mantel, como a escondidas, la parafilia comenzó a perfilarse como normal, la sexualidad en los niños como válida y necesaria. Se dejó de luchar con esa necesidad de enfocar esas energías en algo provechoso pues el único provecho era el de usar el cuerpo como moneda de cambio. Al inicio hubo resistencia, pero como los placeres se volvían mayores, permitidos, legales; pronto cedieron los de la resistencia. Los aplastados se volvieron los castigadores. Abandonaron sus luchas estériles y se volvieron poder. La Hermandad no es solamente una tienda de juguetes sexuales como parece: es el monopolio más poderoso de todo el planeta. Cuentan con servicios de comunicación, propaganda, publicidad, mercadotecnia, estudios sociales y territoriales, marcas de ropa, comida, electrodomésticos, música, cine, arte, turismo, bufet de abogados, arquitectura, literatura, todas las artes… en fin, de todo…

Guarda silencio. ¿Qué se supone que habría yo de pensar al respecto? Ni siquiera sé si pienso en lo que me dice. Me parece irreal.

–No… no entiendo.

–No esperaba que me entendieras a la primera.

–¿Por qué me dices esto?

–Porque sé cómo te sientes.

Entonces una repentina ráfaga de coraje que es como un cuchillo caliente en mantequilla, corta todo mi ser. ¿Cómo se atreve a decirme que sabe cómo me siento cuando el monstruo soy yo? No sabe qué es sentirse así, él es normal, como todos, es maestro, es pedófilo, por eso es respetado, le gustan los niños. Ojalá fuera igual para mí. ¿Por qué los adultos siempre creen que nos comprenden a nosotros lo más jóvenes? Me desesperan. Los odio.

–Sí, claro…

–Mira, Adán, no sé qué tuviste que hacer, pero desde mañana el video estará en redes sociales, y de seguro, por tu físico, por tu cara, por cómo eres; vas a ser famoso por dos o tres semanas. Serás el héroe. Y luego lo olvidarán. Siempre lo hacen.

–No, no sabes, no sabes cómo me siento. Minimizas todo.

–No, no lo hago.

–¡Y mientes, aparte de todo! ¡Cállate, no sabes, cállate! ¡Mientes, mientes como todos! ¡Solamente eres un pedófilo más, obviamente no comprendes porque eres normal!

Gabo suspira.

–Cogiste con alguien, ¿y qué? Todos lo hacen. Veamos a detalle. Pudiste haberlo hecho con Lola, venirte en sus tetotas. O bueno, con Daniel, si te gusta por atrás, ahí está ese güey. O, bueno, con el niño vagina porque no sabes qué prefieres, si niño o niña –tiene un semblante de hierro, una seriedad que nunca antes le había visto–. Eso no tiene nada de extraordinario. Igual y te gusta. Te da miedo que te guste, por eso crees sentirte mal. Yo… yo no soy pedófilo. Nunca lo fui. Pero debo demostrarlo para ser maestro, tuve que hacerlo. ¿Has hecho algo totalmente contrario a ti, que te haga sentir como monstruo? No. Yo tuve que comprobarlo. Nunca había estado tan ebrio y tan drogado. Bien pude haber muerto. Ojalá hubiera sido así. Lo hice porque la niña también quería. Porque era necesario para encontrar gente extraña como tú y yo… No sabes cómo me duele… claro, también está Valeria pero… pero esa es otra historia. Por ella lo hice, porque sin ella, ya no había por qué detenerse en moralidades y pensar las cosas. Créeme que sé qué sientes… créeme que sobrevivirás. Más tú. No tienes tantos problemas como yo…

Me quedo sin respiración. No lo puedo creer.

–No eres… pedófilo.

–No debería ser una sorpresa. Nunca te he tocado, no quiero. No de esa forma… ¿De verdad no lo habías sospechado?

–Pensé que tenías otros niños…

–No, Adán. No soy así. No los veo así a ustedes.

–Eres un pervertido.

–Sí, lo soy.

–¿Y por qué me lo dices? –pregunto.

–Quiero creer que no me vas a acusar. Quiero creer que puedo confiar en ti. Quiero creer que eres diferente.

Mi cabeza da vueltas. No puedo pensar.

–Quiero irme a mi casa –digo.

–Gabriel –dice Lucero como advirtiendo. Gabo levanta la mano para pedir silencio.

–Si algo pasa, yo me hundo. Tú estás a salvo, Lucerito. No dejaría que nada malo te pasara –le dice mi amigo resignado y reflexivo.

–¿De qué hablas? –pregunto.

–Tiempo al tiempo, Adán. Vamos, te llevo a tu casa.

Apenas me doy cuenta que el sol ya está saliendo.