Como el grano que sale en la nariz de un rostro adolescente, cuya limpia y tersa piel comienza a sufrir, sentir y vivir los estragos de las hormonas disparatadas y despiadadas; así como ese grano pareciera ser el centro de la galaxia y los planetas girar a su rededor, así como todos nos damos cuenta de eso y hacemos los chistes más grotescos; así se ve la cámara. Es que cuando nos acostumbramos a algo y hay un cambio, por más mínimo que sea, parece que ha cambiado toda la estructura en su totalidad. Incluso sin saber bien cuál es ese cambio, inconscientemente notamos dicho suceso. Es como cuando comenzamos a ver los cambios en nuestro cuerpo, por más mínimos que sean, son extremadamente notorios. Aunque sea un simple pelo, una arruga, un lunar, un bulto. Lo que sea. Y es que, durante el fin de semana que fue puente y todos estábamos ocupados celebrando o, en mi caso, encerrado en mi casa pensando en la inmortalidad del cangrejo; El Congreso estuvo muy apurado aprobando varias reformas e iniciativas de ley, todas en pro del poder que, mucho es, La Hermandad posee. Les ofrecieron el permiso para instalar cámaras de seguridad en todo edificio público y privado donde se pudiera generar alguna clase de peligro para la seguridad ciudadana. El maestro así lo dijo, para “evitar focos rojos de generación y promoción de actitudes, opiniones o actividades que atenten contra la estabilidad y los ideales de nuestra constitución y de los buenos valores de la sociedad”. Creo que se quiso ver inteligente pero solamente dijo las cosas de forma confusa y, para la mayoría, incomprensible. Yo sí entendí, pero los demás creo que no.

Así que ahora nos grabaran las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. No hacía falta, sin embargo, pues yo lo viví: nosotros nos grabamos todo el tiempo y nos mostramos. Alguna vez, en los textos de educación de antaño, se hablaba de algo llamado privacidad. Habré de preguntarle a Gabo a la próxima que lo vea. Hoy en día es muy apreciado el ser conocido, exhibido. Entre más te hayan visto, más existes; entre menos reconocido seas por la calle, por la razón que sea, menos importante eres para todos. Y yo me he dado cuenta, pues sucedió exactamente como Gabriel me lo dijo: me haría cierta fama, pasajera tal vez, pero han pasado un par de semanas y mi popularidad, lejos de asentarse, de reducirse: crece y crece. Yo no he visto mi propio video, siento pudor, no me sentiría muy a gusto viéndome atacando sexualmente a Fabián, que por cierto, caminaba como venado recién nacido: todo pendejo. Lo hizo por cerca de dos semanas. No se burlaban de él, le tenían celos de lo que le hice. Curiosa la forma de reaccionar de la gente ante las vivencias de los demás. De hecho, Lola, Daniel y Fabián se hicieron como mi pandilla, extrañamente me transformé en su líder sin siquiera yo quererlo. Les gané en popularidad, lo que, según ellos, los definía, los volvía alguien en la escuela y en la vida. Muchos me invitan a fiestas y pijamadas, desde niveles más abajo del mío, hasta los superiores, incluso universitarios; me piden que los abrace, que los nalgueé o hasta que vayamos a los baños a disfrutar de nosotros mismos, algunas llegan con las tetas al aire y me piden que ahí ponga la cabeza, otros llegan con los pantalones abajo y me piden que les haga lo mismo que a Fabián, unos más me ofrecen su rostro como asiento, los hay que me quieren dar placer oral. Incluso, son los que me dan más risa, quieren que les grite, simplemente que les grite como le grité a Fabián. Me saludan, me palmean la espalda, me dan teléfonos, me dan cosas gratis, me dejan pasar primero en las entradas, me piden fotos y besos. Todo por un simple video mío. Curiosa la forma de reaccionar de la gente ante un video en internet que se hace viral. Mi mamá me hace de comer todos los días, me prepara el lunch, mi papá me da más dinero para gastar, mi hermano hasta me tiene celos, ese amante de los cropofílicos me tiene celos. Mi hermana me quiere presentar con sus amigas. Yo he declinado la mayoría de las invitaciones, excepto la de una pareja de tercero que… bueno, nos perdimos todo el día en el baño. En fin, en conclusión, creo que no fue tan malo como parecía al inicio, saliendo de esa casa. La atención es hasta revitalizante.

Hubo otra modificación de ley, sin embargo, y esa nos afecta a todos directamente. No me preocupa mucho por ahora porque me hice famoso por lo que, según yo, no estaba en lo correcto, pero igual, habré de considerarlo. Ahora, la mayoría de edad se considera medir más de un metro cuarenta centímetros. Me parece absurda la forma de considerar esta mayoría de edad, pero los argumentos son que cuando se mide más que eso, se ha llegado ya a cierta madurez sexual (que es la que todos buscan) para comenzar la vida activa, sea con hombres o con mujeres. Esto quiere decir que ya no se usarán modelos de preparatoria en adelante en las clases de secundaria, sino que serán los mismos alumnos los exhibidos. Me parece curiosa la razón, pues dicen que así “los alumnos impúberes pero ya maduros sexualmente hablando, que les hayan bajado los testículos en el escroto o que las damas ya hayan empezado a ovular o a crecer de caderas y pechos; aunque aún no tengan las características secundarias del crecimiento [voz más grave, voz aguda, vello púbico, musculatura marcada] estarán más en relación con cuerpos parecidos a los suyos, y no ya plenamente desarrollados.” Igual y me parece ridículo como lo de las cámaras, pues siempre nos vemos a nosotros en todos lados, en el gimnasio, en los vestidores, en los baños. Siempre nos vemos, nos acariciamos. No entiendo muy bien qué diferencia hay entre que ya sea legal plenamente hablando y que no lo sea.

Hoy será la segunda clase de anatomía sexuada para preadolescentes, en la que nos enseñan la anatomía básica humana y los puntos de placer y cómo excitarlos correctamente. La primera clase se centró en el cuerpo femenino, la clase fue dada por un doctor musculoso que a casi todas las alumnas les pareció lo mejor que habían visto en su vida. La modelo era una chava de unos dieciséis años, era delgada y esbelta, con una espesa mata de cabello chino en la cabeza así como en su pubis. Me sorprendió cómo se veía su sexo cuando la depilaron, y lo hicieron para que se pareciera más a lo que la mayoría de nosotros aún tenemos. Al menos las niñas. Ella era bonita, y su vagina era una florecilla delicada. No se notaba nerviosa, creo que ya la habían usado de modelo antes. Me pareció impresionante la forma de excitar a una mujer, prácticamente todo su cuerpo es un punto de placer, todo el cuerpo, son una especie de interconexión compleja de nervios que tienen la habilidad de hacerla tener un orgasmo de la forma correcta. La clase fue muy larga, todo el día, y la chava debió haber tenido unos siete orgasmos en total, casi todos dados por el doctor que tenía una tremenda verga apretada en el pantalón que usó para uno de los orgasmos de ella, y ella acabó muy agotada. Cuando estábamos en la parte de las habilidades orales para las damas, Daniel, justamente, se ofreció a participar y tratar de hacerla venirse, con el posible premio de poder tener una cita con ella en los baños cuando él quisiera y ella pudiera. Así fue él, el muy valiente, y puso su lengua a trabajar. Al acabar, él tenía toda la cara llena de fluidos, estaba sonriente, tragaba esos fluidos, y ella había hasta gritado de placer. El profesor lo palmeó en la espalda, orgulloso, y dijo que él era una de las promesas más jóvenes y que si trabajaba bien, podría obtener lo que quisiera en el mundo. No faltaron aquellos que, debajo de la mesa, se daban autoplacer, y yo estuve a punto de hacerlo de no haber sido por el puerco de Pedro que falló el tiro y me manchó el pantalón. Se disculpó y me limpió, pero creo que su finalidad era solamente tocarme. Él es de los que se interesan mucho por aquellos menores que él. De seguro va a ser maestro cuando crezca.

Me parece extraño que lo que antes me causaba tanto asco, ahora se me hace llamativo. Pero no importa, al menos es más llevadera la existencia de esta forma.

La clase de anatomía sexuada se da en un salón especial de forma semicircular. Al centro hay una silla plegable muy parecida a esas que usan en las salas de partos que mantienen las piernas de las mujeres separadas para permitirle la salida al bebé. Esas sillas son aptas para hombres y mujeres, que no se equivoque uno: son multifuncionales y tienen toda clase de modificaciones dependiendo de si a uno le gusta más lo anal, oral o lo genital. Claro que es casi de ley que si la usas, si te acuestas, eres todo menos genitalactivo. Fue hecha por La Hermandad para permitir las experiencias sexuales más placenteras para quien fuera. Hay hasta algunas especiales para esos que gustan de animales u objetos inanimados, y otras adaptadas para los más chicos. El modelo es muy caro en sí, sólo los más ricos tienen acceso a ellas, a las sillas, pero igual, en la escuela tenemos una, y puedes agendar una cita especial si tienes buenas calificaciones y usarla por un buen tiempo. En la clase es usada para permitir el lujo de detalle para la explicación del cuerpo humano.

Entramos en un ambiente de expectativa y nerviosismo. Estas son siempre las clases preferidas y las más presumidas por la escuela. Hay risas tontas y burlonas. Ahora se impartirá la clase de anatomía sexuada masculina. Está, al centro, una doctora sumamente hermosa, la perfecta figura femenina para el hombre, como el doctor de la otra clase lo era para la mujer. Tiene una cintura reducida seguramente por el ejercicio, la dieta y las operaciones plásticas, tiene unas exuberantes tetas y nalgas, y todo se ve acentuado gracias a su bata que más que ser ropa parece una segunda piel muy apretada contra su primera piel, esa con la que nació. Es morena y de cabello negro y ondulado que le llega hasta la cintura. Tiene ojos verdes, al parecer, y los lentes de armazón grueso le dan un estilo intelectual que le sienta muy bien. Sus facciones son libidinosas, y esos labios fueron hechos para ser saboreados, mordidos, y puestos en la cabeza de un pene. Son carmín. Se ve inteligente, y mucho.

–Buenos días, jóvenes –­su voz es clara y aguda, seductora, un susurro casi excitante al oído, una canción melodiosa, no como la voz chillona de ardilla de la Lola. Eso acentúa su atracción sexual que la sienten hasta las niñas­–, bienvenidos a la segunda clase de anatomía sexuada descriptiva. Como sabrán, hoy nos enfocaremos al cuerpo masculino. Y hablando de eso, como ya se habrán enterado, ha habido una modificación de ley, no necesitaremos a un modelo mayor para esta clase, sino que uno de ustedes, caballeritos, será el modelo de la clase. Todo esto ha sido impulsado por La Hermandad con la finalidad única de enriquecer y mejorar el proceso de aprendizaje y conocimiento. Tendrán un acercamiento a lo que ustedes conocen en sus propios cuerpos y mentes. En un minuto procederemos a la elección del modelo de hoy, sin embargo, me gustaría saber qué recuerdan de la clase de anatomía anterior, esa que se enfocó al cuerpo de la mujer. ¿Qué recuerda?… A ver, usted, jovencita, qué nos puede decir…

Me pierdo un rato y es que, todo este bienestar y optimismo que siento, es casi una especie de cuerda floja. Entre todas las cosas buenas que me pasaron, la mejor fue cuando estaba en el recreo, por fin pude tener un momento a solas, y entonces llegó Eva. Platicamos, sólo eso, platicamos. Nada había sido tan maravilloso como eso. Me llama la atención que como con Gabo, cuando ando con ella, me llena de culpabilidad lo que hice, pero al mismo tiempo, por el simple hecho de estar con alguno de ellos, me lleno de dicha, una diferente a la que la fama otorga, una maravillosa, una que podría curar cualquier enfermedad física o mental. Ella no me preguntó por el video, y me alegro, me habría sentido muy avergonzado, y la verdad, con ella no se puede hablar de esas cosas. Su carita te hace solamente desear actuar bien, es como una especie de inspiración… inmaterial. No conozco la palabra. Ha de existir. Le preguntaré a Gabo. Y es que con ella, solamente hablando, sólo eso, me hace sentir amor por todo y todos, por más bárbaro y asqueroso que sea, le veo el lado bueno a la vida, y me inspira a ser mejor persona. No hablamos de cosas profundas, sólo de lo que nos gusta hacer en nuestros tiempos libres, de lo que nos gustaría hacer a futuro por más fantasioso que sea. Nos contamos esas vivencias graciosas, que al momento son vergonzosas, pero entre nosotros nos causan risotadas generosas. Por ejemplo, ella me contó que su hermana invitó a su novia a su casa, y que había música, en la computadora de su hermana, y ella, Eva, llegó a la cocina y dijo “¿Qué clase de música es esa? Es una porquería, como para niño de primaria chaqueto” y la novia de su hermana le dijo “Es mía”. Obvio, se fue de ahí roja de vergüenza, y como es blanquita, seguramente se le notó más. Al momento no le dio gracia, pero cuando me lo contó lo hizo entre risas y sonrisas que son bellísimas en ella. De ensueño. Me enamora su sonrisa. Su voz. Ella, toda ella.

Igual a veces recuerdo lo que me dijo Gabo y eso me llena de inquietud y nerviosismo, como que me hace sentir mal de otra forma a la de Eva. No lo he visto por un par de semanas y ya quiero verlo, aquello que me dijo me resultó esclarecedor, pero sobretodo me pareció surreal, un sueño. No sé si sea cierto, ni si quiera sé si quiero que sea cierto, una sociedad que busca un crecimiento extraño, uno basado en valores contrarios a los de hoy en día me parece totalmente falso. Pero existió según él. Tal vez no haya sido más que una novela que él leyó, una de esas prohibidas, pero si fuera cierto, ¿qué haría yo? Es decir…

–¡Adán!

Me sobresalto. Es Lola. Veo a todos lados y me percato que todos los ojos de mis compañeros aterrizaron en mí. Me siento como estúpido y sólo tengo la boca entreabierta como un animal baboso.

–Joven –dice la doctora con su voz seductora– usted ha sido elegido para pasar al frente.

–¿Cómo?

–¿No puso atención a lo que he dicho?

–Pues…

–Por la reforma, ahora ustedes serán los modelos de enseñanza. Usted, por decisión unánime… ¿No sabe qué es unánime? De todos, pues, de todos sus compañeros; fue elegido para ser modelo. Venga acá, por favor. No se deje llevar por las inhibiciones. Venga.

Tiemblo, respiro, mi mente se llena de todo menos de pensamientos conexos y lógicos. Todo me empieza a dar vueltas como cuando estoy borracho y empiezo a sudar de todos lados. Por otro lado, tal vez pueda hacerme un poco más de fama, y eso sería bienvenido, pero qué dirían Gabo y Eva… ¿debería hacer lo que ellos o debería hacer algo para que no me descubran pensando en cosas no válidas?  Me levanto aunque me sienta de piedra, y no la que todos parecen desear.

–¡Venga, Adán, muéstranos!

Escucho que un compañero dice, pero no reconozco la voz, así de nervioso estoy. Bien me haría del baño, pero no lo hago. Llego al frente en medio de una maraña de pensamientos revoltosos y confusos y me quedo frente a la doctora. Ella se da cuenta de mi expresión de miedo y sonríe. Me toma de los hombros y me encara a mis compañeros. La sensación de mareo, de estar a la deriva, se acentúa, las luces me parecen brillar más, el sonido me llega con eco, siento que me hundo, es como si la tierra me tragara lentamente. Mi corazón late rápidamente y comienzo a temblar. Pero no me niego, hay cámaras, ahora nos observan todo el tiempo.

Debo ser normal, debo ser como los demás.

–Bueno, ya revisaron la anatomía femenina y sus puntos de placer, y físicamente, la del hombre, la de los niños, no es tan distinta a la de las niñas, es apenas diferente…

Me quita la playera, yo me había quitado el chaleco hacía rato por el calor. Entonces mi torso luce desnudo ante mis compañeros. No siento frío, pero sí está esa sensación de libertad muy cómoda en la individualidad, aquí un tanto extraña pues sé que observan mis hombros, mi pecho, mi ombligo, mi torso desnudo. Algo que ellos tienen también, pero como el mío es ajeno al suyo, les resulta llamativo. A mí me pasa igual. De hecho, cuando estoy en los vestidores, veo a los demás, y no porque me atraigan, sino porque son otros torsos parecidos al mío pero al ser de alguien más son diferentes, y quiero verlos. No sé si por comparar, pero debo verlos. No hace frío y tiemblo. Todos los salones están acondicionados a la temperatura perfecta para el sexo.

Recuerdo: no seas tú, Adán, cruza la línea. Déjate llevar, deja que el cuerpo responda por sí mismo. Eclípsate ante el placer.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

–La diferencia –dice ella con sus manos en mi pecho, con sus dedos masajeando circularmente mis pezones– es el volumen de las glándulas mamarias. Ahora, si yo hiciera esto a una dama o a mí misma, el placer iría creciendo y creciendo. En él hay un endurecimiento pero no hay placer fuerte aún. Eso no significa que con la estimulación aquí no se excite, al contrario, debe sentir la sangre concentrarse en su zona fálica… del pene, pues, pero no es un punto fuerte de placer en el hombre. Digamos que, comparados con la anatomía femenina, para ellos es mucho más simple. Pero miren bien qué pasa –comienza a deslizar sus manos hacia abajo, hacia mi abdomen, hacia mi cadera. Yo me estremezco, respiro, me agito– hay reacción conforme nos acercamos a la zona de placer principal.

Hay risas tontas ante mi expresión que ha de ser como de estupidez, de expectante de placer, de que llegue a mi zona erógena, como dijo el otro profesor. Algunas compañeras babean, Fabián ya se da una buena mano. Lola ve y sonríe y veo cómo mete mano en él, y él echa la cabeza hacia atrás. Yo sigo demasiado nervioso para lograr la erección, y por lo que veo, es muy necesaria para la clase.

–Media vuelta joven.

Obedezco. Quedo frente a ella. Ella se agacha y comienza a desabrochar mi pantalón.

–Uhm… no sé si pueda… no sé si… es que…

Digo nervioso y tartamudeando al mismo tiempo que veo cómo ella desliza mis pantalones hacia abajo, con todo y ropa interior, y mis nalgas quedan al descubierto, y provocan exclamaciones como de asombro; cosa que me parece rara porque ya me vieron todos en video, pero creo que en vivo y directo es diferente, es mejor. La confirmación de un sueño.

–¡Qué bonitas nalgas, Adán!

Grita una niña y provoca risas en los demás, risas de aprobación sobre todo. Mi sexo sigue dormido, ella lo nota, lo examina, acerca mucho su rostro. Lo huele.

–No te preocupes –dice levantando la mirada–, Adán, yo soy una experta. Verás que te va a gustar mucho. Además, yo no vine solamente a dar clase. Estoy buscando niños estrellas. Por eso me dio gusto que te eligieran, porque así no parece que los fuerzo a hacerlo. Así podré ver tus habilidades. Me pareces muy atractivo. Cosas buenas saldrán de esto si tú pones de tu parte.

No comprendo bien. Antes de erguirse bien ella, me da un beso muy candente. Siento su lengua en mi boca, su sabor mentolado, y me eriza la piel y se me para medianamente, pero no todo. O, tal vez, no parece porque no la tengo tan grande como los diecisiete centímetros de Daniel. Algunos de mis compañeros aplauden y gritan emocionados, silban. Me hace dar la media vuelta y si antes me siento exhibido, pero por alguna razón, una cálida sensación se apodera de mi ser. Creo que me gusta que me vean. ¿Será mi parafilia? Al menos estoy encontrando mi camino. Sin embargo, no puedo evitar cubrirme con mis manos justamente ahí, mis partecitas pudendas. Hay burlas, descaradas.

–Okey, okey… ¡silencio! Acuérdense que estamos en la escuela, estamos aprendiendo. No pueden venir a burlarse de este tipo de cosas, estas equivocaciones. En algunos, yo me incluyo cuando era pequeña, la timidez es casi natural. Es un método de defensa natural que solamente sucede con aquellos cuya perfección física es sublime, inalcanzable. Es normal, natural, pero que puede ser curada con los medios correctos. Afecta la timidez, el pudor, a aquellos que tienen algo más que los demás. Díganme, ¿quién de ustedes tiene esta perfección? Véanlo, véanlo bien, por favor. Miren sus hombros delgados pero consistentes, tiene en su cuerpo la mezcla perfecta entre delgadez y musculatura y un poquito de grasa, esa que podemos agarrar bien, que nos deja morder; quiero que vean sus pectorales que tiene la forma prematura de unos musculosos y divinos, sus pezones son casi de mujer, y por eso perfectos; quiero que vean aquí su abdomen, y si lo sintieran como yo, más de uno ya habría alcanzado el orgasmo. Vean, por favor, vean sus piernas que son ligeramente femeninas, pero no lo suficiente como para confundirse como de niña, y estos glúteos, dejen los tomo… sí, son como dos pompas de jabón, están levantados, como mirando al cielo, como perfectos senos femeninos, miren, miren bien. Adán aquí tiene un cuerpo perfectísimo. ¡Hasta su tono de piel es divino! Y esa cara es como de bebé. Por eso es tímido, porque él sabe la perfección que tiene, la que se carga. Y la conserva justo para ese afortunado que él elija. Lejos de burlarse de su timidez inicial, deberían comprenderla. Nunca los poseerá a ustedes. De quien deberían burlarse, es de ustedes mismos.

Silencio. Ellos parecen reflexionar. Ella me dice al oído:

–Vamos, Adancito, déjanos verte. Eres imperfectible porque todo lo haz alcanzado ya, el mejor, lo más divino. Nunca me había mojado tanto con alguien tan joven como tú. No soy pedófila, soy sádica, pero tú… tú me quitas las ganas de lastimar, te quiero mimar. Por favor, déjalos ver, cállales la boca, muéstrales todo lo que eres: superior, divino, infantil.

Con muy poco convencimiento, quito las manos lentamente. Asombro.

–Vean –dice ella ya en voz baja, siempre atrás de mí. Toma mi pene. Me estremezco, un zumbido llena mi cabeza. Un disparo placentero siento, pero es más una sensación de pudor al sentir manos ajenas en mi miembro ligeramente apagado–, quiero que vean un juego que a mí me encanta. Me gusta mucho ver a los hombres a los labios e imaginarme su pene, porque el color del glande es el mismo que el de sus labios. Es un juego masturbatorio divino antes del verdadero. Compruébenlo ustedes, niños, y también las niñas. Vean en sus compañeros al lado si es cierto lo que les digo. Yo sé que sí.

Respiro más rápidamente que antes.

–Ven –me dice. Subo a la silla y coloco mis piernas abiertas en donde deben estar. Antes me sentía exhibido, ahora, con todo abierto, mi ano al descubierto… esto no tiene descripción posible. Habría yo de inventar una nueva palabra para lo que siento. Me llama mucho la atención que ver mi propio cuerpo así, mis propias piernas, mi entrepierna, mi pecho, mi abdomen; todo desnudo, con todos esos ojos en mí, me hacen sentir muy, muy excitado.

–Lo que más locos vuelve a los hombres es la parte interior de las ingles, el tronco, el glande del pene, los testículos bien masajeados preparan al hombre para un fuerte orgasmo y, obvio, el punto masculino del placer al cual sólo hay acceso por vía anal. Se siente justamente como la punta de su nariz.

Todos se tocan la punta de la nariz con su dedo. Yo sigo temblando, entre extasiado y nervioso.

–Este… este es su bello centro del placer…

Toma mi miembro con su mano y en seguida me estremezco, gimo en voz baja. No puedo creer lo que el contacto ajeno logra. Mucho mejor que el de la propia mano.

–A diferencia de las mujeres, el hombre lo es todo aquí. Sin embargo, puedes volverlos locos de la siguiente manera, independientemente de si son genitalactivos o anales. Eso, aquí, no cuenta…

Estaba teniendo explosiones de placer cuando deja mi pene. Entonces sonriendo, veo que se pone un líquido viscoso en la mano no sin antes tomar el que ya recorría mi pene, desde mi glande, hasta la base de mi tronco, con los dedos. Algo muy viscoso. Líquido preseminal. Lo conozco bien. El hecho que me vean, logra hacer que me endurezca por completo. Palpita, lo veo palpitar, solito se mueve y mi respiración está agitada. Es casi mi sueño sexual cumplido: ser el centro de atención de todos. Palpitar. Desnudo. Nada mejor que eso.

–Deben tener mucho cuidado, incluso si se lo hacen a ustedes mismos. No queremos provocar hemorragias ni mucho menos. Primero hay que masajear, dilatar el ano…

Siento su dedo bien lubricado en mi ano, y una sensación de cosquilleo que no había experimentado antes. Sonrío. Veo a más de uno de mis compañeros verme y sonreír. Afirmar con la cabeza.

–Tómense su tiempo. Adán está muy excitado y eso permite una dilatación rápida. Pero no es así con todos. No queremos provocar problemas. Si esto no es llevado de forma correcta, provoca incontinencia, y los hombres ya no tienen capacidad de retener sus propias heces. ¡Aguas!… ya está listo. Ahí voy…

Me mete un dedo. Siento dolor. Aprieto los ojos. Siento ganas de defecar pero me aguanto. Suspiro. Gimo de nuevo. Alcanza el punto. Poco a poco el dolor de desgarro se vuelve placer. Siento que sangro pero no es cierto. Es mi imaginación. El placer se abre paso con velocidad vertiginosa, a nivel que el dolor ya no es presente, sólo una especie de presión desde mi ombligo hasta mis muslos. El placer candente, latente, caliente. Una marea que me cubre como si estuviera sentado en la playa. Es hermoso. Un cosquilleo endemoniado y hermoso que no puedo, por más que trato, no puedo explicar racionalmente. Mi pene late con fuerza, está en total erección, con venas saltadas, late, late como si pidiera algo, como un bebé pidiendo mamar. Tiene un tono violáceo que no le había visto. Parece que va a explotar. Con su dedo, ella me penetra, y me hace gemir, y luego dice:

–El movimiento es clave: la lengua es su aliada…

Su lengua revolotea, danza sobre mi glande. Apenas lo toca pero yo siento oleadas intensas de placer. Gimo, me encorvo hacia delante, tengo la boca abierta, así como los ojos, y no me creo el placer. Ella me sonríe, sabe que lo gozo, y lo gozo como nada.

–Entre más hagan esperar, y esto aplica tanto a mujeres como hombres, el placer será más intenso. La boca debe ser una concavidad, a menos que su hombre les pida dientes, no les den eso. Practiquen con un plátano. Después de quince minutos de mamar, debe estar igual que al inicio, como si nada hubieran hecho. Si no queda como si nada, lo hacen mal…

Se mete mi pene a la boca y el calor, la humedad, me hacen estremecerme, gemir de nuevo como niña, pero no venirme. Ella logra hacer eso. Maldita vieja, es genial. Se queda así un par de minutos, mamando, y a mí me parecen horas. Siempre gimiendo, siempre encorvado, empujando mi cintura adelante, arriba. Ella sonriendo. Se aleja, sonríe, abre la boca, hay hilos de mi líquido preseminal ahí tensos, y eso me hace gemir de nuevo. Pone su otra mano, la que no tiene sus dedos en mi ano, bien lubricada, y sube y baja, casi nada porque no la tengo grande, pero es casi la misma sensación que con su boca. Sonríe ella, gozosa de darme el placer que tanto me agrada.

–Miren, mis queridos pupilos, quiero que vean cómo está este pequeño: pleno, acepta todo el placer que le doy. Estas contracciones involuntarias como si él diera a luz, sus músculos se endurecen sin él quererlo, gime como si no le importara, vean su gesto: es un poema de amor lírico. Esto dice dos cosas: primero, acepta que le den placer y la otra es que está dispuesto a acrecentarlo a como dé lugar…

Yo ya casi no escucho, es todo un eco eterno para mí. Veo borroso mi cuerpo y todo lo demás, el sudor que permea mi impúber todo, mi respiración agitada, mis gemidos de niña, mi todo, mi todo, yo no soy dueño de mí mismo, soy de ella, de alguien más, y ella sigue, que siga, que siga por favor…

–¡Más fuerte, estúpida!

Exclamaciones de felicidad, aplausos, aceptación. Ella sonríe casi suicida y acelera el movimiento de su mano en mi glande y tronco y la penetración anal. El placer se intensifica. No aguantaré ya mucho más.

–La dureza de su miembro es de roca, sus sublimes gemidos son de melodía, miren su cuerpo destinado al placer, vean cómo él se muestra tal y como es, eso quiere decir que se acepta y nos da el lujo de aceptarlo con todo y sus defectos, que no existen, pues si él se acepta, nosotros a él. Es bellísimo, es hermoso, es perfecto, es divino, es etéreo. Ha dejado sus inhibiciones y ha dejado lugar a su verdadero yo, al que todos queremos llegar. De antaño el placer eran dos: el físico y el intelectual. Se creía que el arte y el pensamiento monstruoso filosófico eran más que el físico. Aquí vemos que sólo el amor del cuerpo llega a más que los demás. Lo que antes era el arte y la filosofía se juntan para mostrar la perfección carnal. ¡Adán, Adán, tu costilla es erecta como todos querríamos! ¡Tú eres el verdadero arte! ¡Tú nos muestras las puertas al paraíso! Antes todo eran falsas esperanzas, una mentira dicha a uno mismo. Vemos justo ahora que la carne, la carne de su verguita, es la única perfecta, que lo demás es una pérdida de tiempo, que vale más la pérdida de control que lo demás, porque sólo esta es real, palpable, física. El sexo es lo único que nos hace humanos. Nos damos cuenta con este perfecto asexuado que penetrar es dar placer, que si tenemos la oportunidad hay que dejarnos llevar por ella, que nada se compara. Nuestra obligación con nuestro cuerpo y nuestros congéneres corporales es la de explotar todos los límites del sexo a como dé lugar sin importar la forma. Entre más acrecentemos la dicha, más placer hay, y más humanos somos. No neguemos la maravilla que el cuerpo da con absurdas limitaciones, prohibiciones, inhibiciones estúpidas; todo eso es negarnos como humanos pues eso es negar el cuerpo. ¡Es la mayor estupidez! ¡Véalo, siéntanlo, gócenlo! ¡No temamos a mostrarnos como somos, pues donde no hay vergüenza, donde somos quienes realmente somos, que es el placer, no puede haber nada más que perfección! ¡Somos perfectos por, para y en el placer! ¡Así seamos todo el tiempo!

No aguanto. Me encorvo hacia delante. El gozo, el placer es tal que me enceguece. Cierro los ojos, abro la boca como estúpido y gimo como niña, como bestia, como puta. Disparo al rostro de la doctora, quien recibe mi bendición gustosa, y veo cómo ella y yo llegamos al cielo. Mi semen llega metros arriba y cae sobre ella, su cabello, mi abdomen, mi pecho, mis piernas, lluvia de oro, lluvia divina, lluvia del sediento, cae sobre mi cara, sobre todo yo, me vuelve alguien, me vuelve yo. Gimo bestialmente, grito, tiemblo, no me controlo, todo tiembla, hasta mis compañeros. En la eyaculación, todos se levantan y aplauden excitados, gozosos, todos agradecidos, todos llorando de emoción, como si de la más hermosa melodía se tratara. Respiro, sonrío. Mis compañeros también. Es una experiencia celestial. De vida. Entonces, entre ese ruido de aplausos, exclamaciones de emoción y felicidad, sonrío y me relajo. Ha sido un gran espectáculo.