El ansia se vuelve física porque la abstracción de un concepto como ese siempre se puede volver tangible, palpable de diversas formas aunque estas no sean aquellas que usaríamos para describirlo, nos imaginamos cosas totalmente distintas a como son en realidad; mejor dicho: a como creemos que son en realidad. El ser humano siempre está en esa dualidad de saber y creer saber, y pobre de él que nunca se da cuenta que nunca está fuera del creer. Pero cree que sí, y por eso cree saber, pero no sabe en realidad, y lo peor es que no cree que pueda ser así. En sí, yo me imaginaría el ansia como algo monstruoso aunque no se vuelva físico como tal. De hecho, hace poco escuché a unos compañeros comentando que según cerca de aquí vivía un sujeto que según podía ver monstruos, un tal Demian tiene la habilidad de ver cosas invisibles y, según él, todos nosotros cargamos con un monstruo. Él no tiene miedo porque ya está más que acostumbrado, pero dice que si cualquiera de nosotros pudiera si quiera dar un vistazo a nuestro monstruo, seguramente nos daría un paro cardíaco. Egos, los llama. Pero eso es cosa de locos, sin duda alguna. Sin embargo, tiene un punto: yo bien me imaginaría al ansia como un monstruo tentaculoso, baboso y lleno de verrugas que se arrastra por el suelo y se aferra a ti desde los pies, y cuando te das cuenta que estás sintiéndote ansioso y quieres quitarte la molesta sensación de ti, ya lo único que podemos ver son sus seis ojos amarillos hundiéndonos en la locura y la perdición.

Me siento así porque ya hace casi un mes que no veo a Gabo, y la verdad es que ha sido así porque me he vuelto algo popular entre todos. No es que ponga primero a los que me ofrecen sus servicios, pero es algo nuevo, y supongo que a todos llega a aburrir o uno se llega a acostumbrar; igual y yo le mandé el mensaje y él dijo que sí, que nos viéramos en el parque de siempre. Lo que pasa es que la doctora que me usó como modelo para la clase quedó sumamente sorprendida. De hecho a mí también me mandó el reporte que ella, a su vez, mandó a su empresa y se me quedaron muy grabadas cosas como “Muestra una dureza en su miembro como muy pocas que he analizado, era como una roca de placer” o “Su cuerpo parece el ideal para las películas dirigidas a un público joven y a las de los que gustan de los menores: tiene ligera consistencia muscular pero no pierde ese toque de suavidad” y “Es sumamente versátil, tanto que podría actuar como genitalactivo o como anal. La parte oral no la he experimentado pero si es bien educado, bien podrá desarrollar las habilidades necesarias para cualquier proyecto. En definitiva, es una promesa joven que debe ser explotada y bien guiada en su proceso de formación profesional y sexual.”

Me sentí algo halagado, pero no muy contento. A fin de cuentas no me quito la sensación de malestar, pero también es raro que el malestar se me va cuando el corazón me empieza a latir rápidamente.

Al poco rato me llegó una invitación de una productora para filmar una película, de bajo presupuesto, sí, pero que sería el mejor inicio para mi carrera de estrella. Incluso me van a dar una suma de dinero que no considero yo tan baja. Sin embargo, me tendría que preparar, y ahora tengo que ir al gimnasio por lo menos cuatro veces a la semana. Me pagan el instructor y el servicio como tal. Debo tonificarme mínimamente sólo para acentuar mis rasgos infantiles, no quieren que me desarrolle mucho aún, quieren explotar bien esa parte. No sé qué tan de acuerdo estaría Gabo, porque mis padres lucen contentísimos, así como algunos compañeros y mis maestros. Hasta me pasan, en las materias, incluso yo sin asistir.

En el gimnasio, el único requisito fundamental es el de ejercitar completamente desnudo. He visto algunos que tienen unos músculos exageradamente desarrollados y se ven desagradables. Ni parece que se puedan limpiar la cola cuando van al baño. Sin embargo, en la sección de gimnastas, nunca puedo evitar excitarme: ahí están los cuerpos perfectos, esos de mujeres jóvenes que no están cadavéricas, muy delgadas, esas no me gustan, creo que una mujer hermosa es aquella que tiene algo de carne sobre el hueso, si no, ¿qué agarrarías? Me gusta ir a verlas brincar y ver sus tetas al aire girando con ellas, y más de una vez me he venido sin siquiera tocarme. Creo que es una hazaña, porque no a muchos de los que van a ver también les pasa.

Mi instructor me dice que la mejor forma de acabar una sesión de ejercicio, sea intensa o no, es con un acto sexual, ya de perdida en solitario si es que nadie quiso estar conmigo, pero que por mi físico sería prácticamente imposible no encontrar a alguien. Al inicio rechacé a los hombres, y es que unos tenían unas vergas del tamaño de postes de luz, bien podrían empalarme; pero a las gimnastas, a muchas de ellas, les parecí lindo y siempre me invitaban a bañarme con ellas. Yo las enjabonaba, las limpiaba, y luego nos secábamos entre los dos o tres o los que hubiéramos. Lo que más me gusta es que siempre me consideran un pequeño, entonces quieren consentirme, hacer las cosas ellas y yo sólo disfrutar, por lo que la mayoría de veces yo me quedo como me pidan, y vaya que me han pedido posiciones muy extrañas, y ellas se encargan del resto. Lo que me gusta mucho también es que ellas, mientras se contorsionan y mueven casi de forma maestra y experta, yo puedo ver sus senos, ver cómo sus pezones me observan a mí, y luego hundir mi cabeza ahí entre ellos como si de un amoroso abrazo se tratara y al mismo tiempo vaciarme ahí dentro. A ellas les gusta eso, dicen que la calidez del líquido las revitaliza. Ellas tienen sus pastillas para evitar el embarazo, por lo que me permiten hacerlo sin protección, y se siente mejor, como que más cálido, el contacto directo con sus sexos es placentero hasta el extremo. Sin embargo, ya me pasó, un niño más joven que yo me pidió ayuda, me dijo que le pusiera crema en la espalda, y cuando fui con él le vi unas nalgas de gimnasta, enormes y paraditas bien apretadas en su calzón blanco. Yo le puse la crema como me dijo, pero no pude evitar poner mis manos en la parte del cuerpo que más loco me vuelve: la cintura, en especial a los lados, esa parte de piel que comprende desde la parte abdominal hasta la de las piernas, pero la lateral. Le puse las manos ahí, bajé el calzón, y sentí su piel caliente, y él empinó un poco su trasero, así que lo terminé penetrando usando su propia crema para que resbalara bien. La firmeza y rigidez de su agujero me hizo gemir como loco, y él también lo hizo así, porque me dijo que fue su primera vez. Creo que fuimos muy ruidosos, pues cuando salimos, nos aplaudieron. Así que ya hasta en el gimnasio soy un campeón.

Estoy cambiando, sí, y no sé si esté mal. Habré de preguntarle a Gabo, él siempre tiene algo que decir.

–Qué milagro que te dejas ver, Adán.

Es él. Llega por detrás. Queda a mi lado y le doy la mano. Hoy no hay nadie en el parque. Él estrecha su mano y yo sonrío algo apenado pensando en lo que he hecho y que seguramente él no aprueba, pero no es mi culpa: que él no quiera, no quiere decir que yo no deba hacerlo. Aunque tampoco me explico bien por qué habría de sentirme mal con él como con Eva si lo que hago es normal y aceptado. Hoy no hay abrazo de su parte, sin embargo, y eso es raro.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Él se sienta a mi lado.

–Pues ya ves, a un amigo no se le olvida.

–Ya me había preocupado, sinceramente.

–No, ¿cómo crees? Eres el mejor.

–Me siento halagado al venir eso del mejor.

–¿Cómo?

-Pues te diré… tu fama se ha extendido por todos lados. Muchos en el círculo de la docencia hablan de ti y de lo afortunados que son tus maestros al tenerte en su salón de clase. Siempre ven tus videos. Yo me he evitado el… gusto de ver tus hazañas.

–¿Por qué? Hasta mi hermana los ha visto. Igual yo.

–¿Neta? –Me pregunta arqueando una ceja como siempre lo hace cuando algo lo sorprende ligeramente.

–Sí. Al inicio sí fue incómodo, la verdad, pero ya no es tanto. Me estoy acostumbrando. Es otra forma de pensar en mí.

–Bueno, no sé… no es la parte de ti que me gustaría conocer. No, gracias. Así nos quedamos.

–Pues yo ya hasta vi tu video curricular.

Gabriel abre los ojos y empalidece. Parece que deja de respirar pero yo sé que eso no es posible por mucho tiempo.

–¿Qué?

–Sólo decía…

–¿Es en serio?

–No te enojes, o sea…

Silencio. No sé qué decir. No le gustó eso, no debí haberlo hecho. Igual y a esa niña con lo que lo hace sí le fascinó, aunque también he de aceptar, como él me dijo: se notaba en su rostro que estaba sumamente drogado, fuera de sí. Dudo que se recuerde algo de eso de no ser porque tiene que ver el video con su entrevistador cuando va a tratar de conseguir trabajo.

–¿Te enojaste? –Le pregunto mirándolo de reojo, con la cabeza baja, pero no tanto para poder ver su expresión enhiesta, luce casi robotizado.

–No… sólo estoy sorprendido, es todo.

Lo noto algo incómodo, incluso se aleja ligeramente de mí, es un movimiento casi imperceptible.

–Perdón…

–No, no te preocupes –dice en un susurro.

–Y… ¿cómo has estado? –digo para tratar de cambiar de tema.

–Bien, con algunos problemitas, pero bien.

–¿De qué?

–Nada, ando bien.

No lo está. Lo conozco lo suficiente. Generalmente sonríe, y ahora no lo hace. Está incómodo, y yo lo causé. Ahora me siento estúpido.

–¿Qué tienes? –insisto arrepentido, casi desesperado de que me rodeé con un brazo como siempre lo hace cuando está feliz.

–Es que… iba a contarte algo pero no sé qué tan conveniente sea ya. No te lo tomes a mal.

–¿Por qué no sería conveniente que me dijeras?

–Pues por la fama que ya tienes, Adán.

Siento un pequeño vuelco en el estómago, siento que se aleja de mí. No quiero perderlo.

–No, espera, sigo siendo yo…

–Pero lo que haces…

–Es para encajar… para serte sincero, Gabo, nunca he sido parte de nada ni de nadie, pero ahora me consideran alguien. Y yo sé, pues tú me has dicho, que tal vez sea por muy poco tiempo, pero pues si será por poco tiempo, no tiene nada de malo disfrutarlo un poco, ¿no crees? Al menos el tiempo que dure. Siempre seré yo, y seré tu amigo. No importa lo que suceda.

Me voltea a ver con un semblante ligeramente triste, decaído, incluso con un tono gris en su piel. Parece que estuviera muerto, a pesar de esa sonrisa forzada, no parece hacerla genuinamente como siempre la hace.

–Tienes razón, eres mi amigo. Me atonté, es todo, no te preocupes, es que he andado algo nostálgico. Un sentimiento de pérdida, es todo.

–¿Qué pasó?

Silencio.

–¿Recuerdas cuando me contaste de tu pijamada, que te sentías muy mal y todo eso?

–Sí.

–Bueno, es que me pasó lo que a ti, de forma distinta. Me recordó a algo mío.

–¿Qué pasó? Dime, Gabo, sabes que puedes contar conmigo.

–Si he de ser sincero, me siento estúpido contándole mis problemas a un niño. Ya sabes, soy mayor. No eres mi… psicólogo.

–Pero siempre dices que hablo como si fuera mayor. Anda, dime.

Me observa minuciosamente, por momentos, parece estarme escrutando, y suspira.

–Pero es un secreto, no se lo puedes contar a nadie, ¿okey?

–Sí, amigo, ya sabes que no diré nada –digo tontamente.

Suspira Gabo.

–Cuando tenía tu edad, más o menos, e iba en la secu, estaba en una situación muy parecida a la tuya con Eva. Ojalá me la presentes un día. Ella, la que me gustaba, se llamaba Valeria, y desde que la vi me enamoré de ella, pero no podía decirle nada, pues no quería ir al psicólogo sexual, además de que yo no sabía si yo le gustaba a ella. Valeria era muy hermosa: tenía el cabello castaño y largo y siempre le olía a flores, sus ojos eran verdes turmalinas, casi transparentes, y sus labios eran como pétalos suaves. Siempre hablaba con ella y ella conmigo. Nos gustaba la simple presencia del otro. Nos queríamos, pero no nos decíamos nada para protegernos. Tú bien sabes que un hombre y una mujer que se eligen mutuamente no tienen nunca un final feliz en esta vida. Un día, de casualidad, nos vimos en una pijamada de los animalistas. Estaba organizada por Lucas, tenía facha de niño pero era más femenino que todas las niñas juntas. Lucas tenía un enorme San Bernardo, y entonces el niño se puso de a cuatro y dejó que el perro lo dominara ante las miradas frenéticas de los otros animalistas. Yo sólo observaba, ya sabían que no era animalista. Y justo Lucas empezó a sangrar y se cagó al tiempo que el perro acababa de preñarlo, ella, Valeria, vomitó. Estaban todos muy enojados porque ella había dicho que era animalista y no lo estaba gozando. Casi la matan. Yo intervine y dije que había vomitado porque la obligué a chupármela, y que le dio asco. La iban a matar por limpia, es así como les decíamos a los pervertidos, a los que no tenían una parafilia, y yo la salvé. La dejaron, comprendieron que le diera asco pues yo era humano, no animal. Después de eso la emoción era vernos a escondidas a comer dulces, les quitábamos las formas sexuales y comíamos dulces. Sólo eso hacíamos: platicar y comer golosinas. Con el tiempo nos… nos…

–¿Sí?

–Es difícil… nos… enamoramos –dice casi sin voz, como si la garganta se le cerrara.

Arqueo las cejas. No es común que alguien salga del clóset de esa manera, no es común que alguien revele sus gustos monstruosos de esa forma. Sin embargo, yo sigo escuchando porque él continúa:

–Pero yo mantuve lo mío en secreto, incluso tratando de evitar contacto lo mayor posible con los demás. Ella no pudo, despertó sospechas y conoció a un grupo radical de heteros. En ese tiempo eran mucho más perseguidos que hoy en día. Antes no celebraban el día del orgullo hétero, con eso te digo todo. Ella era muy valiente, pues iba a marchas, mítines y protestas. La capturaron una vez que iba caminando por la calle. La mandaron al CERESEX. Salió hecha una total animalista. No me volvió a buscar. A los dos años la encontraron muerta con el caballo dentro de ella y su vientre totalmente desgarrado. No se explica nadie muy bien cómo es que sucedió porque estaba ella sola con el animal. Pero así fue.

Me quedo en silencio, seguramente con la boca abierta. No sé muy bien qué decirle.

–Lo siento mucho, Gabito.

Le pongo una mano en el hombro, y él pone la suya sobre la mía. Me voltea a ver:

–No quiero que te pase lo mismo a ti, quiero que seas feliz con Eva, porque sé que, en el fondo, eres hétero, eres como yo. Tal vez esa sea la razón que seamos amigos. Yo sé que tú lo quieres, quieres con ella, la quieres a ella. Ambos son el uno para el otro… y lo sabes.

Me quedo sin palabras. Quito mi mano y me quedo con la mirada perdida y la mente en blanco. Me ha agarrado desprevenido. Entonces esas palabras suenan como con eco en mi cabeza… el uno al otro… ¿Será posible algo así?… no sé, pero sí, sí quiero eso. Casi lloro de arrepentimiento por lo que he hecho pero me aguanto. Sería ridículo hacerlo.

–Sí, sí me gustaría eso.

–Y podría ser.

Doy un respingo ante sus palabras, lo volteo a ver casi animoso, como ilusionado.

–¿En serio?

Él sonríe y me revuelve el cabello.

–Pronto, La Hermandad hará un anuncio. Ahí comenzará.

–¿De qué estás hablando?

–El movimiento hétero ha tomado mucha fuerza aquí en México incluso, pero mucho más en Europa. Nos estamos organizando.

–¿Formas parte? –pregunto sin creerlo.

–Sí, Adán, lo hago.

–No sabía…

No le creo. No sé si porque no quiero o porque no pueda. Es increíble que crees conocer a alguien y de repente te dice lo que menos pensabas de él.

–Ya te había dicho que era hétero antes… necesitamos hacer algo. La revolución social es el único camino.

–¿A qué?

–A ser felices. Todos los actos del hombre son encaminados a su felicidad, Adán. No te diré bien los detalles aún, no te quiero poner en riesgo, a menos que quieras formar parte activa del movimiento. Sin embargo, esto es lo que pasa: La Hermandad ha generado una droga, única en su tipo, la llaman Musa. Esta droga actúa directamente en la parte del cerebro que procesa la realidad, que es el mismo que procesa los sueños. En una dosis periódica y acorde a lo que se necesita de individuo, permite revivir todos los recuerdos que uno creía perdido, hasta el más mínimo, y permite al consumidor volver a vivirlos en un estado de ensoñación; en otras palabras: en cuestión de días puedes volver a vivir toda tu vida desde inicio a fin. Años y años de existencia reducidos a días. Sin embargo, no acaba ahí: con el estímulo suficiente y con el correcto golpe, podrían no sólo modificar recuerdos, sino incluso sustituirlos, suplantarlos.

–¿Golpe?

–Una frase, algo que desencadene lo que buscan quienes quieren sustituir tus pensamientos y recuerdos. Es algo conductista, le llamaban, es como que hay algo que genera una reacción en automático en ti sin que tú te des cuenta siquiera. Como sea: somos los humanos capaces de crear recuerdos que nunca ocurrieron, es un proceso que no se enseña en la escuela, y muy pocos tienen acceso al mismo. La Hermandad, dicen, usará esta droga para usarlo en las terapias con los héteros: les suplantarán todos los recuerdos, sus vivencias serán modificadas para que siempre hayan tenido una parafilia, para que todo sea guiado a tener una fuerte parafilia sin la molesta consecuencia de morir como sucede hoy en día. Los enferman en los CERESEX, en cuestión de pocos años mueren los que salen reformados; pues, con esta droga, nadie se morirá, ya que habrán “crecido” teniendo una parafilia. Así, ya todos serían normales.

–Gabo, eso es…

–Irreal, ya sé. Pero sucede. Está sucediendo. Es cuestión de tiempo para que pase. Eso es una total violación a nuestros derechos fundamentales, seamos héteros o no. Debemos combatirlo, cambiarlo de ser posible.

–Pero… podrían matarlos.

–No, no a todos. Entre más seamos, mejor para nosotros, y ellos se verán obligados a cambiarlo. Ellos trabajan por nuestro bien, y no al revés. Ya no es cuestión de que uno esté enfermo o no, sino de humanidad, es cuestión de ser humanos. Cuando ellos decidan comenzar con sus terapias con la Musa, nosotros haremos lo necesario, justo aquello que no se ha visto en años: movimiento social, tomaremos las calles.

–Pero ¿cuántos son?

–No muchos, pero ganaremos fuerza y popularidad. Es cuestión de tiempo. Ya no hay marcha atrás.

Me quedo callado. Luego digo perplejo:

–Es una…

–Locura, ya sé. Pero dime, ¿no sería un gusto cometer una locura por Eva?

Nos miramos a los ojos, le sostengo la mirada, su mirada amistosa, abierta, amable e inteligente. Entonces le contesto plenamente consciente:

–Sí, sí sería un gusto y valdría la pena.

–Por el momento, Adán, debes seguir haciendo lo que haces. Nadie debe enterarse. Sólo ubica quién nos podría ser de ayuda pero no les comentes nada. Sólo observa. Toma.

Me da un libro. Se titula “El ensayo sobre la ceguera”.

–Antes –me dice él– había libros de ciencias dedicadas a estudiar los problemas de la gente, de los estados, de los grupos humanos. Ciencias sociales, se llamaban: humanidades. Hoy no tenemos eso, pero no han podido acabar con los libros, en especial con los prohibidos, y esos tienen algo de ciencias sociales, todos, algo de enseñanza. No la verdad, pero una guía. Léelo. Haremos lo de siempre, Adán: veremos películas, jugaremos, bromearemos; y también comentaremos estos libros que te daré. Que nadie los vea, porque eso podría ser un gran problema. Nunca digas nada de lo que te he dicho, y si algo pasa, échame la culpa a mí, ¿entendido? Mejores tiempos vienen, ya verás, mi pequeño hermano.