Desnúdame: capítulo séptimo

–Toma, te traje un chocolate.

–Está fuera del envoltorio… ¿es artesanal o algo por el estilo?, ¿o, más bien, te lo estabas comiendo y no te gustó y mejor me lo das a mí?

–Ay, no, Adán, no te daría mis sobras. Para ti, lo mejor… Lo saqué del envoltorio para quitarle la forma de pene. Me parece un poco grotesco. Es todo.

–Bueno, es eso, o tal vez no querías verme comiendo un pene de chocolate.

–Sí, ándale, es eso también –dice ella sonriendo y mirando hacia el suelo, como un poco apenada, como si hubiera dicho algo que tal vez no debió o que se podría malinterpretar. Ella tiene una sonrisa como de algo puro, algo que no ha sido tocado por lo sucio, por lo animal. Alguna vez leí de esos esclavos del dios que tuvo un hijo de un solo sexo, un dios asexuado; sus esclavos, ángeles, se llamaban, y eran cosas hermosas al parecer. Ella tiene sonrisa de ángel, pero mejor, porque la suya es real. Su perfil es divino, es como una escultura cuidadosamente tallada con una maestría impecable. Ella es hermética, pero cuando sonríe todo eso desaparece y luce como luciría la luciérnaga en la oscuridad: tiene su propio brillo secular. Su nariz es pequeña y sus labios carnosos, como listos para besar. Le han enseñado en la escuela que los labios de la mujer son parecidos a sus labios vaginales, entonces, imagino que ella también sonríe por la entrepierna, y eso no me genera la dureza morbosa que luego siento, sino más bien un sentimiento de ternura. Sería como abrir una caja delicada con una llave de diamante. Tiene ojos color miel, Eva, sus ojos tienen la profundidad de una cascada. Hacen ruido al verla, pero es un ruido que me tranquiliza. Tiene unas larguísimas pestañas naturales, y en eso ambos coincidimos, pues ella me ha dicho que le gustan mis pestañas de niña, que cualquier mujer quisiera tener mis pestañas. No sé cómo me ve ella. Es algo extraño, algo que ocupa mi mente muy seguido. Cuando yo me veo en el espejo no es que vea un extraño, pero no me puedo acostumbrar a mí mismo porque casi no me veo, es como ver a un simple conocido, y el hecho de que ella me vea todo el tiempo, eso junto a mis expresiones que no sé muy bien cómo son pues me salen inconscientemente, me pone algo nervioso, pero al saber que ella gusta de estar conmigo, supongo que no ha de ser tan desagradable verme todo el tiempo.

–Eso es… tierno, supongo.

–Tierno un perrito, Adán.

–Me refiero al gesto, Eva.

–Ya sé, ya sé, es que me gusta hacerte repelar, Adán.

–Dices mucho mi nombre.

–Me gusta decir tu nombre.

La rodeo con mi brazo, por la cadera, y ella a su vez hace lo mismo conmigo. Se apega a mí. Esto es felicidad. Sin embargo, como toda la vida, la felicidad es más fugaz que el respiro o un parpadeo, y alguien se acerca, así que nos tenemos que separar antes de vernos bajo miradas acusadoras de la gente que cree que esto no es normal ni válido en nuestra sociedad. Vamos camino al gimnasio. Ella seguirá su camino a casa y yo me quedaré ahí. Ella sabe que pronto voy a grabar una película y que tengo que estilizarme. Al parecer no le molesta, sin embargo, a mí no me gusta tocar el punto.

–Y… ¿cuándo comienzas la grabación?

Me privo un poco, incómodo.

–No sé bien aún, creo que están trabajando en el guion, esas cuestiones técnicas. Además, están tomándose su tiempo para que pueda haber un poco de avance en el gimnasio antes de ponernos a rodar.

–¿Estás emocionado? Digo, una oportunidad como esa no se tiene más que una vez en la vida.

–Estoy nervioso, sinceramente, sólo me emociona el dinero.

–¿Por qué solamente te interesa el dinero?

–Porque… pues así podré comprarte más cosas.

–¿Comprar cosas? El dinero no es la única forma de pagar, ¿sabes?

–Sí, ya sé. Gabo me dijo que para pagar su primera casa tuvo que… bueno…

–Puedes decir lo que sea, Adán, seguramente ya he escuchado lo que estás a punto de decirme. He escuchado mucho. Vamos en la misma escuela hipersexual.

–Sí, es que… no sé, perdón, no me siento muy cómodo diciendo ciertas palabras frente a ti. De alguna forma es como si… te quisiera proteger.

–¿Protegerme de qué? Suficiente protección siento contigo aquí, a mi lado. Además, ya te dije, ya he escuchado todas las cosas. Mi papá es frotista y exhibicionista, mi mamá es necrófila. Yo sé muy bien de todo eso.

–Pues no sé, te digo que por alguna razón no me siento a gusto diciendo esas cosas.

–No se puede endulzar la realidad, Adán, solamente es, con todo y sus desgracias. Solamente hay que decir las cosas y ya. No te mates pensando.

–Bueno, es sí… como sea, te decía entonces que Gabo me contó que para comprar su primera casa tuvo que ofrecer servicios orales a casi diez personas para que lo dejaran vivir ahí. Obvio, en esos tiempos todo era mucho más barato.

–¿En serio?

–Sí, en serio. Gabo nunca me ha mentido ni lo haría.

–Deberías presentarme a tu amigo, parece saber mucho. Además, hablas muy seguido de él.

–Sí, sabe mucho.

–¿A qué se dedica?

–Es maestro.

–Ah, ya, entiendo.

–Sí, soy su favorito pero es un poco extraño, si te he de decir la verdad, nunca ha tratado de hacer cosas conmigo, sexuales. Ha de tener a otros alumnos para eso. Conmigo sólo habla y contamos cosas. Además, prefiere a las niñas.

–Vaya, sí que es una amistad extraña, Adán.

–Un poco, pero igual y así me cae muy bien. Es muy buena onda.

Nos quedamos en silencio. No es algo incómodo y, al contrario, también es como si estuviéramos platicando, como si compartiéramos algo maravilloso entre ambos. Rozamos nuestros brazos, es como otro tipo de convivencia, además de que se siente electricidad al hacerlo. Es bonito.

–No quiero sea fin de semana –dice ella recargando su cabeza en mi hombro, ninguno de los dos dejamos de caminar.

–¿Por qué?

–Mis papás van a tener una fiesta de frotistas. Todos sus amigos están feos, creo que mis papás son los únicos de aquí que tienen amigos bien feos. Están gordos y están llenos de estrías y pelos enormes. Además, no hablan ni dicen nada, solamente se ponen vendas en los ojos y se frotan los unos a los otros hasta acabar empapados de sus fluidos y todo eso. Eso les gusta, a mí no. No me… inspiran nada.

–Bueno, es que hay muchas cosas de las que elegir, no es como que solamente nos deba gustar lo de nuestros padres, sería antinatural. Imagínate: de padres frotistas sólo nacerían frotistas. Mis papás son exhibicionistas, y yo lo soy un poco, pero no significa que sea por ellos. Es algo interno… creo. Se siente, no es que se elija tan a la ligera. Pero hablo por hablar, no lo comprendo muy bien.

–Yo tampoco, la verdad. Como los dioses –dice ella.

–¿No crees en los dioses?

–¿Crees tú que los dioses crean en nosotros? Yo creo que no, y por eso me cuesta creer en ellos. Y es que, no es tanto que no crea en los dioses, es que todos nos sentimos solos, y se supone que los dioses están ahí con nosotros, y no es cierto.

–Bueno, sólo recuerda el lema de la unidad, según esto todos estamos juntos.

–Lo sé, pero igual es raro, es extraño. Tú nada más fíjate en la cantidad de veces que tenemos que repetir el lema. Yo he contado hasta veinte veces en un día, en mi caso.

–¿En serio?

–Bueno, sí –dice ella casi apenada. Me gusta ella en todas sus formas, con todas sus emociones–, no tengo muchos amigos, puedo hacer cosas que parecen raras.

–Bueno, me tienes a mí –nos sonreímos mutuamente–. Me decías, pues, eso de que repetimos muchas veces la frase de la unidad.

–Sí. La verdad es que creo que lo hacemos como tontos como si nos quisiéramos convencer de algo que, de alguna u otra forma sabemos que no es cierto. Una especie de… ¿cómo dijo la maestra?… Conductismo. Nos repetimos mucho esa frase, en especial antes de una clase sexual, o de una actividad de ese tipo.

–Podría ser, sí, como tú dices. Si de verdad no nos sintiéramos solos, entonces no habría necesidad de estar repitiendo eso tantas veces.

–Sí, a fin de cuentas, pareciera que estamos solos, igual que dios, o los dioses.

–Sí, ellos también están solos en sus tronos de mierda –digo con cierto resentimiento hacia las figuras divinas, y la razón de esto la ignoro un poco.

–¿Sabes, Adán? Hablar contigo me sienta bien, me gusta mucho. Eres un poco diferente. Tú sí sabes escuchar para dialogar, comprender, no sólo para contestar algo sólo porque sí.

–Me gusta escucharte, Eva.

–Y a mí a ti, tu voz es bonita. Te ha cambiado un poco, ¿sabes? Es más masculina. No de hombre, pero es una mezcla bonita la tuya. ¿Habrá algo que no sea perfecto en ti?

–Creo que sí hay una cosa –le contesto.

–¿Qué? –me pregunta ella mirándome a los ojos.

–Estoy incompleto.

Noto que ella me ve con el ceño levemente fruncido.

–¿Cómo?

–Pues que a veces me faltas tú, por eso no estoy completo, y por eso no soy tan perfecto como dices.

Nos detenemos frente al gimnasio. Tiene ella los ojos ligeramente entornados, pero complacidos al mismo tiempo. Es como cuando sonreímos.

–Bueno, llegamos –dice.

–Llegamos –digo yo como para convencerme de que nos tenemos que separar, aterrizarme en la realidad pues todo es un sueño con ella.

–Hay que vernos otro día, pronto. ¿Te parece?

–Sí, me gustaría mucho –digo con un brinco en el corazón. El hecho de que ella me quiera ver a mí me gusta mucho, me emociona casi de sobremanera. Me imagino que estoy con mi sonrisa estúpida, y lo imagino porque no me puedo ver a mí mismo. Nos despedimos con un frugal beso en la mejilla. Ya no me lavaré la mejilla… no es cierto, qué asco, claro que lo haré.

Entro y me despojo de mi ropa con una erección ya. Sé que cuando empiece a hacer ejercicio se irá, pero por el momento la excitación me invade. No lo controlo.

Hay que cruzar la línea.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Cuerpos sudados, gestos de esfuerzo que son muy parecidos a los del placer, agarrotados todos y gozando del sufrimiento del ejercicio para obtener el cuerpo que muchos envidiarían, están los músculos torneados en cuerpos atléticos, fuertes brazos, algunos tan grandes como mi propio abdomen que no tiene nada de marcado, tengo panza de niño pequeño, lampiño aún. Veo abdómenes que parecen barras de chocolate cuadriculadas, cuádriceps bien rayados, piernas potentes y las de las mujeres sensuales y definidas, hay pezones apuntando a los lados, hombros que solamente los superhéroes pueden presumir. Hay pectorales danzando en contracciones, entrepiernas velludas y cuellos inyectados de venas saltadas y pieles enrojecidas. Veo senos que brincan, penes que campanean dormidos como meñiques de diferentes formas y colores, hay escrotos bien guangos. Todos estamos viéndonos los unos a los otros, algunos con admiración, otros con algo más. Yo me enfoco un poquito más en Rodrigo Morales, el niño al que penetré la otra vez que me pidió ayuda con su crema para la espalda. De vez en cuando, al vernos entre los dos, nuestros sexos se despiertan un poco pero no pasa a mayores, aunque nadie haría nada por evitar que entre los dos nos amásemos al momento. Algunos sonríen al notar que nos vemos con algo más que admiración, les parece la más inocente y tierna de las relaciones la nuestra. Les parece que estamos en un juego de niños, como debe de ser en la juventud y en los años de exploración y de agarrar gusto por algo socialmente aceptado por la sociedad.

Acabo mi rutina y le digo a mi entrenador, quien está explicando a una mujer de edad madura y muy bonita cómo hacer un ejercicio de glúteo. Tiene él su mano en la cintura de ella, y lejos de molestarle, ella parece hacer el ejercicio mal para que él siga ahí.

–Flexiona ligeramente la pierna… no, menos… no, un poco más… no, no, menos…

–Ya acabé, Octavio.

–¿Ya, campeón? –dice él volteando hacia mí. Veo su cuerpo rasurado y bien rayado, y a pesar de no estar erecto, su miembro aguado mide al menos unos veinte centímetros. Debe ser una bestia en erección. Además, no me imagino cuánto medía antes, más que nada considerando que se hacen pequeños cuando se inyectan esteroides y esas cosas que me han ofrecido pero que he rechazado–. Muy bien, pues, ya sabes, ve al baño y acaba bien con quien encuentres. Si no, tú solo.

–Está bien, Octavio. Te veo mañana.

Doy la media vuelta y siento cómo él me nalguea y estruja mi nalga derecha. Yo lo dejo hacer lo que guste.

Cansado y con las piernas temblándome ligeramente, voy cabizbajo viendo mi pene campaneando de un lado al otro. He visto a Rodrigo que también se va al baño así, y de repente brinca para verse a sí mismo. Es divertido, tiene su chiste. Entro a los baños y veo que no hay nadie en los vestidores. Saco mis cosas para bañarme y pienso que solamente me la jalaré rápido y me iré. Aún tengo tarea. Me siento y comienzo, y en eso, entra Rodrigo, que se me queda viendo un rato. Yo lo dejo mirar.

–Te mueves gracioso.

–Es que –le digo–, es la sensación. Casi sin querer.

Él también ha acabado, pero no hace ejercicio de peso como yo, él va a gimnasia.

–¿Ya acabaste? –me pregunta.

–Pues ando en eso –le digo.

–Me falta aquí también para relajarme… ¿puedo acabar contigo?

Confirmo con la cabeza. Me dejo el miembro y separo las piernas un poco, él se arrodilla ante mí, pone sus manos en mi cadera y se mete el pene en la boca al mismo tiempo que cierra los ojos. Al instante acabo de endurecerme y comienzo a respirar agitadamente. Veo que él disfruta de metérselo en la boca y sentir cómo crece de tamaño, y yo lo dejo hacerlo. Veo que él también respira agitadamente, quita una mano de mi cadera y se la lleva a su propio pene endurecido y se masturba. Veo cómo pasa su lengua por mis testículos, lo que me hace estremecerme, luego va al tronco y lo recorre lentamente con su delicada lengüita que parece un animalito asustado pero atrevido. Entonces se le queda viendo a mi pene, que late y late.

–¿Qué pasó? –le pregunto.

–Me gusta ver cómo salta.

Nos sonreímos, y con su sonrisa aún vuelve a comer su proteína, y esta vez mientras me mama, no deja de verme, y verlo ahí abajo, todo tierno como niño con una golosina, me excita muchísimo, así que lo tomo de sus mejillas y él deja que yo sienta mi pene duro a través de su cachete caliente.

–Bien hecho, Rodrigo, muy bien hecho. Cómete tu proteína, así, bien, para que te vuelvas fuerte. Porque te gusta, te gusta mucho.

Yo siento sus labios, su lengua, su calor.

–Eres mi paleta favorita –dice antes de volver a meterse mi pene en la boca. Yo lanzo una risotada. Entonces, una gimnasta de quince años entra con nosotros y nos dice.

–¡Oh!, sí hay alguien. Qué bueno, pensé que no. ¿Puedo acabar con ustedes?

–Pues sí pero no sé cómo hacerle. Rodrigo es oral, y yo genitalactivo.

–Yo sé qué hacer, yo soy frotista. Mira, tengo una idea –dice ella extendiendo una toalla en el suelo, se acuesta ella y sus pechos inflados se acomodan por la gravedad. Tiene pezones rosas y depilada su vagina, sólo tiene una línea, una rayita ahí–. Mira, tú, pequeño, pon tu cabeza aquí en mi vagina, sí, acuéstate, así, bien, y tú, Adán, ponte como si fueras a penetrarme pero ahí está la boca de tu amigo. Usarás mis pechos de almohada, ya sé que te gusta. Va a venir una amiga, y ella le gusta lamer culos, así que empina tu trasero. ¿Nunca te lo han hecho? Te va a fascinar. Ya llegó… Sí, Sofi, el culo que siempre quisiste lamer ahora es tuyo. Levanta tu cadera un poco más, Adán, así, deja que te separe las pompas, es para que ella haga mejor su trabajo, déjala disfrutar también ja, ja, ja. Le gustan mucho las heces a ella. Sofi, siéntate en la verguita del niño, que vea si no le gustaría también ser versátil, nunca lo ha hecho. Es pequeña, pero mira qué dura, nada más enderézala, quítale el prepucio para que sienta bien el niño. Si puedes métele el dedo en la cola, le encanta eso al morro. Eso Adán, eso, gózalo. ¿Te picaste el ojo con mi pezón? Ja, ja, ja, ten cuidado. Chúpalo, sí, como si fueras un bebé. Así… así… también tú, pequeño, mueve tu cabeza… te la voy a dejar empapada. Me gusta… a todos nos gusta… sí… ajá… sigamos que estamos para gozar. Debemos disfrutar bien ahorita que estamos jóvenes y podemos, que nuestros cuerpos están en la cumbre de la perfección, el epítome del gozo, eterno gozo, hagámoslo antes de que llegue la edad y nos destroce los cuerpos con la horrible vejez. Ay, sí, así, sigamos que el mundo se va a acabar, como si fuera nuestra última vez. Trata de meterle la lengua por el culo a Adán. Adán, deja tu cabeza aquí entre mis senos, ahí, sí, frota, frótame maldito campeón, ¡excítame, excítame he dicho! Ay, sí, voy a gemir como tu puta, niño, pero hazme sentir así, muérdeme, aaahhhh, más fuerte maldito, quiero sentir tus dientes… aahh, así es, muérdeme como me mordería un perro. Hazme tu perra. Debemos hacerlo ahorita que somos la fuente de la eterna juventud, pues cualquiera se siente joven con nosotros, porque nosotros somos el placer andante, el verdadero gozo. Somos la perfección y juntos somos insuperables. Te dije, Sofi, que aunque su pene es de niño pequeño su dureza lo recompensa. Sí… así… debemos aprovechar al máximo de nosotros mismos antes de dejar de ser jóvenes… ¡Muérdeme el pezón!

Ella sigue hablando entre gemidos. Yo estoy de rodillas con mis nalgas hacia arriba y la lengua de la tal Sofi me hace sentir oleadas de placer que van desde mi ano hasta todo mi cuerpo, tiemblo descontrolado. No me había sentido tan expuesto, y es eso justamente lo que me hace sentir un fuerte placer innombrable. Yo penetro a Rodrigo en su boca, y él gime, porque sabe que ya mero me vengo, y esa es su parte favorita: el centro chicloso de la paleta. La otra me limpia bien el ano y me pide que me eche un pedo y ella se lo fuma con un gemido de gozo. Me imagino mis nalgas arriba como burbujas a punto de explotar en cualquier momento. La que nos organizó gime a gritos y siento su cuerpo estremecerse, luego la de atrás, la que me lame, también se viene gracias al pequeño Rodrigo, gime en mi ano, no me deja de estimular, y yo ya no puedo, así que suelto todo mi semen que es un geiser que inunda la boca de Rodrigo y él se lo traga todo. Mi cuerpo en el placer tiembla ridículamente, pero eso le encanta a Rodrigo, y me agarra de las nalgas sólo para sentir mis estremecidas caderas, mis temblores de placer. Ellas se van porque ya se vinieron, pero Rodrigo no ha acabado, lo veo en su pene que late aún, así que primero lo beso en la boca y siento mi propio semen salado en la boca, y luego me bajo hacia su pene y al instante se viene. Yo lo veo y su rostro es de un placer indescriptible, algo como si fuera dolor, pero no, porque le gusta, y gime mucho, y eso me gusta mucho a mí. Se viene enseguida, me guardo el semen en la boca y lo beso y nos lo tragamos con los labios unidos.

–Gracias –me dice mientras yo me recuesto un rato sobre su cuerpo.

–No hay de qué, te la debía.

–Posiblemente salga a la plaza un día de estos. ¿Quieres ir?

–Sí, claro, me gustaría mucho. Me dices cuando y nos vamos.

–Genial, ya estás. Vamos a bañarnos juntos.

–Vale, vamos.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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