Desnúdame: capítulo octavo

Me dijo Rodrigo que nos viéramos en Antena, la plaza más grande de Querétaro, y que de ahí nos iríamos a una fiesta, a su casa, pues su hermano organizaría algo. Tengo entendido que su hermano es un oral, así que tal vez sea de familia. En la plaza ya está el nuevo cuerpo de seguridad que La Hermandad ha creado. Cuando se dio la noticia sobre la droga, la tan llamada Musa que cobró una popularidad casi ridícula, comenzaron, tal como me dijo Gabo, las manifestaciones. No ha salido mucho en las noticias, y necesito hablar con él, pero no lo he visto, ha estado muy ocupado, eso es lo que me ha dicho. Esperaré. No creo que les vaya a ir muy bien, tengo entendido que en el centro de la ciudad apenas y se juntaron cien personas. Eso no es nada. El nuevo cuerpo de seguridad son hombres y mujeres vestidos de blanco, les llaman Halcones Blancos, y su traje es impecable y nunca se ensucia, y en la mano izquierda siempre llevan un guante igual de blanco que sus trajes. Llevan lentes y todos lucen iguales: muy atléticos y serios. Les llaman robots los que gustan burlarse de todo. No creo que sean robots, se ven muy reales. La cosa es que son un cuerpo de seguridad que, al momento de haber problemas, entran en acción con sus movimientos espectaculares de artes marciales, y llevan a los culpables directo a los CERESEX, que ahora están a manos de La Hermandad. Usan la droga en terapia de normalización de la conducta con una eficacia del cien por ciento. No tengo idea de cómo sea, pero es cuestión de semanas, dos, en la mayoría, para que el sujeto problema se reinserte en la sociedad como un elemento activo y agradable. Dos semanas. La reinserción funciona. Igual, no le tomo gran importancia, a pesar de mis sentimientos ocultos, todos me creen un genitalactivo versátil exhibicionista bisexual. Así lo pondré en mi currículum. La cosa es que nos veríamos un rato en la plaza y de aquí nos vamos a la fiesta. A Rodrigo no le molestó en lo más mínimo la idea de invitar a Eva. Su familia es de esas que educan a sus niños en la libertad de la plurigamia, y hasta la hacen forzada. Para ellos, entre más parejas sexuales esporádicas o constantes tenga uno, es mejor, pues eso quiere decir que uno aprende más y de las experiencias más variadas. Rodrigo me contó una vez que antes de que yo me volviera su primera pareja sexual ligeramente constante, ya había tenido cuatro, todos mayores de edad, incluyendo a su hermano mayor. Me agrada él, no le molesta nada, y es muy flexible a las ideas diferentes. Además, no le desagradó aquella gimnasta que dejó penetrarse. Descubrió, me dijo, que tal vez se declararía versátil pues descubrió el placer ser el activo en el sexo. Bien por ti, le dije ese día.

Quedé de verme un poco más temprano con Eva para tener un rato a solas y platicar con ella, pues es lo que más me gusta hacer, antes de la llegada de Rodrigo. Ya llevamos casi una hora platicando, me gusta caminar con ella, y a ella le gusta caminar, así que los dos ganamos. Parecemos la pareja ideal, el único problema es que ella es niña y yo niño. Y eso no está bien.

–¿A qué hora dijiste que llegaría tu… pareja?

–No es mi pareja, es un amigo.

–Bueno, ¿a qué hora llegará tu amigo?

–Pues no ha de tardar. Acuérdate que hay manifestaciones a cada rato y entorpecen el tránsito.

–Pues qué raro –dice ella–, o llegamos muy temprano o él de verdad llega muy tarde… la manifestación ha de ser enorme. Y nunca pasan de cien personas.

–Pues creo que llegará tarde por eso –contesto distraído. Veo que ella desvía la mirada a otro lado, al contrario de donde yo estoy, pero sonríe, es como quien atrapa a alguien en una jugada tramposa.

–¿Puedo decirte algo?

–Sí, lo que sea –digo sin pensarlo.

–Pero… no, mejor no.

–¡Anda! Ya no me puedes dejar así sin saber.

–Me da pena.

–No te preocupes, Eva. Puedes decirme lo que quieras.

–Bueno, pero que sea nuestro secreto.

Caminamos entre los escaparates llenos de lencería provocadora, entre estatuas humanas. Hombres y mujeres de cuerpos deseables están tras el cristal transparente que pareciera no existir, luciendo el último grito de la moda de la excitación sexual, y ellos se quedan horas y horas, estáticos sin más finalidad que la de mostrar las tendencias más provocadoras y creativas y hasta coloridas. No es raro ver a alguien dándose un poco de gusto ante esos cuerpos estructurales que van desde los más pequeños, niños menores de edad como yo o Rodrigo o Eva, hasta ancianos poco deseables. Pero siempre hay un roto para un descocido. Los más atrevidos y liberales se bajan o hasta quitan los pantalones y ahí están metiéndose una mano en la vagina, hasta el puño entero, los hombres meneándose sus rabos, y otros menéandose y autopenetrándose. Mientras hay los más discretos que solamente se meten la mano en el pantalón y sólo retuercen sus cuerpos. Yo acabo de ver a una niña que parecía llorar, pero estaba gimiendo. También vi a un par de gemelos, cada uno con la mano en el pantalón del otro viendo a una mujer de pechos enormes. Sus papás les tomaban fotos para subirlas a redes sociales, orgullosos de sus hijos. Es común ver los rostros enrojecidos, manchas en los pantalones, senos y penes de venas saltadas. Siempre hay alguien limpiando las secreciones que deciden dejar en los cristales de los aparadores como una especie de tributo a quienes deciden mostrar sus cuerpos. Y no llevan instrumentos de limpieza: los que mantienen todo impecable lo hacen con su lengua y tragan los líquidos fríos y muertos.

–Sólo si me juras una cosa –me dice ella tomándome de las dos manos, mirándome fijamente. Confirmo con la cabeza–: no le dirás a nadie.

–No lo haré, Eva. Te lo juro.

–Es que pareciera que vinimos antes, que quedaste conmigo antes solamente para estar a solas un rato.

Me quedo callado. ¿Qué decirle? Eso no está bien, que un niño y una niña anden y se vean solamente para pasar el rato. Dos como nosotros es considerado algo monstruoso, enfermizo. No sé si me acusará si descubre que me encanta. La cosa es que su mirada es diferente, está ilusionada, como si ella esperara que le dijera que sí, que eso desea ella también: tener tiempos a solas conmigo. Es su deseo que le diga que es cierto, que sólo la quiero a ella.

–¡No!, ¿cómo crees? Rodrigo va a llegar tarde, es todo…

Su sonrisa se desvanece y sus ojos dejan de brillar.

–Oh… entiendo.

Y ahora es la primera vez que hay un silencio incómodo entre nosotros dos.

–Vamos a Playtime, ya nos debe estar esperando –digo sin emoción, casi apenado. La cagué.

–Sí, vamos… –dice desganada.

Playtime es el más grande y famoso negocio de atracciones lúdico-sexuales. Las parafilias de todo tipo se encuentran ahí a un módico precio para el que quiere pasar un buen rato, y los parafílicos que buscan una liberación de sus pulsiones entran gratis si dejan que la gente juegue con sus cuerpos, que los hagan sentir placeres. Las atracciones se basan en los desesperados, se aprovechan de ellos, y esto asegura el éxito a la empresa. En la entrada hay uno de los juegos: cuatro postes que forman un rectángulo, en cada poste, en la parte superior, surge una cuerda que en el extremo tiene un grillete que tiene luces de colores fosforescentes. Hay una mujer de edad avanzada, con la piel alicaída y canosa ella al igual que su vello púbico blanco que nunca se rasura, blanda ya. Desnuda está, y amarrada de sus cuatro extremidades a cada poste, ella flota a medio metro del suelo boca abajo. Sus pezones son muy largos y parecen tallos de flores marchitas, su vello púbico está empapado de líquido viscoso que ella genera por la excitación, y apunta abajo como estalactitas. Sus senos son como bolsas que tenían agua y están casi vacíos. Su sexo es una telaraña. Ella lo goza. En conjunto, su cuerpo es como un caracol sin hogar. Me da asco, frunzo en entrecejo. En los postes hay diferentes instrumentos de tortura: látigos, mazos, martillos, pinzas, varas, guantes, hebillas. El que gusta paga y golpea, infringe algún daño a la mujer, y a ella le gusta. Justo ahora hay una niña metiéndole tachuelas en el ano nauseabundo de la anciana, que gotea sangre. Ella, la vieja, se muerde el labio inferior en un placer de dolor.

–¡Adán!

Es Rodrigo. Nos saludamos estrechando nuestras manos.

–Hola, Rodri. Mira, ella es Eva. Eva, él es Rodrigo, mi amigo.

Se saludan.

–Vamos adentro, un rato, y de aquí nos vamos –dice él con emoción. Confirmo con la cabeza. Se ve su pequeño bulto a través de su short, que es demasiado corto, me doy cuenta. Casi a nivel de donde acaban sus nalgas. No lleva calzones, por eso se ve su pequeño miembro apuntando a un lado. De hecho, casi nadie usa ropa interior.

Entramos. Parece esto un antro, una realidad diferente, como sumergirse bajo el agua: hay luces fosforescentes por todos lados parpadeando, la música es estruendosa y con un ritmo parecido al de un corazón bombeando en plena excitación. Hay gente de todo tipo, toda edad, multicolor, diferentes formas, tamaños, olores; los hay vestidos, los hay semidesnudos, los hay en lencería, calzones, los hay totalmente desnudos; los hay solos, en parejas, en grupos; los hay de edades parecidas, niños con niños, niñas con niñas, mayores con menores, ancianos con maduros, maduros con maduros; con senos enormes, senos alicaídos, senos paraditos; los hay erectos, los hay relajados, los hay eyaculando, los hay con líquido preseminal; los hay que se tocan, los hay que se besan, que se penetran, que se frotan, que se maman, que se golpean, que se cargan; los hay en el suelo, sobre sillas, sobre mesas, sobre los juegos; los hay con los ojos fijos, con los ojos blancos en el paroxismo del placer, llorando, riendo; pero todos, todos gozando.

Eva luce distanciada, casi conmocionada, con miedo; lleva los brazos cruzados por lo bajo, como queriendo protegerse. Y todo ha sido mi culpa.

–Este lugar es genial –dice el más pequeño de los tres que por ahora es el guía, camina frente a nosotros, emocionado. Yo me fijo en su trasero apenas protegido por su short. Es el malestar lo que me hace querer apretarlo y morderlo–. Aquí es el placer del cuerpo al alcance de todos. ¿Saben qué me dijo mi hermano mayor, hace tiempo, una vez que le chupaba su monstruo? Es que la tiene tan grande que apenas y puedo meterme el glande a la boca. Como sea, aquí es el sueño de todo, pues todo se cumple: unos dan, unos reciben, unos dan y reciben al mismo tiempo. Como esa niña, mira cómo le mete la mano a su mamá mientras su papá le da por atrás. Eso es amor familiar. Bueno, me dijo mi hermano que antes era una pesadilla, y hablamos de unos veinte años en el pasado, veinte o treinta, este tipo de libertad era un delito, estaba prohibido. ¿Se imaginan eso, la prohibición de nuestras pulsiones sanas y sensatas? Según él, por ejemplo, poner fotos de uno desnudo era delito. ¡Qué estupidez! Si le gusto a mi maestro, y él quiere contemplarme porque el cuerpo juvenil es sinónimo de belleza y atracción, y yo le mandaba mi foto, a él lo metían a la cárcel y yo tenía problemas y me mandaban con un psicólogo educado a la antigua. Los psicólogos de antes tenían la responsabilidad de privarnos de nuestras pulsiones, de ser pervertidos. Claro, eso antes era lo normal. Qué horror. O sea, yo estoy orgulloso de mi cuerpo, y es mi decisión compartirlo con quien me enseña a dar y recibir placer. Si a mi maestro le gusta mi cuerpo, pues al menos una foto para que él goce también. O ella, también las maestras quieren nuestros cuerpos. Por suerte evolucionamos y maduramos y ahora sabemos que el placer se obtiene como sea, y está bien, es válido, y nos evitamos inseguridad, crisis económicas, la mendicidad está en ceros prácticamente, y todos vivimos felices. Vivimos felices, no hay guerras porque nuestras pulsiones están satisfechas. Me lo dijo mi hermano porque estas personas que se están manifestando lo hacen porque no se satisfacen sexualmente, se privan del placer, las estúpidas, diciendo que según la energía puede ser usada de forma diferente. Yo prefiero que mi hermano me eyacule en la cara a que él se moleste por no poder hacerlo. Es normal, es lo que hace la familia: enseñarnos a dar placer a los demás. Es la única finalidad de la familia: ayudarnos a adaptarnos a la sociedad. Además, a mí me encanta cuando me bajo mis pantalones y un adulto me ve, sea hombre o mujer, su rostro de deseo es el de la felicidad pura, y eso es muy bonito, porque cuando crezca, quiero que los niños hagan lo mismo conmigo… ¡Miren, glory holes!

Es una pared con agujeros a diferentes alturas, y en todos, vergas de todo tipo se asoman, latentes, erectas, y ahí ofrecidas para el que quiera.

–Ahorita vengo –dice Rodrigo.

Vemos cómo el niño va a una verga regordeta y corta con líquido preseminal goteando y pelos grisáceos. No tiene mucha firmeza. Es su servicio social, una vez me dijo, ayudar a los que ya se van a morir a sentir sus últimos placeres de la vida. Le pasa la lengua para que se pare bien, se baja el short, ve cómo se hincha bien la verga asomándose por la pared, y se la introduce analmente. Comienza a sudar Rodrigo, y un señor regordete le toma fotos con su celular.

Veo a mi derecha: es un boliche. Los pinos tienen forma fálica, y al ser derrumbados, expelen un líquido blanco, espeso y baboso. A mi izquierda está el basquetbol: mujeres en tarimas con las piernas abiertas y las vaginas al descubierto en las que les lanzan desde pelotas hasta dardos afilados que las hacen sangrar y gemir a gritos. Los sados están aquí, con sus estoperoles por todos lados y sus greñas puntiagudas.

Eva voltea a los juegos de acción: una pantalla que muestra esporádicos anos y vaginas en medio de un fondo ilusorio, de ilusión óptica, y el objetivo es disparar semen con unas armas fálicas a las que se le tiene que meter un dedo por el ano y así se dispara. Hay que tener buenos reflejos y apuntar muy bien.

Luego están los de baile: es una pantalla que lanza infrarrojos que emulan cada movimiento del cuerpo de quien sea en la pantalla, en la que hay un hombre, mujer, o animal, dependiendo de lo que guste, en medio de una excitación extrema, y lo que hay que hacer es colocar el cuerpo de la mejor manera para que la imagen virtual se venga sobre uno, dentro de uno, y dependiendo del nivel de dificultad, uno se tiene que mover y hasta adoptar formas imposibles. Se puede jugar individualmente o en equipo. Es raro: el que juega no siente nada en realidad. Todo está reducido a imágenes ridículas.

Vemos que Rodrigo se sube el short, pero no ha perdido su erección, suda, y su cara es de estúpida excitación.

–¿No van a jugar nada?

–No –digo con desgano.

–Yo no he acabado, me guardo para al rato y por si veo algo mejor por aquí –me dice posando su mano en mi miembro dormido. Eva nos ve con asco y dice:

–Creo que mejor me voy…

–¡No, espera! –digo–, un rato más.

–No me gusta aquí.

–Ni a mí –admito.

–Entonces, ¿qué hacemos aquí?

–Mira –le digo–, un rato más y nos vamos. Le decimos que te sientes mal del estómago y quieres que te acompañe.

–Adán…

–¡Ya sé! Le decimos que me anda del baño, y a ti también, y nos vamos al baño, pero nos fugamos.

Ella por fin sonríe, aunque sin convencimiento.

–Creo que tú y él tienen historia. Sería mejor que ustedes disfruten un rato.

–Prefiero estar contigo… Ándale.

Ella no luce segura, pero al final dice:

–Un rato y nos vamos.

La abrazaría, pero me controlo

–Como les decía –continúa Rodrigo mientras camina con la mano dentro de su short–, antes, me decía mi hermano, estábamos sujetos a las reglas. No éramos libres. Todo era acatar normas y privarnos de hacer lo que queremos, lo que nuestro cuerpo por naturaleza mandaba. Estábamos privados de desear. ¿Se imaginan vivir en un lugar así, infeliz? Ja, ja, ja. El impulso es sagrado, y es justo lo que nos vuelve humanos. Negarlo sería negar nuestra naturaleza hermosa, sería estar estúpidos negar nuestros placeres más primarios.

Nos dirigimos al toro mecánico. Por el momento está vacío. Es el juego más difícil, tal vez, pues consiste en tomar a cualquiera por sorpresa y someterla a hacer algo que no quiere, y como generalmente todos están dispuestos a todo, no es fácil llevar a cabo o hacer algo en ese juego. Cuando se logra, mucha gente se junta. Cuando caminamos por ahí, un hombre de enorme panza peluda, de esas panzas generadas por el consumo excesivo de alcohol, y con senos implantados, igual de peludos, camina al lado de nosotros. Lleva una diminuta tanga que apenas cubre su microscópico miembro.

–La belleza, la verdadera libertad está en la sangre que se acumula en el sexo excitado –finaliza Rodrigo mientras se quita el short y se empieza a masturbar viendo a unos en el área de baile tratando de complacer a un burro virtual.

La amordaza.

Ella grita.

No sé qué pensar.

–¡No, espera!

–¡Adán!

Se nos quedan viendo. El hombre con tetas, el panzón, nos observa. La música se detiene. El juego del toro mecánico ha comenzado. ¿Por qué se detiene la música? No debería. Parece cosa planeada, como para acentuar mi propio malestar, como si se tratara de un libro mal escrito. Las miradas se clavan en mí y comienzo a sudar. Lagrimeo mientras me juzgan. Eva se trata de liberar y llama mi nombre lastimeramente.

–¿Están juntos tú y la niña? –Pregunta el hombre gordo.

Silencio.

–¡Sí! –Grita Eva a todo pulmón.

–¿Eres un pervertido? –Pregunta Rodrigo acusatorio, con su pene erecto apuntándome a mí como si fuera un dedo. Luce sorprendido y hasta herido.

Pervertido.

Enfermo.

Cerdo.

Me observan, empalidezco. Temo. Tiemblo.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Tanteo, tiento, busco, me tomo con una nalga caliente, esponjosa y rosada, la de Rodrigo. La aprieto y luego busco meterle mi dedo.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Digo:

–No… yo vengo con él, él es mi pareja. Soy normal, como todos.

No observo a Eva. Me doy pena, asco, lástima.

Horror es el rostro de Eva.

Miedo de mí, miedo en mí.

Complacido, Rodrigo me baja los pantalones. Mi cuerpo responde ajeno a mi pesar.

Cruzo la línea.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Me arrodillo porque Rodrigo me obliga, se pone a cuatro y se penetra con mi miembro. Yo no pienso. Estoy en blanco. Veo cómo Eva es poseída por el hombre gordo. Ella llora y grita. La ofenden por no estar dispuesta a dar placer a alguien más. Veo cómo lagrimea ella, y a su vez, yo lagrimeo adentro de Rodrigo.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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