¿Qué recuerdo?

Nada. No sé si recordar, además, me convenga. Recordar es partirse a uno mismo en pedazos y conservar los extractos más culposos, y si son gozosos, se vuelven, en consecuencia obvia, de culpa y dolor, porque esos momentos ya no son presente.

Veo los mensajes.

Incluso así sigo sin recordar bien. En mi mente confusa solamente hay partes, una especie de rompecabezas que trato de hacer en mi cerebro sin que me produzca una sensación de asco. Mejor procedo a ver en internet, ahí siempre puede encontrar uno todo, incluso los videos que hay de uno mismo. La cantidad de videos que hay es incontable. Más del noventa por ciento del contenido de la red es pornografía. Toda legal, descargable, en alta definición, algunas con opción de tercera dimensión, adaptables a cualquier dispositivo, con subtítulos tanto para débiles mentales como para gente de otros países y unos, los más profesionales, con el contacto de los actores en caso de que ellos quieran. Solamente si ellos quieren ser buscados pueden dar esa opción. Claro que cualquiera, si sabe manejar bien las redes y el internet, puede obtener el contacto de cualquier persona de los videos de internet. Que, en realidad, es toda la gente. Todos estamos grabados. Antes había un mito, algo llamado la deep web, que era la parte ilegal. Venta de armas, pornografía infantil, trata de blancas, transacciones multimillonarias. Sin embargo, desde que se comenzó a aceptar el cuerpo como opción de pago, incluso contra las consideraciones más negativas de la reducción del poder del dinero e incluso una inicial devaluación universal; la economía, en realidad, tuvo un revuelo, se disparó y se reactivó de forma comparada con el rescate que antes hacían con las guerras. Hoy en día no hay guerras, porque todos estamos relajados, muy relajados. Entonces todo el contenido de la deep web se hizo legal, la red internet se unificó toda y ya no hubo posibilidad de delitos mayores de los que antes había, porque al ser el sexo en todas sus formas legal, no había necesidad de secuestro ni de forzar a quien no quisiera hacerlo. Al inicio, obvio no fue aceptado y hubo resistencia, pero nadie, nadie puede negarse por mucho tiempo a los placeres de la carne.

Entonces, si uno quiere buscar sus videos, La Hermandad ha inventado un sistema de algoritmos de uso eficaz y a prueba de tontos. Uno usa la cámara del celular o la computadora o la tableta, es escaneado, y los videos van apareciendo poco a poco en la pantalla. De algo habría de servir la alta definición y las bases de datos extensísimas de La Hermandad. Entre más videos tenga uno en la red, más popular se es, más reconocido y, obvio, en la búsqueda aparece más rápidamente. Yo veo que hay unos trescientos míos. No son diferentes, lo que pasa es que luego suben a la red el mismo pero con música distinta, diferentes ángulos, incluso algunos doblan las voces. He visto algunos donde tengo voz de niña, tipo caricatura oriental. El más reciente aparece hasta arriba. Estoy yo amarrado a una cruz de cuero de las manos y los pies, hay una escalera donde una mujer está y su vagina directamente a mi boca, y dos muchachas están relamiéndome el pene que se me ve erecto. Parece que luchan por mí. Me sorprende que no me hayan mordido. No recuerdo nada de eso, nada. Debí estar muy borracho, no recuerdo haber consumido alguna droga, pero por cómo me sentía, no debería sorprenderme. Traicioné a Eva, ella contaba conmigo y yo la dejé sola. Debo corregir eso, no sé cómo lo haré, pero debo hacerlo lo antes posible. Tal vez hoy sí la vea en la escuela, y es que es escurridiza, se la ha pasado escondiéndose de mí, seguramente. Y no la culpo.

En algún momento de mi vacío mental mensajeé a Gabriel, puras barbaridades, imposible me es hasta a mí tratar de traducir eso. Me dijo que me llevaría a un lugar después de la escuela, y de ahí a su casa, a ver películas, fumar y embriagarnos hasta quedarnos dormidos. Esas pijamadas sí me gustan. Claro que su respuesta me cae como la gloria eterna. De verdad necesito a mi amigo a mi lado. Además, él siempre me ayuda. El libro que me dio, por ejemplo, supongo que sabía lo que me causaría, cómo me haría sentir, pero por momentos no podía hacer otra cosa que no fuera leer lo que pasaba con esa pobre gente enferma de ceguera. Es algo totalmente imposible, algo que yo nunca pensé que a alguien se le ocurriría, pero a este escritor Saramango… no, perdón, Saramago; lo hizo, y de forma magistral. De verdad, increíble que alguien tenga la imaginación para dilucidar esas cosas, y más para pasarlas a las letras. Yo no tendría jamás esa habilidad.

Sin embargo, debo de dejar eso un poco de lado, porque hay otra cosa de la que preocuparme, y es que hoy, viernes, hay examen oral en la escuela. Afuera del aula nos piden desnudarnos y unas enfermeras nos miden de distintas partes del cuerpo, así como nuestros miembros en erección en caso de los hombres, y los senos y las caderas en caso de las mujeres. Siempre hay constantes chequeos para descubrir la evolución corporal de todos, así como para evitar posibles problemas, lunares indeseables, cosas por el estilo. Nos tenemos que poner de pie, separar las piernas, mientras las enfermeras usan lupas y lentes de aumento, luego nos tenemos que agachar para ellos ver todos nuestros orificios, incluso hay unos que nos exploran prostáticamente y a las mujeres vaginalmente. Ningún detalle, por más mínimo que sea, se les va desapercibido. Ya todos desnudos, nos hacen pasar al aula, donde están los diferentes sujetos que nos calificarán, que son mujeres y hombres de preparatoria. Todos están desnudos de la cintura para abajo, están frente a una mesa con un formato de diferentes habilidades que se supone hemos desarrollado, y depende de tu suerte te toca con hombre o con mujer. Uno, el que va a hacer el examen, se tiene que colocar debajo de la mesa, sentados en mariposa, para hacer gozar oralmente a quien nos califica. No podemos acercar las manos a la zona púbica, solamente la boca es permitida ahí. Por obvias razones, son siempre los orales los que tienen mejores calificaciones, pero no importa que seas genitalactivo ni anal, todos debemos tener las habilidades suficientes para dar placer de la forma que sea a quien sea, solamente así se logra la unidad. Por obvias razones tampoco importan tus preferencias de hombre o mujer, ni qué tipo de hombre o mujer te gustan más. A mí me toca una muchacha de piernas muy flacas y con un sexo que en su vida se ha rasurado. Me da un poco de asco pero el examen es el examen, y nos preparan para la vida, para todo lo que nos podamos encontrar en la vida. A todo hay que saberle mover uno. Tiene un sabor extraño, así como su olor, sin que lo pueda comparar con otro a lo que yo describiría como olor a sexo. Se moja en seguida, sin embargo, y gotas de su vagina caen en mi verga directamente que yo uso complacido para masturbarme a mí mismo. Digamos que es lubricante gratis. Ambos salimos ganando. Tendré buena calificación, eso lo sé, porque ella gime, de hecho, es la que más gime de todas, y se retuerce, dobla las piernas, por momentos me aprieta la cabeza limitando mi campo de acción, pero lo hace porque le gusta, lo goza, de verdad está disfrutando mi lengua. Yo sólo hago el alfabeto una y otra vez, de repente meto más la lengua, siento la boca y la nariz húmedas también, busco su punto g para hacerla temblar de placer, es como una pistola, su cuerpo entero vibra y tiembla como el terremoto sacude la ciudad. Hay momentos que casi tira la mesa de tan intenso que es su placer, de tan explosivo, de tan bien recibido.

Al acabar el examen salimos al recreo. Algunos se quedan desnudos, los otros hay que van directamente al baño a seguir gozando, hay otros a los que ya esperaban y entran casi como animales en celo. Se organizan bacanales cada vez que hay examen oral. Yo sí me visto, no es ocasión para estar desnudo, digo, ya me han visto todos en videos, y todos nos hemos visto entre todos, pero no me apetece estar desnudo por ahora. También ha de ser que me masturbé. Voy en busca de Eva, pero una vez más, no la encuentro por ningún lado. Tal vez ella no vino, o tal vez ella ya me vio a mí pero no apetece de estar conmigo, ni de hablarme, de estar en mi presencia, y no la culpo, la verdad. Fui un verdadero monstruo. Cosa que me llama la atención, que yo me diga monstruo, pero no se compara para nada como cuando alguien más me lo dice. Eso es mucho más doloroso. ¡Maldita sea! ¿Dónde estará? No está por ningún lado, y sus amigas dicen que no la han visto, tal vez me mienten, pero no deberían, en realidad el haber dejado que la poseyeran en el toro mecánico es normal. Todos estamos para complacer al prójimo. ¿Qué estará pasando por su cabeza? Y ese es otro problema con las mujeres, es imposible saber lo que por su cabeza pasa, lo que hay en su mente, porque cada una es un mundo entero. Los hombres todos pensamos parecido, pero ellas no, cada una es tan distinta como lo es cada grano de arena en el mundo. Me imagino a las mujeres como una moneda en el aire, girando, y uno debe tratar de adivinar si va a caer águila o sol, pero siempre caen y siguen girando y girando, nunca es posible saber lo que hay en su mente.

­­­­­–¡Mira! –indica un niño a otro con una emoción encerrada. Vemos Halcones Blancos ir hacia los edificios. Es la guardia de La Hermandad, pero ¿qué hacen en la escuela? No los habíamos visto jamás ahí. Van vestidos con sus trajes blancos impecables, corren como lo harían los atletas olímpicos, no parecen cansarse ni respirar, aunque eso es imposible. Van todos los agentes con sus lentes de armazón grueso negro, son lentes transparentes, son dispositivos que no están a la venta del público en general, pues según son de alta tecnología, conectados a la gran base de datos de La Hermandad, y esos lentes escanean al instante a todos los que ven los agentes, dan información de los edificios, posibles puertas de escape para sus víctimas. Dan toda la información necesaria a los agentes, toda la que necesitan, y al instante. Entonces, escuchamos cristales romperse, una mesa cae desde el tercer piso, algunas alumnas gritan, unos pocos son alcanzados por los cristales y la mesa golpea a un niño, uno que va en mi salón, es un flaco con lentes de fondo de botella. No se levanta. Es el profesor de ética sexual, es nuevo, antes daba clases en tercero de primaria, lo movieron para acá porque no daba los frutos deseados. Un caso parecido al de Gabo. Entonces, desde arriba, en el marco de la ventana que él rompió, grita:

–¡Hijos de puta! ¡Son todos unos malditos enfermos! ¡La heterosexualidad es normal también! ¡Los niños no deben ser obligados al sexo hasta no tener la edad suficiente!

Pasmo general, hay susurros y vocecillas, de esas que todos hacemos cuando alguien dice algo que no debía, cuando alguien habla en el momento menos indicado, menos apropiado. Entonces el maestro se lanza por la ventana. Su cabeza explota como si fuera un globo lleno de sangre. Muere. Los Halcones Blancos toman el control rápidamente, la situación es de ellos. Yo quería llamar a Gabo, pero no hay señal, y me pregunto si así será con todos los celulares. Cierran la escuela. Es un estado de sitio en pequeño.

La escuela se llena de más agentes de La Hermandad, llevan cubículos, nuevos instrumentos de interrogación. Principalmente entran maestros y hasta el director es llevado. Todos entran nerviosos y salen empapados de sudor, agotados, temblando y temerosos. Pálidos.

Es cuando veo a aquel hombre, ya había escuchado de él en las noticias, y mi papá celebró mucho su llegada. Viene de fuera. Lo conocen como “el Detective”. Su verdadero nombre es Pedro Páramo, o algo así, aunque eso suena de novela, nada apropiado para el señor. Al menos no en este contexto, no es propio de aquí. Es mundialmente reconocido por haber resuelto un caso de asesinatos que cimbró al mundo entero por las consecuencias nefastas y de ensueño que estaban teniendo, aunque en realidad ya casi nadie se acuerda de eso. Es un hombre de estatura mediana y complexión gruesa, es fuerte, con un mentón pronunciado, tiene arrugas en el rostro pero lejos de hacerlo ver más débil o avejentado, lo hacen ver como alguien con experiencia, es duro, su semblante es rudo, seco, alguien que no se anda con juegos ni rodeos. Tiene cabello semicanoso y barba igual, recortada, bien cerrada. No luce vikingo, pero si se la dejara crecer, tal vez daría el veinte. Su mirada es penetrante, mucho, es como tener un gran peso sobre los hombros. Es quien dirige a los Halcones Blancos y, sin embargo, no va vestido como ellos: lleva pantalón de mezclilla, camisa desfajada y tenis. No lleva tampoco los lentes. Tiene un fuerte aire de liderazgo, te genera temor, mucho temor.

Yo estoy con mi mochila, llevamos una hora ya después de la que debía ser la de salida, y apenas están dejando entrar a los papás por sus hijos. Los que se pueden ir solos ya se retiran. Yo espero a Gabito. Estoy algo distraído. No puedo sacar mi libro, obviamente, no aquí. Entonces siento ese peso sobre los hombros, en de su mirada, y volteo a verlo. No sabía que me veía, pero sentí su mirada, por imposible que parezca. Dice algo y un Halcón Blanco camina decido hacia mí. Pareciera ser un autómata, como si ese andar fuera algo programado. Es maquinal en su totalidad.

–Joven Adán, venga por favor –su voz es humana, pero suena como sonaría un robot: sin emoción alguna.

Me levanto pesado y ando. Siento que todos me ven, pero sus miradas no me importan: la difícil de sostener, la imposible de resistir es la del detective. Conforme me acerco a él, empequeñezco, me siento más y más minúsculo.

–Hola, Adán… ¿cigarro? –saca una cigarrera de metal. Acepto. Él lo enciende con su encendedor de metal también con un grabado de labios femeninos.

–Gracias –digo casi sin voz para luego sacar el humo.

–¿Cómo estás?

Su voz es ligeramente rasposa y profunda, la de un verdadero hombre de acción. Un macho de ensueño.

–Bien, gracias.

–No te sientas nervioso. Lo estás.

–¿Cómo lo sabe? –pregunto yo con mi tono de voz agudo, sé que así me pongo cuando estoy nervioso o cuando estoy con alguien que respeto.

–Porque los que me conocen o los que hablan conmigo así se ponen: nerviosos. Me conoces… ¿o no?

–Sí. Usted es el Detective.

–Bien ahí –fuma–. Te conozco, Adán, tu popularidad ha crecido particularmente. Es desagradable, sin embargo, no me imaginaría a alguien como tú haciendo lo que haces. Luces como si fueras diferente.

No sé si es un ataque o simplemente quiere hacer plática. Por momentos me recuerda a Gabo, pero eso sólo si Gabo fuera un agente sin corazón.

–Claro que –continúa él– es su costumbre. Yo no estoy aquí para juzgar, sólo vengo a trabajar. Como te darás cuenta, mi trabajo no es juzgar, sino investigar… ¿Sabes cuál es la principal arma de un detective, de alguien que investiga?

–Uhm… ¿su cerebro?

–Sus amigos… sus contactos.

Fuma. Parece un arma de asedio humana. Es muy masculino. El humo violáceo que sale de su boca es igual de rudo que él. Fumar, en él, es algo deseable por aquellos que quieren parecer interesantes y misteriosos.

–Entiendo –digo.

–Lo sé, te creo. Eres inteligente. ¿Te gustaría ser mi amigo?

Lo observo sin comprender esta vez.

–Sí… supongo.

–Conoces gente, mucha. Sé que sabrás cuándo recurrir a mí. Yo estoy de tu lado.

Observo para atrás porque él ve hacia atrás. Es Gabo. Me sonríe como lo haría un amigo. Noto luego que el detective entrecierra los ojos aunque no sé si es por el humo o por sospecha.

–Anda, ve con tu amigo Gabriel. Sólo recuerda: estoy de tu lado.

Camino a Gabo y casi instintivamente lo abrazo para sentirme protegido, él me abraza de vuelta, sorprendido.

–Agárrame la nalga.

–¿Qué? –me pregunta queriendo dejarme ir, pero yo no se lo permito.

–Hazlo –insisto. Él nota mi nervio, mi ligera desesperación y lo hace sin querer en realidad. Apenas y posa su mano, apenas y siento el contacto. Decidimos irnos. Veo hacia atrás. El detective ha desaparecido.