Desnúdame: capítulo décimo

–No sé si esa era tu intención, pero qué cosa, ¡qué cosa!, Gabito. Obviamente, y no me lo habías dicho, que él escribía así, y me costó un poco de trabajo entenderlo al inicio, pero era cosa de acostumbrarme, y así lo hice, y después de eso fue mejor. ¡Qué soberbia la de él!, qué forma tan espectacular de escribir, y es que nunca pensé que alguien podría escribir de forma que consideraríamos errónea, y aun así tener… belleza, sí, creo que esa es la palabra. Fue casi revitalizante leerlo, una experiencia de vida, eso con todo y las pesadillas, me causó malos sueños donde yo perdía la vista, donde yo estaba con esos desgraciados que nos hacían cambiar el cuerpo por comida. Fíjate que eso es común hoy en día, pero por alguna razón no quería hacerlo en el sueño, ahí me parecía monstruoso, totalmente incorrecto, erróneo. Incluso cuando en realidad no dormí mucho porque tenía que acabarla lo antes posible. Y es que, te lo tengo que decir, de a momentos me tenía que detener a pensar, a reflexionar, porque todo era tan real, esa narrativa que es, en sí, ficción, era demasiado real, tanto como nuestra misma vida, Gabo. ¡Es increíble! Claro que no sé si esa fuera la intención del escritor, tal vez podrías tú aclararme más la cabeza. Es que tal vez no haya comprendido bien en su totalidad. De la forma que sea, me parece increíble que tantas emociones, tanta fuerza se pueda plasmar en las letras. En simples letras. ¿Es eso, eh, la finalidad del escritor? No sé, porque bien podría ser un análisis de la realidad. O tal vez no, no sé, aunque tal vez es que no he entendido bien, que creo es lo más posible. ¿Tú qué crees?

Todo el tiempo que he hablado, Gabo ha ido al volante casi complacido y con una sonrisa amigable, eso a pesar de mi verborrea y de los gallos cantantes de mi voz. Nunca me he considerado una persona agradable de escuchar, más cuando escucho mi propia voz en grabaciones o cosas por el estilo, pero no sé para él tal vez a él si le agrade escucharme, o tal vez sólo porque le caigo bien le agrada escucharme. No sé, pero la cosa es que hablo y hablo y hablo.

–Me da mucho gusto que te haya gustado, pequeño. Es para que veas que solamente hay que darle la oportunidad a un buen libro para ver lo que son capaces de hacer.

–Y vaya que sí, pero ¿qué quiso decir el escritor? O sea… ¿sí es un análisis de la realidad?

–No como tal. Este libro es una novela, es ficción, su principal objetivo es ese: el de contar una historia, entretener. Me ha dicho mi maestro que los verdaderos libros de análisis no son para nada así, no son historias como tal, son pesados, difíciles de leer, pero totalmente llenos de teoría, de lo que tú dices: análisis. Lo que pasa con estos libros, el que te di, por ejemplo, es que te cambian, por eso son prohibidos. Son prohibidos entre comillas, porque en sí no hay leyes que los describan como peligrosos. Es solamente que si te cachan con uno de esos libros mínimo tienes que ir al psiquiatra sexual, al menos. Depende del libro, incluso puedes llegar al SERESEX. El principal objetivo es el de contar una historia, pero como el lenguaje mismo, puede dársele muchas interpretaciones. Incluso mi maestro ha dicho que si le preguntamos la interpretación del libro al autor, perdería su texto su sentido. La riqueza de la literatura radica en la interpretación que uno mismo le da. Pero bueno, ya yendo a lo que tú me preguntas con tanta ansiedad, ¿cómo te sentiste al leer?

–¿Cómo me sentí? –Pregunto frunciendo el ceño.

–Sí, o sea, por todo lo que me has dicho, supongo que no te fue indiferente. Algo debiste haber sentido.

–Pues no sé… nervio. Depende de la parte del libro. Trauma de inicio a fin.

–Si tuvieras que juntar todas las sensaciones del libro en una palabra, ¿cuál sería?

Pienso un rato. Digo sin mucha seguridad:

–Incomodidad.

–La literatura, en sí, no es para criticar la vida, si la redujéramos a eso perdería su belleza, su ficción. Sería mucho más fácil explicar lo que pasa exactamente en la realidad, tomar otra perspectiva, sin embargo, ¿por qué los hay quienes quieren usar ficción, inventar personajes con toda su complejidad, crear mundos alternos con la misma dificultad de vida como lo son en la realidad? Porque mucho más fácil sería vivir la vida solamente. En sí no hay consenso en eso. Sin embargo, es cierto, y me lo dijo mi maestro, que lo leyó en otro libro de otro maestro que era considerado el hombre que lo sabía todo: la literatura no es suficiente para establecer la verdad, pero sí para ponerla en duda. La literatura es un Eco de la realidad.

–¿Un eco?

–¿Qué es un eco, Adán?

–Pues el sonido repetido.

–Exacto, el sonido original proyectado a la eternidad, repetición fiel en su apariencia, pero no lo mismo. Te sentiste incómodo porque lo que leíste era tu vida, pero de forma diferente, lo mismo, pero sin ser fielmente igual.

–Entonces, los libros que nos quedan son para darnos ideas de la vida.

–De nosotros mismos, porque nosotros mismos, con nuestros problemas propios, nunca podríamos darnos cuenta de ellos si estamos sumergidos en el mismo. Debemos verlos desde fuera. Para eso sirven los libros: nos confrontan con nosotros mismos, con nuestras ideas, buenas o malas; ahí están.

–Bueno, si eso fuera cierto, ¿por qué a la gente no le gusta leer? Digo, si es como tú dices, debería ser hasta necesario.

–Porque ¿a quién le gusta confrontarse consigo mismo? Y peor: ¿estar consciente de la posibilidad de ver que uno mismo está mal?

Silencio.

–Tengo otro libro –me dice luego–, ¿te interesa?

–¡Sí! –digo con mucha emoción.

Me lo da, lo tenía en la guantera. Leo el título.

–Es un número… mil novecientos ochenta y cuatro… ¿eso qué?

–Léelo y me dirás. Cuando el escritor lo hizo, pensaba que así sería el mundo en ese tiempo. Fue casi una predicción. Nada más ten cuidado, por favor. Que nadie lo vea.

–No te preocupes, Gabito. Es nuestro secreto.

–Me gusta cómo hablas. ¿Y tú, Adancito, cómo has andado?

Recuerdo a Eva fugazmente.

–No muy bien. La cagué con Eva.

–Ya me platicarás.

–Sí, y la verdad sí me siento muy mal.

–Sólo recuerda que no hay mal que las palabras no puedan curar. Saldrán de esta.

Me quedo en silencio. Ojalá pudiera creerle, ojalá supiera yo también que podremos solucionarlo.

–Y… ¿a dónde me llevas? –Pregunto para cambiar de tema y no estar todo el tiempo sombrío y callado.

–Con mi maestro.

–¿Tu maestro?

–Cuando tenía tu edad, él era mi maestro. Es mi amigo, él y yo somos tú y yo. Él era mayor, me eligió como alumno favorito, y nunca hizo nada para propasarse conmigo.

–Ah, ya.

–Habrá más niños. Quiero que los conozcas, son diferentes. Sólo una cosa, y tenlo siempre en cuenta: nada de tocamientos sexuales. Haz exactamente lo contrario a lo que harías en la normalidad o en las fiestas. Acá eso no está bien visto.

–Okey, nada de cosas de sexo.

–No, y verás que te la pasarás muy bien… por cierto, ¿por qué los Halcones Blancos estaban en la escuela?

–El profe Ramírez se tiró de la ventana del tercer piso.

–¡Qué!

Pisa el freno en seco, volantea, estábamos a punto de chocar con otro auto, alguien pita el claxon, pero Gabo logra reincorporarse y no nos pasa nada.

–¡Cuidado, Gabo!

–¡Ramírez se mató?

–Sí… ¿lo conocías?

–Sí… no puede ser…

–Antes de saltar dijo que la heterosexualidad era normal y que los niños no deberían ser forzados a tener sexo.

–Siempre fue fiel a sus creencias… ¡Puta madre!

Lo observo en silencio.

–¿Por qué reaccionas así, Gabo?

–Lo conocía –suspira–… es todo.

–¿Tiene que ver con las manifestaciones?

–Sí… Adán, necesito que jures algo.

–Lo que sea por ti, amigo.

–Lo que vas a ver hoy, todo lo que te he dicho, no se lo cuentes a nadie, a nadie, por el amor de Dios.

–¿Por el amor de Dios?

–¡Sólo júralo, por favor! –Me dice alebrestado.

–¡Sí, sí, sí, lo juro! Sabes que sí, puedes confiar en mí.

–Gracias, Adán.

Un poco después llegamos a la casa, ambos en silencio, pensativos.

–Es aquí –me dice–, ven.

Bajamos del auto y vamos a la casa. Toca. Abre una joven radiante y bella. Vestida.

–¡Gabriel! Qué bueno que llegas.

–Hola, Valeria, ¿cómo estás?

Se saludan de beso en la mejilla y se abrazan amistosamente.

–Muy bien, gracias, ¿y tú qué tal?

–Bien, también. ¿No ha llegado tu hombre?

–No, está con Esteban y la esposa de él, fueron a comprar cosas para comer… ¿quién es el joven?

–Él es mi amigo, Adán, ya les había contado de él. Adán, ella es Valeria.

–Mucho gusto –como con el detective, mi voz suena más delicada, como de pequeño.

–Adelante, ambos, por favor.

Su casa no tiene lámparas de formas fálicas, no hay fotos de sexualidad explícita, los muebles y el suelo no tiene secreciones sexuales secas ni manchones de excremento en ningún lado, no hay juguetes sexuales, dildos ni lubricantes a la vista. Huele a hogar, no a suciedad. Huele a comida, a algo dulzón. Es extraño, diferente. Vamos al patio trasero que es todo verde y un gran árbol proyecta su sombra, y hay frutas colgando también. Son de color naranja. Hay una niña de cinco años, más o menos, con uno como de mi edad, y ambos juegan, ella lo trata de alcanzar y él no se deja. Simplemente eso, ambos vestidos, nadie llorando, nadie ordenando abrir las piernas, mamar, nadie sangrando, nadie soltando sus excrementos. Todos están vestidos, todos se miran a los ojos, no a las zonas sexuales, no a la entrepierna, al bulto del pantalón, a los senos, a las pompas. Disfrutan de la simple presencia mutua. No hay gemidos, no hay penetraciones. Es una escena irreal pero, sobre todo: hermosa. Es la primera vez que algo me parece hermoso.

–Anda, hermanito, no seas tímido.

Lo sigo. Vamos a la mesa y sirve dos vasos con agua de fruta y llama al joven:

–Germán, ven, porfa.

Nos voltea a ver y le sonríe a Gabo.

–Yo no soy Germán –nos dice a lo lejos, yendo con nosotros.

–¡Ay, perdón, Diego! Es que son igualitos.

Llega con nosotros: es un joven moreno de ojos saltones y pestañas alargadas, tiene una sonrisa amable, agradable a la vista.

–No es cierto, sí soy Germán.

Gabo lo toma del cuello en una llave, juguetón, y le hace cebollita en la cabeza.

–Mira, Germán –le dice soltándolo, y poniéndolo frente a mí. Germán se arregla el cabello–, él es Adán. Es mi amigo. Es… anormal, para los demás, ¿sabes? Como nosotros. Aguas, Adán, Germán es un bromista incansable.

Nos saludamos de mano, no de beso,  eso me gusta.

–Ven, vamos a jugar en lo que llegan mi hermano y Fernando, otro amigo. Vamos a jugar futbol. ¿Te gusta?

–No lo practico, en realidad.

–Nosotros tampoco, bueno, Fer sí; pero a todos nos gusta mucho. Es divertido.

Un rato después, llegan los demás. El señor Esteban es la versión amable del detective, pero más canoso, su esposa se llama Valeria también, como la muchacha que nos abrió. La muchacha que nos abrió saluda a su pareja, Alejandro. Hay otros dos adultos jóvenes, hermanos de Germán, Julio y Julia. Hay otro niño exactamente igual a Germán, Diego, y es que son gemelos. El otro niño se llama Fernando, es pequeño y chapeado, cachetón propio de la edad, y con dientes de castor. Me entero que la pequeña que estaba ahí jugando con Germán también se llama Eva. Esteban Carrasco, el de más edad, el gemelo contrario del detective, me observa un rato con el gesto fruncido, pero luego se va pues su esposa lo llama.

Juego con los demás jóvenes: es sólo correr tras el balón, golpes esporádicos, celebraciones amistosas al gol, pero nada de tocamientos sexuales, y a pesar de todo, lo estoy disfrutando como nunca. Es un tipo de gozo que no imaginé que existiera. Estamos reunidos solamente para gozar de la presencia del otro, para escuchar la voz del otro, para vernos a los ojos y, sobre todo: sonreír. Eso es lo principal, sonreír, porque sólo así conocemos a la gente, sólo así decimos que queremos al otro. Lo importante es escuchar las risotadas del otro junto con las nuestras, se conjuntan melodiosamente, justo en el corazón de ambos, de los involucrados. La risa es el lenguaje universal, y esa sólo se obtiene a través de la unión. Lo importante es eso: reír con alguien más. Es mágico. Pensé que sería imposible pero no, se puede ser libre de lo sexual, se le da su momento, y hay que darle su momento a otras cosas igual de maravillosas y extenuantes. La vida no se puede reducir sólo a lo sexual, hay otras cosas que también necesitan su espacio, su tiempo. Puede ser distinto, puede ser lindo.

–Tengo que ir al baño –digo a uno de los gemelos.

–Es la puerta blanca al lado de la entrada.

Me dirijo luego de darle las gracias. Él me palmea en la espalda amistosamente. Eso es mil veces mejor que cualquier lengüetazo ahí abajo. Entro, hago lo que tengo que hacer, y al salir y cerrar la puerta del baño escucho voces arriba. Sólo reconozco la voz de Gabo.

–Pero, ¿por qué?

–Es normal, las estadísticas no mienten: casi la mitad de los maestros de primaria y preescolar se suicidan, y tiene que ver directamente con esto del tocamiento a los alumnos pequeños. Además, es mejor morir a que te atrapen los Halcones Blancos, más con su nueva droga. Ellos son brutales. Me acaban de hacer llegar lo que sigue: antes de la nueva era, la era sexual, la que comenzamos en el año dos mil treinta, el paso a esta etapa se dio por la tercera gran guerra, la tercera guerra mundial, entre dos bloques, el europeo y el de La Hermandad, que prácticamente había contagiado a toda Latinoamérica con su tecnología. La Hermandad desde siempre pudo desestabilizar gobiernos y obligarlos a dejarla actuar. Fue ella, esa gran corporación, la que venció a Europa. Ganaron. Tienen los métodos de guerra más eficaces. Es por eso que es preferible morir a ser atrapado con ellos. Ramírez actuó bien…

–¿Qué hay del nuevo? –pregunta una mujer.

–El detective, le dicen, se llama Pedro. Ese es el peor de todos. Es capaz de encontrar la aguja en el pajar sin meter las manos, sólo necesita observar. Es terrible. Sin embargo, su presencia significa que saben que crecemos, y que vamos ganando terreno –dice Esteban, o al menos eso creo. Su voz es la de más experiencia.

–La última marcha fue de mil personas según los medios –dice un hombre joven, que no es Gabo, así que supongo que es Julio.

–Éramos al menos veinte mil. Los medios mienten. Por eso lo trajeron. No quieren que crezcamos como las cosas ya están en Europa. Dicen, incluso, que en Francia llegaron a ser cien mil personas. Ya se nos unieron muchos: la Liga de Maestros No-Pedófilos, la Organización de Madres Protectoras, los Protectores de Animales, los Educadores de la Vieja Revolución, los Neoconservadores, los Antidildos, Educando, los Defensores de la Economía de Estado, la Mano Invisible, los Neocomunistas, los Rojillos, los Héteros… El grupo crece y crece. No hay límite. Hay puntos latentes ya en catorce estados de la República, y hubo, como ya dije, meganifestaciones en Francia, pero hubo otras muy grandes ya en Alemania, Rusia, Inglaterra y España, junto a crecientes manifestaciones en Argentina, Brasil, Chile, Panamá, Canadá y Estados Unidos. Estamos creciendo, y lo saben. Por eso lo trajeron a él. Creen que aquí somos más débiles, luego lo llevarán a Europa. El detective es la peor amenaza por ahora.

–Bueno, crecemos, y eso es bueno –dice Gabo. Sonrío al escucharlo.

–Y por eso debemos ser cuidadosos –dice Esteban.

–Y lo somos

–Gabriel, el niño… ese niño no es de fiar.

–¿Qué?

–Adán. Sé quién es.

–Es mi amigo.

–Es un perfecto ejemplo de lo que estamos combatiendo.

–Él es diferente… lo conozco.

–Gabriel, estás dejando que tus emociones y sentimientos nublen tu intelecto, tu capacidad de pensar las cosas.

–No…

–Gabriel, lo trajiste con nosotros. Sabe dónde estamos y quiénes somos. Lo van a agarrar.

–Él sería la última persona a la que perseguirían, por eso es seguro –me defiende.

–¡Entonces nos va a delatar! Y lo hará por gusto.

–¡No, jamás lo haría! Confío plenamente en él, Esteban.

–Él es un monstruo, uno de ellos.

–Esteban –dice una mujer como pidiéndole que calle.

–No, Valeria. Debemos ser cuidadosos. Ya han usado la droga, la Musa, y los resultados son un éxito al cien por ciento. Con la musa en la cantidad correcta, puede dar bienestar, pero dosis más fuertes llevan al sujeto a un estado de ensoñación, a un estado de vela en el que, con las herramientas suficientes, el sujeto vive su vida de nuevo y la cuenta, ellos, La Hermandad, son capaces de sacar la información que quieran. De saberlo todo, y el sujeto nunca se enterará, y despertará, porque todo es como un sueño, se despertará y será un parafílico. Saben que hay diferencia, saben que no era así, pero con gusto aceptan su nueva realidad.

–Debemos reforzar el movimiento, Esteban, como tú lo hiciste conmigo, como Alejandro lo hace con Fernando…

–Él no es opción, y se acabó, Gabriel…

Ellos siguen y siguen y yo salgo, los dejo de escuchar. Ya no tengo ganas de jugar, de ver a nadie, de salir. Me dieron un trago de la gloria y ahora no podré ser parte porque soy… diferente a ellos. Soy un monstruo. Me enseñaron lo que es ser parte del grupo, pero no me aceptan. No es así. Una vez más, estoy solo.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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