Desnúdame: capítulo undécimo

Llegó el día. La grabación fue lanzada en vivo por redes sociales y por un popular canal de pornografía de novatos que se caracteriza por mostrar quienes serán las nuevas estrellas del futuro cercano del arte del cuerpo penetrado. Mi hermano es fiel seguidor del canal. Yo solía verlo cuando comenzaba a masturbarme, pero se me quitaron las ganas en seguida al darme cuenta que todo lo que veía a través de la pantalla era una ilusión, que lo real era significativamente opuesto. ¿Para qué, pues, generarme una adicción que en realidad nunca quedaría satisfecha por estar toda dentro de una pantalla, una transmisión? Y ahora yo sería parte de la ilusión visual. Sin embargo, no se me quedó la sensación de realidad más que por la incomodidad al caminar, de sentir que en cualquier momento voy a defecar. De hecho la sensación de cosquilleo en las palmas de mis manos sigue muy presente, el efecto de esa sustancia no se me ha quitado. Era una droga fuerte, muy fuerte. Me siento medio embotado. Ahora que lo pienso, es algo irresponsable de ellos el dejarme ir solo por la calle sin estar bien en mis cinco sentidos, pero ellos dijeron también que un poco de aire fresco me ayudaría a recuperarme, a sentirme bien. Dijeron también que dependía de la cantidad de gente que viera mi video la cantidad de dinero que me pagarían. Ya tengo tarjeta, me siento como adulto. Y no es la gran cosa. De hecho es una responsabilidad, y no está muy padre que digamos. Ahora debo cuidar mi dinero, mi tarjeta, y mis gastos. Al menos cuando mis padres eran los encargados de negarme algo, pues eso quería decir que ellos se encargaban, ellos vigilaban y cuidaban. Ahora no.

Entonces escucho el grito:

–¡Heteros! ¡Heteros!…

Cuando llegué a la locación, había una muchacha de unos veinticinco años que en mi vida había visto. Era de esas mujeres con carnes en su cuerpo, con una sensualidad de los años sesentas, con exuberantes caderas y pechos bien turgentes. Me invitaban a hundir la cabeza ahí. La que uso para pensar y luego la que uso para coger. Tenía una mata de pelo en la vagina bien entrecortada, de color negro, ese tipo que le llaman de bikini. Al caminar sus carnes se movían al ritmo de su paso, y era excitante. Al instante se me paró. Se estaba preparando para la acción. Todo se llevaría a cabo sobre un unicornio de peluche gigante. Había dos niñas también, impúberes, desnudas, que yo no sé qué tendrían que hacer. Justo al llegar me pidieron que me desnudara y así lo hice. Generalmente a la gente le gusta mi cuerpo aún lampiño, pero al verme, ella se burló y me dijo que mi cacahuate nunca lograría hacerle sentir placer al penetrarla. Sería una penetración anal, yo a ella, y alguien a mí, y eso no lo sabía, pero ya estaba ahí, así que no podía negarme. Además, yo quería el dinero. Le dijeron que mejor se callara que yo tenía más éxito que ella, eso a pesar de tener más de doce años menos que ella. Yo estaría en medio, así que penetraría al mismo tiempo que me penetran. Entonces fue cuando llegó la hermana. Se le llaman hermanos o hermanas a los hermafroditas, creen que es un juego de palabras brillante pero a mí me parece bastante estúpido. Los hermanos son especialmente famosos pues tienen sexos dobles, los de hombres y mujeres, y si son funcionales, mucho mejor. Los que tienen más fama aún son las mujeres con verga, pues los hombres con vagina parecen, a veces, niñas sin pechos solamente. Nada como unas exuberantes tetas y una engrosada verga para mostrar la perfección de la sociedad actual, que busca todo en un solo envase. La hermana que llegó, en específico, tenía quince años y dos senos perfectamente redondos de pezones morenos, como ella misma, con un aire indio, una de esas bellezas extrañas que atraen por el color claro de ojos en esa piel tostada como de tabaco de calidad, un cabello largo que le llegaba a la cintura, y a mí me habría parecido perfecta hasta que le vi colgando semejante trompa de elefante ahí, con una mata de pelo entrecortada que la hacía ver aún más grande. Y estaba dormida. Fácilmente el doble de la mía, hasta más. Una verga recta que apuntaba al frente, como si te viera con su único ojo, un cíclope listo para meterse en tus orificios y vomitarte hasta el hartazgo. A mí me hubiera gustado ver una rajada, pero a todos ella les parecía perfecta con esas tetas y esa verga ahí latiendo ya. Creo que ya había escuchado de ella, experta en meterse su enorme miembro y correrse dentro de su mismo ano. En fin, que veinticinco centímetros era obvio, y hasta le sobraba, creo yo. Cuando caminaba parecía que su verga tiraría las cosas, y cuando daba vueltas parecía una cámara lenta, su miembro se quedaba saltando de un lado al otro hasta estabilizarse. Curioso espectáculo. Además, tenía nalgas de muchacho. Lástima que no sería a ella a quien yo penetraría. Sentí un poco de miedo: eso me partiría en dos, a la mitad. Fue cuando me dieron la droga. Era una píldora. En realidad, eran tres y me las dieron con vodka. Según me ayudarían a no sentir dolor, a intensificar mi placer en la próstata, y a dilatarme analmente. Y vaya que lo necesitaría. Desde los primeros cinco minutos comencé a sentir el cosquilleo en las palmas de las manos y las cosas me empezaron a dar vueltas. Nos llamaron a la acción. Todo me era borroso y hacía las cosas que me decían por medio de pizarras. Comenzamos excitando a la hermana. Yo le lamía los pezones y succionaba de su leche, que no sé cómo es que lactaba, pero lo hacía, y el sabor era dulzón, como de galleta, y era cálida, mientras la otra muchacha se metía esa enorme cosa en la boca, garganta profunda, y hacían continuamente tomas en primer plano de ella porque se podía ver la verga pasar por la garganta de ella. Es decir, una verga y el rostro de una mujer: el plano perfecto de la pornografía, leí en el libro que me acababa de dar Gabo. Me imaginaba a mi hermano masturbándose o dejando que alguien le lamiera el ano al ver a esa muchacha tragar semejante miembro. Mientras nosotros la agasajábamos, ella observaba a las dos niñas que, fuera de escena, también se daban placer oral al mismo tiempo. A la hermana le excitaban las niñas impúberes. Eso la ayudaba a excitarse. Y ella blasfemaba:

–¿Saben qué es la perfección? Pues yo. ¿Cómo lo sabrían si son ustedes simples mortales de un solo sexo? Monosexuales. Yo lo soy todo, tengo los dos sexos en mi cuerpo y eso me hace lo más deseable para cualquiera que goce de pureza en su pensamiento. Sé cómo regocijar a quien sea, y por eso yo me regocijo también. Llegamos a lo que antes no se podía, lo que antes con ese dios materializado a través de animales no se permitía. Y veamos la estupidez de su pensamiento: estaba mal el sexo con animales, pero dios se hizo de su hijo siendo una paloma, con una mujer mortal que se decía virgen a pesar de meterse cosas en la vagina, pues si no, jamás se habría embarazado. Yo digo que mis tetas son lo que la virgen quería, y mi culo donde Jesús se dormiría luego de fumarse mis pedos. Y hablando de culos, ¡mira nada más el tuyo, Adán! El mío echa pedos, sí, pero el tuyo ha de lanzar huracanes. A ver, quiero sentir el viento, el soplido del aire veraniego del mar, ese trueno de pedo, anda, pedorréate en mi cara. ¡Pedorréate, he dicho que me eches tus pedos! Y tú, putilla, mis tetas son perfectas pero las tuyas no se quedan atrás, nada mal. ¡Mira esa firmeza, digna de dioses! Mastúrbame la verga con tus tetas, ponla en medio, sí, una rusa, así, que tus tetas sean una vagina, siente mi firmeza, mis venas latir. Gime, ¡gime, perra! Aquí te tengo la bendición y el cuerpo de cristo, aquí te tengo la sangre del idiota que se dejó matar para nosotros poder pecar. Si él hubiera visto mi verga, desde antes se habría dejado flagelar por mi miembro perfecto. ¡Latigazos hasta el orgasmo! ¡Yo uso la herida en su costado como culo! ¡Adán, niño, déjame lamerte tu herida del costado que tienes de culo! ¡Igualito a como si te hubieran penetrado con una lanza! ¡El ojo del cíclope!…

El discurso blasfemo obviamente no era de ella, se lo aprendió, fue una orden directa de La Hermandad para recordar a todos los televidentes e internautas de las buenas costumbres ante las ya populares movilizaciones de héteros.

Fue cuando, con violencia, la hermana nos quitó de encima, puso a la joven sobre el felpudo unicornio, y ella se aferró al cuello del animal falso como si fuera un caballo real y levantó su culito. Me imaginaba que era el de Rodrigo. Yo le metí mi cacahuate, como ella dijo, y de repente, sentí tremendo empujón que seguro llegó hasta mis intestinos, me removió todo, sentí cómo me desgarraba, un dolor tan intenso, nunca había sentido eso, me dejó sin respiración, y estoy seguro de que si no tuviera reflejos, me habría muerto ahogado, y de no ser tampoco porque ella se movía, que yo me movía también. Lagrimeé. El dolor era tal que lloré. Esa droga no me hizo efecto. No servía para el dolor. Jamás algo me había lastimado tanto. De hecho hasta defequé. Creo que eso le gustaba a la hermana. El dolor era explosivo. Crucé la línea.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Acabamos los tres al mismo tiempo. De hecho, la hermana eyaculó leche de sus glándulas mamarias que me bañaron y limpiaron de mis propias excreciones. Yo eyaculé dentro de la joven, y la hermana derramó tanto semen que chorreaba de mi culo herido. Sentí ese líquido cálido dentro de mí, sentí cómo resbalaba hacia fuera, y cuando sacó su miembro de burro, un gran alivio sentí para mis adentros…

Entonces, los gritos de hétero son seguidos por un silbato. El silbido de un silbato. Siento que camino como pingüino. Por las calles gente corre hacia donde viene el silbido, van apurados, saben lo que significa. Es un silbato que La Hermandad ha promovido para la conservación de las buenas costumbres que se distribuye gratuitamente en escuelas y demás centros sexoculturales y tiendas. Ante los actos públicos de heterosexualidad, La Hermandad creó la campaña del silbato para que, quien viera eso, lo soplara y pedir ayuda de todos para acabar con la perversión y las desviaciones.

–¡Desviados, malditos enfermos!

La multitud crece paulatinamente. Son dos chavos, como de mi edad, un poco mayores, tal vez. De prepa. Un chavo y una chava. No se sueltan de la mano al ver la multitud asesina que se arremolina a su rededor. Realzan la protesta, su valor radica en tomarse de la mano y sostenerse el uno al otro. Será lo último que hagan.

Una plaga está enfermando a la gente, un terrible padecimiento está acabando con las buenas costumbres sexuales que con tanto trabajo se han establecido como ideales, idóneas, en nuestra sociedad. Los libertinos, esos malditos monstruos que buscan la forma más simple, y por eso, la más asquerosa del sexo: la simple penetración vaginal que sólo tiene como consecuencia la procreación. Si podemos tener todos los placeres al alcance de la mano, ¿por qué buscar ese que conlleva lo más simple, lo más banal? La múltiple penetración es hermosa porque intensifica el placer a niveles divinos, pero eso, lo vaginal-fálico es una porquería, y medidas deben tomarse para que no mengüe el potencial humano.

–¡Mátenlos!

Comienza la lluvia de golpes en todas las partes de sus jóvenes cuerpos: manos, cara, abdomen, genitales, cabeza. Ellos se tratan de proteger, pero no se sueltan. No se sueltan.

Ante esta amenaza, debemos todos unirnos en el placer y en la seguridad mutua, debemos enseñar a esas malditas bestias heterosexuales que somos más y somos mejores que ellas. Este silbato, queridos parafílicos, debe ser usado al ver a cualquiera de esas malditas criaturas, y todos debemos acudir a su llamado y erradicar la enfermedad, arrancarla de nuestra fértil tierra antes de que se vuelvan una plaga permanente. Suficiente hemos tolerado su existencia: es hora de acabarlos. Debemos detener esta tremebunda enfermedad. Debemos erradicarlos antes de que se multipliquen.

Yo observo junto con otros mirones, de todos modos ya son muchos en la turba como para entrar sin ser apaleado como las víctimas. Veo cómo los hombres desnudan al chavo y las mujeres hacen lo mismo con la chava. Los de la turba hasta babean de la brutalidad, del coraje con el que golpean, sus ojos están inyectados de sangre y bien abiertos como si vieran una terrible cucaracha gigante que antes era hombre. Pero luego pienso que tal vez lo hacen porque ellos quieren hacer lo mismo, pero saben que si lo hacen se verán bajo el ataque, así que su coraje no es porque de verdad crean que esos dos chavos sean unos enfermos, sino ante la imposibilidad propia de no poder ser libres, de hacer lo que ellos quieren también hacer. Las víctimas lloran de sus ojos amoratados. ¿De dónde salió ese machete?

Nuestra responsabilidad moral y social es la de acabar con este indicio de rebelión sin sentido antes de que se distribuya y enferme con su radicalismo sin sentido. Debemos exterminarlos y demostrar que quien gana es el panal, y no un par de abejas insubordinadas. Si queremos conservar nuestro delicado equilibrio que años y años de trabajo nos ha costado, debemos reducir a cero a quienes lo corrompen. El coste de la justicia es la de ensuciarse las manos en la gloria, porque sólo así alcanzaremos el placer y la unidad.

Le cortan la mano de un tajo a la niña que llora y observa plasmada, sin comprender, su muñón sangrante. Alguien toma el miembro adormecido del niño y lo estira hasta hacerlo aullar, y luego la misma mujer con machete en mano lo corta de la misma manera que cortó la mano de la niña. Ese maldito machete debe estar tan afilado como un bisturí.

–¡Ya no podrás reproducirte con tu porquería, cerdo!

Ríen ante la exclamación, que toma el pene cortado y se lo meten a la boca y lo mastica para tragárselo luego. La turba aúlla excitada.

–¡Déjenlo! ¡Déjenlo! –Grita un hombre. Hay abucheos y empujones, por momentos quieren matarlo a él también, pero luego dice–: ¡Esperen! A ver, niño sin pene, corre, niño, corre o te meteremos esto por el culo. Es tu única oportunidad.

Tiene un bate en la mano. Se burlan.

–¡Esperen! Dejen le enseño que también se siente bien por atrás.

Dice una muchacha de unos veinte años. Le mete el dedo sin piedad por el ano, el chavo se estremece, y ella mete y saca hasta hacerlo eyacular a través del orificio donde antes tenía su pene. La gente aplaude.

–¡No que muy hétero, puto enfermo, perro de mierda! ¡Corre, ahora sí, corre!

–¡Corre, corre, corre, corre! –Claman a coro.

Esta enfermedad se ha infiltrado en las zonas más delicadas de nuestra loable nación, de nuestra loable sociedad: la juventud. Nuestra tarea es la de proteger a nuestra juventud de las amenazas a las que no conoce bien para que se puedan desarrollar como debe de ser. Debemos guiar a los jóvenes por el buen camino, que ellos no conocen, pero nosotros sí, y por eso tenemos esta tarea de ser quienes cargan con la responsabilidad. No debemos dejarlos proclives a la monstruosidad de la autorregulación. El hombre nació para gozar, nunca para reprimirse. Si tiene el placer, y es una necesidad, debe satisfacerla de la forma que más lo haga explotar, que más le guste, sin importar cuál sea esta.

El joven no se puede levantar, tiembla, y por más que trata, simplemente cae al suelo.

–¡Quiere placer! ¡Quiere más placer! ¡Démosle placer!

–¡Sí, démosle placer!

–¡Placer, placer, placer!

Lo ponen de cuclillas, lo tienen que sostener porque no tiene fuerza. Ponen la parte más gruesa del bate en su ano. pero no pueden introducirlo en su pequeño orificio anal. Empujan y empujan, él grita de dolor, llora, pero no pueden meterlo. Entonces lo patean, patean el bate, y el ano del chavo se desgarra, y la sangre sale a borbotones, y él grita hasta desgarrarse la garganta, es un grito inhumano que me produce escalofríos, y meten el bate, todo, todo hasta el fondo, le destruyen los intestinos, y cuando le meten el bate, entre varios lo levantan y lo ondean como bandera, y sus miembros muertos se mueven como bandera, y la niña grita de terror ya no por su muñón, sino por su novio empalado.

Quiero irme, vomitar, pero no quiero pasar por lo mismo, así que con nacientes lágrimas en mis ojos, me quedo ahí y veo todo lo que sigue.

Cualquiera que atente contra nuestra regla y norma, es enemigo; cualquiera que quiera salirse de lo establecido y se enorgullezca de ello, es enemigo; cualquiera que prefiera la forma más simple de placer, es enemigo; cualquiera que quiera cambiar, es enemigo. Mátenlos.

Sigue la joven. Ella grita y se retuerce para escapar con sus tetillas apenas nacientes, pero son tantos que no lo logra.

–¡Esta puta quiere placer normal! ¡Démosle placer fálico!

–¡Placer fálico! ¡Fálico, fálico, fálico!

Ruge la turba. Le separan las piernas. La mujer del machete dice:

–¡Tu raja clama verga, ¿eh?, simple putilla! ¡Pues te la voy a dejar para que le entren once mil vergas!

Y con violencia sin precedentes, le mete el machete por la vagina, y la desgarra, y lo mete hasta el mango, y entre varias mujeres la levantan en el aire, y al igual que el chavo parece bandera, y entonces el machete traspasa por su abdomen y la desgarra y hay una lluvia de intestinos y sangre y ella cae muerta antes de siquiera poder gritar.

No aguanto. Voy a una calle paralela y vomito. Hay un Halcón Blanco, me observa. Una mujer madura va extasiada, seguramente por lo que vio, y comienza a comerse mi vómito directamente del suelo. Entonces yo le quito los calzones de vieja, esos blancos con flores rosas, y le meto la mano en la raja para masturbarla, y ella gime como caballo moribundo, y el Halcón Blanco se va. Yo me apresuro a llegar a casa y bañarme, y me echo cloro en la mano. Me huele a mierda.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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