Desnúdame: capítulo décimo tercero

–Ahora, a diferencia de lo que se nos quiere hacer creer hoy en día, la llegada de la cuarta etapa del capitalismo, la del capitalismo sexual, marcó un cambio a nivel internacional tanto en comercio, derecho y sociedad. Se pensaba, y así lo sostenían algunos intelectuales de antaño cuyas ideas ya fueron refutadas con argumentos y pruebas consistentes, que el hipercapitalismo caería en su tercera etapa, la de la felicidad publicitaria. No fue así: se ha reforzado y se ha posicionado como el sistema económico más adaptable a las condiciones existentes y, además de todo, ha roto con esta brecha económica que era una de las principales fuentes de crítica al mismo. En el tiempo del hipercapitalismo, antes de la verdadera revolución sexual parafílica que fue el punto de partida para nuestra sociedad actual, la brecha económica era tal que más de la mitad de la población aquí en México vivía en condiciones de pobreza o de pobreza extrema. Había aquellos que ni una casa podían tener. Ahora, esto bien podría parecer un problema menor, pero en realidad desencadenaba consecuencias que en primera instancia podrían no verse ligadas, pero que estaban profundamente conectadas. La inseguridad, por ejemplo, incluso llevaba a algunos a justificar de forma mediana el hecho de que hubiera algunos que, por ejemplo, robaran. Era tal su necesidad, su falta de servicios y de lo más básico para la vida, que se veían obligados, al no encontrar un trabajo estable o digno, a robar. Entonces la víctima, con tal de conservar su bienestar individual, optaba por dar sus objetos de valor físico sin mayor problema. Todo estaba basado en conservar su seguridad.

>>Hoy en día, sin embargo, el que muestra que tiene las suficientes habilidades sexuales, puede tener una vida digna. Los parámetros de medición de pobreza han sido modificados, obviamente, pero también es cierto que ha habido una marcada reducción en el estrato ya establecido como problema. Es decir que el intercambio de capital ha cambiado, así pues, ya no se reduce al sistema de dinero papel que se estaba estancando en una eterna crisis de alza de precios de servicios y de bienes comunes y una constante pérdida del poder adquisitivo. Se ha comprobado que de los sesentas al nuevo milenio, el poder adquisitivo se había reducido en más de un setenta por ciento. Esto quiere decir que los más jóvenes debían ganar lo mismo que aquellos con treinta años de experiencia en una misma empresa con un crecimiento constante para poder hacer lo mismo que sus padres en sus inicios como elementos de producción de capital. Hoy en día con el simple hecho de tener un cuerpo físico, que todos lo tenemos si no, no existiríamos, contamos con la posibilidad de tener acceso a todas las bondades de una vida digna: hogar, servicios y bienes. Con los nuevos parámetros de medición de bienestar económico, hemos comprobado que la pobreza se ha reducido de más del cincuenta por ciento a un dieciséis por ciento y, si bien, es cierto que aún tenemos un gran camino por recorrer, no podemos ignorar el hecho de ir progresando en los ideales de unión que identifica nuestra sociedad…

Es la conferencia más aburrida en la que he estado, y no porque lo que diga el hombrecillo me sea indiferente, sino por el tono en que lo hace. Es un mongoloide y todo lo lleva a ser monótono y abrumador. Este es otro de los intentos de La Hermandad para contrarrestar las calamidades que nos están sucediendo. Su contrataque no ha sido el de las armas como muchos de los detractores más encarnecidos claman, sino la de señalar enfáticamente las bondades que nuestro sistema permite. El cuerpo es más que suficiente para obtener lo que todos queremos, sin embargo, no dicen que los pobres con sus nuevos parámetros de medición, son justamente aquellos cuyos cuerpos no son los más bellos estéticamente hablando, y con la nueva generación de jóvenes estamos en un estado de botella: somos muchos jóvenes y seremos todos, en consecuencia, ancianos, y eso llevará a una crisis de qué hacer con los viejos, con nosotros cuando nuestro tiempo llegue. Son más y más los que se unen a la oleada de heterosexualidad como contraparte de los parafílicos. Ya, incluso, existen los parafílicos incluyentes, aquellos que sí se adaptan a los requerimientos sociales de tener una parafilia bien desarrollada pero que no creen que los heterosexuales estén enfermos per se. De hecho, ya hay algunas iniciativas en el senado para legalizar el matrimonio heterosexual, cosa que ya se logró en ciudades del primer mundo como Suiza, Suecia, Alemania y Francia. Y en camino están muchos lugares más. En Argentina hubo una movilización de más de un millón de personas cuando la ley fue desechada. En Santiago de Chile hubo un paro económico por un día entero ante la negativa de presentar la iniciativa ante el Senado, y si bien no parecía mucho en su momento, se lograron pérdidas multimillonarias por un solo día de faltar al trabajo. Nadie fue despedido ante el temor de mayores represalias sociales. En Paraguay todos dejaron de trabajar, y las empresas más poderosas se vieron obligadas a apoyar el proyecto de ley de la legalización del matrimonio heterosexual ante la inminente crisis que lograrían a nivel América de no ser que regresaran todos a sus actividades rutinarias económicas. Paraguay mostró que sí se puede lograr algo. Muchos están siguiendo el ejemplo. México, al parecer, no está lejos de llevar a cabo lo mismo, y tomando en cuenta su importancia como vecino de los Estados Unidos de América, se está planteando acelerar el proceso a aprobar la ley antes de que el paro económico se lleve a cabo porque, si nosotros nos vamos a paro, nos llevamos entre las patas a los gringos, y con ellos a todo el mundo.

Los crímenes de odio, que son ocultos y sólo informados por medios de comunicación alternativos y de objetividad bastante dudosa, van en aumento. No hay día que no se encuentre un cuerpo desmembrado, cabezas sin extremidades, y sobre todo los heteromensajes: advertencias hechas en pedazos de tela o plástico con una insoportable cantidad de faltas de ortografía. Un gran movimiento social que no tiene ni la más mínima capacidad de autocrítica para dejar un mensaje medianamente bien escrito. Ellos mismos se quitan su legalidad. Como sea, eso no es lo importante, aunque tener a alguien que sí sepa escribir debería ser fundamental para cualquier tipo de movimiento ya sea social, económico o sexual. Pero bueno, tal y como la maestra de sexolenguaje nos dice a cada rato: nada se puede esperar de un grupo marginal que apenas y tiene acceso a la educación sexual más básica y no saben del gran poder que tienen entre las patas.

No es que en realidad quiera ir, pero cualquier cosa es mejor que esto. Decido ir al baño para, al menos, estirar las patas y caminar un rato antes de quedarme jetón ante el expositor que es lo más aburrido del mundo.

Camino por el pasillo que está lleno de los sonidos normales que hay en cualquier escuela. Llego al baño y, al abrir, me topo con el niño vagina que apenas iba saliendo. Yo me apresuro a entrar y voy a los mingitorios. Por lo que escucho a continuación el niño vagina no se va.

–Hola, Adancito.

De verdad me caga su forma tan afeminada de hablar, o sea, debería controlarse, que actúe como niño. Pero luego me acuerdo que tiene vagina y se me pasa.

–Fabián… –digo concentrándome en mi tarea, que en realidad la hago en automático. No se requiere de gran ciencia para orinar.

–Te vi en streaming.

–Oh, ¿sí? –digo mientras orino. Los mingitorios no tienen división. Cualquier muestra de pudor es inaceptable. Sin embargo, por alguna razón, Fabián no va a verme. Se queda del lado de los lavamanos, que están en el lado contrario a la pared de azulejos azules de donde están los mingitorios–, ¿y te gustó?

–Pues sí. Esa hermana tenía algo tremendo. Pero no sé, te imagino más como activo que como pasivo.

–Bueno, ya sabes lo que dicen: hay que saber dar y recibir placer.

–Eso sí… pero, a decir verdad, extraño cuando salías con nosotros. Ya no lo haces.

–Perdón, es que he estado ocupado.

–Me imagino. Ese niño, Rodrigo, es lindo.

–Sí… –digo con desgana. Escondo la culebra en mi pantalón y me voy a lavar las manos. Él está ahí con el pantalón desabrochado y sus calzones que esta vez son de niño, asomándose. Son azules.

–¿Y no te gustaría un rapidín?

La desgana se me va.

–¿Tú qué quieres? –Le pregunto.

–Darte una mamada.

–Mejor por atrás –le digo.

–Pero sólo si te pones lubricante.

–Sin pedos –digo desabrochándome el pantalón.

Cruzo la línea.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Él se pone contra los lavamanos y desliza su pantalón hacia abajo, y yo le deslizo los calzones, apenas rozando su piel rosada para ver sus tersas nalgas de bebé que me la ponen dura de inmediato. El ver esa rajada, esa sonrisa que invitaría a cualquier a darle un beso, me priva del pensamiento racional. De hecho, le beso cada una de esas nalgas, y veo y siento cómo su piel se eriza. Las agarro con las manos, las estrujo, veo su piel hundirse bajo mis dedos, veo en el espejo cómo cierra los ojos para sentir más placer, y con eso yo siento una oleada del mismo, y es cierto lo que La Hermandad tanto sostiene: el mismo hecho de dar placer es igual a sentirlo. Vuelvo a besar sus nalgas, y él las empina, así que las separo y le doy un beso negro. Huele a flores, no a lo que defeca. Y él gime. Le dilato el ano con la lengua, y el sabor es floral, como dulzón. Entonces me levanto y pongo del líquido lubricante que genera calor con el contacto, al menos la sensación es así, y comienza el jaleo. Aumenta nuestra respiración cardíaca y yo recorro su cuerpo, en especial esa parte de la cintura, los lados, es la que más loco me vuelve, ese nacimiento lateral de las nalgas, ahí donde está la línea que inicia el pubis, recorro sus labios vaginales, y le meto los dedos lentamente para que él goce también, y se estremece, y está bien húmedo, en un gemido se vuelve a estremecer, contrae el ano, y eso a mí también me hace gozar endemoniadamente.

–Sí… desde que eres un niño malo has mejorado, Adancito… además, te está creciendo. Al menos un poco… Y a decir verdad, a mí me gustan así, no tan grandes, como la tuya, tu verga es perfecta.

Yo, por mi parte, no dejo de penetrar, de entrar y salir, de ver mi verga desaparecer y aparecer, de saber que él goza y yo también. Hasta babeo.

–Niño… ¿niño malo? –pregunto entre jadeos.

–Tú… ¡Pero qué dureza la tuya, es como un fierro hirviente, una espada siendo modelada!… y… ah… sí, castígame, júzgame. Flagélame con tu látigo…

–No entiendo… mmm… ¿por qué niño malo?

Me excita cuando alguien me ve, pero el hecho de yo vernos en los espejos, me provoca algo parecido, una mirada que no es, o sea, me veo desde fuera, porque al vernos al espejo somos conscientes de que no somos exactamente nosotros mismos, y es por eso que de repente puede ser algo incómodo. Mis pies tiemblan y también lanzo gemidos.

–Pues… ah… te digo pero no te enojes… a menos que eso te lleve a un grado más de dureza… ¡Métemela bien! ¡Así!

–No… no me enojo –digo haciendo mi penetración más violenta así como le meto ahora dos dedos en sus labios vaginales lampiños. Su líquido vaginal resbala por sus piernas de niño-niña.

–Vi tu libro. Es un libro prohibido porque no lo conozco y no es tan popular y en las redes no existe. Sin embargo, me parece muy aburrido, para qué te miento, no entiendo por qué es prohibido. O sea, su nombre es Monstruos Invisibles. Si son invisibles, entonces no tienen nada de monstruosos, pues nadie los ve y nadie se asusta.

Por momentos pierdo el ritmo y escucho un silbido en mi cabeza, ese del terror, ese de cuando somos atrapados en la peor de las travesuras o de las acciones humanas. Casi creo perder mi erección por el miedo, pero si pasa eso, él sospechará, pues sería confirmar lo que dice, y creo que no sería lo mejor. Tal vez es un juego solamente, solamente quiere que cumpla yo sus fantasías estúpidas de ser dominado. Sin embargo, ese es el título del libro que me dio Gabito hace tiempo. De todos modos, ahorita tengo otro diferente. ¿Por qué me hablaría de un libro que le regresé a Gabo quién sabe hace cuánto tiempo?

–No sé de qué me hablas –le digo penetrándolo, casi levantándolo con mi verga, una mezcla de coraje y placer.

–Ah… sí, así… hunde tu cuchara en mi jalea, méteme bien el hueso, desgárrame con tu espada. Y no te preo… ¡Ah!… no te preocupes. No diré nada. Saber que eres un libertino me excita más… más… ¡Más, méteme bien todo, hasta tus huevos, quiero que reboten como campana, que suene a independencia!

–No sé de lo que hablas, Fabián…

–No te hagas güey… ¡Sí, mátame con tu garrote como el libertino que eres, hijo de tu madre!

No lo pienso. Hay cosas que se hacen sin pensarlo. Si bien, es la razón lo que nos separa a los seres humanos de los animales, que a según de nosotros, no tienen razón; somos nosotros, los racionales, los que llevamos a cabo las peores acciones siendo así, racionales, humanos. Actúo sin pensarlo. De repente recuerdo la dureza del miembro de Rodrigo, pero no es eso lo que siento en mis manos, sino el cuello Fabián. De un momento a otro, uno de ceguera porque no recuerdo nada hasta que lo veo en el suelo, muerto, blanco, con los ojos viendo fijamente hacia arriba. Lo he estrangulado. Veo que mi verga dormida tiene gotas de semen, y me doy cuenta que lo maté mientras me venía dentro de él. No sé por qué lo hice, pero lo he hecho. Maquinalmente le marco a Gabo y comprendo la relatividad del tiempo. Se estira, se empequeñece, todo depende de la situación. Comprendo la base de la literatura: se estira, se empequeñece, depende de nuestra situación al leerla. Comprendo por qué al leer las letras se vuelven imagen, vida, sensación. Comprendo por qué llega un momento al leer que uno no lee: vive. Comprendo que leer entre líneas no es más que fundirse uno con el libro. Sólo el arte logra eso. Comprendo el punto de que el placer no debe ser físico solamente: es un acercamiento con algo más grandioso: con el ser humano. Y ahora veo a Fabián ahí, sin vida, enfriándose, y yo no me muevo. En algún momento me subí el pantalón pero no sé cuándo. No me muevo. Me doy cuenta que los preceptos más básicos del ser humano son totalmente inútiles en realidad. Cuando uno tiene la posibilidad de decisión de hacer algo, sus posibilidades se reducen a la estupidez. No somos capaces de ver la consecuencia de nuestra acción cuando podemos decidir qué tipo de consecuencia podemos tener; sin embargo, cuando ya hemos actuado y vemos que la consecuencia es la que vivimos sin la menor posibilidad de poder cambiarla es cuando vemos que era obvia dicha acción. Antes de actuar, es bruma; luego de actuar, es tan claro como el agua. De haber sido uno más consciente podría evitar una pena, pero no podemos hacer eso, nuestro raciocinio nos abandona cuando más lo necesitamos. Solamente cuando la cagamos, vemos con claridad qué era lo correcto por hacer, porque antes no podemos ver. Ya cuando no podemos limpiarnos nos damos cuenta que no era necesario ensuciarnos. Nos damos cuenta que estamos sucios desde el inicio, porque la suciedad es la patética naturaleza del hombre.

Tocan a la puerta, no contesto.

–Soy yo, Adán. Abre.

Es Gabo. Abro la puerta. Él entra y cierra en seguida. Ve el cuerpo. Se lleva la mano a la cabeza.

–¡Por dios, ¿qué pasó?!

–¿Por qué siempre dices por dios si no crees en él?

Me voltea a ver con el ceño fruncido.

–No es momento para esas cuestiones. Adán, ¿qué pasó?

–Estábamos… estaba… lo estaba…

Me da vergüenza admitirlo frente a él.

–Okey –dice él cerrando los ojos con decepción–, comprendo… pero ¿por qué lo mataste? Adán, a menos que tenga antecedentes de asfixia erótica puedes estar en serios problemas.

–Vio el libro, uno de los libros… –digo sin voz.

Menea negativamente la cabeza mientras saca aire por la nariz.

–Sabía que era demasiada responsabilidad para ti –dice.

–¡No es cierto!

–¡Te descubrió!… bueno, por como están las cosas, es bueno que no dirá nada. Hiciste bien en llamarme. Saldremos de esta… con suerte su sangre seguirá caliente.

Se agacha, lo toma de la cabeza y lo azota contra el suelo una vez con un sonido sordo.

–¡Qué haces?

Sin contestarme pone lubricante en el zapato del niño vagina y luego en el suelo.

–Haciendo que parezca un accidente.

–¿Y la cámara? Todo lo graban…

–Si alguien entra y parece un accidente, con un poco de suerte, no verán las cámaras de seguridad. Lo dejarán todo así, en una mala jugada del destino. No les gusta trabajar de más. No habrá necesidad de ver el video. Dejarán las cosas por las buenas. No les gusta indagar, profundizar.

Sudando, observa su obra.

–Vámonos.

Me saca de la escuela con la excusa de que yo estoy enfermo. En el auto nos quedamos en silencio. Estoy temblando a pesar del calor queretano.

–Adán…

–Mande…

–Debes pensar bien las cosas antes de hacerlas.

–Esa es la cuestión, Gabriel, no podía pensar. No pensé. En el exceso, nadie piensa.

–Este exceso de sexo es lo que está privándote de tu sentido común.

–No soy el único –digo con burla.

–¡Yo sólo quiero ayudarte! Pero si esos libros te meten en problemas, entonces deberíamos parar…

–Sí, claro…

–Lo digo en serio, Adán.

–No me quieres ayudar, Gabriel. Te quieres ayudar a ti mismo.

–¡Vaya! Ahora hasta eres psicólogo.

–No necesitas ser psicólogo para darte cuenta de que tu mejor amigo te lleva a su mundito de mentiras.

–¿Qué quieres decir? –dice Gabo entre dientes.

–¡Por favor, Gabriel! Todo esto que me enseñas, los libros que me das, ¡todo no es más que una farsa, una gran mentira! Una lamentable pérdida de tiempo. Nada de esto lleva a algo productivo. ¿Crees que no me doy cuenta de que tu… maestro… no me quiere y le doy asco, que no me tiene la más mínima confianza? Cree que soy un monstruo, ¡y tiene razón! Para todos, lo soy. El problema es que ustedes, los héteros, son iguales a nosotros, igual de monstruosos, pero se aprovechan de su papel de víctimas, no se preocupan en realidad por hacer algo de verdad diferente. Son monstruos como nosotros por el simple hecho de ser humanos. Son una minoría, y eso lo toman como ventaja, pero no los exime de ser unos cerdos malparidos como todos los demás, unos asquerosos. Entre nosotros, sí, somos monstruos, pero invisibles. Ustedes solitos se ponen el título, el gafete de puercos. Tu grupo es una porquería al igual que los demás…

Silencio.

–Entonces, no has leído con cuidado.

–Lo he hecho, y desde que lo hago, sólo me he sentido mal, desesperanzado, desgraciado. No tengo motivos para nada, porque no soy parte de nada, de ningún lado. Unos quieren que sea una estrella sexual, y podría. Tú quieres que sea diferente, y podría. Ninguno se preocupa por lo que de verdad quiero. Y es por eso que te caigo bien, no soy lo que tú quieres que sea, de hecho, me odiarías, pero no te das cuenta de que soy un maldito monstruo porque…

Me detengo antes de soltar la bomba. Veo que aprieta el volante con las manos y suspira.

–¿Por qué? –pregunta con la voz entrecortada.

–Porque dejaste morir a Valeria, y ahora no quieres que pase igual conmigo, pero lo sabes, dentro de ti, muy dentro, que soy un caso perdido. Pero no lo quieres aceptar. Perdiste amor, y ahora quieres cubrir la herida con amistad. La amistad es solamente el pan para el que muere de sed. Tú mueres de sed, yo soy pan. Y no te das cuenta.

–No… no es cierto… no es así.

–¡No mientas, Gabriel! Soy un monstruo como cualquier otro, invisible, pero el único que me ve eres tú, porque te recuerdo que estás solo.

–Creo que eres demasiado inteligente, pero no por eso ves que te quiero ayudar… –dice con tono vencido. De repente se ve más viejo. Mucho más acabado.

–No me quieres ayudar –me hierve la sangre. Solamente quiero desquitarme. Y él está ahí, para su desgracia–… quieres ayudarte a ti mismo, y no puedes. Por eso crees que yo soy quien lo necesita.

Una sirena de policía suena atrás de nosotros.

–¡Mierda! –dice Gabriel entre dientes–, no digas nada.

Sin embargo, aunque lo hubiera querido, no podría. El terror me invade: es el detective, ni más ni menos, quien pide que Gabo baje la ventana. El detective dice con una displicente sonrisa en su rostro de hierro:

–José Gabriel García, está usted bajo arresto…

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: