Desnúdame: Capítulo décimo cuarto

Llegamos a los edificios de La Hermandad: son blancos como las nubes perdidas en un día soleado de cielo azul brillante. Las ventanas, todas son polarizadas, como una especie de manicomio, un secreto resguardado de la vista de los foráneos, pero no de los que ahí habitan. Esas habitaciones son los mil ojos del Argos. Los únicos cristales que no son polarizados son los de la puerta de entrada, que dejan ver el recibidor atendido por una muchacha robótica que está ahí, sentada, viendo a la entrada, esperando una indicación. Ni siquiera saluda si no la saludan. Está ahí. Bien me imaginaría que detrás del mostrador no es más que un robot pegado al suelo de la cintura para abajo. Sin embargo, eso sería ridículo. Bajamos del auto. Dos Halcones Blancos llevan a Gabo, mientras que detrás de mí, va el mismísimo detective. Nos dirigen a pasillos, un verdadero laberinto de pasillos. A la cuarta vuelta ya no sé dónde estoy y, de hecho, si me abandonaran ahí, bien me perdería y luego encontrarían mi cuerpo muerto y sólo llegarían a él porque su hilo de Ariadna sería mi olor de descomposición. Todo es tan blanco y tan pulcro que, en lugar de parecer una oficina paragubernamental, como las llama Gabo, más bien sería un hospital. El hospital más impresionante, que bien podría tener título de panal. Mala idea para las abejas, porque estoy casi seguro que ellas sí se orientan en su hogar y sabrían a dónde ir por el simple hecho de necesitarlo, pero yo digo panal porque si vemos uno a nosotros nos parece caótico, que es justamente lo que me pasa al ver los tantísimos pasillos de La Hermandad, cuando en realidad ni han de ser tantos. Caminamos y caminamos, y esto lejos de parecerme una corporación del gobierno, más me parece una base secreta de operaciones. Al menos eso es lo que yo creo, y a fin de cuentas resulta en una ficción, sin embargo, sin la ficción, ¿qué seríamos?

El detective me da un empujón luego de abrir una puerta, una de muchas en un largo pasillo cuyo fin apenas alcanzo a ver. Siento un pinchazo muy leve justo ahí donde él puso su mano, pero bien podría ser mi imaginación: estoy extremadamente nervioso ante la situación.

–Entra –me dice desde el marco de la puerta–, tendrás que esperar aquí.

–Pero, ¿y Gabo?

–Hablaremos con tu amigo. Tú espera.

Cierra sin esperar respuesta. Yo voy a la puerta y muevo el picaporte que tiene seguro. Es obvio, pero uno ante todas las posibilidades debe mostrar al menos la más mínima esperanza. Entonces volteo, rosando la puerta que acaba de cerrar el detective, con mi espalda. En el centro de la habitación, que no es muy grande, hay una mesa con dos sillas en lados contrarios. Todo es muros. Del lado contrario hay otra puerta que se camuflajea con el tono blanco que está en todo. Me siento nervioso. No he tenido nunca ese tipo de problemas con los espacios cerrados, pero aquí estoy solo, y no sé qué pasa. Entonces, pláticas se filtran de entre las paredes. Tal vez esta habitación está en conjunto con otra, y es por eso que escucho, pues seguramente los muros no son gruesos. Es una conversación entre dos hombres, y por lo que escucho, estoy casi seguro que uno de ellos es Gabo. Paulatinamente, la conversación crece de tono. Yo no entiendo nada de lo que dicen, pero el volumen de su voz es lo que me indica que hablan de cuestiones delicadas. De cosas que no se hablarían en la normalidad, en la realidad, en la tranquilidad de la vida cotidiana. Entonces escucho un golpe, luego otro, un grito, uno de dolor. Es Gabo.

–¡Oigan! –Grito desde donde estoy, desde mi paralizado cuerpo al lado de la puerta por donde entré.

Golpe.

Grito de dolor.

–¡Esperen, déjenlo!

El ruido viene de todos lados, de todas direcciones. Es como cuando vas al cine y de las bocinas puestas en todos lados viene el sonido envolvente. En este caso es lo mismo pero las paredes son las bocinas. El sonido es tan nítido, tan real, que más bien parece que yo mismo estoy en esa habitación donde están sucediendo los golpes y los gritos. De alguna forma el sonido llega amplificado a mis oídos, incluso aumentado, como para hacerme sentir el dolor tanto como a la persona que se lo están haciendo. Eso es lo que me preocupa: es Gabo quien recibe el mal trato. Luego hay un golpe metálico. Los gritos ahora son desgarradores, casi inhumanos, animales. Imposible que un ser humano sea el que grita así. Siguen, siguen los golpes, siguen los gritos, los alaridos, los aullidos de terror.

–¡Déjenlo, no lo lastimen!

Golpeo las paredes con mis puños, y luego tomo una silla o golpeo todo a mi rededor. La silla es muy resistente: no se rompe ni con mis golpes más fuertes. Las paredes no sufren ni los más mínimos daños. Todo luce como nuevo.

Gritos.

–¡DETÉNGANSE!

Los gritos ahora suceden a sonidos de crujidos. Como si de toda la vida los conociera, sé que son los huesos rompiéndose, crujiendo, y no hay forma de comparar ese ruido, ese sonido, no hay forma porque es único y aterrador. Siento cómo toman mis muelas con pinzas de metal y apretasen lentamente hasta que mis dientes se astillaran en cientos de fragmentos afilados. Escupo en mis manos y veo sangre, astillas blancuzcas, veo sangre, veo venas. Siento el terrible dolor recorrer desde mi mandíbula hasta los rincones más perdidos e inexistentes de mi ser. Siento con la lengua que no tengo dientes. Me mareo. Tengo náuseas. Todo me da vueltas a mi rededor. Ni siquiera sé dónde estoy, quién soy, cómo soy, por qué soy. Todo eso sin moverme de mi lugar. Veo mis manos de nuevo. Nada. No hay sangre y fragmentos afilados ni nada. Mis dientes están de vuelta en su lugar. Respiro agitadamente. Comienzo a temblar, a sudar. Me quiero desnudar y arrancarme la piel. Quiero azotar mi cabeza tan fuerte contra la pared que de plano no me vuelva a levantar.

Escucho a Gabo gritar. ¿Cómo es que permiten esto? ¿Cómo es que la ley no hace algo para detener el daño que les hacen a sus soberanos? Es un libro más, la constitución, un libro más que nadie toma en cuenta, como todos. Nadie les toma su debida importancia, y es por eso que a todos nos violan sin saberlo.

Nunca pensé que alguien fuera capaz de gritar de esa forma. De lanzar semejantes aullidos. De repente suenan como mi voz. De repente como la de Fabián cuando lo violé. De repente como mi madre. Como mi padre. Como mi hermano. Como mi hermana. De repente soy yo el que grita y es Gabriel el que me responde con un dolor inhumano e impresionante.

–¡Por favor, ya, deténganse, él no hizo nada! ¡Él no hizo nada!

Lloro y tiemblo. Hablo a la nada. Como siempre. La desesperación se apodera de mí, de mi cuerpo, de mi mente y de mi visión. Nada es lo que debería parecer ser. Mi campo de visión se reduce, ya no veo más que el frente, todo a mi rededor se vuelve confuso, borroso, como un túnel bien oscuro que no está ahí. Lloro. Pero mi llanto suena a gemidos sexuales. Me duele el cuerpo, pero al mismo tiempo siento orgasmos. Sudo semen. Orino sangre. Hay fetos caminando por las paredes como arañas, y sus cabezas cuelgan porque no tienen músculos suficientemente fuertes en el cuello para sostenerlas arriba, y sonríen todos, con los dientes rotos por pinzas. Sangran y sonríen. Y cada vez que abren la boca, gritan con la voz de Gabo, con su dolor. Y cada vez que me ven gritan, porque yo soy el que le causa dolor. Toso. Toso porque algo me ahoga. Es semen de Rodrigo. Y de repente lo veo al otro lado de la habitación, empequeñecido como muñeca de trapo. Y me ve sonriente, y de repente la sangre brota de su boca, que es labios vaginales horizontales. Menstrua al mismo tiempo que me viene a mamar. Yo grito y corro. Tropiezo sobre senos. Me pican los ojos. Quiero gritar. Me subo a la mesa para no tener contacto con ellos. Babeo. Sudo. Veo a todos lados. No pienso. Grito. Me quiero matar. Todo mi cuerpo es ajeno, mi mente es ajena, mi ser es ajeno. No existe la realidad porque no existo yo.

Entonces, agotado, me siento. Dejo mi cabeza inclinada de lado, clavo mi mirada a la mesa, y de repente la traspaso y veo todos y cada uno de sus átomos. Dejo de parpadear, dejo de respirar. No pienso. Nada. Alguna vez escuché bromas de cómo los hombres tenemos la capacidad de desconectar el cerebro y no pensar en nada. Pero eso es imposible. Solamente el cerebro bloquea ciertas señales, ciertas sensaciones para conservar algo de humanidad. Y eso lo pueden hacer todos, sean hombres o mujeres. Veo al frente y me veo a mí mismo desnudo. Me veo con vagina. Me veo con una trompa de elefante en lugar de pene. Me veo con pelo púbico en la cabeza en lugar de cabello. Me veo con tetas de mujer, las de Lola. Me veo con una paleta de hielo en lugar de pene. Me veo con una verga en lugar de nariz. Me veo con pezones en lugar de ojos. Me veo y no me reconozco. Moqueo semen y salivo menstruación.

Los golpes de dolor se acentúan. Siento cómo me cortan los testículos. Siento cómo me queman la lengua. Siento cómo me arrancan un ojo. Siento cómo me meten agujas entre las uñas y el dedo. Siento cómo me penetran con palos de escoba. Siento cómo me orinan y defecan sobre mí. Siento cómo me desgarran el ano. Siento cómo lloro. Siento cómo se burlan. Siento cómo me señalan. La sangre me cubre y me deja pegajoso. Me cortan con cuchillos. Me electrocutan. Me ahogan. Me matan. Me matan. Me matan.

Me matan.

Me matan.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

De repente todo se detiene. Escucho un picaporte. Yo estoy sentado. Una silla en el suelo. La habitación pulcra. De la puerta opuesta de la que entré, el detective llega a la habitación, se limpia las manos con un trapo azul. Se limpia la sangre. Luce tranquilo, como si hiciera algo de rutina. Su camisa oscura está manchada de cosas más oscuras aún. Sangre reseca. Luce acelerado, busca calmarse. En silencio, pone un cenicero en la mesa, luego pone un cigarro frente a mí, saca un cigarro y se lo pone en los labios, lo enciende, y luego deja el encendedor al lado del cigarro que me dejó al frente. Todo lo hace sin dejar de verme. Toma la silla del suelo y la pone frente a mí, frente a la mesa, y se sienta como si nada. Da una profunda calada, con los ojos cerrados, goza la nicotina, se ve que le gusta al hijodesuputamadre. Yo no quiero agarrar el cigarro del enemigo, pero tiemblo tanto. Lo hago. Tengo problemas para encender mi cigarro. Pero lo hago. Me veo limpio todo, justo como cuando llegué. Me observa de nuevo con su férrea mirada, con su talante ser, con su aplomo de gigante cuasivikingo.

–Tengo que admitirlo… tu amigo, de donde vengo… bueno. No es humano. Tiene una resistencia divina. No había visto jamás a nadie resistir lo que él ha resistido. Ha callado. Te ha protegido. Yo siempre he pensado que la amistad es el pan del que se muere de sed… Pero no ha dicho nada de ti. Sigues limpio. Él es el culpable… increíble. Yo siempre pensé que el que no tiene amor no es nada… hasta ahora.

Saco el humo de mi cuerpo y desvío la mirada de él. Luego dice:

–Podría ser el héroe.

–¿Para quién? –Por fin pregunto.

–De donde yo vengo… bueno, sería el héroe de donde yo vengo.

–¿De dónde vienes?

–De un lugar diferente. Digamos que es un libro diferente. Tú me entiendes, la metáfora… eres lector, tanto como yo.

–No te creo.

–Créelo… De donde yo vengo los libros prohibidos de aquí, son conocimiento general allá. Yo he leído lo que tú. Y más.

–Y aún así, eres un monstruo… todos deben ser monstruos de donde tú vienes–digo sin la seguridad que hubiera querido. Mi voz tiembla.

–No –dice recargando la espalda al respaldo de la silla–, yo soy el bueno allá. Salvé a mi gente.

–Y ahora nos matas.

–No son mi gente, ustedes. Y no lo maté, a tu amigo, como dije… es un claro ejemplo de valor.

–Bueno, aquí tú eres el monstruo –digo con pasión resignada.

–Cumplo con mi papel, que es diferente.

–Eres el malo.

–¿Malo? No, no, eso sería simplista. Sólo diferente. Como te digo, allá soy el bueno. Aquí… diferente.

–Eres un enfermo.

–¡Ja! –dice y fuma. A continuación, habla mientras el humo sale de su boca–, si tú fueras a mi mundo, de donde vengo, tú serías observado con los mismos ojos con los que me observas… de monstruo. Tú serías el monstruo. Allá controlamos nuestras pulsiones por el bien social. Aquí las liberan, por el bien social. Diferentes mundos, es todo. Claro que me dan asco de la misma manera que tú darías asco en mi mundo.

–Y es por eso que nos quieres matar.

–No, no, no matar. Solamente quiero paz.

–¿Y por qué lastimaste a Gabriel?

–Métodos… es como tú que quieres encajar. En mi mundo yo también así lo quería y no pude.

–Y ahora te desquitas –digo con resentimiento.

–Es que no te das cuenta que tú y yo somos iguales.

Me quedo de piedra y lo observo, y por primera vez noto que hay un parecido en nuestros ojos. El del dolor.

–Si tú fueras a mi mundo, yo te vería como me ves a mí. Como un monstruo.

Apaga su colilla de cigarro.

–Y aún sigo sin respuestas, ¡qué caray! Justo por eso, recurro a ti –dice.

Siento un escalofrío.

–¿Qué?

–No te preocupes, no te voy a lastimar. Eres el niño famoso, el más querido por ahora. La misma Hermandad te protege.

–¿Qué?

–¡Pues claro! No van a dejar que uno de sus principales pilares de atracción sexual caiga… pero tienes información fundamental para el siguiente paso. Es la misma información que Gabriel no cede.

–¿Qué información?

Enciende otro cigarro, fuma, y se inclina hacia delante.

–De familias no parafílicas.

Entonces comprendo por qué Esteban nunca confió en mí. Ya hasta estoy cediendo y no he sentido dolor.

–Yo no recuerdo el camino.

Él sonríe.

–La mente es algo maravilloso. Incluso tú no siendo consciente de lo que viste, lo viste, y lo recuerdas perfectamente en algún lugar de tu cerebro, de tu mente. Y es sólo a través de las formas correctas que podemos traer esa memoria de vuelta. Solamente te tenemos que ayudar a… recordar.

El muro donde está la puerta de donde entró de nuevo el detective se ilumina. Es un cristal. Al otro lado del cristal traslúcido, para nosotros, en dos mesas, hay gente que conozco. Grito y tiemblo. Lagrimeo. El vuelco en el estómago es tal que ya no puedo fumar y dejo caer mi cigarro. Quiero desmayarme pero no puedo. Sentados, frente al cristal que ellos ven como muro, están Eva, asustada, sin daño alguno aún, y Gabo. Gabo está aniquilado, vivo pero torturado, apenas sobreviviente a una matanza bananera. Está desnudo y lleno de sus desechos, le falta un ojo, de su boca sale sangre y ahí también hay pedazos de sus dientes, no tiene dedos en las manos, no tiene testículos, y tiene partes de su cuero cabelludo arrancadas.

–Sólo uno de ellos puede ser –me dice.

–¿Qué? –Chillo.

–¡Cálmate! –me grita imperioso como un león rugiendo. Me disminuyo–… Tú ocasionaste esto, no yo. Si me hubieras dicho las cosas como te dije, antes, nada de esto habría pasado. Pero desconfiaste de mí, un amigo tuyo… Pudimos haber evitado esto.

Habla tan rápidamente que no lo puedo creer. Por alguna razón siento que su finalidad no es tanto remarcarme mi error sino, de alguna forma, justificarse.

Suspira y se calma.

–Te dije que estaba de tu lado –continúa él–… ¿no? Sí que te lo dije, pero esta consecuencia es tuya nada más. Tenemos a los dos, y sólo uno puede salir libre, y así tú serás libre. Elige: Gabito o Eva.

Veo de nuevo a los dos, mi mente se funde, no pienso de nuevo, no sé qué hacer, el nervio me ataca.

–Y no te hagas el héroe, eso da asco –dice de nuevo–, no te puedes quedar tú para salvarlos a ellos en un acto de valentía estúpido. Antes se mueren los tres. No es tan difícil. Aquí los desfiguramos, chocamos un auto, el de Gabriel, y los ponemos a los tres ahí para los medios de comunicación. Será como un accidente. Así que, puedes salvar a uno y salvarte a ti. Elige: Gabriel o Eva.

¿Quiere que elija? ¿Cómo chingada madre quiere que haga eso? ¿Cómo poder elegir entre mi mejor amigo de la vida y la niña a la que amo? No se puede elegir entre dos que inspiran el mismo amor, dos que me hicieron, formaron y lograron. ¿Qué clase de bestia asquerosa fuerza a otro a tomar semejante decisión? ¿Qué clase de demonio te hace eliminar una parte de ti por conservar otra? No puedo.

No puedo.

Llorando, en súplica, digo:

–Por favor, no…

Y él, férreo, me interrumpe de tajo, y sin atisbo de piedad me dice:

–Si lo que sigue, lo que sea que digas, no es el nombre del que quieres salvar, los tres se mueren… luego de agonía, claro está. El choque será espectacular…

Los veo. Uno sale, el otro no. Gabo, mi Gabito, Eva, Evita. Mi garganta se cierra. Mi visión se vuelve como si estuviera bajo el agua por las lágrimas ingentes que salen. Tiemblo. Mi labio inferior tiembla. No puedo, no puedo elegir.

Sin pensarlo lo digo.

Apretando mis ojos, lo digo.

Con mi voz nasal, lo digo.

Hasta me escucho a mí mismo, como si yo no fuera yo:

–Eva…

Y lo veo, a Pedro, el detective, quien parece menear negativamente la cabeza sin hacerlo, que me reprocha mentalmente. Le doy asco.

–La niña se va –dice a la nada. No me lo dijo a mí. Un par de Halcones Blancos se la llevan. No escucho sus quejas. Se va.

–Ven –me dice ahora a mí. Y como no me puedo mover, un Halcón Blanco me carga a la habitación donde está Gabriel, justo a través de la puerta por donde llegó el detective hace rato. Huele a mierda. Huele a sangre. Huele a dolor.

–Do… do digas dada…

–¡Cállate, perra! –Grita el detective al mismo tiempo que lo golpea. La cabeza de Gabo rebota contra la mesa de metal.

–¡No, ya basta!

–Él lo causó, no yo.

–Por favor, ya no –digo llorando. El Halcón Blanco me detiene en la silla. No me deja ir.

–¿Dónde están las familias? –Pregunta el detective.

–No sé –digo llorando.

–Do…

El detective, con violencia acrecentada, lo toma de la cabeza y lo azota contra la mesa. Trato de levantarme para detenerlo pero no puedo. Tiene un tacto frío y metálico el Halcón Blanco. El golpe resuena, el de la cabeza de mi mejor amigo y el de la mesa de metal, hasta lo más profundo de mi ser.

–¡Dónde están?

–¡No sé! –Grito llorando.

El detective se agacha y toma un martillo del suelo, uno de metal. Golpea la mesa, apenas a unos milímetros de la cabeza de mi amigo.

–¡La siguiente no será en la mesa, será en la cabeza de este pendejo, y te voy a bañar con sus sesos, hijo de tu puta madre! Ahora, dime, ¿dónde están!

La expresión del detective es simiesca, de locura, de furia. Sus ojos parecen intactos, parecen suplicantes, pero su cuerpo indica lo contrario. Lo va a hacer.

–¡Do digash dada! –Balbucea mi mejor amigo.

–¡No sé!

–¡Dónde están!

El martillo se eleva.

–¡No sé, chingadamadre!

–¡Dónde están!

–¡NO SÉÉÉÉ! –Me desgarro la garganta.

El martillo llega a su punto más alto.

–¡DÓNDE ESTÁN!

–¡CÁLLATE!

–¡En un condominio! –Digo sobre la voz de Gabriel, sin querer–, en un condominio, cerca de la plaza Antena.

Respiro agitadamente. El detective respira agitadamente. Las venas de su cabeza y cuello están saltadas. Su cabello está apelmazado de sudor.

Entonces veo a Gabriel. Tiene dedos en sus manos. Tiene todo el cabello. La sangre es mucho menos que antes. Al verse liberado de la mano del detective se levanta y se pone erguido como si nada le doliera. Menea negativamente la cabeza. Ya tiene sus dos ojos de nuevo.

Tranquilo, el detective dice:

–Llévenselo.

Dos Halcones Blancos llegan a custodiarlo, pues él se levanta como si nada. No está desnudo, y a través de su ropa interior veo que no hay sangre y tiene sus dos testículos colgando. Lo sé porque he visto cómo se ve con Rodrigo y conmigo mismo. Gabriel camina como si nada, como si nada le doliera.

El detective se limpia el sudor de su aperlada frente.

Me doy cuenta que el olor a mierda ha desaparecido. Me doy cuenta que no hay nada de sangre en la habitación. Todo está reluciente de limpio. Blanco, como el cielo mismo.

–¿Qué? –Digo incomprensible.

–Maravillosas las cosas que la tecnología hace –dice el detective como sui fuera un experto en el tema–, la Musa, la droga de La Hermandad, con el input necesario, hace maravillas. La mejor parte es que no me tengo que ensuciar las manos… Podemos hacerle creer al sujeto en cuestión cualquier cosa, con un solo ruido… ¿Cuánto tiempo crees que llevas aquí?

No contesto, frunzo el ceño.

–¿Qué?

–¿Cuántas horas? ¿Cinco, seis? –Sonríe él como cuando el maestro sonríe cuando su alumno comprende por fin algo difícil que no podía manejar–. No has estado aquí, en La Hermandad, más que sesenta segundos, Adán.

–No…

–Sí…

Se levanta.

–Gabriel se queda –dice–. Por cierto, te diré, quien te delató, sobre el libro; fue Eva. Eva le dijo a Lola, y Lola, esa niña tan asquerosa, le dijo a Daniel y al niño vagina, a Fabián. Liberaste a la que acaba de condenar a tu mejor amigo…

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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