Capítulo décimo quinto

Desde aquél día, tengo la sensación de estar sentado todo el tiempo en la habitación blanca de La Hermandad. Frente a mí, se encuentra alguien contándome algo, diciéndome algo. Esta situación es mucho más clara en mis sueños, en mis ensoñaciones, pero no hay momento del día que no me sienta observado, como si experimentaran conmigo, casi me siento como una rata de laboratorio: estoy expuesto, totalmente desnudo ante la mirada perspicaz de alguien que no puedo ver pero que sé perfectamente que no me deja solo ningún momento. Está presente, omnipresente, está en todos lados. Este personaje todo me lo cuenta, todo me lo dice, parece el más grandioso experto en el tema: el detective.

No he visto a Gabo en varios días, y mis mensajes ni siquiera le llegan a su celular. O tal vez no me contesta, no quiere contestarme. Me ha bloqueado, pero se me hace extraño pues no me marca así el celular, no me dice que esté bloqueado. Me doy cuenta de mi estupidez, tal vez estén monitoreándome, así que desisto en mandar mensajes. Me han de estar rastreando y eso me provoca un poco de paranoia.

Soy un traidor, y eso intensifica mi malestar. Me siento como el animal más rastrero posible, el peor de todos los existentes, uno que merece ser exterminado sin la más mínima de las consideraciones. Y no sé qué es peor: la forma tan miserable en la que engañé a mi único amigo, a mi mejor amigo, o la traición que hizo Eva en mi contra. Ella fue quien habló de los libros, es ella la que ocasionó todo esto. De no haber sido por ella nada de esto hubiera pasado. Es la peor de todas las personas que conozco, incluso peor que yo.

En las mañanas me siento pesado, no me puedo levantar, no encuentro razón para hacerlo. No hay nada que me haga salirme de la cama, que me motive de la más mínima forma. Apenas y me doy cuenta de lo repetitiva que es mi vida, mi rutina, todo el tiempo se lleva a cabo una y otra vez sin la más mínima de las diferenciaciones entre cada uno de los días: me levanto para ir a la escuela, masturbación grupal, regreso a casa, masturbación en solitario, dormir. Eso una y otra vez hasta la eternidad, hasta morir. No tiene el más mínimo sentido. Ni siquiera lo hago gozando, se repite en automático como cuando manejamos, como cuando escribimos en computadora o como cuando nos lavamos los dientes: el movimiento sale casi solo, no es necesario prestar ni la más mínima de las atenciones. Me siento como un perro que babea al más mínimo de los impulsos, en automático, sin razón especial: soy un perro que se pone erecto sin que haya una razón aparente, con la muestra más mínima de piel, con un short apenas levantado, con un abdomen medianamente descubierto, una mínima línea de piel; y cuando se va  más allá, cuando muestran algo más cercano a los sexos, como la línea abdominal que va a la entrepierna, como el inicio de unas nalgas, la cintura desnuda, esa parte lateral, un poco de pierna ejercitada; eso me vuelve loco, me saca de la cabeza. Me vuelvo impulsivo, pierdo la noción de lo que soy, de lo que yo creía ser. Me vuelvo un cuerpo, mi mente se disipa hasta que eyaculo sobre eso, sobre esa boca, esa cadera, ese otro pene, esas nalgas, ese abdomen para luego besarlo y limpiarlo de mis excreciones. Soy un simple animal en celo…

Interesante este lugar, el de ustedes, sinceramente. Han llevado el sistema, bueno, lo que se conoce como sistema, a un punto totalmente inhumano, a una realidad diametralmente aterradora si es que lo ves de fuera. Para ti no es así, obviamente, estás inmerso en ella, no te das cuenta, te parece lo normal, pero sólo hace falta pensarlo un poco, lo más mínimo. Esto es la eterna búsqueda de un placer jamás encontrado. Se han embrutecido como si de una novela se tratara. Obvio que hay una mente maestra detrás, no se lograría algo así de la nada. Tiene muchos nombres, además, por si no lo sabes: Dios, gobierno, publicidad, propaganda, institución, círculo de poder… Mi nombre favorito es el de autor. Sin embargo, todos esos… ¿cómo llamarlos?… digamos, opresores… sí, todos esos opresores tienen algo en común: todos son unos benditos creadores…

Los días pasan uno tras otro sin que vea yo una clara diferencia entre ellos, de hecho ni siquiera veo salir el sol, ocultarse la luna, la temperatura cambiante, los cambios de humor. Ya no hay nada de lo que antes me hacía anhelar algo, esas visitas consuetudinarias, esos abrazos amigables, mirarnos a los ojos y sonreír sólo porque sí. Todo el tiempo me la paso ahogado en alcohol o en alguna otra sustancia, me desconecto de la realidad lo más seguido posible, y solamente espero a que mi estómago se asiente para de nuevo entregarme totalmente a cualquier sustancia que me haya olvidarme de quien soy yo. Entre más se me olvide quien soy, mejor. Nada como la euforia falseada del alcohol o el tiempo placenteramente detenido de la marihuana. Trato de estar fuera de mí todo el tiempo, porque ya nada me hace ser yo, porque ya no tengo motivo para hacerlo así. Todas las diversiones ya me son ilusiones, una hoja en blanco. Las nalguitas de Rodrigo ya no me excitan como antes, la mirada de Eva no me hace perderme, y las porquerías libidinosas de mis demás compañeros ya no me aceleran. Mi mejor amigo ya no está conmigo. Ya no están esas preguntas que estaban enfocadas a tratar de dilucidar mi bienestar, ya todo es bajarse los pantalones y beber menstruación de copas de vidrio. ¿Dónde quedó mi humanidad? He pensado que el sexo se vende, se enseña, se valora como el mayor de los placeres posibles, un paraíso terrenal en el que todos pueden ser uno mismo, el verdadero elixir de la vida que sana nuestro malestar y nos enseña que a pesar del sufrimiento siempre se puede alcanzar un gozo indescriptible que te saca de tu mente a través de tus órganos sexuales y demás zonas erógenas. El ser humano se ha reducido a penes, testículos, vaginas, anos y pezones. Bocas salivosas, somos todos lenguas luchando dentro de bocas de dientes espinosos y con un olor a excremento y putrefacción. El elixir de la vida son nuestros fluidos, los vaginales, la orina, el excremento y el semen. El cáliz de donde los bebemos son nuestras vergas, vaginas y anos. Todo es simple, todo es normal, todo es permitido; y cuando todo se vale, ya nada tiene sentido, ya nada tiene chiste, ya nada tiene una finalidad. Ni siquiera la satisfacción es real. Una vez que accedes a él, al contacto sexual, al exceso, ya no hay más que una necesidad, todo se vuelve algo automático como cagar, orinar, alimentarse. El placer se reduce a satisfacción, pero nada más. ¿Qué es lo que habría uno de hacer para sentirse un humano de verdad?…

Ya lograron banalizar las cosas más prístinas, los tonos más puros que, de donde vengo, nos vuelven seres humanos. Las relaciones humanas aquí no existen, la mirada a los ojos se pierde, parecen tontos mirando pantallas: sus miradas bajas siempre se enfocan al bulto, al sexo, al pezón, a lo ligeramente provocador. No hablan, no se conocen, es más: ni necesitan nombre. Una simple foto de ustedes desnudos, una aparente felicidad, mensajes que no llegan a nadie y que todos malinterpretan porque le dan el significado que quieren o que más les conviene. A eso se han reducido: sangre, sangre en el órgano sexual. Ya no son más que una satisfacción inmediata, ¿sabes? Mira, escúchame bien, te diré una cosa: yo siempre he pensado que el hombre, al dejar de sentir la falta de algo, muere. Todos necesitamos la carencia de algo para seguir, porque si no hay carencia y todo está resuelto, satisfecho, ¿para qué levantarse de la cama? O sea que si no hay un malestar, no hay una vida. Entonces la vida es un eterno malestar. ¿Entiendes lo que quiero decir?, ¿no? Eso espero, que sí lo hagas. Entonces, el constante malestar es lo que hace al hombre. El dolor, el sufrimiento es lo único constante, lo único que siempre está en él. Si no se siente mal, no puede vivir, porque justamente hace las cosas para dejar de sentirse mal, esa es su búsqueda, el sentido de su vida: evitar el malestar, porque es lo único que lo motiva a moverse. Eso quiere decir que la felicidad debe ser pasajera, efímera, porque si fuera permanente, entonces no tendría ni la más mínima razón para seguir viviendo, pues no habría carencia, necesidad por satisfacer. Esa es la verdadera naturaleza del hombre: la falta, la carencia. Eso nos da un motivo para vivir. Y quien vive feliz es porque no tiene carencias, y entonces cae en el embrutecimiento, en la vileza, en la estupidez…

Mi caso se hizo noticia en toda la nación: el niño estrella, el nuevo artista en potencia pervertido por el maldito heterosexual soez y asqueroso que ataca las simientes de esta naciente infancia. El puerco que trató de enseñar al niño las malas cosas. Ese fue, mi caso, el punto de inflexión, la gota que derramó el vaso. Las protestas ahora se volvieron de una violencia exacerbada. Las provocaciones se habían ido acumulando y ahora todo se ha vuelto una pesadilla. Una noche eterna, un engaño establecido, desnudo. Los asesinatos nunca faltaron, entre los protestantes y entre los que llevan a cabo la palabra de La Hermandad bien se cuentan por cientos, miles, pero un caso, sólo uno es necesario, con la suficiente cobertura mediática, para levantar pasiones. Ahí radica la cuestión del asunto: nada es importante, y miles podrían morir, pero hasta que a uno en específico, el más conveniente, se le da la suficiente importancia, una falsa, una sin sentido, una engañosa; entonces ya todo se viene abajo, entonces ya todos están indignados. A mí no me mataron, y eso hubiera sido mejor, porque el hecho de que la gente sepa que sigo con vida y sufriendo las consecuencias de mi amigo lector, les parece mucho más indignante que la muerte de cientos desconocidos. Todos son gente sin nombre, sin rostro. Jamás fueron tomados en cuenta porque no importaban, a nadie, porque nadie se sintió identificado con ellos por el simple hecho de ser desconocidos. Parece ser la cuestión de pertenecer, dejamos de ver, de existir, de haber por nosotros mismos. Nos transformamos todos en un grano de arena más, una gota más de la lluvia, un puñado de tierra seca, un suspiro perdido en la infinidad del vacío irrespirable. ¿Y no soñamos? ¿No sentimos? ¿No hacemos sentir? ¿No somos todos vida también aunque no tengamos un rostro para los demás? ¿Por qué hasta que yo me vi afectado, en apariencia, la gente cambió? Creo que es porque ni nosotros mismos somos alguien, no creemos que somos alguien y proyectamos esa necesidad de ser alguien en otra persona. No somos hasta que alguien más nos hace ser. Somos un autoengaño. Mi Gabo no tenía rostro, y ahora es el estandarte de injusticia de todos los héteros. Yo no tenía rostro, y ahora soy el estandarte de injusticia de La Hermandad…

No te has dado cuenta, ¿verdad? ¡Pero si es obvio!, y hay que ser muy ciego para no entenderlo. Es el problema de los excesos: nos privan de hasta las razones más obvias. Mira: llevamos el malestar a un nivel tan sublime que lo hacemos su opuesto, y con eso lo perpetuamos. Y para muestra, solamente hace falta un botón. La búsqueda de la felicidad es una paradoja en la que, si la alcanzas, en seguida eres infeliz, pues no es lo que esperabas, porque cuando la tratabas de encontrar, la idealizabas, y todo ideal es imposible de alcanzar. De donde yo vengo, esa falta es el motivo de mejorar, de no estancarte, de seguir adelante y ser el ejemplo que la sociedad solicita, necesita. Pero ustedes todo el tiempo tienen la satisfacción al alcance de la mano, literalmente. ¿Para qué luchar, entonces? Mírate: ¿Por qué eres infeliz si tienes todo para ti? ¡Vamos! Eres más inteligente que eso. Debes de saber la respuesta. A ver, tú dime: las patologías aquí son legales, las parafilias son necesarias y permitidas, pueden hacer lo que quieran con quien quieran cuando quieran y hasta lo deben hacer para encajar en la sociedad. Nada aquí está mal si siguen sus placenteras reglas. ¿Por qué habrías de sentirte mal si todo lo puedes hacer? Tú dime, tú eres el que lo sabe, porque sólo tú conoces tu vida propia, eres la estrella… no, no es La Hermandad. No es su maquinaria de publicidad y propaganda, no su poderoso aparato ideológico que los maneja. Nadie los controla: ustedes se dejan controlar. Podrán todos ser aleccionados para lo mismo, pero al final de cuentas, cada uno tiene el poder individual de decidir. Tú dime, entonces, ya que lo tienes todo, ¿por qué no eres feliz?…

La respuesta de La Hermandad, autorizada por el gobierno, ha sido la de la violencia sin igual. Ahora se viene la guerra civil. Las protestas son arrasadas con las mismas armas que se deberían usar para defender la nación de una invasión armada. Lo vi en las noticias. Ahora hay una aplicación de celular que se descarga automáticamente con las nuevas actualizaciones, y los nuevos equipos ya las tienen incluidas y no se pueden eliminar del dispositivo. Esta nueva aplicación permite mandar en tiempo real una alerta que reciben todos los demás dispositivos cercanos en un radio de medio kilómetro. Al llegar la alarma, automáticamente se muestra el camino más corto para llegar a esa ubicación. Si uno recibe la alarma está bajo la responsabilidad moral de ir y juntarse todos para solucionar el problema. Los primeros afectados por este novedoso sistema fueron los amigos heterosexuales de Gabo. Al hombre mayor, el tal Esteban, le dieron tanta droga que hubieran matado hasta a un elefante. Ante un complejo operativo publicitario de cámaras de televisión, una situación de película, transmitieron en vivo y en directo cómo él violó a todos los niños que yo había visto, desde los gemelos hasta los amigos y la menor de todos. Cuando la pareja joven, esos llamados Alejandro y Valeria, trataron de impedirlo, pagaron con sus vidas: literalmente fueron destazados por la turba hambrienta. Los jalaron entre todos como si fueran animales, les arrancaron las manos y las piernas, se los comieron cuando estaban vivos y respirando. Fue canibalismo al extremo, y luego la bacanal también fue transmitida, usaron la sangre como lubricante. Yo vomité. Me enfermé por tres días…

¿No lo sabes? Qué decepción, y yo que pensé que eras más inteligente. ¿Cigarro?… ¡ándale!, te va a ayudar a estar menos nervioso. No seas tan melindroso… bien, ándale. Recuerda, somos amigos. Es que no sientes. Esa es la respuesta, y ese es el problema. Estás tan concentrado en comprar, adquirir, satisfacer tus falsas necesidades que en realidad lo que te hace falta es todo eso que te hace humano. ¿Qué es lo que nos hace humanos? Interesantísima pregunta, como te digo, tienes tus luces de inteligencia. Tienes tus momentos. El problema, mi buen, es que estamos condicionados para todo: trabajar, estudiar, comprar, satisfacer a los demás, ser lo que los demás esperan de nosotros, cubrir las expectativas de los amigos, familia, tener autos, pareja, un cuerpo de ensueño, ser hermosos; estamos obligados a demostrar inteligencia incluso si esta es aparente, debemos mostrar nuestra valía, nuestra integridad. Actuamos. Estamos aleccionados para todo, y nos olvidamos de eso que nos hace humanos: sentir. Estamos condicionados para todo, excepto para sentir…

¿Y qué hacer en un mundo de ciegos? ¿Qué hacer en un mundo de sin-caras? ¿Cómo provocar algo que les muestre lo que en realidad sucede si ellos mismos son los que procuran que no suceda así? La cuestión, creo yo, es atacar justamente lo que los vuelve ellos mismos, y hacerlos sentir incómodos pues verán el errar en su actuar. ¿Qué será, sin embargo, eso que tenga la cara, la misma que todos ellos tienen, para mostrarles de verdad que sí pueden hacer las cosas de forma diferente? Porque si debo hacerlos sentir, debo hacerlo con justo aquello que les duela, que les afecte. Es algo que ellos mismos desconocen que les afecta, y si soy parte de ellos, ¿cómo descubriré, cómo sabré qué es eso que no saben? Necesito una bomba, algo que haga cimbrar los pilares de la sociedad. Algo radical. Algo que sirva de reflejo, de espejo, algo tan poderoso que… Ya sé: soy yo.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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