Capítulo décimo sexto

La sensación de estar en esa habitación blanca con el detective es cada vez más opresora, crece y crece como lo haría una enredadera invadiendo cada uno de los rincones de una gran pared. No hay zona que deje sin sus ramas y extremidades que crecen y se encojen. Yo pensé al inicio que era así porque había sido una experiencia fuerte y que me había dejado una especie de estrés postraumático. No sé. A veces son sueños, pero ya suceden incluso cuando estoy despierto e interrumpen totalmente lo que hago al momento. Ya es una situación tan irremediable que hay horas y horas del día que me pierdo en su totalidad por estas ensoñaciones que tengo estando despierto. Estos sueños interrumpen mi día a día, mi realidad que estoy viviendo. Parecen una especie de párrafo interpuesto en un lugar no indicado en un texto. Me sacan de onda totalmente, no hay una razón aparente, solamente suceden estas pláticas. Son momentos de ceguera total, casi como si me transformara en otra persona, como si dejara de vivir para estar en otro lugar. No sé si sea mi realidad, no sé si sea la realidad, pero lo parece, tiene todas las características de serlo. El detective siempre se muestra frente a mí, el humo violáceo del cigarro flota en todos lados y es casi contrastante con las paredes blancas. No comprendo, a decir verdad, muy bien la actitud del detective, ni mucho menos el verdadero significado del monólogo que no me deja de soltar. Yo no hablo, y cuando creo hacerlo, él siempre tiene algo que decir al respecto, sobre por qué o es así o por qué estoy mal. No comprendo a la perfección el discurso del detective, siento que tiene un doble significado, pero puede que sólo sea mi imaginación. No importa, sin embargo, lo que tengo que hacer ahora es conseguir esa maldita droga, Musa, y ya sé con quién…

He de ser sincero contigo, y es que estas amistades que ustedes tanto promueven aquí, como la tuya y tu amigo el maestro, el que es más grande; ¿por cuántos años te gana?… ¿doce! Es toda una generación. Como sea, estas amistades, allá, en mi tierra, en mi historia, no son bienvenidas, son siempre vistas bajo sospecha, porque siempre puede haber una doble intención. O sea, aquí es normal, esa doble intención que allá se trata de eliminar aquí es la cosa más normal de todas. Pero a mí me sorprende, siempre me ha sorprendido. Obviamente, siempre se debe de pensar primariamente en la seguridad del menor, en este caso, en la tuya. Si hubiéramos estado allá, estoy casi seguro de que tus padres no te hubieran dejado establecer ninguna clase de amistad con él. Estas amistades son extrañas, no son comunes, no deberían suceder. Es que, si las pones en retrospectiva, resultan hasta dudosas. No importa lo que hagas, todo lo debes de poner en retrospectiva. ¿Por qué a un mayor le atraería estar con un menor? Incluso para ustedes es raro de cierta forma. Es una monstruosidad, algo verdaderamente desagradable… Ya sé, ya sé que ustedes dos no hacían nada. Pero igual, su forma de ser, de actuar, de ser amigos, resulta desagradable para su sociedad, para sus normas. ¿Ves cómo sigue estando mal? El objetivo del mayor debe de ser asquerosamente desagradable para querer estar con un menor, ¿tú qué opinas? ¿Por qué tu amigo querría estar contigo? ¿Qué clase de conversación habría de tener él y de gozar, siendo tu amigo tan inteligente, con alguien que apenas y sabe algo por su juventud? ¿Qué tendrían ambos a cambio el uno del otro? Bueno, ya sabes lo que dicen: no hay edad para el amor. ¿Será, acaso, lo mismo para la amistad?…

Pensé que iba a estar más nervioso pero no es así. De alguna forma es sorprendente, pero también ya me lo esperaba. De hecho siento una ligera emoción ante lo que, hace apenas algunos ayeres, me habría causado verdaderas pesadillas. El maestro de orientación sexual tiene de la droga que necesito, y no puedo irme sin ella, la debo obtener si quiero tener éxito en mi tarea. Necesito esa Musa, y sé perfectamente lo que tendré que hacer para ganármela. Es extraño que mi corazón lata a esa velocidad, ese nerviosismo gozoso antes de hacer algo que nos gusta pero igual que tiene su porcentaje de problema, siento mi palpitar en mi cabeza. Me detengo ante la puerta de su oficina. Me he puesto un short, uno de esos de Rodrigo, que a mí me quedan especialmente pequeños, casi de calzón. Todo se nota, todo se me ve. Tengo una erección más que evidente, sin embargo, me coloco el pene de tal forma que se vea aún más. Lo que debo hacer es que él se entusiasme tanto que no se dé cuenta de lo que va a pasar. Eso va a lograr que me ponga atención enseguida, además, que no pida más de lo que su excitación le permita. Antes de entrar, para acabar, comparto por redes sociales que voy a hacer una pijamada en mi casa y que todo lo voy a transmitir en vivo en y en directo. Invité a Lola la tetona, a Daniel Frías y a Eva; más que nada para limar asperezas. A según. Casi en seguida comienzan a compartir mi publicación y a generar tanto emoción como expectativa en la red. Guardo mi celular y entro a la oficina del profesor.

–Buenos días… ¡vaya! Joven Adán, no lo esperaba a usted –observa mi erección. Sonríe–, ¿en qué le puedo ayudar?

–Buenos días, profe –digo mientras me acerco a él. Él gira su silla para quedar frente a mí, Entonces me siento sobre sus piernas. En un momento las abro tanto que le dejo ver mi ingle que es como tanto a él le gustan: sin pelo alguno. Entonces me siento sobre sus piernas y coloco mis manos sobre sus tetas aguadas de hombre viejo–, quiero pedirle un favor, quiero ver si me puede ayudar. Obviamente, estoy dispuesto a pagar de vuelta el favor, profe. Lo que usted solicite.

Él sonríe, me toma de la cintura y coloca sus manos y dedos muy cerca de mis glúteos, su pulgar muy cerca de mi entrepierna. Me observa de abajo para arriba. Me pasa la mano por el cuello y la baja por mi tórax, por mi pecho, y luego la pone sobre mi miembro endurecido. Yo finjo una contracción que lo hace sonreír. Me quita la playera y con sus dedos me masajea los pezones como si yo fuera una mujer. Yo sólo me dejo llevar. Sonrío. A él se le cae la baba. Veo sus dientes desgastados por el café y los cigarros asomarse por la comisura de sus labios partidos, veo sus facciones de animal en celo, sus ojos muertos y muy juntos el uno al otro, de hecho, su rostro es muy pequeño para el área que tiene en la cabeza. Su aliento es de quien no se lava la boca.

–Okey, okey, esto suena interesante –me dice mientras baja sus dos manos y saborea con sus dedos la firmeza de mi abdomen bajo–. Dime en qué puedo ayudarte.

–Necesito Musa. Hoy tendré una pijamada en mi casa y no tengo. Quiero gozarlo al máximo, y es obvio que usted entiende. Sé, además, que usted tiene.

–Ya veo… bueno, veamos qué puedes ofrecer…

Me dice mientras mete un dedo entre mi pubis y el short y lo separa. Lo dejo un poco, dejo que vea el nacimiento del tronco de mi verga endurecido pero luego lo detengo, le quito la mano. Me restriego un poco en su verga dura ya, también.

–¡Vaya! Ja, ja, ja, todo un hombrecito de negocios. Está, bien, que sea a tu modo.

Saca de uno de sus cajones una botella transparente de píldoras rosas. Musa. La tomo y la guardo en mi morral, donde llevo mi celular también. Entonces me levanto, me quito el short, dejo que me vea desnudo, que se le caiga la saliva, me vuelvo a sentar en él. Entonces me besa con desesperación, puedo sentir pedazos de comida que estaba entre sus dientes, saborearla toda podrida. Me separo para tomar aire. Él pesaba que iba a hablar.

–No, no hables –me dice susurrando. Luego saca la lengua y la mueve rápidamente como si fuera una víbora, y yo abro la boca, cierro los ojos, y dejo que vuelva a meterme la lengua mientras me manosea las piernas y los testículos con sus manos callosas. Me hace abrir las piernas y quedar totalmente frente a él, como si me fuera a penetrar, pero no se quita los pantalones. Solamente me besa, me explora la boca, mientras me manosea todo. Yo no pienso. Lo que sea necesario, lo haré…

Te diré que una persona como él, como tu amigo, tan inteligente, siempre busca con quién estar porque la inteligencia aísla a quienes atosiga, los vuelve solitarios… Sí, claro que platiqué con él, principalmente sobre ti. Te tiene en muy alta estima, pero una vez más, no es un… bueno, ustedes lo llamarían normal, un parafílico. No te ama de esa manera. Como te decía, los más inteligentes son siempre los más infelices porque son los que más saben sobre las carencias que ellos mismos sufren, y sus necesidades no son de índole física, sino intelectual, y esa es más difícil de satisfacer. Esas necesidades sólo se pueden satisfacer hablando, en un intercambio intelectual con alguien que busque algo parecido, que quiera crecer también, y lo sabías, ¿no? Son ellos, los inteligentes, los más desdichados de todos, los más infelices, y siempre están tristes, están eternamente deprimidos y necesitan a alguien que los haga salir de su desgracia, de su autodegradación. Sólo te estaba utilizando, ¿no lo ves? Se decía ser tu amigo porque necesitaba sentirse querido, amado, lo que él no lograba hacer consigo mismo. Y eso es lo más tristemente ridículo del asunto. ¿Qué pasará con el ser humano que para poder aceptarse a sí mismo, necesita que alguien más lo acepte? Si te das cuenta, los hombres no se pueden aceptar a sí mismos, y necesitan satisfacer su carencia con alguien más. Error…

Entre besos, el profesor me mete esporádicamente tres dedos en mi ano. Mi pene ya gotea líquido preseminal que él toma con sus dedos y los pone en mis labios para besarme de nuevo. Entonces toma unas almohadillas especiales para las rodillas y me las da.

–Anda, despierta bien a tu profesor.

Me levanto, las pongo en el suelo, le desabrocho el cinturón, él se levanta y se queda de pie. Le bajo los pantalones y puedo ver su asqueroso cuerpo repulsivo. Ese es el pene más feo que he visto en mi vida, parece una especie de rama torcida, delgado y rojo, latente, con vello púbico gris que se expande hasta sus piernas regordetas y flácidas, afectadas por la gravedad. Parece su verga un gusano asqueroso que debería estar enterrado. Nada que ver con el mío, firme y bonito, o como el de Rodrigo, levantado y como si te viera a los ojos. Este es como una especie de pez que debería permanecer en las oscuridades más infernales de la tierra.

–Ya sé que es hermoso, pero no es un artículo de museo para ver… eso, sí, eso, chúpalo, succiona, has ruido de succión, Adán, como si le estuvieras mamando las tetas a tu puta madre, como si quisieras esa leche porque, a parte, mi leche está calientita, y te ha de hacer crecer, y sé que te gusta… sí. Amo la docencia, como verás, porque sólo siendo maestro podemos mostrar la belleza de la vida a ustedes, los poco experimentados, los jóvenes. Tú eres perfecto, Adán, eres lo que todos queremos. Es que mira tus piernas, mira tu cuerpo, mírate. Mejor no, sigue mamando. Mastúrbate. Gime. Gime como puta. Sí, así, bien, bien, ¡Vaya que eres bueno! Ese Rodrigo tiene a un compañero de ensueño. Mírame, a los ojos, desde abajo y no dejes de chupármela. Es que mira eso, ¡oh!, si pudieras verte. Tus ojitos inocentes, tus labios rosaditos resbalando por mi verga caliente que tanto te gusta, tu boquita rosa es perfecta, como labios vaginales, sí, te gusta mi paleta, gozas mi palenque. Bien, bien, esta es la mejor forma de aprender: tragando. Oh, sí, bien, juega con tu lengüita, así, rodea mi glande. No dejes de gemir. Ora. Reza como si mi verga fuera tu dios. Gánate su favor. Tú eres el vampiro y mi verga la estaca. Esto es vida: el inocente complaciendo al maestro, porque nos deben respeto, en realidad, debes hacer esto y más. Adán, méteme el dedo, ándale, un masaje prostático de tus dedos vírgenes. Oh, sí, así, sigue, límpiame bien la verga, como si tuvieras ganas. Págame bien… sí… ¡sí!… Te gusta, ¿verdad? Te gusta ser una putilla fácil, una putilla pasiva, una putilla que sigue órdenes. Ya viene el premio, sí, me estoy viniendo, ¡estoy a punto de dejarte caer la bendición, de darte la sangre de cristo! Claro que te gusta, mi niño hermoso, claro que… ¡NOOOOO!

Aprieto los dientes con toda mi fuerza y la sangre se mezcla con su semen. Me separo. Veo de ahí, de donde antes tenía su verga asquerosa, el orificio, y de ahí sale disparado su semen junto con sangre. Él está en shock, no lo puede creer. Tiembla y suda. Tomo su computadora portátil y se la destrozo contra su nuca. Le escupo su semen. Me visto de nuevo y veo su cuerpo gordo desangrándose sorprendido de que salga sangre y no semen. Digo entre dientes:

–Pendejo…

Este es un mundo donde todos somos iguales. Nadie tiene nada de especial. Nuestra vida se reduce a lo que aparentamos. Tememos a abrirnos a los demás, a alguien fuera de nosotros, porque sabemos que nos pueden lastimar, herir. A eso se reduce nuestra patética existencia: la búsqueda de aceptación personal a través de alguien más porque, si alguien más nos acepta por cómo somos, por quién somos; entonces ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros mismos? Y me imagino que él te lo dijo, tu amigo el mayor: dijo que estaría contigo para siempre. Pues sí, no se quería perder él mismo. Es un egoísta, un patético egocéntrico. Sin embargo, tú eres igual, tú hiciste lo mismo, y no lo niegues, también te tienes miedo, también te das asco, porque lo que él hizo también tú lo hiciste. Date cuenta que son ambos contrarios, ni amigos debieron ser, pero es más la necesidad de no estar solo que la de permanecer centrado y algo lúcido. Él era lo que tú no eres, y tú eres lo que él no era. Te sentías querido, sentías que le gustabas a alguien, te aceptaste porque él te aceptaba. Eres un monstruo. Lo traicionaste. Eres como los demás. Eres otro más. Eres un cerdo. Eres el sueño húmedo, eres la sangre de la menstruación, así de molesto. Eres un grano de arena, una hormiga perdida entre miles, una que pisaron por accidente porque ni te vieron, ni se percataron de tu existencia. Eres un pedo perdido en el huracán. Eres una erección de miles: todas iguales. Eres un gemido fingido de puta en celo. Eres un monstruo invisible. Eres una posibilidad de una isla, pero jamás el acto materializado. Eres nada. Eres nadie. Eres, simple y sencillamente, tú…

Espero en mi casa. Todo está listo. En las paletas de hielo de Lola puse suficiente pastillas en polvo como para matar a una jauría de leones, y en la bebida también puse lo suficiente para erradicar una plaga de ratas en toda una cuadra. Yo estoy desnudo jugueteando con mi cuerpo frente a la cámara para atraer más y más gente que vea lo que está a punto de suceder. Ya hay cerca de diez mil conectados. No hay nadie en mi casa, y eso es conveniente. Me toqueteo pensando en cómo van a gritar como niñas, en cómo van a sufrir. Su sufrimiento me hace gozar. El hecho de saber que la van a pagar, me hace seguir. Porque si ellos no me hubieran iniciado con su niño vagina, no me hubiera convertido yo en el monstruo que soy. Lo mejor es que nadie se espera lo que está a punto de suceder, y ahora ya son más de quince mil.

Tocan el timbre.

–Adelante, adelante. Los estaba esperando con ansias.

Me sorprende mi falsa amabilidad, mi cortesía irreal. Ellos entran al mismo tiempo que se desprenden de sus ropas. A Lola le beso sus dos tetas capaces de hundir cualquier Titanic, y a Daniel, como bien le gusta, le chupo los huevos y luego el glande se lo dejo bien limpio. No vino Eva. Ya me encargaré de esa putilla. Nos vamos a la sala, donde está la proyección. Saben que lo voy a transmitir, creo que por eso aceptaron. Tenemos una conversación que no vale la pena conocer. Algo del niño vagina y de cómo le hubiera gustado estar ahí. Entonces nos juntamos los tres, de pie, y nos besamos mientras nos excitamos entre todos. Yo masturbo a Lola con una paleta mientras le jalo fuerte la verga a Daniel, porque él es rudo, y le gusta rápido y con violencia, le gusta sentir sus testículos yendo de atrás para adelante. Se derriten las paletas, tomo otra y se la meto a la tetonic, bien adentro y bien afuera para que absorba todo. Gotean sus piernas. En voz baja digo, en susurros, para que nadie de la transmisión escuche.

–Lola, tienes una cucaracha por vagina. Daniel, la piel la tienes de tentáculos.

Sus peores pesadillas. Me las contaron alguna vez. Así como el niño vagina sabía mi debilidad, yo sé la de ellos. Me separo. Me coloco frente a la transmisión, en primer plano, y mientras me masturbo, me imagino el terror que han de estar viviendo. La Musa vuelve real cualquier input que se le ponga en mente. El cerebro se encarga de hacerlo real. Las pupilas de ellos dos se dilatan, se quedan paralizados, apenas y se pueden mover, y el terror se vuelve evidente en ambos. Lola grita desquiciada. Rompe vasos y botellas y usa los cristales rotos para matar su vagina. Se desangra a ella misma en un furor casi demoníaco. Su clítoris se vuelve una fuente de sangre eterna. Daniel se rasga la piel con sus propias uñas, y cuando no puede, usa vidrio también, y dos cuchillos que ahí dejé por la ocasión. No dejaría a mis invitados sufrir solamente porque sí. ¿Qué verán? No tengo idea, pero me imagino que es lo peor de sus terrores. Lola seguramente ha de ver en su entrepierna, en lugar de su rajada prominente, una enorme cucaracha que se mueve, que en lugar de alas tiene piernas, que sus patas peludas se mueven sin ton, que mueve su cabeza, que está ahí, café, tratando de sobrevivir los sablazos de cristal que recibe. Daniel, en cambio, ve que la piel se le llena de ámpulas y ampollas que parecen ventosas de tentáculo de pulpo, lo que más asco le da, y se las tiene que arrancar porque le producen tanta desesperación que la muerte es mejor que eso.

Yo sonrío ante la cámara de mi computadora.

–Es esto lo único que ha logrado La Hermandad. Nos atontan, nos controlan, nos manejan a su gusto. Lo que sucede afuera, la guerra que hay, es sólo una reivindicación de grupos ignorados y que existen, que no debería ser así, pero por desgracia es la realidad. Hay algo más en la vida que nuestro ideal de sexo. Hay más formas de encontrar el placer. ¡Despierten! Vean a su rededor, derrumben los muros que les impiden ver la luz del sol. Quitémosle a La Hermandad lo que más fuerza les da y lo que más nos conviene tener: nuestra individualidad. No hay que tener miedo a ser alguien diferente, todos somos únicos, todos somos especiales. Debemos luchar por eso. No hay por qué hacer lo que los demás hacen ciegamente. ¡Podemos nosotros controlar nuestro propio destino, podemos elegir por nosotros mismos! No dejemos que nos arrebaten nuestro más preciado tesoro: ¡Nuestra…

Justo cuando eyaculo. No me masturbaba queriendo, casi lo hice inconscientemente, y de hecho ese grito es mezcla de gemido. Justo cuando mi semen sale disparado a la cámara de mi computadora, tumban la puerta de mi hogar con violencia exacerbada. Halcones Blancos. Me colocan una bolsa negra en la cabeza. Me pierdo en una marejada de gritos y golpes.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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