Desnúdame: Capítulo final

Silencio. Murmullos. Silencio como estar bajo el agua sin la incómoda sensación de taponeo. El aire es límpido, me atrevería a decir cristalino, aunque no sea la forma correcta de decirlo. Hay una luz blanquecina. He descansado lo suficiente. La luz es natural, viene del sol, uno brillante pero discreto que pareciera querer despertarme poco a poco, lentamente. Entreabro los ojos. La luz, el rayo, viene de una ventana que no veo, la luz pasa, pero no veo la ventana. La luz no me lastima. Me doy cuenta que estoy en un sillón de piel. No sudo a pesar de que siempre ha sido así. Trato de ver qué hay a mi rededor. Un olor peculiar, seco pero agradable, como de troncos cortados y felices se tratara. Troncos felices, sí, suena raro, pero ese es el olor. Un gran bienestar me invade. Poco a poco, enormes figuras rectangulares toman forma y existencia en mi campo visual. La paz es mucha. No hay nada de lo que deba preocuparme. Me levanto y veo, por fin, qué hay: libreros, enormes libreros plagados de rectangulares pastas de colores, tamaños y grosores tan variados como los que ninguna imaginación pueda apostar. Por alguna razón me recuerda a Gabo… sí, es la biblioteca personal de mi Gabito. A nadie deja entrar. Me es curioso estar aquí. Es como explorar lo más profundo de su ser, como conocerlo totalmente y algo más. Es velar su alma y ver su plenitud inmortal. Él valora los libros como nada en el mundo. Son los libros de los que me ha platicado. Me sorprende que sean tantísimos. Sé que aquí están todos, no sé cómo lo sé, pero así es. Estos libros representan nuestra amistad. Me levanto y me siento como flotar sobre las nubes, pero no pierdo el equilibrio, tengo la habilidad innata de flotar.

Un ruido sordo llama mi atención. Veo al suelo. Un libro ha caído y… se desliza, me acerco, no temo a pesar de lo extraño que pueda parecer, eso es normal aquí, y veo que es el libro de los Buendía arrastrado por las hormigas en su último sueño cíclico… Veo hacia arriba y hay uno balanceándose de un lado al otro como un péndulo de conspiraciones y un Eco similar al del conocimiento de quien todo lo sabe… Y allá hay uno abierto, sólo están sus páginas blancas que me recuerdan a una ceguera límpida como las nubes, opuesto a lo que cualquiera se imaginaría lo que es la ceguera que sería el negro total… Y desde la tumba con latidos de genialidad y perfección está ese otro libro que busca a su padre, que fue a parar ahí porque ahí vivía un tal… Y más acá está la posibilidad de un libro, y veo en sus hojas reflejadas una a la otra las dos realidades vacías y patéticas desde su existencia… Y allá otro, uno de una tierra media entre la realidad y la fantasía del brillo inmaculado y más espectacular de todos, uno donde todo lo que puede ser contado se dice a capa y espada… Y allá otro que es singular pues eyacula y menstrúa al mismo tiempo en una filosofía de la maldad más que comparable y hasta igual a nuestra verdad y vida que a nuestra imaginación… Y por acá otro que esnifa una línea de cocaína mientras quiere privatizar el color azul en una isla donde los niños se adiestran para complacer a los famosos que están muertos y de parranda… Y otro allá que sale de un portal entre primigenias criaturas y tentáculos ventosos y calamidades indescriptibles, todo en las montañas de la locura a las que nadie puede sobrevivir por sus inefables terrores… Y más allá un libro travesti transexual transgénero adicto a las drogas hormonales sin gesto para no mostrar su monstruosa invisibilidad y sus jabones explosivos… Y por allá el libro que transforma la realidad en arte por medio de sublimar el dolor humano más terrible de todos… Y más acá la guía para viajar a través del espacio entre dimensiones y temporalidades que parecen más la diferencia entre abrir y cerrar los ojos, parpadear y cerrarlos para siempre… Y luego veo uno que late delator, que maúlla tuerto y luego se inmortaliza oblongo… Y luego otro buscando a quien sabe quién entre quien sabe cuántos muertos y quien sabe cuántos estados de México mejor conocidos por el extranjero que su misma gente que practica la escritura masturbatoria… Y uno más que tiene articulaciones metálicas, rechinidos de robot que no puede romper las leyes pero que aprende que el hombre las rompe cuando es necesario y así él lo tiene que hacer… Y le sigue otro que se fue a conquistar Marte, lo cual significó el fin, un libro que cambia de forma y contenido dependiendo de quien lo lee… Y viene uno a pasitos cortos, a pasitos versificados, como tímidos, como quien pareciera que al no cumplir el estereotipo no se alzaría, pero que sobresale como una de las cosas más imponentes del texto poético narrativo… Y veo otro parecido, pero que sangra a través de sus venas desgarradas, sangra ante las injusticias y el maltrato racista, grita entre espejos, abrazos y los días que nacen de sus hijos…

Entonces veo que son cientos, miles, infinitos libros que se mueven, sangran, hablan, juegan… viven, y no soy el único, hay tantos libros como personas, y todas ellas, así como yo, buscando uno, un libro, uno en específico, el de su vida, el de su realidad.

Y veo un libro desnudo, uno que me llama, que me dice que lo desnude, que me dice desnúdame, desnúdame… lo tomo tembloroso, abro las páginas y… y me veo a mí mismo.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Susurros.

No comprendo lo que sucede, ni si quiera sé si sucede algo, porque cómo asegurar que algo sucede si todo está permeado por lo que por nuestra cabeza pasa, porque el mensaje más simple puede ser interpretado de mil maneras diferentes.

Me siento como absorto, vacío, flotando en una infinidad terrible, porque es tan grande que resulta incomprensible, desconocida, y nadie puede vivir en paz en lo desconocido.

Tengo el cuerpo cortado, respirar es como aspirar polvo, me raspa las fosas nasales el aire frío del lugar, mis extremidades hierven, mi cabeza da vueltas, estoy en una vorágine, cayendo y subiendo al mismo tiempo. Al flotar, estos conceptos resultan muy vagos, y se juntan en uno solo.

Susurros.

No comprendo.

Palabras.

Páginas.

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Una fugaz euforia se apodera de mí y regreso a la normalidad. Siento caer como cuando nos vamos quedando dormidos. El malestar desaparece. Abro los ojos tanto como dos platos de cerámica, jalo una bocanada de aire que llena mis pulmones hasta lo más profundo, toso. Estoy atolondrado, no sé dónde estoy, no me ubico, ni siquiera sé si estoy completo, mi cuerpo me es ajeno. Estoy desnudo en una cama, tengo un tupido vello en mi pubis y en mi abdomen, en mis piernas y mi pecho. Mi sexo está lleno de fluidos, por ahora dormido. Un doctor me limpia con una gasa tibia, mientras otro toma mi brazo con cuidado y me quita una aguja, una tan grande que no sé por qué no me atravesó totalmente. Parece espada la porquería. Mi vena lanza un hilito de sangre, pero me ponen algo para que no suceda más. Luego me cubren y me dejan ahí recostado. Frente a mí, con su semblante de roca y su rostro sin gesto aparente, el detective, me observa con su inflexible mirada y su profundidad casi enloquecedora. Luce sabio, como quien sabe tanto como para no poder ser feliz. Su tristeza es la de alguien que conoce, porque sólo los que conocen saben del dolor, el sufrimiento, el pesar, el penar.

Me pregunto si estoy muerto.

–Bienvenido de vuelta, Adán.

No comprendo. Su voz suena ronca, trascendente. Como de un empoderamiento divino, como si por su garganta, si Dios hablara.

–¿Cómo?

Me sorprendo. No conozco mi voz. Mi voz es distinta, más grave. Diferente.

–Has pasado con éxito, ahora eres un miembro activo de la sociedad, el deseado. Mucho trabajo costaste, pero lo logré. El programa Musa ha terminado.

Su voz es rasposa, pero llena de algo que no conozco. Casi lo quiero escuchar. Quiero que me hable, que me diga, que me guíe. Saca un cigarro, y me ofrece otro. Lo enciende. Aspiro. Toso. Vuelvo a fumar.

–¿Algo de beber?

–Cerveza…

–¡Ya lo oyeron!

Un Halcón Blanco con su maquinal andar me trae el bello líquido y yo lo bebo todo de un sorbo para luego eructar sonoramente. Me produce un profundo placer.

–Es lo bueno de la Musa, no tiene efectos secundarios con el alcohol. Incluso aumenta su efecto.

–No entiendo…

El detective toma una silla y se sienta con las piernas abiertas. Ve su posición y sonríe.

–¿Sabes? De donde vengo, hay algunas predicadoras del feminismo que creen que si el varón se sienta con las piernas abiertas es un ataque a su género…

–No sé qué es feminismo…

–Bueno, eso no importa.

–Sigo sin comprender qué pasa –le insisto.

–No te preocupes, no tardarás mucho en comprender. Cuando lo has visto todo, la sublime realidad… comprendes.

–¿La realidad? No hay nada que comprender de la realidad, es sólo una.

–¿Lo es?

Me quedo en silencio ante su pregunta. Nos observamos mutuamente, expectantes, casi solícitos, plenamente entregados a tratar de continuar algo que ya murió.

–¿Por qué no habría de serlo? –Digo a continuación.

Él sonríe cansinamente, pero dichoso. Se rememora a algún pasado lejano, no por su temporalidad, sino por su espacialidad.

–Causaste muchos problemas, Adán. Yo… bueno, tengo cierta fama, hice algo, de donde vengo, que me ganó el mote de detective… Por eso estoy aquí. Contigo. Un caso especial. Nada parecido a lo que allá fue. Encontrarte, analizar tus relaciones, tu actuar, tus motivos; todo fue fácil. Luego de entender el proceso de cambio, todo fue pan comido. En sí creo que el problema principal fueron las protestas. Sin embargo, la amenaza ha sido contenida, lo he logrado.

–¿La amenaza? –Pregunto frunciendo el ceño–, ¿cuál es la amenaza?

Me sonríe como quien lo hace a su interlocutor sabiendo que este en realidad sabe la respuesta.

–Tú. Una verdadera revelación, una revolución, sin precedentes algunos en la actualidad. Curioso… ¿cuál fue el arma principal?

Ahora al hablar gesticula bastante, sus cejas se mueven como se mueven las olas del mar, sus ojos se abren y cierran, sus manos no se detienen.

–No lo sé.

–¡Vamos! Usa tu cabeza. Debes recordarlo. Ahí está todo, en algún lugar de tu cerebro. Ahí está todo, en tu recuerdo. En tu pasado.

–¿Mi recuerdo? No recuerdo nada, todo está en blanco. Vacío…

–Luego de mostrar tu venganza en tu casa, sobre Lola la niña tetona desagradable y sobre Daniel, el niño masturbador; los protestantes usaron su mayor arma. Una que funcionó como el agua: se filtró por todos lados y causó una destrucción sin igual. Casi ahoga a La Hermandad. Se vieron en serios problemas.

No lo entiendo para nada, de verdad que no sé de lo que habla. Me parece estar tratando de hacer comprender una historia ajena a la mía.

–No sé…

Su gesto se ensombrece de repente, podría jurar que la luz se desvanece por momentos, que los muros se contraen, la habitación se vuelve más pequeña.

–Viste algo… algo relacionado con libros.

Silencio. Respiro.

–Una librería… vi muchos libros.

–¿Y qué hay del tuyo? ¿Cómo se veía?

Flash.

Algo pasa por mis ojos, un fotograma, una fotografía rápida, veloz, relampagueante. Apenas visible, de hecho, dudo de que estuviera ahí.

–No entraron… –digo en un hilo de voz mientras mi mirada la pierdo en el aire transparente.

–¿Qué más?

Lo espera. Sabe qué pasa.

–Los Halcones Blancos no entraron a mi casa cuando acabé el video… en cambio escuché, había algo en el ambiente, algo en el aire… Música… No sé qué melodía, pero había música. Una melodía feliz, una alegre mientras… estrangulaba a alguien.

–La perfecta melodía, claro que sí. Enfoquémonos en ella –dice recobrándose. El brillo regresa y todo vuelve a su estructura normal–: la novena sinfonía de Beethoven.

–¿Quién es ese?

–¿Y eso importa? Él no sabe quién eres… ¿qué pasó después?

–Llovían fetos… llovía sangre de menarquia y menstruación… Salí a la calle. Era una pintura. Era de noche, de tarde y de día al mismo tiempo. Todos cogían, había pájaros devorando gente y gente devorando heces, había monstruos arrancando quién sabe qué, había ángeles y demonios volando, criaturas amorfas de pico y pata, pala, ala y cola, blancos, negros, verdes, amarillos y traslúcidos, estaban bailando, viendo, luchando, gemidos, gritos torcidos, humanos hermafroditas, luciérnagas, algas, nalgas y tragas, paz, y no era soez, sino falaz, quizá atrás un perro, y un loro, o tal vez un toro, pero sangre, un lastre, quizá la creación de un podrido arrastre, y luego murmullos, arrullos, todo era una fuente, parecía un ente, nunca suficiente pero sí consciente, una verdadera bacanal, un expreso del mal, pero siempre fue tal, nunca cambió, un cambio burlón, como pensamiento de un bufón con permiso de criticar, porque así se puede modificar, porque no hay que edificar lo que no puede respirar, aunque para dar un segundo aire, un enjambre de ataque, y había tierra, mucha guerra, pero todos en son de una perra, aullaba y luego arrollaba, reptaba, repetía y volvía a hacer, a ser lo mismo, a ser y a deshacer, hacer y a ser…

Veo al detective. Me observa sin emoción alguna.

–Eso es una pintura, del Bosco.

–Pero no es posible –digo meneando la cabeza, sacudiéndola, porque algo así no podía pasar, porque ni siquiera era una descripción, eran palabras. Las palabras no son lo real.

–¿Y cómo diferenciarlo, Adán? –Me dice para encender otro cigarro–, ¿cómo diferenciar la realidad de lo que dices? A fin de cuentas, lo que decimos, es lo real. Yo lo viví. Dices que lo que acabas de describir no pudo ser real, y yo te digo: ¿Cómo diferenciar entre leer, vivir, soñar, hundirse en una conversación, una pintura, o dejar que los sentidos de una partitura invadir nuestros sentidos todos?… El cerebro procesa todo eso como una sola realidad, una sola, la del presente, el instante. El presente es el único momento real, inmortal, estable; el pasado y el futuro son meras idealizaciones, ilusiones, pero este… este momento presente es el único. O, bueno, tal vez la realidad es algo fuera de todo esto, fuera de nosotros, y nosotros mismos somos nada.

–Lo haces sonar como si alguien más hiciera nuestra realidad como si de un…

–Libro se tratara –finaliza él mi frase.

Lo observo en silencio, solamente me quedo esperando su siguiente movimiento.

–No sé a dónde quieres llegar con todo esto, detective.

–Quiero llegar a que has estado aquí encerrado en esta habitación por una semana y no lo recuerdas, pero esa es la realidad.

–¿Qué?

–Cuando tú acabaste tu video y esa masiva guerra civil llegó a su punto culminante, me llamaron. Esta es la primera vez que tú y yo hablamos. Tú estando, al menos, consciente. Sin el asedio de la Musa en tu cuerpo.

–No… no puede ser.

–¡Por favor! Piensa bien en lo que hiciste y en lo que no querías hacer. Eras un niño inocente, querido, uno diferente forzado a hacer cosas que no iban acorde a lo que pensabas. Todo lo más asqueroso que pudiste haber imaginado se hizo real. Tú, la imagen viva de la virtud, pervertida por las condiciones circundantes. Tú, el diferente, amaestrado para ser parte de la comunidad. Tú, el que tiene el poder de decisión, forzado a hacer lo que todos esperan de ti y al final de cuentas, no tener dicho poder. Y a pesar de todo…

–Lo disfruté…

–¡Eureka! Solamente piénsalo un poco, ¿quieres? Todo lo que has vivido, todo lo que ha sucedido: piensa un poco… ¿Listo? Imagínate lo siguiente: si fueras un personaje de novela, estarías mal hecho: el bueno que hace cosas malas que no le gustan pero a final de cuentas las disfruta, que quiere el camino del bien pero siempre hace lo opuesto, justo eso que lo aleja de lo que en su aparente interior quiere. ¿Qué querías?

–Estar con Eva… Estar con Gabo…

–¿Y por qué no lo hiciste? Contradictorio, ¿no crees?

Pienso. Recuerdo. Recuerdo el asco. Recuerdo el placer.

–¿Qué pasó? –Pregunto casi sin voz.

–Desestabilizaste al sistema. Eres un elegido, un raro, único, un cliché… Un ser que estaba destinado a cambiar las cosas de una vez por todas.

–Dices que apenas hablo contigo por primera vez, pero estuviste ahí antes, te llevaste a Gabo, estabas en la escuela, todo eso lo recuerdo a la perfección; tú…

Y antes de que yo siga, él saca un frasco pequeñísimo y transparente casi, tiene apenas un tono de rosa, uno casi imperceptible de no ser por el leve contraste con el blanco de la luz fluorescente y el de las paredes blancas que nos rodean.

–Este es el color real, las pastillas tienen colorante para hacerlas más atractivas. El polvo es blanco para hacerlo menos agresivo. La pura es así: líquida. Y esta droga, Musa…

Lo interrumpo.

–Con el input adecuado puede lograr que uno cambie hasta el aspecto más mínimo de tu vida pasada…

Veo al detective, impasible, como roca, como una marea destructiva que todo lo arrasa a su paso. Lo peor es que no hace nada, solamente está ahí sentado sin más que verme.

–¿Qué recuerdas de cuando la culpa te iba a ganar y luego el placer llegaba? ¿Qué sucedía en tu cabeza? ¿Qué era el detonante para que todo se volviera placer y goce?

Recuerdo.

Flash.

Relámpago.

Gemido.

–La frase… el lema de la Hermandad…

–¡No lo digas!… Estamos a un paso de tu total conversión… no es tiempo aún. Pero tienes razón, y ese es el catalizador… El golpe… Por eso todo el tiempo se está repitiendo, por eso todo el tiempo la escuchan, la dicen, la saborean. Todos ustedes son perros de Pavlov, todos son animales miserables amaestrados, embrutecidos por una frase que significa su placer, su alienamiento… Eso es cruzar la línea.

–¿Cómo sabes eso?

–Gabriel, Gabito, nunca te dijo eso. Yo lo hice. Gabo es…

–Un héroe.

–Un monstruo aleccionado ya, acabado. Una desdicha porque alguien como él…

–¿Y qué hay de Fabián, Lola, Daniel, Rodrigo?

–¡Por favor! Ya es más que obvio… no, veo que no. Okey… ¿Qué decía la gente?, ¿recuerdas sus discursos? Incluso lo que tú decías… ¡Exacto!: no habría posibilidad de que niños como Rodrigo, como tú, Lola; dijeran semejantes cosas al momento del acto sexual, de sus vidas, y en tu caso: en tu mente. Solamente gimen. Respiran. Pero ellos de alguna forma justificaban sus actos de una forma política y filosófica… Ellos nunca lo dijeron. Fui yo a través de ellos. Cuando tú tenías pláticas con Gabo, nos decías todas y cada una de las palabras, es por eso que a él lo capturamos… Básicamente, todo lo que has visto, vivido, es fruto de La Hermandad para hacerte un parafílico más. Es todo… bueno, Rodrigo es quien es, lo que sabes. Los otros tres vivitos y coleando. Incluso Eva… ¿recuerdas lo que hiciste con ella?

Recuerdo.

En mis manos estaba su cuello. Vi su rostro inyectarse de sangre. Sentí sus huesos romperse. Los escuché. Los gocé sexualmente. Me vine sobre su rostro cuando ya estaba muerta.

–La maté… a todos los maté.

–No, no lo hiciste.

–Pero los vi morir.

–No, no los viste morir.

–¿Por qué entonces me habrían ustedes, en caso de que fuera parte de su control… recordar que así fue?, ¿por qué tengo el recuerdo de que así fue?

–Venganza.

–Explícame, detective.

–Todo quieres… si no lo hacías, si no te vengabas, habría un malestar muy adentro de ti, de forma interna, algo ahí recóndito se habría quedado. El efecto que eso habría podido tener es desconocido. El programa Musa no habría sido suficiente. Creen los de La Hermandad que haber dejado un sentimiento así, podría hacerte regresar a lo que eras antes. Te negarías al placer. Pero ya te vengaste, tu alma descansa… ahora viene lo bueno.

–Si lo que dices es cierto –digo–, si el programa funciona, no habrá tenido sentido. No recordaré sus muertes, ni siquiera habrán sucedido.

–No, pero inconscientemente no tendrán efecto alguno, uno indeseado. Serán, ahora, tus puertas al placer. Cada vez que goces los verás. Cada vez que eyacules, de alguna u otra forma ellos ahí estarán. Serán tus amigos, tus aliados… lo que te gusta.

Me quedo perplejo.

–Todo acorde al plan –digo en un susurro.

–Todo acorde al plan –dice el detective pausadamente.

–Entonces… ¿todo esto ha sido mentira?

–¿Mentira? No, no, no, no… la realidad nunca es una mentira…

El amor es incondicional, la unidad es nuestro cuerpo, todos somos de todos, y todos nos unimos en el placer.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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