El Cínico Monumental

Unas de las joyas más atractivas que nos ha dejado la literatura contemporánea, son esos escritores que se dedican, con todo y sus bemoles, al cinismo en la literatura. Los hay de todo tipo, son como las ramificaciones que hay en los subgéneros (inventados, reinventados y exagerados) del metal: Chuck Palahniuk es literatura cínica-optimista, Irvine Welsh es literatura cínica-grotesca, Michel Houellebecq es literatura cínica-pesimista, Douglas Adams es literatura cínica-cómica-ciencia-ficción, Beigbeder es literatura cínica-pesimista-utilitarista, John Kennedy Toole es literatura cínica-cagadísima. En otras palabras, si al lector pudiera llegarle a interesar un reflejo de la vida real desde una perspectiva despiadada y realista, los cínicos, con sus diferencias, son una excelente opción. Todos ellos desarrollan cada tipo de cinismo para volverse sus representantes idóneos, sin embargo, hay otro que también lucha por su lugar en el cinismo literario y que no tiene nada que pedirle a los demás.

En español, tenemos una palabra parecida al apellido de este literato, “pinchón”, sin embargo, la pronunciación no es igual, además de que este autor es todo lo opuesto a lo que podríamos calificar con ese adjetivo. Thomas Pynchon es un misterio: es popular tanto por sus magníficas letras como por su poco gusto por los medios de comunicación, se tienen pocas fotos de él, así como asistió a clases de literatura con Vladimir Nabokov, aunque el autor de Lolita no recuerda haberlo tenido junto con él; además, Pynchon ha trabajado como periodista y en el ejército de Estados Unidos de América.

Una de las principales particularidades de Thomas Pynchon, respecto a su literatura, es que es difícil, complejo de leer. Es una de esas cuestiones que se debe replantear un par de veces, además de escoger el momento idóneo para enfrentarlo porque un poco de sueño o un poco de distractores, podrían sacarlo del hilo conductor, incluso al Team Sin Pauta, y eso ya es mucho decir. Sin embargo, como los mismos clásicos: rebuscados, complejos, ilimitados en su imaginación; Pynchon ha logrado marcar tendencia y su propio estilo entre otros que son muy talentosos: es un cínico con mucha clase.

En específico de su novela V., que trata de la búsqueda de una mujer, quien es V. Tiene tanto contenido que de repente te pierdes y no entiendes ni siquiera por qué se llama así la novela pues, a pesar de ser una protagonista de tres, en realidad te clavas mucho con las historias de Stencil y de Benito Profane. Stencil encuentra un diario de su padre donde mencionan a V, y desde ese momento se vuelve una enajenación personal; mientras que Profane es un yoyo: va de un lugar a otro sin importarle nada.

Hay algo muy particular de los personajes de este autor gringo: sí es cierto que todos parecen buscar algo, pero sus motivaciones son muy del momento, no tienen objetivos trascendentales como podría esperarse de personajes soñadores como los de Palahniuk, ni son enteramente suicidas-depresivos como los de Houellebecq; en cambio, parecen muchas veces dejarse llevar por lo que sea del momento. Incluso Stencil, que es el que se enajena con encontrar a la mujer, lo hace sólo por haber encontrado un diario, nada más.

Mientras Stencil es un enajenado que no puede quitarse a V de la cabeza, Profane es incluso desenfadado, no es que sea relajado pues tiene el papel de repente de quien sostiene a quienes viven bajo su mismo techo, él es que se gana el dinero del lugar para poder comer y vivir; pero no por eso tiene ideales. Es desapegado, las emociones parecen serle banales aunque no se impide de las mismas, sus amoríos son posibles pero no importantes, nada cambia su vida si alguien se queda o se va.

Mientras tanto, V, es todo un misterio, sin embargo, al final ella resulta ser… Eso sería spoiler y no está chido, lo que sí es que su historia de amor es una cosa teatralmente trágica, y no es metáfora: el teatro tiene gran importancia en su vida amorosa de ese momento. Al parecer, ella es el vértice de la letra que tiene como título esta novela: las historias de Stencil y de Profane, no son paralelas, no se conocen y no hay motivo en sí de su unión… hasta que se enteran de la extraña mujer, entonces se unen y ahí nace V.

Para ejemplificar el interés momentaneo de los personajes de Pynchon, hay un evento donde Stencil quiere entrar a la oficina de un ortodoncista y pide la ayuda de Profane, quien no quiere pero de todos modos ayuda; y no sólo eso, sino que lleva a cabo todo lo necesario para lograrlo. Ahí se notan perfectamente sus objetivos poco importantes y desencajados de los dos: uno siento intenso, sin embargo no hace mucho por lograr lo que quiere; y el otro que no quiere nada, pero que hace todo por lograrlo.

Este libro en específico, V., enfatiza mucho en las características de los cínicos previamente mencionados, y una de esas, y de las más importantes es el poco interés e importancia que se le da a la vida en general, así como una burla constante a la misma. No sólo eso: las escenas pinchonas de Pynchon son enteramente vulgares, radicales pero narradas con una belleza y una ironía dignas de un Monumental. En específico hay una donde Stencil amenaza con suicidarse en medio de una fiesta de mala muerte y nadie lo quiere evitar, no les interesa, así que Stencil se lanza por la ventana del edificio y olvida que ahí están las escaleras de emergencia por lo que se da un golpe en las mismas; luego la policía llega, pone una red, y de todos modos se lanza por diversión. La gente de la fiesta es de la misma calaña que donó dinero para lograr el aborto de una de las parejas sexuales-sentimentales de Profane: como si se tratara del diezmo en misa, dan dinero para poder lograr un aborto legal en otro país.

La adjetivación es teatral, tanto como el amor de V, además de que a veces la historia no parece tener sentido, como el hecho de que Stencil hable en tercera persona de sí mismo, y la concatenación de eventos es más como los amigos pseudobohemios de Profane. La obra de Thomas Pynchon es tan completa que puede analizarse incluso en sí misma usándola a ella misma como herramienta de análisis. A pesar de ser cínico, llega a otro nivel con su narrativa, no busca solamente burlarse de lo que sucede (como, por ejemplo, ese ortodoncista con aires de místico que usa objetos y argot de la ortodoncia para explicar cuestiones de la vida o de lo que vendría a futuro), pues escribe de tal forma que a pesar que todo parece un sueño, te gusta, y no sólo eso: es admirable. No sería recomendable iniciar con V. si uno apenas leerá a este autor por primera vez, sino con Al límite, que tiene mucha más acción: hackers, armas, eventos históricos polémicos y un detective que usa su impresionante olfato para desenmascarar crímenes.

Entonces, sí, Thomas Pynchon es un cínico, sí, pero tiene mucha clase, es el más rebuscado, trabajado y bello en su narrativa. Por su impacto e importancia, no solamente es un cínico con clase, sino que también es un Monumental.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: