Legión c.2: La primera vez

La primera vez que se dio cuenta de su habilidad fue en secundaria. No hubiera imaginado que eso cambiaría su vida de esa forma, tan radicalmente. Nadie sabe a dónde lo llevará un talento, pero esto había sobrepasado todo de forma irrevocable y, sobre todo, en tan poco tiempo. En cuestión de días pasó de ser un desconocido, un niño cualquiera, a un objetivo de medios de comunicación, luego una burla, y luego a ser un protegido por un personaje de la iglesia.

Santiago nació con un defecto congénito: una de sus orejas, la derecha, quedó incompleta, se desarrolló medianamente al interior, pero por fuera luce más como una bola de masa o plastilina que un niño maleducado y travieso hubiera tirado por ahí, tiene el lóbulo, pero lo demás es puro cartílago inexistente. Se llegó a preguntar si perforándose con un alfiler podría llegar a escuchar algo, pero se le dijo que no lograría escuchar como tal, solamente el treinta por ciento del total. La otra oreja era completamente normal.

¿Quién diría que lo que podría escuchar por ese oído incompleto sería algo más que la gente normal no podría?

Había sido toda la vida una lucha constante con su madre especialmente, pues ella siempre se sintió culpable de que su hijo de en medio hubiera nacido así, a pesar de que estuvo totalmente fuera de su poder y porque, como madre, nunca había faltado a sus citas con el doctor, su alimentación fue sana, no tenía vicios al estar embarazada. Si todo lo hizo bien, ¿cómo pudo haber sido que su hijo naciera así, que Dios lo castigara de esa forma? Y de paso a ella misma, que la castigara a ella también. Sin embargo, ella se mortificaba por algo que no tenía gran influencia en su hijo porque muy pronto él se dio cuenta que su vida era más que normal. Pensaba Santiago, al menos desde que comenzó a tener uso de razón y su propio criterio sobre las cosas, si hubiera nacido entero y luego la hubiera perdido la oreja, tal vez sí habría más problema, porque sabría de la falta. También reflexionó que si le faltara un brazo o una pierna, el hecho de ver que todos sí la tenían, sería entonces ahí sí un problema: siempre estaría comparando lo que los demás tenían que él no. Pero la realidad era totalmente diferente: solamente al verse al espejo podía darse cuenta de su defecto, y eso si le prestaba atención. Lo que le molestaba del espejo nunca fue su oreja, sino él mismo. Nunca estuvo a gusto con su persona. En realidad, él vivía ajeno al problema, y la gente lo veía y llegaban a comentarle ¿Qué te pasó en la oreja? Nunca lo sintió como problema porque no lo veía. A su mirar, por no poder ver su defecto físicamente ni poderse comparar continuamente, su vida era tan normal con la única costumbre de tener que voltear la cabeza para escuchar mejor a quien le hablara en caso de que así fuera. Le daba igual en ese sentido.

Comenzó cuando le compraron su primer mp3, un reproductor de USB al que no le cabían más de 150 canciones, aunque en ese tiempo no tenía un gran repertorio como luego sería. El reproductor llevaba incluida una entrada de audífonos para poder escuchar su música de forma aleatoria. Para él, en ese momento era lo máximo, porque conocería por primera vez la posibilidad de perderse entre sus canciones e ignorar el mundo al su alrededor. La única oreja con la que podía escuchar era la izquierda, sólo usaba un audífono, así que tenía el doble de lo que en realidad necesitaría. No era tan malo tener una sola oreja, pensaba él, porque en la noche al estar los terribles mosquitos zumbando justamente en ese momento en que caía en sueño profundo, porque esos desgraciados insectos parecen tener una habilidad para zumbar oídos justo cuando vamos a dormir bien; él solamente se volteaba sobre su oreja izquierda y no había más molestia independientemente de los piquetes con los que amanecía al día siguiente. Cuando se puso el audífono por primera vez y su género de música favorito, el metal, llenó cada centímetro cúbico de su cerebro de la misma forma que la neblina llenaría los caminos para dejarlos intransitables, de la misma forma que el agua se adapta a la forma del recipiente en el que está; así el sintió que la música, a pesar de ser ruidosa, lejos de ensombrecerlo o ponerlo violento, aletargó su cerebro y tuvo una sensación de bienestar, de placer.

Se acostó sobre su cama ese día y cerró los ojos, no recuerda si sonriendo, pero sí con un gesto apacible y descansado, su cama se transformó en una nube y los tamborazos y guitarras distorsionadas le hicieron darse cuenta de que nada podría interrumpir su velada de regocijo y autocomplacencia, vería que podría satisfacerse sin tener que tocarse sexualmente todo el tiempo.

Así, pues, se dejó llevar por la marea… y llegó como un hilo, un hilo delgado de seda casi invisible al ojo humano, imperceptible por su delgadez, pero eso no significa que por no ser fácilmente visto, sea inexistente; lo que no se ve, llega a ser más real que lo que uno puede palpar. Algo había ahí a pesar de su fugacidad, de ser efímero. Parecía no estar, pero sí estaba, lo podía escuchar: escuchaba un llanto. El sonido era tan tenue que dudó mucho si de verdad lo estaba escuchando, trató de ignorarlo y prestar atención a su música, pero le resultó imposible a pesar de ser casi inexistente ese otro sonido. Curioso, le pareció, que a pesar de que el metal era estruendoso, algo prácticamente inexistente llamó casi totalmente su atención. Pensó que era un sonido de fondo de la misma música, pensó que era otra casa… pero no, alguien lloraba casi al lado de su oreja, como si le susurraran el llanto.

Abrió los ojos y volteó a todos lados de su habitación, aún acostado. Se había ido a encerrar porque su familia estaba viendo una película, y él desde tiempos de niñez había preferido estar solo, tanto en la escuela como en la casa, aunque no se debe tomar esta timidez o introspección como odio al mundo, eso sería caer en un muy grave error. Le gustaba leer, escuchar su música, un género que nadie en su familia compartía, escribir sin que lo molestaran. Pero no pasaba, algo lo interrumpió. El llanto era femenino y no provenía de su habitación a pesar de que parecía un susurro en su oreja incompleta. Se quitó el audífono para escuchar más claramente, pues eso haríamos todos en su situación: si la oreja buena es la que tiene el ruido, quitar el distractor podría ayudarlo a ubicar mejor de dónde venía aquello raro… nada, silencio, solamente escuchaba bloqueado el ruido de la película familiar, pero no había llanto. Nada. No le dio importancia, porque incluso pudo haber sido su imaginación, como esa vez que hacía calor y sudaba y sintió una gota de líquido recorrer su frente, pero al limpiarse, no había nada, fue su imaginación; así esta vez. Había sido una cosa meramente intrascendente y la dejó por las buenas.

Regresó la música a su oído, su cerebro se aceleró junto con su ritmo cardíaco al poder de la guitarra, la voz, el estruendo, el bajo; porque el bajo es importantísimo, es como la refrigeración de la cerveza: si no está fría, no sabe bien. Aunque de esto se daría cuenta hasta la preparatoria. El hilo regresó, ese apenas audible sonido de la voz, una voz cansada, harta y, encima de todo lo demás, aterrada, enojada. No podría soportarlo mucho más. Una mujer, era una mujer. Entonces logró entender algo en su llanto:

–Ayúdame, por favor.

Eso decía, estaba totalmente seguro el ese entonces joven Santiago. Era una voz tan ligera, un sonido tan débil que no lo creía cierto todavía, no lo creía real porque no era posible que escuchara eso solamente escuchando su música. Era el metal en su oído bueno lo que llenaba su cerebro, pero la voz llegaba a interrumpir de forma casi elegante, respetuosa, sabiendo que él no estaba acostumbrado a ese trato con los demás, pero al mismo tiempo no sabiendo con quién más recurrir. Se quitó el audífono de nuevo… silencio. Frunció el ceño, no entendía, le era confuso y, en realidad, imposible. No entendía qué pasaba. Regresó la música a su oído bueno y las baterías, las guitarras, los poderosos bajos, las voces guturales entrenadas con años y años de práctica; cuando regresó.

Decía, eso decía, pero era tan ligera, el sonido era tan débil que no lo creía cierto, no lo creía real, no podía creerlo porque no lo escuchaba en sí. Era la música en su oído bueno lo que llenaba su cerebro, pero no la otra voz que no sabía de dónde venía. Se quitó de nuevo el audífono… silencio. Frunció el ceño, no entendía, el llanto, la delgada voz no estaba. Regresó la música a su oído y de nuevo, las baterías, las guitarras eléctricas distorsionadas, los bajos poderosos y las voces desgarradoras guturales comenzaron a invadirlo con placer. Cuando regresó:

–Ayúdame, por favor.

Abrió los ojos y se dio cuenta que no se podía mover, aunque tampoco podría asegurar si no quería o de verdad no podía. Podía ver su habitación, en su mayoría, con la vista periférica: su habitación era rectangular, pequeña, con la cama en el muro contrario a donde estaba la puerta, a sus pies podía ver uno de sus muebles donde varios tiliches tenía, como perfumes, juguetes, películas y videojuegos; a su derecha propia, no la del mueble, estaba su escritorio lleno de papeles que no usaba pero tampoco tiraba, su bocina, su computadora y libros; al lado de la puerta, en el extremo derecho de su habitación, su librero lleno de libros y adornado con unas plantas en miniatura y juguetes, al lado de este otro librero más grande con lo mismo en su contenido. Al lado del mueble que tenía a sus pies, así acostado, viendo hacia abajo, había una ventana que Matías aprovechaba para meterse. Siempre lo hacía: se fijaba cuando Santiago estuviera leyendo o escribiendo y, como sabía perfectamente que al tener un libro o al hacer uno, se perdía totalmente; él entraba y lo asustaba haciéndole cosquillas si estaba escribiendo, y si estaba sobre la cama, lo abrazaba y se quedaba ahí, encima de él. Sin imaginárselo él, Santiago, ya tenía encima a su amigo. Santiago, obviamente, fingía que no le gustaba que hiciera eso, pero le encantaba en realidad porque Matías era de una ternura incomparable, y ese contacto amistoso siempre le hacía sentir el corazón cálido a Santiago, solitario de nacimiento. Pero esta vez no era el rostro angelical de Matías lo que ahí había: borrosa por la cortina blanca semitransparente que ahí cubría, había una sombra. Se estremeció y quiso gritar, pero ni siquiera podía jalar suficiente aire para hacerlo, solamente era una respiración entrecortada, breve, muy agitada. Proyectábase ahí una silueta femenina, una mujer vestida como cualquier otra mujer lo haría, solamente ahí, viendo hacia el interior, aunque también podría estar de espaldas, no había suficiente nitidez para ver si lo veía a él o no; pero su mente, la de Santiago, le hacía pensar que sí lo veía a él. Tenía un pánico indescriptible que no podía sosegar. Entonces ella habló entre su música, porque el metal continuaba:

–Ayúdame, por favor. Mañana a las 3 de la tarde, ve a la habitación principal, yo te abriré la puerta. Saca lo que hay entre la cama y la base. Yo te abriré la puerta. Hazlo, por favor. Hazlo.

Ella, luego, se dirigió a la casa de al lado, caminó a la izquierda de Santiago.

Cerró los ojos y jaló todo el aire que pudo como si hubiera aguantado la respiración, como si hubiera estado en realidad bajo el agua sin poder respirar. Se podía mover ya: al ver la ventana no había nada, sólo el exterior. Mejor se regresó con sus papás, pero no podría olvidar lo que le dijo su visitante, sabía perfectamente lo que ella le dijo a pesar de haberlo hecho muy, muy bajo, muy tenuemente. Esa misma tarde, el vecino de al lado recibió una visita: fueron a dejarle a su cuidado una chica como de la edad de Santi, una niña sombría y oscura, vestida totalmente de negro a pesar del calor de la ciudad. Se notaba a leguas que ella era como él, pero al extremo, en torno a su introversión. Se enteraría él por qué en muy poco tiempo. El señor de al lado siempre recibía familiares, pero vivía solo. Ella era un familiar más, solamente eso.

Pidió con todo ahínco que su madre pusiera una cortina más oscura, no le dijo por qué, solamente se lo pidió tan insistentemente que su padre dijo ¡Ay, ya, ponle sus chingaderas!, y ella así lo hizo. No entendía, y Santiago en realidad no explicó por qué pues él tampoco sabía cómo decirlo, cómo hacerles entender su miedo. Pensó por momentos que eso lo ayudaría a dormir, que eso le permitiría alcanzar una buena noche de descanso pero las formas de lo no visible para los ojos trabajan diferente. No podía apagar la luz porque temía irremediablemente que vería su sombra traslúcida a través de la cortina. Podía asegurar que estaba la sombra ahí pero también era consciente que no era más que un juego de su mente. No podía dormir. Puso música y cerró los ojos. No quería tenerlos cerrados: sentía que había alguien ahí, con él, y sus párpados se abrían casi por sí mismos. Cada vez que lo hacía temía de encontrar algo pero no había nada. Nunca había nada, sólo su imaginación. Comenzó a sudar. No podía dormir a pesar de estar cansado. Entonces es cuchó que rascaban, rasgaban algo al otro lado de su pared, la que estaba continua a su cama. Bien podrían ser los vecinos a pesar de que las dos de la mañana se acercaban, es de más sabido que hay gente que parece no dormir, sin embargo, le daba miedo, temía. ¿Por qué tendrían que rascar la pared? ¿Quién rascaría la pared? ¿Qué sentido tenía rascar la pared? Pero para su desgracia no sería lo único: su perro comenzó a llorar desde el patio, desde el exterior. Primero un llanto con su hocico cerrado, pero luego aullidos verdaderos. De miedo, pensaba Santi, pero no podría saberlo, porque asimismo lloraba cuando tenía hambre el condenado animal. El sonido de rasgar se intensificó, el llanto también. Santiago estaba pegado a la pared, a la esquina, para poder ver todo y que nada se le escapara para asustarlo de repente y, de la nada, a su mente vino algo que no hacía desde hacía años, que en otras ocasiones no recordaría, pues nunca fue de rezar, no se acordaba de nada; pero comenzó a rezar: primero el Padre Nuestro, luego el Ave María, luego el Padre Nuestro, luego el Ave María; una y otra vez. Casi de inmediato su espíritu y su mente comenzaron a calmarse, comenzó a sentir paz, el rasguido cesó lentamente, el llanto del perro también, y por ahí de las cuatro de la mañana, sin dejar de rezar una y otra vez, a pesar de que no se acordaba de eso, de que las oraciones le vinieron a la mente como si las supiera perfectamente, en algún lado de su cabeza las tenía; se quedó dormido, profundamente dormido.

Al día siguiente amaneció cansado, aletargado, eso a pesar de que en esos tiempos no hacía ejercicio aún, solamente leía, veía la televisión, jugaba videojuegos y se masturbaba pensando en otros niños. Lo típico de un adolescente normal. Pero esta vez no, no podría inspirarse para poner a trabajar el pulso de la mano y del corazón: tenía en mente que a las tres tendría que entrar a la casa del vecino sin ser visto. Estuvo asomándose continuamente por la ventana, estaba ansioso y nervioso, era tal el nervio que no se podía sentar a descansar, a despejar su mente, a relajarse, no podía concentrarse en nada más porque tendría que ir. Cuando faltaban cinco minutos para las tres, vio que salían el hombre y la jovencita, se metían en el auto de él y se iban. Dudó lo que él pensó que eran eternidades, eso es lo que él sintió. En su mente se debatía arduamente si debía salir o no a hacer algo que una voz extraña le pidió tan amablemente: no conocía al vecino, sus padres alguna vez debieron saludarlo, no era ni amigo de sus papás. Ahora, si lo veían, lo más probable es que se metiera en serios problemas por allanamiento de morada, cosa que no conocía con ese término, pero no está de más. La voz dijo que a las tres, y ellos se acababan de ir, lo cual indicaba que ella tenía razón, fuera quien fuera. ¿De verdad obedecería a una voz que no está ni siquiera seguro de haber escuchado? Podría ser que estuviera relacionado a su perro llorando pero… pero ¿Qué hacer?, se preguntaba una y otra vez, ¿Qué hago?

Como siempre que estaba en duda y no podía dilucidar su futuro, porque en sí nadie lo hace, pero al menos dilucidar qué hacer con su tiempo en futuro; decidió echar un volado. Se sentía estúpido y cansado por no haber dormido bien la noche anterior, no podía pensar bien así que decidió dejarlo al destino, Porque a ese güey le vale madres, se dijo, como al mismo universo tampoco le importa, así que es neutral y sería lo más sano para dejar de desgastarse emocional y mentalmente. Tomó una moneda y lo haría como siempre lo hacía: águila, sí; sol, no. Así, como las demás veces. Tiró la moneda en el aire y cayó girando sobre un lado, giraba y giraba y, curiosamente, supo por adelantado que sería águila. Así fue. Se levantó y abrió la puerta silenciosamente para salir sin que nadie se diera cuenta, vio de reojo a su habitación, que quedaba justo al lado de la puerta de entrada, porque de vistazo creyó ver su sombra de nuevo en la ventana; pero en realidad pensó que era su imaginación.

En el momento que abrió la puerta y estaba a punto de salir, se sintió estúpido. ¿Ir a otra casa porque una voz que apenas llegué a escuchar en un momento de trance y por una pinche moneda? Pues qué locura, pensó, qué aberración, qué estupidez y, sobre todo, qué mamada. Iba a cerrar la puerta, ya meneando negativamente la cabeza cuando un escalofrío recorrió su espalda y erizó cada vello, escaso en ese tiempo, de su piel: escuchó el deslizar de una moneda, la vio chocar contra la pared contraria a la puerta, la vio caer con la figura del águila hacia arriba. Eso era un sí insistente. No podría dejar la tarea a medio camino, no era su estilo, no era la forma. Salió entonces, cerró la puerta silenciosamente y volteó a todos lados para asegurarse que nadie en el condominio lo viera. Vivía en uno de esos condominios donde todas las casas son igual de aburridas, con vecinos medio estúpidos que sólo se llevan bien con los que los tratan bien y que no aceptan la más mínima irrupción de una idea diferente a la suya. No estaban ni siquiera los niños que solían salir a jugar, que lo hacían siempre. No, estaba solamente él en una misión de invadir la privacidad ajena seguramente por un mal sueño, por su imaginación encolerizada. ¿No estaré loco?, se preguntó al mismo tiempo que volteó a la izquierda, a la casa del vecino.

A pesar de que la luz del sol le daba directamente, y a esa hora es fuerte el calor, pudo sentir un ligero refrescar conforme se acercaba a la casa, como si jugaran “frío, tibio, caliente” pero al revés: entre más frío, mejor. Si lo llegaran a descubrir, tendría problemas, incluso legales, y tendría que ir a terapia por eso de escuchar voces, porque eso no es sano mentalmente hablando. Fue a la puerta casi pidiendo fervientemente que estuviera cerrada para no poder entrar. Al poner la mano en el picaporte y tratar de girarlo, se dio cuenta que estaba cerrada. No habría forma de entrar. ¡A huevo!, pensó. Entonces cuando se disponía a regresar porque hizo todo lo posible, al girar su cuerpo a su casa, el ruido del seguro quitarse lo hizo detenerse en seco y regresar la mirada a la puerta. Ese peso del que se había liberado al verla cerrada, regresó. La infelicidad también. Luego un rechinido que no sabía que había, seguramente causado con el frío que salía del interior de la casa, no un frescor natural: frío. La puerta se entreabrió.

Sintió que decaía, ignoró el hecho de estar cansado: esto le quitaba el sueño, le quitaría el sueño: ¿Qué hay dentro? De entre todas las personas que pudieron haber vivido esto, le estaba pasando a él, un no creyente en nada de estos casos, un simple niño deforme con problemas para socializar y que se ensuciaba de culpabilidad cuando se tocaba impúdicamente pensando en niños porque ser desviado es del Diablo. ¿Tenía de otra, además? Supuso que cualquier otra persona se habría ido ya, pero no, él tendría que ver ignorando el hecho de que esa noche anterior sería a primera de muchas más llenas de ruidos y pesadillas. De entre todos sus malviajes mentales: conocer a un niño al que le gustara, tener amigos, publicar un libro, que alguien le dijera que era importante; de todo eso, tendría un amigo fantasma… pues qué mejor… No, no mames, ni pendejo, pensaría; pero no podía pensar. ¿Qué tendrá escondido aquel hombre que la voz me dijo que fuera a descubrir?

Entró sigilosamente a pesar de saber que el hombre se había ido, pensaba que si hacía ruido, este lo delataría de alguna forma, cosa que no era factible, pues si no hay quien escuche el ruido, ¿quién se enteraría de su allanamiento de morada? La casa del vecino era igual a la suya, solamente que los detalles eran distintos: los sillones, las sillas, las mesas, la cocina, lo que había ahí mismo, lo ornamental, la televisión. Fuera de eso, todo era normal. Nada que delatara algo que podría resultar en culpabilidad de algún tipo. Conforme iba subiendo las escaleras, el frío se acentuaba, pero no le prestaba atención, estaba muy nervioso y, en sí, lo único que quería era salir de ahí. El corazón le latía rápidamente, sudaba y temblaba. Arriba había tres habitaciones y no sabía precisamente a cuál ir. Algo cayó en una, y el sonido que, por el silencio, sonó como un estruendo poderoso, lo hizo saltar, sentir que el estómago se le iba al pecho, y lo hizo gritar como niñita. Entró a la habitación de donde venía el sonido, y una vez más, todo era normal: una cama King size, demasiado grande para una sola persona, eso era lo único extraño del hombre. ¿Por qué querría una cama tan grande?, eso no es normal, es lo único que pensó el joven Santi. En el suelo había un reloj de mano, eso fue lo que causó el estruendo de relámpago, y así fue como él mismo pensó que era ridículo que él haya escuchado eso tan poderoso viniendo de algo tan pequeño. Ahí el frío era tan helado como el de una nevera. Estaba en el lugar indicado, y eso lo aterraba, volteaba a todos lados para que nada lo agarrara por sorpresa pero al mismo tiempo deseaba no ver algo que le sacara un terrible susto. Comenzó a registrar los alrededores de la cama tratando de dejarla como la encontró aunque, de verdad ¿quién pondría atención a esos detalles? Sólo un loco. Y cuando estaba a punto de terminar una búsqueda que parecía estéril, cuando el temblor de su cuerpo, por el frío, ya estaba resultando incontrolable pues hasta castañeaba los dientes; dio con algo. Sintió como cuando chocaba con algo que no esperaba, o como cuando pisaba y no veía ese escaloncito y se sentía caer en un verdadero abismo: su mente se quedó en blanco, tomó aquello, y lo examinó: era una bolsa de tela de tono gris con algo plano al interior. ¡Eureka!, pensó, y decidió irse lo más rápidamente de ahí pero, extraño, el frío había menguado, no totalmente, pues tal vez su tarea no estaba acabada aún. Había un ambiente expectante, mas no relajado. Se fue lo más rápido que pudo. Vio que no hubiera nadie en el exterior y salió. Al momento de cerrar la puerta escuchó el mecanismo de la cerradura bloquear la puerta. No quiso asegurarse de que había pasado, sólo quería llegar a su casa.

Entró a su casa de nueva cuenta, lo más silenciosamente posible, se encerró en su cuarto y trató de controlar su respiración que parecía estar atorada en su garganta de tanta que era, de tanto aire que jalaba y expulsaba. Se sentó en la orilla de su cama y vio la bolsa en sus manos, volteó a la ventana y no había nada. Abrió el cierre de la bolsa. El sonido lo sintió casi como el del reloj que cayó: estruendoso. Eran fotos… fotos… era la niña que le fueron a dejar en varias etapas de su crecimiento, desde muy pequeña, de apenas unos, calculó Santi, ocho años, hasta su etapa de adolescente. En varias con poca ropa, interiores infantiles, o nada, nada de ropa, en algunas ella sola posando con obvio miedo en su mirada, observando ella a quien tomaba la foto, no a la cámara. No sabía ella lo que pasaba. Y otras donde era abusada sexualmente, donde su vecino la violaba. No pudo ver más, no porque no le atrajeran las niñas, ni siquiera las de su edad; sino por la violencia y el dolor implacable que estaba en el rostro de la víctima: los ojos llorosos, abiertos viendo el horror personificado, un monstro ante ella destruyéndola de la forma que nunca imaginó, podría haber pensado ella que preferible era que el coco se la comiera… pero esto… Santiago no pudo ver más, y con el corazón galopando, fue con sus padres, y les entregó las fotos en silencio. Ellos no entendían, tomaron la bolsa y siguieron con su televisión, pero como las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Santi, decidieron actuar enseguida, ver las fotos, luego preguntarle, luego decidir qué hacer. Santi no sabía si lloraba por el miedo, por lo que le pasó, por la niña…

Después de esto, todo fue muy rápido para él, muy extraño, porque nunca mintió, y las miradas que le dirigían los policías, los agentes, los investigadores; todas eran de perplejidad, de asombro, de inconsciencia; hasta sus padres tenían problemas para comprenderlo, entenderlo. Fue cuando los medios se enteraron, y como él no mintió, por un periodo de semanas, su vida se vio patas arriba.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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