Legión c.3: No era por mí, era por ellos

Santiago se encuentra frente a su computadora con la mente en blanco, totalmente ido, eso es lo que diría cualquiera que lo viera en este momento: tiene el documento en blanco, en silencio. El silencio jamás había sido tan entorpecedor, nunca había pensado que podría ser tan pesado, una carga, un recuerdo. Nunca pensó que el simple silencio fuera un recuerdo. Cualquiera le diría que eso no puede ser porque el silencio, en sí, es la falta de algo, es el vacío, y el recuerdo es exactamente lo opuesto: es algo que hubo. Entonces, pensaría Santiago, eso es cierto, pero eso es porque no conocen la otra cara de la moneda, esta que yo estoy viviendo justo ahora. Voltea a la puerta de entrada de su oficina y espera, espera pacientemente, espera a que alguien llegue y lo interrumpa, que sea Matías, que sea la pequeña María Magdalena; pero no, ninguno de los dos llega. Y ahí se queda, en la oscuridad de su casa, espera una señal, un ruido, esos que son tan comunes: un rechinido, el raspar, un toque. ¡Toquen, toquen!, piensa con desesperanza… pero no.

A su alrededor hay botellas, tantas que ya no puede caminar sin tirar una, sin pasar sobre una, sin el peligro de caer gracias a una. Todas vacías, todas vacías como él mismo. Su aletargamiento no le ha permitido asentar ni un poco las emociones, todas las tiene a flor de piel, las tiene tan anudadas en sus hombros que ya le duele, es un dolor que se expande desde el pecho hasta todo su cuerpo, es como si lo jalaran de todos lados con ganchos, ganchos sobre la piel viva, sobre la carne despedazada. Es un dolor tan físico, tan real, que le parece increíble que no sangre, que no vea realmente su músculo expuesto, la imposibilidad de moverse, la desazón. Pero la tiene que sentir, eso lo sabe bien, porque el dolor solamente podrá ser mitigado de una forma, y eso es justamente lo que más le pesa: la espera.

No lo interrumpen, y él tanto que odiaba que lo hicieran, ahora daría su propia vida porque lo hicieran. La perdida, bien sabe, podría ser más llevadera, pero no es así, porque lo que nos duele de perder a alguien no es en sí la pérdida, sino lo que sucedió antes de la separación. Sea cual sea la separación, es el contexto histórico lo que más nos duele, y ahí, ante pantalla de computadora con la hoja en blanco, ahí con todo ese espacio por llenar, se da cuenta que no tiene nada que llenar, no tiene nada por hacer. ¿Qué es lo que más le duele? El silencio, porque ese no era constante, nunca, y aunque antes hubiera deseado con todas sus fuerzas el poder conservar un poco del mismo, ahora que lo tiene tan abundante, lo aborrece. Al lado de su computadora tiene su celular y sus audífonos.

Desde que supo de lo que podía hacer con su música y su oído deforme, siempre tuvo miedo. En sí, para alguien que solamente puede captar una parte del espectro musical, pues según depende de con qué oído escuches, es lo que captas, si la parte melódica o práctica de la música, sea cual sea esta. Él nunca podría haber hecho su vida sin ella, sin la música. A pesar de todo, era un doble matiz: siempre ha amado escuchar música, pero escuchar música conlleva el poder percibir algo que no desea: los sonidos iniciales, esos terribles descubrimientos de algo que quiere ser encontrado pero que no tiene suficientes causes para salir, como lo haría el río que se va llenando para acabar desbordándose: su oído era ese cause por el que se podía desbordar el sentimiento de aquellos que ya nada podían hacer, de aquellos que querían pedir ayuda, de aquellos que sólo venían a imposibilitar vidas ajenas.

Él siempre fue el camino por donde el ciego podía transitar libremente, por el que el cansado podía poner sus miembros a relajar, donde el imposibilitado encontraba una oportunidad más. ¿Y ahora que es él? No encuentra nada. ¿Quién es él? Nada. Y él solamente quiere encontrar eso que lo interrumpa. Que prendan la luz en algún lado de la casa, que se escuche el portazo, los pasos sigilosos y veloces de la pequeña María… pero no hay nadie en la oscuridad, no hay nada, solamente él, el vacío, el silencio, su ebriedad.

Santiago bebe más cerveza, la engulle, no ha comido en días, lo único que ha consumido es eso, alcohol, casi como si se quisiera envenenar, o al menos acelerar el veneno, hacer que corra más y más por su sangre para que acabe con su miserable vida de una vez por todas, ya, pero ya.

Lo que le da miedo, lo que le da verdadero pavor es eso: ponerse sus audífonos y, por primera vez en toda su vida, no escuchar nada. Eso es lo que teme ahora, que no tenga un mensaje de vuelta.

Una luz, a parte de la de su computadora, ilumina. Su celular comienza a cantar, comienza a tocar. Aprieta y desliza el botón verde.

–Santiago… Santiago… ¿estás ahí? Por el amor de Dios, Santiago, contesta, dime algo… muchacho… Santi…

Santi… Santi… y esa palabra se repite y reverbera en su cabeza con la voz de Matías, una y otra vez, con esa voz que le conoció cuando ambos no eran más que unos niños, con esa de cuando iban creciendo, con esa de cuando decidieron vivir juntos, esa de cuando decidieron adoptar, esa con la que se peleó. ¡Irónico y cruel es el destino, las parcas, lo que sea, eso que define nuestro rumbo y nuestro actuar y no nos deja prever ni lo más mínimo de lo que nos pasará después! Santi, así como le decía ese que siempre estuvo a su lado, Santi el amigo de los muertitos, Santi mi amante, Santi mi niño.

–Santiago, por favor…

–Hola, Umberto… –contesta con la voz cancina, agotada, temblando, con una voz que se ha ahogado por días en alcohol, que no ha dormido y que no logra dilucidar un día más, una voz que denota el sufrimiento de aquél que ve puras medias noches en su vida, en lo que queda de su existencia, en lo que queda de su haber. No hay días, no hay luz, no hay nada para él: solamente oscuridad y silencio, que es peor que cualquier caso al que se ha enfrentado: oscuridad y silencio.

–Muchacho… Lo siento mucho.

–Todo está callado, Umberto… todo está callado aquí. No hay nada, no hay nadie –dice con la voz quebrándosele en llanto, siente las lágrimas, una vez más, invadir sus ojos como lo han hecho tantas veces. No se ha quedado ciego, los ojos los tiene tan hinchados como jamás antes. Cada lágrima le raspa, es como un clavo enterrándose en sus ojos y que va desgarrando lentamente la membrana ocular que le queda.

–Santiago, necesitas concentrarte, por favor.

–No puedo, Umberto, no puedo… les fallé.

–No digas eso, Santi.

–Umberto, todos estos años de entrenamiento, ¿para qué? No pude ver que el peligro se encontraba conmigo, en mi casa, que yo era el peligro –suspira temblando, llorando, siente las lágrimas en sus mejillas y los mocos de su nariz, pero no hace nada, solamente sigue–, yo lo hice, Umberto, yo lo hice.

–¡No digas eso, Santiago, sobre todas las cosas, no digas eso!

–Nos peleamos, ¿sabes? –Dice ya totalmente en llanto, con la voz temblando, desentonado, totalmente derrotado–, nos peleamos antes de ese último caso. Lo último que le dije fue fruto de una pelea. Esa fue mi despedida, Umberto, eso fue lo último de mí hacia ellos… ¡una pinche pelea!

–No pudiste haber sabido que iba a pasar esto, Santi –dice Umberto con su voz enriquecida con esos años de excelencia pastoral, con esos años de consuelo y consejo. Habla como lo haría el roble milenario que, a pesar de todas las pruebas de la naturaleza, sigue en pie, aunque encorvado, porque todo cobra factura–, de entre todas las cosas, no puedes ver el futuro. Ese no fue tu don. No eres culpable de nada.

–Lo pude haber evitado, Umberto, pude haberlo evitado, pero estaba ocupado… estaba en un caso que… que supe desde el inicio que no debí tomar, debí haber corrido lejos, muy lejos de ahí, y ahora… ahora nada… sólo silencio y oscuridad.

–Santiago, escúchame –guarda silencio, suspira–, lo que sea que haya pasado, lo que sea que haya causado su pelea, no tiene nada que ver contigo, no tiene nada que ver contigo. Tú, mi niño, tú haces un servicio a Dios y a la humanidad. Tú no eres el causante de nada.

–Les fallé, Umberto…

–Tantos años de trabajo, tantos años de crecimiento, ¿y me dices que les fallaste?

–Es que ya no están –dice totalmente afónico.

–Santi, mi niño, escúchame: Esto no es algo que esté en tus manos, esto ya le pertenece a alguien más.

–Umberto… no entiendes… yo desde que empecé a estudiar contigo, a adquirir todo este conocimiento, yo supe una cosa nada más: yo estaba condenado al infierno, ¿sabes? Por sodomita, porque mis gustos, al parecer del Señor, no son lo correcto, merezco quemarme para siempre, Umberto, y eso nadie lo puede negar, ni siquiera tú.

–¿A qué quieres llegar con esto, Santiago?

–Que yo quería comprar el pasaje al cielo…

–¡Qué! ¿Qué estás diciendo?

–Es eso por lo que acepté seguir en esto, Umberto. La posibilidad de hacer un intercambio.

–¿Te das cuenta de la blasfemia que estás cometiendo?

–Sí…

–Santiago, con esto que me estás diciendo, estás poniendo en el mismo lugar a nuestro señor Dios que al Demonio, Santiago, ¿qué te pasa? ¿Cómo que querías hacer un intercambio? ¿Me vas a decir ahora que todos estos años de trabajo no han sido nada más que un capricho? ¿Una mera necesidad tuya de redención? ¿Qué buscabas? Que Dios dijera que tú entrarías al reino de los cielos a pesar de…

Silencio. Santiago bebe.

–Tú me lo dijiste claramente desde el inicio, Umberto, tú me dijiste que alguien como yo jamás se ganaría el reino de los cielos porque me gustan los hombres. Bueno, no todos, sólo uno, pero aún así…

–No puedes intercambiar con Dios, Santi, no puedes es… es… es una locura. Tu manera de hacer las cosas no es aplicable a todo, Santiago. Ten mucho cuidado con lo que dices.

–Ahora ya no importa tener cuidado, además –dice con la voz rota–, da igual porque… porque si Dios siempre me escuchó, supo por qué hacía las cosas… pues no hay nada que ocultar. No vale la pena ni siquiera tratar de ocultarlo.

–Hijo, estás blasfemando.

–No –dice con el rostro en un rictus de dolor, un rictus tan penoso que cualquiera que tuviera la oportunidad de verlo, se vería automáticamente contagiado de ese pesar, de ese nudo en la garganta, de ese penar, esa enorme cruz en su espalda–, es que no entiendes –dice barriendo las palabras, casi incomprensiblemente, pero vaya, Umberto se las juega a santo, y le dice:

–Claro que te entiendo, hijo mío, pero si tu motivo era egoísta, si querías ganarte el cielo y por eso comenzaste esta cruzada de ayuda a los demás, desde un inicio estuvo mal.

–Umberto –dice Santiago– yo no hice esto por mí. Yo nunca quise, y lo sabes. Para mí fue horrible, un terrible peso por cargar, las llamas del infierno no son, para mí, lo que me espera después de la muerte, sino lo que he vivido ya en el sufrimiento desde que tengo memoria. Desde pequeño, el no querer ser yo y darme asco por serlo, el conocer a alguien maravilloso y causar yo su muerte…

Es interrumpido por la voz anciana, peor imperiosa, de Umberto:

–¡Tú no fuiste el culpable de esto!

–Pero yo no lo hice por mí, Umberto… nunca fue por mí…

–Santi…

–No era por mí, era por ellos. A mí me daría igual quemarme por todas las eternidades por mamar verga, Umberto… yo quería que ellos se salvaran, que ellos fueran… que… que ellos fueran los que los cielos recibieran… ellos, no yo. ¡No yo! Ellos se lo merecían… No entiendes… Nunca fue por mí… siempre fue por ellos… y les fallé.

Santiago rompe a llorar desconsoladamente, mientras Umberto sigue recibiendo el sonido de sus sollozos a través del altavoz de su celular. Puede sentir, a pesar de estar en un medio indirecto, el terrible dolor que Santiago siente, del terrible dolor que lo atosiga.

–Hijo, lo siento… de verdad lo siento.

–Lo sé… lo sé…

–¿Hay algo, lo que sea, que pueda hacer por ti?

–De hecho, Umberto, sí lo hay.

–Dime, dime por favor, lo que sea…

–El siguiente caso de posesión satánica o luciferiana, me tienes que informar al respecto.

–¿Cómo?

–No me voy a dar por vencido hasta saber por qué pasó lo que pasó.

–¿Estás seguro? Meterte tan pronto en un caso de posesión podría costarte la vida…

Después de un silencio, Santiago dice: –Nunca he estado seguro de nada, Umberto, ¿qué más da?

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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