Legión c.4: Legión

Cuando llegaron al hospital, Matías apagó el auto y voltearon ambos, al mismo tiempo, hacia el mismo lado. Lo único que lo hacía especial es que ellos lo estaban buscando, querían llegar a él. Esta sería la duodécima noche que él iba a desvelarse a ayudar al exorcismo, su primer caso de exorcismo como tal. Como siempre, a Santiago le pasó el caso detallado Umberto, su tocayo.

Comenzó todo como lo hacen todos los exorcismos, fue escalando las tres etapas: primero la infestación: en la habitación del joven de 14 años escuchaban ruidos, como si rascaran el colchón de su cama, como si adentro del colchón hubiera algo y rascara; escucharon lo mismo en la pared. El padre de familia supuso que se trataba de animales que estaban por ahí, así que decidieron usar veneno para acabar con los ruidos. No cesaron, y a pesar de que Roberto no se podía acostumbrar a lo mismo, ya habían sido tantas noches continuas que en realidad no les quedaba de otra. Un tiempo después, cuestión de días, murió la tía del joven, Luz, quien tenía ciertas prácticas espiritistas que enseñó a Roberto. Usaban la ouija como instrumento de comunicación con entes que no podían ver literalmente. Santiago suponía que eso fue la puerta de entrada, aunque en realidad nunca supieron la naturaleza de estas prácticas, sesiones o clases que la tía enseñaba al niño con relación a los espíritus. Los ruidos duraban desde las siete de la noche hasta las doce, en ocasiones.

Luego siguió la obsesión: si los ruidos incesantes todas las noches, que según Umberto, el el eclesiástico, le enseñó a Santiago que desde siempre el Demonio prefiere las noches a los días porque en la oscuridad puede moverse más libremente y actuar mejor porque es cuando, por naturaleza, los humanos sentimos más miedo. Fue de noche que comenzó la cama a moverse. La cama temblaba y cuando lo hacía, Roberto se quedaba ahí, pasmado, como en una especie de transe, y la cama temblaba sola, se movía por sí misma. Veían que las esquinas de la misma, las sábanas, apuntaban hacia arriba y lucían rígidas como si a la tela le hubieran puesto almidón. La familia en sí no era creyente ni practicante, pero decidieron pedir ayuda porque, a parte de la cama que se movía por las noches, distintos objetos de la casa salían volando sin que nadie los tocara ni los lanzara. Llegaron a pensar que se trataba de fuerzas telequinéticas que, tal vez, no sabían que el joven poseía y que usaba inconscientemente; pero el problema escalaba de tal forma que no había noche en la que Roberto pudiera dormir bien porque se movía la cama y había toques, tocaban las paredes, como con un puño. El crucifijo que estaba en la pared se movía como si alguien desde atrás de la pared la golpeara con fuerza mucha como si quisiera tirar el mismo. Además, en la escuela, Roberto reportó que se movía su mesa-banco. Obvio era que no le creían que se movía solo, creían que él lo movía, así que dejó de asistir a la escuela por el momento.

Pidieron ayuda a un cura local quien sugirió que, para que la familia tuviera una noche de sueño reparador después de quién sabe cuántos días sin poder dormir; se llevara a Roberto a su casa para ver si así menguaba la actividad. Los padres accedieron a esta petición y esa noche el joven fue a dormir a la casa del eclesiástico. La cama donde el joven durmió se empezó a mover, empezó a temblar, y al cura le pareció obvio que lo hacía. Movió al joven a un sillón pesado que él, en lo personal, el eclesiástico, no podría mover. Al sentarse, después de un rato, sin que Roberto hiciera nada, el sillón se inclinó sobre la pared. Al quitarlo, el sillón regresó a su posición original. El padre trató de moverlo pero no pudo. Creyó que lo más indicado sería que él durmiera en el suelo, así que le puso sábanas en el mismo y lo acostó: sorpresa magna se llevaría al ver cómo las sábanas parecían almidonadas también y el joven se empezó a deslizar por todo el suelo como si lo fueran jalando.

Entonces, llegaron a la tercera etapa, la posesión: en el cuerpo de Roberto se marcaban heridas que parecían ser causadas con una navaja de afeitar, al aparecer las mismas, él sufría mucho de dolor. En una ocasión, su madre sugirió regresarlo a la escuela y en una de sus piernas apareció visiblemente la letra “N”, y en la otra, la letra “O”. “No”. Aparecían estas marcas en todo su cuerpo, así como él comenzaba a actuar violentamente. El mismo padre que lo llevó por una noche a su casa, decidió empezar el exorcismo por su cuenta a pesar de su poca investigación al respecto. Lo llevaron, al joven, a un hospital religioso y ahí, en medio del exorcismo, el poseído logró quitar un pedazo de la cama, un fierro, lo arrancó con sus manos y se lo lanzó al padre en el hombro. Pasarían años antes de que él, el cura, pudiera volver a levantar siquiera la mano por la herida tan profunda y se requirieron más de 100 puntadas para curarlo.

Para este momento, Roberto tenía ataques de violencia extrema y se retorcía de dolor cuando aparecían más marcas. Una de ellas les dijo que se fueran a vivir a casa de una tía de él, y así lo hicieron, pues también pensaban que si se iban de ahí, se alejaban, esto menguaría. No fue así: durante la noche, incluso si dormía con alguien más, se veía afectado por sus trances, por la cama que temblaba, las cosas se movían, heridas aparecían de la nada y daban órdenes a través de palabras e, incluso, llegaron a reportar figuras cuasidemoníacas. La prima de Roberto, que iba a una escuela religiosa, pidió ayuda al director, un sacerdote muy estimado y, junto a otro sacerdote que había llevado toda su vida al servicio de Dios, comenzaron las investigaciones pertinentes para el exorcismo, eso a pesar de que hubo ciertas disputas de sentido teológico y administrativo entre saber qué institución religiosa debía llevarlo a cabo. Cuando los padres fueron a la casa, pudieron conversar con el joven, y al ver que no pasaba nada, decidieron irse. Bendijeron la casa y, a escondidas, pusieron una reliquia sagrada secundaria (o sea, algo que ha sido tocado por una reliquia sagrada primaria como una astilla de la cruz de Jesús) bajo la almohada del joven. A punto de irse, escucharon ruidos arriba, subieron: la cama se movía violentamente, la reliquia había salido volando, el niño estaba en trance, con los ojos cerrados… ahí decidieron que era necesario un exorcismo.

 Comenzaron en la casa de la familia, ahí iban todas las noches, y duraban horas y horas, desde que el joven se iba a dormir, por eso de las 7 u 8 de la noche, hasta las 2 o 3 de la madrugada, dependía mucho del joven en sí. Cuando hacían el exorcismo, Roberto daba muestras de una fuerza muscular casi sobrehumana, por lo que llegaban a necesitar hasta 3 hombres para mantenerlo a raya, siempre tenía los ojos cerrados y a pesar de eso, les escupía a todos, tanto a quienes lo detenían para que su violencia no causara estragos hasta a los sacerdotes mismos. Eran escupitajos espesos de un color verde denso. El joven tiraba flatulencias muy pestilentes así como orinaba de forma desproporcionada. El olor en la habitación era de sobra aborrecible. Durante semanas y semanas los padres lucharon cada noche para alejar al demonio, siempre resistentes a pesar de que no podían dejar de lado sus labores académicas y administrativas por el día: no tenían permitido faltar, debían aparentar un estado de normalidad porque esto de los exorcismos era de la edad media, no de la actualidad.

La situación era cada vez peor: las marcas en su cuerpo eran profundas y sangrantes, decían palabras, instrucciones y tenían formas de cruz o hasta demoníacas (algunos decían que parecían, de vez en cuando, alas de murciélago), las reliquias salían volando sin que nadie las tocara, el joven llegaba a hablar con voces muy distintas: algunas veces agudas, otras veces graves, llegaba a tararear canciones que al despertar, no recordaba, como el Danubio Azul de Johan Strauss, y al cuestionársele cuando estaba fuera de transe que si conocía la melodía o se le pedía que la cantara, no lo podía hacer. Llegó a cantar incluso, según los sacerdotes presentes, como lo haría un niño de voz blanca en coro de iglesia, tan afinado y hermoso; sin embargo, la madre sostenía que Roberto nunca se había interesado por cantar. A pesar de que siempre tenía los ojos cerrados, al escupir daba en el rostro a todos, tanto a los sacerdotes como a quienes lo sostenían, cuando tarareaba canciones, se ponía incluso como a marchar, en la cama, acostado, movía los pies a un ritmo, y el sonido de rascar en su cama también iba a ese ritmo. En una ocasión incluso un librero, cuando los sacerdotes iban subiendo, se movió para bloquear la puerta.

Una de las heridas le dijo a los padres que saldría un día en específico, y al llegar ese día, una herida se dibujó en el abdomen: decía “salida” y apuntaba al sexo del muchacho. Es más que sabido que, desde tiempos antiguos, los demonios salen del cuerpo de los poseídos por medio de la orina o defecando. Según palabras del joven, vio irse por la ventana una sombra oscura por la ventana, una especie de humo, y todos celebraron su victoria pues, por fin, después de semanas de lucha, lograron expulsar al demonio.

Pero se equivocaron, y fue cuando llamaron a Umberto para ver si su soldado de Dios, Santiago, podría hacer algo.

Cuatro días después de que se fuera el mal espíritu, comenzó de nuevo a temblar la cama, sus ataques de trance, su violencia. Decidieron, pues, llevarlo a un hospital religioso e iniciarlo en el catolicismo para que hiciera la comunión. El joven nunca se veía en problemas durante el día, siempre durante la noche, y nunca recordaba lo que le pasaba al anochecer, ni siquiera cuando en medio de los exorcismos regresaba en sí y pedía agua para beber, cuando entraba en trance, era otra persona que él no podía controlar ni saber de él o eso. Así, pues, se estaba preparando para la comunión. Ese día que lo llevaban a la iglesia, se puso violento, hizo que chocaran, iba con sus tíos y su mamá, pero por suerte nadie resultó herido. Lograron llevarlo a la iglesia pero fue recluido directamente en el hospital. Le hicieron la comunión entre estadios de consciencia y ataque: cuando le daban la hostia, la escupía, cuando le preguntaban si quería a Dios en su cuerpo, el joven Roberto comenzaba diciendo que sí pero luego parecía como si luchara, como si quisiera decir algo pero no podía. El Demonio le había dicho a los padres que había una palabra que el niño tenía que decir para irse él, pero que jamás lo haría.

Santiago tuvo la oportunidad de ver lo que pasaba bajo juramento de no hablar directamente con el Demonio, que decía ser Satanás, solamente debía observar y ver qué podría hacer. Ya en el hospital, por las noches el olor era fuerte, mucho, intenso y vomitivo; el joven mostraba una fuerza brutal. Decían que en sus ataques de rigidez, al arquearse, llegaba a tocar con la nuca sus talones, pero Santiago no tuvo la oportunidad de ver eso, aunque sí demostraba, por su forma de contorsionarse, una fuerza que llegó a creer no era propia de su complexión física. Durante el día el joven estudiaba para pasarse al catolicismo, pero durante la noche era alguien totalmente diferente, además de que se iban repitiendo patrones como las heridas, la voces cambiantes, cantaba canciones, cosas se movían solas, él las aventaba, orinaba, expulsaba flatulencias, imitaba movimientos de masturbación y llegó a decirle al mismo sacerdote cosas sobre su sexo en una sesión de exorcismo, llegó a decir maldiciones totalmente ofensivas y llegó a burlarse de quienes estaban presentes, incluido Santiago: a todos dijo en tono de burla cuestiones totalmente personales sobre las que nadie le había comentado y que no habría forma de que él se enterara.

Cuando cantaba las canciones, les cambiaba las letras y las hacía en un tono sombrío, cuando los padres rezaban en latín, él se burlaba y cambiaba los rezos con otras palabras en latín para torcer el significado de las santas oraciones, sabía perfectamente lo que hacía y llegaba a reaccionar violentamente con ciertas palabras en específico. Nadie sabía aún qué palabra tenía que decir él para que el demonio se fuera, así como comenzaba a ser consciente: durante las sesiones de exorcismo el verdadero Roberto sufría y decía que en sueños se encontraba en un abismo pero había una luz que cada vez se veía más cerca. Es por eso que los padres continuaron con los exorcismos, pero esto se seguía alargando y alargando, causando conmoción no sólo entre las enfermeras, sino entre los enfermos, que también mostraban signos de inquietud ante el caso de Roberto. Durante el día se comportaba violento con todos los enfermeros, que ya tenían experiencia con pacientes problemáticos, pero los pateaba, golpeaba, les aventaba los platos de comida para dañarlos, los mordía…

Se enteró que cuando querían hacer la comunión, Satanás se burlaba, porque él, Roberto, tenía que decir las palabras, literalmente, que quería recibir el cuerpo de Cristo, pero el Dragón no los dejaba, y se burlaba, proclamaba que él era suyo y no lo dejaría, además de que debía decir una palabra, una palabra muy fuerte para de verdad ser expulsado.

–Esto ya parece una eternidad… –dijo Matías viendo al hospital santo, y luego viendo a Santiago, quien observaba el mechón de cabello que le arrancó al hombre.

–Esto se va a acabar pronto –dijo él, Santiago, guardando el cabello en su bolsa y viendo decididamente al hospital.

–¿Qué harás, Santi?

–No estoy seguro –le contestó viéndolo a los ojos–, no estoy seguro, pero algo voy a intentar hoy.

–Cuídate, por favor, Santiago… –Matías vio que Santiago salía del auto y le dijo–… ¡oye!… Te amo.

Santiago lo vio desde la ventana y le sonrió, a pesar de estar con apariencia de cruda, su sonrisa era genuina, porque verlo ahí, como él, en sus años de juventud, mozos, Matías que siempre lo había apoyado en todo sin importar qué; eso llenaba de felicidad a Santiago.

–También te amo… te marco al rato.

Matías confirmó con la cabeza y se fue. Apenas pensó Santiago que ese carro era muy grande para él, para Matías, parecía un bebé tratando de manejar una bicicleta, y aún así lo hacía bien. Matías sabía que la sesión podía durar mucho o poco, así que iría a casa. Santiago dio la media vuelta y vio el hospital que tenía la capilla al frente, suspiró y por momentos se sintió como si fuera la portada de la película del exorcista. Sacó su celular y se puso el audífono, caminó hacia la entrada del hospital, no decididamente, sino más bien como quien sabe que tiene que hacer un trabajo desagradable pero no hay alguien más para hacerlo. No hay de otra. Puso una canción a reproducir. Generalmente es cuando iba a algún lado que escuchaba algo, y ese sonido es el que le indicaba de qué naturaleza sería lo que iba a hacer. Obviamente, porque ya sabía él qué es lo que sucedía ahí, sabía que no sería fácil, porque no siendo sacerdote, el entablar una conversación con el que decía ser el mismísimo Satanás, no le auguraba nada bueno. El Ritual Romano, de hecho, dice que no debes hablar con ese demonio y solamente hacer preguntas concisas respecto a lo por qué poseyó, cuándo se irá, y demás. Le esperaba una lucha tremenda.

Justo en el momento en que pasaba la puerta de entrada y se introducía al recinto, una voz poderosísima hizo temblar, no solamente a él, sino a todo el lugar. Santiago sintió cómo se le doblaban las piernas, el miedo se revelaba en él en forma de cabello erizado, el de su nuca, como cuando sentimos una mirada que en realidad no está ahí. En teoría. La voz era grave, enfurecida, una cosa de locura, tan fuerte que casi hubiera jurado que le gritaron al oído. Era profunda y potente, aguardentosa, sucia.

–¡LÁRGATE, TRAGA-VERGAS!

Se detuvo en la entrada, cerró los ojos, respiró para calmar su ritmo cardíaco, se quería lanzar corriendo lejos de ahí, y sólo por un grito. Abrió los ojos, vio el recinto adornado con figuras religiosas cuyas luces artificiales lucían opacadas, todo lucía oscurecido y helado. Comenzó a caminar. Ya sabían todos que llegaría, o al menos deberían, Umberto debió haberles informado ya. Así que caminó. Pasó por un pasillo alargado donde había varias puertas que eran las habitaciones de los otros enfermos. Escuchaba llantos y gemidos de miedo. Conforme se acercaba a la habitación el frío recrudecía, el olor a orín rancio entraba por su nariz y él podría jurar que de alguna forma se condensaba ahí, era tan penetrante que incluso uno podría sentir que la piel se le volvía pegajosa por el mismo. Era tan penetrante que los ojos se ponían levemente llorosos. El murmuro de los que rezaban ya estaba ahí, y los gemidos: la voz era totalmente gutural, no era humana. Era la única forma en la que Santiago la podría describir: no era una voz humana, era totalmente afónica, era como varias personas gritando al mismo tiempo, todas ellas con voces graves y potentes, era una especie de llanto, eran gemidos de dolor, de terror. Era dolor lo que esa voz revelaba. No era humana, y mucho menos genérica: nunca había escuchado semejante tono hasta que conoció a Roberto. Ya en la entrada, una enfermera lo recibió con un movimiento de cabeza. Él la vio a los ojos y le dijo:

–Voy a intentar algo hoy.

–Claro, joven Santiago, solamente tenemos que esperar a que acabe la novena. Adelante.

Él confirmó con la cabeza. Al entrar, por instinto, movió la cabeza hacia atrás y pudo ver el escupitajo volando a unos milímetros de su cabeza. Prosiguió y tomó un lugar al lado de las enfermeras que ahí laboraban. Vio la escena: en la cama, sostenido por dos hombres, y uno listo para entrar en acción, se encontraba el joven Roberto: un niño físicamente delgado y nada atlético, con el cabello totalmente mojado por el sudor y con los ojos fuertemente cerrados, con un gesto deformado, un odio iracundo a todo lo que ahí había, un gran dolor. Su camisón de hospital debió haber estado limpio antes de iniciar esto, ahora había sangre y estaba en el suelo; pudo ver en su torso heridas abiertas, la piel rasgada finamente como si de una afiladísima cuchilla de afeitar hubiera sido, podía ver palabras, decía “infierno”. Estaba muy delgado ya, podía ver sus huesos, y aún así, eran necesarios dos hombres para sostenerlo. Él, sin nunca abrir los ojos, con el ceño totalmente enfurecido, como animal, se retorcía, se arqueaba, veía Santiago verdaderamente impresionado cómo casi llegaba su cabeza a sus pies casi como la película que alguna vez al mismo tiempo que rugía, no sonaba como un joven de voz cambiante gritando: sonaba como un león.

–¡Quítamelos! ¡Quítamelos! ¡Pesan!

Santiago pudo ver que le habían puesto un rosario y una medalla en el cuello, la de San Benito, y él quería que se las quitaran, pero no lo hacían. Al hablar, su cuello se llenaba de venas en un paroxismo irremediable. Al ver que no le hacían caso y los padres seguían con el ritual, rugía de nuevo con esa voz de voces múltiples, no era humana, no creía él que alguien fuera capaz de igualarla a pesar de que siempre había escuchado voces retorcidas con su música. Se quitó el audífono y siguió rezando en su cabeza, preparándose para su momento. Los padres seguían y el niño aullaba, y entre aullidos, el sonido se fue transformando en risas.

–¿Quién eres? ¡Contesta! –Preguntaba el sacerdote con voz imperiosa, valiente. No se notaba cansado a pesar de que todos sabían que era así.

–¡Yo soy Legión!

–¡Te ordeno abandonar el cuerpo de este seguidor de Cristo!

–¡No! –Dijo para luego ladrar– ¡No, él es mío! –Y siguió ladrando.

El padre continuó:

–Bajo la protección del Altísimo les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo.

Todos contestaron:

–Tú eres, Señor, mi refugio.

–Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío».

–Tú eres, Señor, mi refugio.

Conforme la oración continuaba, así como las respuestas, Roberto no dejaba de quejarse y retorcerse.

–Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa; te cubrirá con sus plumas, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol.

–Tú eres, Señor, mi refugio.

–¡Métetelo en el culo, padre! –Le gritó Roberto con su demoníaca voz siempre con los ojos bien apretados, pero dirigiéndose a él como si lo pudiera ver, y le escupió en la cara. Atinó, como siempre. Nunca fallaba.

–Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza. Con sólo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos, porque hiciste del Señor tu refugio y pusiste como defensa al Altísimo.

–Tú eres, Señor, mi refugio.

El padre continuó:

–Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Durante esto, el joven dejó de tratar de liberarse, se quedó acostado en la cama y echó la cabeza hacia atrás, cerró la boca y empezó a reír con la boca cerrada, podían ver todo cómo su pecho vibraba por la risa que trataba de emitir, pero era como una especie de disco rayado emitiendo el mismo sonido una y otra vez, luego levantó la cabeza de nuevo y se iba a tratar de levantar de la cama pero se lo impidieron. Y de su boca no salía sonido humano, sino como de un perro llorando al mismo tiempo que se tocaba los genitales e imitaba la masturbación. Sus gemidos de perro era la ridiculización del placer.

Entonces el padre se acercó y le puso la mano en la cabeza, y conforme trazaba con su dedo pulgar la cruz en su frente, dijo:

–Hágase tu Voluntad, Señor, sobre nosotros del modo como todos esperan de ti.

Y todos contestaron:

–Señor, ten piedad.

–Envía tu Espíritu y las cosas serán creadas, y renovarás la faz de la tierra.

–Señor, ten piedad.

–Salva a tu siervo que espera en ti, Dios mío.

–Señor, ten piedad.

–Sé para él, Señor, una torre de fortaleza frente al enemigo.

–Señor, ten piedad.

–Que el enemigo no se aproveche de él, y que el hijo de la impiedad no añada más dolor.

–Señor, ten piedad.

–Envíale, Señor, tu auxilio y cuídalo desde tu morada.

–Señor, ten piedad.

El padre regresó a la cabeza de la cama y el joven se sentó, levantó el torso, y con los ojos bien apretados, dijo con su voz demoníaca:

–¿Quieren ver algo? A continuación, lo van a amar.

Entonces, Roberto suspiró, abrió los ojos, jadeaba cansado, como si un terrible dolor lo hubiera afligido por mucho tiempo, volteó a su rededor confundido sin saber dónde estaba, al borde del llanto.

–Por favor, padrecito, deme un poco de agua, por favor, un poco de agua…

Entonces, bajó la cabeza y apretó los ojos.

–Y ahora –con su voz demoníaca dijo–, lo van a odiar.

Roberto abrió los ojos de nuevo, pero había iracundia en su mirada, estaba totalmente trastornado, sus ojos eran pistolas con las que te podía matar.

–¡En lugar de estar diciendo pendejadas vengan a mamarme la verga!

Bajó la cabeza de nuevo y apretó los ojos.

–Ese es mi poder, padre –dijo con su voz que eran mil voces al mismo tiempo–, así que puede irse rindiendo, puto imbécil, tarado de mierda.

El padre dijo a continuación:

–Renovemos ahora las promesas de nuestro bautismo, con las cuales, un día, renunciamos a Satanás y a sus obras y prometimos servir a Dios en la santa Iglesia católica.

Todos dijeron a coro, excepto Santiago:

–Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre –aquí todos se inclinaron–; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Comenzó a escupir a todos los presentes, y con ninguno falló, ni con Santiago. Todos se limpiaron solamente. Le parecía increíble a Santiago la cantidad de gargajo que podía escupir, era como una máquina que no dejaba de hacerlo. El sacerdote iba a rociar con agua bendita pero estaba vacía la botella. Roberto se burló con su risa de voz demoníaca que era una pero mil a la vez. Le llevaron otra botella, Santiago vio claramente que la enfermera monja entraba con la botella llena, y otra llevaba la vacía, pero al momento de salir, al momento de dar un paso afuera, se dio cuenta que tenía el líquido, la botellita siempre estuvo llena.

El sacerdote continuó:

–No sabemos orar como conviene, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y Él mismo interpela y ruega a Dios por nosotros. Movidos por el Espíritu digamos juntos:

Todos dijeron a coro:

–Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos el mal.

El sacerdote juntó las manos y los demás concluyeron:

–Porque tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Roberto no dejó de gemir como de placer al mismo tiempo que movía sugerentemente la cadera, nunca abrió los ojos, todo el tiempo con los ojos apretados, bien cerrados. Luego soltó una risotada.

El padre, haciendo el movimiento de la cruz, dijo:

–Ante la Cruz de nuestro Señor aléjense de aquí, todas las fuerzas enemigas.

Roberto volvió a tener un rictus de dolor, se retorcía y brincaba, la cama comenzó a temblar también, y el sonido de rasgamiento sonaba, luego tomó un ritmo, un ritmo que él comenzó a tararear: era el himno nacional mexicano; asimismo, comenzó a mover los pies como si estuviera marchando. En la parte baja de su abdomen, en el músculo abdominal en la cadera, comenzó a sangrar efusivamente. Llevaron gasas para secar y Santiago apenas pudo ver una forma, por la posición en la que estaba no podía ver muy bien: creyó ver una cruz invertida. Las manos y brazos también los movía como si marchara. Era un pequeño soldado. De repente se detuvo, y ahí, acostado, recto, echó la cabeza para atrás una vez más. A continuación, comenzó a cantar con la voz más hermosa que Santiago haya escuchado jamás, una voz blanca de niño cantor, se acordó de inmediato la vez que fue a ver a los niños cantores de Viena: una entonación perfecta, una nivelación perfecta, era un ángel cantando, un deleite indescriptible para sus oídos. Santiago tuvo que luchar para no llorar ante la belleza de esa voz, cosa que le pasó, recuerda, una vez que escuchó a Monserrat Caballé…

L’amour est un oiseau rebelle

Que nul ne peut apprivoiser

Et c’est bien en vain qu’on l’appelle

S’il lui convient de refuser

Rien n’y fait menace ou prière

L’un parle bien l’autre se tait

Et c’est l’autre que je préfère

Il n’a rien dit mais il me plaît

L’amour

L’amour est un oiseau rebelle

L’amour

Que nul ne peut apprivoiser

L’amour

Et c’est bien en vain qu’on l’appelle

L’amour…

Durante toda la canción, no dejó de marchar. En el último L’amour, su voz se transformó en una nota larga en la que la belleza de voz se volvió su voz demoníaca que era una pero mil a la vez. Una vez más, las contorciones, el coraje, el rictus de dolor. Se arqueó tanto que Santiago temió que se fuera a romper de alguna forma. La cama dejó de temblar, así como el rasgar cesó.

El sacerdote dijo:

–Dios, creador y defensor del género humano, dirige tu mirada sobre este siervo tuyo, Roberto, a quien formaste a tu imagen y llamas a ser partícipe de tu gloria. El antiguo adversario lo atormenta cruelmente, lo oprime con fuerte violencia y lo inquieta con cruel terror. Envía sobre él tu Espíritu Santo para que lo haga fuerte en la lucha le enseñe a rogar en la tribulación y lo defienda con su poderosa protección. Escucha, Padre santo, el gemido de tu Iglesia suplicante; no permitas que tu hijo sea poseído por el padre de la mentira; no dejes que este servidor a quien Cristo redimió con su Sangre sea retenido por la cautividad del diablo; impide que el templo de tu Espíritu sea inhabitado por los espíritus inmundos. Escucha, Dios misericordioso, la oración de la bienaventurada Virgen María, cuyo Hijo, muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente y encomendó a la Madre todos los hombres como hijos. Que resplandezca en este siervo tuyo la luz de la verdad entre en él el gozo de la paz, lo posea el Espíritu de la paz y llenando su corazón le dé la serenidad y la paz. Escucha, Señor, la oración de San Miguel Arcángel y de todos los ángeles que te sirven. Dios de todo bien, impide decididamente la acción diabólica; tú que eres la fuente de la verdad y del perdón, expulsa las falaces insidias del diablo; Señor de la libertad y de la gracia, desata los lazos de la perversidad. Tú que amas y salvas al hombre que escuchas paternalmente la oración de los apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos que con tu gracia vencieron las asechanzas del Maligno. Libra a este siervo tuyo de toda potestad ajena y custodia la firmeza que necesita para que, restituido a la serenidad, espiritual te ame de corazón y te sirva con sus obras, te glorifique con sus alabanzas y te celebre con su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos respondieron:

–Amén.

Los padres guardaron silencio, todos guardaron silencio.

–Hay alguien que quiere hablar conmigo, padre… no concluyas este rito sin haberlo dejado expresarse –le dijo con su voz demoníaca que era una pero mil a la vez.

El sacerdote, sudado y lleno de restos verdosos espesos, volteó hacia Santiago. Caminó hacia él con la pesada respiración de Roberto de fondo. Al expulsar aire parecía ser una máquina descompuesta pues emitía un ronquido extravagante.

–Buenas noches, Santiago. Me dijo el padre Umberto, a quien admiro y respeto mucho, que vendrías y que hoy entrarías en acción.

–Así es, padre.

–Mira, yo no sé cómo trabajes, sólo sé que haces las cosas de modo diferente pero –volteó hacia el joven–, pero si lo puedes ayudar, adelante. Yo no te interrumpiré, solamente seguiremos rezando y cuando tú digas, acabamos el exorcismo por hoy.

–Muchas gracias –le contestó haciendo un movimiento de cabeza.

–¿Necesitarás que lo sostengamos?

–No –dijo el poseído–, así sirve que descanso también.

El padre indicó a los dos hombres, enfermeros, que sostenían al joven que descansaran. Santiago tomó una silla y se sentó al lado. El murmuro de los rezos comenzó. No sabía muy bien cómo empezar, se sentía muy nervioso. Se sentó y se le quedó viendo: el joven solamente respiraba y estaba acostado, no volteó a verlo, tenía los ojos cerrados, bien apretados.

–Eres la gran serpiente, entonces… hueles a mierda.

–Y tú casi te cagas al entrar aquí, y no digo nada… además, eres maricón –dijo con su voz demoníaca–, yo tengo una verga como las que te gustan: de tamaño normal, ni tan grande ni tan chica. ¿Qué te parece si mejor me la chupas y dejas de decir pendejadas?

–¿Por qué aceptaste que hablara contigo si vas a ser igual de insensato?

–Sólo quiero descansar, esos padres me queman, me queman…

–Entonces están venciendo.

El joven rio a carcajadas.

–Yo no me voy a ir de aquí, este niño me pertenece.

–¿Qué vas a hacer cuando te saquen? Porque es obvio que te están ganando.

–No me provoques, mariquita, no me provoques porque te voy a meter la mano hasta el codo por el culo.

–Bueno, qué estupidez sería de tu parte, gran serpiente, pues eso a mí me encantaría.

Volteó la cabeza repentinamente. Santiago se sobresaltó. Roberto se dio cuenta y sonrió. Pudo ver de reojo que no tenía dientes, pero posiblemente no fuera cierto.

–Debes ser muy valiente o estar muy loco para hablarme de esa forma, joto.

–Contesta lo que te pregunté, mejor, ¿qué vas a hacer cuando te saquen?, ¿qué ganas con eso?

–Me voy a llevar a este niño, su vida será mía.

–Su vida, aquí encerrado en un hospital católico, no tiene mucho atractivo, en realidad. Yo te diré una cosa y tú me vas a decir si estoy en lo correcto o no: en teoría sería tu finalidad corromper su alma, pero por medio de la posesión no puedes lograrlo, porque su alma le pertenece a Dios. Sólo podrías corromper el alma de alguien que a voluntad quisiera hacerlo. ¿No es cierto?

–Así es, traga-sables.

–Entonces no ganas nada.

–Corrompiendo el cuerpo de un inocente gano que ellos teman a las fuerzas del mal –dice señalando a los creyentes de la habitación.

–¿Y cómo sería corrompiendo las almas de aquellos que ya están perdidos?

–Mucho más fácil, se vuelven esclavos porque Dios no los quiere allá arriba. Lo tiene todo muy bien arreglado.

–Lo más probable que pase con este niño es que muera antes de que puedas pervertir su alma, eso en caso de tener alguna posibilidad porque, por lo que veo, es evidente que no es así. Entones tú y yo podríamos hacer un intercambio.

–¿Un intercambio? –se ríe estruendosamente–, tú eres la pasivita, sólo tú vas a recibir algo, no yo.

–Te voy a dar a alguien cuya alma está perdida –le dice sacando el cabello de aquel hombre y dejándolo caer sobre el torso desnudo del joven– a cambio de que dejes libre el alma de este niño.

–¿Te das cuenta que me estás dando el poder de poseer un cuerpo con el que podría cometer crímenes atroces?

–Eso si no te matan antes.

–Es un juego muy peligroso el tuyo, no sé nada de este hombre.

–Pensé que sabrías esas cosas.

–Ni Dios puede verlo todo, por eso poseo gente. Según es porque él lo permite para enseñar algo pero esos son intentos patéticos de excusarse.

–Es un asesino, el hombre que te traje, lo más seguro es que se vaya a pudrir en la cárcel. A él lo puedes pervertir, convencer su alma porque tendrá miedo, y sabiendo que recibirá un castigo, supongo que un rato contigo le caería muy bien.

–Yo no voy a castigar a los enemigos de Dios, no voy a ser quien castigue pecados.

–No, no lo harás, pero tendrás que lidiar con él para llevártelo, porque te va a temer, y por eso no aceptará tan fácilmente. Yo solamente te estoy facilitando el trabajo. No lo tendrás que buscar, te lo estoy trayendo en bandeja de plata.

–O sea que yo me quedo con un hijo de puta a cambio de dejar a este hijo de puta libre.

–Porque en este cuerpo te quemas, ¿no es así? En ese hijo de puta podrás descansar apaciblemente, que es justamente lo que quieres.

–Si saben que es posesión, tratarán de exorcizarlo también.

–Pero al ser un hijo de puta, podrían suponer que nada más está haciendo cosas propias de un hijo de puta. Míralo de esta forma: por eso eres tan ruidoso, porque estás perdiendo. Al menos ya tendrías a donde llegar y descansar un rato, gran serpiente.

–¿Quién eres?

–Yo soy Legión.

–Eres uno.

–Pero a muchos ayudaré… ¿Entonces?

–Lo pensaré.

Dijo el joven para regresar su cuello y dirigir la mirada de ojos cerrados al techo. Santiago se percató que el cabello que le había dado, ya no estaba ahí. Santiago se levantó y regresó a su lugar mientras Roberto volvía a quejarse con su voz que era mil voces. Notó que las enfermeras monjas lo observaban como a un bicho raro, incluso el padre que iba dirigiendo el exorcismo, así como su asistente, lo observaban sin comprender muy bien qué había tratado de hacer. Sin embargo, tenían que continuar. El sacerdote dijo:

–Te declaro anatema, Satanás, enemigo de la salvación humana; reconoce la justicia y la bondad de Dios Padre, que, con justo juicio, condenó tu soberbia y tu envidia: apártate de este siervo, Roberto, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia. Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto, superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la Cruz, y resucitado del sepulcro transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, Roberto, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su Sangre. Te conjuro, Satanás, que engañas al género humano, reconoce al Espíritu de la verdad y de la gracia que repele tus insidias y confunde tus mentiras. Sal de Roberto, criatura plasmada por Dios, a quien el mismo Espíritu marcó con su sello poderoso; retírate de este hombre, a quien Dios hizo templo sagrado con una unción espiritual. Por eso, retírate, Satanás, en el nombre del Padre –hizo la señal de la cruz–, y del Hijo –volvió a hacer la señal de la cruz–, y del Espíritu Santo –repitió la señal de la cruz una vez más–; retírate por la fe y la oración de la Iglesia; retírate por la señal de la santa Cruz, de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos respondieron:

–Amén.

Entonces los dos hombres, ni el tercero fueron suficientes. Todos los presentes fueron testigos de un rictus de dolor como nunca antes habían visto, la violencia era tal que querían salir corriendo: Roberto comenzó a doblarse y la voz demoníaca se quejaba y quejaba, sufría, gritaba. Entonces otra voz habló, una voz poderosísima e implacable, una voz limpia y profunda, la voz del trueno, la voz del poder, una voz rica, una voz majestuosa habló a través de Roberto:

–¡Satanás! ¡Satanás! Yo soy el Arcángel Miguel, y te ordeno a ti, Satanás, y a todos los espíritus malignos que liberen este cuerpo en el nombre de Dios. Dominus. ¡Inmediatamente! ¡Ahora! ¡AHORA! ¡AHORA!

El sacerdote se dio cuenta que la palabra era esa, Dominus. Por otros siete u ocho minutos el joven se estuvo retorciendo de forma violenta, espasmódica, parecía que no tenía huesos o que estarían rotos ya, todos lo podrían haber jurado, que alguien no podría sobrevivir a esa forma de contorsionarse. Al terminar los eternos minutos llenos de arcadas como de vómito, en la cama, Roberto relajó los ojos y dijo con tranquilidad y casi sin voz por el agotamiento:

–Ya, se fue.

Todos los presentes lo celebraron, se comenzaron a abrazar y el frío empezó a reducirse. El padre dijo con las voces apuntando alto:

–Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Y luego continuó hacia todos los presentes:

–El Señor esté con ustedes.

Todos respondieron:

–Y con tu espíritu.

–Que el Señor los bendiga y los proteja.

–Amén.

–Haga brillar su rostro sobre ustedes y los bendiga.

–Amén.

–Les descubra su rostro y les conceda la paz.

–Amén.

–Y que la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del Hijo –aquí hizo la señal de la cruz– y del Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

–Amén.

Santiago marcó a Matías y el sacerdote lo acompañó a la salida. Iban caminando por los pasillos y todo estaba en un silencio relajante, un silencio de calma, no de miedo, expectativa o terror.

–Eso fue… único, joven Santiago.

–Fue improvisado, pero creo que funcionó.

–Meses de dolor para esa pobre alma inocente han llegado a su fin, y será descanso para todos. Si hay algo que podamos hacer para ayudarlo, aquí estaremos.

–Muchas gracias padre, pero no suelo hacer eso, pedir favores a cambio.

–Fue una experiencia muy fuerte, joven Santiago, y la supiste sobrellevar sin caer en las provocaciones de la gran serpiente, y eso es de reconocer…

Entonces una reverberación comenzó a sonar, casi podían ver el sonido viajando en ondas de un lado para el otro, fue un pequeño vibrar y luego una poderosísima explosión, como si un enorme bong hubiera sonado con toda la potencia posible. Fue ensordecedor, un ruido tan poderoso como el mismo relámpago.

–Esa fue la señal que dice en el Rito Romano, supongo.

–Sí –le dijo el sacerdote–, de hecho, desde hace días, Roberto se burlaba haciendo el sonido, bong, bong, bong… es oficial, se ha ido, el gran Dragón se ha ido.

–Bueno, no fue tan espeluznante como el grito de cuando llegué.

–¿Qué grito, joven Santiago?

–En el momento en que puse mi pie en el hospital, él gritó… bueno, una vulgaridad… dijo “lárgate, traga-vergas”, sonó muy fuerte, todos debieron haberlo escuchado, si yo lo escuché desde la entrada y tuve que subir hasta el quinto piso…

–No recuerdo ese grito particular, no tan fuerte, como tú dices que fue…

Santiago se quedó callado recordando, y de casualidad pensó que la voz era bastante parecida a la de su amigo Umberto; y luego el padre, palmeándolo amistosamente en el hombro, le dijo sonriendo:

–¡No te preocupes! Llevo meses recibiendo escupitajos e intentos de ataques de Roberto. Lo más probable es que no lo recuerde y ya.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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