Legión c. 5: Nunca te disculpes por amar

Al pasar en frente de la casa de Matías ni siquiera quiso voltear ese día, sabía que su auto no estaría ahí, que nada de lo que estaba antes estaría ahí y que seguramente sólo vería un letrero de “se vende/renta”. Solamente apoyó su codo en la puerta del auto, y sobre su puño, su cabeza. Se quedó viendo todo pasar a través de la ventana, se sintió como en una película, en esas escenas donde reflexionan, sólo faltaba la lluvia y la música triste, pero él prefería que fuera así porque no le gustaba la lluvia y no quería ponerse a llorar. En camino a la Diócesis, donde se vería con Umberto para sus clases especiales, Santiago no se podía quitar una cosa de la cabeza: Matías se había ido.

Unos días antes, como solía hacer, Santiago estaba leyendo y de repente una cabeza de cabello ondulado chocó con su libro y lo sacó de su concentración, y ahí se quedó Matías sonriente, entrecruzó los brazos sobre el pecho de Santiago y le dijo:

–Hola, niño fantasma.

Comenzó a decirle así desde que en las noticias dieron a conocer el caso, uno de los más escandalosos que se habían visto en mucho tiempo. Cuando vieron las fotos, sus padres cuestionaron a Santiago sobre cómo las había obtenido y él no mintió, ellos no querían creer, y fue una larga discusión sobre qué hacer y qué no hacer, pero el niño sentía que debían entrar en acción pues, si no, ¿de qué habría servido que la mujer fantasmagórica se pusiera en contacto con él? Debemos ir a denunciar, dijo, debemos hacerlo por el bien de la niña. Lo cuestionaron sobre si sabía él quien era ella, sospechando que no porque Santiago no tenía amigos. Él les dijo que no pero eso no quería decir nada: tendrían que hacer algo. Fueron a denunciar, y a pesar que los agentes de seguridad no podían creer lo que el niño les decía, respecto a cómo obtuvo las fotografías, porque era la primera vez que pasaba, que alguien reportaba algo así, las fotos no podían mentir. Las investigaciones arrojaron resultados tenebrosos: resultó que la niña había sido abusada por años y años, la madre de ella había muerto en un accidente automovilístico justo cuando iba en camino a denunciar (creyeron), pero se quedó sin frenos, casualmente, cuando el hermano del esposo de ella iba a recoger a la niña pues eran divorciados y ese fin de semana le tocaba disfrutar de la compañía de la menor. Era un acuerdo entre los dos, estaban coludidos, ambos estaban de acuerdo en lo que pasaba y se ayudaban mutuamente. Al tío de la niña le encontraron fotos de otras menores que su hermano, el señor que vivía al lado de la casa de Santiago, le conseguía.

Si bien, eso pudo haber sido suficiente para los cotilleos y los comentarios morbosos siempre presentes en las conversaciones familiares, de amigos y demás, porque todas las reuniones parecen ser mejores, o tener un mejor regusto, cuando hay un chisme de por medio, y si este va en detrimento de alguien más, mejor; así, pues, no solamente el caso de los hermanos violadores fue lo que dio la vuelta a todo el estado, sino el niño que los descubrió, un pequeñete sin más chiste que una oreja ausente que juraba y perjuraba que todo sucedió cuando escuchaba música en su habitación. Eso sin contar el hecho de que entró sin permiso en una casa ajena que, como no causó más destrozo que un reloj de mano en el suelo, no procedieron las acusaciones legales por parte de los Hermanos Violación. Así los había bautizado la gente ya. No suficiente con un niño diciendo incoherencias, sostenía que era cierto, y en medios de comunicación una cantidad considerable de estafadores comenzaron a hacer análisis profundamente ridículos sobre la situación y, no sólo eso, sino que volvieron a Santiago un meme, lo ridiculizaron en medios electrónicos y por días dejó de ir a la escuela pues era excesiva la burla. Por suerte para él, estas malas jugadas y malos ratos que nacen con el internet, mueren también con él, y en muy poco tiempo. Si bien, aún había gente que lo buscaba para burlarse o para pedirle ayuda con sus muertitos, él logró sobrellevar su vida normal dentro de lo que cabía.

Y entre esas personas, a parte de su familia y de Umberto, que más lo apoyaron durante ese período de burla constante, de acoso en la calle tanto por parte de transeúntes desesperados como por parte de medios de comunicación serios y blogs perdidos entre la red de internet; fue Matías un escudo constante. Matías solía hacer ejercicio, entrenaba artes marciales mixtas aunque no tenía el cuerpo de luchador, su agilidad era remarcable; además, por órdenes de Umberto, el prelado arzobispo de la diócesis de donde vivía, tenía que hacer ejercicio. Así que Santiago se decantó por iniciar a ir al gimnasio al que su amigo iba, y no sólo eso: sino que Matías modificó su horario para poder hacer ejercicio con Santiago, y hasta lo invitó a las artes marciales mixtas, y sólo por su insistencia, Santiago aceptó, aunque poniendo de por medio que nunca iría a pelear en competencias y demás porque eso no era lo suyo.

–Hola, Mati, ¿cómo estás?

Un gusto sabroso, un gusto gozoso por alguna razón para Santiago era el de paladear el nombre de Matías: cada letra, cada sonido se le hacían de alguna forma atractivos y deliciosos de repetir una y otra vez tanto con la boca como en su mente. Sólo una letra le faltaba a su propio nombre, a Santiago, para tener todas las letras del de su mejor amigo. Porque eran mejores amigos, los dos se habían declarado como tal muchas veces. Cuando hacía eso, de llegar por sorpresa, ahí se quedaban platicando. Santiago puso su separador en el libro que leía comenzó a jugar con las greñas onduladas del otro, que lo dejaba hacer a gusto y disgusto, porque, aparte, sostenía que lo relajaba.

–Bien porque ya estoy contigo, Santi, ¿y tú?, ¿ahora qué estabas leyendo?

Él había sido el único desde que lo conoció que le preguntaba sobre sus libros y lo escuchaba atentamente cuando Santiago le contaba al respecto de cosas que le gustaban o no le gustaban; además de su música. A Matías nunca le gustó el metal que escuchaba Santiago, pero si él se lo pedía, escuchaba canciones y luego platicaban de ello; así como Santiago escuchaba las canciones que Matías le decía aunque no le gustaran, y veía las películas que él le recomendaba.

–Pues es un libro de Neil Gaiman.

–Es el que escribió Coraline, me habías dicho, ¿no?

–Ese mismo.

–Esa película me gusta mucho, ¿y a ti?

–A mí también, Mati.

Siempre que se quedaban platicando así, solamente se veían a los ojos y sonreían, reían, por lo general había alguna lucha de por medio que nunca pasaba de cosquillas. Conocían a la perfección sus puntos débiles: los de Santi eran el abdomen, su pancita, como decía Mati, y su cuello; los de Mati también eran esos, pero también las axilas y las plantas de los pies. Cuando luchaban así, acaban sudando y jadeando, y luego se reacomodaban para volver a verse a los ojos mientas se secaba el sudor y platicaban.

Santiago pasaba sus dedos entre el cabello suave de Matías y le hacía burla de que olía al shampoo que usaba su mamá. Santi siempre quería estar así con él: a solas, platicando y viéndose a los ojos. Tenían un no-sabía-qué que lo relajaba y lo calmaba, a pesar de que solamente eran ligeramente más claros que sus propios ojos, tenía una mueca amable todo el tiempo el pequeño Matías, que era dos o tres centímetros más bajo de Santiago, sus labios eran rosados y acaramelados porque siempre usaba bálsamo, y sus dientes estaban ligeramente chuecos pero lejos de empobrecer su gesto, lo hacía ver más chico y, en palabras de Santiago, bonito. Entre los dos solían hacerse ese tipo de comentarios, pero nunca dudaron el uno del otro, era un acuerdo tácito de apoyo mutuo, solamente eso.

–Sí escuché la canción que me dijiste, A dream that cannot be.

–¿Y qué tal, Mati? –Le preguntó Santiago mientras jugaba con los lóbulos de las orejas de él.

–Ay, no sé –dijo haciendo una mueca que hizo sonreír a Santiago–, como me dijiste, la letra se me hizo chida, pero nada más.

–¿Sí o no que es una historia de amor bien apasionante?

–“Bien apasionante” –arremedó Matías–, nadie habla así.

–¡Cállate! –Dijo Santiago Sonriendo para hacerle cosquillas pero no duraron mucho–, yo creo que ese grupo, Amon Amarth, si hicieran su música un poco más con tintes de música clásica, sonaría poca madre.

Matías le sonreía y lo veía con añoranza. Santiago guardó silencio y se le quedó viendo. Ambos fueron borrando la sonrisa lentamente.

–Tengo algo que decirte, Santi –le dijo con el gesto serio. En ese momento, Santiago sintió un vuelco en el estómago porque Matías siempre sonreía, eso era por lo que lo ubicaba, su sonrisa bonita.

–¿Qué tienes? ¿Todo bien?

Matías meneó negativamente la cabeza al mismo tiempo que sus ojos se inyectaron de sangre, su boca se arqueó en un gesto triste pero nunca dejó de verlo a los ojos. Santiago se incorporó un poco, lo acercó más a su rostro, con los dedos pulgares le secó las lágrimas que recorrían sus mejillas.

–Me iré en tres días, a mi mamá la van a mandar fuera del estado por el trabajo y pues… ya no te veré.

–¿Te vas a ir? –Preguntó Santiago con la voz temblorosa. Matías confirmó con la cabeza. Sintió como un fuerte nudo se le atoraba en la garganta, también sintió sus ojos llorosos y sus labios se entristecieron junto con sus ojos, su mirada era triste y de soledad.

–Pero… –dijo Matías apoyándose sobre su cadera, quitándose de encima de Santiago, ansioso–, podremos seguir platicando, ¿sabes? Yo sé que a ti no te gusta eso de las redes sociales pero al menos podremos seguir platicando y compartiendo libros y música y películas y así…

Santiago se quedó viendo a la nada con la cabeza baja, no quería verlo a los ojos porque se pondría a llorar irremediablemente.

–Yo no quiero eso, Matías, yo te quiero a ti, y estar contigo y… ¿y ahora quién se va a meter por mi ventana a asustarme? –Se voltearon a ver a los ojos, ambos llorando– te voy a extrañar –dijo ya con la voz totalmente quebrada, casi afónico y cerrando fuertemente los ojos. Matías también rompió a llorar y dijo:

–Y yo a ti, Santi –hundió su rostro en el cuello de él, creyó Santiago sentir los labios de Matías en su cuello, pero no podría asegurarlo, era el dolor lo que lo invadía en ese momento–, yo a ti te quiero también, te quiero mucho, Santi.

–Yo te quiero mucho, Mati.

Lo último fue cuando los papás de Matías, antes de irse, se detuvieron enfrente de la casa de Santiago para despedirse. Santiago y Matías no sabían qué hacer, qué decir. Matías tomó la iniciativa, lo tomó de la cabeza, la bajó un poco y lo besó en la frente.

–Nunca te voy a olvidar, Santi.

–Ni yo a ti, Mati.

Y lo vio irse, justo sobre la misma calle que él ahora mismo cruzaba para salir de su condominio. A pesar de tratar de no pensar en él, en que se fue, no podía dejar de sentir una profunda tristeza. Todo su mundo se había reducido a una cosa: el constante recuerdo de Matías en su cabeza, una y otra vez: su voz, sus manías, su sonrisa pecosa, sus labios acaramelados, su mirada juguetona y sus bromas incansables, su potencia corporal, su habilidad y su concentración en las clases de artes marciales mixtas, esa seriedad que parecía de niño de dos años enojado en una fotografía. Todo le recordaba a Matías.

Al llegar a la diócesis se bajó del auto y a través de la ventana, su padre le dijo:

–Ánimo, hijo, ya se te va a pasar… te veo aquí en un rato.

–Sí, pa, aquí te veo.

Subió las escaleras de la iglesia, del templo donde está la diócesis, que es rica en su forma barroca mexicana, una verdadera joya y, tal vez, el templo más famoso del municipio. Es una sola gran nave reforzada con botareles, tiene una torre y un arco, contrafuentes; al interior está el retablo, labrados de madera y mucho del mismo, del interior, cubierto con hoja de oro. Todo parece brillar. Es fresco el lugar, amplio, lleno de todos estos iconos religiosos y ángeles sin emoción alguna. Umberto le había dicho todo: la historia del lugar, cómo se llamaba cada una de las partes del templo; pero él lo olvidó todo pues su habilidad y el conocimiento que requería era del tipo más práctico.

Se fue directo a la Sacristía, que es donde tenía sus clases, y ahí estaba: Umberto Valerio Saviñón, un hombre entrado en edad con una nariz que tenía un filo aguileño, unas incipientes entradas en el cabello, sus cejas eran densas y muy pobladas, aunque no tenía bigote ni barba, sus labios eran delgados y sus ojos ámbar, el ámbar más claro que Santiago había visto jamás, podría jurar que si apuntara a sus ojos con una lámpara, la luz saldría reflejada y multiplicada en un arcoíris en todas direcciones, eran como un fractal sus ojos, pues podría jurar que dependiendo de la perspectiva con la que los viera, éstos cambiarían al menos su tonalidad. Umberto era delgado en sí, pero fuerte, y su tono de piel parecía de oro, no moreno, no tostado, no amarillo: oro, incluso la vellosidad de sus antebrazos parecían ser hilos delgados de oro. Su gesto siempre apacible, lo primero que vio en él cuando se presentó fue amabilidad, podría jurar Santiago de no ser porque eso es prácticamente imposible que su gesto nunca había sido afectado por alguna emoción negativa ni mucho menos: era apacible, sonriente, y muy bromista. El buen Umberto que le ganaba por tantos años de edad, siempre tuvo una jovialidad envidiable, se la pasaba bromeando y haciendo gestos y caras para hacer reír a Santiago que, en sí, no estaba en la edad donde eso es lo mejor, pero cuando Umberto lo hacía, se atacaba de risa. Siempre que entraba otro sacristán, por ejemplo, y se iba, cuando le da la espalda a Umberto, éste le sacaba la lengua y hacía bizcos y demás muecas que hacían reír al joven. Ya le había dicho algunas veces Umberto que le agradaba la risa de Santiago porque era graciosa. Pero si había algo, a parte de sus ojos, que eran llamativos y, bueno, su personalidad: era su voz. Nunca había escuchado Santiago una voz tan potente, tan poderosa, magnífica, clara y limpia, era como si un tenor, un cantante de ópera hablara en cántico. Tenía una voz capaz de, con un tono lo suficientemente alargado, romper cristales.

–Hola, Umberto –dijo Santiago sin emoción, al entrar a la sacristía.

–Mi joven tocayo… con esa falta de emoción podrías hacer llorar al niñito Jesús: sonríe, que Dios está con nosotros.

Santiago hizo una mueca apenas, un esbozo de sonrisa, y se sentó. No es que no quisiera escucharlo ni mucho menos, es sólo que hoy no estaba de humor. A Umberto lo veía una vez a la semana, los sábados, para sus clases.

Cuando se dio el caso de los Hermanos Violación, una semana después, se presentó a su casa un hombre afable: Umberto Valerio Saviñón era, para cuando conoció a Santiago, arzobispo de la diócesis, pero antes fue había sido cardenal y muy cercano al Papa. Él fue a su casa porque quería ofrecer personalmente un servicio: el del bienestar emocional del joven y el buen uso de su habilidad que él dijo, sin siquiera dudar un poco, a pesar de no hacer alguna pregunta, creía totalmente en ella y dijo que Santiago tenía el perfil de alguien que podría ayudar a los demás… en sus tiempos libres. Los padres de Santiago se mostraron reticentes al principio pero la decisión se la dejaron a él, pues a fin de cuentas sería su tiempo libre, su aprendizaje, y claro que, viniendo de un excardenal, no temían. Así, además, su madre lograría lo que siempre quiso: que sus hijos fueran a misa, y al menos uno lo haría.

Santiago aceptó porque no tenía muchos amigos, sólo a Matías, y porque Umberto se llamaba como él: Santiago Umberto López Mondragón, eran tocayos; además el arzobispo tenía un magnetismo muy poderoso, se codeaba de las figuras políticas más sobresalientes del país: lo que él decía, se hacía, incluso en otras diócesis, arquidiócesis; tenía un poder increíble. En cuestiones religiosas, le llegaron a decir algunos monaguillos del templo, era quizá el más poderoso de todos en México. Por eso debía sentirse bendecido, pero no era sólo por eso, sino por su carisma, su sonrisa, su mirada y su voz. Todo Umberto era un personaje digno de novela.

–Así que, dime, muchacho, ¿qué recuerdas de la semana pasada?

–Uhm… empezamos con los exorcismos y las posesiones, padre Umberto.

–Puedes decirme Umberto, está bien así… ¿y bien?

–Pues… se dividen en tres etapas: infestación, obsesión, y posesión.

–¡Excelente! Sí que eres inteligente, ahora, sobre la posesión debemos saber que…

Y continuó por un rato pero Santiago no podía poner atención, absorbía la información y en consecuencia sabría usarla, pero contestaba a destiempo, con errores o simplemente no sabía, y eso que era conocimiento que él ya debía saber, que ya había interiorizado.

–… en sí, al ser poseído alguien, no es que su alma haya caído en manos de la entidad maligna, se le dice enfermedad espiritual pero el espíritu yace incorruptible al menos que la persona así lo quiera voluntariamente, como cuando hacemos la comunión: a menos que lo digamos voluntariamente y deseándolo, Dios no entrará en nosotros, debemos estar convencidos de ello. Eso quiere decir que si alguien es obligado a la comunión, no surtirá efecto: debemos estar conscientes y desear ser uno con Dios…

En silencio, creyó Santiago, indicaba una pregunta, por lo que dijo:

–Así es, Umberto.

Umberto lo sabía: estaba distraído, algo había en su pequeña cabeza que no funcionaba por el momento. Volteó a la puerta de la sacristía, la salida, y le dijo:

–¿Qué te parece si cambiamos un poco, por hoy, la enseñanza? Vamos por un helado, ¿eh? Estamos cerca del centro de todos modos, vamos a sentarnos y olvidarnos un poco de entidades malignas y lo que sea. Ven, yo invito –dijo tomando su cartera y abriendo la puerta de la sacristía, esperando a que Santiago saliera primero.

Fueron a comprar un helado, Santiago pidió un helado de limón, y Umberto uno de chocolate. Se sentaron en una banca, uno al lado del otro, en una plaza donde había familias caminando, niños jugando en el kiosco y correteando, vendedores de globos y pelotas. Pasó una parejita, un joven y una joven agarrados de la mano. Umberto se dio cuenta que en ese momento, Santiago dejó de comer. Estaban ambos en silencio a pesar de que el clima era excepcional, un lujo que no muchos se molestaban en admirar, excepto el arzobispo, que siempre comentaba que este tipo de cosas tan simples eran las que en verdad le daban sentido a vivir.

–¿Qué tienes, hijo? Sabes que puedes decirme. Yo me siento tu amigo, tal vez tú todavía no sientas que yo sea tu amigo pero puedes decirme lo que sea, y eso lo sabes.

–Todo está bien, Umberto, gracias.

Entonces, Umberto puso su mano sobre su cabeza. Santiago sintió que su cuerpo se relajaba y que sus emociones afloraban a todo lo que daban: en su mirada, frente a él, tenía a Matías sonriendo como siempre lo hacía sobre su pecho, con sus ojos tiernos y su voz limpia. Santiago sintió que podía decirlo todo sin importar qué.

–Yo sé que no es así, y con Dios como mi testigo, te invito a que me cuentes qué pasó. Saca esto que tienes en tu corazón, mi muchacho, mi tocayo, porque las emociones pueden enfermarnos también espiritualmente.

Santiago, que no quería al inicio, incluso ahora que Umberto le había quitado la mano de la cabeza, dijo:

–Es Matías, padre.

–¿Matías, tu amiguito? Me agrada ese muchacho, y a pesar de que no lo he visto en persona, siento conocerlo muy bien porque tú me has hablado de él y tú lo conoces. Dime, ¿qué pasó?

–Pues… –dijo ahogándose con el nudo en su garganta, pero no pudo continuar. Delicadamente, Umberto puso su mano en su cuello, atrás, y dijo en voz baja:

Libero te.

Y como si hubiera sido por arte de magia, el nudo se fue, aunque no la emoción de desgracia.

–Pues… –continuó Santi ya con los ojos llorosos–, se fue, padre, se fue.

–¡No me digas, mi muchacho! ¿A dónde se fue?

–Lejos por cuestiones de trabajo de su mamá.

–Oh, ya, entiendo –dijo con voz baja–… dame eso, ese helado está más aguado que tú y va a empezar a escurrir… –Santiago le dio el vaso de unicel y se quedó callado–. Perder a alguien es difícil, yo lo sé, muchacho, pero recuerda: el Señor siempre tendrá una razón para tal. Quizá es momentáneo, quizá es por ahora, en lo que tú te preparas.

Santi volteó a Umberto con lágrimas en sus ojos. Umberto se las quitó con un dedo y, viéndolo directamente a los ojos, con los suyos que eran como cuevas de diamantes, le dijo:

–Pero eso no te importa, ¿verdad, Santi? Eso no te importa porque tú… tú lo amabas.

Santiago, a pesar de ser moreno, se sonrojó y desvió, avergonzado, la mirada de él, del padre, pues sentía que había caído en un pecado, sentía que eso no sería bienvenido por él, por el representante de la iglesia.

–No…

–Hijo, no tienes que mentirme.

–Pero no, o sea, sí lo quería pero era mi amigo y ya. Nada más, padre… podemos regresar, ya me siento mejor –dijo jalando el moco líquido con la nariz.

–El amor, Santiago, es una emoción poderosa, y si tú lo amabas, si amabas a Matías, no tienes por qué avergonzarte: al contrario, es algo muy hermoso.

Santiago volteó a él con el gesto entristecido y con el labio inferior temblando, llorando y con la nariz sonrojada.

–Pensé que los… que son como yo no se ganan el reino del cielo.

Umberto recordó cuando le dijo eso, apretó los labios, y dijo:

–Bien es cierto eso, mi niño, eso dicen las escrituras y no sé qué tanto pueda cambiar eso, pero no tiene nada que ver con tu emoción, con tu sentir. Tú recuerda que el amor, a fin de cuentas, incluso siendo tan poderoso, sigue siendo muy aleatorio: se lo damos a alguien ciegamente pensando en obtener lo mismo, aunque no sea así, nosotros ya hemos hecho lo que Dios hizo con nosotros: amar, y con eso es más que suficiente para vivir en paz y armonía… ¿Y sabía? ¿Matías sabía?

–No… nunca le dije nada, yo quería conservar su amistad.

–Y es eso lo que nos mata, mi tocayo, en no ser claros con eso, ni con nosotros mismos. Sin embargo, no puedo tachar tu actuar, cualquiera lo habría hecho así… sin embargo, déjame decirte, que si hubiera sido recíproco, Matías se hubiera ganado un amor muy, muy bello. Su mayor bendición sería esa, su novio… o sea, tú.

–Pensé que… pensé que te enojarías, Umberto.

Umberto sonrió porque, por primera vez, le habló por su nombre.

–¿Por amar, Santiago? No me podría enojar por eso.

–Pero Matías era…

–Un joven como tú, no tiene nada de malo. Tu sentimiento es honesto, tu sentimiento es puro, y es eso lo que Dios nos quiso enseñar siempre: a amar.

–¿Desde cuándo sabes que me gustaba?

–Desde siempre, tu sonrisa al hablar de él te delataba. Tus ojitos brillaban, tu gesto se ensoñaba… algo bonito de ver, Santi.

Se quedaron en silencio un momento.

–Entenderé perfectamente si quieres detener todo esto, Umberto.

Umberto frunció el ceño y volteó directamente a él, al joven.

–¿A qué te refieres?

–Pues… no sé si Dios querría a alguien como yo.

–¿Y qué eres tú que no le gustaría a nuestro Señor?

–Un desviado.

–¿Por amar a Matías?

–Sí… –dijo rompiendo a llorar, con el rostro entre las manos. Umberto se levantó y se arrodilló frente a él, le quitó las manos y lo tomó delicadamente de las mejillas y levantó su rostro. Santiago tenía agarrotado el gesto por el dolor de perder a Mati y por el horror de revelar lo que él era: nunca se había sentido tan desamparado. Por un momento vio un brillo extraño sobre la cabeza de Umberto, eso creyó, pero era el sol, eso creía–. Lo siento.

Umberto negó negativamente con la cabeza.

–Yo voy a seguir con tu preparación sólo si tú lo quieres, yo vi algo en ti, y trabajaré contigo sólo si tú quieres. ¿Quieres seguir con esto, Santiago?

Afirmó con la cabeza. Umberto le secó las lágrimas y la nariz con un pañuelo. Notó su incipiente bigote de adolescente, sentía a través de sus manos y su gesto su dolor. Lo comprendía.

–Y ahora te voy a decir algo muy en serio, y no quiero que te olvides de esto: nunca, y escúchame muy bien, nunca vuelvas a disculparte por amar. Nunca lo hagas. El amor es el regalo más grande que Dios nos dio, y nunca debemos sentirnos avergonzados por amar a alguien, no importa si es tu madre, tu padre, tu hermano, tu hermana, tu maestro, a Matías. Nunca debes disculparte por amar, porque el amor es por lo que nuestro Señor se sacrificó y si tú haces eso, arrepentirte, negar el amor que sientes, lo estás negando a él y su sacrificio. Te estarías negando a ti, Santiago. Nunca lo hagas: el amor no se oculta, no se arrepiente uno de sentirlo, de tenerlo, de ser invadido por él; se celebra, se festeja, se demuestra, se grita al mundo y, sobre todo, se lo damos a alguien. No vuelvas a decir que te arrepientes o te avergüenzas de amar, Santiago, porque eso es negar tu parte humana… es morir. Tú estás vivo, estás sano: demuestra tu amor, demuéstralo, y si alguien te trata de censurar, es porque ese alguien se avergüenza de amar, y ese alguien está muerto, solamente que su cuerpo sigue funcionando. Su alma, o no está, o está pervertida, su espíritu ha sido pervertido, están enfermos espiritualmente; pero al amar es cuando nos blindamos de todo lo malo, de la oscuridad y las tinieblas a nuestro alrededor, al amar es cuando nos volvemos poderosos e invencibles, Santiago. Enorgullécete de amar, Santi, porque es algo que es subestimado. Tú eres fuerte por eso, Santiago, por amar… ama, grítalo, dilo, demuéstralo; pero no quiero que te vuelvas a disculpar por eso… ¿entendiste?

Llorando aún, Santiago confirma con la cabeza.

–Umberto…

–Dime, mi muchacho –le dijo liberándolo de su tacto sanador.

–Lo extraño… –le dijo entre llantos para abrazarlo fuertemente, y Umberto lo abrazó de vuelta. Lo dejó sacar la emoción, el sentimiento, las lágrimas, sintió cómo se contraía, sintió su pesar irse alejando en sus lágrimas y en el sudor, en la voz agarrotada y dolida, en su llanto arrepentido. Y se fue recuperando, se fue calmando y se secó las lágrimas con el antebrazo.

–Ya un poco mejor, ¿eh?

–Sí, Umberto… gracias.

Umberto le sonrió, Santiago vio sus dientes tan blancos como perlas.

–No hay nada qué agradecer, yo siempre estaré aquí para ayudarte y protegerte, mi tocayo.

Santiago le pudo sonreír a pesar de seguir llorando.

–Vamos de vuelta, mi muchacho –dijo levantándose, tomó el helado de Santiago y se lo regresó no sin antes soplarle, cosa de la que Santiago no se dio cuenta–, tu padre ya mero llega y sería inconveniente que no te viera ahí a la hora que acordamos.

Santiago se fue comiendo su helado, y al acabar, cuando llegaron a la diócesis, sólo pensó que era curioso porque recordaba que cuando se lo quitó, el helado estaba prácticamente derretido, pero no, Umberto lo bromeó, no estaba tan aguado. Estaba como si lo acabaran de sacar del congelador.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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