Legión c. 6: Guajolotas

El auto se mueve y balancea de ida y vuelta sobre el camino de terracería, sobre las piedras salidas de algún lado, en la irregularidad del camino por causa de la erosión natural. Los que en el auto van, son como esos muñecos cabezones que, dependiendo de hacia donde el carro se balancea, se mueven ellos dos. Han dejado atrás el camino asfaltado, ahora están en un empedrado ascendiendo con algunas casas a los lados del vaivén de terracería. Santiago se pregunta cómo le harían si es que otro auto se acercara en sentido contrario, puesto que de un lado hay tierra, muro, y del otro una caída libre que se va haciendo más y más alta. Las construcciones son grandes, algunas con tienda incluida, y no aparentan lo que uno consideraría normal en zonas así: uno esperaría casas más humildes. Camionetas grandes de carga, animales caminando de aquí para allá en perfecta armonía con la gente y su entorno, es una mezcla entre lo rural y lo urbano; empero, puede ver Santiago, quien toda la vida ha estado en entornos citadinos, predomina lo rural. La gente tiene ese tono de piel tan característico de él mismo y del padre Umberto: la tonalidad va entre los diferentes colores que podríamos ver en los troncos de enormes árboles, adornados con pelambreras predominantemente oscuras, y dependiendo de las primaveras e inviernos vividos, también hacia tonos más grisáceos, como de ceniza. Ceniza en la cabeza de aquellos árboles que van guardando su sabiduría y su poder sobre lo que los rodea.

–No checaste el reporte esta vez, Santi. Eso es algo nuevo en ti –dice Umberto quien va en el asiento del copiloto con su rosario en mano.

–Bueno, cuando llegue me contarán todo lo que sucede en el caso. Ahí me daré una buena idea, Umberto.

–Eso lo sé, mi muchacho, sin embargo, siempre te has inclinado hacia saber antes de entrar en acción.

–Eso haré, Umberto, no te preocupes… es curioso, ¿sabes? Me sigues hablando en diminutivo.

–No te dije muchachito…

–Yo lo sé, mi buen amigo, pero la forma en que lo dices, parecieras hacerlo implícito ahí, como si yo fuera menor.

–Eres menor que yo.

–Ya soy un adulto.

–Lo sé, pero nunca dejarás de ser mi muchacho.

Santiago sonríe a media luna, sólo una mitad de sus labios se forman en sonrisa.

–Ya llevaba un buen rato que no te veía sonreír, pensé que tus músculos faciales habrían olvidado cómo hacerlo. Más siendo tan necesario para los menesteres que tanto nos ocupan en nuestras labores.

–¿La sonrisa?

–El humor… sin humor, estamos perdidos.

–Yo lo sé, es sólo que he estado pensativo, Umberto.

–¿Hay algo que quieras decirme, mi Santi?

Santiago se queda callado mientras da una vuelta. Ahora, el camino es casi limitado a un solo auto, aunque sabe que no es así, que podría ver un auto, o una carreta, se imagina, en esto lares, en sentido contrario al suyo. Dos muros de rocas apiladas las unas sobre las otras en un mosaico que él se sabe imposible de hacer por su propia cuenta, custodian ambos lados del camino. ¿Cómo habrán hecho para acomodarlas de tal forma que encajen de forma perfecta? Parecieran pedazos de un rompecabezas rocoso. El frío es predominante ya. El cielo está encapotado, pero no parece estar listo para llover, solamente se muestra entristecido. Las casas siguen estando separadas las unas de las otras, por al menos, un par de kilómetros; y tienen establos, corrales, animales, extensiones de pasto, el aroma es de estiércol, pero no resulta insoportable.

–Al entierro llegó… bueno… Gillien estaba ahí, ese güey estaba ahí.

–¡Oh!, sí, lo vi en los alrededores. ¿Te dijo algo? Supongo que fue respetuoso.

–Fue enigmático, Umberto.

–¿Por qué dices eso, Santi?

–Estaba yo despidiendo con respetos a… a los dos, cuando se me acercó y me dijo, Es difícil, pero lo lograrás… sobreponerte y eso… yo lo he hecho. Yo le dije que me dejara en paz, no es mi persona favorita de ver, para nada. Ni siquiera sé para qué fue…

–Supongo que lo hiciste respetuosamente.

–Claro que sí, Umberto, no soy un salvaje tampoco. De todos modos, la tristeza no me hubiera dejado ser agresivo. No tenía eso en mente, ni mucho menos las energías. Como sea… me dijo, Sin embargo, hay veces que hay que ver que las cosas se hagan, aunque uno mismo tenga que llevarlas a cabo. Y después me palmeó la espalda y se fue.

–¿A qué se refería con eso?

–No tengo idea… no tengo la más mínima idea.

–Y… ¿ninguno de los dos se ha tratado de comunicar contigo?

–No he escuchado música para dejar esa puerta… no lo harían, no creo. ¿Para qué? En todo caso, sería una investigación que yo tendría que llevar a cabo por mi cuenta.

–Lo sé, sin embargo, no ha habido un caso de posesión demoníaca, no con las características indicadas, tendremos que esperar.

–No hay prisa, Lucifer no se irá a ningún lado, ¿cierto?

–Por desgracia, Santiago, por desgracia… es aquí.

Del lado izquierdo, el muro de roca acomodado se ve interrumpido por una puerta de metal, de reja, oxidada. Al otro lado sólo se alcanza a ver el maizal alto.

–Yo abro.

–Pero tú vienes manejando, yo puedo abrir.

–Ja, mi buen Umberto, siempre con tu espíritu de jovialidad.

–Nunca me he sentido viejo.

–Sin embargo, yo me puedo encargar de esto. Tú tranquilo.

Santiago se baja de su auto y se dirige a la puerta. El frío cala hasta los huesos y se da cuenta del vaho que expide. Debió haberse puesto su sudadera, podría enfermarse. Eso incluso si tuviese que aguantar las burlas de su buen amigo, quien no para de decirle que eso de las sudaderas es algo que los jóvenes deberían usar, no un adulto como él; a lo que él le contesta que siempre se ha sentido un inmaduro, así que ni para qué tratar de hacerle cambiar de opinión. Abre la puerta en medio del chirrido propio del metal oxidado, respira el frío aire del pueblito, como a él le gusta llamar a cualquier lugar medianamente alejado de la sociedad civilizada, o rancho. Recuerda esas incursiones con sus padres a donde ellos solían vivir, los ranchos de sus infancias, a escuchar historias de miedo y otras cosas por el estilo. Y ahora está ahí para confrontar una.

Regresa al auto y se pone su sudadera, una rosa con un Mickey mouse al frente. Umberto hace un gesto burlón. Santiago lo voltea a ver medianamente sonriente.

–No te burles, Umberto, ésta es especial para destruir perras.

Umberto suelta una carcajada seguida de una risa más tranquila con esa voz poderosa y potente que lo identifica.

–Estás loco, mi Santi.

–Somos amigos por eso, ¿no? Porque estamos locos. Nadie más se lanza a hacer lo que hacemos.

–Tienes toda la razón… esta es la mejor amistad, sin duda.

Un sentimiento acogedor invade a Santiago, así como entra. A su lado izquierdo hay maizal, al derecho un muro que deja espacio a una suerte de establo vacío y, al lado, un corral grande desde donde un perro amarrado con una cadena ladra más emocionado que amenazador. Lugar al que va Umberto, lugar que parece recibirlo amistosamente. Estaciona su auto y queda de frente al establo que no alberga animales, sino herramientas de agricultura oxidadas. Del lado izquierdo hay una pequeña habitación que tiene suerte de ser una casa de una sola planta, pues tiene una puerta blanca de metal, la construcción está pintada de verde claro, y hay dos escalones que dirigen a la puerta de entrada, tiene su boiler propio; está separada esta pequeña casa del establo por un camino formado por los caminantes, pues no hay pasto, pura tierra húmeda, y el sendero no se nota creado por máquinas, sino por el uso del hombre. Dirige ese camino a otra casa alejada por, más o menos, un kilómetro de distancia, y a los lados de casi todo el camino, más maíz. Del lado derecho del establo está el ya mencionado corral con el perro ladrando y otros animales como guajolotes, gallinas y gallos. Umberto hace un sonido ensoñado al ver a una gallina seguida por sus multicolores polluelos, los sobrevivientes de aquellos pobres bastardos que, seguramente, se comieron revueltos o estrellados en algún desayuno. Al lado del corral que tiene una entrada que es una puerta de reja cuadriculada, está un muro, el muro frontal de la casa. Umberto y Santiago se bajan del auto. Umberto estira las piernas, Santiago observa sobre el techo de su auto compacto rojo la casa: está rodeada por una pequeña barda de un metro y medio de altura totalmente de roca, y en medio, una puerta de metal. Tiene un agujero, viéndola de frente, en la parte derecha, donde seguramente se puede cerrar por medios humanos. Sobre el muro de roca sobresalen muchas plantas y flores de todos los colores, pasando por el amarillo, roja, violeta, azul, blanco y demás; ve, Santiago, mariposas. Lejos de por ser un mariposón, a él le encantan esos bichos: tan delicados y vistosos, de formas coloridas fragmentarias, cada una un caleidoscopio de posibilidades flotando por el viento presumiendo inocentemente la belleza que las hace tan graciosas de ver. Una va pasando, de color verde agua, va batiendo sus alitas como de papel. Umberto la ve, levanta la mano, y esta se posa en su dedo. Santiago sonríe. Entonces sale la familia de la casa: dos niñas de cabello negro amarrado en colitas, con la boca llena de restos blancos de comida o saliva, sólo ellas sabrán, y sonríen al ver la mariposa en el dedo del padre, y van en seguida riendo y casi celebrando la visión. Atrás, salen sus padres: una mujer con ligero sobrepeso, la viva imagen de las niñas en el futuro, con el mismo tono de piel y de ojos, con la dulzura que identifica a una madre preocupada por sus hijos; y el señor, de tez hombruna, un bigote que parece colgar de su nariz y hacer sombra a sus ojos, con sombrero y la piel curtida por el sol, una nariz ancha y una mirada pacífica. Umberto habla con las niñas mientras se inclina para dejarlas ver mejor a la criatura. Un viento gélido sopla. Santiago voltea a su derecha, que es donde queda ahora el maizal que estaba a su lado izquierdo al entrar al lugar, que ahora está siendo enfrentado por la cajuela de su auto, y ve, trata de ver algo, lo que sea, entre la maraña de figuras que se oscurece conforme se adentra en el maizal, pero parece un revoltijo de todo, de tallos, elotes y plantas que danzan con el viento frío, y es tanto lo que ve, que no puede identificar nada en sí. Entonces regresa la mirada al frente y va con su mejor amigo. Él, Umberto, levanta delicadamente la mano y deja que la mariposa se vaya volando.

–Padre, bienvenido, muchas gracias por venir. Pásese, pasen, por favor.

La invitación es por la madre. Santiago voltea hacia la derecha y ve a una pareja de ancianos asomarse, el señor vestido de mezclilla, botas, y camisa; la señora con reboso y un vestido de manta, ambos con años en su haber, evidentemente. Supone Santiago que son vecinos, aquellos tantos que han contactado, junto con estos que los reciben, con el padre Umberto para contarles sus pesares. Una vez dentro, ve que hay un patio medianamente amplio todo de cemento con roturas hechas por la naturaleza donde pasto se asoma. A la izquierda hay un lavadero para ropa, y al lado del mismo, del derecho, una puerta que dirige al corral donde también alcanza a ver aves. Al frente, Santiago ve la casa, que es de un solo piso, de piedra sólida gris, adornada en su exterior con muchas plantas coloridas. El techo es inclinado y de teja todo, rojizo, la entrada es de puerta de metal con cristales en cuatro secciones arriba, y a los lados, como a un metro, ventanas rectangulares. Al lado de la puerta hay una imagen religiosa: la virgen de Guadalupe encapsulada en un tanque rectangular de cristal con flores artificiales dentro. La puerta es gris. Entran a la acogedora vivienda, pero con ese frío propio de los ranchos: justo al lado izquierdo de la entrada hay un sillón alargado que ha visto mejores días pero que no por eso deja de ser útil, del lado derecho hay una mesa con varias sillas. Es una habitación rectangular alargada: del lado izquierdo hay dos puertas que dirigen a habitaciones, y la tercera, que está en el muro perpendicular, en uno de los lados cortos, es el baño; del lado contrario, frente a la puerta del baño, hay una cortina que dirige a una bodega llena de polvo, y al lado de esta puerta, esquinada, está la que dirige a la cocina, donde tienen un fogón, una estufa, alacenas de madera ennegrecida, sillas de plástico, una mesa de piedra, de la misma piedra de la que la casa está hecha, con muchos trastes de metal y de porcelana, vasos de cristal, y en el fogón, tres enormes ollas que humean ese característico aroma de la comida tan deliciosa que se ofrece en los lugares como estos: casera, inolvidable, insuperable, de esa que invitan al pecado de la gula y que uno lo hace gustosamente.

–Pasen, pasen por favor.

Santiago se siente, como siempre que está entre desconocidos, ligeramente intimidado. Es algo que, a pesar de la edad, no ha logrado dejar de sentir. Por suerte, es Umberto quien hace la plática. Ambos son un buen equipo: el padre hace la parte de conversación y él se encarga de la investigación y entrar en acción, en caso de ser necesario. Tantos años de ejercicio le han permitido tener la condición física necesaria para enfrentar cosas que a cualquier otro agotarían en minutos. Las niñas se le quedan viendo por la sudadera rosa. Él les sonríe, y ellas a él. Hay otra imagen religiosa en la pared, justo a la entrada, con una suerte de pequeño altar adornado con fotos familiares y más flores artificiales.

Santiago se inclina hacia las niñas y les dice:

–Niñas, tráiganme dos o tres flores de afuera, por favor –y les guiña un ojo. Las dos van corriendo y sonriendo. Le llevan las flores y él las pone junto con las fotos familiares al mismo tiempo que dice–: en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo… –y antes de acabar, en el reflejo de una de las fotos ve que alguien hay esperando en la puerta, una mujer–… Amén.

Deja las flores, voltea, y no hay nadie ahí a la expectativa. Suspira.

–Ven, mi muchacho, siéntate a mi lado –le indica Umberto. Santiago va sonriendo y se sienta justo al lado de la puerta de entrada, a su derecha queda Umberto, y en la línea del frente están las dos parejas, tanto la de edad como la más joven, en la cabeza de la mesa a la derecha, una de las niñas, la mayor, y a su lado izquierdo, su hermanita.

–Padre, ¿algo de tomar?, ¿un cafecito? –Dice la madre de las niñas.

–¿O un tequilita, padre? Algo más fuerte pa´ este frío, está cab´on –dice el esposo de ella.

Umberto sonríe como si se escusara y dice:

–No, no, muchas gracias, un cafecito estaría de maravilla. ¿Tú qué quieres, muchacho?

–Refresco.

–Mi muchacho es como un niño grande, disculpen.

–No, no se preocupe, padre. ¡Órale, vieja, a darle sus menesteres a los señores! –La señora se levanta y va a la cocina–, en un rato que ya esté la comida cenamos, hay mole con guajolote y elotitos, están bien sabrosos.

–Gracias por el favor.

–Gracias a uste´, padre, las cosas andan medio raras por aquí. Pos por eso lo llamamos, qué más.

–Muchas gracias… –dice recibiendo su pocillo con café humeando.

–Es cafecito de olla, padre, pa´ que´ntre en calor.

Santiago sonríe y agradece su vaso con refresco con hielos.

–Nosotros –dice Umberto luego de dar un sorbo a su café sin haberle soplado siquiera, como si lo caliente del mismo no le afectara, como si no le quemara–, hemos venido a ayudar y entre menos tiempo tomemos, mejor. Dada la naturaleza del caso, depende, pero no creo que duremos más de tres días, Dios primero. Mi muchacho, Santi, es el que puede entrar en acción directa, él puede escuchar cosas que los demás generalmente no pueden. Me gustaría que le dijeran qué pasa, y así él, principalmente, ponerse a trabajar.

–Íjole, pues cómo comenzamos, joven, es que ire, las cosas andan muy raras por aquí últimamente –dice el señor más grande–, y eso que esas prácticas son de los tiempos de mi abuelo, imagínese cuántos añísimos de aquello, joven. Y pues nosotros nada más nos enmendamos a la virgencita santa que interceda por nosotros pero ya está muy feo todo, joven, padrecito, con todo respeto, ustedes no tienen ni idea de lo que hemos vivido. Susto tras susto y no podemos parar de contar.

–Una ya ni puede tejer, padrecito –dice la señora más grande–, y yo sólo quiero hacerle unas ropitas a mis muchachitas –dice viendo a las niñas–, pero cada vez que hago algo, al día siguiente aparece en otro lado de la casa, y hasta que se me olvidan, las encuentro, y pus ya pa´qué, después de tanto tiempo pues ya ni les quedan a mis muchachitas. Y eso si bien va, luego las encuentro deshilachadas y con formas extrañas padre, hay si usted viera, luego tienen formas de cruces, pero de cabeza…

–¿Tienen alguna foto? –Pregunta Santiago interrumpiendo delicadamente.

–¡Ay, no, joven, imagínese usted! Pá´qué queremos tener esas fotos, luego se ven cosas raras y ya es más que suficiente pa´ndar tomando fotos.

–Mi mujer tiene razón, padre –vuelve a hablar el señor más grande–, luego encontrábamos las ropitas ya bien destruidas pero también como con formas de alas.

–O cuernos, padrecito, o bueno, una que se asusta igual y ve eso, ¿no? Pero sí, cosas muy raras, y eso sólo al inicio.

–¿Hace cuánto comenzó esto, si no es molestia?

–No, no, para nada, pregunte usté. Pues fíjese que desde nació la más pequeña, hace cinco años más.

–¿Desde que ella nació?

–Sí, padre, pero pues ya está más mayorcita, las brujas atacan nomás a niños recién nacidos, bebés, pero esto ya duró bastantito, y ahora hasta la mayorcita tiene problemas pa´dormir, y eso no pasaba antes.

Santiago solamente escucha. Se pone un audífono pero la música la pone baja para poder escuchar lo que dicen, pero también lo que pueda escuchar de fuera.

–Esto lo hace mi muchacho para poder escuchar lo que sea, sin embargo, también los escucha a ustedes.

–¿Es su muchacho, padre?

–No es mi hijo, es mi alumno.

–Ah, ya, ya, qué suerte la suya, joven, de contar con el apoyo de alguien como el padrecito Umberto, una gran persona sin duda alguna, una gran persona.

Santiago afirma con la cabeza.

–Entonces, las niñas no pueden dormir… –dice Umberto regresando al tema.

–Uy, padre, si le contara, eso es sólo el inicio. Todos hemos visto cosas que antes pues ni nos imaginábamos –dice el señor, padre de las niñas–, usté ya sabe que creemos que es una bruja, y esas méndigas son bien tramposas, son bien mañosas, siempre andan buscando qué hacer. Y pos las niñas ya están mayorcitas pero esta méndiga se quedó con nosotros y ni idea de por qué.

–¿A usted le ha pasado algo, señor? –Pregunta Umberto.

–Uy, pues le cuento… Hace unos meses… ¿qué serán? Unos dos o tres estaba ajuera en el campo, uno de mis gallitos desapareció, uno negro bien entrón que, gracias a él, teníamos rehartos huevos pa´l desayuno, igual y se fue porque se enojó de que nos comiéramos a sus hijos, puede ser –todos ríen liberando tensiones provocadas por la plática–… y pues yo para todas mis salidas pues me llevo mi pistola, pa´qué le miento, luego hay chacales y pumas que de repente vienen de los montes. Iba yo caminando y ese día hacía viento, pero escuchaba como un llanto, padre, una mujer llorando. Pero dije que era el viento así que seguí buscando a mi animalito, qué más da. Entonces, en un nopal, vi una guajolota y pues le disparé, qué más da, ¿no? Le di en una, pata, ya no podía moverse. Pos me la traje a la casa y la encerré en una jaula. En la noche hacía mucho viento, y cuando me estaba quedando dormido, escuché un llanto. Primero pensé que era el viento, porque el viento llora también, pero me di cuenta que no era tal. Me levanté en la oscuridad. Pos qué le cuento, padrecito, que me estaban pidiendo ayuda. Me sorprendí, no hay nadie a esa hora de la noche, sinceramente. Me salí y comencé a seguir de dónde venía la voz y pos me dirigió a la jaula, ahí donde había encerrado a la guajolota, y la abrí y adentro había una anciana, una vieja to´a encuerada y tenía una pierna herida, esa misma donde le di el tiro a la guajolota. Y pos me fui corriendo de ahí, ni qué hacer, y eso fue justo cuando nació mi muchachita, la más pequeña.

Santiago siente un escalofrío ante tamaña historia. Ve que la niña más chica le susurra algo a la mayor, y señala a la puerta del baño. Santiago voltea y ve que está entrecerrada, y hay pura oscuridad, lo normal, porque ya ha comenzado a anochecer. Santiago no ve nada, pero la niña comienza a asustarse. Le sube a su música, Links, zwo, links, zwo, links, zwo, drei, vier, links!… pero nada. No hay otra cosa por escuchar. Regresa la atención a la señora mayor que habla ahora ella, la más anciana:

–… pues es que a este canijo le encanta la tomadera y la borrachera y la fiesta, pus ese día se quedó hasta tarde de borrachote con los del trabajo, y es que mire, una no quiere, pero hasta se lo tiene merecido, ni modo, a veces a sangre entran las cosas, y este pus nomás así entendió, ¿ve´a? Ahora sí que, gracias a la virgencita que me lo regresó con bien, pero ahí a ver si el canijo sigue de borrachote.

–¿Qué le pasó, señor, si no es indiscreción?

–Uy, no, para nada, padrecito, para nada. Mire usted que yo estaba con mis compadres bebiendo un poco para rebajar las penas con un tequilita, y en la noche pus ya venía de regreso a mi casa pa´dormir aquí, con mi señora, como buen cristiano, y la cosa es que era de noche y pus yo sentía que me seguían pero estaba borracho, pa´qué le miento. Iba caminando por el caminito y podía torcer por el maizal, y dije que sería mejor, así llegaría y se enojaría menos mi señora. Pus que me meto, bien valientote yo, y el maizal estaba retealto pero había visto bien cómo salir y pus así me metí. Qué le cuento, que estuve camine y camine y camine y nomás no llegaba al final, uy, y hacía frío. Pero caminaba y nomás no salía. Entonces me agarré una estrella, por la borrachera estaba caminando en círculos, y con la estrella que no se mueve ahí arriba, junto con nuestro Señor de Nazaret, pues me la agarré como guía, como rey mago, irá usté a saber. Y pos no, no más no. Pero pus qué le digo, me volteaba y había un bulto ahí, como una roca, parecía perro ahí…

–Ay, viejo, no le llames así que se va a enojar.

–No pus eso parecía vieja, nomás pa´quel padrecito aquí se haga una imagen, ¿no?, pero qué le digo, que no importaba cuánto caminara, nomás no salía del condenado maizal, y siempre que volteaba, el bulto estaba ahí, pero como estaba bien oscurito no alcanzaba a verlo bien, pero ahí estaba, se lo juro por la madrecita santa…

–Ay, viejo, no jures por la madrecita santa…

–¡Ora, mi vieja, ¿me va a dejar acabar o qué?

–No, pu´sté acabe, pero pus nomás no me ande jurando, que eso está mal, es pecado.

–Ora, mi vieja, ta´bien. El mendigo bulto me seguía sin moverse y pus nomás yo no salía del maizal. Pa´no hacérsela larga, padrecito, que yo ya estaba retecansado, ya me temblaban las patitas ahí nomás, pus se me hizo fácil quedarme a dormir ahí…

–¿En el maizal? –Pregunta Umberto con sorpresa.

–Sí, padre, que Dios nuestro Señor de los cielos me disculpe, pero sí, tenía mucho sueño. Ya me dije, pus mañana con el sol, ni modo. Qué le digo, que cuando clareó el sol me daba directo a los ojos, padre, y me dije, Ah, chirriones, ¿y el maizal? Pus qué le cuento, cuando me levanté al día siguiente, no había maizal, ni siquiera sembradío, nomás era pura tierra, padrecito.

–Y es que eso hacen las brujas, padrecito, hace que se pierdan los borrachotes como mi marido. No, a esos no les chupan la sangre porque las condenadas se emborrachan y ahí andan chocando cuando vuelan –todos comienzan a reír por la ocurrencia de la señora más grande pero Santiago sólo pela el oído y no quitaba la vista de la niña que cada vez está más y más asustada, la menor, señalando al baño. Se levanta para sorpresa de todos y sube la música de volumen. Entonces, escucha, presta suma atención… sí, están llorando. Inicia como un llanto de tristeza, y en una alargada nota, se convierte en un grito desgarrador e inhumano, deshumanizado, un grito fuerte que haría temblar a cualquiera. Nota que las niñas gritan señalando al baño, pero nadie veía nada. El llanto es entrecortado y aguardentoso, es un alarido casi animal originado de la garganta de una mujer envejecida y enojada, muy enojada. Está furibunda y lanza poderosos gritos de llanto. Ellos, seguramente, escuchan los gritos de las niñas solamente, que lloran de terror señalando al baño, pero no hay nada, Santiago ve al baño pero no hay nada. Los señores se levantan y Umberto dice:

–… Por favor, mis hermanos, retomen sus asientos, mi muchacho se va a encargar…

Las niñas están aferradas a la mamá que lloran gritando aterradas. Umberto bebe de su café y se le queda viendo al pocillo de metal negro con puntitos blancos. Deja el pocillo sobre la mesa y se lo alarga a su muchacho. Santi lo toma y bebe. En el fondo alcanza a ver su propio rostro reflejado. Recuerda de su niñez que su abuelita le daba de tomar agua en los pocillos grises claro, con orejas clavadas con tornillos pero que estaban flojos; y en el fondo siempre veía su propio reflejo, y no le gustaba ver esos ojos dispersos y sin pupila. Pero esta vez no veía su propio reflejo, sino el de una mujer anciana cuyas bolsas debajo de los mismos eran como bolsas testiculares, y blancos, totalmente blancos. Deja el pocillo, traga el café, va al lado de la niña y la toca en la cabeza.

Libero te…

Ve al baño: la puerta verde está entrecerrada, es de metal, y los gonces deberían chirriar, la puerta se debería mover, algo en la oscuridad debería relucir, algo debería asomarse. Pero no, no hay nada. El padre Umberto ha comenzado a rezar con su voz poderosa. Concentra la mirada en la puerta. Ya no hay llanto. Silencio. Las niñas lloran. Santiago respira calmadamente viendo la oscuridad que viene del baño, trata de ver que algo se asome, que algo pueda visualizar pero no… no… y el escalofrío eriza toda su nuca, su espalda, sus brazos, sus pies, e incluso hasta el abundante vello de sus nalgas. Empieza como el respiro de alguien a quien le cuesta respirar, la voz de mujer mezclada con el animal que lanza un hilo, un respiro mezclado con su llanto que no logra sacar, pero poco a poco ese respiro deja lugar totalmente a un alarido de brutal enojo, de coraje, un alarido que lo petrifica de momento y lo llena de un pánico indescriptible, es como si le gritara al oído, justo al malo, con el que no puede escuchar a la gente normal, es un llanto de enojo y coraje, afónico, desafinado, totalmente desgarrador. Se coloca erguido de nuevo, Santi, y con el cuerpo hecho piedra, lucha para voltear, lucha para ver de dónde viene el grito de llanto. Toma el agua bendita que siempre lleva en el bolsillo para esos casos y voltea: en la sábana que hay en la bodeguita, que es transparente, no se ve nada, pero donde no cubre la sábana, apenas un muy pequeño espacio entre el marco de la puerta y la tela transparente, como partida a la mitad, está la bruja: una anciana vomitiva que no tiene piernas, en su lugar, una blanca neblina que cubre el suelo, flota la hija de la chingada, y esta desnuda con la piel acartonada y de roca pues no tiene vida, es del color de la ceniza, es como si no hubiera músculo en su cuerpo, solamente piel decaída y huesos, todo luce alicaído, como si quisiera tocar el suelo, como una especie de trapo viejo, se le ve un seno que más parece un plátano alargado y podrido, toda su piel cubierta por ceniza, y su rostro en una cabeza con cabello ralo y muy, muy escaso en girones que parece más hilo seco, deshilachada de la cabeza, su gesto es como el de un perro bulldog, sus labios caídos, su nariz aguileña, su frente también es una bolsa colgante, sus ojos blancos como la neblina, sin párpados. Cuando la ve directamente a los ojos, Santiago se siente desfallecer, y ella enfurece su gesto, sólo lo que alcanza a ver, porque a través de la sábana que es la cortina no ve nada a pesar de poder divisar todo lo que hay dentro como trastes, bebidas y demás; pero sólo donde no cubre la sábana ve a la bruja. Ella grita de nuevo y Santiago ve que en su boca no hay dientes y que, en cambio, pequeñas cucarachas salen a cubrirla a ella.

Logra vencer lo petrificado que está, y rocía con agua bendita:

–Creo en Dios Padre, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen, Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna…

–AmÉn –dice Umberto. La cortina se agita por un viento heladísimo que recorre toda la casa y la bruja desaparece. Hasta ese momento, Santiago se da cuenta que tiembla, que suda tanto que sus ojos pican por el sudor que entra en sus globos oculares, y que vació la botella.

–A esa hija de puta la dejaron entrar –dice Santiago secándose el sudor con el antebrazo.

–¡Santi, por el amor de Dios! –Dice Umberto para censurarlo por la palabrota.

Después de secarse, Santiago se inclina frente a la niña quien aún llora, la ve directamente a los ojos y en su pupila logra ver una sombra fugaz que desaparece cuando ella parpadea. Con un dedo toma un poco de agua bendita y le traza una cruz en la frente. Se reincorpora y le dice a Umberto:

–Se hizo pasar por su amiga imaginaria, de la más pequeña, por eso pudo entrar.

–¿De qué hablan?

Santiago se da cuenta que ellos no escucharon el llanto, no la vieron, nada. Solamente él y las niñas se dieron cuenta, posiblemente Umberto también.

–Los amigos imaginarios son entes que desconocemos en su comportamiento. A veces son solamente eso, imaginación de los más pequeños que materializan, si es que son verdaderos amigos imaginarios, son totalmente inofensivos pero, generalmente, hay entes que los usan para entrar… este fue el caso. Por eso esta bruja ha logrado molestarlos a todos. Está intentando poseer a la niña.

–¡Padre!, pero ¿podrán hacer algo? –Pregunta la madre de las niñas, aterrada.

–Usted, mi hermana, no pierda fe en el poder de nuestro Señor de todos los cielos. Nosotros nos encargaremos de que se libren de este mal espíritu…

Y una vez más, por una extraña razón, las palabras de Umberto surten un efecto casi curativo, las simples palabras ayudan a todos a sentirse mejor.

A ellos dejan dormir en esa habitación-casa que había en el exterior, no sin antes advertirles que tiene vista a todos lados y que nadie se atrevía a quedarse ahí ya pues no había noche en la que, por alguna ventana, no se asomara algo o alguien a verlos mientras dormían. Santiago sacó las cosas del auto y están acomodándose para dormir. Es una casa de una sola habitación: tiene una sala-comedor-cocina, una cama grande, un baño pequeñísimo y una regadera en un espacio tan diminuto que solamente te puede caer agua si te quedas firme dentro del chorro de agua. Santiago se pone su pijama mientras Umberto se talla los dientes, y mientras el señor lo hace, Santi lo observa y se da cuenta que nunca lo ha dejado de admirar tanto como admira a su propio padre. Lo ama. Al finalizar y escupir el agua, Umberto sonríe ante el espejo y hace notar su dentadura perfecta para su edad, como siempre la ha recordado Santiago: blanca como las perlas, y alineada como soldaditos de plomo. Umberto voltea sonriendo a Santiago haciendo una mueca graciosa, saca la lengua entre los dientes e inclina la cabeza haciendo esa cara graciosa. Santiago sonríe, muy su pesar, nunca se ha resistido a las caras de Umberto.

–¡Ay, muchacho, nunca vas a crecer!

–Mira quién lo dice, Umberto.

Sonríe el más grande.

–La risa cura, muchacho.

–Lo sé, lo sé, por eso haces reír a la gente: para aliviarlos.

–En efecto, mi pequeño saltamontes, en efecto.

Umberto se pone su pijama mientras Santiago se recuesta sobre la cama y mira al techo.

–Umberto…

–Dime, Santi.

–¿Por qué les mentiste?

–¿Sobre la bruja?

–Así es… no quiere poseer a la niña, las brujas no tendrían finalidad de hacerlo… quiere llevarse a la menor.

–Porque eso es más tenebroso que una posesión, Santi.

–¿Crees?

–Sabes lo que es la posesión: la toma del cuerpo, pero el alma, a menos que el poseído no lo quiera, sigue intacta. Eso quiere decir que, a pesar de que el cuerpo ha sido tomado, aún queda esa persona amada. Si les hubiera dicho que se quiere llevar a la niña, temerían, y el poder de Cristo nuestro Señor mengua al haber miedo. Los necesitamos fuertes.

–Pensé que mentir era un pecado, Umberto.

–Dios nos da libertad de elección, libre albedrío, Él tiene sus finalidades, y a veces hay que hacer lo que no parecería estar bien para alcanzar un bien mayor.

–¿Eso haría Dios, Umberto, hacer algo malo para alcanzar un bien mayor?

Silencio…

–¿A qué va esa pregunta, mi pequeño Santi?

–A nada, sólo pregunto.

–Uhm… no sé si él lo haría, pero otra pregunta sería si lo permitiría…

Santiago no desvía la mirada del techo. De repente siente la cama muy, muy amplia, como si su cuerpo se hubiera reducido, como si fuera más pequeño, a esa edad que conoció a Umberto. Volta hacia su amigo y lo ve con su pijama: es de dinosaurios que, a su vez, están usando pijamas, en un fondo azul rey. Santiago sonríe. Umberto se acuesta sobre la cama y Santiago acomoda la cabeza sobre el torso de él, y no lo siente como se sentiría ya un señor grande y escuálido, sino como en sus años mozos: musculoso, suave pero firme. Agarra su mano y se rodea con ella y la posa sobre su pecho, y ve que su mano es más grande de lo normal. Es como si, o una de dos, Santiago hubiera tenido una regresión en el tiempo y tuviera el físico de su juventud adolescente, o como si Umberto hubiera crecido, cosa que no es posible, pues sí fuera así, no cabrían los dos en la cama.

–Umberto…

–Dime, Santi.

Santiago casi podría haber jurado que su voz cambió, que es más juvenil. Su rostro de agarrota en la oscuridad y las lágrimas fluyen por su rostro.

–Necesito a Mati conmigo, Umberto, lo necesito.

–Estás aferrado a una idea, Santi, y las ideas revolucionan, cambian. Es momentáneo.

–Me siento tan enojado, Umberto… –dice llorando y limpiándose las lágrimas.

–Lo sé, mi muchacho, lo sé.

–Matías fue poseído y yo no estuve para salvarlo…

–Pero no fue tu culpa, mi muchacho.

Sigue llorando.

–Es tan reconfortante, siempre que me abrazas, Umberto, siento que mis problemas se aligeran… suena ridículo pero… pero a veces siento que eres como mi ángel de la guarda…

Entonces, Santiago se pierde en un sueño tranquilo, cosa que no había tenido en semanas desde la muerte de Matías y la pequeña María Magdalena.

No podrían trabajar hasta la noche, de eso está muy enterado Santiago. Una vez más, se siente adulto. No lo hace en presencia de Umberto, por alguna razón, él resulta en una especie de manto protector. Nunca ha dejado de sentirse niño con él, cobijado, con esa necesidad de contacto no paternal, porque a su padre no puede pedirle más dado su excelente trabajo, sino uno más de comprensión. Con Umberto nunca se ha sentido incómodo, y la desnudez que le ha mostrado es la del alma, y él lo ha aceptado tan cabalmente que a Santiago de repente le parece algo fuera de este mundo, esa habilidad suya de hacerlo sentir bien.

El cielo sigue encapotado, incluso más que ayer, es como si tuvieran, no nubes sobre su cabeza, sino un tanque de agua que ejerce presión sobre sus cabezas. Sería hasta la noche, porque Umberto le ha dicho, las fuerzas del mal laboran mejor por la noche. Cosa que, inconscientemente, cree Santiago, afectan las relaciones socioafectivas del hombre: si lo oscuro es malo, el racismo tendría su razón de ser en eso también, inexplicable y ridículo, como si el mal no se revelara también en el día con forma de luz. Engañoso. La oscuridad no engaña, cobija; pero la luz sí puede engañar, y la trampa es mucho más peligrosa que lo escondido. Lo escondido se muestra como tal, la trampa se muestra como algo distinto, y por eso es tan peligroso.

Desayunan y comen un molito negro con guajolote, unos elotitos bien tiernitos y un saltapatrás, que es jerez. A pesar de la habilidad cuasimágica de Umberto para generar ambientes de alegría, aquí hay gato encerrado, pues ese ente sabe que hay peligro, y eso no lo deja en paz, y por obvias razones, tampoco a ellos. Constantemente ven vasos que se deslizaban solos que hubieran caído de no ser porque los detenían, puertas que se abren y cierran solas, pasos en los tejados, y el frío es como el que habría en una nevera. Umberto se los dice para que no hubiera monos en la costa:

–Se rebela de esta manera porque tiene miedo, sabe que hay algo que lo puede confrontar, y ese algo… alguien, es mi niño, Santiago.

Cuando comienza a oscurecer, que es mucho más temprano, casi dos horas antes de lo habitual, dado el terrible cielo encapotado que de repente parecía tener formas de rostros enojados; deciden entrar en acción. No se preocupa Santiago, porque sabe que el ser humano tiene una tendencia natural psicológica a ver formas comprensibles en aquello que no tiene una forma comprensible. A pesar de que la naturaleza es caótica, el hombre tiende a buscar el orden.

Aún dentro de la casa-habitación, Umberto toma esas botellas de cristal, las forma en frente suyo, y dice:

–Dios, que para la salvación del género humano, hiciste brotar de las aguas el sacramento de la nueva vida, escucha, con bondad, nuestra oración e infunde el poder de tu bendición  sagrada sobre esta agua, para que sirviendo a tus misterios, asuma el efecto de la divina gracia que espante los demonios y expulse las dolencias y así, al ser rociados, tus fieles sean liberados de todo daño; que en el sitio que será aspergido con esta agua, no resida el espíritu del mal y se alejen todas las insidias del oculto enemigo; haz que tus fieles,  manteniéndose firmes por la invocación de tu santo nombre sean libres de todas las asechanzas. Te lo pedimos, por Cristo, nuestro Señor.

Santiago responde:

–Amén.

La sal aparte, Umberto dice:

–Te suplicamos, Dios todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santiago dice:

–Amén.

Mezclan, a continuación, el agua con sal. Salen de la casa habitación, y Umberto rocía todo alrededor de la casa con el agua bendita mezclada con sal. Mientras, Santiago se queda frente al camino de tierra húmeda que dirige a la otra parte, a través del maizal, hay una construcción, de donde dicen, provienen llantos y a la que ya no se acercan pues no hay necesidad. Hace años que nadie vive ahí.

–Santi –dice Umberto.

–Dime…

–¿Qué ves?

Voltea al cielo, y luego regresa la mirada a lo lejos.

–Viene de allá.

–Esta gente está maldita, alguien les ha jugado una mala pasada. Esta bruja debe ser destruida. Santiago, mi muchacho, desahógate con ella.

–¿Está eso bien, Umberto?

–Con un ente maligno como este, no es necesario un intercambio de un malo por un bueno. Hazla cagada.

Santiago sonríe.

–Me encanta que hablas como niño pequeño.

–Mira quién habla de niños pequeños… primero, a destruir el hechizo, luego, a la hija de perra.

Santiago voltea hacia Umberto sonriendo sorprendido, pero burlón.

–Yo, de repente, también siento coraje, mi muchacho.

–Vamos por la perra…

Caminan los dos, Umberto atrás de Santiago, hacia donde el cielo se vuelve tan gris que luce negro. Umberto, sin embargo, se queda justo afuera de la casa, como es su costumbre. Santiago camina solo ahora. El cielo es otro muro de piedra gris como el de la casa de a donde llegan, pero no hay puerta, esta decaída y deja pasar a cualquiera. Al cruzar la entrada, la naturaleza muestra su poder: donde antes había algún tipo de civilización en torno a un jardín cuidado, solamente quedan árboles, plantas y demás animales corriendo de ahí por allá. Es una especie de enorme patio donde tenían nopales que ahora se secan, árboles de los que cuelga heno, y suertes de pequeñas macetas que son pura tierra ya. Al frente, otra puerta custodiada por dos paredes de madera, una puerta de madera podrida. Santiago camina expectante, volteando a todos lados a cada rato, sin ver nada, sólo plantas que se van ensombreciendo con la naturaleza. Un relámpago cruza en cielo pero nunca llega el trueno. Apenas al estar frente a la puerta, Santiago se da cuenta de lo oscuro que está. Las sobras crecen acechantes a su alrededor como animales que poco a poco tratan de verse libres para sus fechorías más terribles. Una gota cae, y luego otra, y luego cientos más siguen. Santiago se pone el gorro de su sudadera y abre la puerta. A su derecha hay una construcción, una habitación totalmente oscura de pura piedra, al lado de esta, al frente, un corral, luego al lado del corral, al fondo, una puerta de metal oxidado lleno de hoyos que tiene arriba un rectángulo sin metal, a la izquierda una casa parecida a la otra en la que se quedaron, pero las tejas están rotas, desgastadas, alicaídas, como todo lo que hay. La piedra ha sido erosionada por el tiempo, el frío y las lluvias, todo está totalmente oscuro. Santiago suspira y ve al frente: en la puerta se ve la sombra de un animal, un burro seguramente, que observa expectante en la oscuridad, luce negro totalmente, sus orejas puntiagudas hacia el cielo que cae en lluvia, no se mueve, ni siquiera parece respirar. Escucha Santiago, entonces, ese sonido de puerco que algunas personas parecen poder emitir también al reír, pero esta vez sin persona, y proviene de ese cuchitril vacío. Le llega el olor a estiércol, a diferencia de cuando llegó a ese lugar, uno aborrecible. Pero está vacío. Voltea a la casa y todo luce en total oscuridad, las ventanas sin cristal sólo vuelven desnudo el interior que está totalmente fuera de la visión de Santiago. Voltea de nuevo a la puerta: ya no hay burro, sólo un contexto gris y lejano. Otro relámpago ilumina el cielo, pero no hay trueno. A su derecha está una habitación, a su izquierda, la casa. Va a la izquierda. Llega a la puerta. No puede ver nada al interior. Saca su linterna y alumbra: un círculo de luz se proyecta en todo. Hay una puerta la derecha, cerrada, de madera; y otra a la izquierda, entrecerrada, de madera. Santiago alumbra a la puerta de metal que tiene justo en frente y nota una cadena que ha sido violentada antes. La retira y abre. El rechinido es poderoso. La lluvia cae a cántaros. Entra en la oscurecida exvivienda y voltea atrás. Siente que alguien lo observa desde algún lado, pero son tantas las sombras que duda que sea cierto. Suspira. Umberto se regresa con la familia para tranquilizarlos pues, probablemente, verían o escucharían cosas. Santiago está solo. No piensa, sabe que si lo hace, sentirá miedo. Regresa la lámpara a la puerta que estaba entrecerrada, ahora está totalmente abierta, y la oscuridad reina desde dentro. Nota que de las paredes escurre el agua muy oscura, de no ser porque sabe que es agua, de repente un tono rojo profundo pareciera tener impreso, incluso espeso, como si no fuera totalmente líquida. Cae casi hecha costra. Voltea atrás, puede sentir que respiran en su cuello… nada, es el viento de la lluvia, seguramente. Camina a la habitación. La luz pareciera ser tímida al ir alumbrando apenas poco a poco la oscuridad impermeable, siente que en cualquier momento se le aparecerá la bruja, esa mujer desnuda de piel ceniza, brincará, se le lanzará sobre el cuello y le chupará la sangre.

–Ven a chuparmésta, pinche mamona –dice en voz baja. Alumbra el interior de la habitación: vacía. Entra y ve en el suelo algo que sobresale, algo oscuro, en medio de algo más que refleja la luz de su lámpara. Camina lentamente sobre el entorno gris. No hay nada en la habitación, sólo oscuridad molestada por su luz… y ahí lo ve.

–Encontré al gallo negro bien entrón, señor – dice a la nada. No tiene cabeza, y no queda más que lo que era la carcasa, plumas negras que el más mínimo viento se llevaría, todo en un pentagrama hecho con gis blanco, hay también una prenda de la niña pequeña, y una muñeca sin piernas, seguramente de la mayor, hay un pendiente de mujer, y un zapato de hombre. Cuestiones que debieron olvidar aquellos de informar. Es un hechizo, tal y como dijo Umberto. Santiago saca una botella de plástico que tiene gasolina, y la rocía sobre la ofrenda. Ve que las paredes a su alrededor, al menos lo que logra alumbrar su lámpara, están totalmente bañadas de agua que refleja con un espeso tono rojizo. Al echar la gasolina, no le llega ese penetrante olor petroquímico, sino de sangre. Es un olor tan espeso como el de la sangre. No hay ruido más que el de la lluvia caer. Con forma de cruz esparce la gasolina, y la prende fuego. La llamarada alumbra todo y el agua no parece agua, parece sangre. No sabe Santiago si es reflejo de la luz y que sus ojos se deslumbran con la llama, pero en el extremo opuesto de la habitación cree ver una figura encorvada que lo observa desde ahí, gris en lo negro.

Santi dice:

–Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo… Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».  Jesús le respondió: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”». Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Las llamas se extinguen, no queda rastro del gallo, ni del zapato, ni de la ropa, ni de la muñeca, ni del colguije. Patea las cenizas con un pie. Apunta a su rededor y no hay nada. No hay agua escurriendo por las paredes, no hay reflejos rojizos, no hay sonido de lluvia, pero sigue empapado. Sólo hay una forma de asegurarlo, así que saca el audífono de su bolsillo del pantalón, lo estira a su oído, lo pone. Saca el celular, el brillo lo enceguece por momentos, busca qué poner… ¿qué será bueno?, ¿qué será bueno?… Putrid beast, mutant with a bloody fist, puking acid in the night... Lo impresionante de esa canción, piensa Santiago, no es la violencia de la misma, sino que fue hecha para una caricatura, e incluso así, mil veces mejor que todo el reguetón en su conjunto. Camina en silencio afuera de la casa. No hay sonido de nada y el sentimiento de persecución se ha ido. Voltea al cielo y ve el más impresionante y hermoso cielo estrellado, puede ver rastros de la vía láctea, un poco de leche derramada por ahí. Pero no la leche que me gusta, piensa sonriente. Y un ruido lo distrae. Pasos, pero no sobre la piedra, pasos húmedos que quieren disfrazarse de silencio, todo entre el metal pútrido de Dethklok. There´s nothing to save, you´re my slave, burn the earth…. Le ha informado Umberto mil veces: no te voltees, porque al hacerlo, lo más probable es que hayas sido engañado. Voltea a la derecha: en la entrada, ve a alguien yéndose. No sabe quién, sólo se va como sombra entre lo oscuro. Voltea a la izquierda: el burro está de nuevo ahí, impávido, entonces se eleva la cabeza, se levanta en las dos patas traseras, y se queda ahí, esa sombra de burro, mitad humano, mitad animal. Sabe que está aquí, la perra quiere asustarlo. El burro inclina la cabeza a un lado y sus ojos ahora brillan grises. Entonces viene el sonido, lento, bajo, como disfrazado. Si se voltea, ella atacará de donde él no se lo espera, pero si no voltea, igual atacará. Saca de su bolsillo trasero un espejo y lo toma en su mano. Sabe que en el momento en que lo estire, no habrá vuelta atrás. Estira su brazo y lo levanta apuntando el espejo hacia atrás. Suspira. Tiene un escalofrío que lo recorre todo. Tan fuerte es la emoción que no parece escuchar la música. Apunta atrás, al techo de tejas, el cielo raso, la oscuridad iluminada por una bellísima luna y… danzando en la oscuridad, de un lado para el otro, una anciana desnuda cuyo cabello apenas en girones se mueve en una oda de putrefacción y horror. Su grito de coraje empieza a aumentar de volumen: ronco comienza como una mmmm alargada, y poco a poco se va volviendo un rugido de fiera. En el techo de teja ve acercándose como bailando, la hija de perra, como si tuviera un pie más corto que el otro, a él, dirigiéndose a él. Siente un escalofrío. Y su gemido se vuelve rugido. Ve que se levanta justo atrás de él luego de saltar del techo. Entonces, Santiago, ve al frente, deja caer el espejo, y tiene a la bruja frente a sí mismo, con esa asquerosa piel que parece de piedra rugosa, esos ojos vacíos en cuencas de locura, grises, perdidas, torcidas; y grita, grita como un el demonio lo haría. A un lado ve la sombra del burro, un burro de oscuridad totalmente, en dos patas; y al otro, una figura alargada reptando por el suelo, una serpiente que se acerca. Toma a la bruja con la mano izquierda, del cuello, y es como si agarrara gusanos, siente miles de gusanos moverse en su mano, lo que más le aterra, y casi vomita, y ve que la piel de ella es de gusanos blancos diminutos, cientos de miles de ellos reptando unos sobre los otros. Parpadea. Es la hija de puta de nuevo. Santiago dice:

–Bajo tu amparo, nos refugiamos santa Madre de Dios, no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades. Antes bien, líbranos de todos los males, Virgen gloriosa y bendita… Amén.

Y con la otra mano deja caer agua bendita sobre la bruja. Y esta grita una vez más, se deshace, ve Santiago que los gusanos se deshacen en el suelo, y que el burro sombra no está, ni la serpiente. Voltea atrás sin necesidad porque no hay nada, sólo una puerta cerrada. Y voltea a la puerta donde al inicio estaba el burro, y no hay nada. Sólo hay un hermoso cielo estrellado. Santiago camina de vuelta. Nota con curiosidad que no hay maizales crecidos, sólo pequeños brotes a ras del suelo, siendo los más altos, de treinta centímetros; bien pudo haber jurado, al estar en camino del lugar, que estaban a metro y medio, o dos, o más. Ahora ve que en su mayoría están secos.

Al llegar a la casa, entra temblando de frío, goteando. Umberto se apresura a asistir a su muchacho, le ayuda a quitarse la ropa mojada, toda a excepción de los interiores, y lo cubre con un manto así como ayuda a generar calor de nuevo.

–¿Qué te pasó, hijo mío? –Pregunta Umberto.

–Llovía, al llegar llovía mucho y dejó de hacerlo cuando la confronté.

Umberto le guiña un ojo.

–Eso es imposible muchacho, ese fue uno de los problemas de los que les habíamos contado –dice la madre de las niñas–, no ha llovido en meses y es por eso que nuestras cosechas nomás no crecen.

Santiago voltea de nuevo al exterior y ve que no hay maíz, no hay cosecha.

–Bueno, mi buena señora –dice Umberto con cierto júbilo–, eso se ha terminado.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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