Legión c.7: Risas

Años pasaron para que Umberto le dijera que irían a su primer caso. Ya a mitad de preparatoria, Santiago tenía otras preocupaciones a parte que la que ese día se le había puesto. Notaba que su cuerpo todavía no cambiaba, eso a pesar de que sus compañeros desde la secundaria presumían esos logros que no eran más que cuestiones meramente naturales: se la pasaban presumiendo tres o cuatro pelos que les salían en las axilas. Trataba siempre de no toparse con nadie en los baños al cambiarse para la extraclase, siempre que había alguien más, no podía dejar de observarlos en paños menores, sin embargo, eso era lo normal, pensaba él. Lo que no era normal era que ya en preparatoria ni un pelo, nada. Seguía teniendo el cuerpo lampiño de siempre, pero más estirado, y con la voz un poco diferente. Esas eran las preocupaciones de él en ese momento, nada fuera de lo común, eso a pesar de que ya se le había dicho en clases que cada uno maduraba a ritmos diferentes; él pesaba que, de alguna forma, se había quedado atrás, cosa que no le molestaba demasiado, sin embargo, se creía diferente. Diferente también porque, mientras sus nuevos compañeros y amigos iban a fiestas a celebrar, salían con la novia y contaban sus primeras experiencias sexuales; él no tenía una amistad normal, pues su mejor amigo era mucho mayor que él, además de que no había logrado con nadie una conexión como la había tenido hace años con Matías, que lejos de serle doloroso en ese momento, era más una añoranza que de repente invadía su cabeza, pero nunca como ahora: desde que despertó lo tenía en la cabeza, sin embargo, como esa vez que dejaron de verse, aún pequeños de secundaria.

No obstante, por ahora, había otras cosas por las qué preocuparse, y a decir verdad, estaba emocionado, muy nervioso, incluso ligeramente asustado; pero emocionado en sí: sería la primera vez que iría con Umberto a un caso real, después de años de enseñanza teórica, llegaría por fin la oportunidad de poner las cosas en práctica, siempre bajo la tutela de su mejor amigo.

Santiago iba en el asiento del copilo del auto de Umberto, un auto ya clásico pero que había mantenido muy bien cuidado. De hecho, bien valdría más que la mayoría de los autos modernos que él conocía. En el asiento del copiloto, iba leyendo el caso de la escuela a la que irían, era viernes, y la noche se iba haciendo presente. Al acabar de leer el breve reporte que Umberto preparó, que no abundaba mucho en los detalles de luces que se encendían solas por la noche, así como algunas risas en las canchas de basquetbol, Santiago volteó a la ventana y vio a través del cristal la ciudad que se preparaba para el inicio del fin de semana. No podía dejar de imaginarse a él mismo tomado de la mano con Matías, caminando por alguna calle, cuchicheando en algún aparador, compartiéndose confidencias, simplemente mostrando cada uno la parte que los definía como humanos.

En el radio sonaba una noticia, El joven Gillien Macías ha mostrado una vez más sus habilidades sobrenaturales al expulsar a un demonio fuera del cuerpo de una mujer que comenzó a tener un ataque en la iglesia…

–¿Lo conoces, Umberto?

–¿A quién, Santi?

–Al tal Gillien Macías.

–No, no he tenido el placer.

–Es que tiene mi edad y ya hace lo que yo llevo años estudiando para hacer… es como un James Bond de los curas… bueno, más bien, como Constantine.

Umberto sonríe.

–No sé qué tan fuertes o qué tan ciertas sean las habilidades de este tal Gillien, pero una cosa ya te he dicho al respecto, mi muchacho.

–Sí, sí… que esto no se presume, no se da a conocer, no es una cosa con la que debamos ganar dinero… sin embargo, la iglesia, me dijiste, va a pagarme por mis servicios.

–Sí, pero tú nota la diferencia: te van a pagar porque es un servicio que vas a prestar a Dios y a quienes en él creen; pero no quiere decir que vayas a estar en medio de los reflectores haciendo espectáculos de algo con lo que no deberíamos bromear. Al momento de buscar fama con algo como esto, las cosas se voltean a nuestra contra. Debemos tener un equilibrio con las fuerzas invisibles, y Dios no quiere que estemos dando actos dignos de circo. La salvación no es cuestión de circo.

–Sin embargo, ha de ser interesante eso de tener un poco de fama y que te respeten por lo que haces, ¿no?

–Creo que estás confundiendo la fama con el reconocimiento. La fama es solamente una explosión pasajera que se acaba tan pronto como llega: es fugaz como un parpadeo. El reconocimiento, si bien es silencioso, es mucho más constante, y ese puede durar hasta después de la vida.

–Eso también suena egoísta.

–Sí, lo sé, pero para nuestra finalidad, Santi, lo que más conviene es que mantengamos todo en secreto y que hagamos nuestras cosas sin alardear. Recuerda, el demonio también alardea, y cuando ve a alguien que abre la cola como pavorreal, sabe muy bien dónde meterse.

Santiago hace un gesto de asco pero sonriente.

–Qué interesante metáfora la tuya, Umberto… pero, a decir verdad, lo que acabas de decir, me parece más bien algo rico.

Umberto rompe en risas al mismo tiempo que se detiene en un alto.

–Se me olvida eso de repente –voltea a verlo–. Sigues teniendo cara de bebé, Santi.

–Ay, ni me digas, que la secundaria la sufrí porque era de los poquitos que ni bigote tenía. Ahora en prepa nadie se fija en eso, pero igual, yo lo sé.

–Eso quiere decir que es un pensamiento recurrente que no necesitas. Tiempo al tiempo, mi muchacho.

–Sí, eso lo sé… tampoco es como que esté muy emocionado por ponerme como hombre lobo.

–¿Para aullar por las noches?

–Y a raptar doncellas para comérmelas.

Umberto ríe una vez más, para arrancar pues el verde se ha iluminado de nuevo.

–Para ser honesto, Umberto –continúa Santi–, estoy realmente impresionado con la facilidad con la que logras tus cometidos.

–¿Cometidos? ¿Quién habla así? Qué oso, Santi.

–Esa palabra te la copié a ti, menso.

Umberto ríe.

–Bueno, ¿a qué cometidos te refieres, muchacho?

–Pues, ya sabes, o sea, mira, fuiste hoy con mis papás a decirles que su hijo iría a una escuela embrujada y que este sería el primer caso que enfrentaría de muchos, y ellos accedieron sin que tú dijeras nada más. Solamente dijeron que sí.

–Aunque, si te fijas, es agradable. Será como una pijamada.

–Sí, me gusta estar contigo, eres bien chido. Una pijamada tú, yo, y los fantasmas de la escuela.

–Habríamos de agradecerle a tus papás la confianza, ¿no?

–Sí que sí, confían plenamente en ti, lo cual también es muy chingón porque aquí estoy, mira, yendo a ver si la escuela fue construida sobre un cementerio indio.

–Eso no viene en el reporte.

–O sea, no, no viene, pero ya sabes, todas las escuelas siempre están construidas sobre cementerios y así.

–¡Ah! –ríe–, entiendo, ya entiendo. Solamente veremos qué hay. Me ayudarás a ver si es un caso de posesión o sólo algún espíritu que necesita ayuda.

–Me va a dar miedo, ¿verdad?

–Es lo mejor.

–Yo no te imaginaría asustado, Umberto.

–El miedo es tu sentido de supervivencia. Todos nos asustamos. Aquel que no, seguramente va a su fin.

–Bueno, definitivamente yo voy a estar a salvo entonces…

Umberto sonrió y llegaron: era una escuela secundaria como cualquier otra. La reja de entrada era de color rojo, una que el velador abrió luego de quitar un candado. Era un hombre rechoncho sin bigote, con una gorra negra, usa su uniforme que era del mismo color de la noche, su mirada estaba cansada, sus labios son gruesos y casi violáceos, la nariz era ancha y sus cejas eran una nada más unidas por el medio. Umberto bajó la ventana y el guardia le dijo con su voz que no era grave, extrañamente gangosa, sin embargo.

–Estacione el auto adelante, yo lo alcanzo allá.

Umberto afirmó con la cabeza y avanzó. Del lado derecho de ambos había varios lugares de estacionamiento, una jardinera alargada con varios pasos para gente, y al otro lado el camino de salida. A la derecha había, primero, un edificio administrativo, avanzando, seguía un auditorio abierto, luego otro edificio que Santiago supuso salones escolares. Había dos canchas de basquetbol, y del lado contrario a donde ellos iban, salones, dos edificios perpendiculares de tres pisos. Así, pues dos lados de las canchas daban a los edificios, y los otros dos lados a las rejas que las separaban del estacionamiento. Avanzaron. Al final de los edificios y del lado alargado de la segunda cancha, había una jardinera con reja, otra zona de estacionamiento. Los salones estaban seguidos por una pequeña construcción que supusieron era la cafetería, y luego una gran cancha de futbol, y a los lados de la misma, más lugares de estacionamiento. Umberto aparcó en frente de la cafetería. Bajaron del auto. Sólo algunas lámparas grandes sobre los edificios alumbraban lo que tenían que alcanzaban, todos los salones lucían a oscuras y sólo una habitación estaba alumbrada, la de hasta arriba.

–Buenas noches –dijo el guardia acercándose.

–Buenas noches, hermano –contestó Umberto tendiéndole la mano.

–Buenas noches –dijo Santiago saludándolo a su vez.

–Pensé que vendría solo, padre, a bendecir.

–Mi muchacho es el que tiene las habilidades que necesito para saber si bendiciendo es suficiente o hay que hacer algún otro tipo de ritual.

–¿Cómo qué, padre?

–Un exorcismo.

–¿Se pueden hacer exorcismos a los edificios?

–Sí, en efecto.

–Increíble.

–Podría indicarnos de nuevo qué es lo que sucede en el lugar.

–No pues, qué no sucede… los maestros han reportado que hay sillas y mesabancos que se mueven de lugar, libros que aparecen y desaparecen; en las noches que es mi turno, las luces de los salones se prenden solas, las puertas se abren, hay pasos y risas.

–¿Risas?

–Sí, ya sabe, como si estuvieran jugando algunas niñas. Siempre escucho niñas riendo en las noches.

–¿Hay alguna hora en específico?

–No, padre, en cuanto oscurece… bueno, esto parece una jungla.

Santiago voltea a ver de nuevo a los edificios. Lucen tenebrosos, además de ser una escuela, no hay nada más tenebroso que una escuela de por sí.

–¿Y qué hace el joven, padre? Si no es indiscreción…

–Él tiene una habilidad otorgada por nuestro señor –dice al mismo tiempo que voltea Santiago–, es clariaudiencia, puede escuchar cosas que los demás no. Hemos tenido experiencias y al parecer, lo buscan a él para decirle cosas. Así, nosotros tenemos diagnósticos más acertados respecto a lo que hay que hacer o no.

–¿Estás seguro, joven, que quieres quedarte aquí en la noche?

Santiago sintió una especie de preocupación, pero no por la situación de encontrarse en una escuela de noche, sino por lo que el hombre quería decir.

–Estaré bien, Umberto es mi amigo… mi mejor amigo. Entre los dos nos cuidamos las espaldas.

El guardia volteó sospechosamente hacia el padre, quien estaba con la mirada fija en la escuela. Entrecerró los ojos como si quisiera penetrarlo con la mirada, como si entrecerrando los ojos fuera a ver un poco más allá de lo evidente, de lo que se mostraba en sí. Santiago sintió un repentino coraje pero la mano sobre su hombro, la de Umberto, lo tranquilizó.

–Está bien, está bien. Dejé encendido donde se podrán quedar a dormir, son las oficinas administrativas de dirección. Mañana vendré temprano, seré el primero en llegar y ya me podrán decir qué fue lo que pasó. Nadie los molestará… nadie vivo, al menos. Buenas noches.

Se retiró luego de decir eso. Santiago tenía una mueca de disgusto, con el ceño ligeramente fruncido.

–¿Por qué no le dijiste nada, Umberto?

Casi con sorpresa, con las cejas arqueadas, Umberto volteó a su pequeño amigo. Lo vio fulgurante, con una energía fruto del enojo que casi lo podría haber contagiado, se inclinó un poco ante el joven de preparatoria y le puso las manos sobre los hombros, lo vio a los ojos, y le dijo:

–¿Qué tenía que decir y al respecto de qué?

–Pues el señor pensaba que el peligro no eran los fantasmas, sino tú.

–¿Y el señor tenía razón en eso?

–Pues… no, obviamente no, tú eres como mi hermano menor.

–Entonces, no había nada que pudiéramos decir. Dijéramos lo que dijéramos, él se quedaría con su idea, y nada se la quitará de la cabeza. Tal vez Dios en toda su fuerza, pero recuerda que él nos deja elegir por nosotros. Todo en su haber tiene una consecuencia, por más pequeña o funesta que sea. Tú tranquilo, mi muchacho, no hay por qué enojarse al respecto de la ignorancia de la gente. La gente no dejará de pensar o de ver las cosas de una u otra manera sólo porque aclaremos la realidad… ven, mejor ayúdame a bajar las cosas para empezar nuestra pijamada –terminó diciéndole con una sonrisa que, como siempre, en ese rostro tan amable y bondadoso, con esos ojos de ámbar tono miel, con esos dientes aperlados perfectos; lo hicieron sonreír a él, a Santi, agradecido con su amigo el grande.

Bajaron las cosas del auto y subieron los tres pisos.

–Bueno, al menos trabajando aquí ya tienes ejercicio incluido… nalgas de acero aseguradas. Debería ser esa una de las prestaciones de ley –dice Santiago al llegar hasta arriba. Desde ahí se alcanzaba a ver todo, los dos edificios, las canchas, el campo de futbol, todo el estacionamiento.

Acomodaron las cosas dentro: bolsas para dormir, la comida que llevaban consistía más que nada en dulces y frituras, refresco, unas lámparas extra en caso de que no funcionara la electricidad, agua y sal benditas, rosarios, medallas de San Benito y otros artilugios religiosos de uso exclusivo de Umberto.

–¿Ya bendijiste las cosas, Umberto?

–En efecto, mi querido saltamontes, todo está listo. Hay que venir preparados.

Santiago estaba de pie en la puerta de entrada de las oficinas de dirección que estaban separadas en cubículos con paredes delgadas de un material poroso que mide un metro de altura más o menos, y lo demás puro cristal. Había cuatro computadoras, dos separadas en cubículos, y otras dos juntas en dos escritorios. Veía que todos los salones tenían muchas ventanas, que los muros de ladrillos blancos podrían de ser de un metro y medio y lo demás eran ventanas que se recorren. Alcanzaba a ver libreros, adornos dentro de los salones, sillas, los pasillos oscuros con los barandales rojos, puertas que tenían los letreros de los monitos sin rostro de los baños, escaleras en puntos medios de los edificios… nada fuera de lo normal.

–Uhm… en sí, todas las escuelas lucen tenebrosas por la noche, sin embargo, no hay nada, todo está muy tranquilo aquí –dijo Santiago para recostarse de lado sobre su bolsa de dormir, observó a Umberto quien estaba acostado boca arriba viendo al techo. Santiago volteó al techo y no había nada–. ¿Ves algo, Umberto?

–No, nada, todo tranquilo.

–Te digo –dijo el más joven para acostarse también–, no creo que pase nada.

–¿No crees que pase nada o, más bien, no quieres que pase algo?

–¿Cómo?

–Estás nervioso, tienes miedo.

–Bueno, escuchaste lo que dijo el guardia…

Umberto volteó a él e, indicándole con la mano que se acercara, le dijo:

–Ven, acércate.

Santiago reptó hacia su amigo, Umberto levantó el brazo y lo rodeó, lo invitó a recostarse sobre su torso. Santiago sintió una comodidad increíble. Umberto posó su mano sobre el pecho de su joven instruido, su mano quedó en su abdomen.

–No tienes nada de pancita –dijo haciéndole cosquillas a Santi.

–¡No, no, espera! –le dijo entre risas para luego relajarse los dos. Santiago no hubiera imaginado que esta sería la posición que adoptarían a lo largo de los años, y que siempre que lo harían, él se sentiría como ahora: pequeño y protegido. Ambos se quedaron en silencio viendo hacia arriba. Santiago se sentía casi hipnotizado por el movimiento firme y constante de la respiración de su amigo el grande. Puso su mano sobre la de su amigo, y se quedaron así, un momento, en silencio.

–Te estás olvidando de algo, mi joven pupilo…

Santiago se sintió caer de su pensamiento, no se estaba quedando dormido, solamente estaba ensoñándose en el recuerdo de Matías.

–¿Mande?

–¿Qué es lo que tienes que hacer tú para poder hacer lo que bien puedes?

–Ah, sí, la música… la pondré baja para poderte escuchar.

–Arre.

Santiago tomó el audífono que estaba asegurado al cuello de su playera y se lo puso en la oreja, luego puso reproducir a su música, y así comenzó: primero, poderosas guitarras eléctricas distorsionadas y, luego, la voz de Johan Hegg, Victory! We fought hard and prevailed. Brutally!…

Santiago suspiró, tomó una goma de pandita, la masticó, la tragó, y cerró los ojos. No sería la primera vez que se quedaba dormido escuchando música de ese tipo.

Thousands of feet march to the beat, It’s an army on the march, Long way from home, Paying the price in young men’s live… El ritmo de la batería es profundo, es una canción de extrema tristeza que, al escucharla, Santiago se sintió sumamente atraído a esta, y la reproducía una y otra vez hasta que llegara el hartazgo, pero este nunca llegó. Sin embargo, esta vez tenía algo extra, había algo que no había escuchado antes en la melodía, una percusión extra que salía de ritmo, que salía totalmente de lo que él conoce. Abrió los ojos. Estaba aún sobre su amigo, su cabeza seguía en su torso, y a pesar de ser muy elevado, como una almohada con mucho relleno, no le dolía el cuello.

–Umberto…

–Lo escucho también.

Santiago se quitó el audífono y escuchó con una gran claridad cómo botaban un balón afuera, un balón de basquetbol, con esa resonancia, esa repetición de eco tan característico, y parecía sonar más fuerte dado todo estaba en total silencio. Santiago se levantó y trató de quitarse lo encamorrado, se talló los ojos y vio que Umberto fue a la puerta y la abrió. El sonido del balón cesó al instante, no se escuchaba más. Umberto salió y se asomó tomándose del barandal, movió la cabeza a todos lados. Santiago se levantó y se puso su sudadera amarilla pollo, por la cual, Umberto siempre le decía justamente eso, que parecía pollo. Volteó hacia su amigo el menor y le dijo:

–No hay nada, ni nadie.

Santiago sintió un escalofrío recorrerlo, a parte del frío que venía de fuera también. Se colocó una correa que tenía su lámpara. En sí, esa podía ir en la correa de la mochila, pero como no llevaría su mochila, se puso la correa y la lámpara. Tomó también su medalla de San Benito, su rosario, y agua mezclada con sal, una botellita. Umberto se regresó y tomó lo mismo, pero él tomó tres botellitas.

–¿Qué hacemos? –preguntó Santiago.

–¿Qué crees que deberíamos hacer, mi muchacho?

–Uhm… –emitió un gruñido. Sólo quería seguir durmiendo. Cerró los ojos y meneó negativamente la cabeza–, no sé… ¿ir a dar la vuelta?

Al abrir los ojos, vio que Umberto ya se había puesto su sudadera azul que Santiago le regaló de cumpleaños, una de cuello alto que lo hacía lucir incluso más en forma.

–En efecto. Es este tipo de casos, generalmente hay una fuente de donde viene la energía que sea. Necesitamos encontrar esa fuente para poder erradicarla en caso de ser necesario.

–¿Y si toda la escuela es la fuente?

–Entonces no importa dónde llevemos a cabo el ritual.

–¿Y cómo sabremos si esa energía es mala o no?

Umberto volteó a verlo y le dijo:

–Eso tú me lo vas a decir.

–¿Eso cómo lo sabré, entonces? Si es mala o no…

–Oh… lo sabrás… créeme.

Santiago tragó saliva y se repuso, agitó la cabeza, estiró el cuello haciendo movimientos a los lados, al frente y atrás, y dijo inseguro:

–Bueno, vamos, Umberto.

Umberto notó un temblor en su voz, así como esta no sonó tan grave como lo haría en la normalidad. Y no es que Santi tuviera una voz grave, solamente que ahora parecía más aguda de lo normal.

–Siempre voy a estar contigo, ¿okey? No temas.

Santiago afirmó con la cabeza. Salieron. Santiago iba al frente, Umberto justo atrás, como un guardaespaldas.

–El audífono…

Santiago se sintió algo tonto al haber olvidado tal detalle, pero lo regresó a su oído, y escuchó.

–No hay nada…

–Lo sé… bajemos, vamos a recorrer los pasillos. Iré bendiciendo. Generalmente, este tipo de cosas funcionan… en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo –decía para echar un poco de agua bendita por donde iban pasando. Llegaron al segundo piso de salones, comenzaron a caminar a lo largo del mismo. De su lazo izquierdo, salones con ventanas que dejaban ver al interior oscurecido; del lado derecho, el barandal y la caída libre. Santiago no sabía qué era peor: que habían escuchado un balón inexistente botando, o el hecho de ir en los pasillos y que cualquier cosa podría aparecerse en cualquier momento. No quería voltear a los salones porque temía ver a alguien sentado, a alguien asomándose por la ventana, a alguien yendo hacia ellos. Todo le parecía hecho especialmente para dar miedo: la oscuridad imperante, la soledad, que ahora ya no escuchaban nada y la sugestión comenzaba a hacerlo sentir paranoico. Volteó hacia atrás. Ahí estaba Umberto, su amigo, bendiciendo.

–Recuerda, muchacho, reza.

Umberto le había dicho que las oraciones funcionaban como mantras, como los budistas haciendo ruidos de “oooommmmm”, que estos ruidos eran especiales porque producían ciertas vibraciones en su cuerpo y eso los ayudaba a abrir ciertos centros energéticos que ayudarían a quien buscara la iluminación. Asimismo, las oraciones tienen una fuerza de protección que va más allá de las palabras. Santiago siempre pensó que eran cuestiones de creencia: si alguien cree en el poder cualquiera de las oraciones, entonces estas van a tener uno u otro efecto en uno mismo, por eso se sentirían a salvo quienes así creyeran, por eso los exorcismos serían efectivos, porque el que se viera bajo la ayuda de un padre, por más en trance que estuviera, en alguna parte de su mente, estaría convencido de que esto funcionaría, así que pues, debía hacerlo. Ahora, sin embargo, Santiago nunca se había declarado un creyente pleno, y no creía tampoco que las palabras podrían hacer que un edificio cambiara de parecer puesto que no es un ser humano. Sin embargo, no le quedaba de otra. Comenzó, pues, a rezar en voz muy baja, y cierto aplomo sintió.

Estaban a punto de llegar al final del pasillo, bajaron dos escaloncitos: al final estaba el baño que estaba muy oscuro, y luego el pasillo se torcía en una vuelta a la derecha, donde había otros dos salones antes de estar las escaleras ahí para bajar al nivel inferior.

–Umberto…

–Dime, Santi.

–Quiero hacer del baño.

Umberto rió un poco en voz baja y dijo:

–Está en el frente, vamos.

Al llegar, vieron que el interruptor estaba al lado, y encendieron la luz.

–¿Te molestaría que vaya a bendecir los dos salones de al lado en lo que tú haces tus menesteres?

–¿Menesteres? Hablas como anciano –Umberto sonrió. Santiago sintió pena de decirle que no quería que se fuera, no quería mostrarse empequeñecido por la misión en la que estaban. Quería mostrarle que valía la pena y que no se había equivocado en su decisión de haberlo elegido como su ayudante y pupilo–… no hay problema, ve, yo hago mis… menesteres… y me lanzo contigo.

Umberto le guiñó el ojo y salió de los baños. Santiago, sin querer hacerlo, dio la media vuelta esperando ver algo, que su mirada periférica le avisara algo… pero no. A su derecha estaban los lavamanos, luego un muro cubierto de azulejos como los del suelo, seguían dos urinales, y luego dos inodoros individuales. Se fue a los urinales, separados. Recordó que los de su secundaria no estaban separados así, todos estaban a la vista de todos, por lo que no le gustaba usarlos, no había privacidad al momento de orinar. Entonces sacó su miembro y se dio cuenta que no podía hacer del baño, por lo que pensó, No mames, Santiago, has del baño y ya, solamente es eso, ni que fuera tan difícil… bueno, es que la tengo tan pequeña que no sale la pipí… no, qué bueno que no soy comediante, ni yo me hago sentir mejor.

Por fin pudo liberar el líquido y por un rato se concentró en su tarea y la luz se apagó. Sintió un escalofrío y luego miedo, pero supuso que había sido Umberto. Debía encontrar la explicación lógica a las cosas antes de las dogmáticas, eso siempre le había dicho su amigo el grande, que antes de lanzarse a crear teorías y premisas, debía encontrar la explicación natural de las cosas.

–No seas así, Umberto…

Escuchó que reía y encendía la luz de nuevo. Aunque su risa no era muy parecida a su risa, no le dio importancia, porque sabía que estaba asustado, así que eso sería el por qué no le parecía que la voz de Umberto fuera tal. Guardó su sexo, subió su cierre, caminó hacia los lavabos, dando la espalda a los escusados, cuando escuchó que jalaban la cadena de uno, echaban agua, y de nuevo comenzó a sentir un pánico creciente, no se podía mover y no quería voltear. Giró la cabeza lentamente junto con su cuerpo y dijo:

–¿Umberto?

Se quitó el audífono y escuchó la voz ahuecada de su amigo el grande orando afuera, tal como dijo, bendiciendo los salones en lo que él acababa. Entonces vio dos pies con zapatos negros y el pantalón gris, era todo lo que podía ver porque lo demás lo cubría el material con el que separaron los inodoros. Santiago comenzó a caminar hacia atrás a la vez que tomaba la medalla de San Benito. Sentía miedo, mucho miedo, se quedó mudo, no podría hablar, lo presentía, se le ahogó la voz, y comenzaba a temblar, el sudor estaba frío, se dio cuenta de repente que hacía mucho frío en todo el lugar. Entonces, los pies flotaron, se separaron del suelo los dos, como si levantaran a la presunta persona y desaparecieron. Se volvió a apagar la luz. En una reacción instintiva dio la media vuelta, optó por salir corriendo, pero ahí estaba Umberto justo a dos pasos de la salida, por lo que Santiago se aferró a él, con los ojos bien apretados, y le dijo:

–¡Vámonos, vámonos por favor, Umberto, hay algo ahí dentro!

No le contestó. Tenía la cabeza volteada al lado, apretada a su amigo, su mirada dirigía a donde estaban los otros salones por los que no habían pasado aún, los que estaban siendo bendecidos. Santiago entreabrió los ojos y vio a su amigo, a Umberto dar la media vuelta y ver cómo su gesto se volvía de uno de tranquilidad a uno de perplejidad. Santiago ni siquiera pudo voltear hacia arriba: perdió la fuerza de las piernas, se doblaron solas, y cayó al suelo, mareado, todo le daba vueltas y no podía enfocar bien con la mirada. La sombra de Umberto se acercaba, pero él se sentía deslizarse. Sintió cómo el gorro de su sudadera se estiraba y lo jalaban de vuelta al baño, hasta que Umberto lo tomó de los pies y lo sacó. En el momento en que Umberto lo tocó, Santiago salió de su aletargamiento, sin embargo, del miedo, no podía gritar, y se aferró con mucha, mucha fuerza a su amigo, que ahora sí era el real. Lagrimeaba y lloraba. Umberto lo rodeó con sus brazos y le dijo:

–Tranquilo, mi muchacho, tranquilo, tranquilo… ya pasó, ya pasó. Aquí estoy.

–Me jaló… –dijo entre sollozos, casi sin voz.

–Lo sé, pero estoy aquí, te dije que nada malo te pasaría.

Empezaron a escuchar de nuevo el balón botar y, en toda la escuela, como una especie de resonancia, una repetición atorada en las paredes que ahora decidía salir, un sonido llevado por el viento fuerte que ulula cuando quiere asustar a alguien: una risa femenina, de una niña pequeña, una risa en todo el lugar.

Umberto ayudó a Santiago a levantarse y vieron un balón que era lanzado a una de las canastas, pero no había gente, no había nadie. Se repitió la risa de la niña, era como de una niña que disfruta de un momento agradable con sus amigas. Se acercaron al barandal para tratar de ver algo, a alguien, pero no había nada. Santiago regresó la mirada al baño y entre la oscuridad, justo en el muro donde está la entrada y la salida, algo se asomó. Sólo vio eso, una silueta sobresalir de la puerta, pero nada más. Sólo algo fugaz, algo que igual e imaginó.

–Está en el baño –le dijo a Umberto aún asustado, con un fuertísimo escalofrío recorriendo su cuerpo. Umberto volteó al baño y no vio nada.

–No veo nada…

–Se está escondiendo, se asomó hace un momento.

–Cuando alguien se esconde, ¿por qué crees que sea, mi niño?

–Porque busca que no se enteren de lo que hizo, o hará, o de lo que tiene.

–Siempre que un ente se esconde, es malo: si no tienen una finalidad negativa, no tendrían por qué esconderse, eso recuérdalo todo el tiempo.

Entonces, Umberto se colocó frente a la entrada del baño, dejó a Santiago aferrado a él, y dijo:

–En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Persignándose, Santi dijo:

–Amén.

–Padre omnipotente que quiere que todos los hombres se salven esté con todos ustedes.

–Y con tu espíritu.

Las luces se apagaron, todas, lanzaron otro balón a la canasta. A lo lejos, desde el campo de futbol, escucharon que alguien gritaba, como si hubiera metido gol, un grito fuerte y emocionado.

–Ahora, hijo, a cada letanía que diga, debes contestar “Ten compasión de mí” –le dijo a Santiago, quien afirmó con la cabeza.

–Jesús, Hijo del Dios vivo.

–Ten compasión de mí.

–Jesús, imagen del Padre.

–Ten compasión de mí.

–Jesús, sabiduría eterna.

–Ten compasión de mí…

–Jesús, esplendor de la luz eterna… Jesús, Palabra de vida… Sacerdote… Jesús, pregonero del Reino de Dios… Jesús, camino, verdad y vida… Jesús, pan de Vida…Jesús, Vida verdadera… Jesús, hermano de los pobres… Jesús, amigo de los pecadores… Jesús, médico del alma y del cuerpo… Jesús, salvación de los oprimidos… Jesús, consuelo de los desamparados… Tú, que viniste a este mundo… Tú, que libraste a los oprimidos por el diablo… Tú, que estuviste colgado en la cruz… Tú, que aceptaste la muerte por nosotros… Tú, que yaciste en el sepulcro… Tú, que descendiste a los infiernos… Tú, que resucitaste de entre los muertos… Tú, que subiste a los cielos… Tú, que enviaste el Espíritu Santo a los apóstoles… Tú, que estás sentado a la derecha del Padre… Tú, que vendrás a juzgar a los vivos y muertos.

Y cada vez que Santi contestaba a la oración de su mejor amigo, sentía que un poco de calor iba propagándose al interior de él, de su corazón, una valentía que parecía provenir de las palabras comenzaba a aliviarlo, a curarlo, a hacerlo sentir seguro a pesar de que las puertas se abrían y se cerraban, que los gritos eran muchos, de niños emocionados, corriendo, había pasos que parecían ir hacia ellos, pasos muy acelerados; pero ninguno volteó atrás porque sabían que eso era un engaño. En medio de la oscuridad y en medio de lo que parecía un recreo escolar, Umberto continuó:

–Te exorcizo, todo espíritu inmundo, toda potestad de las tinieblas, toda embestida del infernal adversario, toda legión, congregación y secta diabólica, en el nombre y el poder de nuestro Señor Jesucristo, para que salgas y huyas fuera de la Iglesia de Dios y de los hombres creados a imagen de Dios y redimidos por la preciosa Sangre del Cordero divino. No te atrevas más, astuta serpiente, que engañas al género humano, persigues a la Iglesia de Dios, que sacudes y tamizas como al trigo a los elegidos de Dios. Te ordena el Dios altísimo, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, de quien te presumes semejante por tu gran soberbia. Te ordena Dios Padre, te ordena Dios Hijo, te orden Dios Espíritu Santo. Te ordena Cristo, eterna Palabra hecha carne, quien por la salvación del género humano, perdido por tu envidia, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte, que edificó su Iglesia sobre una piedra firme y manifestó que nunca las fuerzas del infierno prevalecerían contra ella, con la cual él mismo estará todos los días hasta la consumación del mundo. Te ordena el sacramento de la Cruz, y la fuerza de todos los misterios de la fe cristiana. Te ordena la excelsa Virgen María, Madre de Dios, que con su humildad aplastó tu cabeza soberbia desde el primer instante de su Inmaculada Concepción. Te ordena la fe de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de los demás Apóstoles. Te ordena la sangre de los Mártires y la piadosa intercesión de todos los Santos y Santas. Por tanto, legión diabólica, te conjuro por el Dios vivo, por el Dios verdadero, por el Dios santo, por el Dios que amó al mundo hasta dar a su Hijo Unigénito para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna: deja de engañar a las criaturas humanas, deja de infectarlas con el veneno de la perdición eterna, deja de dañar a la Iglesia, deja de echarle lazos a su libertad. Vete, Satanás, padre de la mentira, enemigo de la salvación humana. Deja el lugar a Cristo en quien nada de tus obras encontraste; deja el lugar a la Iglesia una, santa, católica y apostólica a la cual Cristo mismo adquirió con su Sangre. Humíllate bajo la potente mano de Dios, tiembla y huye, por el santo nombre de Jesús ante quien se estremecen temerosos los infiernos, y a quien están sujetos las Potestades y las Dominaciones, a quien alaban con incansables voces los Querubines y Serafines, diciendo: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios de los ejércitos.

La luz regresó al acabar, y los ruidos cesaron por completo. El silencio reinó sólo interrumpido por los ruidos de ciudad tan comunes que los dos conocían de sobra:

–Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia y quisiste que fuera hijo de la luz, concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti. Por Cristo, nuestro Señor.

–Amén –acabó Santi para separarse de Umberto.

Regresaron y subieron a la oficina de vuelta, se quedaron recargados en el barandal. El cielo ya comenzaba a clarear. Entonces escucharon claramente como se cerraba una puerta y no hubo más ruido, sin embargo, no cualquier puerta: la que tenían justo atrás. Sin embargo, esta no se movió.

–Se acabó… –dijo Umberto suspirando. Se inclinó para quedar a la altura de Santi, quien aún lucía cansado–, hiciste un excelente trabajo, mi niño– le dijo pasando su mano sobre el cabello de Santiago–, un excelente trabajo.

–Pero casi me llevan y lloré.

–Es normal, es tu primera vez, sin embargo: no hablaste con el demonio, no dijiste nada, e incluso cuando estábamos en las letanías, nunca dejaste de contestar, y cuando escuchábamos los pasos venir de atrás, no volteaste, no diste al enemigo la oportunidad de atacar. Y eso quiere decir que has aprendido bien. Recuerda que nosotros no luchamos contra el demonio, es Dios quien lucha a través de nosotros, es Dios quien hace todo el trabajo. Nosotros somos sus enviados, nada más… –le sonríe–, nunca me he sentido tan orgulloso.

Santiago le sonríe de vuelta.

–Gracias, Umberto.

Vieron, ambos, que un auto iba por el estacionamiento. Era el guardia.

–Iré a dejarte a tu casa, esperemos que la siguiente pijamada no sea tan aterradora.

–Espero también eso, Umberto, quiero pasar un rato que no sea ni de clase ni de miedo, contigo.

Umberto le revuelve el cabello.

–Ve a recoger las cosas, iré a explicarle al guardia lo que pasó.

Santiago comenzó a recoger y escuchó que su celular vibró. Vio que tenía un mensaje esperándolo desde la media noche. El mensaje cantaba: Hola, Santi. ¿Quién crees que va a regresar a vivir para allá? Espérame. Ya quiero verte, volveremos a estar juntos.

Santiago se quedó sin respiración por momentos, leyó el mensaje dos, tres, cuatro veces porque no creía lo que leía. Después de tres años, Matías regresaba. Sonrió y dijo para sí mismo:

–Matías…

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: