Legión c.8: María Magdalena

La luz se filtraba tenuemente a través de la cortina. Hacía rato, Matías se había levantado a abrir la ventana para permitir que el aire circulara. Habían empezado a sudar de nuevo, pero ahora solamente estaban acostados, Matías sobre su costado izquierdo, Santiago sobre el derecho para tener la oreja libre y escuchar la voz que más le gustaba sobre todas. Estaban el uno frente al otro, Santiago observando a Matías que aún dormía, y cada vez que lo hacía, podía descubrir algo nuevo en su rostro que, sin embargo, ya había visto antes, y que era otro motivo para acentuar su enamoramiento. Hoy eran las pestañas negras, negrísimas, pues eran más negras que las demás sólo por ser las de Matías. Recorrió con la mirada su rostro, su hombro, su abdomen, su cadera y su pierna. Entonces puso su dedo índice sobre su cabeza y lo recorrió todo, el camino recorrido con la mirada ahora lo hacía con un tacto apenas perceptible, apenas rozando esa pequeñísima capa de vellos casi transparentes que todos tenemos en la piel, tan finos y delgados que parecieran no existir. Bajó el dedo sobre su oreja y siguió el recorrido, ahora en su mejilla que formaba esos curiosos agujeros al sonreír, y luego bajaba al cuello que tanto había besado y, de repente, dejado amoratado, y siguió con su hombro. La primera vez que vio ese hombro desnudo sintió un vuelco en el estómago, justo en esa parte entre donde convergen las costillas al centro, abajito del esternón, y cuando lo rodeó, sobre ellos y el cuello, sintió que desfallecía de felicidad. Entonces siguió y recorrió el camino un poco sobre el brazo y pasó al tórax. Matías siempre había sido más atlético que él, mucho más, toda la vida, podría asegurar que nació ejercitándose; Santiago comenzó desde que Umberto se lo recomendó dadas sus labores de sanación de espíritus. No lucía mal, pero no lucía como Matías. Claro que todavía estaban en la flor de la edad. Luego siguió bajando y recorrió la cadera. Santiago no encontraba otra parte del cuerpo más excitante que esa, por alguna razón, la cadera de su amado. Y luego recorrió hasta la pierna y no más porque no alcanzaría a llegar a las puntas de los pies, no quería levantarse, quería seguir sintiendo la respiración cálida de Matías en el rostro. Al regresar la mirada arriba, vio que Matías lo observaba con esos ojos cafés en los que Santiago aseguraba se había perdido y que eran más profundos que el océano pues no conocía sus simas más recónditas. Le sonrió a Santiago.

–¿Te acuerdas la primera vez que hiciste eso?

Santiago sonrió y le contestó:

–Sí, lo recuerdo… Esa vez ni siquiera dormimos.

Matías le puso la mano sobre la mejilla.

–Creo que ha sido la mejor noche de mi vida.

–Fue la mejor porque despertamos así. Lo que daría por despertar todos los días de esta forma: viéndote, todo a ti, todo lo que eres.

–Bueno, Santi, por eso son especiales estos momentos, porque no son tan comunes.

Santiago, que a pesar de ser el encargado de liberar a la gente de demonios, de investigar qué fantasma tenía finalidades negativas y qué no; siempre quiso que alguien lo abrazara. Por suerte para él, Matías cumplía esa función con un gusto que él creía una bendición. Matías lo tomó de la cadera y lo acercó para sí. Santiago le dio la espalda y se quedó en esa posición, como de cucharita. Aquél lo rodeó con los brazos y lo sostuvo cerca de sí, mientras quien era abrazado lo tomó de las manos y así que quedaron.

–Y también hicimos esto…

Matías rio en voz baja y olió el cabello de Santiago.

–Aunque, no importa que pasáramos así todo el día, todos los días… para mí no perdería su dulzura, el momento de ser, que lo haría el mejor día de mi vida, a pesar de que eso significaría que serían todos los días el mejor día de mi vida.

–¿Ya vas a empezar con tus cosas de escritor?

–Bien que te gustan, Mati.

–Me encantan, porque vienen de ti –dijo estrechándolo, para luego liberarlo un poco–. Por cierto, ya no me contaste qué pasó con eso de las deliberaciones. ¿Vas a seguir siendo “soldado del Señor” o qué? –Preguntó con cierta mofa en su gesto.

–Sí, voy a seguir siendo soldado del Señor, mi amor.

–¿Cómo crees que Gillien se haya tomado la noticia?

–Nada bien, nada bien. Él fue el que comenzó el recurso legal para que ya no me dejaran asistir a exorcismos.

–¿Eso fue una quemadota no? Pero para él, o sea, ¿cómo se le ocurre recurrir a la ley para limitar tu labor que no es mala en sí.

–Bueno, hay mucha gente que no comprende lo que hago, por eso es que me mantengo oculto, Mati.

–Yo lo sé, Santi, yo lo sé, pero aún así, él solito es el que te está dando fama y renombre. Él pierde credibilidad, mientras tú la vas ganando.

–No creas, ¿eh?, él es super popular entre la gente, porque lo que hace, lo hace muy bien.

–¿Cómo le pusiste tú, sangrón?

–El 007 del Señor.

Ambos rieron.

–Bueno –dijo Matías–, es que sí. Por lo que me has contado, sí le hace mucho a la mamada.

–Creo que su último artilugio es… ¿cómo se llaman esas como anillas que se ponen en las manos para golpear gente?

–No sé… manoplas, creo. Manoplas para golpear.

–Bueno, tiene unas de esas de color púrpura, de metal, pero según esto están bendecidas y tienen crucecitas y según el mismo señor Dios te ayuda a aumentar tu fuerza al usarlas.

–No manches…

–Sí, te lo juro. De hecho hasta las vende en internet. Todo lo que hace, lo vende en internet: sprays milagrosos, esas manoplas, cruces, creo que hasta los bastones para golpear y tiene una ballesta especial para matar hombres lobo. ¡Hazme el favor!

–¿Neta?

–Te lo juro, Mati, no estoy bromeando.

–Pero esos no existen… –al ver que Santiago se quedó callado, continuó–, ¿verdad?

–Pues Umberto alguna vez me dijo que había escuchado de un caso de vampirismo y otro de hombres lobo, pero dejaron de comunicarse con él después.

–No mames… no te mandarían a cubrir esos casos… ¿verdad?

–Pues es que no sé, desde que comencé sólo han sido casitas embrujadas, espíritus errantes… creo que esos, los vampiros y demás, ya son las ligas mayores.

–No pues… es que la verdad se me hace imposible de creer, Santi, esos son los cuentos con los que crecimos, son historias de ficción, fantasía. ¿Cómo esperas a que te manden a matar a un vampiro?

–Umberto me dijo que también las brujas son comunes.

–¡Oh, que la verga!

Santiago rio.

–Me encanta cuando dices eso –dijo torciendo el cuello, acercó sus labios a los de Matías, y los dos se besaron brevemente y acabaron con ese sonido de succión.

–Es que se me hace difícil creer eso.

–En teoría, un exorcismo es más peligroso, Mati, porque ahí estás directamente contra algún demonio. Satanás.

–Pero tú me has dicho que ahí tú no peleas contra el diablo, mi amor, ahí es Dios que pelea a través de ti. Además, cuando acabas un exorcismo, tienes una señal, esas que me has contado de sonidos como de explosión, que gritan, que ven cosas en sueños… ¿a poco si fueras contra una bruja, Dios lucharía a través de ti?

–No, creo que no, por eso son las ligas mayores de esto.

–Empiezo a creerte que tienen así como… niveles bien estructurados. Ya me los imagino: “No, pues, al inicio nomás vas a casas donde las puertas se cierran solas, pero luego ya te mandamos a matar brujas en Salem, papá”.

Santiago sonrió.

–No, no es tan así.

–Lo sé, lo sé, sólo estoy jugando contigo.

–Y bien que te gusta, ¿verdad?

–¡Pues claro! Por eso estoy contigo.

–¡Ah!, ¿nada más para jugar conmigo?

–Sí… y por el sexo.

–¡Oye! –Dijo Santiago fingiendo sentirse ofendido.

–¡Oye! –Le contestó para reventar en un ataque de cosquillas que duró apenas un par de minutos para luego calmarse.

–Ya, ya –le dijo Matías–, vente, ya no te hago nada.

–Tú eres más chico y aún así me ganas.

–Tú exorcizas demonios y no puedes conmigo… tssss.

–Voy a comprarle una de esas manoplas para hacerte la competencia. La fuerza del señor Gillien en mi puño.

–Uhm… ni aún así podrías conmigo, Santi.

–Bueno… tal vez no, tienes razón.

Santiago se acostó boca arriba ahora y Matías se recostó sobre él, boca abajo, como solían hacerlo en la juventud.

–¿Quién diría que ahora la iglesia sería tan inclusiva?

–Inclusive, Mati, inclusive.

–Ah, sí, claro, claro, inclusive.

–¿A qué te refieres con eso? Siguen siendo un montón de señores ancianitos.

–Pues me refiero a ti.

–Pero no soy militante como tal de la iglesia, no pertenezco totalmente, soy un… actor marginal de la misma.

–Pero sigues batallando en el nombre del mismo Señor que ellos defienden. Además, no eres el único.

–No, no soy el único soldado de Dios.

–No, me refiero a que no eres el único que no encaja en su concepción de hombre.

–¿Quién tampoco encaja en esa concepción? –Le pregunta Santiago frunciendo el ceño.

–Gillien.

–Gillien González… ¿a poco ese vato también es gay?

–Pues sí.

–¿Y cómo estás tan seguro de eso, Matías? ¡Oh!, ¿acaso me engañas?

Matías le sonrió.

–Nunca, no podría… no, me refiero a que… bueno, ¿a poco tú no crees que como que le gustas un poco?

–¡Cómo? –Santiago se sintió verdaderamente sorprendido porque, de entre todas las cosas, no se esperaba esa.

–¡Por favor, Santi! Fíjate tú, está como obsesionado: sigue e investiga todos y cada uno de tus movimientos, los hace evidentes, no deja de hablar de ti como mal ejemplo cuando está en la televisión, todo el tiempo quiere acabar con tu trabajo. No tiene ojos que no sean para ti.

–Pero no le gusto… no, no creo.

–Es un gran pretendiente.

Santiago acomodó una almohada atrás de su cabeza para poder inclinarse un poco y ver a Matías sobre su pecho. Lo tomó de sus mejillas, con ambas manos, y le dije:

–Al único “pretendiente” para el que yo tengo ojos y que siempre voy a preferir sobre todos los demás, va a ser a ti, Mati.

Matías le sonrió, se impulsó con los brazos, y lo besó en la boca. Así, continuaron un rato, con el beso. Luego Matías reacomodó su cabeza sobre el pecho de Santiago.

–Pues bueno, igual y no, tienes razón, pero debes de admitir que tiene un trauma muy raro contigo.

–Bueno, no sería el único aquí que causa impresiones fuertes en la gente.

–Lo de Melissa es diferente. No lo controlé yo, y lo sabes –dije Matías casi excusándose.

–Yo lo sé, mi vida, y así como tú me preferiste a mí sobre ella, yo te prefiero a ti sobre los demás. Y no hay nada de qué disculparse y justificarse: no controlamos a los demás, ellos actúan acorde a lo que creen correcto. No somos quien para censurarlos a menos que afecten las libertades de terceros.

–Chale…

–¿Qué?

–Eres como la mezcla entre Umberto y un activista por los derechos de las minorías. Mejor escribe un libro.

Santiago soltó una risotada.

–No, qué hueva.

–Pero si es lo que quieres.

–Pero tengo otro trabajo.

–Santi… deberías dedicarle tiempo a lo que te gusta. O sea, es muy raro tu trabajo y no sé si te gusta, porque ¿a quién le gustaría que lo asusten a cada rato? Pero, incluso así, tú siempre me decías, Mi verdadero empleo es escribir, esto otro es alterno, sólo para mantenerme.

–O sea… sí, pero no me pagan por escribir. Además, si vamos a adoptar a una niña, necesitamos el dinero.

Al decir eso, el rostro de Matías se iluminó de una forma que pocas veces había visto Santiago, con esa intensidad, con esa ligereza, con esa sonrisa.

–¿Estás emocionado?

–¿Por adoptar? Pues podrían pasar años y años, mi amor…

Matías guardó silencio pero lo observaba ensoñado, no despegaba la mirada de los ojos de Santiago, y le dijo:

–¿Sabes? Cuando estábamos más pequeños y yo me fui, ¿te acuerdas? Tres años me fui, y que regresamos a vivir junto a ti, luego de que mi madre muriera.

–Sí, cómo no habría de acordarme. Tenía roto el corazón, y se me rompió más cuando me dijiste lo de Melissa cuando regresaste.

–Ay, perdón…

–No te preocupes, no importa ya, te tengo y te amo. Pero bueno, ibas a decir algo de cuando no estábamos cerca.

–Pues igual y piensas que es pura mamada mía, así, tipo, Ay, sí, qué casualidad que quisieras eso cuando estábamos tan lejos.

–¿Pues qué era?

–Cuando estábamos lejos yo nunca dejaba de imaginarme la vida junto a ti… ¡neta!, aunque te burles y eso, y bueno, yo sé que me sentía mal al respecto y todo lo demás pero llegaba a soñar que estábamos tú, y yo, y teníamos un hijo.

–Sí, seguramente yo era el que se embarazaba, ¿cierto? –Dijo Santiago.

Matías lanzó una risotada.

–Ay, obviamente no, pero sí soñaba eso, y sí quería eso, aunque te burles. De hecho… ¡ay, no! De tan sólo acordarme me da pena.

Santiago hizo un gesto inquisitivo, se mostró interesado por tan genuino que se notó en su inflexión.

–¿Qué?

–Es que sí me da pena.

–Pero pues soy yo, me puedes contar todo.

–No, pues, si es por tu culpa que me pasó…

–¡Ah, caray! Antes tenías mi atención, pero ahora tienes mi interés.

–No decía así la película.

–Bueno, eso qué importa, señor cinéfilo –dijo Santiago–, ¿de qué te acordaste?

–Bueno, te voy a contar: es que una vez estaba con Melissa.

–¡Iugh!

–Ay, no te enojes, Santi, bien sabes por qué… quería aparentar, es todo.

Santiago sonrió decepcionado.

–Sí, lo sé.

–Estás… ¿celoso todavía?

Santiago ahora fingió sorpresa, pero se notaba que no era real.

–¡Pero cómo cree usted, joven!

–Ve el lado bueno, tú me ayudaste a descubrir que estaba equivocado. Y te lo agradezco mucho, mi amor –le dijo Matías para relajarlo.

–Bueno, bueno, está bien… ¿qué decías de que te acordaste?

–Pues que una vez estaba con ella en una fiesta y nos fuimos a una habitación…

–¿Y cómo es eso?

–No, no hicimos nada.

–No, o sea… cuando la besabas y eso… ¿qué sentías?

–Nada… de hecho ella sí me llegó a preguntar si estaba todo bien o si tenía problemas, ya sabes, porque cuando nos besábamos no… pues no se me paraba y eso.

–¡Ah, chinga! Pues ¿con cuántos se besó ella para ver que a todos sí se les paraba?

–No sé… me dijo que le decían sus amigas. Además, cuando estuvo conmigo pues sabemos muy bien que no andaba con alguien más, después de lo que hizo…

–Sí, eso sí… –dijo Santiago reflexionando–, se le rompió el corazón y no hubo vuelta atrás… pero bueno, como sea, eso no lo podemos cambiar, ¿verdad? ¿Qué pasó esa vez que fueron a la habitación?

–Pues nos fuimos a una habitación a parte y yo estaba muy nervioso porque no sabía qué iba a hacer, sin embargo, pues sí me puse a imaginar cosas, llegué a pensar que no estaba con ella, que estaba contigo.

¡Oh, my gosh!

Matías rio.

–¡Sí, qué caray! Como sea, el chiste es que llegamos y nos sentamos en la cama, cuando ella se acostó y me jaló con ella. Melissa estaba muy… pues…

–Ex–ci–ta–da, toda mojada, ya dilo.

–¡Ay, Santi!, tú y tus cosas… ella estaba intenseando mucho, pues. El chiste es que me dijo, Di mi nombre, Di mi nombre. Y pues yo no estaba con ella, te estaba imaginando a ti. El chiste es que me… bueno, dije tu nombre.

–¡Noooo! –Dijo Santiago con una sonrisa burlona, con los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas totalmente, sorprendido.

–Sí… sí, dije, ¡Santi, Santi!, y ella así como de, ¡Qué!, es que, además, ella había escuchado mucho de ti entonces… creo que se sorprendió mucho cuando dije Santiago en lugar de Melissa.

–Y ¿cómo no? Una simple confusión –dijo Santiago–, es que Santiago y Melissa suenan muy parecido, o sea, son las mismas letras y todo.

–Sí, sí, claro, sí –dijo Matías siguiendo el juego burlón de Santiago.

–Sí, sí, en efecto –terminó Santiago.

Se quedaron en silencio un rato, y luego Santiago continuó:

–Mira, la verdad es que… pues ella sí estaba enamorada de ti y se vio con todo lo que pasó luego, desde ese güey… ¿cómo se llamaba el güey con el que según estaba saliendo cuando tú empezaste a andar conmigo?

–Guillermo, creo.

–¡Ah, sí, Guillermo!, y pues… todo lo que hizo para llamar tu atención y, bueno, la salida que decidió tomar no fue la más sencilla ni mucho menos pero no quedaba ni en tus manos ni en las de nadie así que… ni qué decir.

–Sí, ni qué decir… –terminó Matías.

El celular de Santiago sonó, el tono de su correo. Lo tomó y vio que era Umberto.

–Uhm… me acaban de hacer llegar un caso, Umberto, habré de chambear.

–¿Hoy? Pero es domingo.

–Bueno, no he abierto el correo. Además, después de ayudarnos con lo nuestro pues no puedo decirle, Ay, es que me da hueva y quiero rascarle los huevos a mi hombre. No, pues no.

Matías sonrió y le dijo:

–Eres bien mamón.

–¡Pues claro!, pero soy tu mamón.

Comenzaron a besarse, así como las pasiones se comenzaron a encender, y justo cuando Matías iba a comenzar sus fricciones que tanto volvían loco a Santiago; su celular sonó. Lo llamaban, a Matías.

–¡Chale, en la mejor parte! –Dijo Santiago con decepción y jadeando. Matías se sentó sobre él sin dejar de mover la cadera y contestó.

–Sí, ¿bueno?

Santiago siempre se sorprendía de la habilidad de Matías para no hacer notar que estaban en medio del acto porque no era la primera vez que contestaba, a pesar de que Santiago le había dicho una y mil veces que no le gustaba que lo hiciera.

–Sí, soy yo… ah, okey…

En ese momento se dejó de mover. Santiago supo que era serio, pues notó que perdió firmeza casi al instante.

–¡Oh!, ya, ya… Excelente, sí, sí, sí, muchas gracias… muchas gracias, de verdad, sí, está aquí conmigo, yo se lo diré enseguida… sí…

Estaba sonriendo pero llorando también. Santiago frunció el ceño y justo cuando Matías dejó su celular y lo abrazó, se estrechó contra él llorando de felicidad, le preguntó:

–¿Qué pasó, Mati?, ¿qué pasó?

Matías se reincorporó un poco y lo volteó a ver a los ojos, aún llorando pero alegre, muy contento, y le dijo:

–La familia Bolaño nos aceptó, Santi, aceptaron que adoptáramos a la bebita de la que la mujer está embarazada. ¡Vamos a tener una hija! Sólo quieren que respetemos el nombre que le quieren poner.

–¿Y qué nombre quieren?

–María Magdalena.

Santiago lo vio un momento y le dijo:

–Vamos a tener una hija…

–¡Vamos a ser una familia! –Terminó Matías.

Santiago no dijo nada, casi se puso a llorar junto con Matías, pero solamente lo abrazó y ambos se estrecharon tanto como pudieron, como si se quisieran convertir en una sola persona. Sabían perfectamente que no lo harían, no se volverían uno, pero sí serían una familia. Y, desde hacía mucho, Santiago sintió esa felicidad, una sensación cálida en el pecho que no cambiaría por nada en el mundo.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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