Legión c.9: Entrevista con Lucifer

–Hay uno que dice ser Lucifer…

Cuando Umberto le dijo que, por fin, entre tantos casos en lo que él podría efectuar liberaciones, auxilio o simples favores a entes que no radican en una realidad que, desde hace muchos ayeres, no le parece la más tangible; Santiago dejó de hacer todo lo que tenía pendiente y se enfocó en esa nueva posesión. Cuando de posesiones se trata, hay una instrucción que Umberto dictó desde que tomó mando en el país: cuando el demonio dijese ser Lucifer, aún cuando no lo fuera porque a ellos les gusta mentir, le tendrían que avisar a él para saber cómo canalizar el caso. Lucifer es, de entre todos, el más peligroso. Umberto se lo explicó hace muchos años: cuando un demonio toma posesión de un cuerpo con la finalidad de dañar, hay medios humanos que pueden guiar a la liberación, la psicología entre esos medios, porque al suprimirse de cualquier forma la pulsión destructora, entonces el demonio mismo no ve finalidad en seguir en un cuerpo que no puede usar a libertad; sin embargo, Lucifer es una cosa distinta. Lucifer no posee para destruir, sino para jugar. Umberto se lo ejemplificó así: Dios es un administrador, lejos de ser un ente infinitamente bueno, se le ha dado ese calificativo porque establece el equilibrio que se ha roto. Cuando un demonio posee un cuerpo que no le pertenece, se rompe el equilibrio, entonces Dios entra en acción para sacarlo y, en el mejor de los casos, regresarlo hasta las profundidades tartáricas de las que salió; entonces se dice que es bueno, porque quiere reestablecer el equilibrio y la justicia. Pero, en ese caso, también decide quién va al cielo y quien no, decide un castigo, cosa que podría ser considerada no buena, no obstante, es justamente la que siempre ha tratado de cumplir y lo seguirá haciendo de la forma más eficiente. Dios es un estricto maestro que no quiere un solo pelo fuera de lugar en las cabelleras de sus criaturas porque, sabe, el más mínimo desliz puede tener las peores consecuencias tanto para la criatura en cuestión, como para todos los que la rodean. Por eso, a veces piensa, eso de dar libertad de elección, no fue tan buena idea, pero también debe ser decisión personal el querer ser bueno o malo, tanto como el dañado mental debe querer ayuda para poder encontrarla, pues de forma obligatoria, cualquier esfuerzo psicológico será estéril. Lo opuesto a una acción disciplinaria, sería la de la travesura, y es ahí donde Lucifer entra en acción. Al tentar a Adán y Eva, dijo Umberto, no fue una cuestión de ver si ellos eran buenos o malos, sino de si eran capaces de romper las reglas que tan férreamente les habían sido impuestas justamente para poder encontrar el camino de la cristificación, que es la que siguió Jesús. El camino a la iluminación, en cualquier religión o creencia, está llena de trabajo arduo; mientras que la del infierno, está lleno de diversión, libertad y flojera. Los pecados no radican en algo malo que puedas hacer, sino en romper la regla, en pervertir la finalidad de la misma, en acabar haciendo lo que la regla no te permite hacer. Satanás, al poseer, se divierte porque así rompe la obstinada disciplina que Dios querría que sus hijos tuvieran para ser como él, o como su hijo, para que puedan vencer a la muerte. Si rompes las reglas, mueres, pero mueres feliz; si no las rompes, vences a la muerte, pero según la perspectiva luciferiana, no eres feliz, no te diviertes. Es la adrenalina de romper una regla lo que le da poder a Lucifer, no el miedo, porque el miedo paraliza; pero la adrenalina activa y te hace buscar, encontrar y alcanzar tu finalidad, que torcida es, pero que te produce un bienestar por haberlo encontrado por ti mismo. Dios es un cúmulo de reglas por seguir para encontrar el punto más alto de bendición y bienestar; Lucifer es encontrar un punto cualquiera haciendo tú tus propias reglas aunque estas puedan resultar peligrosas, contradictorias, ineficaces o incluso dañinas. Lo que Lucifer quiere, le dijo Umberto en sus clases, es alguien que se ponga al tú por tú con él, pero de forma inteligente. A él no le gusta ser expulsado de forma violenta, como lo sería el exorcismo, porque eso significa aplicar las reglas divinas. Lucifer está destinado a perder en toda ocasión, además, si de reglas se trata, porque Dios las establece, y Lucifer las rompe; así diríamos que el poseído lleva al desorden, hace lucir como si la naturaleza misma del hombre está en la de inclinarse a la entropía, no al equilibrio. Es por eso que no importa cómo y por qué, Dios tiene las de ganar en un mundo donde él puso las reglas, aunque sean contrarias. Claro es, que los demonios y el mismo Lucifer llegan a ganar también por momentos, porque por cada exorcismo fallido, la voluntad creyente en el señor Dios aumentan, porque así buscarían los mortales su protección ante otro ataque.

Le pide a Umberto que maneje porque quiere llegar concentrado, enfocado, descansado. Ya había retomado su rutina de ejercicio, había comenzado a comer mejor, a beber menos alcohol, diariamente; se sentía en proceso de desintoxicación, y ahora iría, sí, a liberar a alguien, pero también a obtener respuestas.

–¿Crees que te recuerde? –Le pregunta Umberto, el hombre de edad, que todavía tiene la voz de poder, reflejos de ninja, y energía de niño pequeño para andar de un lado para el otro.

–No sé, fue hace muchos años… el caso de Roberto, de hecho. No creo que me recuerde, y sería conveniente, así podría de verdad investigar si es él o no.

–¿Ya tienes las preguntas hechas?

–Preguntas y el proceso para sacarle la verdad. Lucifer es muy, muy inteligente. Hay que estar al nivel… deberé engañarlo de alguna forma.

–Engañar al rey del engaño… eso suena bastante… se me fue la palabra.

–¿Ambicioso?

–¡Exacto! Mi muchacho sigue tiendo gran agudeza mental, eso me gusta, y quiere decir que estás listo.

–¿Con una simple palabra sabes si estoy agudo mentalmente o no? –Le pregunta Santi viéndolo con una sonrisa burlona.

–Yo tengo mis métodos, muchacho, y sé que funcionan.

–Nunca he dudado de ellos, mi buen amigo.

–Sin embargo –dice Umberto para detenerse en un semáforo–, no luces muy descansado. No has dormido bien, ¿verdad?

–A veces me impresiona lo bien que me conoces y que sabes que siento.

–Es una habilidad entrenada… ¿qué has estado haciendo?

–Viendo los videos de seguridad de mi casa.

–Santiago… ¿qué?

–No estoy viendo lo que pasó ese día, Umberto, no estoy loco… no podría verlos, ni siquiera.

–¿Entonces?

–Veo lo que pasó antes de que Mati perdiera la cordura.

–¿Y has encontrado algo?

–A las tres de la mañana, del mismo día de aquello, hay un momento en que la grabación tiene un error.

–¿Cuál de todas las grabaciones? Hay varias cámaras en tu casa.

–En todas.

–¿Y qué hay?

–El segundo uno de las tres de la mañana dura más de un segundo.

–¿Cómo?

–Al dar las tres de la mañana exactamente, el segundero, lo que registra el tiempo, pasa más de un segundo para dar el primer segundo. Se queda en tres con ceros por más tiempo del que debería.

–¿Cambiaron las grabaciones? Pero eso sería imposible, o sea, son cámaras digitales, si fueran analógicas con casetes y así pues… entendería el error, pero ¿grabaciones en memorias internas? No sé qué tan probable o factible sea eso.

–¡Pero si mira! –Dice Santiago contento–, mi buen amigo está actualizado en las tecnologías.

–Pues estoy con un millennial, tengo que seguirle el paso.

Santiago ríe quedamente.

–Entonces… –dice Umberto–, ¿eso es todo?

–No, mi buen amigo, y de hecho quería pedirte un favor, tú que todo lo sabes, que todo lo conoces, que conoces a gente y pues… es uno de esos favores que necesitamos de expertos y a escondidas.

–Pídelo, hijo, y se te concederá.

Santiago levanta un poco la cadera, tiene muy adoloridas las nalgas por el ejercicio de gimnasio y ve que rápidamente recupera fuerza, volumen, y pierde grasa corporal; pero le duele todo el cuerpo. De su bolsillo trasero saca una bolsita de plástico, de esas herméticas, y la deja en el cenicero. Umberto le da una ojeada rápida pues va manejando, frunce el ceño, y le dice:

–¿Pelo?

–Pelo.

–¿De quién es?

–No sé, Umberto, es lo que necesito saber.

–Santiago, ¿de qué te serviría saber de quién es ese cabello? –Pregunta Umberto tratando de sonar flexible, pero decisivo, para así indicar decisión en la conclusión de su amigo y pupilo.

–Porque… –Santiago suspira, ve al frente y se siente perderse un poco, rememora, la culpa se vuelve un nudo en su estómago y en su garganta, pero no llorará, no es momento, debe llegar fuerte– porque he pensado y hay posibilidad de que yo haya entregado a Matías a ese demonio que torturaba a esa alma que liberé.

Ante lo confesado, Umberto da un frenón, un auto atrás suena el claxon enojado, pero logra reincorporarse al camino y a la velocidad indicada por la vía rápida.

–¡Santiago!… No… no puede ser, tú… ¿por qué harías eso?

–No sé, no lo hice conscientemente.

–Tú no estás en calidad de poseído, yo lo sabría.

–¿Entonces qué puedo hacer? Es justamente por eso que quiero hablar con Lucifer antes de liberar el alma de hoy… necesito respuestas.

Umberto arquea las cejas y suspira también.

–Yo… yo investigaré eso, mi hijo, pero el que tú mismo te estés culpando de algo como eso no es bueno, es veneno, Santiago, yo te conozco y sé que jamás, jamás… harías eso.

–Pero qué tal si…

Umberto lo interrumpe.

–Si… si… no pienses en esa posibilidad, no hay lugar a eso.

–No habría otra forma en la que el demonio haya entrado tan rápido en Matías, eso si es que fue poseído.

–¿Crees que fue poseído?

–Si no ¿cómo explicarlo? Umberto, el caso fue… internacional. Una pareja homosexual que adopta y años después uno de ellos revela su patología monstruosa… no, no puede ser así… no puede ser que se haya esperado para…

–¡Santiago! –Interrumpe Umberto. Santiago se talla los ojos y dice:

–Lo siento, es que… los medios nos destrozaron, Umberto, y no ayudó en nada que Gillien estuviera todo el tiempo diciendo cosas sobre nosotros los jotos desviados.

–Gillien es historia pasada, su vida de exorcista se acabó, es un fanfarrón, un charlatán… no te ocupes en esas cosas, hijo.

–Umberto… –dice Santiago para voltearlo a ver, aunque no recibe su amable mirada a cambio pues está manejando– Matías la… antes de dejarla sin vida… –silencio, no lo puede decir–… como sea, luego se mató. Matías no hubiera hecho eso –dice regresando la mirada al frente, negando con la cabeza–, no lo pudo haber hecho. Él no, él no…

Umberto guarda silencio un rato y luego dice:

–Santiago –y luego pregunta con voz clara y sonante–: Cuando le diste el cabello al demonio de esa vez, ¿viste si era ese cabello que habías recolectado tú?

Santiago suspira, cierra los ojos, rememora, frunce el ceño y los vuelve a abrir:

–No puedo recordar.

Umberto vuelve a arquear las cejas, luego frunce el ceño, reflexionando, tratando él de dilucidar algo, pero no lo logra tampoco.

–No pudiste haberlo hecho, Santiago, no eres así.

–No lo haría jamás, Umberto –dice volteando a la ventanilla–, yo amaba a Mati y a mi hija… los amaba con toda mi alma a los dos.

–Lo sé… lo sé –dice Umberto en susurro para dejarlo, a Santi, hundirse un poco en sus pensamientos y que se tranquilice.

Llegan a la iglesia, esta vez será en un templo, la mujer fue movida ahí para poder efectuar el exorcismo de forma más eficiente aunque no ha funcionado tan bien como todos lo hubieran querido. Una mujer de cincuenta años que comenzó el proceso de posesión escuchando que las puertas de su casa se abrían y se cerraban solas, la televisión se encendía por las noches a todo volumen, así como siempre que buscaba algo nunca lo encontraba, como sus aretes o joyería, y días después aparecían justo donde había buscado al inicio. Continuó vaticinando muertes de seres allegados, de su misma familia. A su hija le dijo que su novio moriría aplastado, y dos días después un tráiler no lo vio por el punto ciego y deshizo su auto compacto en la autopista; a su esposo le dijo que su mejor amigo moriría viendo las estrellas, y dos días después le cayó una maceta en la cabeza cuando iba caminando, por la noche, del trabajo a su casa. Comenzó a mostrar síntomas de aversión a crucifijos, los quitaba de la casa y al tocarlos, en cuestión de minutos, notaba en las palmas de sus manos como si hubiera agarrado algo muy caliente, como si hubiera puesto sus manos sobre la plancha o sobre un sartén muy caliente. En una ocasión, estaba cocinando, y al ir su hija a la cocina para acompañarla, vio que todo estaba humeando sobre la estufa pero que no había fuego encendido, y aún así, todo hervía como si así fuera. En una ocasión, pidió a su esposo que le ayudara porque sentía el cuello raro, sorpresa se llevaría él al llegar a su habitación, pues ella estaba sentada a la orilla de la cama y observaba directamente a su esposo llegar, pues el cuello parecía no tener músculos, así que su cabeza cayó hacia atrás y lo recibió con una mueca burlona diciéndole, Ay, ya no te preocupes, ya no lo siento ni siquiera, y que, al empezar a reír desquiciadamente, el esposo creyó ver colmillos amarillos y putrefactos en lugar de sus dientes naturales.

Diferentes fenómenos fueron reportados y registrados en medios audiovisuales para aportar pruebas para llevar a cabo el exorcismo. Uno de ellos fue un video de su hija, que por la noche iba llegando por la noche de una fiesta y escuchó, antes de entrar a la casa, que su madre le decía, Qué bueno que llegaste, no podía dormir, mijita. Eso sucedió antes de encender la cámara del celular, y lo hizo para grabar a su madre que estaba en bata para dormir en el techo de su casa. En el video, que vio Santiago, se nota a ella, a la madre, en la oscuridad iluminada apenas por la luminaria pública en un tono amarillento, los ojos de la señora brillaban reflejando los de la luz, a pesar de que estaba despejado el cielo sin el más mínimo rastro de nube alguna, no había estrellas, y la luna, que la hija aseguraba era luna llena, no estaba. Entonces, alcanzó a captar a la mamá parada de manos, viéndola directamente, torciendo el cuello inhumanamente para poder ver a su hija. Se escucha, en el video que ella grababa temblorosa, su llanto y su terror. Y si bien, eso parecía lo peor, ella, la mamá, comenzó a bajar por la pared lisa donde no había agujeros ni forma alguna de donde ella pudiera irse agarrando; en cambio, daba puñetazos a la pared que lograban romperla, a pesar de que era cemento, y así comenzó a bajar, siempre con los pies hacia arriba, de cabeza, sin dejar de ver directamente a la hija, dando la ilusión, que veía a quien el video observara. Las manos le acabaron despellejadas y sangrantes por haber bajado así.

En otra ocasión, el marido comenzó a escuchar ruidos, así que encendió su celular. Ahí están, se escuchaba él en la grabación, ahí están los golpes, vienen de arriba, sin embargo, mi mujer está… estaba aquí tejiendo, dijo para grabar una pequeña estancia donde había un estambre y una prenda a medio hacer. El marido se acercó al trabajo de ella y con una mano vio que el tejido tenía la forma de una cabeza de cabra con dos enormes cuernos curvos y sangraba, salía sangre de sus ojos. Se escuchó, entonces, por atrás, que la voz de su mujer entremezclada con otra que eran mil voces pero una al mismo tiempo, le dijo, Ay, Rogelio, ya te dije que no me gusta que veas mis bordados hasta que los acabe. Entonces volteó la grabación y ahí estaba ella, caminando, pero sobre el techo, y una vez más, con el cuello torcido de forma que no podría hacerlo un ser humano normal.

Comenzaron el exorcismo un par de meses atrás pero lejos de lograr mejorías, la paciente mostraba que no se rendía, los eventos sobrenaturales se volvían más frecuentes, simplemente parecía ser invencible y que acabaría con la vida de ella pues no comía nada que no fuera tierra seca de maceta.

Santiago bajó del auto, y por la ventanilla le dijo a su mejor amigo:

–¿Te veo cuando acabe?

–Te veo cuando acabes, muchacho.

Santiago sonríe sin mostrar los dientes, sólo con los labios. Observa la iglesia que tiene un tinte de oscuridad, sus vitrales son todos color ámbar, cuando en realidad, no es así, además de que todos los ojos de las figuras de cristal son rojos, cuando no es tampoco así en realidad. Él lo sabía, le mandaron fotos de la iglesia también para que viera ese cambio también. Esos colores no son los reales. Hace frío desde aquí, desde donde está, y no quiere imaginarse el olor que va a encontrar una vez que entre. Saca su audífono, lo pone en su oído bueno, y deja que suene una canción, una de las que más energía le transmiten, porque hoy necesitará mucha de ésta para lograr su cometido. Musta-krakish, Musta-krakish, Musta-krakish (The time has come), Musta-krakish (To awaken him), Musta-krakish, Musta-krakish, Musta-krakish (I call upon the ancient lords of the underworld),Musta-krakish (To bring forth this beast and, awaken, awaken, awaken… y un gemido de dolor llega a su oído falto, un gemido muy alargado como de aquella persona que no quiere seguir de una forma, que quiere que algo cambie, pero no puede. Le recordó mucho a uno de Sara Goldfarb en la película de Réquiem por un sueño. Así, supo que venía en buen auxilio de un alma atormentada y adolecida ya por más tiempo del que debió ser.

Camina hacia la iglesia y puede ver que de los ojos de los vitrales parece escurrir un denso líquido, como aceite quemado, que debía parecer sangre o, al menos, eso supone Santiago. Pero no siente miedo, y muy al contrario, entra más decidido aún, pues sólo uno sería capaz de burlarse de esa forma, aunque aún habría de descubrirlo.

Justo afuera de la sacristía, lo espera un monaguillo con su hábito y su cabeza rapada. Santiago frunce el ceño, no piden eso en la iglesia.

–Padre, qué bueno que ha venido.

Santiago confirma, no quiere dar ninguna herramienta para que Lucifer lo descubra a él antes de él descubrirlo. Engaño contra el engañoso, a Santiago le parece una buena técnica aunque también debe tener cuidado.

–Gracias, ¿comenzaron ya el ritual de esta noche?

–Los padres están tomando un descanso, al parecer la verdadera Sara ha regresado momentáneamente. Está tomando agua.

–Muy bien… voy a entrar ya.

–Pero… pero están descansando.

–No necesito padres, y Umberto ya ha avisado que yo trabajo solo.

–Sara es… bueno, Sara, no el demonio.

–Sí, y el demonio sabe engañar, cosa que no han entendido muy bien, al parecer –contesta Santiago cortés, pero decidido.

Salen los curas y él observa desde la puerta: en la habitación de la sacristía, han atiborrado tanto con figuras e íconos religiosos que apenas y cabe la gente ahí. Espera a que todos salgan, haciendo a cada un movimiento de cabeza. Se da cuenta que la mujer lo observa fijamente. Sigue con su audífono y su música, y alcanza a escuchar el mismo gemido otra vez, pero más fuerte, mucho más claro, una palabra no hablada, implorando ayuda.

–Padre, gracias por venir –dice ella con su voz adolorida. Tiene la boca llena de algo negro, lodoso, como tierra, está tan delgada que parece que se va a romper, así como está amarrada de pies y manos a la cama. El cabello es ralo y apenas tiene, sólo costras, casi no le queda nada. Recuerda que en los videos tenía el cabello castaño, y ahora todo es canoso, al menos el poco que le queda. Los ojos los tiene hinchados y en enormes bolsas moradas por debajo, todo su rostro está como alargado, como si la hubieran estirado y ella fuera de plastilina. Cansada está, agotada, apenas puede mantenerse despierta, como si no hubiera dormido en semanas y semanas. Cosa real, por cierto. Tiene la boca abierta y la cabeza inclinada, de lado.

Santiago no contesta, camina a una silla que está al lado de la cama, apenas a unos centímetros de ella, no sin antes cerrar la puerta. Huele a orina y excremento. Ella lo sigue con la mirada sin sonreír.

–Padre, ayúdeme por favor.

Santiago no contesta y comienza a colocar sobre la mesa, sus frascos con agua bendita, sal, una biblia, el ritual romano, su medalla de San Benito y un rosario. Al ver la medalla, ella emite un gruñido casi inexistente, pero presente.

–Padre, ayúdeme por favor… ¿o sólo porque no tengo verga no me va a querer ayudar?

Santiago la observa de reojo, pero no contesta. Entonces voltea a silla para quedar frente a ella y simplemente la observa fijamente, sólo respira tranquilamente.

–He de admitir que usted debe ser muy inteligente o muy estúpido para entrar solo, ¿sabe? –Se percata Santiago que ahora su voz es más masculina, un toque masculino, pero no porque se haya engruesado o ella lo imite: su voz está entremezclada con otra apenas audible–, nadie debería hacerlo, todos necesitan ayuda.

Santiago, una vez más, la observa y solamente arquea una ceja, juzgando.

–¡Bah!, me encantaría tener una de esas vergas pequeñas, erectas y lampiñas como le gustan tanto a usted, padre, para que me ayude… aunque, bueno, le tengo una propuesta: ¿qué tal si le ofrezco al monaguillo de afuera? De seguro la tiene como le apasionan… rositas.

Santiago, sin contestar, solamente emitiendo una mueca de decepción, se inclina a la mesa donde tiene sus artilugios, mientras ella continúa.

–¿Y qué tal la familia, padre?, ¿todo bien? ¡Ah, no! –ríe burlonamente–, están muertos porque uno resultó ser un joto desviado.

En ese momento, fruto de un coraje que no quiso ocultar, así como de una emoción poderosa que nace en su estómago que tiene que suprimir pues, de no ser así, la habría golpeado directamente en el hocico; le echa y baña toda la cara con agua. Ella comienza a pegar poderosos gritos de dolor que se escucharían hasta afuera de la iglesia y en las cuadras circundantes. La boca se le estira tanto que Santiago piensa que se dislocaría, sus ojos se tornan blancos en su totalidad, se le cae la saliva, tuerce el cuello y escucha crujir, casi lo voltea 180 grados, gime de dolor no con la voz de mujer, sino con una masculina que es una y mil a la vez, la reconoce, Santiago está casi seguro de que es él. Afuera aporrean la puerta pero le cerró con seguro, así que no entrarán, tendrían que tumbarla. Cuando ella deja de gritar, él solamente la observa, apenas una mueca de disgusto y triunfo muestra.

–¡Todo está bajo control, descansen! –Dice Santiago a los de afuera sin dejar de verla. Ella lo ve con los ojos blanco, con esa mueca de dolor, con la boca como dislocada, de lado, y la piel quemada como si le hubiera echado ácido. Algo trata de articular pero la mandíbula no se le mueve. Ve cómo las pupilas van de arriba para abajo, y luego vuelven a bajar desde arriba, como si estuvieran girando una y otra vez. Entonces, Santiago se queda en silencio, arquea las cejas momentáneamente y lo observa con un gesto triunfal, ligeramente, como si esperara otra prueba. Voltea la cabeza al otro lado y un fuerte crujido de hueso suena, la boca se le regresa a su posición original, los ojos se inyectan de negro, totalmente, no sabe si hay pupila o si no, y le dice:

–¿Dónde están tus habilidades histriónicas, padre?, ¿sólo al ver verga te emocionas un poco, pinche joto?

Santiago toma la botella de plástico, que no tiene etiqueta, la pone frente a ella pero sin acercarse tanto, y le dice:

–Esto es agua embotellada, no agua bendita.

El gesto de dolor, dureza, horror e insania se relaja, una mueca de ironía así como de extrañeza mezclada con sorpresa se forma en ella. La piel, que parecía quemada, vuelve a su naturaleza, pero los ojos se quedan negros, así como se saltan las venas alrededor, de los párpados y de las bolsas de los ojos. Suspira.

–Hijo de perra… ¡me agarraste!

–No, no te agarré –dice sonriendo pícaramente–, no eres mi tipo, ¿sabes? Muy femenina… te falta verga.

De repente un pequeño punto amarillo brilla en sus ojos, como si reflejara una luz que de sobra, Santiago sabe que no está en la habitación. Ella comienza a reír desquiciadamente, como loca de remate, abre mucho los ojos, la boca se muestra con las encías salidas exageradamente, hinchadas, sangrantes, y en lugar de dientes tiene colmillos amarillos. Saca la lengua y la mueve como si fuera de víbora, y jadea, jadea mucho, para, de repente, detenerse, y observarlo, serio, solamente lo ve.

–Hueles a mierda, padre.

–Curioso: tú casi te cagas al yo entrar.

Ahora, muy en contra de lo que esperaba Santi, ella o él, toma una mueca extrañada, con los ojos entrecerrados, expectante.

–Tú… tú eres…

–En efecto, lo soy.

Ella guarda silencio. Luego de un rato de observarse los dos mutuamente, ella sonríe genuinamente afirmando con la cabeza.

–Ya te recuerdo… ¡te recuerdo! Eres ese señor homosexual que me ofreció el cuerpo de un criminal a cambio de dejar el cuerpo de Roberto, ¿verdad?

–No lo sé, tú dime.

Ríe con la boca cerrada Satanás.

–Sí, eres tú. ¡Qué giros de la vida! No pensé en verte otra vez.

–Te he estado buscando.

Sara la endemoniada, arquea las cejas.

–Oh… no me digas que ya eres parte de una secta satánica, esperaba mucho más de ti.

Santiago solamente niega con la cabeza.

–No es eso.

–Me has venido a ofrecer otro cuerpo criminal, ¿no?, porque si no… ¿a qué chingados viniste?

Suelta humo por la boca como si fumara.

–En efecto, he venido a eso…

Ella sonríe.

–A cambio de información –termina él.

La sonrisa desaparece.

–Estás pero bien pendejo.

–No me digas…

–Sí. ¿Por qué yo, el señor de las tinieblas y el engaño, el gran Dragón, la gran serpiente…

Es interrumpido.

–Porque podría esto estar afectándote a ti también, tanto como a mí.

Sorpresa, luego interés en una sonrisa macabra en su rostro.

–Oh, algo que el Satanás –al decir Satanás, su voz sonó como las llamas–, no sabe… eso es imposible, mi querido traga-vergas. Digo, es que Satanás es que el que lleva los papeles en orden, ya sabes. Da igual: ¡Dame ese cabello y me voy en seguida! La verdad es que, acá entre nos –medio frunce el ceño y menea afirmativamente la cabeza–, eso de tragar tierra duele… ya sabes… en el nudo de globo.

Santiago trata de evitarlo, pero sonríe.

–Me caes bien, me caes bien, me gustas, mi querido traga-vergas… no eres un cura, y tenemos un poco de diversión. Acabemos esta entrevista con Lucifer y dame el cabello.

Santiago menea la cabeza negativamente.

–No, hasta que me digas algo.

El semblante, que era risueño, de ella; cambia a uno de coraje despectivo, como si quisiera ver a todos los homosexuales muertos.

–No olvides –dice con la voz profunda y gutural, al mismo tiempo que todas las luces se vuelven casi nulas, y la habitación pareciera estarse cerrando sobre ellos–, que aún puedo matarte si así lo deseo, pinche pasivita.

–No, no puedes… –dice Santiago como si hubiera aguantado la respiración por mucho tiempo y todo regresa a la normalidad.

–¿Y cómo lo sabes?

–Sé quién me protege.

–Dios no –dice burlón.

–Ya sé que él no…

Silencio. Expectativa.

–Bueno –continúa Lucifer–, un intercambio una vez más: yo te digo qué quieres saber y tú me das un cuerpo nuevo qué visitar… ¿qué traes hoy? He escuchado muy buenos tratos tuyos con otros demonios.

Santiago sonríe y arquea las cejas.

–¡No me digas!

–¡Oh, sí, sí, sí!, eres muy popular. Imagínate, eres tan popular, que entre los mismos demonios te tienen una especie de… no sé cómo decirlo… protección.

Santiago frunce el ceño sin comprender muy bien lo que dice.

–¿Cómo?

Satanás, al hablar, exagera mucho sus gestos.

–Bueno… los demonios ya saben de ti, Santiago Umberto… saben que, si te encuentran como exorcista, tú les ofrecerás un alma putrefacta… mira, eso suena ayudar al Señor pero al fin de cuentas, nosotros poseemos el alma que tú nos das, y eso es igual a hacer enojar al Señor… así que… todos ganamos –termina con una sonrisa que, alcanza a ver, entre dientes corren gusanos.

–¿Tengo amigos en… el infierno?

–Amigos no, aliados estratégicos… –Satanás toma un semblante pensativo–, es como un acuerdo tácito: tu cabeza vale, obviamente, porque no hay nada mejor que pervertir un alma inocente pero… lo que nos ofreces vale mucho así que… sí, quien trajera tu cabeza tendría un premio, pero la cabeza de ese ente sería la más buscada en los siete círculos del infierno.

Santiago escucha sin creerlo pues, pensó siempre que ayudaba a Dios, pero, a cambio, parecía estar ayudando a Lucifer.

–Los demonios me…

–Protegen también… sí, incluido yo, sinceramente. Me gusta hablar con alguien con huevos, digo, a ti te encanta olerlos, y saborearlos –Satanás nota como Santiago se sonroja–, no te preocupes, es normal… pero te sobran, definitivamente tienes mucho valor.

Santiago lo observa con coraje.

–Y qué hay de mi familia… ¿a ellos no los protegen?

Lucifer reflexiona y dice:

–¿Matías y la niña? Sí, están dentro del contrato.

–¿Entonces por qué le hizo eso? –Pregunta Santiago entre dientes. Lucifer se queda incomprensible y expectante.

–¿Perdón?

–Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.

–Permíteme diferir…

–¡PUTA MADRE! –Grita Santiago para levantarse y azotar la silla contra el suelo, la rompe, luego se recarga, de espaldas, contra la pared, y lentamente se va tirando al suelo para llorar. Gemidos que trata de ahogar salen de su garganta. Sara-Lucifer lo observa con asco y detenimiento.

–Te aviso que lo que voy a hacer es para poder hablar contigo… de todos modos –dice observando fugazmente la medalla de San Benito–, no puedo pasar esa protección–. Se libera de las amarras, estas se desatan y rompen como si fueran de papel, y ella se sienta, con las piernas de hueso colgando desde la cama– ¿Qué pasó?

–A María, Matías la…

–No digas el nombre de ella de nuevo, por favor, es como si alguien metiera un taladro encendido en mi oreja… tengo dos, a diferencia de ti, pero duele… Ahora, entre todos los pervertidos y demás, Matías… –Satanás piensa un rato–, no, a la niña no le haría eso… –toma una mueca de incomprensión–, a la niña nunca… No, a nadie, él era un buen padre, tanto como tú. Un buen ser humano.

–Entonces, ¿quién lo obligó a hacerlo?

–Como te dije antes, joven… ya sé que eres adulto pero yo soy tan viejo que para mí todos son jóvenes, además tienes cara de bebé; como sea… como te dije, era un acuerdo tácito, tú y tu familia eran respetados por eso.

–¿Quién lo hizo? –Le pregunta Santiago viéndolo a los ojos con gran coraje–, ¿quién lo poseyó para obligarlo a hacer eso?

Sara-Lucifer lo observa por momentos y le dice:

–Préstame tu celular.

–¿Qué?

–Voy a hablarle a la que sabe del tema.

–¿Lilith?

–¡Ay!, qué inteligente –le dice Sara-Lucifer con una mueca burlona.

–¿Le quieres hablar por celular? –Pregunta Santiago incomprensible.

–¡Es más fácil! Le puedo hablar por Ouija pero toma más tiempo. Anda…

Santiago le da su celular, ella-él lo toma y sopla, luego lo pone en su oído y dice:

–Lilith, mi amor, ven por favor.

Cuelga. Al instante la puerta se abre, que estaba cerrada por dentro, y entra un hombre tan atractivo para Santiago que casi se le olvida su penar y se quiere lanzar sobre él y recorrer con la lengua cada centímetro cuadrado de ese cuerpo, en especial, de ese sexo; pero las lágrimas le ganan.

–Pensé que Lilith era mujer…

–Lo soy –le dice el hombre con la voz femenina más sensual que jamás, incluso como homosexual, ha escuchado–, pero todos ven lo que quieren en mí, ya sabes, sexualmente… –luego frunce el ceño y dice–… ¿y este quién es?

–Te presento, maldita súcuba-íncuba, a Santiago, el Caronte del demonio.

Ella-él lo voltea a ver como si viera a una genuina celebridad.

–¡Entonces sí eres puñal! –No lo puede creer y su gesto resulta hasta cómico–, ¡guau!, es un honor.

–¿Por qué la llamaste? –Le pregunta Santiago a Sara-Satanás.

–Porque cada ángel caído tiene en su poder a los demonios que poseen ciertas características. Por ejemplo, Behemoth poseyó a Hitler, y Hitler hizo grandes cosas, y Behemoth significa…

–Enorme, grande –termina Santiago.

–En efecto. Esta posesión de la que hablas es primordialmente sexual así que es Lilith la que se encarga de ellas, y nada se nos pasa. No hay posesión de la que no estemos enterados.

–¿Por qué Matías hizo lo que hizo antes de matarse?

Lilith, el hombre, observa un rato, da una media vuelta en la habitación, y regresa.

–No hubo demonio que lo poseyera.

–¡Matías nunca hubiera hecho eso por sí mismo!

–Lo sé –dice ella-él con genuina preocupación. Observa fijamente a Lucifer–. Esto no fue hecho por nosotros.

Santiago voltea a Sara-Lucifer que pierde la mirada en algún punto de la habitación.

–Lo que te voy a decir es totalmente confidencial, sin embargo, tendrías que confirmarlo –Santiago se pone de pie y afirma con la cabeza muy seriamente–… Bien… Matías no lo haría, y Lilith dice que no hay demonio que lo haya hecho. Si tú estás en lo correcto, y Matías fue poseído, eso significa que… no lo hizo un demonio.

–¿Cómo?

–No fue un demonio ni un ángel caído, fue… alguien más… –dice Sara-Lucifer con cierto recelo–, alguien no maldito.

Santiago abre mucho los ojos y observa a lugares aleatorios en la habitación.

–Si no fue un caído o un maldito, no hay ser –dice Santiago–, que pueda poseer un cuerpo que no sea un… –observa directamente a Sara-Lucifer–… un bendito.

–Si este caso –dice Lucifer cautelosamente–, se trata de una posesión, no fue hecha por nadie de nosotros –dice con genuina consternación viendo a Lilith–… pronto habrá otro caído.

–¿Un ángel? ¿Y por qué un ángel poseería a mi Matías de esa forma?

–Es mi suposición, Santiago, sin embargo, no sabemos si es así… pero hay alguien que sí.

–¿Quién?

–Verás: Dios se encarga de juzgar, yo me encargo de jugar… pero hay una que se encarga de los muertos. No la vas encontrar fácilmente, debes ir a un lugar donde haya habido alguien que ya debía morir, pero que de alguna forma la libró. La Muerte es la única que te puede asegurar y decir la razón de la muerte de alguien. Y yo no sé si ella haga intercambios como los que tú haces con nosotros. Ella no puede interferir en el proceso de muerte, sólo actúa cuando alguien muere en sí.

Santiago simplemente no lo puede creer. La consternación hunde su rostro.

–O sea que debo encontrar a alguien que ya debió haber muerto pero que no lo ha hecho… eso es cualquiera… –dice Santiago.

–No –dice Sara-Satanás–, investiga en el sur, el último país colindando en la frontera sur. Dile a tu protector… sabrá él a qué me refiero. Ahí hay uno que debía morir hace cientos de años…

Santiago saca de su bolsillo trasero una bolsa transparente de plástico con un mechón de cabello.

–Este güey es un magnate con mucho dinero y un sistema de trata de blancas… es un regalo –termina Santiago diciendo a Sara-Lucifer.

Los padres y el monaguillo ven la luz del sol salir, cuando la puerta se abre, Santiago se arregla el cabello y dice:

–Amén y enhorabuena, cabrones. Denle algo de comer, algo ligero, sopa de verdura, nada de carne. Su estómago no va a aguantar –dice para irse sin voltear atrás. Todos ven que ella, Sara, duerme tranquilamente como un ángel, mientras que en la pared se muestra la figura de Jesús, con sangre en costra, con cuernos, y una mueca burlona.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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