Legión c. 10: Feliz cumpleaños

Santiago tenía sentimientos encontrados ese día en que vería a Matías después de tres largos años. No sabía cómo se vería él, o si él mismo se vería bien. Estaba nervioso al inicio, se sentía torpe y no sabía qué le diría, no tenía tema de conversación más que una queja: en su último cumpleaños, que había sido casi 6 meses atrás, Matías le había dejado de contestar, para luego, de repente, decirle que regresaría. Le parecía extraño y lo había tomado como una afrenta personal. Por mucho tiempo, Santiago se preguntó qué era lo que había hecho mal como para que su Matías no le contestara. Así que sentía que no lo quería ver, pero al mismo tiempo había esperado tanto poder tenerlo en frente una vez más. Era como un anhelo tan profundo que no sabía si era real, le parecía tan extraño que después de tanto querer por fin se cumpliera, parecía un sueño volviéndose realidad; y justo por eso le parecía más una fantasía, un acto de su imaginación. Habían quedado de verse en una plaza comercial para caminar un rato y de ahí, seguramente, ir a la casa de alguno de los dos para ver películas y acabar el día.

Santi estaba sentado en una silla con los nervios comiéndolo y volteó hacia una de las entradas del lugar y lo vio, por fin, después de tanto tiempo: Matías había crecido, de hecho eran ya de la misma estatura, su cabello más largo dejaba ver esas ondulaciones castañas casi negras que caían en su frente, su gesto seguía siendo el del niño pequeño que conoció pero ya embarnecido, más ancho de hombros, con un mentón relativamente pronunciado, una playera que dejaba ver el trabajo físico de su cuerpo, y unos pants que no dejaban mucho a la imaginación. Santiago sintió un vuelco en el estómago como nunca antes lo había sentido. Se vieron directamente y se sonrieron, caminaron el uno al otro, en realidad aguantaron las ganas de correr, y se abrazaron, un fuerte abrazo muy largo, de varios minutos, en el que ambos solamente cerraron los ojos, apoyaron sus cabezas en el hombro ajeno, y se quedaron ahí, respirando cada uno el olor del otro hasta que por fin decidieron separarse y comenzar a hablar al mismo tiempo que recorrían todo el lugar sin prestar atención especial a nada que no fuera lo que el otro estaba diciendo.

Luego de ir a ver ropa, y de que Matías se midiera playeras en frente de Santiago como si el pudor no fuera algo que lo afectara, decidieron ir a comer un helado. Santiago se sentía como atontado, como afectado por bebida, como si hubiera consumido alcohol y tuviera esa sensación de flotar al caminar y ese cosquilleo en las mejillas. Al salir de los probadores, se confrontó a varias ocasiones en que se le trababa la lengua pues estaba engatusado: ver a Matías sin playera le fue un golpe al hígado. Se recuperó, sin embargo, se sentaron uno frente al otro en una mesa pequeña mientras comían su respectivo helado cada uno de ellos.

–… pero fuiste tú el que me dejó de contestar.

–¿Cuándo?, mentiroso –le dijo Matías fingiendo demencia, con su voz de tenor, se le había engrosado más, y Santiago encontraba un lujo casi placentero escucharlo, quería que siguiera hablando, quería escucharlo una y otra vez.

–En tu cumpleaños, te había mandado mensaje para felicitarte y todo y tú no me contestaste ni nada –le dijo Santiago con un poco de resentimiento en la voz. Notó que Matías tomó un semblante serio y bajó la mirada al helado casi como si no fuera capaz de ver a los ojos a su amigo, como si eso fuera a abrir una puerta que deseaba dejar cerrada porque, lo que adentro habría, no lo podría controlar.

–Ah, ya, ya, recuerdo –dijo genuinamente arrepentido–, lo siento, es que… bueno, pasaron cosas y… –por fin pudo levantar la mirada y mostrar una sonrisa que, honesta no le parecía a Santiago, pero todo en él lo notaba perfecto–… bueno, equis, ya estoy aquí, es lo que cuenta, ¿no? Te extrañaba mares, Santi.

–Yo también te extrañé mucho, no tienes idea –dijo Santiago mientras recordó fugazmente ese día en el que se fue–, ya tienes barbita, por cierto –le dijo quisquilloso.

–Sí, no me gusta, pero como que me va a salir más… tú sigues igual de lampiño de la cara, apenas ahí con tu bigote de pelusa –dijo para reírse burlonamente–, a Melissa no le gusta que tenga bigote.

–¿Melissa?

Matías lamió su helado para luego decirle:

–Sí te había contado, ¿no? Estoy viendo a alguien.

–¿Como cita o como algo paranormal?

Matías rio acaloradamente, ruidosamente, mientras Santiago solamente disfrutaba de escucharlo y verlo.

–¿Sigues con eso de ver muertos? –Preguntó, tal vez, demasiado interesado.

–Sí, ya hasta me pagan.

Matías frunció el ceño.

–Pero tú me habías dicho que por eso no hay que cobrar porque sólo cobran los charlatanes y esos son cosa del diablo y no sé qué y no sé cuánto. Te has vuelto lo que juraste destruir.

Santiago sonrió.

–Me paga la iglesia, no la gente. Umberto hizo no sé qué procedimientos para hacer de esto un trabajo pagado y así yo poder tener una retribución y poder seguir apoyando en ese sentido. Básicamente me mantienen los diezmos.

Matías rio de nuevo.

–¡Ah, no ma!, qué chido, qué chido…

–Bueno –dijo Santiago casi sin querer preguntarlo porque al haber escuchado el nombre de una niña casi sintió que se le caía el estómago a los pies–, me estabas contando de que veías a alguien.

–Ah, sí… –dijo Matías con un atisbo de incomodidad–, Melissa, es una niña de allá, es mi novia… se supone, ahora que me vine para acá, no sé muy bien.

No pudo evitarlo que, por momentos, desapareciera su sonrisa de los ojos, sus labios hicieron un arco de tristeza y la barbilla se le arrugó; sin embargo, se reacomodó en la silla, sacudió poco la cabeza y dijo:

–Ah, ya, qué bien, me alegro por ti.

–Sí… llevamos poquito tiempo andando, me gusta pero ella sí está muy clavada.

–¿Clavada?

–Sí, o sea… me dice que me ama y no sé qué, aunque, yo creo que para amar se necesita mucho más tiempo.

–Pues los sentimientos no se pueden controlar, supongo –dijo Santiago sin emoción alguna, sólo por llenar el vacío, por no dejar el silencio tomarlo todo. Matías notó aquello pero lo ignoró.

–¿Y tú?… ¿ves a alguien o… –Santiago lo interrumpió.

–No, yo sólo estudio y trabajo, no me da tiempo para más.

–Siempre has estado trabajando que yo recuerde, deberías darte un tiempo, ¿sabes? –Dijo Matías para acabarse su helado–, es bueno relajarse también.

Santiago casi no lo quería escuchar, era lo mismo que decían sus papás. Vio a Matías que, con la lengua, recorría sus rosados labios que quedaban brillantes por la saliva, buscando erradicar cualquier resto de helado que quedara ahí o en la comisura de su boca. Santi sonrió porque eso lo hacía desde siempre, no se limpiaba con servilleta, ni con el antebrazo; solamente recorría con la lengua. Esta vez, le quedó resto de chocolate en el lado derecho de la boca.

–¿Por qué sonríes?

–Porque sigues haciendo eso.

–¿Qué?

–Limpiarte así y de todos modos, como siempre, te queda u poco de helado. O lo que sea que comas.

Matías le sonrió.

–¿Dónde me quedó helado?

–Aquí… –dijo Santiago para alargar la mano y con el dedo retirar el resto de helado. Era común que ellos compartieran la bebida y usaran el mismo vaso, generalmente Santiago se comía la comida que dejaba Matías, incluso llegaban a compartir paletas de hielo. Pero esta vez no retiró el dedo, lo dejó ahí, al lado de su boca, y rozó suavemente los labios de Matías, húmedos por la saliva, y no supo si de verdad él lo hizo o si se lo imaginó, pero creyó ver que la boca de Mati se abría un poco, como si sus labios le hicieran un pequeño espacio para el dedo de Santiago. Y en seguida, en un arrebato veloz, Santiago quitó la mano y retiró la mirada de aquel; mientras el otro también parecía un poco atontado. Santiago sintió las mejillas en llamas, acalorado todo él, y una molestia en el pantalón que, sabía, debía bajar antes de poder caminar de nuevo.

–¡Listo!… listo, ya no tienes helado –dijo limpiándose en el pantalón de mezclilla.

–Gracias, gracias…

Y se quedaron en silencio los dos, viendo a todos lados excepto el uno al otro.

–Yyyy –dijo Matías–… ¿nos iremos a mi casa o a la tuya para ver la película? Digo, somos vecinos, podemos tomar la decisión ya.

–No sé –dijo Santiago con incomodidad–, podríamos ver la película otro día.

–¿Por qué? –Preguntó Matías frunciendo el ceño.

–Pues porque… pues va a haber más días que nos veamos, así puedes… pues no sé, hablar con otra gente y así.

–No, no, yo quiero estar contigo hoy, hace mucho que no nos veíamos, quiero ver la peli contigo, habíamos quedado. ¿Por qué ya no quieres?

–No sé…

–Ay, ándale, Santi, no seas así, vemos una peli y ya, ahí muere… vamos.

Santiago lo volteo a ver y creyó ver que el brillo de sus ojos titilaba como el de las estrellas, y su gesto de joven pero no de niño le producía gran bienestar.

–¡Anda!… –Insistió Matías pegándole en el pie, suavemente, por debajo de la mesa.

–Bueno, bueno, vamos –dijo Santiago en contra de su voluntad que, por momentos, creyó que el malestar de saber que Matías tenía novia desaparecía por esa enorme sonrisa que él dibujó en su rostro.

Decidieron que verían la película en la casa de Matías, él la eligió, una que Santiago no había visto y que le causaría soñar que soñaba: el Origen. Simplemente quedó pasmado ante todas las posibilidades que había visto, las paradojas, así como Matías le iba diciendo cosas curiosas de la película como que se tardaron diez años en escribir el guion y cuestiones por el estilo. Santiago se sintió un poco desanimado pues, sabía, no lograría escribir algo con esa profundidad y esa maestría; sin embargo, no pudo evitar amar la película.

Cuando ésta acabó, Matías se acostó en el alargado sillón y puso la cabeza sobre las piernas de Santiago, para verlo a los ojos, y le dijo:

–¿Qué tal?

–Tienes buen gusto, he de admitir –le contestó viendo hacia abajo y pasando sus dedos entre su suave cabello.

–Te dije que te iba a gustar, pero ahí andabas con “ay, ya no quiero ir que no sé qué”.

Santiago solamente sonrió forzadamente y no dijo nada. Volteó al televisor que solamente mostraba el menú del disco de la película, y se dirigió a Matías:

–Pues creo que ya me voy.

–¿Por qué? Apenas son las 9.

–Pues ya es tarde.

–No, quédate otro rato, ándale.

–No sé… es que… pues ya es noche, Mati.

–Santi, quédate.

–¿Y qué vamos a hacer?

El rostro de Matías se puso serio, pensativo, tenía una idea pero no la quería decir, lo sabía Santiago, había algo en su mente que no se atrevía a sacar.

–¿Qué? –Le preguntó.

Matías se incorporó, se sentó al lado de Santiago y miró al suelo, no lo veía a él, a su amigo.

–De hecho… –dijo con la voz temblorosa, casi nula, como si lo hubieran regañado fuertemente, su tono hasta era más agudo pero siempre conservando su fuerza–, pues es que…

–¿Qué pasó? –insistió Santiago.

–No sé cómo decírtelo.

–Pues nomás dilo, así, sácalo. ¿Qué pasó? Soy tu amigo, me puedes contar todo.

Matías volteó a verlo con el ceño ligeramente fruncido y apretando los labios.

–Quería ver si tú… es que es tonto… quería ver si tú podías usar tu habilidad conmigo.

Santiago se quedó brevemente en silencio, regresó la mirada a los ojos de Matías, y le dijo:

–¿Te ha pasado algo?

–No, no, nada.

–¿Entonces?

–Por favor, Santiago.

–Es… extraño, o sea, no es como que un juego, no me gusta mucho esto porque en sí cada vez que escucho música me da miedo escuchar otra cosa, ¿sabes? De hecho es bastante… feo…

–Sólo necesito saber –dijo él enfáticamente, verdaderamente deseoso de recibir la ayuda de su amigo–, por favor, ayúdame, sólo una vez, sólo esta vez.

–Yo no invoco nada, no es como que llame a alguien para hablar… sólo si están por ahí, y se quieren comunicar conmigo, yo escucho, Mati.

–Lo sé, y yo sé que es cosa seria para ti y… y justo por eso te lo pido.

Matías se notaba muy nervioso pero al mismo tiempo de verdad quería la ayuda de su amigo, era cierto que necesitaba saber algo.

–Okey… está bien, Mati, está bien… sólo déjame ir por unas cosas y te ayudo.

Matías esperó pacientemente, y luego vio regresar a Santiago con una mochila pequeña.

–¿Dónde quieres que hagamos esto? –Le preguntó Santiago.

–¿Hay algún requerimiento especial?

–No.

–Uhm… vamos a mi cuarto, ¿va?

Subieron las escaleras. La puerta que estaba frente a las mismas, era la habitación principal, a la derecha había otras dos puertas confrontadas y el pequeño pasillo terminaba en una pared blanca, como toda la casa. La puerta de la derecha era una oficina, y la de la izquierda era la habitación de Matías. Era una habitación cuadrada. A la izquierda, viendo la habitación desde la entrada, había un clóset, al frente una silla entre el mismo y la cama, a la derecha una puerta que dirigía al baño, y más allá de la puerta un escritorio de metal negro. En las paredes tenía varios posters de figuras del deporte, había unas mancuernas bajo la cama, ropa deportiva en el suelo, seguramente sucia. Caminó al escritorio. Le gustaba estar ahí, su habitación era como conocerlo más a profundidad. En el escritorio había una fotografía enmarcada de ellos dos cuando eran más chicos, cuando aún iban en secundaria. La vio y la tomó para verla más de cerca. Santi sonrió añorante.

–Es mi favorita –dijo Matías para llegar por atrás y recargar su cabeza en el hombro derecho de Santiago para ver la foto con él–, es muy bonita, ¿no?

–Sí, estamos bien pinches guapos –dijo Santiago.

–Sí que sí, los más pinches hermosos.

Santiago sonrió. Matías subió a su cama y se puso en mariposa, Santiago hizo lo mismo dando la espalda a la pared, quedó frente a Matías. A su lado izquierdo ahora quedaba la puerta del baño, al lado la de entrada, y atrás de Mati, el clóset.

–¿Sabes oraciones o algo así?

–Sí, unas… ¿por qué? –Preguntó Matías.

–Las oraciones son como mantras. No sé si has visto a esos que meditan y así que mientras están posición de loto y cierran los ojos, le hacen Ooommmm, y así. Bueno, se supone que esos ruidos tienen una vibración especial en el cuerpo que les permite meditar. Las oraciones son igual, tienen una fuerza especial. Te digo porque, si tienes miedo, puedes rezar, y eso te ayuda a calmar los nervios. También te lo digo por experiencia.

–Okey –dijo Matías seriamente observándolo. Luego, Santiago le echó agua en la cara–… ¿gracias?

–Es agua bendita, Mati.

–Ah… ¿Qué es esto?

–Una medalla de San Benito, nos protegerá de malos encuentros. Ahora, te digo de una vez, yo no invoco, sólo escucho, si no escucho nada… nada se podrá hacer. Si algo malo viene, tendré que decir a Umberto que venga a bendecir la casa si llegase a ser necesario. Me van a hablar a mí, y me dirán el mensaje para ti, ¿okey?

Matías afirmó con la cabeza.

–Bien… pondré una de mis favoritas.

–¿Si pones de tus canciones favoritas es más probable que escuches algo?

–No, pero me gusta, y tú eres mi persona favorita así que… favorito y favorito.

Matías le sonrió y eso le hizo derretir el corazón a Santiago.

–Bien… ahí vamos –finalizó y dio reproducir.

La canción sonó en su oído, Santiago entrecerró los ojos y prestó atención de la mejor forma que pudo, siempre queriendo abrir los ojos para ver a Matías, siempre queriendo estrecharlo contra sí mismo, volver a rosar esos labios delicados y rosados que tiene. ¿A qué sabrán? Se preguntó, ¿sí habrá abierto la boca? Porque eso pareció, eso era casi evidente, porque yo solamente le estaba quitando un poco de helado y… See the white in their eyes Caroleans are marching on, Put their lives in God’s hand for their kingdom and fatherland, See the white in their eyes Caroleans are marching on… fuera de la voz del gran Joakim Brodén y el insuperable acompañamiento melódico de Sabaton, había otra percusión sonando que venía de afuera de la habitación. Santiago abrió los ojos para toparse con los de Matías y luego volteó a la puerta. Comenzó a sudar. Matías se percató de eso y volteó preguntándose qué pasaba, pero él no escuchaba nada. Matías vio una sombra proyectarse sobre el suelo, acercarse, una sombra femenina. Suspiró, se preparó en caso de que fuera a ser necesario y… jaló aire. No lo podía creer. Matías vio cómo abría los ojos y se notaba la perplejidad en su rostro, abrió también la boca en ese gesto de no entender algo que tratamos de entender. Santiago volteó hacia Matías, con las cejas en incomprensión, sin poder hablar aún, con la emoción en la garganta.

–¿Por qué no me dijiste?

Matías se quedó callado, solamente lo veía con los ojos como platos y con lágrimas ya formándosele.

–Es por es que no me contestaste… ella… tu mamá –Volteó hacia la mamá de Matías, quien le sonreía. Matías sólo veía que Santiago confirmaba con la cabeza, volteaba hacia donde él veía pero no había nada que sus ojos pudieran ver, solamente el clóset, vacío. No veía ni escuchaba lo que Santiago sí podía.

–¿Está aquí? –Preguntó Matías llorando y sin voz, en un susurro.

–Te está abrazando –dijo viendo a Matías, Santiago también con los ojos enrojecidos pero aguantando el llanto–, solamente ha esperado y se está despidiendo. Va a cruzar la luz –decía Santiago mientras Matías lloraba ya con el gesto torcido en una mueca de dolor–, dice ella que lo siente, siente no haber llegado a tu cumpleaños –Matías comenzó a llorar con gemidos de dolor, había espasmos en sus hombros, se soltó en llanto–, dice que feliz cumpleaños y que está muy orgullosa de ti, que te ama y… –Santiago se calló y vio sobre el hombro de Matías. Matías volteó una vez más pero no vio nada.

–¿Qué?

Santiago solamente bajó la cabeza, vio sus manos, tenía los labios apretados y parece no querer decir nada, parecía que se había quedado mudo.

–Santi, ¿qué pasó?

–Ya se fue ella, a descansar a la luz. Dijo que… dijo que… –Santiago suspiró, levantó la cabeza con el semblante más serio que Matías jamás le había visto en la vida, y le dijo–: dijo que no tenías de nada de qué avergonzarte, que ella nunca te hubiera criticado porque yo te… –su voz se rompió y se quedó mudo. El gesto de Matías se transfiguró de tristeza a sospecha.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Me dijo que te ibas a enojar… –dijo Santiago desviando la mirada.

–¿Que me iba a enojar? ¡Que me iba a enojar?

–No era mi intención molestarte…

–¡Cállate! –le grita Matías entre lágrimas y con enojo en su haber, enojo y tristeza–, yo no soy un maldito degenerado como tú –finalizó terminantemente para salir de la habitación y quedarse en el pasillo. Santiago bajó la cabeza y la meneó negativamente. ¿En qué estaba pensando? Era obvio que le pasaría eso, sin embargo, no se culpó, no fue algo que él haya dicho porque quiso, fue ella, su madre, la que mandó el mensaje. Él solamente fue el portador. Tomó sus cosas y las puso de vuelta en la mochila, no sin antes lanzar una bendición a la habitación. Matías le daba la espalda. Él no quería que esto acabara así pero no había de otra.

–Lo siento, no quise hacerte enojar ni molestarte, Matías. Espero te vaya bien –dijo para dirigirse a las escaleras, y justo ahí, Matías lo tomó del brazo, lo jaló casi con violencia hacia él y lo besó en los labios. Santiago se sorprendió de sobremanera y luego cerró los ojos. La sensación que nacía de su boca se transmitía a todo su cuerpo, era una poderosa oleada que lo dejó ciego, sordo y mudo, concentró todas sus energías en el beso. Abrió la boca y dejó entrar a Matías. El corazón le latía muy rápido, tenía esa sensación en el pecho y en el estómago, la emoción, los nervios, la energía a punto de explotar. Se separaron. Matías ya no estaba enojado, estaban jadeando los dos, uno en la cara del otro. Santiago no sabía qué decir ni qué hacer.

–No te vayas, no te vayas –le dijo muy cerca. Pegaron sus frentes–, no te vayas, perdón, tenía miedo de que ella se diera cuenta porque pensé que le partiría el corazón pero… pero tiene razón, tienes razón… Siempre has sido tú, siempre has sido tú al que quiero.

Santiago separó la cabeza, le limpió las lágrimas con los pulgares, le levantó la mirada tomándolo del mentón y le dijo:

–Te amo.

Matías guardó silencio, lo vio a los ojos, y le dijo:

–Te amo.

Y chocaron los dientes enfurecidamente, se mordían con delicadeza y luego con rudeza amatoria, trataron de fusionar sus cuerpos en uno solo, la explosión había comenzado ya. Sin separarse, sin dejar de besarse, se fueron a la habitación de Matías y ahí se quitaron el uno al otro la playera. Santiago se tomó un segundo, pasó sus manos sobre los hombros de su amante, sobre sus pectorales, sobre su abdomen y llegó al pantalón. Se sentó en la cama, Matías estaba de pie, observando, pasando sus manos sobre el cabello de Santiago. Desabotonó el pantalón y bajó todo de un jalón, sin saber cómo ni qué hacer muy bien, tomó el sexo de Matías con una mano y luego cerró los ojos y se lo introdujo en la boca. Sentía el cuerpo de aquél temblar tanto como el suyo mismo temblaba. Había un sonido sordo en su cabeza, no podía pensar, estaba sudando y estaba jadeando. Matías se separó y lo empujó a la cama, le besó el cuello, le besó el pecho, le besó el abdomen; y cuando se disponía a desnudarlo, Santiago se acobardó.

–¡No!, ¡espera, espera, espera!

Matías se quedó sobre él, pegó su pubis al de Santiago, y le preguntó:

–¿Por qué?

–No puedo, no puedo, tengo pena, me avergüenza…

Matías lo besó para que guardara silencio y el otro respondió su beso y lucharon con la lengua para tratar de dominar a la lengua ajena.

–Santi, no tengas pena –dijo entre oleadas de placer que, sabía, Santiago también sentía–, tú eres perfecto, perfecto… –dijo bajando de nuevo, quitándole la ropa, haciendo lo mismo que Santiago había hecho con él. Santiago no podía pensar, sentía que todo le daba vueltas, sentía que todo se reducía a esa reducida zona de su cuerpo que, al mismo tiempo, sentía en todo su ser, sentía que no podía estar más feliz. Observó que Matías regresaba arriba, Santiago recorrió su espalda, recorrió todo y apretujó aquellos glúteos que siempre veía a escondidas y con culpabilidad pero que ya eran suyos, lo sabía muy bien. Matías con una mano se mantenía elevado y la otra la bajó para juntar los dos sexos y, los dos, sin otra cosa más que ver que el rostro invadido de sensaciones que jamás habían experimentado y que el uno al otro se estaban regalando; sintieron unirse sus almas en una sola. Una y otra vez.

Al día siguiente, despertaron acostados sobre sus costados, mirándose el uno al otro. Santiago recorrió su cuerpo con un dedo mientras Matías le sonreía. Estaban agotados, no durmieron en toda la noche, los gemidos que cada uno había emitido eran música para sus oídos. Al llegar debajo de nuevo, recorrió con los dedos los pastizales recortados de Matías, llegó al tronco, vio que cerraba los ojos y comenzaba a jadear y que Matías hacía lo mismo con él una vez más. Santiago, por primera vez en su vida, se sintió plenamente humano, completo, feliz, y pensó que sí, que la vida era hermosa, porque su vida era Matías.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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