Legión c. 11: La casa

Santiago se quedó de pie ante la casa. Vio el jardín, que era tan colorido como lo sería un sueño, uno de esos sueños agradables cuyas tonalidades son tan vivas como la fantasía misma. Algo parecía atraer de esta casa de las demás, algo la hacía resaltar, pero no siempre que algo sobresalga, signifique que sea bueno. Muy al contrario: resaltaba porque todo lo que estaba alrededor parecía achicado, como si esto de aquí les robara algo a lo que estaba alrededor. No había visto un trabajo así, sobre todo porque no buscaba burlarse, sino asustar. Genuinamente asustar.

Cuando Umberto le dijo del caso, le pareció otro más de un simple exorcismo que había que hacerse en el lugar, expiar a algún demonio que se había aferrado al edificio, nada que su buen amigo no pudiera hacer en un rato. En camino al lugar donde la familia estaba, porque Umberto siempre le ha inculcado a Santiago el valor, según el mayor, de siempre escuchar antes de actuar; el más joven notó que no se dirigían a donde siempre. Y muy al contrario de lo que harían comúnmente, no iban platicando. Después se enteraría por el mismo sacerdote que sabía que se había peleado con Matías, por lo que decidió dejarlo en su cabeza un rato para que él mismo se aclarara las cosas. No iban a la casa, a la dirección indicada.

–Es que nos fuimos porque era demasiado ya, no podíamos dormir y todos los días pasaba algo –le dijo la señora, la madre de familia, que tenía los ojos increíblemente irritados, se notaba pálida y sin energía, al tomar su taza de café, sus manos temblaban y le tenían que ayudar para que no lo derramara. Parecía estar a punto de romper a llorar–. No hemos dormido, nosotros, mi esposo y yo, no podemos dormir, no podemos cerrar los ojos. No tenemos pesadillas, no pasa nada alrededor, solamente no podemos cerrar los ojos más que para parpadear. Estamos muy cansados.

Santiago escuchaba a las niñas, dos pequeñas, jugar en la habitación, pero no las veía por ningún lado. Supuso que estaban en el balcón que estaba al lado de la habitación de hotel donde fueron a parar, donde fueron a buscar asilo.

–¿Han visto algo, escuchado, sentido…? –Preguntó Umberto.

–Una de las niñas dijo que soñaba dentro de la casa, que viajaba por ahí, ella sabía que era un sueño y aún así no despertaba. Dijo que veía a un hombre al lado de nuestras camas vigilándonos. Yo no he visto nada.

–¿Y su esposo?

–Sí… dijo que una vez revisó un mensaje en el celular y que al dejarlo sobre la mesa de noche, la luz alcanzaba a alumbrar una silueta en la puerta pero… pero como acababa de tener la luz brillante en los ojos, pues supuso que era eso solamente.

–¿Qué tipo de silueta vio?

–De un hombre.

–Sus hijas les habían comentado a ustedes sobre los sueños cuando él vio la silueta, supongo.

–No –dijo la señora meneando negativamente la cabeza con la mirada perdida–, de eso me acabo de enterar ahorita que llegamos aquí, al hotel. Acaba de ir por comida y algo para mantenernos con un poco de energías.

–¿Y sus hijas? –Preguntó por fin Santiago pues no había dejado de escuchar el cuchicheo, las risas infantiles y las pláticas de muñecas fingidas.

–Ellas están aquí, joven.

Santiago frunció el ceño y luego vio algo caer, desde arriba, frente a él. Algo colorido y pequeño. Vio que a sus pies tenía algo muy pequeño y de color rosa fosforescente. Se agachó y lo tomó con los dedos pulgar e índice, lo acercó a sus ojos y vio que era una pequeña taza de plástico, de esas con las que las muñecas vienen para poder tomar el té.

–Oye, ¿nos la pasas?

Santiago, preparándose, observó a la señora, quien lo veía fijamente, cansada, pálida y forzada a creer en aquello que jamás habría creído.

–Hay algo que está muy mal aquí…

Santiago volteó hacia arriba, al techo, y ahí estaban dos pequeñas niñas muy tiernas, no mayores de cinco años, que jugaban como si el techo tuviera la gravedad de la Tierra y no ellos, como si fueran jaladas hacia arriba, y estaban sonrientes en su juego inocente de niñas pequeñas sin nada que temer. Sonrieron desde arriba. Santiago no podía creerlo. Un escalofrío que lo hizo temblar y erizó toda la piel en su cuerpo lo sacó de su trance al verlas ahí como si nada.

Frente a la casa, sentía que esta lo repelía, no había visto nada extraño, nada que fuera evidentemente sobrenatural ahí. Umberto decidió quedarse en la habitación de hotel para salvaguardar a la familia y brindarles un poco de descanso. Pudo bajar las niñas del techo y se puso a jugar con ellas mientras los padres de las mismas dormían. Santiago vio a su alrededor, trató de ubicar algún movimiento subrepticio, algo que le indicara la naturaleza del mal que había ahí… pero no, todo lucía perfectamente normal. El camino serpenteante adoquinado del frente que llegaba a la puerta de madera rústica, rodeado de plantas y hermosas flores, no tenía nada de extraño. La construcción era como cualquiera que ha visto, aunque quizá su color fuera un poco más oscuro. Las ventanas evidenciaban que todo al interior estaba apagado en ese cielo que apenas empezaba a oscurecer.

Suspiró. No podía quitarse de la cabeza la pelea que tuvo con Matías. Sabía que necesitaba tener los pensamientos claros, por eso tomaba su tiempo, también para hacer un recorrido visual de todo y asegurar su propia seguridad. Se pelearon porque Santiago tenía que salir de repente a uno o dos casos a la semana, pero Matías también tenía trabajo y no podía estar pidiendo permisos para cuidar a la niña. Santiago ofreció que Umberto fuera a hablar con sus jefes, él los podría convencer porque Umberto, de alguna forma, siempre lograba lo que quería, lo que se propusiera, por más loco que fuera. Se lo dijo un día, cuando era más pequeño, a Santiago, Yo te vi y sentí algo en el pecho, una especie de presión, ¿sabes?, no sé muy bien cómo explicarlo, el caso es que te quería hablar, al verte en televisión, suena estúpido pero tu cara, tus gestos, tú… quería hablarte, ser tu amigo; por alguna razón supuse que seríamos muy buenos amigos. Y decidió hablarle, dijo Umberto, y se volvieron mejores amigos. Santiago simplemente no se podía imaginar su vida sin Umberto, su amigo mayor. Y así como él logro forjar una amistad poco ortodoxa, hubiera logrado convencer a los jefes de Matías, pero le dijo que no, que no toda la vida sería así, y que habrían de venir cambios por el bien de la pequeña María Magdalena. Santiago terminó diciendo que sí, que los dos tendrían que cambiar.

A pesar de esas discusiones, Santiago no podía dejar de verlo como el mismo oxígeno que respira, como el pilar donde sostenerse en su vida, como la persona que más ama en la vida. Sin Matías, Santiago no sería él mismo.

Le contaron múltiples cosas sobre lo que sucedía en la casa como para no querer entrar, sentía que la sugestión le causaría estragos. Sus piernas no querían moverse. Quizá sería mejor que se replegara y fuera con Umberto, aunque él también estaría en peligro, le daría seguridad. Umberto le daba una extra seguridad con su sola presencia que Santiago no entendía muy bien por qué sucedía, pero ahí estaba siempre. Pensaba en él y se tranquilizaba. Era como un ángel de la guarda.

Suspiró y sacó su celular. Matías le mandó una foto donde están ella y él fingiendo tristeza porque él no estaba con ellos. Santiago sonrió y les mandó un mensaje diciéndoles que los amaba y los extrañaba. Entonces, se dijo que sería mejor que hiciera esto rápido para poder regresar con ellos, para poder estar con ellos, con su familia. Nunca se habría imaginado que su familia sería así, que tendría una, pero ahí estaba, esperándolo en casa.

Se puso el auricular y reprodujo una canción que, en lo personal, le gustaba mucho: empieza con un poderoso rugido de bajo y guitarra en un ritmo de tambor de guerra, pues la misma canción habla de ir a la guerra, y hasta que llegó el coro Cause´ we are, the guardians of Asgard!, otra voz lo hizo sentir frío y que lo sobresaltó.

–Te voy a ayudar esta vez.

–¡Ay, cabrón! –Dijo Santiago dando un pequeño brinco al lado opuesto. Volteó a su derecha y vio a un hombre vestido de blanco, con traje blanco, impecable, con el cabello rubio y brillante, casi colorido, con zapatos bien boleados y las manos hacia atrás, en posición de descanso.

–Perdón –dijo sin de verdad sentirlo, es más, tenía una mueca burlona en el rostro por haberlo asustado.

–¿Y tú eres?

–Me mandaron.

–¿Quién?

–Tu amigo.

–¿Cómo? –Preguntó Santiago frunciendo el ceño, pero aquél continuó ignorando su pregunta:

–Sin embargo, no puedo entrar ahí. Algo me lo impide.

–¡Ah!, maravillosa ayuda, sí que sí –dijo sarcásticamente.

–Te voy a guiar.

–¿Cómo?, si no puedes entrar…

–La familia está embrujada. Adentro hay una caja, te voy a decir cómo llegar a ella para destruir el hechizo.

–Insisto: ¿Cómo me vas a guiar? –Le preguntó Santiago volteando hacia él.

–¿Y tú cómo crees? –Le contestó aquél sin abrir la boca.

–Ah, claro, entiendo –dijo regresando la mirada a la casa como si le hubieran hecho evidente un error de principiantes. Umberto se lo había enseñado: cuando algo que no estaba en este plano o en esta dimensión se comunicaba, lo hacía de la forma que más directa les parecía: sueños, se aparecían físicamente, lo decían con palabras todos ellos, tanto los ángeles buenos como los malos, los espectros también. Ellos pueden escuchar, ver, entender las cosas que nosotros los mortales entendemos; además, pueden leer la mente, como nosotros diríamos, asimismo, pueden comunicarse con nosotros a través de pensamientos, instinto, corazonadas; pero se han dado cuenta llegamos a subestimar estas cuestiones, además de que no tenemos la capacidad de verlos la mayoría de nosotros, así que se ven obligados a usar otras formas de comunicación. Es por eso que mueven cosas, que hacen ruidos, abren y cierran puertas. En teoría, no lo hacen para asustarnos, sino porque nosotros no valoramos esas otras formas de comunicación más amables, afables; así que ellos actúan de formas que nosotros podamos entender mejor y urgentemente, según sea el caso.

Santiago dio un paso, luego otro, y siguió su camino a la casa. Sentía como si sus pies se hundieran en el camino adoquinado, como si todo alrededor no quisiera que llegara a la puerta. Notaba que había mucho silencio, no había ruidos, grillos, pájaros; nada. Solamente la casa que parecía inclinarse sobre él y ser la enorme boca de un lobo a punto de engullirlo. Santiago puso la mano sobre el picaporte. Recordó lo que le dijeron: una de las niñas, una vez, bajó las escaleras y vio cómo el suelo había sido invadido por la mala hierba, que todo parecía avejentado, como si la naturaleza hubiera decidido invadir este lugar. En la mesa, había diez personas, todos con hábitos religiosos y sombreros de ala larga, sentados unos junto a otros tocándose con los hombros, como si estuvieran posando para la foto. Ninguno tenía rostro, en su lugar, había girones, como si fueran de plastilina y al niño no le hubiera gustado su creación y mejor decidiera quitarla con los dedos. Entonces, la niña escuchó que quien quería tomar la foto dijo, ¿Hay alguien más que quiera aparecer?, y subió corriendo las escaleras, gritando. Imaginaba, Santiago, que al entrar ahí estarán.

Suspiró, tenía miedo por el juego de imaginación que se llevaba a cabo en su mente.

–Abre la puerta –insistió aquél hombre–, estarás bien.

–Tú no podrás protegerme.

–Pero Umberto sí.

Santiago, al tener en mente a su amigo, giró el picaporte que estaba abierto, como dijeron los padres, y vio al interior. Estaba iluminado aún por la luz de afuera. Probó el apagador pero no se encendieron las luces.

–Claro, es obvio –se dijo a sí mismo por la pésima ironía de la luz. Adentro lucía más oscuro que afuera, como si las ventanas no dejaran entrar la luz. A su derecha había un baño, a su izquierda una sala, al lado de la sala, del lado derecho, el comedor donde seguramente la niña habría visto a la gente de la foto, seguía la cocina, entre la cocina y el baño, un pasillo y una escalera que llevaba hacia arriba–, todas estas casas son iguales –se dijo como para quitar de su pensamiento el temblar, el miedo de entrar. De nuevo sus pies no se movían.

–Necesitas subir las escaleras, yo te iré guiando.

La voz lo reconfortó un poco mientras en su otro oído ahora escuchaba a Dimmu Borgir. Caminó hacia las escaleras un poco dichoso de que no se quitara el audífono, así si algo crujía, se movía o caía, él no lo escucharía; sin embargo, su habilidad estaría a tope, por lo que si otro sonido llegara, lo escucharía claramente como si el demonio estuviera respirándole junto a la oreja. Los muebles eran de madera en todos lados, la televisión estaba apagada, había un radio en la sala también, una mesa de centro, un par de juguetes que las niñas dejaron; en el comedor había una vitrina de madera y cristal, 7 sillas alrededor de la mesa; la cocina era integral y pequeña, de esas donde dos personas incluso tendrían problemas para moverse.

Santiago se puso frente a las escaleras y volteó a la derecha. La puerta del baño estaba entreabierta y se imaginaba que alguien se asomaría en cualquier momento. ¿Qué sería peor? Una sonrisa en el rostro, o un gesto de odio asesino; un niño, una niña, un adulto, una criatura antropomorfa, un animal; algo alto, algo pequeño como un duende o un enano; algo que caminara rápidamente o bamboleante. No supo, el caso es que nada se asomó por la puerta, esta ni siquiera se movió. Santi soltó el aire, agachó la cabeza, sintió el sudor caer por su frente.

–Cálmate, cálmate, Santiago…

Volteó hacia arriba imaginando que alguien se asomaría… pero no, nada tampoco. La casa estaba deshabitada totalmente. Comenzó a subir cada uno de los escalones. El movimiento de subir el pie para apoyarlo en el siguiente escalón le parecía eterno, como si en lugar de escaleras, fueran montañas, enormes cordilleras y él estirara y estirara su pierna para llegar a la cima una y otra vez. Sentía que todo iba muy lento. Miraba hacia arriba y hacia abajo, trataba de recorrer todo con la mirada antes de llegar él, trataba de ver aquello que lo atosigaba, eso que le causaría miedo, que lo asustaría de repente… pero no había nada. La casa era una casa normal sin nada extravagante. Quizá era eso lo que más miedo le daba: que no había nada. O es un demonio muy inteligente, o es muy estúpido, pensó. Cuando llegó hasta arriba por fin, escuchó:

–Ve a la habitación de la niña, la que está al lado de la que está frente a ti, a tu derecha.

La habitación que tenía directamente en frente estaba cerrada, la que seguía, no, tenía la puerta totalmente abierta. Caminó sintiéndose un bloque de hielo como esos de las caricaturas. A pesar de que daba pasos normales a velocidad normal, sentía que, en realidad, iba muy lento y que le costaba mucho, sentía que todo iba como en cámara lenta. Al llegar a la puerta de la habitación, sintió el sudor ya frío en la espalda, que le goteaba desde la frente. Había una cama pequeña, una mesita rosa y muchos juguetes y muñecas. Creyó que los muñecos iban a voltear a verlo, pero no sucedió, se quedaron estáticos como se supone que debería ser, y eso es lo que más le molestaba. No se había caído nada, ni una puerta se había movido, nada le había hecho saltar.

–A tu izquierda está el clóset. Ábrelo.

Seguramente dentro sí habría algo, acechando entre la ropa, una mirada, unos ojos encantados, pero no encantadores, de seguro vería unos pies como si un niño travieso tratara de esconderse entre la ropa pero que no pensó en cubrir sus piecitos también; o quizá vería algo agazapado y tratando de ocupar el menor de los espacios, pero que si lo molestaba o invadía un poco más de su privacidad; se le lanzaría al ataque en dientes afilados y enfurecido. O, tal vez, empezaría a escuchar un llanto. Cuando abriera el clóset, la puerta de la habitación se cerrará con fuerza. En la parte superior habría agazapada una cosa ahí viéndolo con enormes ojos negros y bien abiertos que lo… nada. Después de que abrió las compuertas, no vio nada, no había nada, era un clóset normal con ropa de niña pequeña solamente. Santiago sacó el aire que tenía en los pulmones.

–Abajo, a tu izquierda, hay una madera con un agujero. Mete el dedo ahí y jálala hacia arriba.

En contra de su mente que le gritaba que se fuera de ahí porque está muy oscuro, era como si fuera media noche ya y solamente su visión nocturna le ayudara en algo; se agachó y vio, en efecto, entre la oscuridad, la madera. Metió el dedo y la jaló hacia arriba. Había una pequeña caja de madera que estaba vieja, llena de telarañas y con mucho polvo. La tomó. Estaba húmeda y sentía que se rompería en cualquier momento.

Entonces, lo sabía, no lo había escuchado, no lo había visto, ni siquiera lo había sentido. Había alguien o algo atrás de él. No volteó, no quería voltear, pero ahí estaba… se estaba acercando. Un escalofrío recorrió su nuca y corrió hacia abajo, a su espalda, tenía esa sensación de vértigo de que sabía que algo lo va a tomar en cualquier momento, que no lo hacía aún pero que estaba a punto, en cualquier momento ese algo o ese alguien lo iba a agarrar. Santiago, muy en contra de lo que sentía cuando entró, salió corriendo rápidamente, como relámpago. Había algo atrás y lo estaba siguiendo. No lo escuchaba pero ahí estaba. No volteaba para aseguirarse, pero sabía que lo perseguía, estaba a punto de alcanzarlo. Santiago sentía que sus pies eran de pluma, volaba por las escaleras y casi tropezó, pero no. Llegó abajo y vio la puerta abierta. Si no salía, lo iba a alcanzar, podía sentirlo a mitad de las escaleras. Corría también muy rápido para alcanzarlo. Santiago se echó a correr a la puerta con la garganta agarrotada, con los ojos llorosos, con el miedo a punto de explotar en él pero que no salía en forma de grito, sino de un gemido, en forma de un gemido alargado, un llanto ahogado por el tremendo miedo. Lo iba a alcanzar, estaba a punto de tomarlo, en cualquier momento lo iba a agarrar, lo iba a atacar, lo iba a hacer suyo.

Santiago salió de la casa jadeando como si hubiera corrido un maratón. Vio al cielo y notó que aún no se podían ver las estrellas porque aún había sol, ve que éste estaba a mitad del horizonte. Así se proyectaba la luz. Cuando hubo estado dentro de la casa, parecía media noche. Volteó y ahora la casa no lucía tan tremenda, no lucía tenebrosa, muy al contrario; parecía como una casa normal, y en ese momento vio que el patio tenía colores bellos pero normales, y todo había regresado a ser como debería serlo. Volteó a la cajita y la abrió aún jadeando y sudando. En el interior había dos fotos: la primera era una foto de la pareja, los dos padres, hacía muchos años, recién casados seguramente, jóvenes, abrazándose y sonriendo para la foto. La segunda era la escena del comedor: diez personas con hábitos santos posando para la foto. Atrás de todos, borroso como si fuera un error de impresión, una silueta oscura con una mano sobre los hombros de uno de los hombres santos. En la caja también había dos figuras de madera, ambas con un clavo en los ojos; además de una cabeza, ya huesos, de un gallo, y plumas negras había también. Santiago sintió otro escalofrío y vio de nuevo a la casa. La santiguó. Luego puso las cosas en el suelo y les prendió fuego, rezó un Ave María y un Padre Nuestro. Sabía que no había nada, que nada lo perseguía; solamente era la sensación. Ahora que había destruido esto, sabía que no era cierto, solamente su imaginación le jugaba una broma.

Informó a Umberto que era un embrujo, uno serio, y que ya estaba roto, que podrían regresar y nada pasaría. Umberto le dijo que no se preocupara, que los acompañaría y que él podía regresar con su familia. Le dio las gracias no sin antes decirle que lo quería mucho. Tenía esa costumbre, Santiago, de decirle a su mejor amigo que lo quería siempre que podía. Le gustaba hacerlo.

Sorpresa se llevaría al llegar a casa. Matías lo abrazó, y curioso le dijo:

–¿Qué te hiciste en el cuello, amor?

Apenas en ese momento, sintió Santiago algo fresco en la playera. Fue al baño y en el espejo vio una pequeña mancha de sangre que nacía de su cuello y llenó del rojo tono su playera. Y ahí, en su cuello, en la parte posterior derecha, casi pegado al músculo trapecio; una mordida, como de dientes y colmillos, una mordida de tamaño humana, pero como si todos los dientes fueran colmillos.

Santiago sintió un escalofrío recorrerlo de pies a cabeza.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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