Legión c. 12: la muerte

Van en avión esta vez.

Umberto se mostró preocupado todo el camino. Tenía aviso y le habían reportado el caso que Santiago quería investigar, pero no se lo había mencionado a él justamente porque le parecía de un peligro peculiar: Santiago está especializado en el exorcismo, no en la lucha con criaturas que se mantienen en secreto. Sin embargo, él tenía que saberlo: ¿por qué Matías hizo lo que hizo? El caso no era nada sencillo. A partir de esto, una nueva oleada de debates se había generalizado en toda esa parte del globo terráqueo: la nueva familia, como se referían a ella en los medios de comunicación, ¿era segura como aparentaba? Un caso, uno solo, el de Matías, Santiago y la pequeña adoptada, comprobaba que toda la generalidad era una enferma. El estallido social se volvió incendiario como la pólvora: la lucha no era entre el estado y la ciudadanía, se había vuelto entra la ciudadanía contra un sector minoritario de la misma. En una apariencia de calma y de presunta aceptación, los crímenes y confrontamientos mostraban que no era así, que en realidad, nada estaba resuelto aún. Tal vez, llevar a cabo lo que querían llevar a cabo, podrían ayudarlos a solucionar el misterio. Sin embargo, Umberto sabía: exponer en medios que Matías había sido poseído de alguna forma, le parecía totalmente fuera de lugar y no les sería factible; sin embargo, lo que sí podrían hacer era comunicar la información entre las altas esferas (así se refería Umberto a ese sector) y poder promover una forma de solución.

A Santiago se lo había comunicado el mismo Satanás, quien lo había consultado con Lilith, quien según, tenía el control de todas las posesiones, o al menos, el conocimiento de ellas.

–Son muchos demonios, Santiago, no es posible que estén enterados de todas las posesiones, así como Dios tiene a sus siervos, los ángeles, para ayudarlo; por eso ellos se consultaron entre sí.

–Sin embargo, me dijo la verdad, ¿cierto? Acá hay un caso que necesita ser resuelto, y no sólo eso, sino que me podría ayudar a mí a saber que Matías no estaba… bueno, que no lo hizo él.

–No fue él, Santiago.

–¿Entonces qué lo hizo perder la cabeza, Umberto? Debió ser alguien con fuerza porque su alma, de él, de Mati, a pesar de lo que me digas y de su situación, pues… era un alma pura, la más pura que he conocido. La más amorosa. ¿Tienes idea de quién pudo haber sido?

Umberto lo observa en silencio mientras esperan su equipaje y le contesta:

–No… no tengo idea.

Santiago suspira.

–Entonces, esto es necesario.

–Yo siempre estaré junto a ti, pero si ella llegase a presentarse… serás tú el que decida tu propio destino.

Santiago ve la maleta que ambos comparten para este tipo de viajes que no duran más de una semana y en la que ambos guardan sus pertenencias. La toma de la cinta giratoria y ambos caminan: Umberto en su hábito, provocando que la gente al verlo incline la cabeza respetuosamente como sin siquiera conocerlo supieran que es un gran ser; y él, Santi, arrastrando la maleta por las ruedas, mirando a todos lados. La mayoría de la gente es del color de la tierra fértil de México, y el calor es húmedo, muy intenso, muy fuerte. Pareciera que el agua flota aquí y no te permite respirar como tal, te lo complica, y no sudas, la capa húmeda es el agua, es como si estuvieran en una sauna todo el tiempo.

–Nunca había venido aquí.

–Lo sé, hijo, lo sé –dice Umberto preocupado.

–¿Qué tengo que considerar al confrontarme a ella?

–Eso si el monstruo por el que venimos no te la presenta antes de que tú se la presentes a él… Perdón, es que esto es algo que no pensé que estuviera en mi control el… eliminarlo.

–Sin embargo, te lo autorizaron.

–Pero no tengo poder si ella decide aparecerse.

Santiago suspira y le dice:

–Estoy listo, Umberto.

Umberto lo voltea a ver como un padre voltea a ver a su hijo, con esa necesidad de que sea que el mundo no es como el cree, que debe estar consciente del mucho cuidado que debe tener.

–No la veas a la cara. Nadie sabe qué es su cara. Cuando todos la ven, mueren. Para algunos la impresión es tan fuerte que, al verla, no cierran los ojos. Por eso hay gente que muere con los ojos cerrados, Santi. La muerte recoge personalmente a quien su tiempo en la Tierra ha llegado a su fin. Ella no se encarga de juzgar, ella solamente provoca el último respiro para que los verdaderos jueces, los verdaderos encargados de las almas, lleven a cabo su labor. La muerte se ve una vez en la vida, nadie puede regresar de ella, porque ella no lo permite.

–¿Ella está en todos lados al mismo tiempo? Me parece imposible que una sola haga todo, porque Dios tiene muchos ángeles para que lo ayuden con sus labores divinas.

–La muerte se mueve en el tiempo de forma distinta, para nosotros comprender de qué manera lo hace, diríamos que… va muy aceleradamente. Un segundo de nosotros, son mil eternidades para ella. Ella no se mueve a través del tiempo. Está en otro plano dimensional, por eso no la podemos ver ahora mismo pero, al verla, es porque ese momento fugaz es el de morir, ese paso de vida a muerte. Ahí ella viene a nuestra dimensión… es la mejor explicación que puedo darte, una aterrizada, por decir así, a nuestra burbuja epistémica.

–Entonces, si yo le hablo…

–Verás como si todo se paralizara, el mundo dejaría de girar para ti pero, en realidad, sería porque todo correría muy lento. No puedes detener ni el tiempo ni el movimiento, ella solamente lo hace mucho más rápido, por decir así.

–Si la veo…

–Te mueres. He sabido de algunos que la han contactado y no mueren porque no es su momento pero… pero sería preferible que no la vieras a la cara. Yo sé que estás decepcionado de todo y no encuentras sentido a casi nada de lo que antes te motivaba pero… hazlo por mí.

Al llegar afuera del aeropuerto, Santiago le pone la mano en el hombro a Umberto y le dice sin verlo a los ojos:

–Si no he hecho una pendejada, ha sido gracias a ti y a mi familia, amigo, así que no, no te voy a dejar solo en este mundo. No te voy a herir de esa manera.

Ven que un auto se estaciona: es una camioneta de carga de esas que sólo tienen una hilera de asientos adelante y atrás es un espacio al aire libre para transportar lo que sea. Está lleno de tierra negra. Santiago huele el aire que tiene un aroma particular: a lluvia, a pesar de que no hay nubes y no se siente el ambiente cargado en ese sentido, pero que sí tiene mucha humedad, las estrellas brillan y la vegetación es selvática. El hombre baja del auto y les dice:

–Buenas noches, soy Julión.

–Muy buenas noches, hermano Julión, somos Umberto y Santi.

–Un gran gusto en conocerlos –les dice dándoles la mano a uno y luego al otro–, yo los llevaré a donde se quedarán a dormir, es de las zonas más seguras. Vamos, sin pena.

Suben a la camioneta que vibra tanto como si fueran en una montaña rusa, traquetea y no tiene amortiguadores pues cada hoyo lo sienten en toda la columna vertebral. Santiago se preocupa fugazmente por su amigo pero sabe que ese señor es de hierro y que nada lo tumbaría. No conoce nada que lo pueda hacer ceder.

–Uy sí, es un feo caso, muy feo caso. Ya hemos tratado de ponernos más atentos. Comenzó con Lulú, la hija de don Manolo, siguió con Diana, la hija de don Pancho, y siguió con Luz, la hija de don Fernando. Hasta que no nos reunimos todos, pudimos ver el patrón, don Umberto: todas se hicieron amigas de una desconocida que a todos enamoró por su comportamiento, su dulzura y su forma de ser. Y poco a poco, mientras la desconocida se hacía más vital y fuerte, las niñas iban decayendo. Ya cuando las encontrábamos muertas, pobrecitas, ya no había más por hacer. Curioso caso el de todas: no tenían más del 10% de sangre que sus cuerpos deberían tener.

–Julión es enviado mío, personal, de la iglesia. Por eso no habla como todos los demás de aquí, mi hijo, para que no te sorprendas. También es exorcista.

–¿Es él Santiago, don Umberto? El jovencito que escucha a los muertos.

–Él mismo.

–Qué gusto conocerlo, joven Santiago, y qué bien se ve usted. No sé si sepa pero generalmente los que nos dedicamos al exorcismo envejecemos prematuramente, pero los que nos vamos más allá… bueno, casi no morimos por causas naturales. Sin embargo, yo no he tenido suerte para cazar a este pero tuve contacto con otro, y es él el que nos podría ayudar, sin embargo, necesitamos algo que pueda rastrear. Y es ahí donde usted entrará en acción, joven Santiago. Necesitamos encontrar el cuerpo de este espectro y acabar con él de una vez por todas.

–¿Cómo se supone que nos ayudará esta persona de la que usted me comenta?

–Cuando lo conozcan comprenderán. Deben tratarlo con cuidado, es muy, muy explosivo. Quiso ayudarnos porque digamos que yo le copié a usted, Santiago, esta cuestión del intercambio, de obtener algo a cambio de otra cosa. Yo le ofrezco a nuestro ayudante bolsas de sangre de hospital y él nos ayuda.

Santiago voltea frunciendo el ceño a Julión, a su denso mostacho tipo Emiliano Zapata, y sus facciones gruesas. Sudando todo el tiempo está el señor.

–¿Sangre?

–Es un hombre-lobo, señor Santiago. Nuestro contacto ayudante es un hombre-lobo. Ha olvidado su nombre así que nosotros nos referimos a él como Vulpes.

–¿Es un hombre-lobo?

–Debemos tener cuidado, siempre ir preparados con él pero hemos logrado que se apacigüe. No es raro, sin embargo, tengo entendido que tiene más de quinientos años con vida. Es normal que… no sé cómo decirlo sin que suene ofensivo… madurara, evolucionara. Nos ayuda con cuestiones de animales, linces, rateros, criminales; pero él rastrea. Necesitamos que huela algo del vampiro para poder llegar a él. Por alguna extraña razón, el vampiro no evolucionó como él, como Vulpes, sino que solamente eficientó su forma de ataque. Es muy sutil como habrás visto en el reporte.

Santiago lo recuerda, sí, y lo relacionó en seguida con Sheridan le Fanu. Una vampiresa homosexual, ¿quién lo diría?, pensó él.

–Entonces… el plan es que yo escuche y que eso nos lleve a algo que podamos usar para ubicar a la vampiresa.

–Exacto… ya la finalidad suya que tenga con lo que tenga que hacer pues lo llevará a cabo de la forma que más le parezca eficiente, joven Santiago. Tengo entendido que quiere hacer contacto con ella, la dama de negro. Así le llaman unos por aquí. Deberá ser muy preciso y muy valiente. No sé por qué pero de entre las cosas que dan miedo, la muerte ha de ser una de las que más pudor causan.

–He enfrentado cosas suficientemente tenebrosas, señor… vaya que sí.

–Yo nunca dudaría de alguien que Umberto tome en su santo regazo, sin embargo, manténgalo cerca todo el tiempo. Lo que aquí pasa es… singular.

–Yo estaré con él todo el tiempo –dice Umberto sin despegar la mirada del camino, concentrado, realmente enfocado–, no dejaré que nadie lastime a mi Santi.

Santiago siente una gran seguridad como si él, Umberto, fuera una fuente que emanara tal sensación con sólo estar a su lado.

No se quedan en la ciudad, se adentran por tres horas más en caminos de tierra suelta y húmeda, por varadas y riscos tan altos que un pequeño resbalón los llevaría a la muerte segura, la oscuridad es contrarrestada por una luz brillante que viene de la luna en cuarto creciente, todo está cubierto por una densa jungla y Julión maneja lentamente para evitar pegar a cualquier animal que pueda cruzarse por su camino: eso haría que él se salga del mismo para evitar golpear al mismo. Las llantas continuamente se barren. Ninguno de los copilotos logran cerrar los ojos porque, a pesar del cansancio del viaje, están atentos al camino pero, sobre todo, a la belleza sobrenatural que alcanzan a ver incluso en la oscuridad: Los árboles parecen, lejos de tentáculos de un dios primigenio oculto bajo la tierra, un campo floral para gigantes, la sinuosidad del camino les recuerda que a pesar de que el hombre tratara de adaptar sus rededores a lo que necesita, es el hombre quien acaba de sucumbir ante el poder de la naturaleza, el aire cargado de humedad es como respirar bajo el agua, permitiéndoles ver a los visitantes que sí pueden hacerlo, como sirenas; aunque, por desgracia, no pueden volar por los aires para lograrlo y nadar, pero poco les faltaría. La noche es estrellada como de pintura, pero con un verdor oscuro en la tierra que los ofusca como un hechizo milenario. Los convence de siempre ir contemplando el paraje que, un poco avezado diría, es repetitivo, sólo son árboles y árboles por kilómetros a la redonda; pero entre esta uniformidad, alcanzan a ver que cada punto sobre el que sus ojos se ponen, ven algo único, como un libro que fueran leyendo, uno de imágenes surrealistas.

Llegan a sus moradas, cabañas entre la jungla, en el manglar; deciden dormir y mañana iniciar con sus labores. Hoy, Santiago no usa su audífono, quiere estar listo para el día siguiente, que podría ser muy, muy demandante.

Se despierta con una orquesta de sonidos que son tan poderosos en su tronar como sus bandas de metal que tanto escucha: animales múltiples en todos lados, puede asegurar que los escucha gritando en su oído: monos, pájaros, criaturas rastreras. La seda sobre su cama ha impedido que mosquitos lo acabaran durante la noche, que le succionaran toda la sangre pues, le advirtieron, serían muchos y podría enfermar de alguna infección por su piquete. El sol pasa a través de los verdes y frondosos árboles, es como una especie de alfombra en el aire que deja pasar a través de resquicios vivos y movedizos la luz del gran astro para contemplar la tierra húmeda, la pequeña aldea que entre los árboles viven, entre gente que apenas cubre sus áreas pudendas y niños desnudos que corren de un lado para el otro, hombres avejentados con tatuajes negros, perforaciones en orejas, nariz y boca, con rudimentarias herramientas de madera con las que trabajan la tierra, cazan y recolectan el agua de la lluvia e incluso del rocío de los árboles y de la muy espesa vegetación circundante, miradas curiosas que se clavan en los visitantes y sus extrañas indumentarias con las que cubren sus cuerpos, con las que lo ahogan, en las que se bañan de sudor y se vuelven pesadas y los rozan. Santiago se da cuenta que está húmedo de todo el cuerpo, pero que no siente la garganta reseca como cuando duerme en su cama, en su hogar, no le afecta, porque aquí el calor es intenso a todas horas. Es como un camino principal serpenteante hecho por el uso, no con máquinas enormes de destrucción, algunas zonas con claros para, principalmente, ritos religiosos y agricultura, cabañas alrededor de este camino principal de madera todas, algunos instrumentos traídos de la civilización; pero, sobre todo, una especie de conexión con la naturaleza que Santiago no había visto en tal esplendor, con tal belleza; pero a la que no está acostumbrado. Ve los cuerpos de algunos hombres jóvenes y agradece que no use lo mismo que ellos pues verían que su deseo lo traiciona, como generalmente lo hace.

–¿Cómo amaneciste, Santiago?

–Todo esto parece como si estuviéramos en una pecera, Umberto.

–Es extraño, lo sé.

Al voltear a verlo, Santiago se saca una sorpresa mayúscula: Umberto no tiene su hábito de siempre, aquí sería suicida, además de que no es oficial lo que están haciendo. Ahora tiene un short y una playera sin mangas, además de un gorro para cubrir su rostro del sol. No había imaginado que así fuera por debajo del hábito: su buen amigo Umberto es puro músculo magro, nada de grasa, las venas saltadas bajo su piel pero estético de cierta forma. Le sorprende mucho que a su edad siga teniendo esa figura tan atlética.

–¡Umberto!, no pensé que hicieras ejercicio… a tal nivel.

–No te preocupes, mi muchacho, no eres el único que va al gimnasio y así. Anda, vamos a conocer a la joven que tuvo el último contacto con la vampiresa.

–Voy por mi audífono, dame un instante.

Santiago va por su celular donde tiene la música guardada y su audífono único, su herramienta de trabajo más importante. Ya los esperaba Julión.

–En un rato desayunaremos, primero vamos con María. Ella fue la última… amiga, de la criatura. Podría darnos alguna información importante, o a ustedes. Creo que es importante que vean la realidad del caso. No es común saber de esto. Al rato iremos con Vulpes y con suficiente suerte ya Santiago habrá escuchado algo que nos lleve a saber dónde está el cuerpo de ella.

–¿La han nombrado de alguna forma? –Pregunta Umberto.

–Hija de perra, nada más.

Santiago sonríe. Escucha viento pero no lo siente. Voltea a la derecha y entre la densa jungla alcanza a ver el rostro de una niña asomándose. Regresa la mirada al frente y llegan a la cabaña de la familia. Están la madre, junto a la cama de su hija, el padre de familia ha ido a preparar de comer, el hermano menor está con él o seguramente jugando. Santiago clava la mirada en la joven que está en cama: a pesar de ser de piel oscura, la palidez la hace ver como una muerta, verdaderamente muerta. Está dormida. Todos entran en silencio.

–No se preocupen, está muy débil. No despertará… lleva un buen rato durmiendo, no despertará –dice su mamá.

Se acerca Santiago y acerca el rostro al cuello donde hay varios piquetes pero en parejas, son pequeños agujeros rodeados de hematoma, como de un centímetro y medio o dos de radio, y agujeros al centro de apenas unos milímetros. Varios de esos puntos, de esos tatuajes, en pares, en el cuello y que iban más al pecho. Los labios y párpados amoratados de la joven la hacen lucir con especialmente tenebrosa. Como un cuerpo listo para ser preparado para el entierro. Santiago se aleja y sigue escuchando. Hablan ellos de cómo ella conoció a una muchacha que llegó de entre la selva diciendo que estaba perdida y que no sabía cómo regresar a casa, por lo que pidió ayuda y rápidamente, en cuestión de días, unos pocos, se hizo muy amiga de su hija, sobre cómo siempre andaban juntas y siempre hacían sus labores la una con la otra. La visitante mostraba celos al ver a su hija con alguien más, ya fuera amiga, amigo, familiar; quien fuera. Además de que comenzó a menguar la salud de su hija, mientras que la extraña visitante ganaba más y más fuerza: la debilidad de su cuerpo crecía y crecía como si le pesara algo en los hombros, sus ojos eran amarillentos y su piel perdía color. Llegó un día en que no podía caminar y decidieron aislarla, temerosos de que fuera contagioso. Ese día, la visitante se enojó mucho de que no la dejaran estar con ella, y no se acercaba. Santiago vio una imagen religiosa y un crucifijo sobre la cabecera de la cama. Lograron que se mantuviera en ese débil estado, cuando llegaron los rumores de que a otras muchachas les había pasado lo mismo, de una joven que llegaba de entre la jungla diciendo que estaba perdida y rápidamente la adoptaban casi como una más de la familia. Todas las demás jóvenes que tenían contacto con esta misteriosa visitante, acababan muertas.

Santiago voltea a la entrada y ve a una joven como de la edad de la que está postrada en la cama. Se le queda viendo fijamente a él. Santiago voltea a la entrada y dice:

–¿Por qué ella no entra? –Pregunta a los de la cabaña. Voltean y no ven a nadie. Julión iba a decir algo pero Umberto le pide silencio con un ademán de manos, esperando acción de Santiago. Santi ve que del cuello de la joven aparecen puntos pequeños y rojos que empiezan a sudar sangre, a emitir sangre de forma exuberante, a borbotones, y así como la sangre sale de su cuerpo de cobre, ella pierde color más y más hasta quedar más pálida incluso de la que en cama se encuentra. Da la media vuelta y comienza a caminar lentamente. Santiago la persigue, seguido de Umberto y Julión. Santiago la sigue por entre la jungla. Ella camina casi como si flotara, las plantas y los árboles, las densas raíces no parecen entorpecerle el paso, casi las atraviesa pero estas sí se mueven como si alguien físicamente consistente pasara por ahí para los demás que no la ven. Se adentran en la jungla casi tres kilómetros hasta que ella desaparece entre el verdor fulgoroso de la vegetación. Santiago ya no la puede ver y ni escuchar. Se queda de pie y ve a todo su alrededor. Ve que Umberto y Julión lo siguen y les dice:

–Desapareció… –voltea al suelo–, ayúdenme a buscar, debe haber algo por aquí.

Los tres bajan la mirada y comienzan a buscar en el suelo y Julión encuentra una vestimenta de mujer ahí, sin motivo alguno, entre dos plantas frutales. La levanta y Umberto dice:

–Bueno, ahí tenemos nuestra pista para que Vulpes nos ayude.

Comen tacos de huitlacoche. Santiago tuvo un poderoso recuerdo en el que Matías se burlaba diciendo que era un oso pensar que el hongo era una plaga cuando, en realidad, es un manjar. Al comer, con un chile endiablado que les dieron pero que Santi aceptó de muy buena manera, se acordó de eso con una sonrisa en los labios. Umberto se dio cuenta pero decidió dejarlo con su recuerdo y su memoria.

Al finalizar, cuando el calor aún es fuerte y el sol brilla entre la alfombra de copas de los árboles y la humedad sigue siendo casi suficiente para ahogarlos, Julión les indica que hay que partir porque el camino hacia Vulpes no es corto y, a parte, no saben cuánto tiempo estarán en la jungla. Nadie de la villa quiso acompañarlos, pero les dieron comida y utensilios que podrían utilizar en prácticas bolsas de cuero. Se enteraría Santiago después que eran de piel de mono. Sintió un poco de lástima por los animales, pero se enfocó en mejor tratar de seguir el paso de aquellos dos que, siendo mayores, parecían ser incansables. Santiago pensaba en la ironía del asunto, siendo el más joven, ser quien persigue y ser la razón por la que ellos aminoran el paso a momentos. No es fácil transportarse por estos lugares, y le parece una caminata que, de no ser por la densa vegetación, recorrerían en una tercera parte del tiempo. Deben estar atentos a todo pues hay multiplicidad de insectos y animales pequeños que pueden ser mortales. Julión les contó la historia de un antiguo hombre que fue con motivos de enseñanza religiosa, a otra villa, que decidió adentrarse un poco y encontró miel, pero que no sabía que era narcotizante. Se le paralizó el cuerpo, se quedo a medio camino, y una manta de hormigas llegó para comérselo. Encontraron sus restos un par de días después. No pueden asegurar si sufrió mucho o no, pero el simple hecho de imaginarse que sería consciente en media manera de que las hormigas poco a poco se lo van comiendo; a Santiago le pareció algo sumamente terrorífico. Se dio cuenta que no necesita fantasmas o muertos deambulantes en casonas para asustarse: la naturaleza le da los motivos necesarios también para no querer saber de esas cosas.

Caminan por tres horas aproximadamente cuando Julión dice viendo un excremento en el suelo:

–Estamos ya cerca de su territorio. Él nos encontrará, y si no quiere ser encontrado, no lo vamos a ver de ninguna manera. Siempre traigo un poco de lo que le gusta para que sepa que venimos en paz, sin embargo… –Les dio a cada uno una daga de plata–, si es necesario defenderse, háganlo. No hagan ningún movimiento brusco ni mucho menos comentarios respecto a su… apariencia. A pesar de ser más animal que humano, sigue teniendo orgullo. Es muy respetuoso, pero si lo molestan… no hay vuelta atrás.

En su mochila, Julión tenía una hielera pequeña. Saca una bolsa de sangre, la abre, vierte sangre en un trapo y cierra la bolsa. Pone el trapo amarrado en su mochila, y Sigue caminando. Van tras él.

Cosa a la que no está acostumbrada Santiago es el silencio: dada su extraña habilidad, siempre está escuchando música cuando trabaja, pero incluso cuando no, escucha música. No le gusta estar a solas con sus pensamientos que, últimamente, han sido más difíciles de controlar dado que no está la melodiosa voz de Matías para aplacarlos, ni tampoco está la voz de cristal de María Magdalena para llevarlo a la ensoñación. Santiago se da cuenta en seguida cuando hay silencio por dos cosas: porque le molesta y le eriza la piel por la ansiedad al escuchar a alguien masticar, por eso siempre tiene música al comer con alguien; y porque no le parece común tanto silencio, tomando en cuenta que parecía una sinfónica de animales y salvajismo al despertar. Ahora no hay nada.

–Demasiado silencio –dice Santiago malhumorado.

–Es porque está cerca, abran los ojos y estén muy, muy atentos.

Caminan un rato más entre plantas, silencio y múltiples resbalones de Santiago quien, por una vez, no logra mantenerse de pie y cae de sentón.

–Bien, bien, maldita sea, todo resbaloso y ahora silencioso…

Escucha un olfateo justo al lado de su oreja. Cuando ese algo que lo olfatea, expulsa aire, Santiago lo siente caliente en el lóbulo de su oreja que le sirve para escuchar lo que es normal, lo que todos los demás escuchan.

Los otros dos voltean y Julión va al frente lentamente.

–Vulpes, buenas tardes, ¿cómo estás? –Le pregunta Julión con cierta familiaridad pero, al mismo tiempo, estableciendo distancia.

–¿Quiénes son? –Pregunta una voz que parece como un gruñido de hombre, como un cantante de metal hablaría en la normalidad si su voz siempre fuera gutural.

–Los que te dije que vendrían a ayudarnos con la vampiresa.

–Yo no me meteré con ninguna vampiresa.

–Ayudarnos me refiero a mí, y a los de la aldea, Vulpes.

–¿Trajiste…

–Sí, aquí tengo –Julión saca una de las bolsas de sangre y se la entrega a Vulpes. Santiago se pone de pie con ayuda de Umberto. Lo ve y no lo puede creer: el hombre Vulpes es corpulento como un Tarzán, extrañamente delgado pero corpulento, con su cabello largo y gris que le llega hasta la cintura y está totalmente desnudo. Toma la bolsa y la rompe como si fuera de papel, y bebe cuidadosamente la sangre sin derramar una sola gota. Santiago no le puede quitar la mirada de encima. Al verlo a la cara, porque el hombre voltea a él, puede notar todos esos años en su rostro que luce avejentado, pero de cierta forma conservado, con múltiples cicatrices en todo el cuerpo, con una férrea mirada gris también y facciones lobunas. Es un lobo, incluso siendo hombre. Está totalmente desnudo y Santiago lucha por no voltear la mirada más abajo. Es bastante peludo, más de lo que le gustaría, pero Santiago siente un calor que no había sentido desde que murió su Matías hace tanto tiempo.

–Tengo dos más –dice Julión–, sólo tienes que mostrarme el camino y nosotros nos encargamos del resto. Le da la ropa que encontraron en la jungla y la huele. La suelta y sacude la cabeza como si algo lo molestara. El olor es fuerte, mucho, y desagradable.

–Van hacia algo muy peligroso –dice con su voz lobuna, con la sangre entre los dientes–, van a su muerte.

–Venimos preparados –dice Santiago neutralmente, pero con imposición.

Vulpes se acerca a él con la bolsa de sangre a medio acabar, con la mirada que es como un martillo sobre yunque, con su expresión salvaje pero evolucionada, de aquél que ha visto mucho y se ha fastidiado de lo destructivo y está en proceso de tratar de encontrar aquello que lo haga redimirse.

–¿Qué sabes sobre la muerte, hombre de Dios?

–No soy un hombre de Dios, sólo soy un hombre que ha perdido todo, por eso sé sobre la muerte. Yo la escucho.

–Entonces tú eres el hombre que escucha a los muertos –dice para olfatearlo muy de cerca, Santiago de repente siente que sus mejillas chocan y él, el hombre lobo, emite un gemido que no parece del todo gruñido.

–Yo los llevaré… pero mi trabajo ahí concluirá. Me alejo de la criatura porque es peligrosa.

–Lo sé, Vulpes, muchas gracias por tu apoyo.

Gruñe, vuelve a tomar sangre y dice:

–Síganme –dice para no voltear atrás.

Agotados, llegan a la noche y no saben dónde están precisamente. Julión sube a un árbol para ver las estrellas y regresa con el grupo.

–Sólo así sabré cómo regresar.

–¿No nos puede decir Vulpes?

–No es parte del trato –dice él sumido en la oscuridad. Todos pueden ver sus ojos brillosos y amarillentos que reflejan la luz de la fogata. Lo demás de él no se ve.

–Me parece justo –dice Santiago.

–Coman. La noche no será sencilla y necesitaremos todas nuestras energías para mañana. También será un largo día… ¿crees que lleguemos mañana, Vulpes?

–¿A su paso lento?… sí, tal vez.

–Eso es bueno de escuchar –dice Santiago quien siente los pies y brazos como dormidos por el cansancio.

Pero no duerme, finge hacerlo, mas no lo hace. Espera. Por la forma en que duerme, no deja de ver fijamente a los ojos del hombre-lobo, asimismo, el hombre-lobo no deja de verlo. Cuando ya sólo quedan carbones humeantes, Santiago se levanta y se aleja un poco de donde decidieron acampar, siempre en silencio. Ha de ser algo de Vulpes que asusta a todo lo que haya alrededor. Se pregunta si también a los insectos. Santiago espera a la vuelta de un árbol y cuando menos se lo espera, tiene a Vulpes mirándolo fijamente a apenas unos centímetros del rostro. Le respira. Tiene un aliento sanguinoliento, ferroso, y es imponente, le da miedo.

–Quiero hacer un trato contigo –le dice Santiago en voz baja.

–Sí, lo sé, desde que llegaste hueles a eso que huelen los hombres cuando tienen algo que decir.

–¿Puedes oler intenciones?

–No, pero liberan algo en su cuerpo dependiendo de lo que quieren. Y tu olor es muy fuerte. Quieres llevar a cabo esto pero no es lo último. Hay algo más que quieres.

–Estoy buscando al culpable de lo que le pasó a mi familia.

–Sí, me contaron.

–Quiero venganza.

–¿Un hombre de Dios que quiere venganza?

–No soy un hombre de Dios.

–¿Y eso te da la libertad para decidir quien vive o muere? Deseas muerte, eso es obvio.

–Deseo justicia.

–¿Y qué podrías ofrecerme a cambio de mi ayuda?

–Eso mismo obtendrás, al ayudarme obtendrás tu recompensa.

–¿Y eso es?

–Sangre caliente directa del cuerpo… carne… carne humana.

Santiago alcanza a ver la sonrisa cuasidiabólica de enormes colmillos que Vulpes tiene en el rostro.

Se levantan temprano, muy temprano, el sol ni siquiera había salido, caminan por horas, se detienen a comer y descansar, y vuelven a caminar. El calor nunca se reduce, el silencio siempre es el mismo, el hombre-lobo nunca voltea a verlos para cerciorarse de que lo siguen. Varias veces, Umberto voltea a lugares entre la vegetación, como si percibiera algo. Santiago trata de ver el vistazo de lo que fuera que él ve, pero no alcanza a ver nada que no fueran sombras entre la maleza, sombras que se van intensificando más y más conforme el sol cae, conforme se va ocultando en el horizonte. Santiago piensa que tendrán que volver a dormir en la selva, entre los insectos que corren sobre ellos y la humedad eterna. Comienza a llover. No era el horizonte solamente lo que cubría el brillo del sol, también eran nubes. La lluvia cae a monzón, como si fuera una regadera abierta a tope. Santiago no sabía que podría estar mojado de tantos rincones de su cuerpo al mismo tiempo. No sienten frío, sin embargo, siguen caminando hasta que el hombre-lobo dice:

–Llegamos, el olor viene de ahí.

Señala una bajada, y alcanzan a ver en un punto, aun kilómetro de distancia más o menos, una especie de roca enorme que está en una pronunciada sima.

–¿Qué es? –Pregunta Santiago.

–Una construcción muy antigua, perdida, inmemorial… Yo ya cumplí –dice con su voz gruñido a Julión, quien sin dudarlo saca las otras dos bolsas de sangre y se las da sin chistar. El hombre-lobo las toma con las manos, se voltea a Santiago, y dice–: Yo sabré cuándo ayudarte. Ahí estaré –se pone las bolsas en la boca, las muerde y se aleja a una velocidad sorprendente usando sus cuatro extremidades como lo haría un lobo.

–¿Qué fue eso? –Pregunta Julión.

–Bueno, tú te inspiraste en mi trabajo para pedir el favor de Vulpes… yo le pedí un favor a cambio de algo también.

–Ten cuidado, Santiago –le dice Umberto consternado.

–No te preocupes, mi buen amigo, no actuaría si no supiera que es seguro.

–Debemos ser muy cuidadosos desde este momento, y no podremos detenernos hasta que lo logremos. Si ella no está muerta, nos eliminará con facilidad si nos descuidamos… no sabemos si ella está aquí. Ojos abiertos, siempre en grupo… Vamos.

Santiago se da cuenta de que Umberto toma un rosario de oro que no le había visto y lo aprieta con la mano derecha.

Se va haciendo de noche, por lo que Julión les da una lámpara con lazo que se amarra en la cabeza y así poder ver por dónde van caminando. Sigue sin haber ruido, pero no sólo eso, sino que ahora se sienten observados, cosa que no pasaba con Vulpes entre ellos. No había ruido pero no se sentían acechados por él a pesar de ser una verdadera amenaza en sí, por ser una criatura aún inestable. Las sombras parecen haberse intensificado, todo luce negro, no verde. A cada instante esperan encontrarse con unos ojos amarillos entre la penumbra, acechantes entre las tinieblas; pero no. Sólo escuchan el sonido de sus pisadas. No saben si eso es mejor o peor, pues es mejor saber dónde está el mal a que se oculte y no se rebele. Sin saber de dónde viene el golpe, no se podrán proteger.

Llegan a la sima del lugar y hay una suerte de construcción pequeña piramidal al estilo de las culturas prehispánicas de América Latina: piedra gris embadurnada de musgo y vegetación verde, múltiples grabados escarbados y encriptados en la piedra sin que por eso dejen de ser visibles y hasta artísticos. Estos, sin embargo, no son hermosos: dan escalofríos. La mayoría de los grabados pictóricos hacen alusión a mujeres, bebés, algo que parecen estrellas y vapor, humo. Julión examina de cerca y dice:

–Tlahuelpuchi… básicamente eran vampiresas que se convertían en vapor y animales, especialmente aves. Son de esta zona del globo terráqueo. Claro que, en antaño, emitían una especie de vapor que hacía que la gente se viera en una especie de sopor y así poder chupar la sangre, en especial la de los niños; pero la humana en general, la de animales era buena también. No eran entes malignos en sí, la malignidad en el vampirismo viene de Europa pero esta… esta parece haberse desarrollado, si nos fijamos en lo que ha venido pasando y lo que hemos investigado; una nueva forma de sopor, una nueva forma de engañar, engatusar, de acercarse a sus víctimas.

–De la misma forma que Vulpes es diferente, no es una bestia salvaje; ésta ha desarrollado nuevas formas, más actuales, de llevar a cabo sus viles propósitos –luego de observar la pequeña pirámide, Santiago voltea a Julión–… Vulpes… ¿de verdad es un hombre lobo?

Julión se aleja de la pequeña suerte de pirámide, se talla los ojos y lo ve, a Santiago:

–Podría ser un nahual pero… no estoy seguro.

–Eso explicaría al menos una cosa, que no haya sido violento como se esperaría de un hombre-lobo europeo… los nahuales eran más gente que nacía guiada por un espíritu animal. Así, pues, un gran guerrero era un nahual, un hombre guiado por el jaguar.

Julión lo observa sorprendido y le dice:

–¿Es conocedor usted de culturas prehispánicas?

–No, mi pareja, Matías, a él sí le gustaba todo esto y me platicaba de estas cuestiones. Me encantaba escucharlo, se apasionaba de verdad, los ojos le brillaban, y de por sí le brillaban solitos y hablando de cosas que le gustaban… eran hermosos. Eran vida.

El gesto de Santi es serio, es penétrate, es extrañado, rememora, siente de nuevo, se resiente, es consciente con el recuerdo, la memoria, el pasado que vive en él. Luce tan lejano como el centro de la galaxia, e igual de enigmático. No parece ver al suelo, sino al cielo, y sus ojos brillan como si viera al amor de su vida, a Matías: con esa intensidad, esa profundidad, esa inexplicable razón de ser.

–Lo siento mucho –dice Julión.

Santiago parece salir de su trance y hace un gesto de aprobación.

–Gracias… es por eso que esto va a funcionar… va a funcionar…

Comienza a examinar la pequeña pirámide a detalle pero buscando algo, un fallo, algo diferente; ya no se pierde en su cabeza, sino que se concentra en lo que tiene en frente.

–Si debemos encontrar el cuerpo, necesitamos encontrarlo en algún lugar de aquí pero… cómo lo vamos a descubrir.

–¿Y si está dentro de la roca?

–No creo –le dice Umberto a Santiago–, más bien debajo.

–O en otro lado –dice Julión viendo a su rededor–, podría ser esto la parte ceremonial pero, quizá, el cuerpo está en otro lado pues querían distraer a quien pudiera venir a dañar al cuerpo.

–Pero –dice Umberto a Julión–, ¿por qué proteger a alguien así?

–Ya sabe –le dice Julión–, le ofreces un sacrificio a cambio de perdonar a los demás.

Santiago no puede ponerse el audífono por la lluvia, por lo que toma una hoja, la arranca del árbol y ahí envuelve el teléfono después de secarla lo más posible para llevarla cerca de su oreja. El intenso sonido de la lluvia que cae no lo deja escuchar bien pero algo será, porque nunca ha experimentado si con el ruido de la misma podría ayudarle; sabe que es con música, así que eso hace. Se pega la bocina a su oído y escucha… Undetected, unexpected, Wings of glory, Tell their story, Aviation, deviation, Undetected, Stealth perfected!… Santiago voltea a todos lados. La oscuridad se transforma en tinieblas por la lluvia que es un velo gris y pálido, plata como la luna que no alcanzan a ver. Arriba, escucha que le dicen. Voltea, y ve volando por el cielo, iluminado y vuelto sombra por el relámpago que surca los cielos encapotados en ese momento, un pájaro de un lado al otro.

–Esa hija de puta está aquí –informa Santiago a los otros dos, quienes se acercan entre sí, así como se acercan a Santiago.

–No se separen.

–Santi, sigue escuchando, yo me encargo de lo demás –Santiago sólo lo observa de reojo sin entender exactamente a lo que se refiere, pero hace caso. Entre los tres se dan la espalda para así ver todo lo que suceda alrededor.

–Necesitamos encontrar el cuerpo de la hija de su puta madre –dice Julión entre dientes con una actitud fiera y un gesto casi furibundo, muy lejos de mostrar el más mínimo temor.

–Dale tiempo a mi muchacho.

–No lo digo por él, lo digo por todos. ¿Qué vamos a hacer? ¿La fuerza de Dios puede contra ella?

–La fuerza de Dios puede contra todos.

–Pues dile que te dé esa fuerza.

Aleteos es lo que escuchan, aleteos muy fuertes. Muy cerca. De no ser por la lluvia, verían las hojas barrerse en el suelo, el polvo elevarse, las hojas en los árboles moverse, asustadas. Se quedan estáticos, sólo mueven la cabeza. Si no ven nada, no hay por qué moverse. Si no saben a dónde moverse, no hay sentido en actuar. Santiago clava la vista al frente, la mirada al punto más lejano y oscuro. Las gotas de luz se iluminan fugazmente. Hay un arcoíris. Entrecierra los ojos y apaga la lámpara.

–¡No seas idiota! –Dice Julión pero Santiago lo ignora, no le importa.

Enfoca la mirada, la agudiza, la clava en el frente, en la oscuridad del frente. Otro relámpago surca los cielos e ilumina brevemente su haber, el de los tres. Todas las sombras son proyectadas asesinas, son todas malas y crueles. Son todas de terror. No escuchan nada más que el sonido de la lluvia, que suena como una poderosa batería. Eso le recuerda a Santi. Entonces, otra canción empieza. Belial, Behemoth, Beelzebub, Asmodeus, Satanas, Lucifer… relámpago… y ve la enorme silueta, una silueta de tamaño humano apenas a un par de centímetros de su mismo rostro. Una sombra más grande porque le tiene miedo, una sombra como si un hombre se hubiera puesto una gran cobija sobre la cabeza y la dejara caer. Oscuridad pura. Relámpago. Ve su rostro de forma fugaz. No humana, oh, no lo es: su cabeza ovalada tanto como sus ojos pero estos casi perpendiculares al alargamiento de su misma cabeza. No tiene nariz, y tampoco es boca lo que tiene, sino un pico triangular color sangre. Sus ojos en la penumbra siguen brillando rojos como sangre coagulada putrefacta y muerta. Muerta. Es un gran búho.

Bajo tus pies, escucha que le dicen casi en susurro, como si no quisieran que se enterara la gran ave. Santiago susurra:

–En el nombre del Padre –Umberto voltea hacia él–, del Hijo–, enciende su lámpara y se proyecta en primer plano el ave que se desfigura: sus ojos se vuelven negros como sangre muy vieja y hecha costra, su pico de pájaro se vuelve una boca alargada con dos enormes colmillos puntiagudos y con facha de popotes alargados, su plumaje se desvanece y se vuelve una piel pálida y blanca del color del tuétano, de un hueso corroído, no tiene nariz–, y del Espíritu Santo…

–Amén –termina Umberto.

Con la daga de plata, Santiago se deja caer, deja que la gravedad haga acción en su cuerpo totalmente, justo porque no habría forma de ser más rápido, al mismo tiempo que una poderosísima luz se proyecta desde atrás. La luz del sol, de mil soles, blanca totalmente, enceguecedora; si un humano tratase de verla, se quedaría ciego y se volvería estatua de sal.

Santiago deja de escuchar ruido, todo ruido se ha desvanecido en una nota grave y sostenida a la eternidad, constante, siempre constante. Ve a su alrededor, puede hacerlo. Ve la criatura que sigue luciendo físicamente como ave, pero ahora es negra en su totalidad y tiene colmillos. Es la vampiresa, y la puede ver nítidamente por la luz que viene detrás de él, que sabe de dónde viene, pero no voltea porque sabe que no está listo. Como Umberto siempre le señaló, le indicó con gran hincapié y sería una estupidez traicionar la enseñanza de su maestro en este momento: hay cosas para las que no estamos preparados, por eso la divinidad no nos las concede. Ten cuidado, escucha en su propia mente, la voz de Umberto, no te adentres en aquello que no es para ti.

Las gotas están paralizadas, y la daga de plata se ha adentrado en la tierra pero sabe que apenas ha atravesado el pecho de la criatura. Está en el punto de la muerte, el punto de no retorno pero que aún no es definitivo. Hay tanta luz que parece ser de día. Todo se ha congelado donde está. Ha entrado en algún lado que no es el suyo. Este no es su mundo. Le cuesta ver la realidad así.

–Tan lenta, pero tan real –es una voz difícil, como la de un hombre fingiendo ser de mujer, pero sin duda alguna de mujer, una nota muy baja hecha por una soprano. La más baja posible dentro de la posibilidad de la voz hecha para las notas altas angelicales. Santiago controla el impulso de salir corriendo lo más rápido, de siquiera levantar la cabeza, no debe hacerlo. Trata de controlar su respiración pero sale temblorosa como si aguantara el llanto. Nunca había sentido tanto pánico. Le cuesta pensar, enfocarse, ver algo. Todo es un remolino en su cabeza, todo es un remolino a su alrededor, como si estuviera fuertemente bebido, todo da tantas vueltas y regresa a su lugar como giraría un pulsar en el espacio exterior. Todo es tan fugaz pero constante porque por la velocidad todo desaparece de su sitio pero regresa al mismo al instante. La realidad se vuelve una caricatura de esas que se mueven gracias al cambio rápido de página. Inicia y acaba una y otra vez, una y otra, una y otra, una y otra, una y otra…

–Tú eres ella –dice con voz aguda, de niño. Su voz es de cuando apenas había conocido a Matías, esa voz impúber y blanca. Su voz tierna; pero, en realidad, es sólo la perversión de la suya, como si a muy joven edad le hubieran cortado su tejido testicular y voz fuera un canto de perversión, en lugar de belleza; la belleza disfrazada de aversión.

–Y tú quieres hablar conmigo –le contesta. Al escucharla siente cómo se orina, no puede evitarlo, tiene un pavor que lo hace llorar, temblar, cagarse.

–¿Estás seguro que no me verás?

Sabe que si voltea arriba verá a la muerte, podría toparse con la muerte.

–¿Qué le pasó a Matías? –Pregunta acobardado como quien hablaría si tuvieran la boca del cañón en su cerebro.

Ve unos pies blancos y esqueléticos frente a él, en su campo de visión. Son tan horrendos que defeca aún más, son tan terribles que llora más desenfrenadamente, tiene el ceño en un paroxismo de terror inhumano, totalmente animal. Está a punto de perder la cordura.

Escucha la voz de ella en su oreja buena:

–Lo que lo llevó a la muerte fue la posesión. Él fue poseído por un ángel. Ahora, empuja esa daga, y enfrenta tu destino.

Santiago se aferra a la daga y empuja con todas sus fuerzas, lentamente todo recupera su movilidad, y de un momento a otro, se ve pecho tierra, una cubetada de sangre lo llena, la lluvia cae, y grita, grita sin control. Umberto trata de calmarlo pero Santiago se libera de él y se queda en la lluvia, se quita toda la ropa, la lava con la intensidad del agua que cae y así se queda respirando, tratando de aterrizar en la realidad. No puede pensar, no puede sentir, no puede respirar. Desnudo, da la media vuelta, a sabiendas que el agua mezclada con sangre aún caen de él y ve cómo Umberto y Julión desentierran el cuerpo de una muchacha perfectamente conservado a pesar de sus más que obvios cientos de años bajo tierra húmeda en este lugar.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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