Legión c. 13: Me lo comí

Me lo comí

Santiago observaba a la familia llorando. Había pasado mucho tiempo y, hasta que por fin lograron expulsar al demonio, era demasiado tarde, sin embargo, Juan estaba demasiado cansado para confesarse, no podría hacerlo, y todos temían que fuera a pagar una pena que no le pertenecía por eso mismo. Estaban asustados de que él no fuera a verse con sus familiares en el cielo, presuntamente. Santiago solamente tuvo que ir a confirmar que el demonio no estaba, le había dicho Umberto que el trabajo lo haría alguien más con una habilidad, como la de él mismo, especial. Lo incitó a que se quedara a ver. Santiago aceptó, sin embargo, ya quería que acabaran, porque iría a una fiesta con Matías.

Un par de años habían pasado desde que comenzaron a andar, todo fue de color rosa con sus altibajos, pero no podía quitárselo todavía de la mente a él, su cuerpo, su voz; todo. Matías era su vida desde que se conocieron siendo pequeños, y lo sería por toda su vida, creía él.

En la habitación estaba reunida la familia, fervorosamente creyente, ya con rosarios en la mano, listos para el último adiós, para la despedida a su padre, hermano, esposo, tío, sobrino, amigo y demás títulos que alguien pueda cargarse en la vida. Santiago estaba al lado de la puerta. Veía los arreglos florales alrededor de la cama, los familiares que iban y venían, susurros que eran todos oraciones, las voces que llegaban de abajo, los pasos continuos, el tiempo adelgazar, volverse lento, más lento; es la muerte, cree él, la que causa que el tiempo parezca reducir su velocidad de alguna forma que él no conoce, que ni siquiera sabe si sea posible. Lo que predominaban eran los murmullos de llanto ahogado, de tristeza. Santi llegó a pensar en que no iría a la fiesta, pero al contrario, estar con Matías y en un ambiente así, lo ayudaría a relajarse.

–¿Y no puedes perdonar tú sus pecados?

–Sí, pero la familia quiso hacer otro tipo de… ritual –le contestó Umberto en voz baja–, además, así te das cuenta que hay gente con otro tipo de habilidades.

–¿Quieres decir que no soy único? –Preguntó Santi fingiendo, con un dolor burlón.

–Sí lo eres, pero… ya llegó, mira y sorpréndete.

Umberto dio un paso al frente y dio la bienvenida a una mujer de edad avanzada con un velo en la cabeza. Era transparente y se podía ver a través de él un rostro ya arrugado y alicaído, un gesto triste pero de alguna forma torvas. Sus ojos eran blancos, ciegos, pensó él, pero ella caminaba como si nada, como si no necesitara apoyo alguno, por lo que supuso que de alguna forma veía.

–Buenas noches, Teozolli.

–Buenas noches, hermano Umberto.

–Gracias por acudir.

–No hay problema, me conviene más de lo que parece –volteó la cabeza lentamente y Santiago pudo observar mejor su vestido negro como de funeral pero con grabados de culturas prehispánicas hechos con hilos negros también, pero ligeramente más brillantes. Ella era delgada, muy delgada, casi a punto de romperse. No lograba ver más de su piel, no lograba ver más de ella. Era como si el vestido se moviera solo–. Es él –luego regresó su mirada a Umberto. Dijo–: todos fuera excepto tu pupilo y tú, si así lo gustas.

Umberto pidió a todos los presentes que salieran para poder llevar a cabo el ritual, pues si bien lo habían solicitado ellos, también él les había informado que seguirían las órdenes de la comedora. Lentamente, salieron del cuarto, más de uno viendo a Santiago pues no lo reconocían, y era obvio, no formaba parte de la familia. Al final, se quedaron ellos tres, y Umberto cerró la habitación.

–Abran las ventanas –dijo ella con una voz rígida y rasposa, vieja como si fuera cuerdas de guitarra muy gastadas y desafinadas, entrecortada y casi de llanto.

Umberto hizo una señal a Santiago para que lo ayudara y así lo hicieron, abrieron todas las ventanas. Un viento húmedo venía de fuera y de la calle, que todo seguía normal. Santiago se puso a pensar en la frugalidad de la vida y del pensamiento mismo, en cómo todo sigue siendo normal a pesar de que hay cuestiones paranormales en todo momento, a cada rato, en cada calle. Hay demonios caminando por ahí, entre la gente, vestidos de gente, y nadie se percataba del peligro porque todos creían que nada de eso era posible, que su reducida realidad lo era todo. Todos parecían un montón de hormigas con una meta en común pero que, si una es aplastada, el hormiguero no sufriría de grandes penas, porque habría otras cientos de miles de millones que usarían ese puesto. Sin embargo, Santi no se sentía fuera del hormiguero, nunca lo hizo; ni siquiera se sentía hormiga diferente, solamente una con alas, sin embargo, esas también son prescindibles.

Regresó la mirada al frente y vio que la mujer había puesto un tarro de cerveza sobre el hombre así como un pedazo de pan. Santiago frunció el entrecejo pues le parecía una imagen casi bizarra, extraña, no había pensado en algo así, ni siquiera en sus más extraños pensamientos. ¿Qué pedo?, pensó, y vio a la mujer que se había quitado su velo revelando una piel tan vieja como la roca que ha quedado sepultada muy profundamente. Su cabello era de polvo y, en efecto, sus ojos eran blancos como dos dientes de león. Después de acabar su oración, tomó el pan y se lo comió, así como la cerveza se la engulló de un trago. Se desnudó sin los más mínimos de los pudores, sin importar que estuvieran ellos dos ahí. Puso una vasija bajo ella y comenzó a pujar. Santiago no aguantó más y desvió la mirada con esa sensación en la piel de que hemos visto algo que no debíamos y pudimos haberlo evitado, como esas veces que se ve a un joven desnudo y la mirada casi sin querer se va a sus partes siempre ocultas. Entonces, un aroma tremebundo invadió la habitación.

–Mira… –le dijo Umberto, y él sin querer, y no porque el cuerpo de anciana le pareciera desagradable, sino porque era el cuerpo femenino en sí lo que no le llamaba tanto la atención per se; vio cómo de entre sus nalgas arrugadas y caídas, salía un humo oscuro. Ella defecaba humo oscuro que se disolvía en el aire. Hasta ese momento, Santiago se dio cuenta que el olor, a pesar de ser terrible, no le causaba arcadas, y que era muy desagradable, pero jamás lo había olido antes. Si tuviera que describirlo, lo haría diciendo que era como huevo podrido encerrado por mucho tiempo mezclado con humedad. Comenzó a sudar por el aroma, era insoportable, y trataba de no respirar tanto, pero se estaba mareando. Casi podía sentir un sabor mohoso en la boca, una explosión de esporas podridas en sus muelas, como saborear un grito de terror, un sonido muy agudo que le haría explotar los oídos internos a cualquiera. Eso, pero en sabor. Recordó una vez que una compañera, cuando iba en la preparatoria, dijo que olía a oruga, así pues, comprendió, que este olor era el de un grito. Sus ojos lloraban por la pestilencia, pero vio a través de sus lágrimas cómo los huesos de la anciana se desdibujaban lentamente, cómo su piel se afirmaba y sostenía sola, cómo sus nalgas recuperaban fuerza y se paraban, cómo sus piernas perdían flacidez y tomaban musculatura, cómo sus brazos pasaban de ser bofos a ser firmes, cómo perdía la avanzada edad y tomaba facciones de juventud en flor, de firmeza, de belleza inigualable.

–Lástima que te guste el chile, mi vida –dijo ella al acabar con una voz jovial y bromista. Santiago se ruborizó y bajó la mirada. Umberto solamente sonrió. Ella se vistió, pues llevaba ropa lista, sabía lo que sucedería. Les hizo un ademán con la cabeza y se retiró. Umberto la acompañó y pidió que nadie entrara aún pues el aroma era muy fuerte aún. No les dijo que por la pestilencia, pero sí les pidió tiempo. Umberto fue con Santiago quien se hacía aire con la mano, pero se dio cuenta que sólo se echaba la pestilencia a la cara.

–¿Qué fue eso? –Preguntó Santiago verdaderamente impresionado, con el gesto sorprendido, en realidad no podía creerlo aún.

–Una comedora de pecados que ha perfeccionado su técnica. Quedan pocas con vida, y ella es de esas. Vuelven los pecados pasados en vida para ellas. Son… espíritus de alguna forma… no sé si malignos porque toman el pecado y lo vuelven vida para ellas, pero libran a alguien de sus pecados. Tengo entendido que alguna vez hicieron ese trato con algún dios pero te mentiría, son muy herméticas. Para que te des cuenta –dijo poniéndole las manos en los hombros–, ellas tienen su camino, tú debes encontrar el tuyo. Tu habilidad solamente la podrás explotar a tu manera. Ellas, por ejemplo, vienen de una tradición milenaria, son más viejas que Jesucristo, de una deidad femenina de antaño pero no recuerdo exactamente cuál. Esta divinidad era contradictoria y estaba relacionada con la feminidad: ella traía las enfermedades venéreas, pero las curaba, también provocaba desviaciones, pero las absolvía, ella estaba encargada del parto, de los médicos, la fertilidad y la locura. Estas aprendieron alguna técnica. Este hombre que vemos –dijo con un leve movimiento de cabeza–, es totalmente libre de pecado ya. No sé qué tan aceptado sea eso por aquellos que se encarguen de su juicio, pero va limpio.

–¿Y no está mal eso, Umberto? Es decir, ¿no debería ser juzgado?

–Hijo, así como este hombre fue absuelto, tú tienes algo en ti que te condena en automático, ya hemos hablado de eso. En sí, sabes que una simple masturbación nos condena al infierno por imitar el desperdicio de la semilla que Onán hizo; pero también recuerda que así como estas personas que son liberadas de sus pecados, tú puedes hacer algo.

–Los mariposones no vamos al cielo, Umberto, yo ya me hice la idea –dijo a su amigo mayor.

–Santi… –dijo Umberto en tono de reproche.

–Lo digo de broma, lo digo de broma… los homosexuales no vamos al cielo, Umberto… no me molesta ayudar a Dios sabiendo que eso pasará de todos modos.

–Eso te pasa porque estás pensando en ti, pero deberías pensar también en la gente que vas a ayudar e incluso salvar.

Santiago frunció el ceño.

–¿Quieres decir que me puedo redimir?

–Algo así, hijo mío.

–¿Dios sería capaz de perdonar… nos? Digo, a Mati y a mí. Es que, esotéricamente es imposible…

–Esotéricamente alguien como tú no debería tener una habilidad como esta, pero mira, has venido a enseñarnos algo a todos, incluyendo al más alto de todos, al que no puede entrar a la iglesia por altísimo.

Santiago sonrió y meneó la cabeza por el chiste tonto de Umberto.

–Me parece muy difícil eso, amigo.

–¿Por qué, mi muchacho?

–Porque si soy capaz de intercambiar de alguna forma mi pasaje al cielo con mi buen trabajo…

–Recuerda –interrumpió brevemente Umberto–, Dios es justo, no tanto esa imagen de bondad que todos tenemos. Es justo. Y él debe establecer la flexibilidad necesaria para la justicia como tal.

–Sí, comprendo, pero eso querría decir que Dios sería capaz de perdonar hasta Satanás, si es que él de alguna forma decidiera regresar al cielo… ¿lo haría?

Umberto no le contestó, sólo lo observó orgulloso por cuestionarse eso. Le sonrió, le revolvió el cabello como cuando todavía era jovencito de secundaria y le dijo:

–Eso tú me lo dirás después, mi pequeño Santi –ambos, maestro y pupilo se miraron a los ojos, enternecidos, gozosos de tener a un amigo a quien ver, solamente ver, sin necesidad de hablar, de llenar los silencios con palabras bobas, sin la necesidad de intentar ser alguien que no ni que se malinterpretara su intimidad mutua: sólo verse a los ojos y sonreír–. Órale, pues, ve a tu fiesta con tu novio. Me lo saludas y le das un abrazo de mi parte.

–¿De tu parte? Uy no, qué asco, Umberto

Umberto lanzó una risotada seguida de un gesto infantil de travesura, y fue a decir a todos que podían entrar de nuevo, pues el aroma se había disipado lo suficiente.

Santiago llegó en taxi a la ubicación que le había mandado su hombre, una casa bastante grande en una de esas zonas donde sólo iría si quisiera sentir celos, y lo hace, pero con moderación. Cuando llegó, su luz y luna salió a recibirlo, con esos ondulados cabellos cubriéndole la frente, su sonrisa amable y su andar de coqueto. Se abrazaron y se besaron en los labios.

–Por fin llegas, amor.

–Y créeme que tenía ganas, hoy vi algo muy perturbador. Una comedora de pecados en acción.

–¡No me digas!

–¿Sabes qué son?

–Tienen que ver con Tlazolétol, la deidad de la inmundicia.

–Vaya que eres inteligente –le dijo Santiago para pegarlo más a su cuerpo y hacerlo sentir lo que le provocaba en su físico.

–Guarda eso para al rato, guarro.

Santiago rio.

–Uy, tengo de sobra para ti, amor.

Se besaron otra vez y caminaron a la entrada.

–¿Y tu carro, Santi?

Matías tomó la cerveza que había comprado Santiago y con la mano libre lo guio tomándolo de la mano. Santi le había dicho que le daba pena porque la gente se les quedaba viendo, pero Matías le decía que generalmente la gente cela aquello que desea, que se tranquilizara. Eso no evitaba que sintiera algo de pena, pero con él, todos sus problemas siempre se desvanecían.

–Vine en taxi, ya sabes, por si te quieres tomar una cerveza, o dos… ¡pero docenas, hijo de la…!

Mati rio con estruendo.

–Ya sabes que no me gusta tomar.

–Ya lo sé, don mamado, pero igual, no tendrás que manejar, así que puedes disfrutar.

–Disfruto con el simple hecho de tenerte conmigo, mi amor.

–Eres bien hermoso, mi Mati –le dijo para besarlo en la mejilla.

La música era ruidosa, de esos punchis punchis que alborotan las neuronas, habían instalado luces de colores y hasta una bola disco que reflejaba luces blancas a todos lados, mesas, sillas y sillones con todo tipo de personas, mujeres hermosas y hombres nada atractivos comparados con Matías, al menos para Santiago, y mucho alcohol. Una casa enorme con un gran patio y alberca, una cocina integral del tamaño de la casa que Santiago había pensado en comprar alguna vez, vestiduras de madera, enormes pantallas de televisión, un cine en casa, tres pisos hacia arriba, bacón al frente, seis habitaciones, cuatro y medio baños con tina y uno con jacuzzi. En fin, un nivel económico que Santiago sólo podía entrever en sueños, de esos que tenía muy escasamente, casi todo de patinar y volar, pero algunos de casas gigantes donde le gustaría vivir. Se quedó honestamente pasmado al ver el enorme lugar.

–Ven, te voy a presentar a Flor.

Por primera vez la conocería, la mejor amiga de Matías, por quien ha tenido un par de accesos celosos porque a él gusta de pasar tiempo con ella, mucho.

–Florencia, mira quién llegó…

Santiago siempre ha pensado que la mirada dice todo de una persona. Cuando Matías solía entrar a escondidas a su cuarto, su mirada era de emoción, de esas ansias sanas, una especie de especulación, expectativa de algo maravilloso. Brillaba, y eso mostraba lo que tenía dentro. Por eso cuando se acostaban desde pequeños, y Matías se colocaba sobre él, solamente se veían a los ojos, y no se aburrían, podían verse sin platicar, solamente verse, Santiago pasando sus dedos entre su cabello y sonreír, siempre sonriendo, y nunca les dolían las mejillas por eso. Justamente eso fue lo que lo enamoró de Matías: su mirada, sus ojos encabritados, un salvajismo fruto de la emoción radiante al ver a Santiago Umberto. Matías, desde ese tiempo de amistad, lo besaba con la mirada, lo amaba con la mirada, lo deseaba con la mirada, se emocionaba, se sentía completo. Santiago sentía lo mismo, al verlo, al ver sus ojitos parpadeando, era como ver al mismo Dios sonriendo, como ver a un niño pequeño agradecido. Flor tenía mirada de locura: era una explosión latente, algo oculto, una especie de barrera que ocultaba algo. Los ojos los abría mucho, sólo los párpados, pero las cejas se quedaban en su lugar. Era enérgica y muy intensa, su voz era grave, pero femenina aún. Tenía el cuerpo que cualquiera podría desear.

–¿Es él? –Le preguntó viendo a Matías fijamente, acercándose mucho a él casi como si lo fuera a besar–, ¿es él Santi?

–Así es, Florencia.

–¡Aaahhhh! –Gritó emocionada, fingido para el gusto de Santiago, por momentos le recordó los Nazgûl de las versiones cinematográficas del Señor de los Anillos. Lo abrazó con fuerza, mucha, y pudo sentir sus senos aplastarse contra él. Supuso que sería algo excitante para cualquier hombre, pero a él sólo le gustaban los huevos de Matías contra los suyos.

Sonrió por su pensamiento y se libró de las tenazas de la mujer.

–¡Qué padre! Mati me ha hablado mucho de ti, y me pareces adorable, como para comerte. Ven, siéntate, cuéntamelo todo.

–¿Todo? –Eso no se cuenta, pensó Santiago, se come.

–Sí, seremos mejores amigos los tres –dijo abrazando con el otro brazo a Matías.

Santiago, dada su inhabilidad para hablar y establecer situaciones de confianza en socialización; no había tomado tan rápido en bastante tiempo. Aún estaba en esa etapa donde la cruda no pegaba más que como un simple cansancio del cuerpo al día siguiente, muy de vez en cuando una leve náusea; pero nada que no pudiera ser solucionado con sal de uvas o una buena rusa. Quien hizo la mayor parte de hablar fue Matías: contó sus proyectos sobre irse a vivir juntos en una casa que su padre rentaba, se las dejaría a mitad de precio de renta, y ambos podrían seguir estudiando apoyados con lo que Santiago iba ganando así como el padre de Matías les ayudaría con las compras del hogar en torno a comida y arreglos funcionales. El plan era que Matías lo apoyaría con su trabajo, que lo dejaron como clases de regularización privadas para casos urgentes, y así irían forjando su vida juntos. Santiago, cuando sentía que la cabeza le empezaba a dar vueltas y el mareo era agradablemente relajante, que querían adoptar una niña. Cuando dijeron esto, Flor volvió a emitir uno de esos chillidos que la caracterizaban, era como un perro chillando porque le pisaban la pata y, a pesar de la música que era fuerte, varios la escuchaban y volteaban a verla burlonamente. Sin embargo, ella era la anfitriona, así que no podrían hacer nada. En realidad, muy pocos eran invitados de ella.

Cuando ya Matías y Flor hablaban de cosas un poco más de su relación, Santiago se puso a observar a su alrededor, y se dio cuenta que con su trabajo de futuro exorcista, su conocimiento sobre la vida y el esoterismo, al ver a los demás ligando, besándose, bailando; supo que no sería como ellos, y no porque así lo quisiera, sino porque no se sentía parte de ese grupo. Matías lo apoyaba en todo y le creía cada cosa que le contaba Santi, era su mano derecha, el barandal de su escalera, la red de protección del experto que camina sobre la cuerda floja. Se preguntaba cómo hacía Matías para sobrepasar esa barrera de ser un extraño entre la gente que, seguramente, él podría salvar. Santiago sabía que no era esa en realidad la cuestión, sino más de introspección, de sentirse algo distinto por haber crecido distinto pero tratando de no hacerlo notar, especialmente porque su trabajo no debía ser reconocido. No podía pasar de un maestro que ayuda a quienes no pueden, debía enfocarse en aquellos con dificultad para el aprendizaje. No soltaba la mano de Matías, quien hablaba con ella, y él veía sus dedos entrelazados, y sonreía; veía que un par de personas los veían, pero no les daba importancia, gracias a la breve euforia causada por un estado de intoxicación no grave, su mundo era Matías. Luego lo abrazó y recargó su cabeza en su hombro, su almohada favorita, le había dicho. Flor hizo alguna expresión pero Santiago la ignoró. Entre la gente vio a un niño caminando, de unos 7 años, ir de un lado al otro solamente. Parecía asustado pero se distrajo cuando Mati le dijo:

–Vamos a bailar, amor.

–Pero… –Dijo Santiago con el rubor subiendo por su cuerpo y sonrojándolo–, hay mucha gente, Mati.

Matías le sonrió, enternecido.

–Ya te sonrojaste todo, ¡qué bonito te ves! –le dijo plantándole un beso en los labios–, pero no te preocupes por ellos. Aquí estamos solamente tú y yo.

Fue esa seguridad, ese brío como de caballo galopando en la pradera sabiéndose el rey, ese candor de amante convencido, esa ternura de amante comprensivo lo que lo llevó a dejar su cerveza y levantarse. Tomados de la mano comenzaron a moverse tal y como el ritmo sexual lo pedía, y Matías le dio la espalda y entrechocaron sus cuerpos no en una danza vulgar, sino sensual, finamente erótica, algo que no podría ser catalogado como obsceno, sino más bien como atractivo, un meneo de caderas digno de aquellos que se conocen tan bien que parecían estar unidos. El ruido sumergió la cabeza de Santiago en el solo pensamiento de moverse al ritmo de su amado, lo tomó de la cadera con ambas manos y el otro echó la cabeza hacia atrás hasta acomodarla al lado de la de Santiago, y así, con las mejillas chocando, se movieron, una mezcla de amor y sensualidad erótica tan llamativa que el par que les llegó a prestar la mínima atención fugaz que se da en estas reuniones, sonrieron, no burlones, sino ligeramente apantallados por esos movimientos que eran como las ondulaciones del agua, un agua templada y cálida, con una brisa refrescante, parecían flotar el uno con el otro. Santiago le dio la vuelta y lo siguió tomando de la cadera, justamente esa parte que lo volvía loco, y viéndose a los ojos, siguieron bailando, con una sonrisa provocadora pero amable, se hundieron cada uno en los ojos del otro, y las luces brillaban en las pupilas opuestas, se veían más profundas, y la oscuridad no era más que el lecho amatorio. Lograron llevar hacer el amor a un nivel diferente: al bailar hacían el amor, lo rehacían, lo volvían algo tan prístino y sensual, que el orgasmo no fue físico, sino ocular: al verse así, al moverse así, al sentirse el uno al otro así, hicieron sonreír al mismísimo cielo eterno. Finalizaron cerrando los ojos y besándose, no fue necesario, por primera vez, decirse explícitamente que se amaban; lo mostraron bailando.

Santiago lo abrazó y lo estrechó muy fuerte, cerró los ojos, y luego le dijo al oído:

–Tengo que ir al baño.

Mati comenzó a reír y le dijo:

–Ve, Santi, mi amor, yo aquí te espero.

Santi le sonrió y le pasó la mano por la mejilla.

–Ahorita vengo.

Dio unos pasos y vio una vitrina de cristal que reflejaba. Vio a Flor reflejada ahí, con su rostro de mujer bonita pero esos ojos de locura, con una gestualidad exagerada y con sus gritos que taladraban los oídos. El único funcional, en el caso de Santiago. Vio que cuando la luz roja la alumbraba, algo se asomaba en la comisura de sus labios y en su barbilla. Cuando otra luz alumbraba, no tenía nada. Roja: algo, ahí, escurriendo en su mentón y en su playera. Otro color: nada. Rojo: sangre. Otro color, nada. Dejó de escuchar, dejó de sentir, se enfocó totalmente en el reflejo cambiante. Y de repente, el reflejo volteó a verlo y Matías lo sorprendió.

–¡Santi!, ¿ya fuiste?

Santiago salió de su aletargamiento y en el reflejo no estaba ella.

–¿Qué?… ¡Ah!, no, todavía no.

–¿No? Es que has estado aquí de pie por 5 minutos, amor.

–¿5 minutos? No manches, no… –Entonces se dio cuenta de que su vejiga estaba por estallar–, bueno, igual y sí –dijo Santi con la mirada perdida.

–¿Estás bien?

–Sí, sí, amor, ahorita vengo.

Y fue directamente al baño. Vio por debajo de la puerta que la luz estaba prendida. Esperó un rato. Regresó la mirada y ahora la puerta estaba abierta y la luz apagada. No se dio cuenta de cuando salieron, pero no le dio importancia, Ya estoy pedo, pensó. Entró y descargó todo en el inodoro. Ya habían orinado por fuera, Pinches salvajes, güey, pensó, y había un olor penetrante a orina. Se sintió bien por no ser mujer y tener que sentarse ahí, pero al mismo tiempo se sintió apenado con ellas, como si hubiera hecho él ese desmadre. Se estaba lavando las manos cuando vio un salpicón rojo en el espejo, rojo, no parecía labial, era espeso. Le puso un dedo encima y vio que era caliente, casi podía sentirlo latir. Lo sobresaltó alguien que tocaba desquiciadamente. Necesita orinar urgentemente, pensó para sus adentros, así que salió, pero no había nadie. Es que estoy pedo, se dijo, buscó a su amor, lo encontró, y lo abrazó desde atrás, y apoyó su cabeza en su hombro, y ahí se quedó a pesar de que estaba en un círculo de amigos. Gracias al alcohol, no le importaba demostrar su sentimiento, era ridículo, incluso lastimero que sólo tomado lo hiciera, pero lo hizo, y se sintió feliz, sobre todo al tener esos redondos glúteos contra sí mismo.

Estuvieron platicando hasta que se formó un círculo de esos a donde todos van a bailar. Bailaban unos al lado del otro. Santiago volteó la cabeza y vio en una mesa una foto, rápidamente va y la tomó y la observó con más detenimiento. Regresó junto con Matías.

–Vi al niño de la foto.

–¿Qué niño, amor? –Le preguntó Matías tomándolo de la cadera y pegándolo a sí mismo.

–El de la mesa de ahí –dijo señalando la misma. Matías volteó y la mirada que le dio a su novio, hizo que Santiago sintiera un poco de vértigo.

–No es cierto… –dijo casi sin convencerse a sí mismo. Santiago dudó, pero dijo:

–Sí, lo vi hace rato, caminando entre la gente.

Matías lo tomó de la mano y lo apartó un poco del grupo.

–Santiago, no digas eso.

–¿Por qué? Digo, es la casa de tu amiga, es normal que su hermanito…

–¡Está muerto, Santiago! Está muerto y ella sigue muy afectada. Creerás que es muy energética por naturaleza, pero es porque su hermanito murió. No digas eso, por el bien de todos.

–Pero se me presentó, Matías, si se me presentó es por algo.

–No estás escuchando tu música, Santiago.

–Pero sí este estruendo, que es música también –Voltea a su alrededor–, debe estar por aquí.

–Es mi amiga, Santiago, no la lastimes.

–No lo haré, pero si el niño…

El retumbar del ritmo electrónico se fue desvaneciendo poco a poco, todo se fue reduciendo a un sonido grave, muy grave, uno que vibraba y vibraba. En las escaleras, cuando la luz roja alumbraba, veía al niño, uno muy pequeño, delgado, y con los ojos aterrados. Con luces de otro color, no había nada, nada. Rojo, el niño aterrado. Otro color, nada. No estaba el niño solamente ahí, como si nada. Tenía en sus manos una bolsa de papel y se la estaba ofreciendo a Santiago, pues era el único que lo veía. Matías se dio cuenta que Santiago estaba viendo a las escaleras, volteó y no vio nada. Nada en ningún color. Tomó a Santiago de los hombros y lo sacudió un poco.

–Amor, amor, por favor, descansa un poco, ¡descansa!, distráete, no seas…

Santiago tomó suavemente sus manos y las apartó, lo vio a los ojos, y dijo:

–Dios, creador y defensor del género humano tú formaste al hombre a tu imagen y lo recreaste admirablemente con la gracia del Bautismo; vuelve tu mirada sobre este siervo tuyo, y escucha bondadosamente mis súplicas. Te pido que brote en mi corazón el esplendor de tu gloria para que, eliminado todo terror, miedo y temor, sereno en mente y alma junto a los hermanos en tu Iglesia pueda alabarte eternamente. Amén.

Matías salió de un ensueño, lo vio sin comprender muy bien:

–¿Qué pasa? ¿Dijiste algo?

Santiago lo apartó suavemente y se dirigió a las escaleras. Conforme se acercaba, el color rojo dejaba ver al niño, y conforme iba cerrando distancias, el niño iba cambiando. A cada color rojo que lo alumbraba, que alumbraba las escaleras, iba revelando más y más su naturaleza. Primero, su mirada cambió, el horror de ver algo que ningún niño pequeño debería ver cambió por una de dolor, de lástima, de búsqueda de protección. Luego, su boca, la mitad de su labio superior desapareció, así como por entero el inferior como si se lo hubieran arrancado con algo afilado, de raíz. Luego, su mejilla derecha también, arrancada. Luego vio que no tenía playera, le faltaba un pezón, su estómago estaba todo lleno como de mordidas, pero no eran animales, no había colmillos. La sangre emanaba de todas sus heridas. Se siguió acercando. Estaba en interiores, y sus muslos y pantorrillas revelaban enormes mordidas en las partes más carnosas. Santiago supo que para un ser humano sería imposible mantenerse de pie, ni siquiera por el dolor, sino por la falta de músculo para sostener el peso arriba. Le faltaba carne de todos lados de su cuerpo, su abdomen estaba al descubierto, su músculo atropellado, la sangre emanando dejando un charco espeso, oscuro, pegajoso y oloroso. Para este momento, la gente lo observaba caminar como ensoñado. Lo que más le afectaba a Santiago, era el rostro de dolor, el rostro de la falta, de la necesidad, del cariño que no le dieron.

Flor observaba todo con el rostro enrojecido, los ojos llorosos, a punto de enloquecer.

Escucharon todos, a pesar de que Santiago lo dijo en voz baja:

–Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia y quisiste que fuera hijo de la luz, concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Lo tomó de la cabeza y lo besó en la frente. Tomó la bolsa.

Libero te.

El niño lo vio a los ojos y de un lado de la boca sonrió, Santiago podía ver toda su dentadura porque no tenía labios prácticamente, pero en los ojos lo notó, se entrecerraron en algún grado, fruto de una sonrisa honesta de aquél al que le han robado todo.

Matías lo veía con horror en donde se había quedado cómo había sangre en el último escalón de la escalera, sangre que nadie había visto antes. Santiago dio la media vuelta con una bolsa de papel en las manos que, a su vez, goteaba sangre.

Flor temblaba, temblaba como si estuviera a punto de tener un colapso nervioso, como si estuviera a punto de morir por la hipotermia.

Santiago abrió la bolsa, tomó la cabeza de los cabellos, y la sacó: la diferencia con el niño era que este tenía los ojos torcidos hacia arriba, estaba llena de gusanos, pálida como un bloque de hielo, el olor era insoportable… era el mismo niño.

Flor explotó, se puso a correr por todos lados gritando:

–¡Me lo comí! ¡Me lo comí! ¡Me lo comí!

Se necesitaron 4 hombres para controlarla. La fiesta se acabó entre gritos de horror, llantos, policías, una joven detenida y unos padres sin consuelo.

Matías y Santiago se sentaron en el pasto, al lado de la puerta de entrada. Santiago se sentía credo (crudo y pedo), y Matías no dejaba de ver al frente. Había ido Umberto también a manejar la situación para que no se saliera de control: si salía en las noticias que Santiago recibió una bolsa con una cabeza de la nada, su secrecía corría peligro. Santiago, por su parte, sólo observaba, y notaba que los agentes se le quedaban viendo frunciendo el ceño. Eso era lo que más le dolía: que lo veían como monstruo sólo por ayudar a quien nadie más podía ayudar. Volteó hacia Matías y le preguntó en voz baja:

–¿Cómo te sientes?

Santiago notó que su voz era ronca.

–No sé –le contestó su novio.

Santiago suspiró y luego lo rodeó con un brazo. Por un momento pensó que él se alejaría pero, contrario a eso, se recargó sobre Santiago. Sentir su calor fue, para Santi, tan tranquilizador que por fin pudo relajarse un poco.

–Lo siento.

Matías movió su mirada hacia la de su novio.

–¿Qué?

–Lo que pasó, ella era tu amiga y…

–No… –dijo Matías–, no era mi amiga… no la conocía –Sus ojos se inyectaron rojos y con lágrimas arrasando sus mejillas, arrugó el rostro y su boca se hizo un arco de dolor–… ella no era mi amiga… no era quien yo creía.

Se puso a llorar. Santiago lo abrazó y lo sostuvo contra sí mismo, aspiró el aroma de su cabello, el aroma suyo, el de su cuerpo, el que él expedía. Su perfume favorito no era comprado, era el aroma particular de Matías.

–Todo estará bien ahora, mi amor.

–Lo sé –dijo de nuevo para verlo a los ojos–, porque a ti sí te conozco.

Se besaron largamente hasta que Umberto carraspeó. Ellos alejaron sus labios, Matías como si nada, Santiago como si lo hubieran descubierto en una travesura. Umberto les sonrió fugazmente, enternecedoramente.

–Ella no presentaba características de posesión sólo estaba… mentalmente desviada –informó a Santiago, quien afirmó con la cabeza–, siento mucho lo de tu amiga –dijo Umberto poniéndose en cuclillas frente a Matías–, pero no te lastimes por ella. Tú no lo sabías… –le puso la mano en su cabeza y susurró, tan bajo que Matías no lo escuchó, pero Santiago lo pudo leer en sus labios–: Libero te –casi al instante, Santiago sintió cómo su novio se relajó y se tranquilizó.

–Gracias –le dijo Santiago a su amigo mayor.

-¿Gracias? Por fin conozco al susodicho. Es un gran muchacho, puedo verlo –Matías sonrió, no lo notaron, pero así lo hizo, pues tenía su rostro hundido en el pecho de Santiago–… joven Matías –él volteó a Umberto como si alguien de gran autoridad, pero amable, se lo pidiera–, cuida de mi muchacho, ¿eh?, él te ama, tiene todo depositado en ti. Yo sé que tú en él así es también, pero de sobra sé que él te ama como a nada en el mundo. Yo sé que a lo mejor mi petición cae de sobra porque… bueno, lo harás, lo cuidarás… pero un viejo siempre pide eso.

–Tú no eres viejo, Umberto –dijo Santiago.

–Más que tú, sí.

–Gracias, así lo haré –dijo Matías apenado. Con nadie había visto Santiago que Matías se apenara.

–Vamos, los dejaré en su casa. Necesitan descansar.

Santiago lo ayudó a levantarse y dormirían ambos abrazados uno al otro protegiéndose de todo, cuidándose de todo, pero sobre todo: amándose como nadie jamás.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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