Legión c. 14: Imaginario

–¿Puedo ir a los juegos?

Las ventanas de cristal, que si bien estaban templadas y oscurecidas, dejaban pasar el calor que venía del exterior, el sol se desparramaba sobre todo ahogando esa temperatura, y aunándola a los diferentes hervores de los múltiples puestos de comida de la plaza, que iban desde comida coreana hasta las típicas pizzas grasientas que a más de uno causarían asco; todo se mezclaba en un sopor casi brutal. Todo se coludía en un golpe, a la mandíbula o al riñón, totalmente embrutecedor. Se encontraban en la sección de comer, la de comida, muchas mesas de plástico que parecían eternamente cubiertas por una capa de grasa que se había evaporado pero solidificado con el paso del tiempo, así pues, siempre que tocaran la superficie de la mesa o de las sillas donde se sentaban, se encontrarían con algo pegajoso pero que no les dejaba pegajosos los dedos ni la piel, pero sí una sensación de suciedad aunque no fuera visible ni evidente. Se encontraban los tres, la familia, disfrutando de unas desagradables hamburguesas que la pequeña de sus ojos, de los cuatro ojos de los dos papás, había pedido. Ahora, con la cara manchada de salsa cátsup, con sus dientecitos de leche cayendo y sus dos colitas rubias, ella solicitaba ir a jugar a los juegos, a esos columpios, de plástico y resbaladillas que eran lo opuesto a lo que decían ser, porque eran pegajosas como las mesas y el simple contacto provocaba fricciones y estáticas indeseadas. Ambos ya podían verla regresar con los pelos de punta. Había estaciones arriba, a unos dos metros del suelo, con puentes de colores y muchos niños jugando, gritando y corriendo de un lado para el otro. ¿Qué podían decirle?, ¿que no fuera?, ¿que se quedara con ellos? Sería inhumano.

–¡Órale, pues, chamaca, vaya a jugar un rato! –Le dijo Santiago no sin antes limpiarle la salsa cátsup de su radiante sonrisa de niña pequeña. Se fue gritando muy emocionada y los dos, ahí, la vieron sumergirse en un mundo de plástico, fricción y demás niños pequeños llenos de sudor, sonrojados y brillantes por sus sonrisas.

–Ay, Santiago, la dejaste ir y ni se acabó sus papas.

–Bueno –dijo Santiago a Matías–, la salvaré de los triglicéridos asesinos –dijo para zamparse una no sin antes llenarla de cátsup. Matías lo vio como el maestro ve al alumno que miente, y que sabe que miente.

–La dejaste porque querías sus papas… –dijo sabiendo que era esa la razón, pero aun así dejando abierta la puerta para el intercambio de ideas.

–Nooooo, ¿cómo crees, amor? –Le dijo Santiago con una mueca juguetona e infantil.

–Y luego va a regresar la niña y va a preguntar que qué pasó con sus papas y dirás que desaparecieron por arte de magia…

–Ay, toma, come conmigo –le dijo Santiago para poner una papa en la boca de su amor y él, sin chistar, la masticó.

–Estoy satisfecho con tu trabajo, pero indignado –dijo sonriente.

–Yo estoy satisfecho con verte, amor.

Ambos vieron a María Magdalena jugar, subir y bajar. Ella volteaba continuamente a ellos y les gritaba, los saludaba con la mano, y luego corría de nuevo. Ellos, a cada momento, le sonreían como si no lo hubieran hecho ya mil veces, porque si no lo hacían, romperían el hechizo, y quien saldría perjudicada sería ella.

–Es un torbellino esa niña –dijo Matías.

–¿Un torbellino? Nadie dice eso, anciano.

Matías le pegó amistosamente en la espalda, ambos se sonrieron, se besaron, y regresaron la mirada a su niña.

–Parece que fue ayer que nos la dieron, ¿no?

–Ay, Mati, Mati, Mati, ya vas con tus reflexiones de anciana.

–¡Cállate! Sabes que es cierto.

Santiago sentía su corazón inflamarse en el pecho, porque sí, parecía apenas ayer que la cambiaban de pañales y ahora aprendía a ir al baño sola. Y más de una vez había defendido a alguna compañera del kínder a quien obligaban a hacer algo que un niño también podía hacer.

–Sí… ayer no podía caminar y ahora ya corre la chamaquita. Si hasta mi madre está bien contenta, con eso de que quería nietos –dijo Santiago.

–Sí, vino a alegrarnos la vida a todos.

–Tú eres mi alegría –le dijo Santiago a Matías.

–Y tú la mía… pero ahora somos una triada de alegrías.

–Todas bien perras –dijo Santiago con una sonrisa burlona.

–¡Cállate, Santi!

–¡Ah!, ni que me fuera a escuchar Magdi.

–Pues Magdi aprende muy bien tus mañitas de palabras y sarcasmos.

–Pues también aprende muy bien tus cositas de… ejercicio y eso. Debería leer más.

Matías sonrió.

–Bueno, no se puede todo en la vida, ¿verdad, Santiago?

–Si yo te pude, sí se puede todo, entonces.

Se observaron a los ojos, y si bien, no era lo mismo que cuando habían sido jóvenes, hermosos, sin nada por temer, sin nada por desear: la mirada nunca cambió, nunca cambia, nunca cambiaría. ¿Ni en la muerte?, se preguntaba Santiago. Pero lo vio, a Matías, y supo que, en efecto, la muerte era poco comparado con lo que Matías era, con lo que su hija era, con lo que él era.

Matías desvió la mirada de los ojos de su amado.

–Mírala –dijo con ojos ensoñadores.

Santiago volteó, estaba ella en lo que parecía ser una cápsula de astronauta pero en miniatura para una criatura, o cientos de ellas que ahí siempre iban a pasar un buen rato con sus familias. Estaba la pequeña María Magdalena asomándose a través de una ventana de plástico ya rayada, a sus padres, sonriente, como siempre, soñadora. Los saludaba meneando la mano de un lado al otro. Matías se levantó sacando el celular de su pantalón. Santiago se llevó una papa a la boca y la masticó. Observó a Matías regresando a su lugar, y en el camino se paralizó, se quedó de pie, solamente respirando. Vio Santiago que empalideció y se puso tan lívido como si llevara tiempo muerto. Sus ojos vieron asustados algo en el celular. Santiago se puso de pie y fue hacia él:

–Mati… Mati, ¿qué tienes?

Santiago vio la foto: en la cápsula amarilla de astronauta, estaba su bella hija sonriente y a su lado parecía ser una mujer, esa persona a su lado tenía el cabello gris y esponjado, como en punta, su piel era morada, casi negra, seca, seca como la tierra, era como si le hubieran quitado el líquido del cuerpo y hubiera quedado acartonada para siempre. Sus ojos estaban bien abiertos y por el flash le brillaban, reflejaron la luz, por lo que se veían amarillos. Por tan oscura su piel, no parecía tener boca. Estaba rodeando a la niña con un brazo sobre sus pequeños hombros.

Santiago volteó la vista arriba y ella estaba ahí platicando sola, le hablaba a alguien pero no había nadie ahí con ella.

–¡Matías, Matías, prepara las cosas, nos vamos!

Santiago fue a los juegos y comenzó a gritar a su hija:

–¡María, María Magdalena! ¡Ven, hija, ven, mi vida! –decía Santiago alarmado. Su hija se asomó desde arriba con el gesto asustado como si la fueran a regañar, como si le gritaran a ella. Pero no era así. Ella fue a su padre, alarmada. Con su voz empequeñecida, le dijo a su padre:

–¿Qué pasó, papi?

–Vente, hija –dijo tratando de sonar tranquilo, pero evidentemente alarmado–, vamos a ir con tu tío Umberto.

–¿Por qué con el tío Umberto?

–No sé –le contestó distraído. Volteó hacia arriba. Sintió un disparo de adrenalina en el cuerpo, casi ganas de gritar, rechinó los dientes y sintió frío: la mujer de piel quemada asomó la cabeza y ahora pudo ver que sus labios eran dos pequeños chicharrones tostados y negros, podía ver sus dientes pútridos, su nariz debió haberse caído porque sólo tenía los orificios, pero sin tabique nasal– ¡Ay, hija de tu puta madre! –Dijo Santiago en voz baja.

–Papi, papi Mati te ha dicho que no digas groserías en frente de mí –dijo ella con su voz acaramelada, como de ardilla pequeña, con su inocencia característica.

–Perdóname, hija, perdóname, no fue mi intensión. Vente, vamos con el tío Umberto. ¿Con quién hablabas, eh, amor?

–Con mi amiga.

–¿Tu amiga?

–¿Cómo se llama tu amiguita, eh?

–No sé cómo decir su nombre, es muy difícil de pronunciar.

Santiago la llevó en sus brazos y notó que Matías se movía lentamente, maquinalmente, tenía la mirada perdida y seguía pálido, como si hubiera visto algo muy impactante.

–Matías, amor –le dijo poniéndole la mano en la espalda baja–, ¿estás bien?, ¿qué tienes?

–Sí, sí, amor, me asusté… tengo náuseas. Vámonos a casa.

–Primero vamos con Umberto, es una amiga imaginaria. Vamos, vamos… ¡vamos! –Dijo jalándolo del brazo para ir todos al auto. Antes de salir de la sección de comida, volteó hacia atrás, y notó que la mujer bajaba, la mujer quemada estaba desnuda, sus senos eran como dos tubitos tiesos, su sexo no estaba velludo y estaba oscuro también, toda ella parecía haber sido quemada hacía tanto tiempo. Sintió, de nuevo, un escalofrío y manejó él. Conectó la llamada al auto y le avisó a Umberto que iban con él.

Notó Santiago una bolsita de plástico como las que costumbraba guardar el cabello de aquellos que intercambiaba para los exorcismos, a los que ofrecía como tributo, pero no recordaba haberla metido. Según iría a su caso cuando acabara su día con su familia, hasta anochecer, y pasaría a casa primero antes de ir allá, con su caso. Sin embargo, lo consideró una simple cuestión de olvido, la debió haber puesto en su auto maquinalmente.

–¿Qué fue eso, Santiago?

–Dijo que era su amiga imaginaria –dijo Santiago a su pareja. Volteó al retrovisor en un alto y vio que la mujer estaba atrás, afuera del auto, de pie, entre su auto y el de atrás–. Hija de puta –dijo Santiago en voz baja. Por primera vez, Matías no le pidió que no dijera esas cosas en frente de su hija.

Llegaron a la diócesis y Umberto salió de una reunión que tenía con otros religiosos.

–Hijo, qué bueno que vienes.

–Umberto, se supone que esto no pasaría.

–¿Qué pasó?

Le enseñó la fotografía y Umberto la vio extrañado.

–Es tu hija…

–Sí, pero qué no ves que… –vio la foto y se quedó callado. Estaba María pequeña solamente, no había amiga imaginaria–. ¿Qué chingados?

–¿Qué pasó?

–Había algo con ella, un amigo imaginario.

–¿Un amigo imaginario? ¿Estás seguro?

–Estoy asustado, Umberto, los amigos imaginarios son cosa seria. No sabemos qué son y nuestras técnicas pueden ser contradictorias para poder expulsarlos en caso de que sí sean entes negativos.

–Pero aquí no hay nada, Santi.

–Lo sé –Santiago estaba realmente extrañado–, pero estaba ahí, Umberto, te lo juro. Ahí estaba.

–Santiago, tu caso de hoy en la noche será para alguien más, tengo un favor que pedirte. Urgente.

Santiago lo volteó a ver, sacudió la cabeza tratando de despejar su mente, y le dijo:

–¿Qué pasó?

–Nos acaba de llegar un caso urgente, mucho. Según esto es una posesión demoniaca satánica.

–¿Satanás?

–Legión, se identificó como Legión. Teníamos a alguien pero no nos avisó que era Satanás. Trató de expulsar al demonio pero no pudo.

–¿Lo hizo bajo sus narices?

–No nos avisó. Desapareció alguien.

–¿Cómo, Umberto?

–Según esto, el demonio raptó a alguien.

–Los demonios no pueden hacer eso, sería la primera vez. No pueden llevarse a la gente así porque sí.

–Por eso quiero que vayas y hagas lo que sabes hacer, mi muchacho.

–¿Quién fue el idiota que no avisó sobre esto?

–De hecho es la otra cosa que quería comentarte y que tal vez no te vaya a gustar mucho. Tendrás que ir con el exorcista y ver qué sucedió. Él está ahí ahora mismo.

–¿Quién es?

–Gillien.

Santiago suspiró e hizo una mueca negativa, de disgusto.

–Ese pendejo… me odia, Umberto, no querría verme, solamente me critica y no nos conocemos siquiera, es un hijo de puta.

–Lo sé, mi muchacho –dijo tomándolo del hombro y alejándose de la puerta, bajó la voz y le dijo entre susurros–, pero necesito que tú lo hagas. Si es Satanás, necesitamos que liberes a la persona. Si alguien más se entera de que el demonio ha raptado a alguien, serían muchos problemas por solucionar y sería un escándalo. Sé que te estoy mandando con tu antítesis, pero te necesito, eres el más serio en estos casos, además quiero que levantes un reporte. Vamos a quitarle a Gillien su papel de exorcista.

Santiago arqueó una ceja.

–¿Quieres que acabe con el charlatán?

–Podría ser que suceda, que lo quitemos de su labor exorcista, pero necesitamos las pruebas necesarias para comprobarlo. No solamente porque queremos.

Santiago sintió un poco de poder correr por sus venas. Energía.

–Con gusto lo haré.

–Calmado, sin embargo, muchacho, no dejes que el egoísmo nuble tu labor.

–No lo haré, Umberto, no te preocupes. Todo será con base en las normas, sin embargo, si ocultó información…

–Sería su fin, Santi. Pero primero, rescata a la persona.

–¿Y qué con mi hija? Matías se asustó muchísimo.

–Yo me encargo, oraré en protección de tu familia, no te me preocupes, ¿está bien?

–Gracias, amigo –le dijo Santi abrazándolo. Umberto le regresó el abrazo.

–Ve en seguida. ¿Tienes el material genético del individuo?

–Por suerte, sí, lo metí al carro sin darme cuenta.

–Muy bien, muchacho, yo oraré en protección de tu familia. Ve y haz lo tuyo. Necesito el informe detallado.

–Así será, mi buen, tú tranquilo.

Regresó al auto. Matías seguía lívido, con los ojos bien abiertos, mirando al frente, como si estuviera viendo al mismo Satanás. Atrás, su hija dormía pesadamente.

–Vamos a casa, amor.

–Umberto me acaba de decir que tengo que ir a un caso urgente.

–Pero tenías caso hasta la noche, no ahorita.

–No es el caso de la noche, ese se lo darán a alguien más. Quieren que vaya porque algo que no había sucedido antes ha pasado y quieren un informe. Gillien la cagó, quieren que vaya a hacer un reporte.

–Tengo miedo, Santi, mucho.

–Le he dicho a Umberto y él hará unas oraciones de liberación y de protección, estaremos bien todos.

–¿De verdad? Es que te quiero cerca, siento que si no estás…

–Mati… –le dijo tomándolo de las mejillas, por los lados de la cabeza, lo vio directamente a los ojos y le dijo–, todo va a estar bien, nunca te voy a dejar, estaremos juntos mucho tiempo, pero es urgente esto. Al parecer raptaron a alguien.

–¿Quién?

–Dicen que… un demonio.

–Pero los demonios no secuestran, solamente matan y poseen.

–Es por eso que quieren que vaya. Umberto nos protegerá.

Un fugaz rubor de furia corrió por los ojos de Matías.

–¡Umberto no puede hacer lo que quiera solamente porque sí! –dijo librándose del amoroso tacto de Santiago–, cree que puede hacerlo todo y no es cierto. No quiero que me separe de ti.

–Matías… ¿estás bien?

Matías suspiró y cerró los ojos, se tranquilizó y respiraba profundamente para relajarse.

–Sí, sí… vámonos ya.

Santiago manejó a la casa con el ceño fruncido, Todos iban en silencio. Santiago creyó escuchar estática en el radio del auto pero estaba apagado. Al llegar, le puso la mano en su pierna, de Matías, y lo veía a los ojos.

–Oye…

Matías volteó a él. Santiago agregó:

–Todo va a estar bien.

–Como sea, te preocupa más tu trabajo que nosotros –espetó Matías.

–Amor, tú sabes que eso no es cierto.

–Anda, ya vete, sólo por querer culpar de algo a Gillien haces esto. Te preocupa más ser el mejor, que ese estúpido se vea mal. Eso es lo que buscas.

–Matías, es un charlatán, Gillien es un charlatán, y me están pidiendo el reporte. Es trabajo, tú lo sabes.

–Sí, lo sé, sólo te preocupa tu trabajo, tu estúpido ego.

–No es cierto, esto lo hago por ustedes.

–Lo haces por ti.

Santiago frunció el ceño y dijo.

–Manejas con cuidado a casa, yo te veo allá.

–Sí, no iba a venir por ti.

Santiago, aguantando decir una grosería, se bajó del auto con sus cosas listas y azotó la puerta. No volteó a ver cómo se iban. Escuchó las llantas rechinar contra el pavimento e irse.

Se colocó ante la casa y dejó que los sonidos de los violines distorsionados, y luego un poderoso inicio de death metal sinfónico; es de los mejores inicios, de los más impresionantes que jamás ha escuchado, Interdimensional Summit. Al estar ahí de pie, se dio sintió la emoción de la primera vez. Cuando vio la sombra asomándose por la ventana con un trasfondo de oscuridad, pues las luces estaban apagadas, años y años de experiencia laboral se vinieron abajo: sintió miedo, mucho miedo. Supuso que por lo que acababan de vivir y por sentir que su familia estaba en peligro, pero tuvo miedo. Respiró profundamente para no salir corriendo de ahí. No había sentido ese pavor en mucho, mucho tiempo. Con el audífono puesto, escuchó de su lado derecho el grito de terror que llegaba, con mucha fuerza, un gran nivel, ensordecedor, uno como de película, como el chirrido de las llantas antes de chocar con violencia. Por primera vez en su vida, el sonido externo superó la música. Volteó al instante al lado sintiendo como si un gran camión fuera a atropellarlo. Así de fuerte era el grito, femenino, tan agudo que no habría forma de grabarse por medios humanos, cualquier reproductor quedaría deshecho. No había nada, sin embargo, como solía suceder en esos pasos.

Supo que esta vez sería diferente.

Cuando tiene la música en su oído, el sonido de los espectros nunca la sobrepasa, los egos no tienen esa fuerza. Esta vez fue diferente, y por eso supo que su manera de trabajar como último negociador, sería distinta. Caminó Santiago a la casa, expectante. Regresó la mirada a la ventana y la sombra que estaba ahí observando, ya no estaba. No sentía frío, sin embargo, conforme se acercaba el nervio casi lo hacía temblar, un gélido aliento lo hizo detenerse y tambalear por momentos, pero siguió. Se quitó el audífono y tocó el timbre. Un hombre con los ojos el doble de grandes que lo serían de una persona normal, abrió, tenía unas enormes bolsas en los ojos que tenían mucho peso cargando, enormes, y su gesto estaba aterrado también. Estaba lleno de sudor, su cabello era irregular como si estuviera en un violento proceso de que se le iba cayendo, y tenía una venda en un muñón, manchado de sangre. Parece como si lo hubieran violentado por muchos años.

–¿Quién es usted? –Le preguntó a Santiago y se ofendió. Esas no eran formas de recibir a la gente, fuera quien fuera el que toca a la puerta. Entonces, de entre la oscuridad de la casa, como un fantasma que es tímido, vino Gillien, un exorcista joven como Santiago, pero que se hizo famoso por sus habilidades de James Bond religioso, una suerte de Constantine pero chafa, pensaba Santiago. No era nada ortodoxo, sobre todo, porque parecía más que iba a hacer ejercicio porque no llegaba con indumentaria reglamentaria. Santiago tampoco, pero él no era un exorcista oficialmente. Tenía una venta de armas santas, Gillien, por internet y ya había abierto su primera tienda especializada. A pesar de todo, y de que su habilidad era especial, Santiago era más serio, y sus instrumentos de exorcismo oficiales, era más maduro. Jamás cruzó por esa etapa de juventud extasiada pero extendida ya de Gillien, y de cierta manera le tenía celos Santiago, pero no querría caer en lo que el otro hacía. Santiago era muy consciente de que los descuidados generalmente no duran con vida muchos años por no saber bien sobre las artes de los espectros.

–¡Vaya, vaya!, Es el señor Santiago Umberto, una verdadera celebridad. Nuestro único exorcista de gustos desviados, nada más ni nada menos que…

Gillien era la arrogancia andante.

–¡Cállate, Gillien! –Espetó Santiago casi con violencia. No sabía si porque de verdad estaba enojado o porque tenía miedo. O tal vez, algo de los dos. Nunca le había caído bien, y a pesar de que era verdaderamente atractivo, no le gustaba en ningún aspecto. El creía que le llegó a gustar Gillien, y que por eso tenía él un poder alguno sobre Santiago, pero no fue así. Nunca fue así.

El gesto burlón de Gillien no desapareció, al contrario, se acentuó, era como una araña que veía a su víctima caer en su telaraña, en su trampa.

–Fui enviado a ayudar por Umberto, y no hay autoridad sobre él.

–¿Puede traer a mi hija de vuelta? –Preguntó el hombre a borde del llanto.

–¿Su hija? –Volteó alebrestado a Gillien, y se sintió crecer, pero notó un atisbo de sonrisa en él, casi burlona, y eso lo hizo empequeñerse de nuevo. No había habido un caso de rapto espectral en toda la historia–. ¿Eso sucedió antes o después del ritual de exorcismo?

–Después –contestó el otro exorcista seriamente.

Luego, Santiago, vio el muñón de nuevo.

–Por favor, dime que no tiene que ver con la mano de este hombre…

Por el gesto de ambos, se dio cuenta que sí tenía que ver.

–¿Puedo pasar? Si no me dicen que puedo pasar, no puedo acceder a ayudar.

El hombre le dio espacio para entrar, tímidamente, como quien no confía en nadie por los horrores que ha visto. Era una casa de dos pisos. A la derecha había un medio baño y un pequeño pasillo, y luego las escaleras que dirigían arriba. A la izquierda había una sala con televisor y un sillón para una sola persona, al frente está el comedor, y al lado la cocina. Al entrar, Santiago sintió que no era bienvenido, asimismo, notó que había un tercer hombre en la mesa que volteó a verlo y le sonrió.

–No me dijeron que había alguien más, ¿quién es él? –Preguntó volteando a verlos, que estaban cerrando la puerta. Gillien lo vio con los ojos entrecerrados, frunciéndolos. No parecía entender.

–No hay nadie más a parte de nosotros tres… al menos en este plano. Vamos a sentarnos a la sala.

Volteó de nuevo hacia la mesa y no había nadie en efecto. Le sudaba la nuca pero prosiguió a sentarse. Sacó Santiago su celular y activó la grabadora de sonidos.

–¿Qué pasó?

Preguntó al tiempo que vio en el sillón al mismo hombre de hace rato. Le puso atención al detalle: su piel se había vuelto gris, no era normal, y ahora dudaba de si verdad lo vio la primera vez como humano realmente, su cabello era inexistente, tenía una patética corona de cabello apenas visible, era viejo y se veían sus arrugas evidentemente, estaba algo subido de peso y sus ojos eran negros totalmente, sin pupila, todo el globo ocular era negritud, negro puro, de su ancha nariz salían pelos nasales que se movían como gusanos y le sonreía, no tenía dientes, tenía granos de maíz negro. Era un espectro, se dio cuenta, aunque no lo debería ver porque no lo había escuchado, pero supuso Santiago que era el mismo que le gritó desde afuera. No había visto antes a un espectro que no hubiera escuchado previamente. Volteó a los hombres y preguntó:

–¿Qué pasó?

–Yo llamé a la iglesia para reportar una posesión…

Gillien interrumpió casi con violencia:

–Hubo un exorcismo, uno muy grande. Fue el ente más poderoso al que me he enfrentado, pero ahora resulta que no lo pude eliminar totalmente del cuerpo de la niña.

–¿Era una niña?

–Tú sabes que siempre son niñas.

–Pudo haber sido una señora, alguien mayor, para darme a entender –le dijo con fastidio–. No siempre son niñas, pero eso no importa, ¿dónde está ella?

Silencio. Los notó incómodos, como si no le quisieran contestar.

–Se la llevó.

Santiago guardó silencio, observándolos, tratando de ver algún tipo de mensaje que sus movimientos pudieran revelar respecto a lo que le estaban contando, alguna debilidad en su argumento.

–Gillien –dijo Santiago con calma–, eso es imposible.

–¡Se la llevó! –Gritó el hombre desgarradoramente para ponerse a llorar.

Santiago lo observó en silencio, sintió un poco de patetismo venir por parte de él. Santiago había aprendido a manejar sus emociones que han llegado a confundir con frialdad, pero en realidad lo hacía para protegerse a sí mismo y a su familia. De cierta manera, era como un doctor que necesita distancia de su paciente, un psicólogo.

–¿Quién se la llevó? No pudo haber sido un ángel caído, un demonio cualquiera. Debió haber sido alguien muy grande.

–Legión… Según era Behemot, Asmodeo, Lucifer, Satanás… varios.

Santiago se quedó en silencio, callado. Sabía que podía pasar, pero que hubiera dejado esto fuera del conocimiento de la máxima autoridad, era demasiado arriesgado.

–Y no dijiste nada a nuestro líder.

–Pensé que podría con ellos.

–Eran demasiados.

–Tú llevas a cabo tus exorcismos solo y sin ayuda, y triunfas.

–Es diferente, mi metodología es distinta y aprobada por las autoridades. Sabes muy bien las reglas del juego, y si tenemos una pista de que es Legión, debemos llamar a alguien más. Además, yo cuando lidio es porque ya se confirmó el hecho. Es cuando me llaman a mí.

–Pensé, insisto, que podría con él.

–Pero no fue así… sabes que estás en graves problemas, Gillien –le dijo Santiago casi con placer.

–Sí, claro…

¿Qué me oculta este hijo de puta?, pensó Santiago.

–Pero no fue así, fue más poderoso que tú, fueron ellos, se llevaron a una niña. ¿Cómo se la llevaron?, ¿cómo fue? –Preguntó a continuación al hombre.

–Cuando acabó el exorcismo, al día siguiente simplemente no estaba. Fue cuando llamé a Gillien una vez más, y me dijo que teníamos que ofrecer un sacrificio.

–¿Y le diste tu mano? –Preguntó Santiago perplejo.

–Así es, joven.

–¿Y dónde está tu mano?

–Se la llevó –contestó Gillien.

–¿Y la niña? –Preguntó Santi.

–Pues… –dijo el otro exorcista con problemas para hablar, como si hubiera sido atrapado en su travesura–, Legión nos dio parte de ella, una nada más, solamente… –finalizó frunciendo el ceño para luego voltear hacia arriba. Santiago cerró los ojos, no quería voltear, pero al ver la reacción de Gillien supo que se vería obligado a hacerlo. Lo que ahí vio lo hizo sentir mareos y escalofríos, su inconsciente lo impulsaba a voltear a otro lado pero debía informarse bien. No había visto una muestra de poder demoníaco como este, ni siquiera para burlarse que, generalmente, son las muestras más fuertes. Era una mofa brutal. Toda la casa estaba envuelta en un aura muy oscuro, e incluso con las luces encendidas, parecía estar ennegrecido todo, como si las tinieblas fueran una neblina oscura que todo lo volvía infernal. Era como de esas películas de casonas antiguas que sólo se alumbraban con antorchas y fuego y velas, y por eso eran lóbregas primordialmente. Así lucía aquí, pero la fuerza de lo que fuera que ahí había era de un poder tal que Santiago no había visto jamás. Volteó al techo que parecía negro, y al lado del foco, alumbrado, y dándole una perspectiva de terror más acentuada, pues la luz surgía de su mentón, el rostro de la muchacha ahí estaba, como atravesando la roca, así que su rostro era como arrocado. Ella parecía venir de una dimensión desconocida, y ella solamente asomaba el rostro a través de un velo de roca. Era como un tumor que salía de la roca, su piel era de roca, una estatua mal hecha, de terror, no había forma de describirlo. No era totalmente humana, pero por obvias razones, no era totalmente de roca. Tenía los ojos abiertos como en trance, solamente veía con esa mirada blanca, sin pupila, sólo blancura. Volteó Santiago hacia abajo arrepentido de haberla visto. Cerró los ojos y suspiró.

–Puta madre… –dijo secándose el sudor de la frente con el antebrazo. Sentía presión y sus oídos zumbaban, era como si estuviera bajo el agua. Se sentía mal, como si necesitara estar en otro lado por su propia salud.

–¿Podrá hacer algo? Preguntó el hombre enajenado.

Santiago podía ver el dolor en el rostro del hombre lo hacía lucir patético, no lastimero como generalmente se sentía al ver a alguien sufrir.

–No había visto semejante muestra de poder, esta burla está totalmente fuera de lo que he visto en mi vida. Es una muestra de obviedad respecto a nuestra inutilidad. A este no se le debe expulsar, sino convencer.

–¿Crees que sí sea Legión? –Preguntó Gillien con un atisbo de miedo en su voz, pero a diferencia de su voz, su rostro no expresaba miedo. Parecía estar todo extrañamente planeado.

Tomó un reproductor a parte que tenía porque el celular estaba grabando y puso música de nuevo para poder usar sus habilidades extrasensoriales. No le contestó. Para eso debían actuar lo antes posible.

–Voy a comenzar con lo mío, les voy a pedir que guarden silencio. Yo voy a negociar con la niña, o con quien sea. Solamente guarden silencio y si tienen miedo, pueden salir de la casa.

–¿Miedo? –Preguntó Gillien burlonamente.

–Es normal tener miedo, Gillien, yo siempre tengo miedo cuando escucho mi música. Ahora yo tomo pleno control de la situación. Desde ahora, yo mando. Voy a hablar y ustedes no escucharán lo que me respondan, y cuando me dirija a ustedes si es que es necesario, me tienen que responder a mí. ¿Entendido?

–¿A qué te refieres con… a ti? –Preguntó el hombre consternado.

–Porque lo que sea que haya aquí también tratará de engañarme, me dirán cosas personales de ustedes o me dirán que pasaron cosas diferentes a lo que ustedes me han dicho. Si ven que se enojan o se desesperan, alimentarán la fuerza de lo que sea que hay aquí. Recuerden, eso que vemos –dijo Santiago señalando al techo–, es una burla. Se están burlando. No dejen que vean su molestia.

–El hombre confirmó con su cabeza, Gillien parecía molesto.

–Bien –dijo con la voz entrecortada, sacó un cigarro y lo encendió–, ahí vamos.

Dio reproducir y el metal empezó a sonar de nuevo, solamente se quedó callado y esperó  escuchar cualquier cosa con su otro oído, en el que no pudo introducir audífono. Wake up, wake up… Memento mori! Toda la vida, Santiago pensó, había tenido que torcer el cuello para cuando le hablaban, porque si le hablaban desde el lado derecho, no escuchaba con claridad, así que tenía que voltear. En estas ocasiones, en cambio, la comodidad de no estar así.

–¿No se supone que debas decir primero algo tú?

Santiago cerró los ojos y suspiró. La voz que acaba de escuchar no era la de un demonio, ni era mil voces en una, no era un grito de horror, no era algo terrorífico como esperaba escuchar. Abrió los ojos. Observo cómo venía de la cocina un jovencito de unos doce años que conocía perfectamente y le trajo todo tipo de recuerdo, hasta le dieron ganas de ir y abrazarlo. Tenía el mismo cabello ondulado, su porte elegante y apuesto, sus brazos trabajados, sus piernas torneadas.

–Prefiero que el invitado sea el que hable primero –dijo Santiago. Ambos, Gillien y el hombre voltearon a observarlo. No sabían qué sucedía con exactitud. No veían al niño, que era Matías como la foto esa que vio hace años en su escritorio, cuando eran pequeños los dos y se querían en secreto. Santiago decidió no verlo directamente, sólo por su mirada periférica. Sabía muy bien que cuando un espectro se muestra con la finalidad de asustar, es fuerte pero su peligrosidad no es tanta comparada como cuando como algo enternecedor, cuando se muestran como algo bello y se disfrazan de ángeles, Dios, criaturas para ser protegidos; entonces hay que tener especial cuidado. Mucho cuidado, mucho, mucho cuidado. Son los más peligrosos estos. Cuando un demonio se muestra aborrecible, sólo se quiere burlar; cuando se muestran así, quieren dañar.

–Bueno, pues, ya hablé y ya estoy aquí. ¿No te gusto? –Preguntó con la voz de Matías de hace tanto. Se sintió flaquear pero se recordó, también gracias por la música, que era peligroso.

–Reconozco a quién tratas de imitar, pero es obvio que no eres quien aparentas ser. ¿Quién eres?

–Pero, ¿qué pregunta es esa? Me estás viendo, estoy aquí, mi amor.

–Veo tu forma visual, valga la redundancia, pero no sé quién seas.

–Mi “forma visual”… qué interesante el lenguaje el de los entendidos. Pensé que dirías forma física o algo por el estilo.

–No, porque no tienes forma física, ellos no te pueden ver, no estás con nosotros… no eres como me imagino, ustedes nunca lo son.

–Si lo fuera, como tú piensas, no sería el Señor de las tinieblas. En la oscuridad, no puedes ver nada. Eso quiere decir que me ves, pero no me ves.

Santiago confirmó con gesto neutral, casi escéptico. No quería mostrar estar de acuerdo con un demonio tan evidentemente. Es extraño, pero no es Lucifer, Satanás, Lilith… se acordaría de él, de Santi.

–¿Está aquí? –Preguntó Gillien casi emocionado.

–Sí, está sentado con nosotros, pero no me ha dicho quién es –Contestó Santiago. Fumó. Luego se dirigió al invitado extra una vez más–. Entonces… ¿quién eres?

–Ya lo sabes, ya te dijeron.

Arqueó las cejas, Santi, y lo observó. Lucía exactamente como Matías pero recordaba que él, su amor, no tenía esa mirada tan negativa, tan pesada. No era precisamente aterradora, sino juzgadora.

–¿Qué te trae por aquí? –Preguntó Santiago a continuación sin creerle.

Señaló al hombre sin mano. Santiago no volteó, sabía que ese era el juego. Si volteaba al manco, este se sentiría incómodo y podría jugar con eso. No lo permitiría.

–¿Por qué te la llevaste?

Santi volteó de reojo a las escaleras y vio asomándose, desde arriba, de cabeza, a la niña, la misma de piel de roca, pero ahora en otro lado. El rostro, sin embargo, seguía estando ahí, en el techo. La de las escaleras, lucía oscura… muy oscura y de cuerpo acartonado. Tenía el físico seco y quemado de la amiga imaginaria que estaba con su hija. Ahora sus ojos eran blancos y brillantes, con su cabello negro cayendo la hacía lucir con un aura muy extraño.

–Es que no me entendieron esos dos –Escuchó Santiago que dijo esa versión menor de Matías que lo estaba haciendo sudar.

–Estoy empezando a creerte que eres tú un demonio mayor porque no hay muchos egos o espectros que puedan hacer tres o cuatro apariciones en diferentes lugares de la habitación o la casa. Se limitan a mover cosas y así, pero… pero estas son manifestaciones fuertes las tuyas, muy intensas. Eres todo un caso.

–Soy Legión, ¿qué esperabas?, señor exorcista de sonido.

–Si eres Legión, ¿por qué no he hablado con otros?

–Están ocupados por el momento.

–¿Querías tú un intercambio?, ¿de qué?

–Yo no vine por la niña, pero él –dijo señalando al hombre–, no entendió lo que yo quería.

Y, entonces, Santiago comprendió.

–Pero tú –dijo Matías espectral–, lo entiendes perfectamente. Pregúntale, pregúntale a él qué era de la niña.

Santiago volteó a ver al hombre, quien se sobresaltó.

–¿Qué era la niña de ti?

–Mi hija…

–¡Miente! –Gritó Matías espectral de forma gutural y rasgada, mil voces en una, un grito parecido a esos que abundan en mi música de metal pero al mismo tiempo muy oscuro. Su rostro se desfiguró por momentos, sus ojos se volvieron rojos, su cabello puntiagudo, su piel se ennegreció y parecía quemada, como de carbón, sus fosas nasales enormes lanzaron humo, colmillos salieron de su boca. Eso lo hizo al mismo tiempo que aporreó con ambos puños la mesa. Ellos, Gillien y el hombre, no se esperaban eso, así que se asustaron, porque para ellos, el golpe vino de la nada.

–¿Qué era la niña de ti?

–Era mi amante… –dijo el hombre hundiéndose en la culpabilidad, con su voz entrecortada. Por más que trató, Santiago no quiso mostrar su desagrado, pero no tuvo de otra más que observarlo de esa forma–, era mi amante –dijo con lágrimas–, pero ella me amaba, nunca la obligué a nada, de hecho, ella me insistió, yo estaba solo y ella también y…

Santiago regresó la mirada a Matías espectral y le preguntó:

–¿Qué es lo que buscas?

–Tú sabes lo que busco, sé quién eres, yo te conozco. Sabía que llegaría contigo.

Santiago se movió incómodo en la silla y luego tomó otro cigarro, lo encendió y dejó el humo salir. Pensó un poco la siguiente pregunta porque no quería hacer notar a los otros dos nada.

–¿Quién es? –Preguntó incluso sabiendo la respuesta.

–¿La niña? –Dijo Matías espectral–, es Lilith. ¿Quién más, maestro? Tú lo sabes perfectamente. Míralo, mira a ese miserable, ¿quién se acercaría a un pobre diablo como ese pendejo?, es un adefesio, un enfermo, un apestado de la sociedad. Todo este tiempo ha estado con uno de los míos, maestro.

–Hablas de un intercambio… –dijo Santiago sin entender muy bien aún. ¿Por qué no poseyó al hombre?

–¡Claro!, mira, te voy a ser muy honesto, sobre todo con alguien de tu tamaño porque, aunque no lo creas, te respeto. Mira, te hice venir hasta acá para conocerte y para proponerte algo, porque sé muy bien tu estilo, tu metodología. Así que es esto: él es un alma podrida, no debería estar aquí. Yo acabo con él, y tú me das otro maldito al que poseer. No quiero a este porque no lo pude poseer, ni siquiera acercándonos con la niña. Yo me llevo su alma, se volvería otro demonio que otro cura tendría que exorcizar pero, bueno, así hacen los ángeles, toman adeptos para volverlos seres de luz, para crecer y esas cosas; nosotros también. Su alma es un alma caída. Dámela, yo me encargo de todo. Ahora, es parte de una buena labor, porque a pesar de que será causante de cosas negativas, tendrás trabajo tú y… bueno, más ángeles habrá y cosas así. Es un enfermo, Santiago, imagínate que hubiera sido tu hija.

Tuvo un silbido en el cerebro.

–¿Cuántas?

–¿Cuántas?… ah, ya, ya, me preguntas si el enfermo ha tocado más niñas. No lo ha hecho, se limita a ver cuerpos en redes sociales y cuestiones así, pero sigue siendo un monstruo latente, ¿no lo crees? Yo lo aceptaré como si fuera mi propia familia. Así que esto lo dejo en tus manos, tú eliges…

Era la primera vez que un demonio establecía ciertos parámetros para el intercambio porque, generalmente, se contentan con irse a otro cuerpo, pero este pedía un cuerpo y, además, el alma de este pobre diablo. Sí había sabido de estos casos, y sabía que algún día se enfrentaría a uno, pero no supuso que sería así. Prácticamente tendría que dar nacimiento a un demonio pero, generalmente, nace un ángel en contraparte.

Santiago volteó al hombre y le dijo:

–Ella está arriba, esperándote… ve.

Gillien entrecerró los ojos. Escucharon todos un llanto de niña. Gillien se levantó para seguir al hombre pero Santi meneó negativamente la cabeza para que no fuera. Santiago, al ver que el hombre se fue, deslizó sobre la mesa la bolsa con el material genético: un mechón de pelo ondulado casi negro. Matías espectral lo tomó sonriendo.

–Buena decisión.

Santiago comenzó a recoger todas sus cosas mientras la casa entera se sumía en un silencio casi de ultratumba. Podían escuchar sus propias respiraciones. Gillien no comprendía.

–¿Qué? ¿Qué haces? ¿Qué pasó?

–Mi trabajo aquí –dijo Santiago–, acabó. Procedo a entregar mi reporte a Umberto y tú… bueno, ellos dirán qué pasa contigo.

–Imbécil… –dijo Gillien.

Santiago se disponía a abrir la puerta de salida cuando se quedó ahí detenido con un gran coraje hirviendo en su esófago, a punto de explotar, como si quisiera golpearlo en venganza por adelantado. El aura de oscuridad había menguado, no se escuchaba nada más. El hombre en la sala ya no estaba, ni la niña asomándose por las escaleras, el rostro en el techo. No había nada.

–¿Perdón? –Dijo Santiago dando la media vuelta para verlo. No había nadie ya, estaban ellos dos solos tanto físicamente como visualmente. Lo veía con obvio coraje en mi mirada.

–No se suponía que mates a alguien, ¿quién eres tú para decidir sobre la vida o la muerte de la gente? ¡Ofreciste a ese hombre como carnada! Se suponía que solamente ibas a sacar el demonio de aquí. No informaste de nada a nuestros superiores.

–¡Fuiste tú el que lo echó todo a perder! Cuando nuestros superiores sepan lo que hiciste y lo que se debió llevar a cabo, tu carrera de exorcista se acabará. Si de milagro te dejan dar misa, será mucho. Yo que tú, iría buscando otro medio de subsistencia porque quitarán tus productos milagrosos de todos lados. Te recomiendo discreción, porque tú causaste todo, Gillien. Recuerda que los hilos que mueven toda divinidad son mucho más poderosos que tú o yo, así que si quieres seguir viviendo medianamente a gusto, calla. Tú eres patético, todo lo que has hecho es imaginario, nada es real, nada es tangible… me das pena.

Santiago dio la media vuelta y salió sin voltear atrás. Iba a pedir un taxi por su celular pero, a cambio, vio a Umberto al frente de la casa, en la banqueta. Ya había oscurecido casi por completo.

–¡Umberto, qué agradable sorpresa! ¿Qué haces aquí?

–Santi, mi niño, mi buen niño… tengo algo que informarte. Es sobre Matías y María.

Santiago vio en su rostro una preocupación casi contagiosa, verdaderamente acongojado.

–Umberto –dijo con el corazón latiendo a toda velocidad, con la garganta en un nudo, con miedo y horror, ganas de gritar–, ¿qué pasó?

–Oh, Santi, lo siento tanto, de verdad, lo siento mucho…

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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