Legión capítulo final: Justicia

Nunca antes había estado en silencio, solo. El silencio, la ausencia de sonido, en especial de la música, le es insoportable, aunque también debe admitir que estar todo el tiempo expuesto a escuchar un espectro, le resulta estresante en proporción directa. Una vez vio un dato curioso en internet que le pareció de lo más patético: que entre más tiempo durara uno manejando, más posibilidades había de sufrir un accidente. Una verdadera estupidez, no es cuestión de otra cosa que no sea lógica; así, pues, entre más tiempo pase escuchando música, más posibilidades hay de escuchar un espectro. Así que se queda en silencio para no escuchar distractor alguno. Está decidido a llevar a cabo lo que tenga que hacer para poder descansar. Al perder a Matías y a María, no solamente encontró que no había nada que lo hiciera sentir satisfecho, sino que se estaba envenenando. Por dentro, cada día, al despertar, sentía un peso que cargar, y le era imposible siquiera encontrar un motivo para hacer algo que no fuera estar en cama y dormir, ahogarse en alcohol y desear que la muerte llegara rápida. Siempre ha pensado que el hombre, en sí, no tiene miedo a morir. Tenemos, gracias a nuestras convenciones sociales, una unión mental casi automática entre el dolor que nos causa ver morir a alguien querido con la muerte misma, pero él supone que en sí la muerte no es dolorosa, al menos que se alcance por medios violentos; pero quedarse dormido y no despertar… eso, imagina, es la forma más amable de perecer. No hay dolor, no hay nada más que un eterno descanso. Y eso es lo que él quiere: detener el veneno. Sin embargo, al conocer a Vulpes en la jungla, algo más le vino a la mente, algo diferente, y se dio cuenta que, tal vez, no era necesario que el veneno acabara con su vida para por fin descansar, sino que podría quitarse el veneno, succionarlo, aunque eso supusiera un acto violento. Empero, piensa, es justicia, pero sabe que es justicia y no venganza porque, a fin de cuentas, quien rompió el equilibrio, no fue él, sino su antítesis.

Expulsa el humo de cigarro por la nariz y aplasta la colilla en el cenicero de cristal que le regaló Matías alguna vez muy a su pesar, porque siempre estuvo en contra de que fumara, pero al menos la basura tendría un lugar. En la sala de su casa hay oscuridad, no completa, aún no ha salido la luna que augura ser nueva por su ciclo menstrual. Hoy va a menstruar ella, sí que sí, piensa Santiago, hoy va a haber sangre. Escucha pasos en el techo de su casa, no se mueve. Luego, un golpe seco en el patio y una figura humana alta y fornida que ahí aparece. No pensó que lo vería con ropa, pensó que se presentaría como lo hizo en la jungla, pero tiene, al parecer, nociones de lo que es correcto socialmente hablando. No está en su hogar, está en una ciudad. Abre la puerta de cristal corrediza. Huele a humedad.

–Buenas noches –dice Santiago a su invitado.

–Joven Santiago –dice Vulpes para tomar asiento. Va vestido con ropa deportiva, porque dice es la más cómoda, como está acostumbrado a la desnudez, cuando se ve privado de ella, busca lo más cómodo que encuentre. Se sienta frente a él y se quedan viéndose fijamente a los ojos–. Me he enterado de tu historia, Santiago–. Santiago hizo un gesto con la cabeza, apenas arqueó una ceja–. Me la dijo un pajarito.

–Ya veo… –contesta Santiago con la voz ronca.

–¿Estás seguro de esto? La venganza, dicen, es veneno.

–No estoy buscando venganza, estoy buscando justicia.

–Cosa curiosa, tú todo el tiempo lo has hecho con tu método de intercambio pero… ¿pero de verdad estás seguro que esta vez es justicia?

–Pues tendrás carne humana.

–Justicia es, entonces.

Abren la puerta de entrada. Es Umberto, le dijo que lo asistiera, que fuera con él, que lo acompañara a confrontar el peligro que estaría a punto de combatir. Lleva su hábito y su medalla, así como un montón de papeles en una carpeta bajo el brazo.

–Buenas tardes… casi noches –dice él con su potente voz.

–Umberto, bienvenido –dice Santiago–, siéntate, por favor.

–Sonaba urgente tu llamado, ¿todo bien?

–Cuando acabe la noche, Umberto, todo estará bien. Sin embargo, para poder llevar a cabo lo de hoy, necesito respuestas.

Umberto luce escéptico, pero accede. Se sienta al lado de Vulpes, en el sillón alargado, y tiende los papeles, y los pone sobre la mesa. Es la muestra de ADN que le pidió que investigara. Siente las manos sudar, la frente, el pecho, todo. Cuando sudaba con Matías, los dos, y se llenaban mutuamente de sudor, era algo cálido y que gozaba a pesar de que siempre pensó que era algo desagradable en sí; esta vez se da cuenta que no importa eso en sí, sino con quién lo haces. El intercambio de sudores, si es con alguien amado, no importa, cuando uno está solo, entonces es cuando resulta desagradable. Su propio sudor le resulta desagradable.

–Son los resultados, Santi –dice Umberto y todo se hunde en silencio de nuevo. Santiago no se mueve, sólo observa los papeles ahí. Umberto se nota un poco nervioso, por primera vez, lo ve con ligera exasperación.

Santiago enciende otro cigarro de nuevo, bebe de su cerveza, y toma el folder. Jala humo, lo traga, lo abre… expulsa el humo, deja el cigarro en el cenicero y rompe con violencia, con furia embravecida los papeles y los tira al suelo. Suda, sus ojos están llorosos. Se relaja y fuma de nuevo.

–Lo sabía –dice en voz baja–, ¡maldita sea!, lo sabía.

El cabello que estaba en su casa era del hombre que había rastreado, un ladrón de poca monta que llevaba a cabo sus crímenes entre violencia física y psicológica, no solamente robaba: lastimaba incluso habiendo obtenido lo que quería robar. Robaba sólo para dañar, su verdadera finalidad era la sádica necesidad de ver sangre ajena en sus manos. Se lleva una mano a la boca, Santi, y luego fuma más.

–Tengo una… sospecha sobre ti, Umberto, y sé que me dirás la razón, pero soy humano y dudo así que te pediré algo… no me mientas.

Umberto no se mueve, sólo lo observa con sus ojos ámbar que parecen brillar en la oscuridad.

–Eres mi mejor amigo, Santiago, no veo necesidad en hacerlo. Diré la verdad, aunque duela. Es mi deber.

–Exacto, es tu deber… es tu deber protegerme, cosa que has hecho muy bien y por eso te amo por eso, Umberto. No estoy enojado contigo, no podría –bebe y fuma–, pero necesito saberlo de tus labios… o de tu pensamiento.

Umberto entrecierra los ojos y fugazmente frunce el ceño.

–Dime, mi muchacho.

–El exorcismo de Roberto, al final, había dos entes luchando en su interior. Dos. Los ángeles también pueden poseer para hacer que los hombres lleven a cabo hazañas increíbles pero… pero también para expulsar otros demonios, como lo vimos ahí.

–En efecto –confirmó Umberto claramente.

–La voz del arcángel que entró en Roberto era… muy familiar –lo volteó a ver a los ojos–, los gritos que me advertían en los casos eran muy familiares. Recuerdo perfectamente que antes de entrar al hospital religioso, un poderoso grito casi me hace correr de ahí pero al final fue mi decisión entrar. Alguien me advirtió de lo que encontraría ahí, pero yo tomé la decisión final, porque en eso consiste el libre albedrío. Cuando Eva presuntamente tomó la manzana, fue su decisión, incluso Dios pudiéndolo evitar, no lo hizo, sabía que sucedería, pero aún así no lo evitó. Tal como tú al saber ya cuál sería mi metodología.

Vulpes voltea a ver a Umberto, quien permanece inmóvil, solamente observando a Santiago con esa mirada de amor que siempre le ha tenido.

–¿Mi habilidad es real? ¿De verdad puedo escuchar espectros es sólo una extensión de ti?

Silencio. Umberto suspira.

–Es real, tú tienes una habilidad única.

Santiago afirma con la cabeza.

–¿Los ruidos iniciales, esos que me indican la naturaleza de la misión, eran fruto de mi habilidad o tú los hacías?

Viento sopla afuera. Umberto se muestra, por su gesto, reacio a contestar, pero le dijo que no le mentiría.

–En ocasiones, era yo.

–Me querías proteger… –dice con la voz quebrándosele. Vulpes frunce el entrecejo.

–Era mi deber, y lo hice, te advertí, pero al final la decisión era tuya.

–Y aún así sabías que tenía que hacerlo, que tenía que llevar a cabo una extraña forma de liberación, intercambiar almas, para lo de ahora, ¿cierto? Porque si yo no hubiera hecho todo eso, no estaríamos aquí.

–Así es, Santiago Umberto.

–Tu nombre real es Gabriel –Vulpes arquea las cejas–, eres un arcángel. Mi ángel guardián es el arcángel Gabriel. Tú eras el que entró en Roberto para liberarlo, tú eras el que gritó para que no entrara a ese exorcismo, tú eras el que gritó esa vez que fui con Gillien para liberar una presunta posesión demoníaca, tú te quedaste a rezar pero no fue el rezo lo que necesitaban Matías y María para su protección, porque el ángel rebelde todavía no era un caído, por lo que tu fuerza no surtió efecto. Seguía siendo designio divino de él, el que llevó a cabo su acto.

Por fin, Umberto se movió en su lugar, volteó a varios lugares, pensativo, suspiró y dijo:

–¿Puedo tener uno? –Preguntó señalando los cigarros.

–Me ofendería si no lo hicieras, amigo mío –dijo Santiago honestamente, amándolo incluso más que antes. Le tendió la cajetilla. Él tomó el cigarro, puso su dedo en el extremo opuesto del de su boca, y lo encendió así, con su dedo. Jaló el humo y lo expulsó con el rostro agarrotado.

–Nuestra misión es proteger pero siempre permitir el libre actuar de ustedes, porque sólo así uno aprende. Como guías, sabemos que no importa lo que hagamos, necesitamos caer y pecar para aprender. Los humanos son así, eso hacen. Nosotros juzgamos y ayudamos dentro de los parámetros establecidos. En mi caso, ayudaba a las familias cuando tú hacías misiones solo o cuando el peligro era mucho, yo estaba contigo. En lo que aprendías. En efecto, yo… yo no podía hacer eso, Santiago, yo no debí haberte advertido sobre los casos de peligro pero lo hice porque…

–Porque estar entre humanos te hizo sentir.

–Tú me hiciste sentir, eres mi pequeño mejor amigo… –fumó y sacó el humo de sí mismo. El humo, al abandonar el cuerpo de Umberto, era brillante, era luz, luz en humo–. No creas que eso no me trajo problemas, rompí las reglas, me volví un rebelde y casi caigo del nivel de arcángel pero… pero no fue así, porque hubo otro que, de no haber sido por ti, no lo hubiéramos descubierto. Su nombre es Abbir, él se enojó conmigo y trató de impedir todo lo que hacía pero al ver que no podía, decidió actuar de otra forma.

–Gillien –dijo Santiago con voz ronca y torva.

–Así es.

Santiago se molestó, meneó negativamente la cabeza.

–Ambos quedaron de acuerdo. Eso es lo que sé hasta ahora. Ya no es un ángel, ya es un caído, y al ser uno de tal magnitud, hay alguien que querrá reclamarlo personalmente, pero antes hay que sacarlo del cuerpo en el que está. No sé qué habrá pasado o a qué acuerdo habrán llegado pero… pero hay que expulsarlo.

Santiago aplastó la otra colilla de cigarro y dijo:

–¿Me ayudarás?

–En cuestión del exorcismo… nos están esperando, en realidad. Te esperan a que preguntes lo que tengas que preguntar y yo te protegeré en caso de que Abbir decida hacer algo; sin embargo, lo que pretendas hacer –dijo viendo a Vulpes–, con todo respeto –Vulpes sonrió como si comprendiera al mismo tiempo que no le importaba mucho–, no soy parte de tal. Yo te protejo, porque creo que Dios comprenderá por qué hemos hecho lo que hemos hecho.

Santiago volteó a Vulpes y le dijo:

–Se mantiene lo que te dije, entonces.

Vulpes sonrió macabramente una vez más.

Después de que Gillien fuera desenmascarado, según los medios de comunicación como un fraude, sus ventas se fueron abajo, nadie quería saber nada de él y una fuerte campaña en su contra fue popular por hasta tres semanas, algunos suponen con fuerte ayuda monetaria de algunas instituciones religiosas. Se querían deslindar totalmente de él. Fue en un juicio de fraude en el que se le acusaba de publicidad engañosa donde perdió los estribos: comenzó a gritar y a amenazar a todos, alcanzó a golpear al juez que, en lugar de encerrarlo en una prisión, lo mandó a un hospital mental. Todas las noches, decían, había cosas que desaparecían y cuando se rendían en su búsqueda, reaparecían, las cosas se movían solas, había gritos que nadie gritaba y risas que nadie reía, las puertas se abrían solas, incluso aquellas aseguradas, y un par de veces dicen que una sombra vagaba por los pasillos del hospital mental. Una de las alas, la de, donde confinaron a Gillien, era de las más activas en estas cosas, por lo que trataron de reservarla exclusivamente para él, que nunca se mostraba enterado de estas pequeñeces, como él mismo decía que eran.

Son recibidos por el dueño del lugar, un hombre estereotipo de un doctor, con su bata blanca, sus lentes redondos, cuerpo delgado, canoso y una nariz afilada. Está afuera esperándolos, ya sabía que irían esa noche. Le parece una atrocidad que alguien fuera a hacer algo parecido a un ritual religioso en su hospital, siendo él fervorosamente ateo, no sólo creía que la existencia de Dios es imposible, sino que había tratado de comprobarlo por medios lógicos que, como todos los libros por el estilo, se pierden en un océano interminable de teorías, pruebas, falacias y demás cuestiones del mismo tipo. Tiene un gesto escéptico, casi molesto. Conforme bajan del auto, se sorprende al ver al más grande de todos, a Vulpes, que llama mucho la atención por su físico.

–Me dijeron que sólo serían dos.

–El entrará después –le dice Santiago–, todavía no, hasta que lo llame.

–No me informaron de un tercer visitante, y no se le permitirá la entrada…

Umberto da un paso al frente al escucharlo para convencerlo. Santiago sabe que podría, todo lo podía. Ve en la puerta de cristal a dos niñas pequeñas en bata de hospital señalando a los recién llegados, sonriendo, y luego corriendo a esconderse. Se quita el audífono y ve cómo el hombre cede amablemente ante lo que fuera que Umberto dijera.

Estaba caminando hacia un auto del año cuando voltea, y casi risueño, les dice:

–¡Por cierto!, tengan cuidado con los niños. Les gusta hacer bromas.

Y se va sonriendo. Santiago voltea hacia Umberto con el ceño fruncido y éste sólo se encoje de hombros. Se dirigen los tres al hospital que ya está vacío. Por petición de Umberto, todos los médicos y enfermeros fueron evacuados a excepción de algunos para labores meramente esenciales de cuidado y de seguridad. Nadie más estaría con ellos para la labor de liberación, sólo ellos tres, Y Dios, piensa Santiago burlonamente. Caminan guiados por una enfermera robusta hacia el ala de, donde está Gillien. Conforme se acercan, Santiago empieza a escuchar voces, como gente hablando en una velada normal y tranquila, y estas se van transformando lentamente en gritos, aullidos de terror y dolor como si a un millar de personas los estuvieran torturando al mismo tiempo, como si estuvieran en una enorme caldera con agua hirviendo y a ellos los hubieran dejado ahí para cocinarse vivos poco a poco. El ruido resulta ser tan ensordecedor que Santiago se tapa el oído, pero aún así los escucha, gritan auxilio, gritan de un penar y de un dolor que sólo ellos conocen, la piel seguramente se les desgarra, se les deshace bajo el agua. Umberto le pone una mano en el hombro y le pregunta:

–¿Estás bien?

Es obvio su gesto de dolor. Los otros dos lo observan. Cuando Umberto habla, los gritos ceden momentáneamente, pero una vez más están ahí, destruyendo sus tímpanos.

–¿No los escuchan? –Grita para hacerse escuchar sobre los mismos.

–¿Qué? –Pregunta la enfermera.

–Los gritos.

–Santi, no hay gritos –le dice Umberto mirándolo a los ojos. Y en ese momento ceden paulatinamente como se empezaron a escuchar. Ahora sólo queda un llanto que recorre los pasillos como un alma en pena, el llanto de una mujer que, vio, los demás sí escuchan, porque la enfermera voltea nerviosa a todos lados. Es un llanto de dolor, una pérdida de una mujer que le destroza la vida, irreparable ya.

–Cosas así han estado pasando desde que trajeron a Gillien, pero no había sido tan claro.

–Hija, llévanos ahí, nosotros nos encargaremos. No te preocupes, pues en nuestra presencia, estás a salvo.

–Gracias, Padre –dice ella persignándose.

–¿Qué otras cosas han sucedido, hermana? –Pregunta Santiago. Umberto Sonríe porque es la primera vez que él se refiere a alguien como hermana y suena muy honesto, casi como si de verdad la considerara alguien de su familia.

–Los niños, sus travesuras, tal vez, son lo más remarcable. Son varios, y vienen y se van, aparecen y desaparecen, podemos escuchar sus risas, sus bromas, siempre nos bromean: nos cierran las puertas, nos quitan las cosas que usamos… unos pacientes dicen que les hacen cosquillas por las noches. Tuvimos el caso de uno que vio cómo su bata se inflaba y empezó a sentir manitas que le hacían cosquillas en todo el cuerpo. Por desgracia para él pues no pudo hacer nada, es de los que teníamos amarrados. Creemos que fue, en realidad, por los medicamentos y, obviamente, su situación mental, pero ya ha habido dos más que lo dicen, además de una enfermera y un guardia que, luego de las cosquillas, le quitaron su gorro y lo lanzaron. Muchas cosas muy extrañas. Yo no sé cómo ustedes se enfrentan a esto, yo no podría. Sobre todo por venir aquí a llevarlo a cabo, ¿saben? Esta es una institución científica pero vienen como si nada. No sé si eso sea valor o qué otra cosa. Sin embargo, si logran algo, quien sabe, igual y hasta el doctor cambie un poco su perspectiva hacia las cosas. Yo sí creo en esto pero, bueno, como persona, eso a pesar de que me inclino más hacia las cuestiones de ciencia. Cuando me tocan los turnos nocturnos, obvio es que la ciencia me parece muy poco para explicar lo que aquí pasa, lo que veo, lo que hay.

–Eso va a acabar hoy, hermana… eso acaba hoy –dice Santiago con suma seriedad.

Llegan a un pasillo que se nota oscuro a pesar de las luces que están encendidas. Es blanco y brillante como todo lo demás, con puertas alternándose a los lados, y al final, algo que Santiago ve como un espejo.

–Es en esa puerta al final del pasillo –dice la enfermera con obvio miedo en su voz–, ahí está Gillien.

–Gracias, hermana, nosotros nos encargamos desde ahora –dice Umberto para despedirla. Los dos se quedan ahí, al inicio de pasillo, en silencio. El pasillo parece alargarse y torcerse, se nota casi curvo hacia abajo, como una especie de manguera que al final se quiere ir al suelo. Santiago suspira, sudando ya.

–Santiago –dice Umberto.

–Dime.

Umberto voltea a verlo, le pone una mano en el hombro y le dice:

–No importa lo que hagas hoy, siempre estaré contigo. Sé que lo que has pasado es terrible y que quizá pude haber hecho algo. Yo pude haberte detenido, yo pude haber abandonado tu preparación, yo pude haber evitado lo que pasó con tu familia pero… ve en quién te has convertido, eres un exorcista hecho y derecho, un hombre capaz de todo. No me justifico, solamente quiero que sepas que, como tu mejor amigo, siempre estaré contigo, para lo que sea.

Santiago sonríe, enternecido, con los ojos llorosos.

–Yo sé que siempre tendré a mi mejor amigo, Umberto, no te preocupes.

Umberto afirma con la cabeza y regresa la mirada al frente.

–El en nombre del Padre –dice él. Un ruido como de cañerías crujiendo suena en todos lados–, del Hijo –, las luces pierden vigor, y no porque se apaguen, sino porque la oscuridad se acentúa–, y del Espíritu Santo –al final hay un espejo. Eso ve Santiago, un espejo.

–Amén –finaliza Santiago. Ambos empiezan a caminar. El pasillo parece haberse alargado, es como un gran alambre que se tuerce y retuerce a cada paso. Las puertas están cerradas, pero Santiago siente que en cualquier momento una se abrirá y un monstruo se aparecerá por ahí. Caminan. Al final del pasillo, Santiago ve un espejo, no hay puerta, sino un espejo de cuerpo completo. Y conforme se van a acercando, a pesar de que no debería ser por la aparente física del lugar, se ve reflejado junto con Umberto, y cree que en cualquier momento algo más se verá reflejado con ellos, algo fuera de lo que siempre ha visto, algo que no debería verse porque no debería siquiera existir. Y cuando llegan, como si de un espejismo, una especie de abismo tramposo, nota que no es un espejo, sino una puerta. Las luces se apagan. Santiago saca su lámpara y alumbra. Se siente como en las películas, donde lo que la luz alumbra es lo único que ven y en cualquier momento verán algo que no debieron, algo terrible y horrendo acechando desde la oscuridad. Umberto saca una veladora.

–¿De dónde sacaste eso? –Pregunta Santiago frunciendo el ceño.

–Soy un arcángel, puedo hacer estas cosas.

Santiago hace una mueca de comprensión. Umberto pone el dedo sobre el pabilo y este se enciende. La llama alumbra más de lo que debería. No necesitan la lámpara de Santi, quien la apaga. Umberto trata de abrir la puerta con la mano libre pero no puede.

–Déjanos entrar, Abbir.

–¡No! –Contesta Gillien desde dentro–, tú no nos mandas, arcángel.

–No, pero el Señor de los cielos lo manda así. Ábrenos.

La puerta se abre sola con un sonido sordo del seguro quitándose. Santiago empuja la puerta y ven a Gillien sudando en la cama, con las manos y pies amarrados, con el rostro lívido y temblando, con un gesto entre un paroxismo de horror y uno de coraje, una furia enorme al verlos entrar. La cama es blanca, está tapado con su bata de enfermo, y los soportes de metal de la misma chillan, parecen doblarse pero bien saben que es un engaño a sus ojos.

–¡Ah!, ¿para qué trajiste al maricón desviado?

Santiago no siente la ofensa, solamente la ignora.

–Porque él tiene algo que preguntar antes de que todo pase.

–No me van a expulsar, no tienen el poder.

–La verdad –dice Santiago–, es que no venimos a hacer el ritual de exorcismo. Alguien más va a venir directamente por ti. Verás, hay alguien muy molesto por lo que hiciste, dice que quisiste imitarlo y el haber llevado a cabo esos actos tan barbáricos sin su consentimiento… bueno, personalmente va a venir por ti.

El rostro de Gillien se llena de preocupación y expectativa. Santiago continúa:

–¿Por qué? –Su voz se quiebra, siente el pesar de todo este tiempo tan fresco como cuando Umberto le dio la mala noticia y él la vio materializarse en dos tumbas, una pequeñita, y otra grande–, ¿por qué hiciste esto, Gillien?

–Porque te odio –su voz es normal pero son dos voces, es la de Gillien, la humana, pero mezclada con otra evidentemente.

–Yo no te hice nada, y si tenías un problema conmigo, debiste haberme matado a mí, no a ellos. Ellos no tenían la culpa –dice Santiago llorando–, ni siquiera podemos hablar de culpa. Nadie te hizo nada.

–Sí, Matías me dañó tanto como tú estás dañado ahora. Ese sentimiento del alma irse, yo ya lo sentí, de que todo el mundo deja de ser, de que todo deja de tener sentido y parece mucho más atractivo esperar la muerte e incluso provocarla… sí, yo sé qué es eso, Santiago Umberto.

–Tu acto no tiene justificación alguna.

–Yo llamé al ángel porque estaba herido y deseaba venganza. Ahora todo está parejo, es justo todo.

–¡Estás pero bien pendejo! –Dice Santiago en un arrebato furioso.

–¿Te contó alguna vez el desviado de tu novio sobre Melissa? La niña que enamoró hace tantos años, esa misma que usó para cubrir sus asquerosos gustos puñales. Primero te diré mi verdadero nombre, porque Gillien es más como mi nombre artístico. Igual y te suena, estoy seguro que el traga-pitos de tu novio mencionó a Guillermo alguna vez. Guillermo… alguien relacionado a Melissa. Bueno, pues yo soy Guillermo, y ella era el amor de mi vida –Santiago siente que la tierra se abre por debajo de sus pies y que cae al mismo abismo una y otra vez, el mismo que sintió cuando se enteró de la muerte del amor de su vida, pero ahora lo vio con Gillien, y Gillien estaba con una mujer, y él era rechazado por ella por estar con Matías–, yo la amaba, y ese imbécil por ocultar su homosexualidad la usó, y al dejarla ella se mató a pesar de que le rogué, le insistí que todo estaría bien, que era cuestión de tiempo. No… ella no me creyó, no pudo. Ella se mató por tu culpa, porque si tú no hubieras regresado… tal vez el sentimiento de ella por él se hubiera opacado, pero henos aquí. Tú me robaste todo, me quitaste el corazón y lo tiraste por la borda. Tú fuiste el que lo hizo, no yo. Mi venganza fue justicia, fue lo que necesitaba hacer. Tú me lo quitaste todo, así que yo te quité todo. No fue tan difícil, lo único que tuve que hacer fue pedirle ayuda a Abbir para entrar a tu casa y cambiar el cabello. Sabía a dónde iba Matías por sus cortes. Sólo tomé un poco y lo puse en tu auto, y otro en donde tienes el cabello. Dos bolsitas iguales, ¿recuerdas? Pues la que te llevaste era de Matías. Puse una en tu auto y una en tu casa solamente para asegurar. ¿Te das cuenta? Fuiste tú quien entregó a Matías a su destino.

Santiago está mudo, solamente lo observa con lágrimas recorriendo sus mejillas y los ojos abiertos, aborto en lo que acaba de escuchar. Tiembla.

–La niña no tenía la culpa, Abbir, ¿por qué hiciste eso?

–¿Has escuchado el pasaje de Sodoma y los ángeles? –Contesta Gillien con una voz potente, aunque no tanto como la de Umberto–, cuando fueron a Sodoma a visitar a Lot y los habitantes de ahí querían tener relaciones sexuales con ellos. Pues fue lo mismo: al poseer a Matías, no me pude contener. Tantos siglos bajo un régimen tan estricto que… bueno, dije, Si ya los voy a matar, que no me dé un lujo antes.

Santiago le escupió en el rostro.

–¡La violó, Matías la violó, maldito imbécil! –Grita Santiago con dolor, sacando eso que lo quema por dentro–, mi Mati hizo lo que tú quisiste… con mi niña… nuestra niña… Hijo de tu puta madre.

Gillien sonríe.

–Gillien no sabía que eso pasaría, en realidad. Fue una sorpresita… De hecho Matías era consciente de su monstruosidad pero no podía controlar su cuerpo.

Santiago lo hubiera golpeado pero Umberto le pone una mano en el pecho y con sólo eso, no es que ejerciera gran fuerza, solamente le quitó las ganas de golpearlo.

–Crees que eres único, que eres maravilloso y que tu habilidad te vuelve algo… yo puedo verlos, hablarles… a los ángeles y demonios. Fue así como llevé a cabo esto. Como verás, no eres la gran cosa como crees, putito.

Tocan a la puerta. Santiago voltea con gesto sospechoso. Luego ve a Umberto, quien afirma con un movimiento de cabeza. Santiago abre: hay dos hombres: uno es alto y va encorvado, tiene una enorme joroba y sus ojos parecen ciegos, su barba cae hasta el suelo y va con una túnica blanca, sus miembros lucen raquíticos y su gesto es de fastidio, es tan viejo y delgado que parece que se romperá bajo su propio peso en cualquier momento; el otro, sin embargo, es alto también pero con una protuberante panza, su piel es ceniza y sus ojos disparan fuego, parece humear de los ojos, orejas, nariz y boca, tiene una barba dividida en dos y arreglada en dos trenzas que nacen de su barbilla, enormes patillas y su gesto es desinteresado. Tiene bigote también, y facciones bastante toscas.

–Buenas noches.

Gillien trata de liberar las amarras pero no puede. Abbir, tampoco. Grita de horror.

–¡Qué es eso! ¡Qué putas es eso! –Comienza a llorar de terror, teme como nada a lo que en frente está. Santiago ve a Umberto quien le contesta:

–Cada quien ve algo diferente, en ellos dos. Yo sólo veo una luz y un punto muy oscuro. Él… no sé qué clase de monstruo vea que es Lucifer. Lo que tú ves, Santiago, es tu representación mental que cambiará seguramente cuando parpadees.

Al regresar la vista a Dios, ahora es una anciana desnuda y a Lucifer no lo alcanza a percibir, sólo ve unos tentáculos avanzando por el suelo pero decide no ver más, un terrible miedo vomitivo lo invade.

–Así que éste es Abbir –dice el diablo con su voz que es mil al mismo tiempo.

–Una decepción… Gabriel –dice la anciana–, habremos de buscar a un nuevo ángel.

–No tienes idea de lo que te espera, Abbir, nadie trata de hacer lo que yo hago.

Los ojos de Gillien se abren tanto que por momentos Santiago jura que la mitad del globo ocular está fuera, y luego cae desmayado. Y ya. El exorcismo más veloz que ha visto en su vida. Ve que los dos se van. Umberto ni siquiera los ve.

–¿Es todo?

–¡Santiago! –Dice Umberto para que se calle.

–No importa, Gabriel –dice una voz de niño avejentada, como si la garganta la tuviera muy reseca–, ¿a qué te refieres, Santiago?

–Mi familia…

–No te puedo ofrecer nada, están muertos. Lo que podría hacer por ellos es que en la siguiente vida tengan lujos que siempre desearon, lujos pero con virtudes para que no se vuelvan malos. No los conocerás, no sabrás quiénes son. Ya llevan ambos cerca de unos meses existiendo, ya sabes, cuando uno muere ve la luz y esa luz es una nueva vida, una nueva existencia. Llegan al mundo de nuevo. Por desgracia ya pasaron por unas eternidades en el infierno.

–¿Matías?

–Así es. La niña sólo fue al purgatorio pero no creo que haya sido agradable… sin embargo, puedo hacer eso, en su siguiente vida. Gabriel hará el papeleo por sí mismo, eso se verá hecho. Su destino será en su mayoría, dulce.

Umberto confirma con la cabeza.

–Y yo me encargaré de que nadie los posea… ni que súcubos ni íncubos se acerquen a ellos… básicamente los dejaremos exentos de cualquier monstruo. ¿Te parece? –Dice Satanás con su voz que es mil a la vez.

–Gracias…

–Sigue trabajando así… eres raro pero, en cuestiones de justicia, no has errado hasta ahora –dice ahora la voz que parece ser de un bebé.

–Nos veremos luego, joven Santiago.

–Señor Lucifer… –Dice Santiago como si a éste se le olvidara algo.

–No se me ha olvidado, claro que tendrás tu espectáculo. Es lo menos que te debo.

Y las luces que habían vuelto a brillar como si nada, no hay nada más que silencio, el silencio propio de un edificio que no está infecto de algo; se hunde en tinieblas. Todo desaparece alrededor de ambos y sólo están ellos dos, Umberto y Santiago, alumbrados espectralmente por la vela.

Gillien despierta sobresaltado y algo dudoso, no entiende lo que pasa alrededor y los ve.

–Tú…

–Buenos días, Gillien.

–Púdrete –le dice a Santiago–, tú o eres nada, maldito mariquita.

Unos pasos acompasados y fofos, como si tuvieran algo que los hiciera sonar menos, se escuchan desde el pasillo. Unos ojos brillan atrás de ellos dos, unos ojos que están a dos metros y medio del nivel del suelo. El olor a humedad se impregna en todos lados y un jadeo lento y controlado suena, como de perro, como de lobo, un animal de enorme, muy gran tamaño. Gillien duda, se trata de liberar, teme, pero no puede.

–Lo que sea que hagas es injusto, yo era el que debía vengarse, ¡yo soy la víctima aquí! Tú me quitaste todo.

–Me vale madres, pendejo.

–¡Eres un cobarde! Deberías hacerlo con tus propias manos… de seguro no serás capaz de ver ni siquiera.

–Oh, no, te equivocas: sí voy a verlo todo, voy a ver tu piel desgarrarse y separarse del músculo y del hueso. Voy a escuchar cada grito de agonía tuyo y van a ser música para mis oídos. Sabe que tiene que extender tu vida todo lo posible. El fin de tu existencia será el veneno dejando de correr en mí.

–¡Eres un pinche joto!

–Te equivocas, de nuevo: Yo soy Legión.

La figura desde la tiniebla se vuelve visible: pelaje, un denso pelaje gris de una figura antropomórfica gigante que casi llega al techo de la habitación, con enormes colmillos salivando desde su hocico, orejas puntiagudas, ojos salvajes y una nariz negra brillante, enormes brazos y piernas, su sexo colgando, músculo hipertrofiado al extremo, unos enormes hombros y una gran fuerza en las venas visibles entre su pelaje. Observa a Gillien casi con éxtasis sexual. Dice a continuación, con una voz perruna y su sonrisa macabra:

–Por fin…

Con su enorme mano humana del tamaño de todo el brazo de Gillien, toma su brazo derecho y deja la mano sobre el puño. Tiene los ojitos brillantes, ha estado esperando esto desde hace mucho tiempo. Se pone la mano en su boca y muerde lentamente disfrutando de cada hueso roto, de cada tendón marchito, y Gillien observando con terror su muñón que dispara sangre. Vulpes emite un sonido casi sexual.

Los gritos de Gillien, de dolor, corren por los pasillos. El sonido de la carne separarse de su cuerpo es como de cinta adhesiva, su gesto es un paroxismo de terror y dolor explosivo pero Santiago se lo imagina así, a Abbir, en el cuerpo de Matías, ese mismo rostro al haber violado a su hija. Y ve todo: ve cómo con los colmillos afilados quita enormes pedazos de piel que se desgarran con la facilidad con la que el cuchillo caliente deshace mantequilla, la sangre sale a borbotones y parece mucha más de la que podría caber en un cuerpo humano. Lentamente Gillien deja de emitir sonidos y comienza a morir, pero eso no evita que el hombre-lobo-nahual siga comiendo. Se come hasta los huesos.

–¿Te llevo a casa? –Pregunta Umberto al salir los tres. El sol comienza a asomarse y el cielo se va pintando de azul, así como las estrellas empiezan a desaparecer ante el nuevo día.

–Sí, sería lo mejor –contesta Santiago.

Vulpes se limpia la comisura de los labios y dice:

–Fue un placer trabajar con ambos, señores. No sé, quizá y si… llegasen a necesitar ayuda, no duden en contactarme.

–¿No regresarás a la jungla?

–Quizás sí, quizás no… igual, no les será difícil encontrarme. Los consideraré mis amigos después de muchos siglos sin tener unos… en fin. Buen día.

Dice para alejarse caminando lentamente.

–Se veía muy feliz –dice Umberto.

–Después de ese atascón…

–¿No quieres ir a desayunar primero, Santi?

–¿Después de lo que vimos?

–¡Por favor! Después de lo que ves en los exorcismos, de lo que te avientan a la cara, sin albur, sé qué te gusta que te avienten a la cara –Santiago suelta una risotada–… eso de Vulpes fue un simple juego de niños.

–Tienes razón –Santiago se siente ligero, muy ligero–, vamos, pues.

Comienzan a caminar al auto de Umberto mientras aquellos madrugadores que ejercitan unos corriendo, otros en bicicleta, otros trotando; los pasan.

–¿Sabes? Me gustó tu nombre.

–¿Santiago?

–No, tu nombre de superhéroe.

–No soy un superhéroe.

–Lo sé, pero se escucha imponente. Legión… Yo soy Legión… te mamaste.

Santiago sonríe y lo rodea con un brazo, así como Umberto hace lo mismo, y los dos mejores amigos estrechan su lazo para siempre.

Publicado por literafilia

Escritor de novelas, maestro de vocación.

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